Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Publicada originalmente en Prodavinci.com el 17 de noviembre de 2018. El enlace aquí

La ceremonia estaba comenzando. Calentaba el ambiente el Septeto Santiaguero y su celebrado proyecto con José Alberto “El Canario” basado en son cubano. Pasaban los renglones dedicados a la música brasileña, la infantil y la cristiana. Anunciaba Gabriel Abaroa Jr., presidente de la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos, que este año servirían comida: unos wraps de salmón que en su mayoría se quedaron fríos en las mesas. Y de pronto, sin anestesia, el director orquestal uruguayo José Serebrier abrió el sobre y leyó el nombre que agitó corazones venezolanos.

El ganador, que todavía no había ganado, se encontraba en una mesa a la izquierda del escenario; no muy lejos, aunque en ese momento el camino que separaba su silla del gramófono dorado se veía largo y sinuoso. Se sentía pequeño ante la estatura de los nombres brasileños con los que disputaba el premio. Respetaba —respeta profundamente— el arte de todos ellos. Para colmo, en la pantalla central él aparecía de último. IDENTIDAD/ MIGUEL SISO. Pequeño. Poquitas letras.

El cuatrista guayanés, ganador de la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen que desde 2004 ha conectado a apasionados y virtuosos del instrumento rey del país, estaba postulado en una categoría de los Latin Grammys particularmente exigente: Mejor Álbum Instrumental. Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, conviven en ella proyectos contemporáneos de virtuosos consolidados que fusionan latin jazz, especies de raíz tradicional, bossa, tango o flamenco, y creadores de world music, generalmente pesos pesados de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de Holanda, Ed Calle, la agrupación Bajofondo, Chick Corea, Arturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio por el que le brillaban los ojos al venezolano, que veía hacia el frente nervioso y callado, sin sonreír. Estático, sosteniendo la mano de su esposa, Bárbara, musa de varias de las canciones que lo llevaron hasta ese lugar y ese momento.

Serebrier no tardó ni 10 segundos en nombrar a los postulados: No Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo, un autor al que muchos consideran un genio; Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda Trío, ensamble liderado por una referencia mundial de la mandolina; Alué de Airto Moreira, un percusionista de trayectoria extensísima; y Recanto de Yamandú Costa, un guitarrista fuera de serie que ya había impresionado con un performance en directo minutos antes. Y él, claro. Lo aplaudieron unos pocos, los de su mesa, los compatriotas desperdigados por el glamoroso Mandalay Events Center que lo conocían y uno que otro colega, como la cantautora colombiana Marta Gómez, postulada en la casilla folclórica por La alegría y el canto, un álbum en el que grabaron C4 Trío, el pianista Antonio Mazzei y el cantautor José Delgado.

El presentador sonrió y dijo, con naturalidad, las palabras mágicas: y el Grammy es para… Miguel Siso. ¡Pum! Gritos de quienes lo rodeaban, abrazos, besos, Bárbara con los ojos aguados, eufóricos unos primos que lo acompañaban, y Ernesto Rangel, fundador y director de Guataca, la plataforma que produjo el álbum, tan emocionado que no sabía qué hacer, si acompañarlo, grabarlo con su celular, tomarle fotos o saltar. La distancia hasta el micrófono iluminado desde el que hablaban los ganadores, que parecía de años luz hacía segundos, se acortó, y Siso se lo fue creyendo en la ruta. Subió las escaleras y, aguantando un nudo en la garganta, pronunció con fluidez sus palabras sin papel en mano, a diferencia de lo que hizo más tarde el español Enrique Bunbury en el mismo sitio.

¡Viva Venezuela!, le gritaron de un costado. Y él sonrió satisfecho. “No tengo palabras para decir lo feliz que estoy por esto. Este es un álbum que se formó desde el principio para mi amado país, Venezuela, que está pasando por una crisis muy fuerte”, dijo. Ahí sí retumbaron los aplausos. Luego completó: “La música venezolana y el cuatro venezolano están presentes ahora más que nunca”. Sí, lo están, gracias a su trabajo y al de agrupaciones como C4 Trío, que, junto a talentosos ingenieros venezolanos, hace cuatro años alzó sus manos de uñas largas en esa misma instancia por su victoria en el renglón de Mejor Ingeniería de Sonido. Además, ganaron por el álbum De repente, grabado con otro referente del instrumento —que de paso, canta y anima—: Rafael “Pollo” Brito.

No había bajado el oleaje emocional cuando anunciaron a los nominados a Productor(a) del Año. Nombraron a cuatro personalidades asociadas a una chorrera de artistas famosos. A gente como Andrés Torres y Mauricio Rengifo, que colaboran con David Bisbal, o al ya galardonado Rafael Arcaute, productor del argentino Dante Spinetta. A Eduardo Cabra, productor de la banda colombiana Monsieur Periné; y a Julio Reyes Cupello, que trabaja con Pablo Alborán y Laura Pausini. Y entre ellos, una sola mujer, la primera que gana ese gramófono, la venezolana Linda Briceño, multiinstrumentista —especialmente trompetista—, ex miembro del Big Band Jazz Simón Bolívar, compositora y cantante, que estaba a una mesa de Siso, con sus labios carmesí, fingiendo tranquilidad, cuando escuchó su nombre y celebró como no pudo hacerlo en 2014, cuando obtuvo dos postulaciones y volvió con las manos vacías.

El segundo ¡Viva Venezuela! se escuchó. Pero faltaba un personaje con el que nadie contaba cuando ya habían quedado en el camino otros nominados venezolanos, como Los Pixel, banda del vocalista de Sentimiento Muerto, Pablo Dagnino, que andaba con su cabello oxigenado y su traje negro solemne que no lograba ocultar la eterna irreverencia de la generación contagiada por el punk. Tampoco había ganado María Rivas, aquella gran cantante que la mayoría recuerda por “El manduco” y que grabó un exquisito álbum de boleros titulado Motivos, por aquello de la rosa pintada de azul; ni Claudia Prieto, la jovencita zuliana que aparecía en dos casillas, la de Mejor Álbum Cantautor, que se llevó Jorge Drexler, y la de Mejor Artista Nuevo, que perdería después.

Ese otro personaje que faltaba era Juan Carlos Luces, autor de “Quiero tiempo”, popularizada por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle junto con Juan Luis Guerra, que se llevó la medalla a la Mejor Canción Tropical y le permitió incluir una línea clave en sus palabras de agradecimiento, acompañadas de sollozos: “Sobre todo, quiero dedicarle este premio a todos los venezolanos que nos conseguimos en cualquier parte del mundo y que ahorita estamos viendo la cosa fea pero que la hacemos ver bonita”.

La noche de Drexler

Como suele ocurrir, salvo contadas ocasiones en las que artistas como Franco De Vita o Chino y Nacho han ganado Latin Grammys, los tres venezolanos premiados recibieron sus gramófonos en la ceremonia previa y no televisada. Paréntesis: los Latin Grammys suelen dividirse en dos; la fiesta de los músicos y la fiesta de la fama. En ocasiones ambos mundos se conectan. Temprano, se entregaron los premios de categorías técnicas, reconocimientos a la composición, los arreglos, la producción, la ingeniería y los géneros menos populares, menos sexys para el público televisivo. Por allí no andaba Maluma ni J Balvin. Sí andaban, por ejemplo, la mexicana Natalia Lafourcade, el argentino Fito Páez y el uruguayo Jorge Drexler, quien terminó ganando en ese otro escenario que parecía totalmente dominado por el reguetón, el trap y lo que por estos días lleva la etiqueta de “urbano”.

Esta vez la ceremonia previa subió en calidad y glamour: lo que antes parecía más una graduación universitaria que unos Grammy, ganó cierto halo de magia, de prestigio, de respeto. Tras esa cita temprana, todos se trasladaron del Mandalay Bay Center, donde ocurrió el tiroteo fatídico en 2017, al MGM Grand Arena, donde suelen darse las peleas de Floyd Mayweather, entre otros eventos mundialmente publicitados. A ambos hoteles, megaestructuras de más de 3.000 y 6.000 habitaciones, respectivamente, las une un pequeño tren gratuito. Y por allí iban muchos, con sus trajes y corbatas, vestidos largos y tacones altos, comentando lo que acababa de ocurrir.

Tras atravesar el mar de máquinas tragamonedas, mesas de juego y estética kitsch, entraron al show de televisión que se lleva buena parte del presupuesto y que este año, curiosamente, contó en su equipo de escritores y guionistas con el humorista y músico venezolano César Muñoz.

Temprano, las secciones de espectáculos destacaban en su mayoría las ocho nominaciones del reguetonero colombiano J Balvin y las cinco de la española Rosalía, que presenta el flamenco como parte de una propuesta electrónica. Hablaban de la expectativa ante la presencia de Maluma, el también colombiano que canta “Felices los 4” y las “Cuatro babys”, pero que en esta edición no llegaba a las cuatro postulaciones. Parecía que sería un maremágnum de reguetón. Y sí, por momentos lo fue, pero la academia encontró la manera de equilibrar las fuerzas y el protagonista de la noche terminó siendo Jorge Drexler, vencedor en dos de las tres categorías principales: Canción del Año (“Telefonía”) y Grabación de Año (ídem). La de Álbum del Año quedó en manos de otro ídolo de siempre, abucheado por la audiencia del MGM porque nunca asiste a estas citas, respetado por todos por su voz y devuelto a la notoriedad por una serie de Netflix: Luis Miguel. ¿Su disco premiado? México por siempre.

Fue una noche que contó con el imán del reguetón, el trap y la música que predomina en la fiesta joven latinoamericana de este momento del siglo XXI, pero que premió el arte orgánico, las guitarras acústicas de los Macorinos que tocan con Natalia Lafourcade, la voz desnuda de Mon Laferte, las letras sutiles e ingeniosas de Jorge Drexler y, por qué no, el cuatro del venezolano Miguel Siso.

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Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

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Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.

 

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Por Gerardo Guarache Ocque

No logro escoger una metáfora para explicarlo. Dónde es como una cajita que alguien enterró, sin señas, en algún parque: uno la escucha y no sabría decir de qué época es. Si fuera una obra en lienzo, bastarían los colores sepia. Si fuera una película, tendría que ser rodada en Super 8, como una nostálgica cinta familiar que cayó en manos de un editor genial.

Dónde es como si un suicida empezara a escribir una carta y al tercer párrafo se arrepintiera de lo que pensaba hacer, pero siguiera escribiendo, ahora más vivo que nunca. Al mismo tiempo, el disco de Cheo Pardo y Ulises Hadjis parece un mensaje cifrado de un par de astronautas que se quedaron atrapados en un estudio de grabación satelital y se inspiraron mirando la Tierra desde fuera.

“Piensa en mí” es como una canción de cuna melancólica. ¿Y qué es una canción de cuna sino la puerta a un mundo distinto, el mundo donde todo es posible, un Nunca Jamás sin lugares comunes? De hecho, en el primer segundo rechina una puerta y lo que encontramos dentro es una habitación acogedora, minimalista, abierta a un cielo estrellado, quizá con una hamaca en el centro.

Dónde no parece pensado para consumirse como experiencia colectiva. Es como leer una poesía muy íntima. Unipersonal. Las voces —sí, Cheo, Dj Afro, José Luis Pardo, canta— se van turnando y juntando, a veces en susurros y siempre construyendo dulces armonías. Suenan guitarras, acústicas y eléctricas, suenan tecladitos y efectos de ambiente, pero ese trasfondo, salvo un único solo de trompeta, es como el rocío del perfume menos estridente del mundo. ¿Por qué? Porque las letras importan. Muchos intentan hacer bulla para llamar la atención; y en estos tiempos, entre tanto ruido, más vale bajarle el volumen a todo lo demás para que llegue el mensaje.

Dónde clama por volver a la ternura, a las cosas simples, a las buenas intenciones: Que las cosas sean como eran/ que las radios me hablen como antes/ que las luces brillen como ayer (“Como antes”). Ven, vamos a tocar el cielo/ cambiar las nubes de color/ nombrar a todas las estrellas/ que se asoman cuando oyen tu voz (“Aquí vinimos”). Mi corazón, que extraña, mi corazón me calma/ sé que sabe lo que es cierto sobre mí, sobre ti (“Lo que es cierto”).

Mi canción no suena igual, canta Ulises, y se acentúa esa tendencia de resolver el acento de la frase a lo Spinetta, escarbando en el esófago para traer al sentimiento, que viene trepando como un diestro escalador. El bossa, y el swing de una mano derecha, delata al ex guitarrista de Los Amigos Invisibles. Pero Ulises y Cheo, a pesar de esto, no quisieron parecerse a nada, ni siquiera a ellos mismos, o a lo que el público cree o siente que son.

Hay momentos coloridos en los que es posible bailar con hombros mientras se sirve el próximo trago, cantando un coro delicioso: En un mundo intenso/ de tonos blanco y negro/ llegaste con tu risa a colorear/ las horas y los días que vendrán y se irán (“De no haberte conocido”).

“Los continentes” es el título de un epílogo que llega como “The End” en Abbey Road, con su respectiva “Her Majesty”, descolgada, como una travesura. Es otra melodía ensoñadora, que viene de otro tiempo, quizá de una época de victrolas, pipas y monóculos, a dejar en el camino frases así: Tu amor se sigue mudando/ el mío lo espera acá (…) Tu amor sigue mutando, el mío sigue igual.

Dónde no se siente como un álbum. Mejor llamémoslo obra; ya ni sé si deberíamos llamar a algo disco o álbum o placa. Eso sí, Dónde culmina muy pronto. Son ocho canciones que promedian dos minutos y pico. Aunque, quién sabe, quizá tal brevedad sea una virtud: un bocado, cuando es bueno y pequeño, despierta el hambre.

Dónde en Spotify

Videoclip de ¿Dónde? en Youtube

DondeUlisesCheo

Nella, la margariteña de la voz quebrada

Nella, la margariteña de la voz quebrada

Por Gerardo Guarache Ocque/ Publicado en GuatacaNights.com

Su mundo era todo pop, soul, blues, R&B. Sus sueños sonaban a Céline Dion, Cristina Aguilera, Mariah Carey. De pronto, Marianella Rojas, margariteña que entonces estudiaba en el Berklee College of Music en Boston, oyó el merengue “La Negra Atilia”, música de Pablo Camacaro y letra de Henry Martínez, y a partir de ese momento comenzó a constituirse una Nella que causa furor con cada clip de Youtube, que cuelga la etiqueta de sold out a cada afiche de sus presentaciones y cuya voz suena en Cannes a bordo de una película en la que actúan Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín.

Como ocurre con frecuencia, aunque parezca paradójico, la artista se conectó con la tradición venezolana cuando estaba lejos de casa, apartada del calor caribeño y de su isla querida. La canción de Camacaro, miembro del ensamble Raíces de Venezuela y autor de “Sr. JOU”, se la enseñó un compañero de clases estadounidense. En lugar de recurrir a artilugios, o al menos a rodearse de una banda, decidió presentarla con sus palmas y su voz, lo más desnuda posible; y ella sola puede, como mínimo, derretir un iceberg.

“La Negra Atilia” de Nella enamoró a Javier Limón, guitarrista y compositor español con un currículum enorme, que guarda en casa una decena de premios Grammy y ha escrito y producido canciones para más de 100 discos de un montón de luminarias. Nombremos, por ahora, a Paco de Lucía, Wynton Marsallis, Caetano Veloso, Bebo Valdés, Diego El Cigala, Anoushka Shankar… y también a Concha Buika, cuya interpretación de “El fin de fiesta” (obra de Limón), provocó el acercamiento entre la venezolana y quien es productor y autor del contenido de su álbum debut.

“El fin de fiesta” también es la copla que le abrió a Nella las puertas de la música española, los senderos de Camarón de La Isla y de la Andalucía profunda. La interpreta con soltura y a su manera, tomando el quejido y dulcificándolo ligeramente, desgarrándose el alma un poquito, como cantaora, pero sin dejarla en el piso; lo justo para seguir con la siguiente canción.

“Creo que actualmente se ha perdido parte de esa conexión con el público”, comenta la artista, aprovechando un par de días de descanso en su casa, en Nueva York: “En una rueda de gitanos, lo que se siente es candela, es inigualable. Me llama la atención lo que ocurre, porque es auténtico. Llega directo, no hay filtros. Cuando hice el cóver de esa canción, noté que el compositor era Javier (Limón) y, como él enseña en Berklee, lo busqué para comentárselo. Me dijo: ‘¡Yo no sabía que tú cantabas coplas así! Y yo le respondí: ¡yo tampoco! (risas)”.

Con Limón, se fue de gira a Colombia a compartir tarima con figuras como Carlos Vives y Totó La Momposina y agrupaciones como Monsieur Periné y Herencia de Timbiquí. Allí, conversando en el lobby de un hotel, concluyeron que hacía falta grabar un tema inédito y distintivo. Cada quien subió a su habitación y, a los 15 años minutos, el compositor la llamó y le cantó unas estrofas sobre ella y sus orígenes: Me llaman Nella, la de la voz quebrada/ paso la noche en vela cantando coplas de madrugada… Así nació el abreboca de un álbum que verá la luz cuando ya el público no aguante más la tentación y que será distribuido mundialmente a través de TheOrchard.com.

Curiosamente, Alejandro Sanz compartió en sus redes sociales el videoclip Me llaman Nella incluso antes que ella. No era la primera vez que escuchaba cantar a la venezolana. Cuando el autor de “Corazón partío” recibió el doctorado honoris causa en Berklee (2013), tocó acompañado por un ensamble estudiantil al que pertenecía Rojas. Le gustó tanto el resultado de los ensayos y el show, que los invitó a Las Vegas a actuar con él en su presentación en directo en los Latin Grammys.

La voz de Nella Rojas, interpretando canciones de Javier Limón, es parte fundamental de la banda sonora de la película Todos lo saben (2018), que se presenta en el prestigioso Festival de Cannes. La cinta es obra del laureado director iraní Asghar Farhadi (About Elly, A Separation, The Salesman) y fue rodada en Torrelaguna, villa de la Comunidad de Madrid, España, con los mencionados famosos Cruz, Bardem y Darín.

La raíz

Nella puede cantar con mucho sentimiento, genuinamente, “Every Little Bit Hurts”, un soul de la era Motown que ha pasado por gente como Steve Winwood en sus tiempos de Spencer Davis Group y, en tiempos recientes, por Alicia Keys. También puede navegar las aguas de la música brasileña, los boleros, o interpretar algún tango de Gardel y Lepera (“Volver”).

A todas esas canciones llegó cuando era estudiante y buscaba hacerse de un repertorio, sobre todo uno nutrido de piezas en castellano. La investigación la llevó a sumergirse en la “Tonada de luna llena” de Simón Díaz, en la linda y triste obra de Manuel Yanes “Viajera del río” y en muchas otras canciones que la aproximaron naturalmente al concepto de Guataca, la plataforma que organiza algunas de sus presentaciones en Panamá, Estados Unidos y Venezuela, en compañía del guitarrista Aquiles Báez.

“La gente me oía cantar cosas brasileñas, pop en inglés, boleros, pero me llegaban a preguntar: ‘¿quién eres tú?’ —cuenta la cantante—. Ahí decido explorar de dónde vengo, entender por qué canto lo que canto, y la respuesta es la música venezolana, que llegó como un llamado de la raíz. Ahora me siento súper cómoda. Es lo que soy, y si te fijas, no está muy lejos de las coplas de Andalucía”.

A finales de marzo, una visita familiar a Venezuela, donde no había cantado en más de siete años, se convirtió en una experiencia artística que incluyó cuatro shows, dos en Margarita y dos en Caracas. La expectativa en torno a Nella se manifestó en la taquilla: apenas se anunciaba el primero, se agotaban las entradas y había que abrir una nueva función. Ocurrió lo mismo en ambas ciudades.

“Nunca me había sentido en tarima como me sentí en el (Centro Cultural) BOD en (Caracas) Venezuela —dice muy emocionada—. Puede ser producto de muchos factores, pero para mí fue otra dimensión. El público fue perfecto, la gente cantó conmigo y coreó mi canción. Me agrada mucho que se han quedado con la letra”.

Allá comenzó todo. Nella tomó clases de canto en Margarita desde los 11 años de edad. Como bachiller, a sus 17, se fue Caracas, donde amagó con estudiar Comunicación Social en la Universidad Monteávila mientras asistía a la Escuela Contemporánea de la Voz. No tardó en sincerarse y aplicar a becas en el Berklee College of Music, al que ingresó en 2011 para egresar cuatro años después con doble título, incluido uno en voice performance. A partir de ahí, en suelo estadounidense, empezó a escribirse este capítulo de una historia que apenas comienza.

Agenda de conciertos: Nellarojas.com y Guatacanights.com

 

Cómo era un show de Prince

Cómo era un show de Prince

LA Forum. Los Ángeles. Jueves 5 de mayo de 2011/Publicado en Ladosis en junio de 2011

Prince es una especie de monstruo de Frankenstein, que ha tomado prestados poderes y los ha incorporado hasta fusionarlos en sí mismo. Lo que es intimidante en su caso no es su imagen, y menos su tamaño. Tampoco el hecho de que emerja desde el fondo del escenario, como bien podría ocurrir en otra aterradora historia de Mary Shelley. Lo que impresiona del artista, que nació en Minnesota un 7 de junio hace 53 años, es simplemente su talento.

De James Brown tiene su manera de bailar. Se mueve con extraordinaria agilidad y todavía más clase. De Little Richard, su desparpajo, su agresividad en escena. De Curtis Mayfield, o acaso de Hendrix, su manera de abordar los temas con guitarra y voz. Pero también tiene un caldo de cultivo de funk, R&B, soul, rock ‘N’ roll, blues y otras especies, del que nace una fusión que representa la continuidad al sonido negro de los años 70.

En sus shows suele dejar clara su postura con respecto al rumbo que tomó el mainstream estadounidense a través de frases contundentes. Como si todavía estuviera sangrando por la herida que le dejó su conflicto con Warner, suelta frases punzantes: Música de verdad, hecha por verdaderos músicos. Esto no viene de una oficina. Esto viene del alma. Quiero dedicar esta canción a aquellos que todavía aprecian la música hermosa.

Los temas editados en los años 80, pero despojados de lo sintético, tienen un poder extraordinario para agitar al público. Todos suenan remozados, orgánicos, con un groove diferente con el que contribuyen su bajista Rhonda Smith, su baterista Michael B y su tecladista Renato Neto.

Durante más de 90 minutos, Prince Roger Nelson entretuvo a quienes asistieron al Fórum de Los Ángeles, la antigua casa de los Lakers, ubicado en una zona de población mayoritariamente negra. El show de apertura lo hizo Chaka Khan. Luego llegó la criatura que, con destreza, se desplazó sobre un escenario que funcionaba en 360 grados, al estilo Phil Collins —quien curiosamente le arrebató un par de intros en el pasado—.

El feeling le brota por los poros. Quizá por eso y por su productiva carrera, la revista Rolling Stone lo catalogó en el puesto 28 de los Mejores Artistas de Todos los Tiempos. Insisto en esto: puede hacerlo todo en escena. Es capaz de bailar con extraordinaria soltura, cantar en un amplio registro —con un manejo magistral de los falsetes—; hacer un divertido riff de guitarra funk, y ofrecer un solo endemoniado con distorsión y wah wah al minuto siguiente. De pronto, demuestra sus habilidades con el bajo, y, en la parte final del espectáculo —después de un final falso con su máximo hit: Pulple Rain— se sienta en un piano de cola púrpura y toca mientras canta baladas.

“Quiero decir algo. Sé que estoy envejeciendo, pero yo me veo igual”, dijo en pleno “Musicology”, en la que sorpresivamente se subió al escenario Whitney Houston. De sus éxitos, no dejó nada por fuera. Cerró con “Kiss”, cantó un fragmento de “The Most Beautiful Girl in The World” e interpretó “Nothing Compares 2 U”, que aunque buena parte del planeta la conoce por Sinead O’Connor, es una composición suya. Tocó “Controversy”, “Let’s Go Crazy”, “Delirious”, “1999” y “Cool”, en la que le hizo un guiño al difunto Michael Jackson, con un fragmento de “Don’t Stop Till You Get Enough”.

Sobre un escenario con la forma del símbolo que adoptó como nombre en una época, Prince demostró que simplemente es un showman absolutamente inimitable e irrepetible.

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

ArteGiros

 

Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

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Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Publicado en Prodavinci.com

Es el show de David Letterman del 15 de octubre de 1980. Andy Kaufman entra con los aplausos. Despeinado, mal vestido, descuidado, un hilo de moco le cae por el bigote incipiente camino a la boca. Risas entrecortadas, risas indecisas, pero risas al fin. El público estadounidense está frente a una forma de humor que nunca ha experimentado. Este loco ha hecho cosas parecidas antes, pero siempre puede ir más lejos.

El presentador, desencajado como todos a quienes capta la cámara, procura una pizca de seriedad; trata de conversar con el humorista pero la charla no avanza. El invitado lo desconcierta. Desconcierta a todo el mundo cuando dice que renunció a Taxi, una exitosísima serie, y que no sabe si estará de nuevo en Saturday Night Live, programa ideal para los de su especie, en teoría. Letterman lo invita a hacer su número y él se va al centro, se sienta en un banquillo y comienza a hablar de su vida desgraciada. Algunos ríen pero él les pide que no lo hagan —¡es un comediante que le pide al público que no se ría!—. También ruega que le den algo de dinero porque está en la quiebra. Se va tras cámaras, se acerca a la audiencia, recoge algo de efectivo moviéndose entre las butacas y se marcha. Ovación.

Cuenta la leyenda que Andy Kaufman (Nueva York, 1949-1984) llevaba sus bromas hasta las últimas consecuencias. Cuando se inventó la disparatada Lucha Libre Intersexos y fue golpeado por un luchador profesional. Cuando leyó El Gran Gatsby en una presentación de stand up comedy. Cuando hizo que una señora fingiera un infarto en pleno show en el Carnegie Hall. Estos episodios, todos reseñados en la película biográfica Man on the moon (1999), correspondían a un humor que no era únicamente para reír. Era la comedia llevada al extremo, rozando el performance, buscando mover otros músculos que jamás mueven aquellos que no entienden de sarcasmos, ironías y absurdos.

Por supuesto que Jim Carrey lo tuvo en un pedestal desde la primera vez que lo vio en pantalla. Claro que se hizo su fan desde jovencito. Desde luego se identificó con él, más aún al conocer su historia personal. Así lo cuenta el actor canadiense en el documental Jim & Andy: The great beyond (Netflix), cuando se encuentra frente a frente con su yo de hace dos décadas. Su yo al que le tocó interpretar a su ídolo.

Aquel, un joven humorista superdotado, devenido en actor, que experimentaba la resaca de los primeros tragos a vaso lleno de fama y fortuna hollywoodense gracias a tres películas, todas taquilleras y memorables, lanzadas el mismo año 1994: Ace Ventura: Pet detective, Dumb and Dumber y The mask. El de ahora, un hombre de 55 años, barbudo, experimentado y… atormentado.

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Una cámara siguió a Jim Carrey durante todo el rodaje de Man on the moon. Mientras interactuaba con el resto del equipo en el área de catering. En su camerino. En el cuarto de maquillaje. Durante sus charlas con REM, agrupación que aportó dos grandes canciones a la banda sonora: una editada en 1992 y titulada “Man on the moon”, con varias alusiones a Andy Kaufman; y otra, “The great beyond”, hecha especialmente para el filme (ambas sonaron en el único show que ofrecieron en Venezuela en 2008).

La cinta siempre estaba en movimiento, registrando cada paso del actor; y esas imágenes permanecieron engavetadas en su oficina durante casi 20 años, hasta que en 2017 Spike Jonze (Her, Being John Malkovich, Adaptation), quien firmó como productor del documental, movió sus tentáculos para que fueran aprovechadas.

Para Jim Carrey no fue un papel más. Hacer de Andy Kaufman fue un trabajo que le cambió la vida. Una experiencia mística. Y también lo fue para el resto del equipo, que veía cómo Andy Kaufman había revivido en plena década de los 90. Que en lugar de llegar Carrey, cada día entraba al set un cuerpo que prácticamente había alojado a Kaufman, muerto prematuramente a sus 35 años de edad por un cáncer que lo consumió en cuestión de meses.

Danny De Vito, Tony Danza, Paul Giamatti. Todos miran a la cámara con cara de impresión. Qué extraño. Es exactamente como era él. Todo esto es surreal. Porque Jim Carrey nunca iba al rodaje. Iba solo Andy Kaufman. Siempre Andy Kaufman. Y había que referirse a él de esa manera y tratarlo como tal. Y como a él le hubiese encantado, Carrey llevó su nueva broma hasta el extremo, agotando la paciencia de Milos Forman, director de la película, quien en el fondo y a la postre agradeció el compromiso y ese ingrediente de demencia reencarnada que convirtió aquella película en un clásico instantáneo.

Jim & Andy: The great beyond no es un making of. Es un viaje introspectivo de un personaje que engulló a otro y, al hacerlo, descubrió una infinidad de cosas sobre sí mismo y acerca del oficio del actor, del humorista y del entertainer. ¿Existe otro caso en el cual el documental sobre la película sea tan relevante como la propia película? Antes de esta cinta, veíamos el monumento desde una perspectiva, como un mapa, bidimensional. Ahora, gracias a ella, podemos verlo como si lo sobrevoláramos en helicóptero, con todos sus relieves y complejidades. Ya una obra no puede entenderse completamente sin la otra.

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La omisión del apellido en el título del documental ha sido deliberada. La obra realmente se llama Jim & Andy: The great beyond, featuring a very special contractually obligated mention of Tony Clifton. ¿Y quién es Tony Clifton? Un personaje que se inventó Andy Kaufman y al cual protegió su independencia hasta la muerte. Siempre negó que fuera él quien, disfrazado, actuara como este crooner bigotudo, déspota, vicioso, desgarbado, putañero, alérgico a las duchas. Una estrella del mal gusto. Un frankenstein de lo políticamente incorrecto.

Andy Kaufman salvaguardó la veracidad de Tony Clifton a tal punto que hizo que su gran amigo y cómplice Bob Zmuda también lo reprodujera fielmente, de manera que él pudiera estar en un sitio y, en simultáneo, Tony Clifton, con vida propia, pudiera hacer algún escándalo en otro. ¿Ven que no soy yo?

El Sr. Clifton —es decir, Jim Carrey haciendo de Andy Kaufman haciendo de Tony Clifton—volvió para actuar as himself en la película, sacando de quicio a todos. Borracho, con una prostituta colgada de cada brazo, fumaba donde estaba prohibido, buscaba a Steven Spielberg en su casa para gritarle cuatro cosas sobre sus películas y reclamarle que no había hecho nada decente desde Tiburón, o se aparecía en una fiesta en la Mansión Playboy, de la que sería expulsado por la seguridad —mientras Jim Carrey se estaba comiendo una hamburguesa en otro lugar—. ¿Y cómo era posible tal cosa? Zmuda, otrora compañero de travesuras de Kaufman, también se había hecho cómplice de Carrey. Así, Tony Clifton pudo regresar con todo su decadente esplendor.

Para las últimas escenas, que retratan los días agónicos del cáncer y la búsqueda desesperada de una cura, Jim Carrey en la piel de Andy Kaufman, o Andy Kaufman en la piel de Jim Carrey, llegó al set calvo, pálido, deprimido. En una palabra, enfermo. Reprodujo las últimas líneas del guión. ¡Claqueta! Adiós.

Hubo un desfase en la agenda de trabajo de Carrey/Kaufman. La grabación del videoclip de la canción “The great beyond” de REM estaba pautada después de que culminara el rodaje del filme, y no antes, como hubiese querido el actor. Cuando llegó la fecha, la banda cumplió con la cita. Todo estaba listo para filmar. Luz, cámara… pero Carrey, el protagonista de la pieza, no llegaba. No llegó jamás, por una razón muy sencilla: Andy Kaufman había muerto por segunda vez.