Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Publicada originalmente en Gladyspalmera.com el 26 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Luis Enrique necesitaba salir de su propio guión. Quería virar el timón hacia otras aguas, guardarse en un bolsillo la etiqueta de salsero y hacer un álbum distinto, que lo presentara tocando su guitarra, abordando géneros diferentes y cantando música muy orgánica. En el camino, se encontró con el ensamble venezolano C4 Trío, que lo cautivó al punto de asociarse con él en una nueva aventura que terminó llamándose Tiempo al Tiempo.

Hubiese sido más sencillo, y quizá menos arriesgado, trabajar sobre una lista de canciones populares venezolanas y/o nicaragüenses arregladas a la medida del cantante. O hubiese resultado menos trabajoso, y probablemente más sexy desde una perspectiva comercial, construir un top 10 de sus hits para grabarlos en otros ritmos y formatos con ese despliegue de virtuosismo por el que C4 Trío es célebre. Pero no. Ninguno quiso conformarse. Casi en su totalidad, alma, corazón y esqueleto, Tiempo al Tiempo es un álbum compuesto de material inédito.

Creo que excedimos nuestras propias expectativas, comenta Luis Enrique. Los cuatro miembros de C4, por separado, dicen más o menos lo mismo. Cuentan que a cada paso que daban, la incertidumbre se iba disipando. La prueba piloto fue una canción llamada Suéltame, que el nicaragüense escribió con Fernando Osorio, un fabricante de hits como La Negra tiene Tumbao de Celia Cruz. A partir de ese joropo vestido de pop, todo fluyó.  

La gran preocupación de Rodner Padilla, bajista de C4 y productor del álbum, era desencajar a una audiencia acostumbrada a escuchar esa voz envuelta en salsa: La de Luis Enrique es una voz que la mayoría de los latinoamericanos tenemos en el ADN. La gente está acostumbrada a escucharlo acompañado por cierta sonoridad. Todo eso va junto. Entonces, el reto era hacer un disco con este grupo de tres cuatros y un bajo, que respetara su esencia y al mismo tiempo nos permitiera proponer musicalmente algo distinto.

Al igual que Suéltame, Ay de Mí, la primera pista del álbum, camina sobre un joropo. Comienza con una base de chacarera argentina antes de revelar sus verdaderos colores en pinceladas del C4 Trío. La agrupación integrada por Padilla y el tridente que conforman Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem despliegan su arsenal, valiéndose de trucos y artificios que hacen del cuatro un instrumento melódico y rítmico, que acompaña, canta y adorna.

A la alineación, para acentuar los golpes de joropo, sumaron al maraquero Juan Ernesto Laya, pieza del Ensamble Gurrufío, un ensamble de música folclórica venezolana que por estos días celebra 35 años de existencia. También llamaron al versátil Diego El Negro Álvarez, un estudioso de la percusión afrovenezolana que además ha sido cajonero de grandes figuras del flamenco, entre ellos el bailaor Joaquín Cortés. Su presencia sirvió para aderezar canciones como Sirena, una salsa con aroma de flamenco en la que sale de relieve un solo mágico de la armónica del brasileño Gabriel Grossi, conocido por su trabajo con el mandolinista carioca Hamilton de Holanda.

Luis Enrique salió de su hábitat para adentrarse en ritmos venezolanos, entre ellos la tonada. Pero la que cantó no fue una tonada de Simón Díaz, autor referencial de ese género llanero, sino de César Gómez, otro apasionado de la tradición venezolana. La Tonada de la Melancolía refleja la sensibilidad del cantante, que logró sumergirse en ese universo de nostalgia bucólica como si le fuera propio. 

Sentir estos ritmos es fundamental para poder entrar en ellos sin dejar de ser uno. No soy ni pretendo ser cantante de joropo autóctono. Más bien quiero ser yo y quizás, dentro de mis posibilidades, tener un acercamiento diferente, dice el músico, que además asumió el rol de productor, percusionista y guitarrista durante las sesiones.

Canciones como Tiempo al Tiempo, la que le dio título al álbum, fueron compuestas durante el proceso. Aunque tanto esa como Suéltame, Sirena y Ay de Mí parecieran tener más cualidades de hit radial, el tema promocional que escogieron es otra llamada Añoranza, una contradanza zuliana que se convierte en gaita de tambora, una plegaria bailable generada en una suerte de taller entre Luis Enrique, Padilla, Molina y un invitado conocedor del género: el cantautor Jorge Luis Chacín, conocido por su vínculo con Guaco. La razón por la cual se decantaron por esa canción es su trasfondo social. Luis Enrique y sus colegas venezolanos de C4 reclaman tiempos mejores para sus respectivos países de origen: Sé que pronto llegará ese día/ oye, tierra mía, que cambies de color.  

C4 Trío preservó una tradición. Cada vez que el ensamble ha grabado un álbum de colaboración, como los que hicieron con Rafael Pollo Brito o Gualberto Ibarreto, héroe del folclor venezolano, o con Desorden Público, referencia del ska latinoamericano, han dejado al menos una pieza instrumental. Esta vez agregaron Vértigo, una canción que tiene una energía particular, quizá porque la heredaron de su amigo Gustavo Márquez, ex bajista del grupo que falleció prematuramente en 2018. La otra es Merengue Today, una osadía típica de Jorge Glem, que buscó un cruce entre el merengue caraqueño y el son cubano.  

Parecía que el disco quedaría así: un recorrido de ocho canciones que comenzaba con un joropo animado pero no frenético, que atravesada tempestades y melancolías, y que culminaba en una salsa con mensaje positivo y la invitación a bailar. Pero Rodner Padilla, quien asumió el liderazgo en la producción musical, insistió en agregar una versión joropeada de “Date un chance”, hit salsero de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano, que se sumó como un bonus track de un álbum experimental que tradujo musicalmente la camaradería de un artista y un ensamble.

Anuncios

Voy: Un viaje en la voz de Nella

Voy: Un viaje en la voz de Nella

Publicado originalmente el 11 de junio de 2019 en Guatacanights.com. Enlace directo aquí

Viernes 31 de mayo. 8:45 am, hora de España. Los pasajeros se abrochan los cinturones para volar de Madrid a Lisboa en un Airbus de Iberia que celebra 80 años de una ruta que significó el primer vuelo internacional en la historia de la aerolínea. En los asientos, cada quien encuentra un ejemplar de Voy, el álbum debut de Nella Rojas, la margariteña de la voz quebrada que más tarde, a 10.000 pies de altura, sorprenderá a todos porque cantará en directo allí, en un pasillo de avión convertido en escenario, acompañada por su productor, autor de las canciones y cómplice de aventuras, Javier Limón.

Voy es un viaje. Un viaje del Caribe a la península ibérica y de regreso. Algunas canciones están más cerca del trópico, de las costas venezolanas, de su Margarita del alma o hasta de Cuba. Otras parecieran aproximarse a las costas andaluzas, esas que por más de siete centurias fueron de dominio árabe. Voyes una obra dulce y melancólica. Un álbum que deja la sensación de una caricia, que respira la nostalgia del pescador cuando admira esa línea en la que se juntan el cielo y el mar y, además, deja en la boca el sabor del agua salada después de un día de playa.

La más antigua de las canciones es “Fin de fiesta”, una copla que acercó a Marianella Rojas a Javier Limón cuando ella era estudiante en el Berklee College of Music de Boston, donde el productor español es catedrático. Es una pieza que conoció gracias a la versión de Concha Buika, la apasionada mallorquina con la que ha trabajado Limón, que encajó en el concepto que estuvieron construyeron durante dos años para este nuevo trabajo.

De resto, todas las canciones las escribió el andaluz pensando en la voz de Nella, estudiándola, incluso procurando verbalizar sus pensamientos. Vía whatsapp, durante más de un año, le estuvo enviando fragmentos de letras y melodías para que la intérprete se las apropiara y participara del proceso creativo. El primer resultado le sirvió de tarjeta de presentación: “Me llaman Nella” fue el primer sencillo publicado hace más de un año. Recientemente, lanzaron la que da título al álbum, “Voy”, una pieza que ejemplifica la fusión musical, casi indivisible, que lleva elementos flamencos, son y espíritu caribeño, una pizca de jazz y un sutil barniz pop.

Venezuela está muy presente en “Te dirán”. Con ella, Nella cumplió uno de sus sueños de siempre: invitó para un dueto al cantautor Ilan Chester, que le envió su parte desde La India. También destaca el cuatro del cumanés Jorge Glem. Es una pieza entrañable, melódicamente curiosa, sobre un amor imborrable: …escribo tu nombre cada día en la arena/ el agua viene y va/ pero tu nombre se queda. Cada vez que Nella la oye, le brotan las lágrimas de la emoción.

“Volver a mi tierra” es otro de los abrebocas ya conocidos. Un tema que expresa el anhelo de la intérprete y de millones de venezolanos que han dejado su casa en medio de una profunda crisis económica, social y política. En un videoclip, personalidades dela actuación como Ana María Simon, Mariaca Semprún, Prakriti Maduro, Jean Paul Leroux y Pastor Oviedo, la Miss Universo Dayana Mendoza, sus colegas de la música Ana Carmela Ramírez y Linda Briceño y muchos más, le cantaron desde el extranjero junto a ella, con amor y dolor, a Venezuela.

“Una y otra vez”, en la que colaboró la modelo y cantante sevillana Alba Molina, es una de las piezas más logradas del álbum. Posa sublimes melodías sobre un groove moderno. Su contenido es sufrido —es una ruptura, un despecho, los buenos recuerdos que queman— pero todo se hace llevadero gracias a armonías delicadas y un beat que incluso llama al baile, aunque no tanto como “Por verte otra vez”, la más caribeña, la única con arreglos de metales y solos de trompeta.

“Pero hoy” es un cambio de velocidad. Una copla de añoranza por tiempos que pasaron. Quizá de la infancia, quizá de un viejo amor o de un ser querido que se fue. Quizá del país que quedó atrás pero persiste en la memoria del exiliado: Pero hoy, ahora, en este preciso instante, sólo pienso en ti si canto, dice el coro. Son canciones que, realzadas por la voz de la margariteña, se meten bajo la piel, castigan y alivian a la vez, como “Tantas y tantas cosas” o “Ángel caído”, otras dos del repertorio.

La gran rareza entre las 13 canciones que componen el álbum es “1000 miles”, no sólo por ser la única en inglés o por ser la única que no escribió Limón: esa pieza la creó David Trueba, escritor y cineasta, hermano de Fernando Trueba, conocido por Vivir es fácil con los ojos cerrados(2013), la película basada en la visita que hizo John Lennon a Almería, España, siendo un beatle en 1966, en rol de actor.

A un lado, fuera del disco y en la banda sonora de la película Todos lo sabendel iraní Asghar Farhadi, quedaron otras joyas que Nella Rojas grabó en este primer capítulo de su carrera profesional. Es notable la evolución de la artista, egresada de Berklee, que hizo viral una versión a capella de “La Negra Atilia” de Pablo Camacaro y Henry Martínez. Ahora, en medio de una curva hacia la madurez, le espera una larga gira por España y Estados Unidos para presentar su álbum debut con el sello Casa Limón. Una gran promesa artística acaba de despegar. Y cuando ella dice Voy, todos quieren ir con ella.

 

 

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

Publicado originalmente en Prodavinci.com el 15 de febrero de 2019. El enlace aquí 

Comencemos por una trivia. Aparte de ser músicos nacidos en el siglo XX, ¿qué tienen en común el jazzista estadounidense Duke Ellington, el merenguero dominicano Juan Luis Guerra, el roquero británico Sting y el gaitero zuliano Rafael Rincón González? Que sus obras, las que un químico describiría como inmiscibles —que no se mezclan—, conviven armoniosamente en Stringwise, el álbum del cuatrista Jorge Glem y el pianista César Orozco.

Stringwise es un capítulo feliz de un romance del siglo XXI: el romance del cuatro venezolano y el jazz. El cumanés del C4 Trío y el cubano, viejos compañeros de ensayos y escenarios desde los tiempos de la joven Movida Acústica Urbana, se reencontraron en Nueva York y decidieron recrear en el estudio de grabación una dinámica que había probado su efectividad en directo. Cuatro y piano, piano y cuatro, nada más. Ni percusión ni bajo; mucho menos guitarras, cuerdas o vientos.

El viaje comienza con “TakeThe A Train”. Pero este tren no suena tanto al metro que inspiró a Billy Strayhorn camino a Harlem cuando escribió el arreglo para la orquesta de Duke Ellington en 1939. El de Glem y Orozco es uno de alta velocidad que sale de Manhattan hacia algún lugar indeterminado al sur de Nueva Orleans, con algo de gipsy jazz, algo burlesque, con guiños a Venezuela y a Cuba.

Lo mismo pasa con “Englishman in New York” de Sting, que comienza apegada al reggae del arreglo original y poco a poco se va desconectando, enrareciéndose entre el bebop y el Caribe. El interludio alucinante de swing que suena en el álbum Nothing Like the Sun (1987) del líder de The Police, donde grabó un solo memorable el saxofonista Branford Marsalis, le sirvió de excusa a Orozco y Glem para introducir un joropo jazzeado. Sí, un joropo jazzeado.

Así transcurre la obra, atando falsos leitmotiv de las melodías originales que son apenas coartadas para un discurso mestizo propio. “Si tú no bailas conmigo”, original de Juan Luis Guerra, va del merengue dominicano al ritmo sincopado —“frenaíto”— del merengue caraqueño. “After The Love Has Gone”, un hit de Earth Wind & Fire que escribió David Foster con otros dos autores, comienza como balada y de pronto, sutilmente, termina convertido en onda nueva. Otras, como “Maracaibera”, de Rafael Rincón González, y el folclórico “Zumba que zumba” van en dirección contraria: se llevan la materia prima desde Venezuela y se impregnan de jazz y otras especies; se visten distinto como la gente cuando sale de viaje. Por ejemplo, el “Moliendo café” de Stringwise, que sirve de epílogo, es más tropical. Es como si el Zambo Manuel hubiese superado una pena de amor,una tristeza, y ahora, mientras pasa el resto de la noche moliendo, se bebe un ron y le encuentra la gracia a su propio despecho.

El código del jazz funciona como un umbral que les permite viajar de ida y vuelta entre dos mundos. Sólo así puede resultar homogénea semejante ensalada de canciones a la que cada uno sumó una propia rescatada de sus sendos primeros álbumes: Orozco trajo “Sueño perfecto”, dedicada a su esposa, de su Son con pajarillo (2007), y Glem desempolvó la apacible “Lesbia”, en honor a su señora madre, de Cuatro sentido (2005), el disco que editó por ser ganador del Festival La Siembra del Cuatro.

A todo lo anterior sumaron una rareza. Existe una canción del músico cubano Meme Solís que se llama “Ese hastío”. Es un bolero al que, por error, en un LP de Ray Barretto con Adalberto Santiago titulado Rican/Struction (1979) le pusieron “Piensa en mí”, como la popular composición de Agustín Lara. De esa, Glem y Orozco hacen una lectura taciturna con el cuatro sirviendo de percusión apoyando a un teclado Fender Rhodes. También, añadieron una composición recién horneada de Glem titulada “Merengue Today”, que estará incluida en otro formato en el álbum que C4 Trío está grabando —¡primicia!— con el salsero nicaragüense Luis Enrique.

Una extraña forma de comunicarse

El cuatro ha avanzado a ritmo vertiginoso en lo que va de siglo. De la escuela de los maestros que convirtieron al instrumento en más que un elemento de acompañamiento, digamos Freddy Reyna, Jacinto Pérez, Hernán Gamboa, Cheo Hurtado y otros, pasamos a la generación que entró por una puerta que abrió Rafael “Pollo” Brito. Como cuatrista, Brito fue un pionero en el aprovechamiento de las bondades rítmicas del cambur-pintón, que les enseñó a sus alumnos más ilustres, entre ellos los tres miembros de C4 Trío, incluido Glem, quizá el máximo representante de esta generación.

En tiempos recientes, la guitarrilla venezolana de cuatro cuerdas ha experimentado varias primeras veces. A comienzos de 2018, Pa’ Fuera, de Desorden Público y C4 Trío, se convirtió en el primer álbum basado en el instrumento nacional nominado a los Grammy anglosajones, los premios más publicitados de la industria musical, al menos en este hemisferio. En septiembre, Glem hizo un concierto a casa llena en el Colony Theatre de Miami con el saxofonista Paquito D’Rivera: primera vez que el cuatro juega un rol protagónico en un espectáculo en compañía de una figura de tal estatura en el latin jazz mundial. Y en noviembre, Miguel Siso, cuatrista guayanés que toca el primer cuatro triple de la historia, se convirtió en el primer venezolano en ganar el Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum Instrumental.

Stringwise, una obra que se gestó entre el local Barbès de Brooklyn y la serie de recitales informales Guataca On The River, presentada por la plataforma de música venezolana a orillas del río Hudson durante 2018, suma otro hito a la lista: es el primer álbum grabado a dúo con cuatro venezolano y piano. Existen muchos de piano y guitarra, como las dos entregas de Spain de Michel Camilo y Tomatito y el Dúo de los brasileños César Camargo Mariano y Romero Lubambo. Pero de cuatro y piano, ninguno.

El formato supone un desafío extraordinario para los instrumentistas, pero Glem y Orozco tienen, no sólo la destreza para enfrentarlo, sino la posibilidad de entablar una conversación en varios dialectos. Se multiplican a tal punto que el dúo termina sonando como un trío o un cuarteto. El cuatrista no sólo hace de cuatrista; lo hace sonar como conga, como percusión de merengue o de bolero, como guitarra española y bandola. Al pianista, que generalmente aporta acordes con su mano izquierda, le corresponde hacer los bajos. Le toca poner ese ladrillo fundamental en la base de toda la estructura para que se sostenga.

Stringwise representa el reencuentro de dos amigos muy talentosos. Orozco recuerda que Glem lo impresionó desde la primera vez que lo vio tocar con Saúl Vera. Glem dice exactamente lo mismo de Orozco, un joven formado en la Escuela Nacional de Arte de La Habana, que había llegado a Venezuela en 1997 como violinista de la Orquesta de Carabobo y que luego comenzó a abrirse camino como pianista. Corría el año 2006 y se estaba gestando un movimiento de músicos venezolanos amantes de la raíz tradicional pero formados en academias y de una incurable melomanía. Nacía C4 Trío y también el proyecto de Orozco, Kamarata Jazz, en el que Glem fue cuatrista hasta que ambos emigraron a Estados Unidos, donde finalmente decidieron darle forma de álbum a su extraña forma de comunicarse.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

tapa-CD-IDENTIDAD-3000px

Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.

 

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Por Gerardo Guarache Ocque

No logro escoger una metáfora para explicarlo. Dónde es como una cajita que alguien enterró, sin señas, en algún parque: uno la escucha y no sabría decir de qué época es. Si fuera una obra en lienzo, bastarían los colores sepia. Si fuera una película, tendría que ser rodada en Super 8, como una nostálgica cinta familiar que cayó en manos de un editor genial.

Dónde es como si un suicida empezara a escribir una carta y al tercer párrafo se arrepintiera de lo que pensaba hacer, pero siguiera escribiendo, ahora más vivo que nunca. Al mismo tiempo, el disco de Cheo Pardo y Ulises Hadjis parece un mensaje cifrado de un par de astronautas que se quedaron atrapados en un estudio de grabación satelital y se inspiraron mirando la Tierra desde fuera.

“Piensa en mí” es como una canción de cuna melancólica. ¿Y qué es una canción de cuna sino la puerta a un mundo distinto, el mundo donde todo es posible, un Nunca Jamás sin lugares comunes? De hecho, en el primer segundo rechina una puerta y lo que encontramos dentro es una habitación acogedora, minimalista, abierta a un cielo estrellado, quizá con una hamaca en el centro.

Dónde no parece pensado para consumirse como experiencia colectiva. Es como leer una poesía muy íntima. Unipersonal. Las voces —sí, Cheo, Dj Afro, José Luis Pardo, canta— se van turnando y juntando, a veces en susurros y siempre construyendo dulces armonías. Suenan guitarras, acústicas y eléctricas, suenan tecladitos y efectos de ambiente, pero ese trasfondo, salvo un único solo de trompeta, es como el rocío del perfume menos estridente del mundo. ¿Por qué? Porque las letras importan. Muchos intentan hacer bulla para llamar la atención; y en estos tiempos, entre tanto ruido, más vale bajarle el volumen a todo lo demás para que llegue el mensaje.

Dónde clama por volver a la ternura, a las cosas simples, a las buenas intenciones: Que las cosas sean como eran/ que las radios me hablen como antes/ que las luces brillen como ayer (“Como antes”). Ven, vamos a tocar el cielo/ cambiar las nubes de color/ nombrar a todas las estrellas/ que se asoman cuando oyen tu voz (“Aquí vinimos”). Mi corazón, que extraña, mi corazón me calma/ sé que sabe lo que es cierto sobre mí, sobre ti (“Lo que es cierto”).

Mi canción no suena igual, canta Ulises, y se acentúa esa tendencia de resolver el acento de la frase a lo Spinetta, escarbando en el esófago para traer al sentimiento, que viene trepando como un diestro escalador. El bossa, y el swing de una mano derecha, delata al ex guitarrista de Los Amigos Invisibles. Pero Ulises y Cheo, a pesar de esto, no quisieron parecerse a nada, ni siquiera a ellos mismos, o a lo que el público cree o siente que son.

Hay momentos coloridos en los que es posible bailar con hombros mientras se sirve el próximo trago, cantando un coro delicioso: En un mundo intenso/ de tonos blanco y negro/ llegaste con tu risa a colorear/ las horas y los días que vendrán y se irán (“De no haberte conocido”).

“Los continentes” es el título de un epílogo que llega como “The End” en Abbey Road, con su respectiva “Her Majesty”, descolgada, como una travesura. Es otra melodía ensoñadora, que viene de otro tiempo, quizá de una época de victrolas, pipas y monóculos, a dejar en el camino frases así: Tu amor se sigue mudando/ el mío lo espera acá (…) Tu amor sigue mutando, el mío sigue igual.

Dónde no se siente como un álbum. Mejor llamémoslo obra; ya ni sé si deberíamos llamar a algo disco o álbum o placa. Eso sí, Dónde culmina muy pronto. Son ocho canciones que promedian dos minutos y pico. Aunque, quién sabe, quizá tal brevedad sea una virtud: un bocado, cuando es bueno y pequeño, despierta el hambre.

Dónde en Spotify

Videoclip de ¿Dónde? en Youtube

DondeUlisesCheo

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

ArteGiros

 

Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

NdG-MIA-ABR12-Hector-Molina---WA

Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Publicado en Prodavinci.com

Es el show de David Letterman del 15 de octubre de 1980. Andy Kaufman entra con los aplausos. Despeinado, mal vestido, descuidado, un hilo de moco le cae por el bigote incipiente camino a la boca. Risas entrecortadas, risas indecisas, pero risas al fin. El público estadounidense está frente a una forma de humor que nunca ha experimentado. Este loco ha hecho cosas parecidas antes, pero siempre puede ir más lejos.

El presentador, desencajado como todos a quienes capta la cámara, procura una pizca de seriedad; trata de conversar con el humorista pero la charla no avanza. El invitado lo desconcierta. Desconcierta a todo el mundo cuando dice que renunció a Taxi, una exitosísima serie, y que no sabe si estará de nuevo en Saturday Night Live, programa ideal para los de su especie, en teoría. Letterman lo invita a hacer su número y él se va al centro, se sienta en un banquillo y comienza a hablar de su vida desgraciada. Algunos ríen pero él les pide que no lo hagan —¡es un comediante que le pide al público que no se ría!—. También ruega que le den algo de dinero porque está en la quiebra. Se va tras cámaras, se acerca a la audiencia, recoge algo de efectivo moviéndose entre las butacas y se marcha. Ovación.

Cuenta la leyenda que Andy Kaufman (Nueva York, 1949-1984) llevaba sus bromas hasta las últimas consecuencias. Cuando se inventó la disparatada Lucha Libre Intersexos y fue golpeado por un luchador profesional. Cuando leyó El Gran Gatsby en una presentación de stand up comedy. Cuando hizo que una señora fingiera un infarto en pleno show en el Carnegie Hall. Estos episodios, todos reseñados en la película biográfica Man on the moon (1999), correspondían a un humor que no era únicamente para reír. Era la comedia llevada al extremo, rozando el performance, buscando mover otros músculos que jamás mueven aquellos que no entienden de sarcasmos, ironías y absurdos.

Por supuesto que Jim Carrey lo tuvo en un pedestal desde la primera vez que lo vio en pantalla. Claro que se hizo su fan desde jovencito. Desde luego se identificó con él, más aún al conocer su historia personal. Así lo cuenta el actor canadiense en el documental Jim & Andy: The great beyond (Netflix), cuando se encuentra frente a frente con su yo de hace dos décadas. Su yo al que le tocó interpretar a su ídolo.

Aquel, un joven humorista superdotado, devenido en actor, que experimentaba la resaca de los primeros tragos a vaso lleno de fama y fortuna hollywoodense gracias a tres películas, todas taquilleras y memorables, lanzadas el mismo año 1994: Ace Ventura: Pet detective, Dumb and Dumber y The mask. El de ahora, un hombre de 55 años, barbudo, experimentado y… atormentado.

***

Una cámara siguió a Jim Carrey durante todo el rodaje de Man on the moon. Mientras interactuaba con el resto del equipo en el área de catering. En su camerino. En el cuarto de maquillaje. Durante sus charlas con REM, agrupación que aportó dos grandes canciones a la banda sonora: una editada en 1992 y titulada “Man on the moon”, con varias alusiones a Andy Kaufman; y otra, “The great beyond”, hecha especialmente para el filme (ambas sonaron en el único show que ofrecieron en Venezuela en 2008).

La cinta siempre estaba en movimiento, registrando cada paso del actor; y esas imágenes permanecieron engavetadas en su oficina durante casi 20 años, hasta que en 2017 Spike Jonze (Her, Being John Malkovich, Adaptation), quien firmó como productor del documental, movió sus tentáculos para que fueran aprovechadas.

Para Jim Carrey no fue un papel más. Hacer de Andy Kaufman fue un trabajo que le cambió la vida. Una experiencia mística. Y también lo fue para el resto del equipo, que veía cómo Andy Kaufman había revivido en plena década de los 90. Que en lugar de llegar Carrey, cada día entraba al set un cuerpo que prácticamente había alojado a Kaufman, muerto prematuramente a sus 35 años de edad por un cáncer que lo consumió en cuestión de meses.

Danny De Vito, Tony Danza, Paul Giamatti. Todos miran a la cámara con cara de impresión. Qué extraño. Es exactamente como era él. Todo esto es surreal. Porque Jim Carrey nunca iba al rodaje. Iba solo Andy Kaufman. Siempre Andy Kaufman. Y había que referirse a él de esa manera y tratarlo como tal. Y como a él le hubiese encantado, Carrey llevó su nueva broma hasta el extremo, agotando la paciencia de Milos Forman, director de la película, quien en el fondo y a la postre agradeció el compromiso y ese ingrediente de demencia reencarnada que convirtió aquella película en un clásico instantáneo.

Jim & Andy: The great beyond no es un making of. Es un viaje introspectivo de un personaje que engulló a otro y, al hacerlo, descubrió una infinidad de cosas sobre sí mismo y acerca del oficio del actor, del humorista y del entertainer. ¿Existe otro caso en el cual el documental sobre la película sea tan relevante como la propia película? Antes de esta cinta, veíamos el monumento desde una perspectiva, como un mapa, bidimensional. Ahora, gracias a ella, podemos verlo como si lo sobrevoláramos en helicóptero, con todos sus relieves y complejidades. Ya una obra no puede entenderse completamente sin la otra.

***

La omisión del apellido en el título del documental ha sido deliberada. La obra realmente se llama Jim & Andy: The great beyond, featuring a very special contractually obligated mention of Tony Clifton. ¿Y quién es Tony Clifton? Un personaje que se inventó Andy Kaufman y al cual protegió su independencia hasta la muerte. Siempre negó que fuera él quien, disfrazado, actuara como este crooner bigotudo, déspota, vicioso, desgarbado, putañero, alérgico a las duchas. Una estrella del mal gusto. Un frankenstein de lo políticamente incorrecto.

Andy Kaufman salvaguardó la veracidad de Tony Clifton a tal punto que hizo que su gran amigo y cómplice Bob Zmuda también lo reprodujera fielmente, de manera que él pudiera estar en un sitio y, en simultáneo, Tony Clifton, con vida propia, pudiera hacer algún escándalo en otro. ¿Ven que no soy yo?

El Sr. Clifton —es decir, Jim Carrey haciendo de Andy Kaufman haciendo de Tony Clifton—volvió para actuar as himself en la película, sacando de quicio a todos. Borracho, con una prostituta colgada de cada brazo, fumaba donde estaba prohibido, buscaba a Steven Spielberg en su casa para gritarle cuatro cosas sobre sus películas y reclamarle que no había hecho nada decente desde Tiburón, o se aparecía en una fiesta en la Mansión Playboy, de la que sería expulsado por la seguridad —mientras Jim Carrey se estaba comiendo una hamburguesa en otro lugar—. ¿Y cómo era posible tal cosa? Zmuda, otrora compañero de travesuras de Kaufman, también se había hecho cómplice de Carrey. Así, Tony Clifton pudo regresar con todo su decadente esplendor.

Para las últimas escenas, que retratan los días agónicos del cáncer y la búsqueda desesperada de una cura, Jim Carrey en la piel de Andy Kaufman, o Andy Kaufman en la piel de Jim Carrey, llegó al set calvo, pálido, deprimido. En una palabra, enfermo. Reprodujo las últimas líneas del guión. ¡Claqueta! Adiós.

Hubo un desfase en la agenda de trabajo de Carrey/Kaufman. La grabación del videoclip de la canción “The great beyond” de REM estaba pautada después de que culminara el rodaje del filme, y no antes, como hubiese querido el actor. Cuando llegó la fecha, la banda cumplió con la cita. Todo estaba listo para filmar. Luz, cámara… pero Carrey, el protagonista de la pieza, no llegaba. No llegó jamás, por una razón muy sencilla: Andy Kaufman había muerto por segunda vez.