Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Originalmente publicada el 19 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

Pacho Flores irrumpe abrumado por la inmensidad del llano. Va atando tonadas con sutileza como quien tararea retazos de melodías que lleva guardadas en la memoria desde siempre. Cantos y revueltas (2019), su obra para trompeta, piano, cuatro y orquesta estrenada en El Palacio de la Ópera de La Coruña, España, es una invocación a la raíz venezolana desde la nostalgia. Es un guiño a su lugar de origen, preservando el desparpajo de lo tradicional pero partiendo de la rigurosidad del mundo académico.

Flores, considerado uno de los mejores trompetistas clásicos del mundo, construye un cordón imaginario. Para oídos foráneos, la pieza puede ser una gema exótica, imponente como un monumento natural; un horizonte de verdes y azules que neutralizan la soberbia. Para oídos venezolanos, puede ser más. Cantos y revueltas lleva consigo una carga de añoranza combinada con la esperanza de un mejor futuro que es difícil evadir.

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A la trompeta, que representa al individuo, la abraza la orquesta —en este caso la Real Filharmónica de Galicia—, que sería la naturaleza. La batuta está en manos de Manuel Hernández-Silva, un caraqueño formado en Viena, titular de las sinfónicas de Málaga y Navarra, y antes de la Córdoba, todo esto en España. Un artista que ha sido invitado a dirigir algunas de las mejores orquestas de América, Europa y Asia, y que, en Venezuela, ha estado al frente de la Sinfónica de Venezuela, la Simón Bolívar y la Sinfónica Municipal de Caracas.

Flores emite una melodía de Simón Díaz, un fragmento de la Tonada de luna llena, y de pronto arranca un joropo que es como un caballo llevando a la audiencia en un recorrido melodioso de altibajos y agridulces.

Leo Rondón, uno de los cuatristas destacados de estos tiempos, acentúa la venezolanidad, indica la ruta, señala los atajos hacia lo vernáculo. Sus cuerdas de nylon adquieren protagonismo, primero en un guiño al omnipresente Pajarillo, y después, en una transición en la que se queda solo, simula ritmos del Caribe, recorre el diapasón, se regodea en las posibilidades de su instrumento y se pasea por la geografía a través de golpes diferentes de joropo, hasta que se le suman unas maracas y la trompeta de Pacho. Por momentos, la audiencia y los músicos de la orquesta son testigos de un episodio de desparpajo venezolanísimo allí, en medio de una cita solemne, clásica, formal.

El trompetista tachirense, tal como lo hace al inicio, vuelve a cantar solo. Dibuja la serenidad de la tarde con una expresividad poco común en su instrumento. A su llamado van incorporándose paulatinamente el cuatro, las cuerdas, creciendo en intensidad y robustez, hasta culminar en el tope de una montaña. La ovación retumba en los parlantes.

Hasta el párrafo anterior me he referido a los 18 minutos de Cantos y revueltas, la pieza lomito del recital. Pero el álbum del mismo nombre, editado por el prestigioso sello alemán Deustche Grammophon, contiene también el Concerto para corno da caccia de Johann Baptist Georg Neruda, las Bachianas Brasileiras Nº 5 de Heitor Villa-Lobos, la pieza Invierno Porteño de Ástor Piazzolla e, incluso, un arreglo del vertiginoso El Diablo suelto, de Heraclio Hernández.

Formado en el Sistema de Orquestas, Francisco “Pacho” Flores (San Cristóbal, 1981) se reveló desde muy joven como un prodigio de la trompeta. Los premios más codiciados para solistas de su instrumento, primero el Maurice André y luego el Philip Jones y el Cittá di Porcia, no hicieron sino confirmar esa sospecha.

Cuando su carrera en el mundo clásico comenzaba a despegar y ya era artista de la casa de trompetas Stomvi, Pacho decidió aventurarse en un proyecto de música folclórica para abordar algunas de esos géneros que lo había acompañado desde su infancia. La trompeta venezolana (2009), álbum que lleva el sello de Guataca, retó a Flores, acompañado por Jorge Glem (cuatro), Roberto Koch (contrabajo) y Manuel Rangel (maracas), a pasearse por valses y merengues venezolanos, con invitados como el tenor Aquiles Machado y el vibrafonista Alfredo Naranjo.

Una vez que cumplió su capricho, habiendo firmado como artista exclusivo de la Deustche Grammphon —primer solista latinoamericano en hacerlo—, grabó Cantar (2013) con la Konzerthaus Orchester Berlin y Christian Vásquez; editó Entropía (2017), premiado con la Medalla de Oro en los Global Music Awards 2017; lanzó Fractales (2018) con la Arctic Philharmonic bajo la dirección de Christian Lindberg; e hizo Egregore+ (2020), el más reciente. Siempre se ha movido entre lo académico y lo popular, exhibiendo números venezolanos y explorando el cancionero latinoamericano.

En septiembre de 2019 estrenó el Concierto venezolano para trompeta y orquesta del maestro Paquito D’Rivera acompañado por el director orquestal mexicano Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería en una velada de lujo celebrada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. El resultado de la colaboración será llevado a formato disco por el sello alemán.

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Originalmente publicado en Guatacanights.com 29 de julio de 2020 

El jazz y la afrovenezolanidad brotan de los dedos de Gabriel Chakarji. La suya no es una propuesta jazzística a la que se agregue cierto exotismo cadencioso como quien le espolvorea una especie al plato, una vez que se cocinó, para hacerlo más interesante al paladar. La obra del pianista caraqueño es híbrida desde su mera concepción. De tanto empaparse de ellos, esos ritmos ancestrales dejaron de ser ornamento para incorporarse a la esencia.

New Beginning (2020) pasa en limpio el resultado de dos búsquedas paralelas, dos miradas al pasado para encarar su futuro. Por un lado, procura comprender a Thelonious Monk y a Bud Powell, incluso a Art Tatum, Fats Waller y James P. Johnson, llegar a Herbie Hancock y Bill Evans y seguir hacia adelante; entender las coyunturas, los quiebres de ese relato subyacente; y por otro, se enfoca en seguir las huellas de cultores de la afrovenezolanidad hasta alcanzar a Aquiles Báez y la contemporaneidad, estudiar el trabajo de pianistas como Otmaro Ruiz y Edward Simon y escudriñar a otros creadores que han transitado, a su manera, el mismo sendero.

—Se trata de combinar nuestra cultura con otras músicas que también amamos. La intención es expresar lo que soy en este momento.

El recorrido de 8 episodios está pensado como un recital. Comienza con la brasa bien ardiente, con casi todos los jugadores en la cancha. El título del primer tema, Mina/San Millán, delata de manera didáctica los dos golpes que componen la pieza. El piano dialoga con el saxo, a veces canta con él y luego le sirve una base para que tome el primer plano. Baila envuelto en tambores, acariciado por una voz que comienza tímidamente como una pincelada hasta que se vale del lenguaje por única vez en los 47 minutos y 26 segundos que dura el álbum para llamarlos a todos al ritual: ¡Loloeeee, fuego-candela, fuego-candela, candela-fuego!

La voz proviene de Carmela Ramírez, también presente en New Danza, la segunda pista. Es una gran cantante, que además es pareja de Gabriel. Con ella hizo la obra que sería el antecedente más directo de New Beginning. Vida (2016) fue concebida en otras circunstancias, en Caracas, específicamente en el Teatro Chacao, sin público y apoyados en el profesionalismo de los ingenieros Vladimir Quintero y Germán Landaeta. En aquel disco exprimieron el vocalise, un recurso expresivo, muy presente en obras de brasileños como Heitor Villa-Lobos o Hermeto Pascoal, en el que la voz no funge como vehículo de contenido lingüístico sino como un instrumento de viento. Y Carmela es como una flauta perfecta. Sublime.

Chakarji cita Perseida, una de las 12 canciones que hicieron juntos para Vida, como un claro ejemplo de la ruta que transitaría hasta llegar a nuevas composiciones como No me convence, que va de la relajación de una fiesta tradicional a la inconformidad del jazz. Enredadera, un tema suelto que lanzó en 2019, también sirvió abreboca.

Para la cuarta canción, los tambores se van y llega una Melodía de agradecimiento, que requiere de calma para manifestar su gratitud a la divinidad por los favores recibidos. Es su manera de decir gracias por este New Beginning, que por cierto es el título de la quinta pieza, ejemplo palpable de cómo lo afrovenezolano está presente incluso cuando no suenan los tambores.

—Cuando te vas a las raíces, encuentras dónde está el alma de esta música, y puedes ser más honesto desde cada lenguaje.

New Beginning es el primer fruto discográfico desde su residencia en Nueva York, ciudad a la que emigró en 2014 becado para estudiar en la New School. Confluyen sus experiencias académicas, su aprendizaje del jazz y su vida en Nueva York, al igual que sus roces con músicos de otras latitudes que traen a la mezcla sus propios bagajes.

Los percusionistas venezolanos Daniel Prim y Jeickov Vital representan en el disco —no oficialmente— al proyecto Venezuela In Motion, un colectivo de músicos venezolanos que le ofrecen a Nueva York un replanteamiento de tambores, joropos, merengues y otros géneros musicales venezolanos.

En su trío, cuyo sonido queda registrado en temas como Voices y Norte y Sur, a Chakarji lo acompañan el surcoreano Jongkuk Kim (batería) y el estadounidense de origen mexicano Edward Pérez (bajo), quien además participa en otro proyecto afroperuano con el que Gabriel ha colaborado.

El saxo del álbum lo grabó Morgan Guerin, un virtuoso que, aparte, es bajista de figuras como Esperanza Spalding. De la trompeta se encargó Adam O’Farrill, nieto de Chico O’Farrill e hijo de Arturo O’Farrill, una dinastía de músicos provenientes de Cuba que pertenecen a la historia del latin jazz; inmortalizados, por ejemplo, en el documental Calle 54 (2000) del cineasta español Fernando Trueba. Algo de ese mundo, en el que Gabriel también se ha movido, se coló en la creación de Montuno quince, la penúltima del disco. Y también está presente la impronta del saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, a quien cita como una de sus más potentes influencias.

Cuenta el pianista que la banda tocó las 8 piezas en Rockwood Music Hall, un bar del Lower East Side de Manhattan, un domingo por la noche, y al día siguiente entró al estudio a grabarlo todo en simultáneo, como impone la tradición jazzística.

Con New Beginning, Chakarji (Caracas, 1993), quien obtuvo una beca de producción de la Café Royal Cultural Foundation, se afianza en su recorrido, que comenzó de pequeño en el piano clásico y que, tras una pausa, continuó al descubrir la libertad del jazz. Aquel joven que participó en la Big Band Jazz Simón Bolívar, que trabó amistad y camaradería artística con Linda Briceño y subió a escenarios junto a C4 Trío, al Pollo Brito y otras glorias de su país, sigue fiel a la música que le ha permitido viajar, conocer, crecer… y volver a comenzar.

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

Publicado originalmente el 8 de julio en Guatacanights.com

La Pagana Trinidad es un mero atrevimiento. La banda constituyó un oasis bailable en un contexto musical alternativo de abundante rock, pop, copioso influjo anglosajón, intensidades. Una sazón guarachera a partir de ingredientes que llegaron a puertos venezolanos directamente por el Mar Caribe la diferenció de todo lo que entonces pasaba por las tarimas. No sólo fue novedad; también fue gracia, picardía, feeling, lo que hace falta para fijarse en la memoria de un público. Ahora existe un registro fiel de su sonido. Un gran álbum debut que podría ser despedida.

De donde vengo es un compilado de canciones que ya probaron su efecto en directo; algunas, incluso, funcionaron desde la primera vez que Alessandra Abate, Fernando Bosch (The Bluetones) y Armando Lovera (Los Hermanos Naturales) se subieron juntos a un escenario. No sabían entonces que constituirían una agrupación. No tenían ni nombre. Tampoco habían bautizado eso que luego llamarían new cool guaracha. Pero tenían experimentos como Cosas cursis y otros aperitivos que ofrecieron en la Fête de la Musique capítulo Caracas en junio de 2013.

Cosas cursis fue la primera de varias canciones que surgieron de la interacción entre Alessandra y Fernando. Cuenta Alessandra, quien canta las letras que ella misma escribe, que concebir La Pagana Trinidad fue como crear un personaje. Una vez que tuvo cuerpo y alma, esa criatura comenzó a tomar su propio camino. Las composiciones automáticamente vistieron esos trajes de guaracha, son, cumbia y gypsy jazz, todo acentuado en la percusión de Lovera, con un vocabulario entre callejero y culto, un sonido contemporaneo y paradójicamente vintage, salpicado de soul y hasta un poco de blues.

—La Pagana ya tenía voz propia —asegura Alessandra—. Incluso tomamos decisiones importantes, como no incorporar un bajo a la grabación, porque sentíamos que había un sonido que debíamos respetar.

Foto: Archivo Guataca

Foto: Archivo Guataca

Sí, los bajos provienen de la Gretsch de Fernando Bosch, guitarrista preciso y autosustentable de esos que saben administrar habilidades y sacarle el jugo a los pedales de efectos. Si bien tal responsabilidad le impide mostrar virtudes individuales, quizá también lo obliga a concentrarse en esos riffs, esos arpegios y acordes que sostienen por la mano y la cintura —casi en la frontera hacia las nalgas— a La Pagana Trinidad.

Al habitante de Caracas le basta rodar una hora para llegar a la playa. Puede dirigirse al este, o salir del gran valle atravesando la montaña. El mar es la promesa recurrente del fin de semana. Es un descanso del agobio capitalino, del concreto, el smog y los quehaceres. Sobre eso va Agua salá, una pieza para bailar sin apuro, con actitud de reggae, dedicada a los chapuzones curativos, a las veladas sobre la arena acompañadas por el sonido de las olas cuando rompen.

El gypsy jazz —o manouche, como prefieran— está en el ADN de La Pagana Trinidad. Tal como lo hizo antes Monsieur Periné en Colombia, ellos encontraron allí un sendero placentero que tiene mucho sentido. Es una vertiente bailable del jazz que jamás ha estado lejos del Caribe: Nueva Orleans, separada del resto de Estados Unidos por pantanos, recibió mucho del sur, de Las Antillas, de todo lo que navegaba hacia el norte por el Golfo de México. Quizá por eso no hace ruido cuando aparece en Desdén, que, además, incluye un paréntesis bolerístico; o cuando predomina en Sr. Valéry, un tema delicioso inspirado en un personaje ficticio de un libro del portugués Gonçalo M. Tavares.

—La Pagana es una reconciliación con el bagaje latinoamericano —reflexiona Alessandra —. Hay algo picante, sabroso y único en esto que hacemos. Es un intento naif pero honesto de plasmar una identidad que es como un collage. Es el mestizaje. Es una identidad mixta que se apropia de todo.

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Suelta el trago es una canción romántica, pero del romance que llama las cosas por su nombre. Musicalmente, tiene dos velocidades. Una para conversar en la mesa y la otra para coquetear en la pista. Spoiler alert: el relato termina en samba brasileña.

La avispa es una guajira que contiene un doble guiño: la música recuerda a El ratón de Cheo Feliciano; la letra, al cuento “La avispa ahogada” de Aquiles Nazoa, que era el número favorito del repertorio de Alessandra cuando perteneció a un grupo de cuentacuentos de su colegio.

La Pagana Trinidad, ganadora del Pepsi Music 2015 al Artista/Banda Revelación, es ese grupo que pone a sonar el joven, pero que atrae a sus padres, abuelos y tíos macerados todos en Billo’s, La Dimensión Latina, acaso en Los Corraleros de Majagual colombianos u otras manifestaciones fiesteras más recientes. Prueben, por ejemplo, con la versión de Clavelito colorado, de Simón Díaz, que la banda incorporó a su repertorio una vez que participó en un homenaje multitudinario que le hicieron al maestro de las tonadas en plena avenida Francisco de Miranda de Caracas.

Tres canciones hablan del país y sus malestares. Aguacero es una cumbia que transporta una metáfora triste de la Venezuela de los últimos cinco, 10, ¿20 años? Mamá, llegó el aguacero y trae más agua que el mar/ el que no tenga peñero en esta vaina se va a ahogar. La que da título al álbum contiene versos muy claros: De donde vengo, la calma no es más que pura ilusión. Y una llamada Fiesta e’ protesta despide, entre el meneo de caderas, la frustración contra la violencia como medio para resolver conflictos. Propone sustituir rifles y municiones por libros y materiales de construcción.

Una noche, en uno de tantos toques en el Discovery Bar de El Rosal, Caracas, el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez asistió a celebrar su cumpleaños. La Pagana Trinidad armó la fiesta de siempre. Al final, el músico se les acercó e inmediatamente les propuso producir su álbum. Y así fue. No tardó en llevarlos al estudio de Ricardo Martínez, quien grabó y mezcló los instrumentos. Alessandra grabó sus voces con Armando Lovera Hernández, padre del percusionista. Y todo fue masterizado por el maestro de maestros Germán Landaeta.

Epílogo: Al momento de esta publicación, la historia de La Pagana Trinidad, golpeada por la diáspora venezolana, está en puntos suspensivos. Pongamos en práctica sus enseñanzas y administremos el despecho bailando mientras esperamos que ella recupere, algún día, su vida mundana.

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Yordano y la noche que se hizo canción

Yordano y la noche que se hizo canción

Publicado original el 23 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Yordano estuvo en Europa desde comienzos de febrero hasta el 10 de marzo. Justo antes de volver a Nueva York, donde vive, vio en Madrid a sus tres mejores amigos, con quienes conserva una relación entrañable desde que era muchacho. Ellos comparten un grupo de whatsapp, se ríen, pelean, se reconcilian. Son como hermanos. Días después de su llegada a casa, contento por aquel rato de charla, risas y abrazos, se enteró de que sus tres amigos habían dado positivo para covid-19.

El 23 de enero, aproximadamente a un mes y medio del encuentro, se habían cumplido cinco años del trasplante de médula ósea que reseteó su sistema inmunológico como quien vuelve a nacer. Cinco años desde que el músico agregó una segunda fecha de cumpleaños a su calendario. (Casi) cinco desde que superó un trance y despertó escuchando “Hallelujah”, una canción de Leonard Cohen, interpretada por Jeff Buckley, que se convirtió en un himno ceremonial para él y Yuri Bastidas, su esposa y mánager, su compañera en las alegrías y las adversidades.

Apenas tuvo fuerzas para hacerlo, todavía recluido, Yordano agarró su guitarra. Los médicos, enfermeros, acaso otros pacientes del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, no sólo fueron testigos de su recuperación física. También vieron cómo, aún débil y adolorido, sentado con su bata clínica y un catéter pegado al antebrazo, el artista volvía a ser artista.

Yordano pasó las nuevas composiciones en limpio poco a poco, acompañado por Cheo Pardo, alias Dj Afro, fundador y ex bujía de Los Amigos Invisibles, guitarrista y productor. Comenzaron haciéndose amigos, hablando de música y jugando con sus guitarras como John y Paul, y terminaron en un estudio trabajando muy en serio.

Yordano sorteó todos los obstáculos: Corrió a la emergencia de la clínica por reacciones alérgicas, se sobrepuso a recaídas graves y un día hasta le hackearon la cuenta de Twitter para anunciar su propia muerte. Además, encajó golpes devastadores como el asesinato en Caracas de su hermano, Evio Di Marzo, ocurrido el 28 de mayo de 2018. Por momentos, aunque ya estaba en construcción, se hacía imposible pensar en un disco.

***

 

A finales de 2018, recibo una llamada suya. Por primera vez, no era yo el que lo buscaba para hacerle preguntas. Era él quien necesitaba contarme.

—El disco está casi listo —me dijo. Nunca lo había sentido tan exaltado, ni siquiera las dos veces que lo nominaron al Latin Grammy. En ninguna de las entrevistas que hemos tenido, incluidas las largas charlas que condujeron a la biografía Yordano por Giordano (Libros El Nacional, 2016), lo sentí tan emocionado como en ese momento. No cabía en su cuerpo de 1.88 de estatura.

Esa vez no hablamos de salud, ni medicamentos ni dolores. Nada relacionado al síndrome mielodisplásico que padeció. Me siento bien. Punto. Me habló de ese álbum que ya tenía cuerpo y esencia, pero también de Luana, su segunda nieta que estaba a punto de nacer. Conversamos sobre Venezuela y la política. Y hasta me dijo que había conocido el Vessel, una maravilla arquitectónica recién inaugurada en Manhattan —no olvidemos que Yordano es arquitecto—.

Cuando colgamos, tenía la oreja caliente. Duración de la llamada: 2 horas 4 minutos.

 

 

Más que un álbum, Después de todo (Sony Music Latin), número 18 de su carrera, es un trofeo a la perseverancia. Las estadísticas jugaban en contra. Lo más probable era que no se produjera otro LP de canciones inéditas del autor de “Manantial de corazón” después de Sueños clandestinos (2013). Y aquí están 13 piezas que son una fiesta a la salida del túnel. Un fruto del que se desprende la dulzura de los nuevos comienzos.

“Después de todo”, el tema que le dio el título, remarca el leit motiv: Después de todo, yo de poco me arrepiento. Si algo no queda claro, el mensaje lo completa “Una vez más”, la que fundó su ciclo creativo actual y la que delata de manera más notoria la influencia de Cheo, quien contribuyó a refrescar su sonido y enfatizar su mensaje reparador: …y la noche será canción una vez más.

Al músico le gusta la metáfora del río, cuyas aguas siempre son distintas aunque esencialmente se trate del mismo caudal. Este Yordano salió a explorar, a jugar con más colores y texturas sin dejar de ser el de “Perla negra” y “Por estas calles”, el de “Aquel lugar secreto” y “Días de junio”. Para la aventura creativa, el ídolo siempre lleva en su maleta el bien más preciado por cualquiera creador. Un bien que él conserva celosamente desde hace unos 40 años, cuando empezó a componer: la autenticidad.

El tren de los regresos (2016), álbum en el que cantó algunos de sus hits de siempre con Franco De Vita, Ricardo Montaner, Kany García, Carlos Vives, Gian Marco, Santiago Cruz, Servando y Florentino Primera y bandas como Los Amigos Invisibles y Guaco, sirvió de vistazo en retrospectiva de su recorrido. Sin embargo, el músico quería a escribir sobre blanco. Después de todo era una necesidad.

La banda actual de Cheo Pardo, Los Crema Paraíso, con su percusionista Neil Ochoa y su bajista Bam Bam Rodríguez, colaboró en las sesiones. El propio Cheo dejó solos, bases rítmicas y pinceladas como guitarrista por doquier. También participó Luis Perdomo, cuyos pianos resaltan sin buscar protagonismo, elevando la obra, haciéndola más elegante. Sutilmente, también se asoman voces como las de Betsayda Machado y Ulises Hadjis.

Aunque Yordano celebra los 27 de octubre su nacimiento en Roma en 1951 y los 23 de enero su segundo nacimiento en Nueva York en 2015, la ciudad que más conoce y añora es esa que se cuela en canciones como “Enamorarnos otra vez”, un pop con elementos de rock and roll y condimentos caribeños: Llevarte a Caracas cuando pueda ir/ yo sé cuánto te va a hacer feliz.

Yordano hizo una bachata, o algo parecido a una bachata, llamada “Yo que te di”; un danzón con intenciones de blues llamado “Sólo ilusión”; una balada con acento de ranchera titulada “Para qué llorar” (de la que grabó un videoclip); y un reggae, o algo parecido a un reggae, que bautizó como “Qué sería de mí”, dedicado completamente, en cada palabra, cada acorde, cada detalle, a su amada Yuri. Pero sea bachata, danzón, ranchera o reggae, todo suena a Yordano.

Cuando vivían en Caracas, Yuri solía escuchar las canciones cuando ya estaban horneadas. Ahora, la convivencia en un apartamento pequeño en Nueva York permitió que, por primera vez, ella viera el carbón antes de ser diamante. De paso, intervino en la hechura y se hizo co-autora de dos piezas: “Alguien va a llorar”, que representa un viaje de vuelta a los años 60; y “Dime”, un diálogo de una pareja enamorada que vislumbra con temor la posibilidad de una ruptura. La historia de Después de todo no se cuenta únicamente desde el yo; también se relata desde el nosotros.

Yordano concibe los géneros musicales como puntos de partida. Luego hace con ellos lo que le place, y esa libertad es la que permite que resulte homogénea semejante ensalada. Esta vez atrevió a grabar riffs y solos de guitarra, a probar falsetes, a acariciar a sus seres queridos de manera velada, a dejar guiños a personajes que admira, como Bob Dylan o Joaquín Sabina, y a jugar con palabras, como lo hizo en “Bailando en la jungla”, un tema funky desde el que mira la situación de Venezuela de manera satírica.

El Caribe se muestra, en todo su esplendor, en canciones como “Allá iré”. El autor comparte la nostalgia que le produce la distancia que lo separa de sus hijas y nietas en tiempos de diáspora. También reluce en “Ay, mujer”, que trae de vuelta esa oscuridad de bar nocturno, de pista bailable envuelta en humo tan habitual en el Yordano de los primeros LP. Y algo similar ocurre en “Qué linda te ves”, una composición que nació de una foto que le envió Yuri vía whatsapp, y que, además, rítmicamente, pone un pie en Brasil. En esa también es evidente la co-responsabilidad de Cheo en el resultado.

***

 

Entre febrero y marzo de este año, Yordano actuó en cuatro ciudades de España siempre a casa llena. En Italia, volvió a su natal Roma y se reencontró con un montón de sobrinos y primos. También pasó cinco días inolvidables de abuelo feliz en Canarias, donde vive su hija Adela y donde conoció a su nieta nueva.

Yordano me cuenta que, al volver a Madrid y enterarse de que sus amigos padecían el Coronavirus, Yuri y él estuvieron muy nerviosos. Él es un paciente vulnerable, no sólo por sus 68 años de edad sino por la fragilidad de su organismo después del trasplante. Apenas sospechaba algo, llamaba a su médico: Tranquilo, si no hay fiebre no hay de qué preocuparse. Se tomaba la temperatura constantemente, pero nada. Valores normales. Todo bien. Desde que se decretó la cuarentena en Nueva York el 20 de marzo, no salió más a la calle.

—Yuri no me deja ni asomarme —me dice, riéndose.

El confinamiento no ha sido tan distinto de su cotidianidad en tiempos recientes. Me recuerda que pasó 47 días en el hospital y 6 meses de aislamiento después de la intervención del 23 de enero de 2015.

Uno de sus amigos contagiados estuvo muy grave y eso lo ha tenido muy preocupado. Mientras tanto, invierte horas en Youtube mirando videos musicales, viejas peleas de boxeo, documentales sobre felinos y clips de late shows estadounidenses. Y más que nada, se la pasa tocando de arriba abajo las canciones de su nuevo disco. Quiere tenerlo fresco cuando se cierre finalmente el paréntesis pandémico.

En vísperas del lanzamiento, me adelanta que la promoción de Después de todo se apoyará en dos videoclips dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez —grabados, por fortuna, antes de la crisis sanitaria— cuyo director de fotografía es Fernando Reyes, un cuarto bate de Hollywood. Y yo le pregunto: ¿Qué sientes ahora que va a salir el que, creo, es el disco más sufrido de tu carrera, el que más enfrentó obstáculos?

—Bueno, este disco no existiría sin lo que pasó. Es así. Una cosa es consecuencia de la otra.

 

FOTOS: Cortesía Sony Music Latin

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Publicada originalmente el 27 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Al fin podemos asomarnos entre las rendijas y saber a qué sonó. Al fin podemos hacernos una idea de lo que ocurrió en un estudio caraqueño en 2006 cuando Simón Díaz se sentó por última vez frente a un micrófono conectado a una cónsola de grabación, mientras Gabriela Montero reinterpretaba libremente algunas de las obras preciadas del maestro de las tonadas. Al fin.

Cuando las ganas se juntan —así se llama el álbum— nos sorprende como intrusos, como si nos hubiéramos colado en un lugar privilegiado. Son los pormenores del histórico encuentro entre uno de los compositores populares más celebrados del país y una de las mejores pianistas clásicas del mundo.

La carátula no le hace justicia a una obra antológica, cuyo valor radica precisamente en lo inacabado. Es de una belleza que florece de manera silvestre, natural. Díaz y Montero nos hablan al oído, como secreteándonos. Nos hablan, por momentos, desde adentro de nosotros mismos.

Apenas comienza, el piano dice presente y espera la respuesta silbada del Clavelito colorado. El piano de la ciudad, de los conservatorios, del influjo europeo; el silbido del sentimiento, de la intuición, de ese campo que siempre estuvo aquí, desde mucho antes que este paisaje imponente se llamara Venezuela. Así comienzan a buscarse el uno al otro, como quienes van cortando la maleza guiándose por el oído (y el corazón).

Una brecha enorme separa los puntos de partida de Simón Díaz y Gabriela Montero. Existe un aprendizaje que viene del instinto y la naturaleza; una información que surge del horizonte y los anhelos, las siluetas de los árboles contra el ocaso, el canto cándido de los pájaros y la nobleza del ganado. Otro, que proviene de las siete notas, con sus bemoles y sostenidos, mayores, menores y otras tantas complejidades entre redondas y semifusas; un contenido que va del pentagrama y las enseñanzas de tantos genios de otros tiempos a los dedos y los martillazos que resuenan dentro del piano. Pero la magia vence ese abismo. La magia o el talento, o la gracia o las emociones o todo eso junto. En una estación avanzada del viaje, una vez superados relieves y curvas, los dos, el cantor popular y la pianista virtuosa, se encuentran en una cumbre que sólo admite lo sublime. ¿Una cita en la luna, la luna a la que tanto le cantó ese hombre enamorado que nació en Barbacoas, estado Aragua, un día 8 del mes 8 del año 28?

No había comenzado el doloroso exilio de Gabriela Montero, para muchos la mejor pianista venezolana desde Teresa Carreño, cuando a Bettsimar Díaz, hija del Tío Simón, productora y presentadora de televisión, se le ocurrió la gran idea. Entre las dificultades que ya suponía el Alzheimer de su padre y la agenda copada de la artista, encontraron el tiempo para grabar seis pistas. Más tarde, en 2010, Montero recurrió a su acto de magia predilecto —la improvisación— para jugar en torno a otras cinco.

Cualquier experimento de la autora de Ex Patria es digno de enmarcar y eso pasa con su lectura de Caballo viejo, de la que resultaron dos versiones, una más impetuosa, la otra más taciturna. También ocurre con Flor de loto, trasplantada a un jardín atemporal, y El becerrito (La vaca Mariposa), cuya historia se cuenta desde el Romanticismo. Al igual que Pasaje del olvido y Tonada del tormento, todas se asoman entre los episodios cantados como preparando al espectador, pero incluso cuando no canta, el maestro está presente.

Luna de Margarita es una obra impresionista. El Tío Simón anuncia: Luna de Margarita es… como tu luz, como tu voz, como tu amor. Gabriela recoge esas palabras y se las lleva con ella como un tesoro. La artista viste la esencia de Simón como quien se pone un abrigo. Deja caer sus dedos entre esas melodías para reinterpretarlas desde su virtuosismo.

Con Simón pasa como con Manzanero o Leonard Cohen. Son autores de grandes composiciones que han sido reproducidas en muchas voces, pero no hay nada como escucharlas por ellos mismos. La canción responde fielmente a su significado. Su contenido se relegitima. A pesar de su edad y su condición al momento del registro, su voz exhibe la potencia necesaria para trasladar versos como los de Mi querencia, El alcaraván, Sabana y El Loco Juan Carabina. Se le oye tomar aire. Su sonrisa, esa que es casi un emblema nacional, puede intuirse. Porque a veces las sonrisas suenan, y la de él pareciera no apagarse nunca.

Cheo siendo Cheo

Cheo siendo Cheo

Publicado original el 3 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Cheo descansó de su eterno juego de roles. Esta vez no es el José Luis Pardo fundador de Los Amigos Invisibles, compositor, bujía creativa y guitarrista de la banda durante 20 años. No es Dj Afro, su alter ego electrónico, ni se esconde detrás de una criatura de múltiples tentáculos llamada Orquesta Discotheque. Tampoco es uno de Los Crema Paraíso, trío que cultiva música de raíz venezolana adulterada, ni hace parte de Locobeach, pandilla de cumbieros psicodélicos que aterrorizan los bares neoyorquinos con un tumbao contagioso que incita a una desenfrenada pulitura de hebillas. En esta ocasión, no; Cheo no es ninguno de aquellos. Durante esta Sorpresa de 10 canciones y cuarenta y tantos minutos, Cheo es simplemente Cheo.

¿Cuánta información tendrá en la cabeza? ¿Cuántos conceptos, melodías, estructuras? ¿Cuántos sonidos, transiciones, efectos, pequeños detalles que, si se administran bien entre los silencios, hacen de la música algo mágico? Sorpresa es una aventura exploratoria por el mundo ecléctico de un artista que celebra con igual entusiasmo el rock risueñamente atormentado de The Cure, los encuentros de Blades y Colón, Colón y Celia, Sinatra con Jobim, Jobim con Stan Getz, y la onda nueva de Aldemaro y el funk y el disco y el soul y el acid jazz y tantísimas cosas más que conviven bajo ese afro reconocible por todo fan de Los Amigos Invisibles.

Es difícil poner en orden toda esa data. Pero Cheo, siendo Cheo, ha encontrado darle sentido a una heterogeneidad inabarcable ya reflejada en Free (2011) y en cada uno de sus proyectos. No hace ruido el tránsito a un latin soul desde un intro como Wake Up Call, que activa las neuronas con guitarras acústicas, que se parece a esos segundos de desconcierto de la mañana, cuando uno se levanta y empieza a reconocer su hábitat. La cama, el armario, el póster de Farrah Fawcett, la ropa usada de anoche.

Todo el día en la cama es como una cuba libre bien servida. Un baile de hombros, de movimientos ligeros, para un domingo perezoso. Reluce la que ha sido, históricamente, su voz cantante: su guitarra; esa mano derecha que es una cátedra de ritmo para guitarristas, una destreza que no enseñan en conservatorios y, por supuesto, ese monstruo con traje de wah wah que pasa a primer plano en los solos. Reluce también su segunda voz: sus cuerdas vocales (sin talkbox). Cheo canta, como ya lo hizo en su álbum con Ulises Hadjis (Dónde, 2018). Canta lo que su canción necesita; sin estridencias, sin excesos, dejando caer la última sílaba de la palabra en el siguiente compás, porque si este álbum lleva una moraleja es esa: «tranquilo, no hay ningún apuro». El mismo recurso de la métrica se repite inmediatamente después en Trasnocho entre semana, que es desparpajo y gozadera al igual que No quiero ser tu amigo, una de esas piezas que hacen evidente el origen de tantos hits de Los Amigos Invisibles. Inevitable obviarlo.

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Cheo convocó a sus panas. Algunos, como Ulises o como Catalina García y Santiago Sarabia, de la banda colombiana Monsieur Periné, lo ayudaron a escribir. Otros, como Alberto Arcas (Okills) o Lolita de Sola, aportaron coros. Rafa Urbina (Famasloop) grabó baterías, al igual que Fernando Valladares y el compañero de aventuras de Cheo y gran percusionista, Neil Ochoa. También, Alejandro Berti sumó la elegancia de su trompeta en canciones como Carnaval, agregada a la lista al final del proceso de grabación porque —así lo dijo Cheo— su disco no podía existir sin bossa nova.

Gabriel Chakarji, jazzista y prodigio caraqueño del piano que también vive en Nueva York, colaboró. En la Guachara Vegana, tributo que le hace a sus obras de salsa favoritas, participó el trombonista Rey David Alejandre. Allí subraya ese mismo mensaje de relax que humedece toda la obra: Dale con calma, que hay tiempo. Sorpresa es un oasis en tiempos de incertidumbre.

Tras una seguidilla de latin soul, bossa, salsa y vacilón, llega un descanso que se llama No más, una séptima pista introspectiva que pareciera sellar el final de un despecho, abrigada por guitarras que me recuerdan a The Cure y al Duran Duran de Ordinary World (1992). ¿Cheo hablando de sentimientos? ¿Hablando en serio, sin sarcasmos, sin picardía caribeña, de vulnerabilidad y melancolía? Pues sí. Dice: Yo voy en barco sin saber nadar en un coro delicado, sanador, definitivo.

En el tema siguiente, Jugando conmigo, vuelven la calle y el humor. Basta de seriedad. Es un latin soul que suena a colilla humeante, a cortejo que fracasa, a trago aguado, salitre y beso de fumadora en el cachete. Me voy en paz a casa a jugar conmigo, confiesa resignado antes de subir el beat en Faltabas tú, la única francamente discotequera del álbum, bien funky, bien disco, más Orquesta Discotheque, casi totalmente instrumental.

Sorpresa escarba en lo retro, pero mira hacia adelante; remarca identidades, pero reivindica el cosmopolitismo; le habla de frente a su gente, pero abre la puerta a oídos de cualquier origen. Sospecho que sonaría fresco en cualquier sitio, en Caracas o en Nueva York, en Río de Janeiro o en Madrid, Ciudad de México, Miami, Bogotá…

La obra termina con Feelings, una pieza instrumental que me hace pensar en Colina y la segunda mitad de los 80, en los que, como adolescente curioso en aquella Caracas tan diferente de la actual, con la piel de gallina frente al tocadiscos, aquel Cheo jovencito estaba comenzando a construirse ese museo de influencias que ahora se dedica a pasar en limpio.

Una vez que Sorpresa se acaba, me voy a la cama pensando que mañana quiero ponerlo de nuevo para dejarlo sonando el fin de semana. El lunes, ya veremos.

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Por Gerardo Guarache Ocque

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 21 de febrero de 2020

 

Un bajo eléctrico se toma su tiempo con mucho groove. Se le suman unas congas y del encuentro surge una música latinoamericana que camina por la ciudad con desparpajo y chaqueta de cuero. Al paseo se incorpora una guitarra funk y un hombre recita en inglés la antesala a nuevos invitados: un piano salsero, un teclado ochentoso; la base rítmica y los coros le hacen un guiño a Guaco. Así es la música de Luis “El Pana” Tovar, percusionista de Guatire establecido en Calgary: un constante armar y desarmar; un collage en el que los tambores afrovenezolanos sirven de anfitriones a lo demás, venga del pop, del jazz, del R&B, la salsa, el merengue dominicano o el rock.

Fuliafrocode, su segundo álbum, es una manifestación de su voz, como él la llama. Un compendio de 13 temas en los que se mezclan sus aprendizajes y sus gustos. Una amalgama en la que pueden identificarse influencias caribeñas y anglosajonas y, sobre todo, esencias que el percusionista, formado con maestros como Alexander Livinalli y Vladimir Quintero, se llevó de su país como equipaje cuando migró, primero a México y después más al norte, a Canadá, donde reside desde hace 14 años.

Tovar se gana la vida tocando salsa. Con su banda, Distrito Salsa, suele acompañar a referentes del género como Tito Nieves, Willie Colón, Tony Vega, Maelo Ruiz o Jerry Rivera. Al margen de su actividad como performer, juega a la artesanía musical en casa. De esas dinámicas lúdicas, han surgido sus dos obras.

Todo comenzó con unos injertos rítmicos que se le ocurrieron. Unas combinaciones nada comunes. A partir de eso, comenzó a construir y se atrevió a agregar bajos, teclados y a sumergirse en el mundo de los loops, los samplers y las herramientas comunes en una grabación de un álbum de hip hop. El primer resultado de la experiencia se llamó simplemente Everything I Like (2014).

Fuliafrocode evidencia la continuidad de esa búsqueda. “Dale candela” —la canción descrita en el primer párrafo de este artículo— convive con otras como Why not?, grabada junto a su colega Yonathan Gavidia y cuyo título subraya su empecinamiento por llevar la fusión lo muy lejos, a donde la mayoría siente vértigo. En esa, la fulía se entrelaza con un merengue dominicano muy al estilo Juan Luis Guerra, y después coquetea con un chachachá y un guaguancó. Toda una ensalada.

Uno de sus objetivos fue realzar el San Juan de Guatire, fiesta mágico-religiosa de su tierra casada con un ritmo de tambores desafiante y enérgico. Al mismo tiempo, quiso rendirle tributo a la agrupación 1, 2, 3 y fuera. Ambos propósitos se lograron en Fuera, la tercera pista, en la que ese patrón afrovenezolano dialoga con retazos de hip hop y sigue de largo hasta juntarse con otra versión de la obra de Simón Díaz más celebrada en tiempos recientes, la Tonada de luna llena, cantada esta vez por su amigo Andrés González.

Los versos del Tío Simón representan un prólogo de la pieza siguiente. Aguanta Venezuela le rapea un mensaje de ánimo a quienes dejaron el país en busca de oportunidades y huyendo de la dramática crisis y, al mismo tiempo, construye un escudo contra la xenofobia que sufren muchos de ellos. Antes, en la misma línea pero en formato instrumental, suena Venezuelan Exodus, que mezcla los tambores con unos teclados vintage, como sacados de un álbum de Herbie Hancock de principios de los años 70, grabados por Kate Melvina y Stephen Fletcher.

El hombre que recita en inglés en cinco de las 13 pistas es Malcolm Mooney, poeta estadounidense que alguna vez perteneció a la banda alemana CAN, exponente de aquella corriente setentera conocida como Krautock —definidad por una fusión avant-garde de elementos disímiles en torno a la electrónica y el rock—. Es él quien aporta los versos de la reflexiva Someone Care, una canción que reclama bondad, solidaridad y fe en el otro para los tiempos mezquinos que vivimos. La otra voz hablada es la de Edwins Moreno, quien hace las alabanzas a la Santa Cruz de Pacairigua en Fuliafrocode, la pieza que acentúa el origen y el viaje de Tovar, tomando la materia prima de una ceremonia tradicional y revistiéndola de modernidad.

Fuliafrocode, en cuya grabación también participó su maestro Alexander Livinalli, es un álbum que puede (y debe) escucharse de un tirón. A la mitad, justo antes de la descarga de Un cambio de actitud pt. 2, que es como un frenesí con metales, una percusión latina agresiva y endemoniados solos de guitarra de Carmelo Medina, se presenta una pausa, un descanso para tomar aire y seguir. El respiro se llama I Like This Winter Better. Allí, en esa canción cálida en contexto invernal, relucen los bajos de Lisa Jacobs. Es tierna porque escenifica el nacimiento de la hija de Luis Tovar, Emily Gabriela, quien, sin saberlo, en sus primeros intentos de habla, tuvo una participación estelar en la obra de su padre.

 

FOTO: Cortesía Carmen Alejandra Infante Peña

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Publicado original en GuatacaNights.com el 7 de noviembre de 2019

Como todo artista, antes que nada, Fran Vielma es un investigador. Conviene entender su manera de encarar la creación, que es más parecida al trabajo de un antropólogo que al de un músico ensimismado en las complejidades de ritmos y armonías, para comprender un mensaje que el percusionista merideño envió al mundo a través del álbum Tendencias, primer fruto discográfico de su Venezuelan Jazz Collective, una propuesta que pasa las semillas venezolanas y latinoamericanas por el barniz sofisticado del jazz.

A Vielma le va como anillo a sus dedos maltratados por los cueros la frase que alguna vez pronunció el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov (1860-1904): “Para ser universal, habla de tu pueblo”. El músico, que fue partícipe de la Movida Acústica Urbana, aquel colectivo que acercó a melómanos a ensambles de vanguardia inspirados en la raíz tradicional venezolana hace unos años, se llevó la pulpa de sus pesquisas a Estados Unidos. Se llevó en su maleta un concentrado a base de sangueo, joropo oriental, golpe de Patanemo, merengue caraqueño, y los ecos de tumacos, fulías, clarines, tamboritos, minas y más elementos autóctonos y/o de origen africano.

Tendencias, la canción homónima, representa precisamente la incorporación de ritmos de las costas centrales, cultivados a orillas del Mar Caribe, a una sonoridad que es producto de la influencia potente de genios como John Coltrane: “Se trata de una búsqueda muy personal —dice Vielma— que se manifiesta de una manera no literal en muchos casos, y no tradicionalista, aunque esté hecha con mucho respeto y con mucho orgullo, como diciendo: ‘Esto es parte de lo que yo soy’”.

En Monk en Aragua, Vielma recrea la fantasía de una visita del mismísimo Thelonious Monk a las costas aragüeñas. En Hubbardengue le rinde homenaje a Freddy Hubbard, maestro del hard bop, desde el merengue caraqueño. Cereal de Bobures es su guiño al Zulia; representa una travesía por el Sur del Lago de Maracaibo a bordo de una gaita de tambora. También le habla a su familia: Mis dos luces es una pieza basada en el bambuco de su tierra, Mérida, dedicada a sus sobrinas; y Ehlba es un retrato expresionista de su madre, Maritza Vielma, desde el jazz combinado con tambores barloventeños que invitan a bailar.

Para plasmar sus ideas, esas que desarrolla a diario desde el piano y que luego traslada a un ensamble en el que asume el rol de percusionista, Fran Vielma se rodeó de grandes músicos que cubren dos requisitos básicos fundamentales: la formación dentro del lenguaje del jazz y el conocimiento de ritmos latinoamericanos que muchas veces se reproducen, con pequeñas diferencias pero innegables similitudes, en varios países.

El Venezuelan Jazz Collective se conformó en 2015, tras la participación del músico andino, como jazz embassador del New England Conservatory de Boston —donde estaba haciendo su maestría—, en el Festival de Jazz de Panamá, en el que compartió escenario con Danilo Pérez, Rubén Blades, Miguel Zenón y otros artistas que admira.

Desde 2010, cuando dejó su país y se fue a Boston a estudiar Performance y Teoría del Jazz en la Berklee School of Music, ya el artista experimentaba con repertorios variados que involucraban fragmentos de autores como el Pollo Sifontes y Simón Díaz —de quien quedó el Pasaje del olvido en el álbum— como parte de su ensalada contemporánea. Pero Vielma quería más.

Siempre soñó, por ejemplo, con tener un ensamble grande con sección de vientos. De modo que contactó al pianista Luis Perdomo y al contrabajista Roberto Koch (Aquiles Báez Trío), que vive en Europa pero que entonces estaba de visita en Estados Unidos. También llamó al baterista Pablo Bencid, con el que completó un cuarteto de compatriotas que sirvió de base. Para los vientos, incluyó a otro venezolano, el trombonista Ángel Subero, así como al saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón y a un trompetista ecuatoriano-cubano llamado Michael “Mike” Rodríguez. Con ese trabuco, al que se sumó en algunas piezas el cubano César Orozco en pianos y rhodes, se logró Tendencias, un álbum impecable, recibido con asombro por la crítica especializada.

Los músicos suelen decir, mitad en broma mitad en serio, que la música es el arte de cuadrar horarios. Vielma, quien reside en Washington DC, donde dicta clases, resolvió poniéndole a la agrupación en su apellido el término collective, que sugiere cierta flexibilidad. Y así funciona: él es el alma del ensamble, lleva sus composiciones, su concepto y el sustrato que representa su trabajo desde la percusión. El resto de la formación va variando de acuerdo a la agenda.

Al momento de esta publicación, el Venezuelan Jazz Collective, que recibió el auspicio de la South Arts Foundation a través del programa Jazz Road Tour, se encuentra en una gira por Estados Unidos y El Caribe en la que Vielma comparte con Pablo Bencid, pero viaja con el pianista barquisimetano Santiago Bosch e instrumentistas como el contrabajista búlgaro Peter Slavov, el trompetista Sean Jones, el saxofonista Godwin Louis y el trombonista Jacob Garchik. Luego, quizá será otra la alineación.

Tendencias es la medida de lo que ha avanzado Vielma en la década —y poco más— que ha transcurrido desde Inesperado (2008), su primer disco. Allí pasó en limpio el sonido de Nuevas Almas, proyecto con el baterista Diego Maldonado, en un compacto editado por Cacao Música, aquella linda pero efímera iniciativa financiada por el entonces grandeliga Bob Abreu.

El Venezuelan Jazz Collective no es el primer proyecto de jazz que se alimenta de esencias latinoamericanas. Su sonido se enmarca en un extenso y dorado historial que comienza con el acercamiento de Dizzie Gillespie y Charlie Parker hacia la música afrocaribeña en los años 40 y continúa con experimentos de ida y vuelta entre dos mundos que se fusionaron y se convirtieron en uno solo; de gente como Tito Puente, Eddie Palmieri, Machito, Cachao o Mario Bauzá, así como Danilo Pérez, Paquito D’Rivera, Dafnis Prieto, Giovanni Hidalgo y más creadores mestizos. Pero la idea de Vielma sí que devino en un ladrillo destacable en esa enorme pared que conjuga el sabor del trópico con la sofisticación.

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Publicada originalmente el 21 de septiembre de 2019 en GuatacaNights.com

A Marina Bravo siempre le gustó Garza perdida, una canción de Leonardo Amuedo y Joao Mendoza que Dulce Pontes incluyó en O primeiro canto, su álbum editado en el año 2000. No sospechaba la joven Marina en sus tiempos de integrante del Orfeón de la UCV, de cuando data su pasión por esa música y esa letra, que ella misma vestiría su contenido. No sabía que el norte se le volvería difuso. Ni que a fuerza de canto retomaría su camino y lo anunciaría con un álbum que llevaría precisamente ese título.

Garza perdida (2019), segundo álbum del catálogo en solitario de Bravo, es la celebración de un regreso —aunque realmente nunca hubo una partida—. El disco tomó el título de la canción portuguesa porque subraya un sentimiento que se cuela entre las 11 pistas. Es un himno entrañable a la persistencia que la artista le canta a su público, pero al mismo tiempo se canta a sí misma, como quien se da ánimos en momentos de adversidad: Y así volveré/ a cruzar este cielo y este mar./ Volaré sin parar/ a cruzar la tierra entera.

La mera grabación de la pieza representó un atrevimiento. El arreglo se concibió sólo para voz y mandolina, un instrumento melódico que suele requerir de algo más para que la canción se sostenga, sea un bajo, un piano, una guitarra. Pero resulta que el mandolinista fue el virtuoso Jorge Torres, quien construyó un base sublime desde las 10 cuerdas de su instrumento —la de él tiene dos más que la mandolina estándar, a la usanza del maestro brasileño Hamilton de Holanda—.

La voz de Marina es de esas que no necesitan vestirse mucho. Mejor dejarla así, semidesnuda. En Garza perdida se muestra a plenitud, exhibiendo sus sutilezas y también, aunque no sea su recurso más habitual, su potencia. En un momento deja correr todo el aire desde sus pulmones y, al siguiente, recurre a un falsete que suena como la flauta más dulce; como una caricia que derrite.

Con Torres, también grabó Pesca y ruego, un punto y llanto que cuenta una historia a orilla mar, de la península de Macanao, Margarita, pero que es la historia de la separación momentánea de muchas familias, acaso todas. Amanecía cuando su autor, Ibrahim Bracho, vio a un pescador que se despedía de su esposa e hijos antes de irse a una faena de meses. Bravo adaptó la letra, se la apropió, pero el espíritu es el mismo: Cuando sales a pescar, ruego a la virgen del Valle/ porque en el mar no se sabe si tú puedas regresar.

El minimalismo, de pronto obligado por circunstancias, se convirtió en concepto. Los pequeños formatos le sientan bien a la cantante. Su voz evocó a Alfonsina y el mar, un clásico latinoamericano, una zamba argentina de Ariel Ramírez y Félix Luna que cuenta, desde la metáfora, el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. “Quise darme el gusto con una de esas canciones de siempre”, dice Marina, quien se acompañó con la guitarra de Héctor Molina, conocido como cuatrista, miembro del C4 Trío y del ensamble Los Sinvergüenzas.

***

Mucho ha pasado en la vida de Marina Bravo desde aquellos días en los que cantaba Alfonsina y el mar en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. No sólo grabó tres álbumes con Pomarrosa, un proyecto musical de la Fundación Bigott que la unió a Zeneida Rodríguez. También participó en obras de teatro como Fango negro, que, en lugar de las tablas, representaba el drama en un autobús, en la calle, en un bar. Grabó su primer trabajo, De donde vengo (2010), y realizó una gira que llamó Canciones de aquí y de allá, que la llevó por ciudades como Margarita, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal.

Entre su primer álbum y Garza perdida, Bravo se enamoró, se casó y se hizo madre. Se mudó a Margarita a cristalizar proyectos, uno de ellos su vuelta a la radio, que chocaron contra la muralla de la catástrofe venezolana del siglo XXI. Murió su padre y, más tarde, su madre. Ella volvió a la capital en 2016 buscando reencontrarse con aquella misma garza que no paraba de cantar y actuar. Y con Héctor Molina comenzó desde cero a construir lo que, después de muchos cambios y de sortear obstáculos asociados al deterioro general de la vida en el país, se convirtió en esta placa celebratoria. En medio del proceso, entre otras actuaciones, ofreció un concierto en Guataca Nights Miami en septiembre de 2018, acompañada por el ensamble Los Sinvergüenzas.

De unos conciertos inspirados en música peruana que ofreció con César Gómez y Aquiles Báez, uno de ellos en el Festival Caracas en Contratiempo, Bravo escogió dos canciones y las pasó por el filtro de su nuevo concepto. Una de ellas fue Chabuca limeña, dedicada por Manuel Alejandro a la gran cantante peruana Chabuca Granda. La otra, Azúcar de caña, un landó peruano, es la pieza más movida del repertorio, que sirve de puerta al disco con dulzura y ritmo. Otro landó llamado Tú primavera fue escrito por Báez, quien además grabó una guitarra de forma magistral, como es costumbre.

Marina se pasea por varias fases del amor y el desamor. Del romance a la antigua de Usted, el bolero de Luis Laguna, pasa a la ruptura amigable de No voy a quedarme, un bambuco colombiano de Doris Zapata que llevó al estudio con el percusionista Javier Suárez y con Edwin Arellano, quien se encargó del tiple y el bajo. Y de allí, llega al despecho de Barco de papel, un doloroso vals venezolano que escribió con Alicia Dávila: Con besos y caricias hice un barco de papel/ que ahora sale a navegar por los cauces del recuerdo.

Dos canciones muy venezolanas van una detrás de la otra. Bravo escogió la Tonada en melancolía, de César Gómez, la misma que grabó Luis Enrique con C4 Trío, y la hizo con el propio Gómez (cuatro), Luis Freites (contrabajo) y un cuarteto de cuerdas. Es la canción en la que participan más músicos. Le sigue Ese corazón, otra de sus composiciones en colaboración con Alicia Dávila, en la que se acompañó únicamente por el piano de Édepson González. Es un merengue caraqueño muy delicado, del que destila el deseo cándido de volver a enamorarse. De volver a creer como lo hizo cuando decidió que era hora de volver al estudio a dejar un registro de sus sentimientos.

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 29 de agosto de 2019. Enlace aquí 

El V-Note Ensemble es el retoño de una pasión. La pasión que acompaña cada arpegio de Jackie Rago, una multiinstrumentista caraqueña que comenzó a los 4 años de edad una carrera sin descanso por los entresijos de la tradición sonora de su país y que, al marcharse de Venezuela, mucho antes de que la palabra ‘diáspora’ se instalara en nuestra jerga, se llevó esos ritmos en una maleta porque no se concebía sin ellos.

Rago, ejecutante del cuatro, la bandola y la mandolina y percusionista formada por maestros como Alexander Livinalli, no encontraba, en el rincón de California en el que se estableció, compatriotas para contar tres y comenzar un joropo, un merengue caraqueño o una onda nueva. De modo que contagió a sus colegas estadounidenses y logró el milagro: ellos también se enamoraron.

Primero, la semillita criolla germinó en la costa oeste de Estados Unidos y dio origen a The Snake Trío, una agrupación que, después de dos álbumes, se desarrolló como una crisálida que se convierte en mariposa y devino en el V-Note Ensemble para insistir en el mismo experimento: pasar la materia prima del folclor venezolano por un barniz de jazz y música contemporánea.

Conexión (2019), tercer trabajo del ensamble —aunque bien podrían sumarse a la lista los otros dos del Snake Trío— refleja un acercamiento hacia la música venezolana que no es superficial. No es el capricho de un curioso que prueba la temperatura del agua en la playa sumergiendo los dedos de los pies. Es más bien una inmersión, un chapuzón, un clavado a cuerpo entero que no se conforma con el repaso de estándares sino que propone ideas nuevas.

La agrupación se alimenta de composiciones inéditas que aportan, en su mayoría, Rago y la estadounidense Donna Viscuso, flautista, saxofonista y principal aliada de la caraqueña en esta misión que ya lleva más de 16 años en marcha. En la formación están también Daniel Feiszli, un bajista que ha tocado con gente como Raoul Midon, Julio Iglesias y Raúl Di Blasio, responsable de una base particularmente elegante; y Michaelle Goertlitz, una percusionista que, a pesar de que respeta los patrones formales, reviste el sonido de cierto cosmopolitismo.

Viscuso es autora de Pensivity, un merengue caraqueño lento pero merengue al fin, creado en compases de 5 por 8; esa estructura estrictamente venezolana con un frenadito pícaro que suele poner a solfear a músicos extranjeros. También aportó un chacha llamado Chasing Spring, que pone de relieve sus colores caribeños. Rago, desde las cuerdas de su cuatro, es la encargada de espolvorearle la esencia de venezolanidad.

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En sus dos trabajos anteriores, Rago había compuesto sendas suites: una de merengue para The V-Note Ensemble (2009) y otra llamada jazz-nera para Urbano (2014), con arreglos de ella junto con Viscuso y Sam Bevan, ex bajista del grupo. Esta vez, la suite se concentró en la costa afrovenezolana y ató un golpe tradicional originario de Todasana, estado Vargas, titulado Mono mono (en el que participó como invitado el percusionista Yonathan Gavidia), con un canto de sirena de Llamado a San Juan (en la voz de Rago) y un sangueo que llamó Venezuela Venezuela. Allí resalta y emociona, como es costumbre, la voz de Betsayda Machado.

Venezuela Venezuela la compuse como protesta —cuenta Jackie Rago—. Pero decidí ser más positiva que otra cosa. Es una canción nostálgica que me recuerda su playa, su brisa, su gente, su belleza natural. Me recuerda su música, con cumacos y maracas. Tocamos ese ritmo de la costa, que es tan sabroso, pero tratando de llamar la atención por lo que está pasando ahora”.

Los dos temas conocidos de Conexión, que vistieron el traje dual de elegancia y exotismo del V-Note Ensemble, son And I Love Her, de Lennon y McCartney, que se va pasando el switch —sin que se sienta una fractura— del vals al joropo y después a la onda nueva; y Blue in Green, de Miles Davis, cuya adaptación al merengue venezolano fue idea del bajista, Dan Feiszli.

Red Gladiolas es una de las joyas más brillantes del disco. Es una pieza de Rago inspirada en la música de Aldemaro Romero, tocada con bandola a dedo limpio —sin púa, como suele tocarse—, que pareciera idónea para comprender el concepto del ensamble. Su autora dice que siempre tiene gladiolas en casa porque “traen color, alegría y son vibrantes”. Lo mismo podría decirse de su canción.

Foa Aissim guarda una historia agridulce de fondo. Es una obra que sufrió una metamorfosis. La composición original de Erika Luckett, gran amiga de la agrupación, fue escrita como choro brasileño, pero ellos decidieron adaptarla nota por nota a los rigores de un merengue venezolano. Luckett se había mudado a Ohio para un tratamiento contra el cáncer y, sin planificarlo, llegó de visita a California precisamente el día en el que el V-Note grabó su creación. Meses después murió, y allí quedó esa simpática tercera pista del disco, perpetua, en su honor.

Calip-Swing responde exactamente a lo que su título sugiere: combina el desparpajo del calipso con la prestancia del swing. Es una colaboración de Rago y Viscuso que terminó en la voz de la invitada Anna María Violich, una cantante que, por su origen guayanés, a ellos les pareció perfecta para interpretar esas líneas carnavalescas que cierran el álbum con los ánimos arriba.

“Yo seré una estudiante de la música venezolana hasta que me muera”, confiesa Jackie Rago, motor de un ensamble que encara lo criollo como si fuera una sonata de Brahms. Una amiga suya definió la música del V-Note Ensemble como pop chamber music, y a ella le gustó tanto la etiqueta, que promete usarla en el futuro: Música popular de cámara.

Esa sutileza, ese equilibrio entre la rigurosidad académica y el desparpajo de lo autóctono, fue lo que convenció a un productor llamado Phil Lewis, que un día los vio tocar y les ofreció grabar el álbum al que dedicamos estos párrafos. Es un representante de The Maginus Project, una organización sin fines de lucro que apoya grabaciones de altísima calidad que suponen un aporte cultural significativo a Estados Unidos. Así fue como Rago, Viscuso, Goertlitz, Feiszli y sus colaboradores llegaron a los estudios Fantasy Records de California a registrar otro ejemplar de su particular lectura de la música de Venezuela.