Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Publicado originalmente en www.Guatacanights.com 4 de febrero de 2021

Alejandro Zavala estudió exhaustivamente la tradición musical venezolana antes de permitirse, sin zafarse nunca de ella, emprender su propio viaje. Tras cantar con tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, música en formatos variados, y tras grabar tres álbumes que son tramos de una misma búsqueda incesante, decidió extremar su voz, su instrumento más preciado, y construir una obra entera valiéndose únicamente de ella.  

Vocal, su cuarto álbum, es el resultado de un fino trabajo artesanal en el que su voz se desdobla, se multiplica, se transforma en lo que la canción necesite. Percusión, bajo, cuatro, cuerdas. Zavala funciona como un teclado al que, con un botón, lo hacen emular otros sonidos. Partiendo de ese supuesto imposible —que una misma voz suene cinco, seis, diez veces en simultáneo— recorrió cinco viejas canciones y tres piezas inéditas.

Las versiones de temas muy populares como la guasa El norte es una quimera de Luis Fragachán o La vaca mariposa de Simón Díaz demuestran la filigrana exquisita que logró el artista en los cuatro años de trabajo que le tomó la realización. Es una labor de mucha precisión, detallista, de texturas y matices muy sutiles. A los temas nada le falta, nada le sobra.

La paraulata de Juan Vicente Torrealba es una tonada/pasaje que nos lleva a Los Llanos. El Sangueo nos transporta a las costas caribeñas. Y la malagueña María y el mar, con letra de su autoría, nos invita a navegar por algún punto del mar entre Sucre y la isla de Margarita.

Vocal no es un álbum infantil, pero algo —quizá la inclusión de Son chispitas de Otilio Galíndez— genera desde los primeros minutos la sospecha de que es una obra concebida para el disfrute de público de cualquier edad. Como diría la cantante Andrea Paola Márquez sobre uno de sus proyectos, es para niños de 0 a 100 años. Y esa sospecha se va confirmando hacia las últimas pistas.

Zavala y su pareja, la bailaora Ana Valentina Quilarque, tuvieron una bebé en el extraño 2020, en pleno confinamiento por la pandemia. Inspirado en el maravilloso caudal de emociones que viene con el nacimiento de una hija, escribió un vals con su nombre: Alma. Además, le compuso una cara B, Arrullo, canción de cuna que baja el telón de la noche, de los ojos de su pequeña y de un álbum en el que Papá lo hizo todo, incluyendo la mezcla y el mastering.

Venezuela es un país de gran tradición coral, pero son muy pocos los trabajos inscritos en esta categoría. Podemos pensar en algunos episodios de agrupaciones como Vocal Song o Voz Veis. Internacionalmente, resuenan los cubanos de Vocal Sampling o los italianos de Neri per Caso. Al decantarnos por el factor unipersonal, me viene a la mente un álbum de Ximena Borges, ecléctica artista —hija del maestro Jacobo Borges— que en 2013 se atrevió a un experimento con motivos navideños, titulado Joyful Noise, basado, grosso modo, en el mismo principio. El otro antecedente lo generó el propio Alejandro Zavala en Primavera para mayo (2011), su segundo disco, en el que trabajó con Aquiles Báez y agregó una versión enteramente vocal de Flor de mayo, de Otilio Galíndez. Una vez que la hizo, sintió que se abría una puerta a un patio lleno de posibilidades. 

La principal referencia de Zavala y, de paso, el máximo referente de este curioso arte, es el genio estadounidense Bobby McFerrin, y en especial su trabajo Simple Pleasures (1988), del que se popularizó mundialmente el hit Don’t Worry Be Happy. Muchos pensarán todavía que la canta un ensamble vocal, pero la pista está toda grabada por el propio McFerrin (sin los enormes recursos tecnológicos de este siglo).

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Zavala se aventuró a hacer lo que hizo McFerrin entonces, explorando la técnica del scat singing, de la que supo inicialmente porque su amigo el músico y humorista César Muñoz la había estudiado en la Berklee School of Music de Boston. La novedad, la gran novedad, es que se basó en ese concepto pero trabajando con materia prima de raíz venezolana, respetando sus particulares estructuras, ritmos, cadencias, giros, transiciones.  

Alejandro Zavala (Caracas, 1977) ha hecho muchas cosas. Ha tocado con grupos de estricto joropo llanero y también en agrupaciones bailables como Tártara. Ha sido el Santos Luzardo de la obra musical Orinoco, versión libre y aflamencada de Doña Bárbara que protagonizó la bailaora Daniela Tugues con música de César Orozco. Investigador de la antigua Fundación de Musicología y Folclore, fundador de la Escuela Contemporánea de la Voz, comunicador social, docente, locutor, productor y director de los estudios Sonofilia en Caracas. Toca varios instrumentos, especialmente el cuatro. Fue arreglista y vocalista de un concierto titulado Venezuela, Una voz, una orquesta, dirigido por Eddy Marcano y presentado en directo en la Sala Simón Bolívar de la sede principal del Sistema de Orquestas en Caracas en octubre de 2016.

En 2009 editó su álbum debut Orígenes, al que le siguieron Primavera para mayo (2011) y Colores tierra (2014), todos basados en elementos folclóricos pero presentados libremente desde la contemporaneidad, con una instrumentación más o menos ambiciosa, matices de jazz y esa cosa etérea y multicolor que llaman world music.

Quizá influya la particularidad de la propuesta, pero, tal como ya lo advirtió desde su Instagram el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez, amigo del artista y aliado en el proceso de realización, Vocal es el trabajo más logrado de su carrera. 

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2020 en Guatacanights.com

Una cosa llevó a la otra. En diciembre de 2008 Aquiles Báez tomó el teléfono, llamó a tres, cuatro… en fin, a un grupo de amigos que fue multiplicándose, para presentar un espectáculo decembrino. El carácter de la Sra. Parra Anda, el álter ego fiestero, dicharachero y simpático que se inventó para celebrar la Navidad, fue cobrando forma in situ, en el escenario, año tras año. Más de una década después, al fin, la doña parrandera cobró forma de disco.

Cielo de diciembre, canción que le da título al álbum, es una composición de Báez que sirve de tema central. Es una suerte de telón que abre el espectáculo subrayando la belleza de Caracas durante el último mes del año; el azul profundo de su cielo que se une a un Ávila que reverdece y la abraza. Pero no todo es naturaleza y armonía. La letra no desconoce el drama que vive la “ciudad-pesebre” y la pobreza de sus cerros. Al mismo tiempo, clama por un futuro mejor.

Un manto de voces arropa los estribillos y cada cantante da un paso al frente para encargarse individualmente de las estrofas. No hay protagonistas ni secundarios; en la Sra. Parra Anda todos están en primer plano porque, además, no son voces cualquiera. Es un coro de lujo, conformado por los habituales de la farra: Betsayda Machado, de la Parranda El Clavo, Ana Isabel Domínguez, César Gómez, Williams Mora y las dos extremidades del dúo Pomarrosa, Marina Bravo y Zeneida Rodríguez. A ellos se suman invitados como Mariana y Ángel Ricardo Gómez, Nereida Machado y Ricardo Mendoza.

Aquiles Báez, uno de esos artistas que no paran de crear y de los que quizá es más numerosa la obra que permanece inédita, fue sumando nuevos números al repertorio. De su inspiración surgieron nueve de las 11 pistas que conforman el álbum, entre ellas Kapital, una parranda que ironiza a partir de la ambición por el dinero y las dificultades para conseguirlo en un país con enormes problemas económicos. El propio guitarrista toma la voz cantante y dice: No es rico ni acaudalado, ni empresario-inversionista/ todo el que roba dinero y se la da de socialista.

Báez escribió El sol del lago, una gaita de tambora con intro de tambores afrovenezolanos dedicada a San Benito; El pimentón, una oda a golpe de parranda a ese vegetal verde o colorado omnipresente en los guisos criollos; un merengue caraqueño humorístico llamado El cochino, que discurre sobre la vieja costumbre del cochinito de los aguinaldos; y Suenan las campanas, una parranda con un beat más acelerado para bailar en familia y celebrar el nacimiento del Niño Dios. Es un tema ideal para la medianoche del 24 de diciembre, una banda sonora que va bien con el ponche crema, el pernil, las hallacas y el pan de jamón. Pero ocurre que, a esta hora de nuestra historia, tan accidentada y dolorosa, con tanta penuria y tantos venezolanos desperdigados por el mundo, trae consigo una carga de añoranza y nostalgia ineludible.   

La música de Cielo de diciembre es impecable, como es de esperarse en un trabajo de Báez, experimentado compositor, arreglista y productor. Si en directo la fiesta suele nutrirse de la chispa humorística, la improvisación y la interacción entre un público y una audiencia que suelen ignorar la línea que los separa, en el álbum salen de relieve sus delicados arreglos. Báez, además de cantar algunas estrofas, arregló, dirigió, grabó cuatros y, por supuesto, tocó a su compañera inseparable: la guitarra. Se apoyó, en la base, del baterista Adolfo Herrera, el bajista Carlos Rodríguez y los percusionistas Jorge Villarroel y Julio Alcocer. A ellos se sumaron el trompetista Roderick Alvarado, el trombonista Joel Martínez y los saxofonistas Frank Haslam, Glen Tomasi y Léster Paredes.

A sus creaciones, Aquiles agregó dos joyas que hacen más heterogénea la gama de ritmos del disco: María del aire, una pieza con aire de tamunangue dedicada a la virgen de todos, a la María omnipresente, obra de Ignacio Izcaray; y La elegida, una gaita clásica y sabrosa de Renato Aguirre que es una plegaria a la Virgen de la Chiquinquirá.

En la mitad del recorrido aparece, como una maestra de ceremonia, La Sra. Parra Anda, una parranda —obviamente— con arreglos de metales, que funciona como un perfil del personaje que son todos los involucrados en el álbum y, al mismo tiempo, no es nadie. Es bailadora pero también quejona. Anda en bicicleta, le encanta un tambor, come bastante parrilla y detesta el reguetón. No es sifrina, es “burda de hippie” y se la pasa en Facebook. Es popular y hasta la quieren de alcaldesa. Pero es, sobre todo, muy venezolana. La Sra. Parra Anda cree en Venezuela y ese es un mensaje que aparece por cada rincón de una obra que es la recreación de sus fiestas.

De ellase desprende otro tema que enfatiza el optimismo, por si a alguien no le queda claro el mensaje. Se llama El futuro es la esperanza y es una invitación a no abandonar la tierra que nos es propia. Es como una arenga introspectiva. Como esas cosas que decimos a otros para, en el fondo, convencernos a nosotros mismos.

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Publicado original en Guatacanights.com el 19 de noviembre de 2020

Compasses encara la música tradicional venezolana como lo haría una banda de rock progresivo. Se apropia de sus formas para luego deconstruirlas. Absorbe sus melodías para reinterpretarlas. Sotavento, su segundo álbum, fue un atrevimiento con altísimas probabilidades de generar una catástrofe de 40 minutos. Pero el resultado fue lo contrario. La obra es un testimonio de cuánto más se puede hacer a partir de los sonidos de raíz folclórica y de hasta dónde pueden ensancharse las fronteras del país sin olvidar su vértice.

El patillero, primera pista del álbum, es una declaración de principios. Un joropo recio, pero enrrevesado; repleto de transiciones, recortes, muy complejo en ritmo y armonía, pero sabroso al fin. Desde el segundo 1, el ensamble muestra sus colores como diciendo: Áquí no se vino a jugar carritos. Un arpa desatada avanza de la mano de un cuatro agresivo, que suele bailar con las maracas. Un bajo de seis cuerdas hace y deshace; marca el ritmo, pero se suma en ciertas frases, colorea, genera un ambiente. Todos suman y destacan. Es una coreografía de dedos y uñas con intención llanera pero trasfondo urbano.

La agrupación había mostrado su calidad en Acoustic Play (2015), compacto que llevaba una suerte de slogan en la tapa —World music made in Venezuela—, pero a ese álbum debut no le hicieron justicia ni el título ni el arte. El contenido musical no se reflejó en el ropaje.

El nombre de la agrupación no remite únicamente al compás en el pentagrama o a ese útil que llevábamos en la cartuchera del colegio para crear círculos perfectos. También evoca la brújula del marino. Ahí cobra más sentido lo de Sotavento, término náutico para referirse al lugar hacia el que corre el viento. 

—Es la nueva dirección de la música venezolana que estamos haciendo —me dice Alis Cruces, el cuatrista.

A la primera oída, queda claro que Compasses no tiene una extremidad débil. Cada integrante es un referente de su instrumento. Todos han deslumbrado, en algún momento, a los jurados de los festivales de Joropo de Villacencio, Colombia, y de El Silbón, en Venezuela. Alis Cruces —también ganador de La Siembra del Cuatro en 2017— ha sido Mejor Cuatrista en ambos certámenes. Andrés Ortiz, Mejor Maraquero. El joven Nelson Echandía, Mejor Bajista. Y el arpista Eduard Jímenez, que sí ganó el premio como instrumentista en el Festival El Silbón en dos ocasiones, en el de Villavicencio se llevó otro a la Mejor Obra Inédita. Porque los muchachos también son compositores.

En Sotavento participan invitados de lujo. En Perlas, autoría de Carlos Suárez, se sumaron el udu de Leo Vargas, la percusión de Yonathan Gavidia y la voz de Hana Kobayashi, que no transporta letras sino que tararea una melodía dulce. Gavidia y Kobayashi también colaboran en un tema divertidísimo del bajista Nelson Echandía (autor de varios) llamado Achill, marcado por el sonido del steel pan de Jonathan Scale, que dialoga con el arpa de Jiménez.   

La cuerda floja es un merengue caraqueño elegante, realzado por el piano de Baden Goyo, el violín de Eddy Marcano y el clarinete de Oswaldo Graterol; y Odalis, una suerte de samba brasileña escrita por Alis Cruces, tocada junto al flautista Eric Chacón y al cuatrista Miguel Siso. Por venezuela es una gaita zuliana armoniosa y vanguardista, con arreglos de cuerdas de Trino Jiménez y solos de guitarra eléctrica de Daniel Bustillos, mientras que Dchan es una pieza de fusión que pone de relieve la batería de Andrés Briceño y la flauta y el saxo de Fernando Fuenmayor. Y Briceño sigue presente en Entre amigos, donde aparece, como un animal exótico, la gaita de Anxo Lorenzo, que trae a la mezcla un ingrediente celta inesperado.

La obra recorre el llano, Caracas y Maracaibo. Luego vira el timón hacía Angostura y después hacia Oriente. Como para dejar clara la bitácora, cada dos o tres canciones, se inserta un descanso con remembranzas poéticas. A veces habla una voz masculina, como la de Emilio Lovera, quien escribió sus propias líneas. Y a veces una femenina, como la de la locutora Génesis Rivas, quien leyó unos versos del Pollo Sifontes, autor, por cierto, de Auristela del Orinoco, un pasaje en el que destaca la mandolina de Jorge Torres.

Cada una de esas estancias poéticas entre canciones es una oda a cada región, como la leyenda de una postal que va llegando desde cada destino del viaje. Así, hasta cerrar con Carretera, de Aldemaro Romero, cantada por Marcial Istúriz.  

Alis Cruces es de Güigüe, pueblo ubicado al sur del Lago de Valencia, Carabobo (quizá el único en el mundo con doble diéresis). Nelson Echandía y Andrés Ortiz son de San Carlos. Y Eduard Jiménez, de Maracay. Todos viajaron durante 2019, en varias pautas, a Audioplace Estudios en Caracas para encontrarse con Jean Sánchez, productor del disco, y aprovechar al máximo el tiempo en la sala de grabación.

Sotavento, el resultado de esas sesiones, con portada de Rubén Darío Moreno, llegó a las plataformas digitales en plena crisis del Covid-19. Confinados, celebraron la nominación a los Latin Grammys al Mejor Álbum Instrumental, misma categoría en la que Miguel Siso, uno de sus invitados, ganó en 2018.

El reconocimiento en esa gran fiesta del negocio musical latinoamericano se suma a un palmarés respetable para esta agrupación fundada en septiembre de 2011. Compasses, que estuvo en el ciclo Noches de Guataca Valencia en 2015 y que ha tocado en países como El Líbano, China y Australia, ha sido una de las joyas más brillantes del ambiente de los festivales joroperos colombo-venezolanos de esta década que termina. Ha ganado el primer premio en El Silbón, en los festivales San Martín de Los Llanos, El Araucano de La Frontera y El Retorno, y ha obtenido el segundo puesto en Villavicencio.

Además de Jean Sánchez, ingeniero ganador del Latin Grammy 2014, junto a un grupo de colegas, por el álbum De Repente del Pollo Brito y C4 Trío, en el equipo técnico responsable de Sotavento estuvo, en la mezcla, Darío Peñaloza, un denominador común en buena parte de los trabajos venezolanos reconocidos —postulados o ganadores— por la Academia Latina de la Grabación. El progreso musical venezolano se ha cristalizado a la par de la profesionalización de los técnicos de sonido, piezas fundamentales del proceso; editores, intépretes, vehículos del arte musical.

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 11 de noviembre de 2020

No podría llevar mejor título. Cantos de miel y romero, el álbum de Andrea Paola, se escucha como quien aspira vapores curativos. Son canciones que parecen infusiones, bálsamos, cuyas melodías dulces caminan sobre una instrumentación orgánica como lo son los árboles, el rocío nocturno o el canto de los pájaros.

La obra, inspirada en elementos de raíz venezolanos y latinomericanos, supone un oasis. Es abismal el contraste entre el contexto en el que se publica, estresante, complejo, asfixiante; y la calma que se respira en la morada que ha construido la artista a partir de su música. Allá, lejos, está el caos de la vida urbana, el virus, la violencia, la rabia. Acá, en forma de sonidos, aguarda un refugio donde sólo se admiten la tranquilidad, la candidez, las sonrisas… y quizá un poco de nostalgia.

La voz de Andrea Paola surge abrazada por un trío que conforman el mandolinista Jorge Torres, el bajista Edwin Arellano y el maestro percusionista Carlos “Nené” Quintero, más constantes intervenciones del clarinetista Williams Mora. Son ellos los que le inyectan sabor al merengue caraqueño Para ti, autoría de la cantante, que además escribió otras dos: Una pieza entrañable llamada Mi atardecer, grabada a dúo con el gurú y guitarrista Aquiles Báez; y Miel y romero, que se vale de un ritmo costeño de tambores acentuado por un experto en la materia: Yonathan “Morocho” Gavidia.

La artista, que comparte un proyecto paralelo con Jorge Torres llamado Torre de Grillos, interpretó dos canciones tiernas de colegas que admira y las hizo pasar por el filtro conceptual de su obra, que es toda orgánica, diáfana, armoniosa. De la cantautora colombiana Marta Gómez, escogió Ritualitos, en la que sumó un epílogo en forma de estribillo oriental. Además, Gómez participó en la grabación de Astromelias, donde también destaca la cantante Ana Cecilia Loyo y la propia compositora del tema, Amaranta. Las cuatro voces se entrelazan en una artesanía sonora que se parece mucho a un sueño feliz.

Junto a los temas propios y las creaciones de sus contemporáneas, se cuelan números de autores consagrados. Un poema de Vicente Gerbasi, musicalizado por ella, escarba entre las emociones que residen en pequeñas imágenes cotidianas: El acto simple de la araña que teje una estrella en la penumbra./ La mano que resbala por la espalda tibia del caballo./ El olor sideral de la flor del café, el sabor azul de la vainilla… me detienen en el fondo del día.

Se le suman una versión selvática de Sueños de una niña grande, de Aldemaro Romero; y otra, ensoñadora, de Marta, la Lagarta, de Henry Martínez. También suena una simpática y vieja pieza de Luis Mariano Rivera, El mango, en la que se defiende a la fruta criolla a ritmo de merengue oriental: Que a una dama delicada comer mango es indecente/ porque le ensucia las manos y hebras deja entre sus dientes./ Amigo, esa no es razón… Si el mango fuera importado, le aseguro lo comiera sin tomar ese cuidado.

Cuando yo quiera casarme, un track cortito —2 minutos y 13 segundos— con una recopilación de versos que hizo el gran Vicente Emilio Sojo, nos recuerda, por su acento gracioso y su jovial picardía, que Andrea Paola Márquez es la creadora de Mi juguete es canción, un espectáculo devenido en álbum, dirigido a público infantil, que rinde homenaje a grandes personajes de la cultura venezolana como María Rodríguez, Simón Díaz, Conny Méndez, Otilio Galíndez y otros. 

Mucho ocurrió desde los días en los que estas 10 canciones fueron grabadas hasta que finalmente se hicieron públicas. Entre otras cosas, la productora y maestra de canto, que fue integrante del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela y que ha participado en álbumes como el Homenaje Gualberto Ibarreto (Guataca, 2016), protagonizó el episodio 8 de la serie de videos caseros publicados a través del canal de Youtube de Guataca, Estación Guataca, en el que presentó una canción inédita de su autoría llamada Nuestro canto.

Cuando más los necesitamos, cerca del cierre del mundialmente convulsionado 2020, nos llegan estos Cantos de miel y romero que antes pasaron por las cónsolas de mezclas del ingeniero Vladimir Quintero. La producción, a cargo de la protagonista junto al virtuoso Jorge Torres y a Kumaco Producciones, está en Deezer, Spotify, iTunes, Youtube y Amazon. Es cuestión de escoger una de las plataformas y servírsela, como infusión, en una taza de peltre.  

Eric Chacón y Tony Succar: Venezuela y Perú en sonidos

Eric Chacón y Tony Succar: Venezuela y Perú en sonidos

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 19 de octubre de 2020

Apenas Eric Chacón llegó a Miami, consiguió su primer gig. No había deshecho maletas ese 16 de diciembre de 2017, una época en la que los buenos instrumentistas suelen tener las agendas copadas, y Tony Succar, el joven percusionista peruano al que conocía por su ambicioso proyecto de vestir de latinidad los hits de Michael Jackson, necesitaba un saxofonista suplente para una presentación de su Mixtura Band. Chacón y Succar prácticamente se conocieron en el escenario. De la afinidad musical y la buena onda se nutrió un vínculo que cobró forma de disco.

Mestizo (2020), el álbum que produjeron Chacón y Succar, baña de venezolanidad joyas peruanas y viceversa. Lleva y trae elementos de raíz tradicional entre ambos países. Los sonidos se encuentran en un punto etéreo a medio camino, en un lugar que no es rastreable desde Google Maps.

Succar, quien se llevó dos Latin Grammys de los cinco a los que estuvo postulado en la ceremonia de 2019, ha estado muy rodeado de artistas de Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Perú y, sobre todo, Venezuela, empezando por el proyecto Raíces Jazz Orchestra que dirige el saxofonista Pablo Gil. Allí participa gente como el bajista Rodner Padilla, el baterista Adolfo Herrera, el guitarrista Hugo Fuguet, pianistas como Silvano Monasterios y Leo Blanco, y una robusta sección de metales con muchos jóvenes formados en el Sistema de Orquestas. Requeriría una cuartilla mencionarlos a todos.

Tras aquel primer show en Wynwood, distrito artístico de Miami, Succar asistió a un recital de Pablo Gil en el bar Ball & Chain de la emblemática Calle 8, la Little Havana. Esa noche vio/escuchó que Chacón no sólo tocaba el saxo sino que era un gran flautista. El solo que hizo le gustó tanto que pidió su número y lo llamó más tarde para colaborar en una canción navideña al estilo peruano en la que estaba trabajando.

Hubo más encuentros, más presentaciones, incluso parrandas de esas en las que se gestan ideas musicales sin buscarlo, entre tragos y anécdotas. Chacón se sumó a la imponente Raíces Jazz Orchestra. Y un día, previendo que Jorge Glem iba de visita a Miami, le lanzó una propuesta a Succar como quien no quiere la cosa: “Vamos a aprovechar que viene el monstruo este y grabamos algo”.

Escogieron El alacrán (Ulises Acosta), una canción venezolana que Chacón había trabajado con Glem en el pasado y que había incluido en su álbum Choroní (2008). Sumaron al contrabajista zuliano Elvis Martínez y a uno de los más grandes maraqueros, Juan Ernesto Laya, Layita para los amigos, conocido por su trabajo con el Ensamble Gurrufío. Las maracas de Layita y el cajón peruano de Succar se entremezclaron magistralmente. El resultado superó las expectativas de todos, a tal punto que lo que habían planteado como un single llevó a la pregunta: ¿Y qué tal si hacemos un disco entero?

Comenzó un toma y dame. Succar quería responderle a El alacrán con algo peruano. Una tú, una yo. Así se fue configurando un álbum que refleja la armonía de ese diálogo musical, intervenido por muchos amigos e instrumentistas talentosos. Un diálogo en el que a veces Eric hablaba desde la flauta y a veces desde el saxo soprano.

Gerardo Chacón, padre de Eric y del trompetista Chipi Chacón —quien también fue parte de la grabación—, es antes que eso un gran músico, bajista y productor. Su aporte en la obra fue fundamental porque se encargó de los arreglos y es autor de algunas de las canciones. Él escribió un festejo peruano, especialmente para la ocasión, al que llamó Tonada de Succar. Y a esa sumó El vals de las nietas, dedicado a las hijas de Eric y Chipi.   

En la lista incluyeron tres piezas —cantadas— ineludibles del cancionero latinoamericano. Invitaron a Luis Fernando Borjas (Guaco) para cantar un Moliendo café bien contemporáneo. De Chabuca Granda, escogieron dos temas sublimes. El primero, Cardo o ceniza, coloreado por el carácter de la guitarra del peruano Tito Manrique y un sedoso arreglo vocal de Linda Briceño. El otro, que es prácticamente un himno, La flor de canela, interpretado por el colombiano Chabuco, que curiosamente debe su nombre a la gran compositora. Es un vals peruano, pero acá pareciera rociado con algo de onda nueva. Ambos contaron con los dedos de Agustín Espina, actual tecladista de Los Amigos Invisibles.

Una pista interesantísima llamada Patanemo flamenco, en la que colaboran el pianista Gabriel Chakarji y el percusionista Yonathan “Morocho” Gavidia, propone el encuentro entre un golpe de las costas carabobeñas y especies del Perú, todo cruzado por la influencia española que le es común a ambos países. Allí se remarca el mensaje del mestizaje acorde con el título, la carátula, el arte. 

También rescataron dos viejas canciones de Gerardo Chacón, quien tocó el bajo cuando no lo hizo Elvis Martínez, Rodner Padilla o Gustavo Carucí. Layazz es un tema libre, una fusión rítmicamente enrevesada, escrita pensando en esos repiques endemoniados que hace Layita con sus maracas. Fue editada originalmente en Suena maraquero, un álbum que Laya editó como solista en 2009. También rehicieron Caribe Vals, una pieza grabada alguna vez por el saxofonista Víctor Cuica, que se mueve entre un vals romántico y una salsa, como quien pone un pie en la tradición suramericana y el otro una en una pista de baile al sur de la Florida, en ese epicentro cultural que es terreno fértil para obras como Mestizo.

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Originalmente publicada el 19 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

Pacho Flores irrumpe abrumado por la inmensidad del llano. Va atando tonadas con sutileza como quien tararea retazos de melodías que lleva guardadas en la memoria desde siempre. Cantos y revueltas (2019), su obra para trompeta, piano, cuatro y orquesta estrenada en El Palacio de la Ópera de La Coruña, España, es una invocación a la raíz venezolana desde la nostalgia. Es un guiño a su lugar de origen, preservando el desparpajo de lo tradicional pero partiendo de la rigurosidad del mundo académico.

Flores, considerado uno de los mejores trompetistas clásicos del mundo, construye un cordón imaginario. Para oídos foráneos, la pieza puede ser una gema exótica, imponente como un monumento natural; un horizonte de verdes y azules que neutralizan la soberbia. Para oídos venezolanos, puede ser más. Cantos y revueltas lleva consigo una carga de añoranza combinada con la esperanza de un mejor futuro que es difícil evadir.

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A la trompeta, que representa al individuo, la abraza la orquesta —en este caso la Real Filharmónica de Galicia—, que sería la naturaleza. La batuta está en manos de Manuel Hernández-Silva, un caraqueño formado en Viena, titular de las sinfónicas de Málaga y Navarra, y antes de la Córdoba, todo esto en España. Un artista que ha sido invitado a dirigir algunas de las mejores orquestas de América, Europa y Asia, y que, en Venezuela, ha estado al frente de la Sinfónica de Venezuela, la Simón Bolívar y la Sinfónica Municipal de Caracas.

Flores emite una melodía de Simón Díaz, un fragmento de la Tonada de luna llena, y de pronto arranca un joropo que es como un caballo llevando a la audiencia en un recorrido melodioso de altibajos y agridulces.

Leo Rondón, uno de los cuatristas destacados de estos tiempos, acentúa la venezolanidad, indica la ruta, señala los atajos hacia lo vernáculo. Sus cuerdas de nylon adquieren protagonismo, primero en un guiño al omnipresente Pajarillo, y después, en una transición en la que se queda solo, simula ritmos del Caribe, recorre el diapasón, se regodea en las posibilidades de su instrumento y se pasea por la geografía a través de golpes diferentes de joropo, hasta que se le suman unas maracas y la trompeta de Pacho. Por momentos, la audiencia y los músicos de la orquesta son testigos de un episodio de desparpajo venezolanísimo allí, en medio de una cita solemne, clásica, formal.

El trompetista tachirense, tal como lo hace al inicio, vuelve a cantar solo. Dibuja la serenidad de la tarde con una expresividad poco común en su instrumento. A su llamado van incorporándose paulatinamente el cuatro, las cuerdas, creciendo en intensidad y robustez, hasta culminar en el tope de una montaña. La ovación retumba en los parlantes.

Hasta el párrafo anterior me he referido a los 18 minutos de Cantos y revueltas, la pieza lomito del recital. Pero el álbum del mismo nombre, editado por el prestigioso sello alemán Deustche Grammophon, contiene también el Concerto para corno da caccia de Johann Baptist Georg Neruda, las Bachianas Brasileiras Nº 5 de Heitor Villa-Lobos, la pieza Invierno Porteño de Ástor Piazzolla e, incluso, un arreglo del vertiginoso El Diablo suelto, de Heraclio Hernández.

Formado en el Sistema de Orquestas, Francisco “Pacho” Flores (San Cristóbal, 1981) se reveló desde muy joven como un prodigio de la trompeta. Los premios más codiciados para solistas de su instrumento, primero el Maurice André y luego el Philip Jones y el Cittá di Porcia, no hicieron sino confirmar esa sospecha.

Cuando su carrera en el mundo clásico comenzaba a despegar y ya era artista de la casa de trompetas Stomvi, Pacho decidió aventurarse en un proyecto de música folclórica para abordar algunas de esos géneros que lo había acompañado desde su infancia. La trompeta venezolana (2009), álbum que lleva el sello de Guataca, retó a Flores, acompañado por Jorge Glem (cuatro), Roberto Koch (contrabajo) y Manuel Rangel (maracas), a pasearse por valses y merengues venezolanos, con invitados como el tenor Aquiles Machado y el vibrafonista Alfredo Naranjo.

Una vez que cumplió su capricho, habiendo firmado como artista exclusivo de la Deustche Grammphon —primer solista latinoamericano en hacerlo—, grabó Cantar (2013) con la Konzerthaus Orchester Berlin y Christian Vásquez; editó Entropía (2017), premiado con la Medalla de Oro en los Global Music Awards 2017; lanzó Fractales (2018) con la Arctic Philharmonic bajo la dirección de Christian Lindberg; e hizo Egregore+ (2020), el más reciente. Siempre se ha movido entre lo académico y lo popular, exhibiendo números venezolanos y explorando el cancionero latinoamericano.

En septiembre de 2019 estrenó el Concierto venezolano para trompeta y orquesta del maestro Paquito D’Rivera acompañado por el director orquestal mexicano Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería en una velada de lujo celebrada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. El resultado de la colaboración será llevado a formato disco por el sello alemán.

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Originalmente publicado en Guatacanights.com 29 de julio de 2020 

El jazz y la afrovenezolanidad brotan de los dedos de Gabriel Chakarji. La suya no es una propuesta jazzística a la que se agregue cierto exotismo cadencioso como quien le espolvorea una especie al plato, una vez que se cocinó, para hacerlo más interesante al paladar. La obra del pianista caraqueño es híbrida desde su mera concepción. De tanto empaparse de ellos, esos ritmos ancestrales dejaron de ser ornamento para incorporarse a la esencia.

New Beginning (2020) pasa en limpio el resultado de dos búsquedas paralelas, dos miradas al pasado para encarar su futuro. Por un lado, procura comprender a Thelonious Monk y a Bud Powell, incluso a Art Tatum, Fats Waller y James P. Johnson, llegar a Herbie Hancock y Bill Evans y seguir hacia adelante; entender las coyunturas, los quiebres de ese relato subyacente; y por otro, se enfoca en seguir las huellas de cultores de la afrovenezolanidad hasta alcanzar a Aquiles Báez y la contemporaneidad, estudiar el trabajo de pianistas como Otmaro Ruiz y Edward Simon y escudriñar a otros creadores que han transitado, a su manera, el mismo sendero.

—Se trata de combinar nuestra cultura con otras músicas que también amamos. La intención es expresar lo que soy en este momento.

El recorrido de 8 episodios está pensado como un recital. Comienza con la brasa bien ardiente, con casi todos los jugadores en la cancha. El título del primer tema, Mina/San Millán, delata de manera didáctica los dos golpes que componen la pieza. El piano dialoga con el saxo, a veces canta con él y luego le sirve una base para que tome el primer plano. Baila envuelto en tambores, acariciado por una voz que comienza tímidamente como una pincelada hasta que se vale del lenguaje por única vez en los 47 minutos y 26 segundos que dura el álbum para llamarlos a todos al ritual: ¡Loloeeee, fuego-candela, fuego-candela, candela-fuego!

La voz proviene de Carmela Ramírez, también presente en New Danza, la segunda pista. Es una gran cantante, que además es pareja de Gabriel. Con ella hizo la obra que sería el antecedente más directo de New Beginning. Vida (2016) fue concebida en otras circunstancias, en Caracas, específicamente en el Teatro Chacao, sin público y apoyados en el profesionalismo de los ingenieros Vladimir Quintero y Germán Landaeta. En aquel disco exprimieron el vocalise, un recurso expresivo, muy presente en obras de brasileños como Heitor Villa-Lobos o Hermeto Pascoal, en el que la voz no funge como vehículo de contenido lingüístico sino como un instrumento de viento. Y Carmela es como una flauta perfecta. Sublime.

Chakarji cita Perseida, una de las 12 canciones que hicieron juntos para Vida, como un claro ejemplo de la ruta que transitaría hasta llegar a nuevas composiciones como No me convence, que va de la relajación de una fiesta tradicional a la inconformidad del jazz. Enredadera, un tema suelto que lanzó en 2019, también sirvió abreboca.

Para la cuarta canción, los tambores se van y llega una Melodía de agradecimiento, que requiere de calma para manifestar su gratitud a la divinidad por los favores recibidos. Es su manera de decir gracias por este New Beginning, que por cierto es el título de la quinta pieza, ejemplo palpable de cómo lo afrovenezolano está presente incluso cuando no suenan los tambores.

—Cuando te vas a las raíces, encuentras dónde está el alma de esta música, y puedes ser más honesto desde cada lenguaje.

New Beginning es el primer fruto discográfico desde su residencia en Nueva York, ciudad a la que emigró en 2014 becado para estudiar en la New School. Confluyen sus experiencias académicas, su aprendizaje del jazz y su vida en Nueva York, al igual que sus roces con músicos de otras latitudes que traen a la mezcla sus propios bagajes.

Los percusionistas venezolanos Daniel Prim y Jeickov Vital representan en el disco —no oficialmente— al proyecto Venezuela In Motion, un colectivo de músicos venezolanos que le ofrecen a Nueva York un replanteamiento de tambores, joropos, merengues y otros géneros musicales venezolanos.

En su trío, cuyo sonido queda registrado en temas como Voices y Norte y Sur, a Chakarji lo acompañan el surcoreano Jongkuk Kim (batería) y el estadounidense de origen mexicano Edward Pérez (bajo), quien además participa en otro proyecto afroperuano con el que Gabriel ha colaborado.

El saxo del álbum lo grabó Morgan Guerin, un virtuoso que, aparte, es bajista de figuras como Esperanza Spalding. De la trompeta se encargó Adam O’Farrill, nieto de Chico O’Farrill e hijo de Arturo O’Farrill, una dinastía de músicos provenientes de Cuba que pertenecen a la historia del latin jazz; inmortalizados, por ejemplo, en el documental Calle 54 (2000) del cineasta español Fernando Trueba. Algo de ese mundo, en el que Gabriel también se ha movido, se coló en la creación de Montuno quince, la penúltima del disco. Y también está presente la impronta del saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, a quien cita como una de sus más potentes influencias.

Cuenta el pianista que la banda tocó las 8 piezas en Rockwood Music Hall, un bar del Lower East Side de Manhattan, un domingo por la noche, y al día siguiente entró al estudio a grabarlo todo en simultáneo, como impone la tradición jazzística.

Con New Beginning, Chakarji (Caracas, 1993), quien obtuvo una beca de producción de la Café Royal Cultural Foundation, se afianza en su recorrido, que comenzó de pequeño en el piano clásico y que, tras una pausa, continuó al descubrir la libertad del jazz. Aquel joven que participó en la Big Band Jazz Simón Bolívar, que trabó amistad y camaradería artística con Linda Briceño y subió a escenarios junto a C4 Trío, al Pollo Brito y otras glorias de su país, sigue fiel a la música que le ha permitido viajar, conocer, crecer… y volver a comenzar.

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

Publicado originalmente el 8 de julio en Guatacanights.com

La Pagana Trinidad es un mero atrevimiento. La banda constituyó un oasis bailable en un contexto musical alternativo de abundante rock, pop, copioso influjo anglosajón, intensidades. Una sazón guarachera a partir de ingredientes que llegaron a puertos venezolanos directamente por el Mar Caribe la diferenció de todo lo que entonces pasaba por las tarimas. No sólo fue novedad; también fue gracia, picardía, feeling, lo que hace falta para fijarse en la memoria de un público. Ahora existe un registro fiel de su sonido. Un gran álbum debut que podría ser despedida.

De donde vengo es un compilado de canciones que ya probaron su efecto en directo; algunas, incluso, funcionaron desde la primera vez que Alessandra Abate, Fernando Bosch (The Bluetones) y Armando Lovera (Los Hermanos Naturales) se subieron juntos a un escenario. No sabían entonces que constituirían una agrupación. No tenían ni nombre. Tampoco habían bautizado eso que luego llamarían new cool guaracha. Pero tenían experimentos como Cosas cursis y otros aperitivos que ofrecieron en la Fête de la Musique capítulo Caracas en junio de 2013.

Cosas cursis fue la primera de varias canciones que surgieron de la interacción entre Alessandra y Fernando. Cuenta Alessandra, quien canta las letras que ella misma escribe, que concebir La Pagana Trinidad fue como crear un personaje. Una vez que tuvo cuerpo y alma, esa criatura comenzó a tomar su propio camino. Las composiciones automáticamente vistieron esos trajes de guaracha, son, cumbia y gypsy jazz, todo acentuado en la percusión de Lovera, con un vocabulario entre callejero y culto, un sonido contemporaneo y paradójicamente vintage, salpicado de soul y hasta un poco de blues.

—La Pagana ya tenía voz propia —asegura Alessandra—. Incluso tomamos decisiones importantes, como no incorporar un bajo a la grabación, porque sentíamos que había un sonido que debíamos respetar.

Foto: Archivo Guataca

Foto: Archivo Guataca

Sí, los bajos provienen de la Gretsch de Fernando Bosch, guitarrista preciso y autosustentable de esos que saben administrar habilidades y sacarle el jugo a los pedales de efectos. Si bien tal responsabilidad le impide mostrar virtudes individuales, quizá también lo obliga a concentrarse en esos riffs, esos arpegios y acordes que sostienen por la mano y la cintura —casi en la frontera hacia las nalgas— a La Pagana Trinidad.

Al habitante de Caracas le basta rodar una hora para llegar a la playa. Puede dirigirse al este, o salir del gran valle atravesando la montaña. El mar es la promesa recurrente del fin de semana. Es un descanso del agobio capitalino, del concreto, el smog y los quehaceres. Sobre eso va Agua salá, una pieza para bailar sin apuro, con actitud de reggae, dedicada a los chapuzones curativos, a las veladas sobre la arena acompañadas por el sonido de las olas cuando rompen.

El gypsy jazz —o manouche, como prefieran— está en el ADN de La Pagana Trinidad. Tal como lo hizo antes Monsieur Periné en Colombia, ellos encontraron allí un sendero placentero que tiene mucho sentido. Es una vertiente bailable del jazz que jamás ha estado lejos del Caribe: Nueva Orleans, separada del resto de Estados Unidos por pantanos, recibió mucho del sur, de Las Antillas, de todo lo que navegaba hacia el norte por el Golfo de México. Quizá por eso no hace ruido cuando aparece en Desdén, que, además, incluye un paréntesis bolerístico; o cuando predomina en Sr. Valéry, un tema delicioso inspirado en un personaje ficticio de un libro del portugués Gonçalo M. Tavares.

—La Pagana es una reconciliación con el bagaje latinoamericano —reflexiona Alessandra —. Hay algo picante, sabroso y único en esto que hacemos. Es un intento naif pero honesto de plasmar una identidad que es como un collage. Es el mestizaje. Es una identidad mixta que se apropia de todo.

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Suelta el trago es una canción romántica, pero del romance que llama las cosas por su nombre. Musicalmente, tiene dos velocidades. Una para conversar en la mesa y la otra para coquetear en la pista. Spoiler alert: el relato termina en samba brasileña.

La avispa es una guajira que contiene un doble guiño: la música recuerda a El ratón de Cheo Feliciano; la letra, al cuento “La avispa ahogada” de Aquiles Nazoa, que era el número favorito del repertorio de Alessandra cuando perteneció a un grupo de cuentacuentos de su colegio.

La Pagana Trinidad, ganadora del Pepsi Music 2015 al Artista/Banda Revelación, es ese grupo que pone a sonar el joven, pero que atrae a sus padres, abuelos y tíos macerados todos en Billo’s, La Dimensión Latina, acaso en Los Corraleros de Majagual colombianos u otras manifestaciones fiesteras más recientes. Prueben, por ejemplo, con la versión de Clavelito colorado, de Simón Díaz, que la banda incorporó a su repertorio una vez que participó en un homenaje multitudinario que le hicieron al maestro de las tonadas en plena avenida Francisco de Miranda de Caracas.

Tres canciones hablan del país y sus malestares. Aguacero es una cumbia que transporta una metáfora triste de la Venezuela de los últimos cinco, 10, ¿20 años? Mamá, llegó el aguacero y trae más agua que el mar/ el que no tenga peñero en esta vaina se va a ahogar. La que da título al álbum contiene versos muy claros: De donde vengo, la calma no es más que pura ilusión. Y una llamada Fiesta e’ protesta despide, entre el meneo de caderas, la frustración contra la violencia como medio para resolver conflictos. Propone sustituir rifles y municiones por libros y materiales de construcción.

Una noche, en uno de tantos toques en el Discovery Bar de El Rosal, Caracas, el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez asistió a celebrar su cumpleaños. La Pagana Trinidad armó la fiesta de siempre. Al final, el músico se les acercó e inmediatamente les propuso producir su álbum. Y así fue. No tardó en llevarlos al estudio de Ricardo Martínez, quien grabó y mezcló los instrumentos. Alessandra grabó sus voces con Armando Lovera Hernández, padre del percusionista. Y todo fue masterizado por el maestro de maestros Germán Landaeta.

Epílogo: Al momento de esta publicación, la historia de La Pagana Trinidad, golpeada por la diáspora venezolana, está en puntos suspensivos. Pongamos en práctica sus enseñanzas y administremos el despecho bailando mientras esperamos que ella recupere, algún día, su vida mundana.

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Yordano y la noche que se hizo canción

Yordano y la noche que se hizo canción

Publicado original el 23 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Yordano estuvo en Europa desde comienzos de febrero hasta el 10 de marzo. Justo antes de volver a Nueva York, donde vive, vio en Madrid a sus tres mejores amigos, con quienes conserva una relación entrañable desde que era muchacho. Ellos comparten un grupo de whatsapp, se ríen, pelean, se reconcilian. Son como hermanos. Días después de su llegada a casa, contento por aquel rato de charla, risas y abrazos, se enteró de que sus tres amigos habían dado positivo para covid-19.

El 23 de enero, aproximadamente a un mes y medio del encuentro, se habían cumplido cinco años del trasplante de médula ósea que reseteó su sistema inmunológico como quien vuelve a nacer. Cinco años desde que el músico agregó una segunda fecha de cumpleaños a su calendario. (Casi) cinco desde que superó un trance y despertó escuchando “Hallelujah”, una canción de Leonard Cohen, interpretada por Jeff Buckley, que se convirtió en un himno ceremonial para él y Yuri Bastidas, su esposa y mánager, su compañera en las alegrías y las adversidades.

Apenas tuvo fuerzas para hacerlo, todavía recluido, Yordano agarró su guitarra. Los médicos, enfermeros, acaso otros pacientes del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, no sólo fueron testigos de su recuperación física. También vieron cómo, aún débil y adolorido, sentado con su bata clínica y un catéter pegado al antebrazo, el artista volvía a ser artista.

Yordano pasó las nuevas composiciones en limpio poco a poco, acompañado por Cheo Pardo, alias Dj Afro, fundador y ex bujía de Los Amigos Invisibles, guitarrista y productor. Comenzaron haciéndose amigos, hablando de música y jugando con sus guitarras como John y Paul, y terminaron en un estudio trabajando muy en serio.

Yordano sorteó todos los obstáculos: Corrió a la emergencia de la clínica por reacciones alérgicas, se sobrepuso a recaídas graves y un día hasta le hackearon la cuenta de Twitter para anunciar su propia muerte. Además, encajó golpes devastadores como el asesinato en Caracas de su hermano, Evio Di Marzo, ocurrido el 28 de mayo de 2018. Por momentos, aunque ya estaba en construcción, se hacía imposible pensar en un disco.

***

 

A finales de 2018, recibo una llamada suya. Por primera vez, no era yo el que lo buscaba para hacerle preguntas. Era él quien necesitaba contarme.

—El disco está casi listo —me dijo. Nunca lo había sentido tan exaltado, ni siquiera las dos veces que lo nominaron al Latin Grammy. En ninguna de las entrevistas que hemos tenido, incluidas las largas charlas que condujeron a la biografía Yordano por Giordano (Libros El Nacional, 2016), lo sentí tan emocionado como en ese momento. No cabía en su cuerpo de 1.88 de estatura.

Esa vez no hablamos de salud, ni medicamentos ni dolores. Nada relacionado al síndrome mielodisplásico que padeció. Me siento bien. Punto. Me habló de ese álbum que ya tenía cuerpo y esencia, pero también de Luana, su segunda nieta que estaba a punto de nacer. Conversamos sobre Venezuela y la política. Y hasta me dijo que había conocido el Vessel, una maravilla arquitectónica recién inaugurada en Manhattan —no olvidemos que Yordano es arquitecto—.

Cuando colgamos, tenía la oreja caliente. Duración de la llamada: 2 horas 4 minutos.

 

 

Más que un álbum, Después de todo (Sony Music Latin), número 18 de su carrera, es un trofeo a la perseverancia. Las estadísticas jugaban en contra. Lo más probable era que no se produjera otro LP de canciones inéditas del autor de “Manantial de corazón” después de Sueños clandestinos (2013). Y aquí están 13 piezas que son una fiesta a la salida del túnel. Un fruto del que se desprende la dulzura de los nuevos comienzos.

“Después de todo”, el tema que le dio el título, remarca el leit motiv: Después de todo, yo de poco me arrepiento. Si algo no queda claro, el mensaje lo completa “Una vez más”, la que fundó su ciclo creativo actual y la que delata de manera más notoria la influencia de Cheo, quien contribuyó a refrescar su sonido y enfatizar su mensaje reparador: …y la noche será canción una vez más.

Al músico le gusta la metáfora del río, cuyas aguas siempre son distintas aunque esencialmente se trate del mismo caudal. Este Yordano salió a explorar, a jugar con más colores y texturas sin dejar de ser el de “Perla negra” y “Por estas calles”, el de “Aquel lugar secreto” y “Días de junio”. Para la aventura creativa, el ídolo siempre lleva en su maleta el bien más preciado por cualquiera creador. Un bien que él conserva celosamente desde hace unos 40 años, cuando empezó a componer: la autenticidad.

El tren de los regresos (2016), álbum en el que cantó algunos de sus hits de siempre con Franco De Vita, Ricardo Montaner, Kany García, Carlos Vives, Gian Marco, Santiago Cruz, Servando y Florentino Primera y bandas como Los Amigos Invisibles y Guaco, sirvió de vistazo en retrospectiva de su recorrido. Sin embargo, el músico quería a escribir sobre blanco. Después de todo era una necesidad.

La banda actual de Cheo Pardo, Los Crema Paraíso, con su percusionista Neil Ochoa y su bajista Bam Bam Rodríguez, colaboró en las sesiones. El propio Cheo dejó solos, bases rítmicas y pinceladas como guitarrista por doquier. También participó Luis Perdomo, cuyos pianos resaltan sin buscar protagonismo, elevando la obra, haciéndola más elegante. Sutilmente, también se asoman voces como las de Betsayda Machado y Ulises Hadjis.

Aunque Yordano celebra los 27 de octubre su nacimiento en Roma en 1951 y los 23 de enero su segundo nacimiento en Nueva York en 2015, la ciudad que más conoce y añora es esa que se cuela en canciones como “Enamorarnos otra vez”, un pop con elementos de rock and roll y condimentos caribeños: Llevarte a Caracas cuando pueda ir/ yo sé cuánto te va a hacer feliz.

Yordano hizo una bachata, o algo parecido a una bachata, llamada “Yo que te di”; un danzón con intenciones de blues llamado “Sólo ilusión”; una balada con acento de ranchera titulada “Para qué llorar” (de la que grabó un videoclip); y un reggae, o algo parecido a un reggae, que bautizó como “Qué sería de mí”, dedicado completamente, en cada palabra, cada acorde, cada detalle, a su amada Yuri. Pero sea bachata, danzón, ranchera o reggae, todo suena a Yordano.

Cuando vivían en Caracas, Yuri solía escuchar las canciones cuando ya estaban horneadas. Ahora, la convivencia en un apartamento pequeño en Nueva York permitió que, por primera vez, ella viera el carbón antes de ser diamante. De paso, intervino en la hechura y se hizo co-autora de dos piezas: “Alguien va a llorar”, que representa un viaje de vuelta a los años 60; y “Dime”, un diálogo de una pareja enamorada que vislumbra con temor la posibilidad de una ruptura. La historia de Después de todo no se cuenta únicamente desde el yo; también se relata desde el nosotros.

Yordano concibe los géneros musicales como puntos de partida. Luego hace con ellos lo que le place, y esa libertad es la que permite que resulte homogénea semejante ensalada. Esta vez atrevió a grabar riffs y solos de guitarra, a probar falsetes, a acariciar a sus seres queridos de manera velada, a dejar guiños a personajes que admira, como Bob Dylan o Joaquín Sabina, y a jugar con palabras, como lo hizo en “Bailando en la jungla”, un tema funky desde el que mira la situación de Venezuela de manera satírica.

El Caribe se muestra, en todo su esplendor, en canciones como “Allá iré”. El autor comparte la nostalgia que le produce la distancia que lo separa de sus hijas y nietas en tiempos de diáspora. También reluce en “Ay, mujer”, que trae de vuelta esa oscuridad de bar nocturno, de pista bailable envuelta en humo tan habitual en el Yordano de los primeros LP. Y algo similar ocurre en “Qué linda te ves”, una composición que nació de una foto que le envió Yuri vía whatsapp, y que, además, rítmicamente, pone un pie en Brasil. En esa también es evidente la co-responsabilidad de Cheo en el resultado.

***

 

Entre febrero y marzo de este año, Yordano actuó en cuatro ciudades de España siempre a casa llena. En Italia, volvió a su natal Roma y se reencontró con un montón de sobrinos y primos. También pasó cinco días inolvidables de abuelo feliz en Canarias, donde vive su hija Adela y donde conoció a su nieta nueva.

Yordano me cuenta que, al volver a Madrid y enterarse de que sus amigos padecían el Coronavirus, Yuri y él estuvieron muy nerviosos. Él es un paciente vulnerable, no sólo por sus 68 años de edad sino por la fragilidad de su organismo después del trasplante. Apenas sospechaba algo, llamaba a su médico: Tranquilo, si no hay fiebre no hay de qué preocuparse. Se tomaba la temperatura constantemente, pero nada. Valores normales. Todo bien. Desde que se decretó la cuarentena en Nueva York el 20 de marzo, no salió más a la calle.

—Yuri no me deja ni asomarme —me dice, riéndose.

El confinamiento no ha sido tan distinto de su cotidianidad en tiempos recientes. Me recuerda que pasó 47 días en el hospital y 6 meses de aislamiento después de la intervención del 23 de enero de 2015.

Uno de sus amigos contagiados estuvo muy grave y eso lo ha tenido muy preocupado. Mientras tanto, invierte horas en Youtube mirando videos musicales, viejas peleas de boxeo, documentales sobre felinos y clips de late shows estadounidenses. Y más que nada, se la pasa tocando de arriba abajo las canciones de su nuevo disco. Quiere tenerlo fresco cuando se cierre finalmente el paréntesis pandémico.

En vísperas del lanzamiento, me adelanta que la promoción de Después de todo se apoyará en dos videoclips dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez —grabados, por fortuna, antes de la crisis sanitaria— cuyo director de fotografía es Fernando Reyes, un cuarto bate de Hollywood. Y yo le pregunto: ¿Qué sientes ahora que va a salir el que, creo, es el disco más sufrido de tu carrera, el que más enfrentó obstáculos?

—Bueno, este disco no existiría sin lo que pasó. Es así. Una cosa es consecuencia de la otra.

 

FOTOS: Cortesía Sony Music Latin

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Publicada originalmente el 27 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Al fin podemos asomarnos entre las rendijas y saber a qué sonó. Al fin podemos hacernos una idea de lo que ocurrió en un estudio caraqueño en 2006 cuando Simón Díaz se sentó por última vez frente a un micrófono conectado a una cónsola de grabación, mientras Gabriela Montero reinterpretaba libremente algunas de las obras preciadas del maestro de las tonadas. Al fin.

Cuando las ganas se juntan —así se llama el álbum— nos sorprende como intrusos, como si nos hubiéramos colado en un lugar privilegiado. Son los pormenores del histórico encuentro entre uno de los compositores populares más celebrados del país y una de las mejores pianistas clásicas del mundo.

La carátula no le hace justicia a una obra antológica, cuyo valor radica precisamente en lo inacabado. Es de una belleza que florece de manera silvestre, natural. Díaz y Montero nos hablan al oído, como secreteándonos. Nos hablan, por momentos, desde adentro de nosotros mismos.

Apenas comienza, el piano dice presente y espera la respuesta silbada del Clavelito colorado. El piano de la ciudad, de los conservatorios, del influjo europeo; el silbido del sentimiento, de la intuición, de ese campo que siempre estuvo aquí, desde mucho antes que este paisaje imponente se llamara Venezuela. Así comienzan a buscarse el uno al otro, como quienes van cortando la maleza guiándose por el oído (y el corazón).

Una brecha enorme separa los puntos de partida de Simón Díaz y Gabriela Montero. Existe un aprendizaje que viene del instinto y la naturaleza; una información que surge del horizonte y los anhelos, las siluetas de los árboles contra el ocaso, el canto cándido de los pájaros y la nobleza del ganado. Otro, que proviene de las siete notas, con sus bemoles y sostenidos, mayores, menores y otras tantas complejidades entre redondas y semifusas; un contenido que va del pentagrama y las enseñanzas de tantos genios de otros tiempos a los dedos y los martillazos que resuenan dentro del piano. Pero la magia vence ese abismo. La magia o el talento, o la gracia o las emociones o todo eso junto. En una estación avanzada del viaje, una vez superados relieves y curvas, los dos, el cantor popular y la pianista virtuosa, se encuentran en una cumbre que sólo admite lo sublime. ¿Una cita en la luna, la luna a la que tanto le cantó ese hombre enamorado que nació en Barbacoas, estado Aragua, un día 8 del mes 8 del año 28?

No había comenzado el doloroso exilio de Gabriela Montero, para muchos la mejor pianista venezolana desde Teresa Carreño, cuando a Bettsimar Díaz, hija del Tío Simón, productora y presentadora de televisión, se le ocurrió la gran idea. Entre las dificultades que ya suponía el Alzheimer de su padre y la agenda copada de la artista, encontraron el tiempo para grabar seis pistas. Más tarde, en 2010, Montero recurrió a su acto de magia predilecto —la improvisación— para jugar en torno a otras cinco.

Cualquier experimento de la autora de Ex Patria es digno de enmarcar y eso pasa con su lectura de Caballo viejo, de la que resultaron dos versiones, una más impetuosa, la otra más taciturna. También ocurre con Flor de loto, trasplantada a un jardín atemporal, y El becerrito (La vaca Mariposa), cuya historia se cuenta desde el Romanticismo. Al igual que Pasaje del olvido y Tonada del tormento, todas se asoman entre los episodios cantados como preparando al espectador, pero incluso cuando no canta, el maestro está presente.

Luna de Margarita es una obra impresionista. El Tío Simón anuncia: Luna de Margarita es… como tu luz, como tu voz, como tu amor. Gabriela recoge esas palabras y se las lleva con ella como un tesoro. La artista viste la esencia de Simón como quien se pone un abrigo. Deja caer sus dedos entre esas melodías para reinterpretarlas desde su virtuosismo.

Con Simón pasa como con Manzanero o Leonard Cohen. Son autores de grandes composiciones que han sido reproducidas en muchas voces, pero no hay nada como escucharlas por ellos mismos. La canción responde fielmente a su significado. Su contenido se relegitima. A pesar de su edad y su condición al momento del registro, su voz exhibe la potencia necesaria para trasladar versos como los de Mi querencia, El alcaraván, Sabana y El Loco Juan Carabina. Se le oye tomar aire. Su sonrisa, esa que es casi un emblema nacional, puede intuirse. Porque a veces las sonrisas suenan, y la de él pareciera no apagarse nunca.