Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 16 de noviembre de 2019

No es momento de descansar. Desde que comenzó a cristalizarse el proyecto que devino en Tiempo al tiempo, obra ganadora del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico, cada vez que Luis Enrique y los cuatro integrantes de C4 Trío coinciden en tiempo y espacio, se activa una agenda de entrevistas, ensayos, reuniones, pruebas de sonido y, por supuesto, presentaciones, que apenas deja un cuarto de hora por acá, media por allá, para un trago, una siesta, un bocado.

Edward Ramírez viaja desde Medellín. Héctor Molina, desde Miami. Jorge Glem vuela desde Nueva York y, después de los Latin Grammys hubiera seguido esa misma noche hacia Chile si sus compromisos allá no se hubiesen suspendido por los disturbios. También llega, con su cajón, el percusionista Diego “El Negro” Álvarez. Y, por supuesto, el ganador del Latin Grammy 2019 al Mejor Arreglista, el bajista del grupo, Rodner Padilla.

Un bar del inmenso complejo del MGM Grand, que incluye el Teatro de David Copperfield, escenarios del Cirque du Soleil, tiendas, restaurantes, ferias de comida rápida, kilómetros de casino sin principio ni fin y la arena donde se organizan las grandes peleas de boxeo, se convierte en el escenario del reencuentro de los músicos.

Se abrazan. Se ponen al día. Luis Enrique suelta una seguidilla de venezolanismos. Carcajadas. Comienza el circuito. El ascensor en el que subimos se abre en un piso desde el que se ven pequeños edificios que también son enormes. Tocamos la puerta de una de las 6.852 habitaciones del hotel y, detrás, nos encontramos con una estación de radio improvisada.

Luis Enrique no da entrevistas sin C4 Trío y en todas comenta que el ensamble lo impresionó desde que los vio tocar por primera vez, por su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su osadía para explorar nuevos caminos para el cuatro venezolano sin desconectarse de su raíz. En todas, remarca su amor por el folclor venezolano y cuenta su propia relación con la música tradicional.

“Mucha gente conoce mi faceta de eso que me ha dado fama, que es la salsa, y lo agradezco. Sin embargo, realmente vengo de una raíz folclórica. Mi familia se dedica a hacer folclor en Nicaragua. También son gente muy comprometida, socialmente hablando, con lo que sucede en nuestro país. Yo crecí bajo esa sombrilla, ese impulso de decir las cosas que suceden, de hablar de las injusticias. Nunca he estado lejos del folclore, aunque nunca lo había hecho en mi carrera. Siempre quise hacerlo, y ¡qué mejor manera sino con C4 Trío, que son unos maestros!”

Salimos del MGM, subimos a un taxi y nos vamos al Hard Rock Café Hotel. Kerly Ruiz, la presentadora venezolana, los espera para una entrevista inusual en una cama. Bromean con doble sentido, pero el contenido de la charla es el mismo. La camaradería con C4, el amor por la música de raíz latinoamericana, el orgullo de haber sido reconocidos por la Academia Latina de la Grabación. De ahí, siguen sin pausa hacia una cita con una revista que cubre especialmente el mundo de la música norteña y otra con una emisora radial dirigida al público hispano de Estados Unidos. Se pasan el switch del castellano al inglés constantemente. Entre una y otra, en pequeños tiempos muertos antes de salir al aire, aprovechan para afinar detalles de lo que tocarán en el evento Los Producers esa misma noche, donde compartirán escenario con artistas como Fito Páez, Ximena Sariñana, Lasso y Leonel García (ex Sin Bandera). La canción que tocarán allí, Mi tierra de Gloria Estefan, termina tomando forma en un ensayo improvisado en la terraza del Hard Rock Café, al borde del bulevar que es el epicentro de Las Vegas, donde confluye todo lo que es conocido en el mundo de esa ciudad que nació del envite y el azar a principios del siglo pasado.

“Ha sido un camino de mucho aprendizaje, un reto de la A a la Z, y encima de eso conseguimos este reconocimiento”, me dice, sobre la concepción del álbum galardonado. Se siente orgulloso, especialmente porque es un proyecto que “no obedece a ninguna moda”.

Caminamos entre máquinas tragamonedas, pantallas de apuestas deportivas y mesas de Blackjack cuando habla de lo que motivó a un músico de semejante trayectoria en la salsa, más de 30 años de carrera, cerca de la veintena de álbumes y bastante fama en buena parte de Latinoamérica, a lanzarse de chapuzón a una apuesta tan experimental con joropo, danza zuliana y tonada.

“Honestamente, lo primero es lo primero: la música —se enseria Luis, como le dicen los muchachos de C4—. Es sumamente importante para mí saber que estoy haciendo algo más allá del hecho de querer, caprichosamente, grabar otro CD. Tiene que haber una razón más. Primero, la música. Pero si, además, vamos a hacer música, ¿qué estamos dejando? ¿Qué estamos diciendo a través del proyecto? La razón mayor es aportar algo, bien sea a través de la canción, o a través de la posibilidad que estamos creando al lograr un álbum de música folclórica de canciones inéditas”.

Bastan 48 horas viéndolo trabajar y escuchar los testimonios del grupo, para entender que Luis Enrique no es ese artista que llega al estudio de grabación a ponerle su voz a un proyecto en marcha. Así, los hay muchos y muy buenos, pero él corresponde a un perfil distinto que se lanza de cuerpo completo en la obra. Que asume con entusiasmo el desafío, cuidando detalles, construyendo desde los cimientos.

De Venezuela, recuerda su público. Bromeando con Molina, Padilla y compañía, dice que algún día se comprará allá dos casas, una en la playa y otra en la montaña. Se ilumina su rostro cuando hurga en la memoria sus experiencias en el país: “¡Guao! El amor con el que reciben el trabajo que uno hace. Eso para mí es increíble, es importante, pero, sobre todo, me emociona haber conocido una Venezuela con una energía eternamente joven, de gente echando pa’ lante, gente muy linda. Cada vez que llegaba, me contagiaba de eso y por eso me encantaba ir”.

No hay una entrevista en la que Luis Enrique no remarque el mensaje del sencillo Añoranza, una canción dedicada a los caminantes, a los que se van “con su vida arrugada en un morral” buscando oportunidades, alimento, medicinas, bienestar para sus familias. Dice que se ve reflejado en los integrantes de C4 porque él salió de Nicaragua en 1978 y llegó a Los Ángeles a construirse esa ruta que, en algún punto, después de mucho sudor, comenzó a dar frutos: “Es duro llegar a un país como éste y comenzar de cero; intentar edificar algo en un lugar que no es tu tierra, donde hay muchas cosas que tienes que hacer que no estaban en tus planes. Reconozco el esfuerzo que ellos hacen todos los días por echar pa’lante. Reconozco su deseo de tener una carrera haciendo lo que hacen. Todo eso es valioso”.

Luis Enrique también demostró en pocas horas que es una criatura del escenario. Que el éxito no es producto de la casualidad. Con el ensamble, le tocó el rol difícil de abrir la premiere de los Latin Grammys, cuando la gente apenas se estaba acomodando en sus sillas, mirando sus teléfonos celulares, entrando en calor. Sí fueron aplaudidos, pero todos se bajaron con ganas de desquite, aún cuando salieron de esa ceremonia bateando para average de .1000, con dos Latin Grammys en las dos casillas en las que competían. Pasaron las horas, se hizo de noche y el ídolo entró a la after party y la puso patas arriba con su gracia y su talento, con energía y desparpajo. Ahí sí: nadie fue indiferente a lo que pasó en el escenario. Ahí sí recibieron el premio que más les gusta a los artistas: la ovación frenética.

 

Famasloop gira en mi cabeza

Famasloop gira en mi cabeza

Cae la tarde y aprovecho un tiempo muerto para atender tardísimo la convocatoria de Famasloop. Gira es un hito del 2019 y lo he pasado por alto. Dispuesto a desquitarme, sigo los pasos que sugieren desde su canal de Youtube como si estuviera en un juego de Simon Says. Me calzo mis Sennheiser, cierro los ojos convencido por un sitar indio y una voz femenina arabesca y me voy de viaje flotando sobre el beat electrónico. ¿Que qué género/formato es? Pues, Famasloop. El género/formato se llama Famasloop.

La voz de Alain me aparece ronca desde el costado izquierdo. Me camina por el hombro y el cuello hasta que mi cuero cabelludo la absorbe. Siento la presencia de una criatura que vive en mi cabeza y me la masajea desde adentro. Es el antónimo de una jaqueca. Una alimaña asexuada y amorosa me recorre el cráneo al ritmo de la música. Primero es ella la que gira sujetándose de la mucosa de mi cerebro excitado. Luego soy yo el que gira. Giro sin moverme como gira el amor del que habla la letra.

Ve ese puntito azul, insiste Alain. Pero yo no lo veo porque está detrás de los nervios ópticos. Ese puntico azul precede a la visión. Todo transcurre ahí dentro. Una película se proyecta en mis paredes cefálicas. Yo soy el amo y señor de este filme. Soy el Kubrick de este videoclip de Famasloop, al que veo amalgamado. Veo las cabezas de Alain, Rafa, Vanesa, Luis Daniel y Ricardo fundiéndose como un monstruo amorfo en blanco y negro.

Al tercer coro, algo cambia. El sonido empieza a brotarme por los poros como sudor hasta volverse mar. Con escalofríos, me percato de que la película ya no transcurre en mi cabeza. La criatura que me masajeaba escapó y ahora estoy sumergido en aguas sonoras que me permiten respirar. Trato de nadar, pero no puedo. Igual, la corriente me lleva hacia donde quiero ir. Salgo a la superficie y suenan las olas chocando contra un peñón. Abro los ojos, tal como sugiere el manual de uso de la canción, veo ese huevo metálico agrietándose y me pregunto si Famasloop acaba de relatar, más de tres décadas después, mi propio nacimiento.

#GiraEnMiCabeza

Aquí va el link de nuevo por si acaso: Gira (Famasloop, 2019)

 

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 13 de noviembre de 2019

Lo del Pollo Brito esa noche fue un atrevimiento. Rodeado por el C4 Trío, escogió el momento más apremiante, la premiere de los Latin Grammys en Las Vegas, para decir cam-bur-pin-tón con notas altas, allá donde los trastes del cuatro se hacen cada vez más cortos. Fue como un mensaje encriptado. Una manera de decir ante una pléyade de artistas latinoamericanos que gozan de su admiración: Aquí estamos, aquí está Venezuela, aquí está el cuatro venezolano.

Lo del Pollo en esa velada en la que él, el ensamble y el equipo de ingenieros encargados de su álbum De repente resultaron ganadores, fue como encestar un tiro libre con los ojos cerrados en una final de baloncesto. Se le ve el gesto de picardía en la cara (mírenlo ustedes, minuto 2:45 del video). Dicen que salió al escenario nervioso, pero cuando arrancaron los cuatros de Héctor Molina, Edward Ramírez y Jorge Glem y el bajo de Rodner Padilla, ya no lo parecía. Lo que importó fue el disfrute al tocar la música que ama en un escenario tan prestigioso, rodeado de pop y jazz, de bossa y salsa, de gente como Rubén Blades, Carlos Vives, Juanes y más ídolos de la música hispanoamericana que aplaudieron al ver la explosión de esa guitarrilla pequeña que lleva la bandera de Venezuela tatuada en la madera.

A cinco años de aquel momento, que es uno de los más memorables que ha experimentado la música venezolana en el extranjero, C4 está de regreso en Las Vegas, esta vez con un álbum experimental junto con el nicaragüense Luis Enrique, a quien los músicos admiran, todavía más, ahora que han trabajado codo a codo con él. Aspiran por tercera ocasión al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico que no ganaron en 2013, cuando fueron postulados por primera vez gracias a su trabajo junto con Gualberto Ibarreto, y que también se les escapó en 2014, cuando salieron del Mandalay Bay Center saboreando una victoria distinta pero igual de satisfactoria.

Los C4 también brillan fuera de C4. En 2017, Edward Ramírez volvió a la ceremonia por una nominación sorpresiva junto con su aliado, el letrista, compositor y cantante Rafa Pino, con quien desarrolla un proyecto paralelo en el que explora una variante específica del joropo originaria de la región central de Venezuela. El Tuyero Ilustrado jamás imaginó que llegaría por su propio pulso a tal instancia, y ahí estuvo, con sus versos y su gracia, innovando a partir de una semilla muy vernácula, triunfal aunque el gramófono quedó en manos de la mexicana Natalia Lafourcade y Los Macorinos y su propuesta impecable de homenaje al folclore latinoamericano.

*

Los Latin Grammys han evolucionado notablemente desde su primera ceremonia, celebrada en el Staples Center de Los Ángeles en el año 2000. La Academia Latina de las Artes y Ciencias de la Grabación, organismo conformado por artistas, productores y gente de la industria del disco —y ahora otros formatos—, entendió que debía abrirse a mercados y públicos más allá del circuito hispano de Estados Unidos. La fiesta se movió entre Los Ángeles, Miami, Nueva York y Houston hasta que encontró en Las Vegas un epicentro en el que este año cumple una década.

Las primeras citas no tuvieron casi presencia venezolana. Aparte de varias nominaciones de Oscar D’León y de las victorias del productor Alfredo Matheus por sus trabajos junto a Olga Tañón y a Marc Anthony, no ocurrió mucho más. Tímidamente, comenzaron a aparecer Los Amigos Invisibles, Montaner, Servando y Florentino y Franco de Vita, hasta que llegó Voz Veis y se llevó dos premios en 2007, año en el que también ganó el gran sonero y año anterior a la primera gran velada de la música venezolana en los Latin Grammys, donde un digno representante, sin saberlo, abrió las puertas de lo que venía.

En Houston, en 2008, Oscar D’León hizo de maestro de ceremonia de la entrega del premio honorífico a Simón Díaz. El maestro de las tonadas, vistiendo un liquiliqui, con los brazos abiertos y sin necesidad de micrófonos, y celebrado por su Caballo viejo, por su Tonada de luna llena y por tantas canciones eternas, ofreció un chispazo de su ingenio: Ustedes están oyendo/ con cariño y emoción/ a este viejito que se llama/ El Tío Simón.

En 2009 sólo triunfaron Los Amigos Invisibles y José Antonio Abreu recibió un premio honorífico. 2010 fue otra historia. Entre las victorias de Voz Veis y las de Chino y Nacho, relució un premio que puso de relieve los Tesoros de la música venezolana en la voz de Ilan Chester, quien creó un compendio de 6 álbumes divididos por regiones. Por aquellos días, el cantautor comentó que nunca se sintió tan a gusto con aquella etiqueta de El músico de Venezuela, que siempre consideró más un ardid publicitario que otra cosa, hasta que recibió ese premio por intentar —y en buena medida, lograr— un mapa completo de Venezuela en sonidos.

En 2012, María Teresa Chacín, una voz que también es vehículo de venezolanidad, le grabó un álbum a su nieto y se llevó el premio en el renglón de Mejor Álbum Infantil. En esa misma cita, Reynaldo Armas, peso pesado del joropo llanero, llegó con su Caballo de oro y, cabalgándolo, se llevó el Latin Grammy del folclore. 2013, año de la postulación de C4 y Gualberto, creció considerablemente el número de venezolanos reconocidos, entre ellos Yordano, quien obtuvo esa vez la primera de sus dos postulaciones.

El 2014, mismo año de la proeza del Pollo y C4 Trío, el maestro Juan Vicente Torrealba también fue honrado con un Premio a la Excelencia Musical por su obra, por su Rosario, por La potra Zaina, El concierto en la llanura y muchas otras piezas valiosas.

El año pasado se demostró que lo del cuatro venezolano no ha sido golpe de suerte ni carambola. El cuatrista guayanés Miguel Siso no figuró en la casilla folclórica pero sí lo hizo, curiosamente, en la de Mejor Álbum Instrumental. La victoria de Identidad, obra con sello guataquero, estrenó la presencia de la música venezolana de fusión —basada en raíz tradicional— en una casilla reservada para proyectos sofisticados capaces de superar un filtro exigente entre muchos experimentos de virtuosos, como todos los brasileños con los que compitió, entre ellos Hamilton De Holanda, Yamandú Costa y Hermeto Pascoal.

El gramófono dorado que Siso ya tiene en su casa es el mismo que en años anteriores habían recibido pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el propio Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés. Y Siso lo logró mirando hacia adentro, recogiendo la materia prima de ritmos habituales de su tierra para revestirlos de contemporaneidad, creando una infusión con esas raíces que se pudiera servir en una taza cosmopolita.

 

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Publicado original en GuatacaNights.com el 7 de noviembre de 2019

Como todo artista, antes que nada, Fran Vielma es un investigador. Conviene entender su manera de encarar la creación, que es más parecida al trabajo de un antropólogo que al de un músico ensimismado en las complejidades de ritmos y armonías, para comprender un mensaje que el percusionista merideño envió al mundo a través del álbum Tendencias, primer fruto discográfico de su Venezuelan Jazz Collective, una propuesta que pasa las semillas venezolanas y latinoamericanas por el barniz sofisticado del jazz.

A Vielma le va como anillo a sus dedos maltratados por los cueros la frase que alguna vez pronunció el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov (1860-1904): “Para ser universal, habla de tu pueblo”. El músico, que fue partícipe de la Movida Acústica Urbana, aquel colectivo que acercó a melómanos a ensambles de vanguardia inspirados en la raíz tradicional venezolana hace unos años, se llevó la pulpa de sus pesquisas a Estados Unidos. Se llevó en su maleta un concentrado a base de sangueo, joropo oriental, golpe de Patanemo, merengue caraqueño, y los ecos de tumacos, fulías, clarines, tamboritos, minas y más elementos autóctonos y/o de origen africano.

Tendencias, la canción homónima, representa precisamente la incorporación de ritmos de las costas centrales, cultivados a orillas del Mar Caribe, a una sonoridad que es producto de la influencia potente de genios como John Coltrane: “Se trata de una búsqueda muy personal —dice Vielma— que se manifiesta de una manera no literal en muchos casos, y no tradicionalista, aunque esté hecha con mucho respeto y con mucho orgullo, como diciendo: ‘Esto es parte de lo que yo soy’”.

En Monk en Aragua, Vielma recrea la fantasía de una visita del mismísimo Thelonious Monk a las costas aragüeñas. En Hubbardengue le rinde homenaje a Freddy Hubbard, maestro del hard bop, desde el merengue caraqueño. Cereal de Bobures es su guiño al Zulia; representa una travesía por el Sur del Lago de Maracaibo a bordo de una gaita de tambora. También le habla a su familia: Mis dos luces es una pieza basada en el bambuco de su tierra, Mérida, dedicada a sus sobrinas; y Ehlba es un retrato expresionista de su madre, Maritza Vielma, desde el jazz combinado con tambores barloventeños que invitan a bailar.

Para plasmar sus ideas, esas que desarrolla a diario desde el piano y que luego traslada a un ensamble en el que asume el rol de percusionista, Fran Vielma se rodeó de grandes músicos que cubren dos requisitos básicos fundamentales: la formación dentro del lenguaje del jazz y el conocimiento de ritmos latinoamericanos que muchas veces se reproducen, con pequeñas diferencias pero innegables similitudes, en varios países.

El Venezuelan Jazz Collective se conformó en 2015, tras la participación del músico andino, como jazz embassador del New England Conservatory de Boston —donde estaba haciendo su maestría—, en el Festival de Jazz de Panamá, en el que compartió escenario con Danilo Pérez, Rubén Blades, Miguel Zenón y otros artistas que admira.

Desde 2010, cuando dejó su país y se fue a Boston a estudiar Performance y Teoría del Jazz en la Berklee School of Music, ya el artista experimentaba con repertorios variados que involucraban fragmentos de autores como el Pollo Sifontes y Simón Díaz —de quien quedó el Pasaje del olvido en el álbum— como parte de su ensalada contemporánea. Pero Vielma quería más.

Siempre soñó, por ejemplo, con tener un ensamble grande con sección de vientos. De modo que contactó al pianista Luis Perdomo y al contrabajista Roberto Koch (Aquiles Báez Trío), que vive en Europa pero que entonces estaba de visita en Estados Unidos. También llamó al baterista Pablo Bencid, con el que completó un cuarteto de compatriotas que sirvió de base. Para los vientos, incluyó a otro venezolano, el trombonista Ángel Subero, así como al saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón y a un trompetista ecuatoriano-cubano llamado Michael “Mike” Rodríguez. Con ese trabuco, al que se sumó en algunas piezas el cubano César Orozco en pianos y rhodes, se logró Tendencias, un álbum impecable, recibido con asombro por la crítica especializada.

Los músicos suelen decir, mitad en broma mitad en serio, que la música es el arte de cuadrar horarios. Vielma, quien reside en Washington DC, donde dicta clases, resolvió poniéndole a la agrupación en su apellido el término collective, que sugiere cierta flexibilidad. Y así funciona: él es el alma del ensamble, lleva sus composiciones, su concepto y el sustrato que representa su trabajo desde la percusión. El resto de la formación va variando de acuerdo a la agenda.

Al momento de esta publicación, el Venezuelan Jazz Collective, que recibió el auspicio de la South Arts Foundation a través del programa Jazz Road Tour, se encuentra en una gira por Estados Unidos y El Caribe en la que Vielma comparte con Pablo Bencid, pero viaja con el pianista barquisimetano Santiago Bosch e instrumentistas como el contrabajista búlgaro Peter Slavov, el trompetista Sean Jones, el saxofonista Godwin Louis y el trombonista Jacob Garchik. Luego, quizá será otra la alineación.

Tendencias es la medida de lo que ha avanzado Vielma en la década —y poco más— que ha transcurrido desde Inesperado (2008), su primer disco. Allí pasó en limpio el sonido de Nuevas Almas, proyecto con el baterista Diego Maldonado, en un compacto editado por Cacao Música, aquella linda pero efímera iniciativa financiada por el entonces grandeliga Bob Abreu.

El Venezuelan Jazz Collective no es el primer proyecto de jazz que se alimenta de esencias latinoamericanas. Su sonido se enmarca en un extenso y dorado historial que comienza con el acercamiento de Dizzie Gillespie y Charlie Parker hacia la música afrocaribeña en los años 40 y continúa con experimentos de ida y vuelta entre dos mundos que se fusionaron y se convirtieron en uno solo; de gente como Tito Puente, Eddie Palmieri, Machito, Cachao o Mario Bauzá, así como Danilo Pérez, Paquito D’Rivera, Dafnis Prieto, Giovanni Hidalgo y más creadores mestizos. Pero la idea de Vielma sí que devino en un ladrillo destacable en esa enorme pared que conjuga el sabor del trópico con la sofisticación.

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 15 de noviembre de 2019

La sensación no era la del equipo pequeño al que le toca jugar contra Brasil. A diferencia de otras ocasiones, C4 Trío llevaba consigo, no el deseo de que algo providencial ocurriera para llevarse esos gramófonos a casa, sino la presión del favorito. Tiempo al tiempo, su proyecto con el nicaragüense Luis Enrique lo tenía todo para ser el Mejor Álbum Folclórico: calidad, novedad, experimentación a partir de la raíz tradicional, gancho publicitario y hasta un mensaje de paz. Lo mismo ocurría con Nella, cuya suerte en el renglón dedicado a nuevos artistas se decidiría en la segunda ceremonia, la más espectacular, la televisada. No lo decían, por temor, superstición, respeto o quién sabe, pero la cantante margariteña y el ensamble de cuatristas lucían el traje del ganador antes de ganar.

La gente no se había acomodado todavía en sus sillas en la gran sala de eventos del MGM Grand de Las Vegas cuando comenzaba la 20 entrega de los Latin Grammys. La noche anterior, Luis Enrique y C4, con la adición de lujo del cajonero Diego “El Negro” Álvarez, habían participado en un evento llamado The Producers. Allí desempolvaron juntos Mi tierra, aquel hit nostálgico de Gloria Estefan en el que, curiosamente, Luis Enrique grabó la percusión. Ahora estaban en el momento cumbre, en primerísimo primer plano y como número de apertura de la gala, para tocar una pieza inédita que aborda el mismo asunto 25 años después: Añoranza. Pa’ que no llores más/ pa’ que no sufras más/ pa’ que no duela más/ voy a curar con besos todas tus heridas, le cantaron, desde ese escenario prestigioso, a todo aquel que en tiempos recientes ha huido de su país en busca de oportunidades.

Recibieron un aplauso unánime pero no eufórico. La fiesta apenas comenzaba. El primer premio de la tarde fue para un venezolano llamado Juan Delgado, autor del Mejor Álbum de Cristiano. Poco después anunciaron los nominados a Mejor Arreglista, tres de ellos venezolanos: Otmaro Ruiz, César Orozco (cubano con alma también venezolana) y Rodner Padilla, el bajista de C4, co-productor del álbum y responsable del arreglo de Sirena, uno de los temas con sabor de hit. El David Aguilar, cantautor mexicano, fue el responsable de abrir el sobre y leer el nombre de Rodner.

Padilla agradeció a la Academia, a Dios, a su esposa, a sus hijos Rodrigo, Ricardo y “a uno nuevo que viene en camino”, y cerró con una frase inspiradora: “La vida del músico es una vida de fe. No pierdan sus sueños nunca”.

La ceremonia siguió avanzando entre mensajes vinculados a las manifestaciones en Chile. La ganadora en Mejor Álbum Alternativo, la chilena Mon Laferte, aprovecharía la Alfombra Roja para descubrirse los pechos y amplificar un mensaje escrito en su cuerpo: “En Chile Torturan y Violan”. Se oyeron también mensajes de aliento a Venezuela, críticas al presidente de Brasil y el ruego de artistas colombianos contra la violencia en su país. Juancho Valencia, de Puerto Candelaria, agrupación que ganó el Latin Grammy a Mejor Álbum de Cumbia/Vallenato, lo dijo así: “Que la paz no nos mate”.

El premio al Mejor Álbum Instrumental, que el año pasado quedó en manos del cuatrista guayanés Miguel Siso, lo obtuvo el pianista uruguayo Gustavo Casenave por su disco Balance, en el que Linda Briceño, ganadora del Latin Grammy el año pasado, participó como productora. Un poco después, Venezuela volvió a celebrar gracias a Los Amigos Invisibles y su canción Tócamela, cuyo gramófono recibió el vocalista Julio Briceño y el bajista José Rafael “El Catire” Torres.

La espera se hizo larga mientras pasaban las categorías técnicas y las que reconocen la música en portugués, que son ocho. Y de pronto, tres de las integrantes de Flor de Toloache, banda ganadora del Latin Grammy de mujeres mariachis, leyeron la lista de postulados a Mejor Álbum Folclórico. La tensión se apoderó del rostro de los músicos. La lista apareció en pantalla: Eva Ayllón, Canalón de Timbiquí, Cimarrón, Luis Cobos con The Royal Philarmonic Orchestra & El Mariachi Juvenil Tecalitlán y, de último, abajo, Tiempo al tiempo, de Luis Enrique + C4 Trío. Un par de segundos eternos y las palabras mágicas: Y el Latin Grammy es para… ¡Pum! La alegría desbordante. Abrazos, besos, lágrimas. Un revuelo de satisfacción por un proyecto que ha consumado la hermandad de un ídolo latinoamericano y unos músicos virtuosos de Venezuela. Subieron felices, livianos, uno tras otro: Héctor Molina, Rodner Padilla, El Negro Álvarez, Edward Ramírez, Luis Enrique exultante y Jorge Glem risueño con su sombrero.

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El orador fue Luis Enrique, quien dio un discurso de agradecimiento serio y pausado: “Quiero dedicar con mucho amor este premio a mi país, que sigue luchando por su libertad, por su soberanía… a todas las madres de los estudiantes que han sido cruelmente asesinados desde abril del año pasado. Nicaragua sigue estando en guerra aunque lo quieran hacer ver de otra manera. Nicaragua sigue luchando para ser verdaderamente libre”.

“También quiero dedicar este premio, junto a mis hermanos de C4 Trío —completó el artista—, a todas las familias venezolanas que se han visto urgidas de salir de su país, a todos los caminantes a quienes dedicamos también nuestro video de ‘Añoranza’, decirles que estamos con ellos, que no están solos. ¡Por la libertad de Venezuela y por la paz de nuestros países!”.

***

Al cierre del primer acto, todo se mudó al MGM Grand Arena, el de las grandes peleas de boxeo, donde toca gente como Paul McCartney o Lady Gaga cuando pasan por Las Vegas, para una gran fiesta impecable en el aspecto técnico, con una escenografía basada en pantallas de leds que se movían, cambiaban de colores, fondos, ambientes, adaptándose a cada propuesta. Un espectáculo perfectamente planificado en el que se cuidó minuciosamente cada detalle y en el que, curiosamente, repitió este año el humorista y músico venezolano César Muñoz como parte del equipo de guionistas.

Sí, fue la noche de Rosalía. La española, que ha irrumpido en la escena reguetonera con una propuesta genuina, con tintes aflamencaos y grandes coreografías, salió anoche con cuatro premios, incluida la joya de la corona: el de Álbum de Año. El reguetón estuvo muy presente, desinflando las críticas que nutrieron la conversación en la víspera de los premios. Bad Bunny cerró. También ganó y, con el Latin Grammy en la mano, con todos los focos sobre él, el público aclamándolo, sus colegas aplaudiendo, reclamó atención para el género urbano.

El presentador, junto con las actrices Roselyn Sánchez y Paz Vega, fue Ricky Martin. La Academia Latina de la Grabación le reconoce al puertorriqueño ser uno de los responsables de la existencia de los premios. Fue tal el revuelo que generó su presentación en la ceremonia anglosajona en 1999, en los tiempos del boom de Livin’ la vida loca, que representó el último empujón que necesitaba la comunidad musical latinoamericana para organizar su propia fiesta.

También fue la noche de Juanes, la Persona del Año, a quien le dieron una sorpresa como al niño que le llevaban a su ídolo famoso a tocarle la puerta de la casa. Lars Ulrich, baterista de Metallica, se paró allí, rodeado de latinidad, y dijo que era momento de cerrar un círculo porque él también era fan del colombiano. Una de las mejores presentaciones fue la de Vicente Fernández, Alejandro Fernández y el nieto/hijo, tres generaciones de cantantes actuando juntos. Pepe Aguilar cantó El triste, en tributo al fallecido José José. A Camilo Sesto también lo recordaron.

Con Alejandro Sanz, otro de los premiados de la noche por su hit con Camila Cabello, Mi persona favorita, cantaron tres artistas jóvenes, todas nominadas a Mejor Artista Nuevo: la colombiana Greeicy, la española Aitana y la venezolana Nella Rojas, que brilló con su vestido animal print y su voz de seda. Fue ella, la margariteña formada en Berklee School of Music, la favorita de muchos, la que se llevó ese galardón tan ansiado—al que también estaba postulado su compatriota Chipi Chacón—.

“¡Mira dónde estamos, papá!, dijo la cantante al recibir el gramófono, emocionada, con voz temblorosa. “Perdón, que estoy muy nerviosa (…). Quiero agradecer a la vida, a los que han creído en mi voz y mi visión, a mi amigo y mentor Javier Limón (…) y sobre todo, a Venezuela, y a todos los que, como yo, vienen de otro país y están luchando por oportunidades. Ustedes son mi inspiración”.

***

Luis Enrique y C4 Trío se habían separado para descansar porque faltaba un compromiso por cumplir al filo de la medianoche. La burbuja de los Latin Grammys se rompía y su contenido se diluía en la locura de Las Vegas. Los artistas se perdían entre turistas, los casinos infinitos de los resorts, gente que no tenía la menor idea del evento trascendental —para la vida de algunos— que acababa de ocurrir allí, justo al lado.

El trompetista Charly Sepúlveda y su banda amenizaban la after party e invitaban a artistas a cantar. Varios de los becados por la Fundación Cultural Latin Grammy estaban presentes, entre ellos el pianista venezolano Baden Goyo y la saxofonista mexicana Itzel Reyna. Jorge Glem fue el primero en subir a la tarima a improvisar. Las cuatro cuerdas explosivas del instrumento rey de Venezuela demostraron su poder magnético. Los desentendidos comenzaban a ver qué estaba ocurriendo en el escenario. El Negro Álvarez se sumó en las congas y, en un pestañeo, ya Edward Ramírez, Héctor Molina y Rodner Padilla estaban conectando sus instrumentos y los músicos de Sepúlveda bajaban y cedían sus espacios.

Por la puerta apareció sonriente, satisfecho, el ídolo nicaragüense. Les habían pedido ceñirse al programa: Sirena, solamente Sirena. Pero Luis Enrique venía a sacarse la espinita de una presentación fría en la premiere. Al un, dos, tres, arrancó un joropo venezolano recio y la fiesta ya no fue la misma. Gente grabando con sus celulares. El presidente de la Academia de la Grabación Gabriel Abaroa Jr. en primera fila disfrutando. Muchos bailando. Date un chance se ganó una ovación. Le siguió Sirena y, después, remataron con una versión adaptada a la situación de Yo no sé mañana, su hit, que tuvo en el medio un larguísimo interludio de improvisación y latin jazz, con personajes como el pianista Manuel Tejada y el percusionista peruano Tony Succar, otro de los triunfadores de la noche, ganador de Productor del Año. Y ahí sí, el ensamble y el cantante, con sus dos Latin Grammys, habían conseguido el epílogo feliz que necesitaban.

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Publicada originalmente el 21 de septiembre de 2019 en GuatacaNights.com

A Marina Bravo siempre le gustó Garza perdida, una canción de Leonardo Amuedo y Joao Mendoza que Dulce Pontes incluyó en O primeiro canto, su álbum editado en el año 2000. No sospechaba la joven Marina en sus tiempos de integrante del Orfeón de la UCV, de cuando data su pasión por esa música y esa letra, que ella misma vestiría su contenido. No sabía que el norte se le volvería difuso. Ni que a fuerza de canto retomaría su camino y lo anunciaría con un álbum que llevaría precisamente ese título.

Garza perdida (2019), segundo álbum del catálogo en solitario de Bravo, es la celebración de un regreso —aunque realmente nunca hubo una partida—. El disco tomó el título de la canción portuguesa porque subraya un sentimiento que se cuela entre las 11 pistas. Es un himno entrañable a la persistencia que la artista le canta a su público, pero al mismo tiempo se canta a sí misma, como quien se da ánimos en momentos de adversidad: Y así volveré/ a cruzar este cielo y este mar./ Volaré sin parar/ a cruzar la tierra entera.

La mera grabación de la pieza representó un atrevimiento. El arreglo se concibió sólo para voz y mandolina, un instrumento melódico que suele requerir de algo más para que la canción se sostenga, sea un bajo, un piano, una guitarra. Pero resulta que el mandolinista fue el virtuoso Jorge Torres, quien construyó un base sublime desde las 10 cuerdas de su instrumento —la de él tiene dos más que la mandolina estándar, a la usanza del maestro brasileño Hamilton de Holanda—.

La voz de Marina es de esas que no necesitan vestirse mucho. Mejor dejarla así, semidesnuda. En Garza perdida se muestra a plenitud, exhibiendo sus sutilezas y también, aunque no sea su recurso más habitual, su potencia. En un momento deja correr todo el aire desde sus pulmones y, al siguiente, recurre a un falsete que suena como la flauta más dulce; como una caricia que derrite.

Con Torres, también grabó Pesca y ruego, un punto y llanto que cuenta una historia a orilla mar, de la península de Macanao, Margarita, pero que es la historia de la separación momentánea de muchas familias, acaso todas. Amanecía cuando su autor, Ibrahim Bracho, vio a un pescador que se despedía de su esposa e hijos antes de irse a una faena de meses. Bravo adaptó la letra, se la apropió, pero el espíritu es el mismo: Cuando sales a pescar, ruego a la virgen del Valle/ porque en el mar no se sabe si tú puedas regresar.

El minimalismo, de pronto obligado por circunstancias, se convirtió en concepto. Los pequeños formatos le sientan bien a la cantante. Su voz evocó a Alfonsina y el mar, un clásico latinoamericano, una zamba argentina de Ariel Ramírez y Félix Luna que cuenta, desde la metáfora, el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. “Quise darme el gusto con una de esas canciones de siempre”, dice Marina, quien se acompañó con la guitarra de Héctor Molina, conocido como cuatrista, miembro del C4 Trío y del ensamble Los Sinvergüenzas.

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Mucho ha pasado en la vida de Marina Bravo desde aquellos días en los que cantaba Alfonsina y el mar en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. No sólo grabó tres álbumes con Pomarrosa, un proyecto musical de la Fundación Bigott que la unió a Zeneida Rodríguez. También participó en obras de teatro como Fango negro, que, en lugar de las tablas, representaba el drama en un autobús, en la calle, en un bar. Grabó su primer trabajo, De donde vengo (2010), y realizó una gira que llamó Canciones de aquí y de allá, que la llevó por ciudades como Margarita, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal.

Entre su primer álbum y Garza perdida, Bravo se enamoró, se casó y se hizo madre. Se mudó a Margarita a cristalizar proyectos, uno de ellos su vuelta a la radio, que chocaron contra la muralla de la catástrofe venezolana del siglo XXI. Murió su padre y, más tarde, su madre. Ella volvió a la capital en 2016 buscando reencontrarse con aquella misma garza que no paraba de cantar y actuar. Y con Héctor Molina comenzó desde cero a construir lo que, después de muchos cambios y de sortear obstáculos asociados al deterioro general de la vida en el país, se convirtió en esta placa celebratoria. En medio del proceso, entre otras actuaciones, ofreció un concierto en Guataca Nights Miami en septiembre de 2018, acompañada por el ensamble Los Sinvergüenzas.

De unos conciertos inspirados en música peruana que ofreció con César Gómez y Aquiles Báez, uno de ellos en el Festival Caracas en Contratiempo, Bravo escogió dos canciones y las pasó por el filtro de su nuevo concepto. Una de ellas fue Chabuca limeña, dedicada por Manuel Alejandro a la gran cantante peruana Chabuca Granda. La otra, Azúcar de caña, un landó peruano, es la pieza más movida del repertorio, que sirve de puerta al disco con dulzura y ritmo. Otro landó llamado Tú primavera fue escrito por Báez, quien además grabó una guitarra de forma magistral, como es costumbre.

Marina se pasea por varias fases del amor y el desamor. Del romance a la antigua de Usted, el bolero de Luis Laguna, pasa a la ruptura amigable de No voy a quedarme, un bambuco colombiano de Doris Zapata que llevó al estudio con el percusionista Javier Suárez y con Edwin Arellano, quien se encargó del tiple y el bajo. Y de allí, llega al despecho de Barco de papel, un doloroso vals venezolano que escribió con Alicia Dávila: Con besos y caricias hice un barco de papel/ que ahora sale a navegar por los cauces del recuerdo.

Dos canciones muy venezolanas van una detrás de la otra. Bravo escogió la Tonada en melancolía, de César Gómez, la misma que grabó Luis Enrique con C4 Trío, y la hizo con el propio Gómez (cuatro), Luis Freites (contrabajo) y un cuarteto de cuerdas. Es la canción en la que participan más músicos. Le sigue Ese corazón, otra de sus composiciones en colaboración con Alicia Dávila, en la que se acompañó únicamente por el piano de Édepson González. Es un merengue caraqueño muy delicado, del que destila el deseo cándido de volver a enamorarse. De volver a creer como lo hizo cuando decidió que era hora de volver al estudio a dejar un registro de sus sentimientos.

El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia. Por primera vez en su extensa carrera, que comenzó con unos experimentos con el maestro Gerry Weil, la extraordinaria cantante había sido nominada a los Latin Grammys, máxima fiesta de la industria musical latinoamericana. El reconocimiento llegaba gracias a Motivos, un álbum de caprichos, especialmente boleros, que incluyó ese clásico homónimo de Ítalo Pizzolante y la rosa pintada de azul.

María Rivas irrumpió en la escena musical venezolana en 1992, cuando un canto de lavanderas devenido en canción bailable era una rareza en el mainstream nacional. El manduco fue un hit que reflejó su amor por la raíz tradicional latinoamericana, pero fue apenas su manera de decir presente. Con el tiempo, se convertiría en una de las voces más sofisticadas del país, vehículo de latin jazz y, además, una de las intérpretes predilectas de la música de Aldemaro Romero.

La voz y la manera de cantar de María Rivas eran de una delicadeza inusual. Una voz de ningún lugar y, a la vez, de todos. Una voz sin raza, cargada de swing, de pasión, de jazz, de elegancia con una pizca de desparpajo. Y en ese canto, llevaba lo caribeño a los estándares de jazz y traía el swing a las piezas de música basadas en la raíz tradicional venezolana, como lo hizo en Pepiada Queen (2008), donde conviven Moliendo café y El Catire de Aldemaro con canciones como Smell Like Teen Spirit de Nirvana y Come Together de Los Beatles. Era una cantante sin límites, desprejuiciada y original.

Estuvo mucho tiempo fuera de Venezuela. Vivió una época en Japón. También, entre España y Florida. Pero nunca dejó de cantarle a su tierra. Grabó una decena de álbumes y casi todos incluyen joyas venezolanas que se cuelan entre estándares de Cole Porter, música estadounidense de los años 40 o 50, o clásicos latinoamericanos como Alfonsina y el mar o Bésame mucho. Uno de sus trabajos más sorprendentes fue incluido en el disco Clásicos venezolanos (1999), grabado con el maestro Eduardo Marturet y la Orquesta Sinfónica de Lara.

Su calidad la llevó a actuar en escenarios como el prestigioso Festival de Montreaux. La plataforma Guataca Nights tuvo la fortuna de presentarla en directo durante 2018. En Houston actuó con el pianista merideño Leo Blanco. También lo hizo en Orlando. La presencia de María Rivas representaba una garantía para una velada deliciosa.

A la cantante le gustaba pintar. No se conformó con el color de su voz. Le gustaba tanto, que se sumergió de lleno en el arte plástico y presentó series de pinturas como una que llamó American Jazz Greats, en la que representó en lienzo a grandes jazzistas como Chet Baker, Miles Davis y Nina Simone. Curiosamente, su primer roce con los Latin Grammy y la Academia Latina de la Grabación que los organiza, se había producido en 2013, pero como pintora. A María Rivas le fue comisionado el arte oficial de los premios.

Cuentan que escribió y pintó hasta sus últimas horas, a pesar del cáncer y del deterioro vertiginoso de su salud. Rodeada por sus seres queridos, murió el jueves 19 de septiembre de 2019 en la ciudad de Miami, a los 59 años de edad, una gran artista caraqueña que dejó pinturas y canciones como huellas inmejorables de su existencia.