Achilles Liarmakopoulos: Un trombón griego dibujando a Venezuela desde Nueva York

Achilles Liarmakopoulos: Un trombón griego dibujando a Venezuela desde Nueva York

Publicado el 30 de marzo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

El de Achilles Liarmakopoulos es un trombón atrevido. Un trombón que suele asumir roles nada habituales. Supone un desafío cantar desde su instrumento melodías con tanta tinta en el pentagrama y saltos tan abruptos entre sus líneas. Pero el griego no cree en esas limitaciones. Puede más su deseo de ensanchar las posibilidades del trombón e innovar musicalmente. Y en el caso de su nuevo álbum, Volar (2021), pudo más su atracción por la música venezolana.

Volar es el primer álbum de Cuatrombón, su nuevo proyecto. Es el resultado de su encuentro con el simpático y virtuoso Jorge Glem. El cuatrista cumanés, que también reside en Nueva York, donde el griego es profesor adjunto del Brooklyn College de CUNY University, le permitió reconectarse con el joropo, el merengue caraqueño, el vals venezolano y otras especies de raíz tradicional que habitan en su imaginario desde pequeño.

La afinidad con la música latinoamericana de Achilles Liarmakopoulos, trombonista célebre por su trabajo con el Canadian Brass, viene de siempre, por lo que ha resultado muy natural generar propuestas que impliquen la confluencia de varias culturas.

Cuenta, por ejemplo, que se enamoró del trombón, su fiel compañero de aventuras, cuando asistió a los 10 años de edad a un concierto de Celia Cruz en Grecia. En el primero de sus seis álbumes como solista, Tango distinto (2011), editado por el sello Naxos Classical, tocó obras de Ástor Piazzolla reemplazando el violín y la flauta por el trombón. En Trombone atrevido (2015), dedicado al choro de Brasil, sustituyó al cavaquinho. Y ahora, en Volar, desplazó a la flauta, la mandolina, la bandola, o acaso al clarinete.

Los padres de Achilles Liarmakopoulos (Atenas, 1985) se conocieron en Caracas, donde sus abuelos vivían como inmigrantes. Su madre, de hecho, nació allí, en el valle que bordea el cerro Ávila. “Sus recuerdos de ese maravilloso país, de niña y adolescente —dice el artista— siempre han estado en su corazón y de alguna forma me los transmitió a mí también”.

Recuerda de su infancia a artistas como Juan Vicente Torrealba y Soledad Bravo, al igual que a Cecilia Todd y Lilia Vera. Pero no fue sino hasta 2018, cuando conoció a Glem, que decidió meterse de lleno en un puñado de piezas en formato de cuarteto junto al maraquero Manuel Rangel y al contrabajista Bam Bam Rodríguez, conocido, entre otros proyectos, por Los Crema Paraíso, la banda del guitarrista y productor Cheo Pardo con el baterista Neil Ochoa.

Apoyado en Glem, Rangel y Rodríguez, Liarmakopoulos se sumergió en tres joropos con distintos tumbaos: El avispero de Beto Valderrama, Besos de sal de Douglas Velásquez y Portachuelos de Ricardo Mendoza. Su trombón suena altivo, enérgico, como el joropo lo exige. Se sirve de una base rítmica bien explosiva, realzada por la mano derecha de Jorge Glem, cuyos juegos con el cuatro pueden delatarlo sin necesidad de revisar los créditos de la obra. Pero el trombonista también puede bajar la intensidad, lo cual quizá resulte más desafiante, y logra imprimirle delicadeza a canciones como Los helechos de Héctor Pérez Bravini, e incluso Pueblos tristes, fundamental obra de Otilio Galíndez en la que participa, como invitada de lujo, la cantante Natassha Bravo, paisana de Glem.

A la lista se sumaron El rezongón, merengue caraqueño de Omar García, con toda su gracia, su síncopa y unas transiciones temerarias en las que reluce la complicidad en las maracas y el cuatro; y el Vals venezolano que compuso, cariñosamente, el maestro cubano Paquito D’Rivera, otro residente de Nueva York, donde se grabó el álbum.

Una flauta, la del gran Marco Granados, se cuela en la fiesta del trombón. Es él, reconocido ejecutante del instrumento y miembro del Chamber Ensemble Classical Jam, quien canta, a dos voces junto a Liamarkopoulos, la melodía de una delicada canción suya titulada La bella. También participa el fliscorno de Brandon Ridenour, compañero del griego en el Canadian Brass, en una pieza de Ricardo Sandoval llamada Soñar es sonar, que le pone un broche dorado —brillante, como el metal del instrumento— a la obra. 

Volar, mezclado por el varias veces ganador del Grammy David Darlington y masterizado por el colombiano Diego Ávila, le inyecta venezolanidad a un catálogo que ya incluye los mencionados trabajos inspirados en la música brasileña y el tango, pero también exhibe discos como Obvious (2018), grabado con la solista de arpa francesa Coline-Marie Orliac; Ethereal (2017), compilado de obras líricas; y Discoveries-New Works for trombone and piano (2014), de composiciones contemporáneas.

Formado entre la Escuela de Música de la Universidad de Yale, el Instituto de Música Curtis, el Conservatorio de San Francisco y el Conservatorio Philippos Nakas de Grecia, el artista de 35 años de edad, que ha grabado siete álbumes con el Canadian Brass, ensamble con el que ha girado por el mundo, que ama la salsa y ha colaborado con ídolos como Rubén Blades, ha logrado, a través de su conducto predileto —la música— conectarse íntimamente con un escenario fundamental de su historia familiar: Venezuela.

Eliana Cuevas y Aquiles Báez: El curruchá resuena desde Canadá

Eliana Cuevas y Aquiles Báez: El curruchá resuena desde Canadá

Publicado el 17 de marzo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

No deja de ser paradójico. Que ocurra siempre, o casi siempre, no le resta contradicción al hecho de que mientras más lejos se está de la tierra natal, más resuenan en uno sus ecos, sus esencias, su cultura. Más clara se percibe la enorme importancia de ciertos saberes y tradiciones; y en el caso que nos ocupa, de canciones como las que grabó el dueto conformado por Eliana Cuevas y Aquiles Báez.

El curruchá (2021) no pretende una antología de composiciones venezolanas, pero sí reúne algunas de las piezas más recordadas del cancionero nacional, interpretadas desde una voz que exhibe sofisticación y elegancia, más el desparpajo y el sabor que requiere la música de raíz tradicional, todo en sus justas proporciones. El canto de Eliana transmite venezolanidad, pero de él también brota lo mejor de cada ambiente que ha frecuentado: el bossa nova, el jazz, el world music, todo a lo que ha sido expuesta en una ciudad tan multicultural como Toronto.

El canto de la artista caraqueña, que vive en Canadá desde 1997, no podía conseguir mejor abrigo que la guitarra de Aquiles Báez, un instrumentista de estricta formación académica que desde hace más de 40 años, e incluso durante la época en la que vivió en Nueva York, no ha dejado de escudriñar lo más autóctono para cultivarlo, exaltarlo, barnizarlo para que el gran público lo aprecie.

Nunca bastarán versiones de Acidito, el delicioso merengue de Adelis Fréitez que ha pasado por muchas voces y que quizá no haya mejor manera de interpretarlo que así, desnudo, a pura guitarra y voz, a puro sentimiento y tumbao asincopado. Con esa melodía comienza un recorrido que incluye dos temas muy conocidos de Otilio Galíndez, Caramba y Flor de mayo, y tres de Simón Díaz, la Tonada del cabestrero, Mi querencia y la pieza venezolana más versionada de la historia: Caballo viejo.  

La presencia de temas muy populares obedece a la necesidad de Cuevas de insertar ingredientes venezolanos en la vibrante escena cultural que en la que se mueve. Procurar colar entre el jazz, el world music, las músicas de Brasil, Cuba, Argentina y México, uno que otro joropo, merengue caraqueño, onda nueva o tonada.

Eliana Cuevas es una cantante con dos décadas de recorrido artístico y seis álbumes a cuestas, incluido el presente, por los que ha recibido numerosos reconocimientos: La distinción como Latin Jazz Artist of the Year en los National Jazz Awards, el reconocimiento a la Best World Music Artist en los Toronto Independent Music Award y el galardón a la Mejor Artista Solista de Música World en los Canadian Folk Music Awards. Tras Cohesión (2002) y Ventura (2004), editó Vidas (2007), del que salta a la vista (o al oído) una pieza con ritmo de tambores titulada Canaima.

La caraqueña, que ha compartido escenarios con artistas como Luis Enrique, Álex Cuba y Hermeto Pascoal, profundizó su búsqueda hacia adentro en Espejo (2014), ganador en los Independent Music Award en la categoría de Best Latin Album. Para esa obra, invitó a un músico con el que siempre había querido colaborar. El maestro Aquiles Báez participó en El tucusito, y no lo hizo tocando la guitarra, por la que es más conocido, sino que demostró, además, lo buen cuatrista que es.

Antes del lanzamiento de Espejo, Eliana hizo un viaje a Venezuela y aprovechó para actuar allí junto a Aquiles en unas Noches de Guataca celebradas en el Teatro Trasnocho de Caracas el 2 de mayo de 2012. Más adelante, hizo fuerzas para que el Aquiles Báez Trío, la banda del autor de A mis hermanos junto al baterista Adolfo Herrera y al bajista Gustavo Márquez, viajara a Toronto. Lo logró e hicieron dos fechas, en las que ella actuó como invitada, en junio de 2016; una en el Lulaworld: Latin & World Music Festival y otra en el Dundas West Fest. En ese viaje, una vez cumplidos los compromisos, Báez y Cuevas aprovecharon para ir al estudio.

Aunque se solaparon, el proceso de realización de El curruchá no interfirió en el proyecto de Cuevas que devino en su álbum Golpes y flores (2017), un trabajo laureado que mostró la madurez de la artista en entrelazar hebras de sus mundos. Puesto junto al resto de su material, ese de 2017 es un disco que suena decididamente selvático, mestizo, inmerso en una búsqueda ancestral.

El curruchá viene a ser, por un lado, el reencuentro de Cuevas con canciones que son parte de la banda sonora de su vida, como esa que le da título al álbum y que su padre le cantaba con el cuatro cuando niña. De su versión, divierte el inicio lento: A mi negra la quiero y la quiero más que a la cotiza que llevo en el pie… Y la aceleración; un juego de difícil respiración porque no deja espacio entre frases para recuperar el aire: Cuando baila mi negra un joropo, el amor zapatea por dentro de mí…

Cuevas y Báez agregaron María Antonia, el hit inolvidable y pícaro de Gualberto Ibarreto. También sumaron Anhelante, la gran composición del Pollo Sifontes; Aquel zuliano, la eterna gaita de Renato Aguirre; y Como llora una estrella, estándar de Antonio Carrillo que todos los venezolanos escuchamos desde pequeños. A todo eso sumaron un tema suyo llamado En un pedacito de tu corazón y el San Rafael, obra de Aquiles.

El curruchá cumple el viejo deseo de Cuevas de grabar una obra inspirada en el sonido que lograron Ilan Chester y Aquiles Báez en aquel álbum decembrino titulado Corazón navideño (2001). Sí, desde entonces ella tuvo el anhelo de algún día compartir no una sino una docena de canciones con ese maestro que ha generado tanta música y ha tenido la generosidad de dar espaldarazos a artistas emergentes que puedan sumarle colores al gran lienzo de la música venezolana.

Gonzalo Teppa: Migrar en clave de jazz

Gonzalo Teppa: Migrar en clave de jazz

Publicado el 11 de marzo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Gonzalo Teppa acababa de editar su cuarto álbum, un trabajo magistral titulado Sinergia que pasaba en limpio sus ideas sobre la música venezolana desde la óptica del jazz. Tocaba con los mejores músicos de la escena nacional. Era, nada más y nada menos, el bajista de C4 Trío, que había quedado trasquilado tras la partida de Rodner Padilla. Pero el contrabajista larense, como tantos venezolanos en estos tiempos, se vio obligado a tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: Dejar todo eso atrás, su país, su gente, sus proyectos, para procurar mejores oportunidades para sus hijos.

Era agosto de 2014, un año en el que Venezuela convulsionó políticamente y comenzó a agudizarse una crisis que hoy persiste. Teppa vio las costas de La Guaira desde la ventanilla del avión y aterrizó en Boulder, Colorado, ciudad que conocía bien porque allí había vivido y profundizado los estudios que inició en el Conservatorio Vicente Emilio Sojo de Barquisimeto.

Away From Home (2019), primer álbum del Gonzalo Teppa Quintet, es el relato jazzístico de su migración. Es la banda sonora de la travesía con toda su carga de incertidumbre y vulnerabilidad, impregnada por esa nostalgia que es como una sombra que no abandona al exiliado y, por supuesto, realzando su equipaje, que es la cultura, su raíz. Por ejemplo, en una pista llamada Venezuelan roots el contrabajista grabó tambores e invitó a su baterista, su vibrafonista y al resto de la banda —todos estadounidenses— a embarcarse en un viaje rítmico por la costa afrovenezolana.

Gonzalo confiesa que él no es de esos artistas que maquinan un concepto y luego trabajan bajo un esquema preconcebido. Que, al contrario, prefiere componer y que luego sean las canciones las que determinen el carácter de sus álbumes. Venezuelan roots fue una de las nueve piezas que creó una vez que se estabilizó en su nuevo lugar de residencia y retomó su proyecto como solista. Al sentarse a componer de nuevo, mirando a Venezuela desde lejos, las melodías se fueron atando unas con otras, contando un relato. Su relato, que al mismo tiempo es el de muchos.

En 2018, la fundación Path Ways to Jazz de Boulder le otorgó una beca concebida para que los jazzistas concreten sus proyectos, graben su material, cumplan sus metas creativas. En la ruta, se había encontrado con las piezas que necesitaba para su quinteto: Greg Harris (vibráfono), Ike Spivak (saxofón), Alex Heffron (guitarra) y Andrew Wheelock (batería). 

Con ellos, entró al estudio a grabar canciones como Uncertain hope (Esperanza incierta). ¿Pero no va la incertidumbre atada a la esperanza siempre? Lo cierto es que la pieza subraya esa bruma que nubla el horizonte del inmigrante. Una mezcla de miedos y dolores. Ésa es una cara de la moneda. La otra es Custom blues, que le pone una banda sonora simpática a los nervios del viajero, que se crispan al momento del chequeo en el aeropuerto antes de ingresar al país. Sí, el Custom se refiere a Aduana.

Away from Home, la que titula el álbum, es una inmersión en la añoranza. La inevitable y agridulce añoranza. Sudden Awakening describe ese momento de la mañana en el que, por primera vez, el tipo se levanta en un nuevo país, con un nuevo huso horario, clima, geografía, idioma, costumbres, mira a su costado a su esposa y sus dos hijos, respira profundo y se arma de valor para empezar a escalar esa cuesta empinada que implica la adaptación a una nueva realidad con el cronómetro de vuelta en cero.

Happy childhood es un homenaje a su infancia feliz. Un pasaje apacible dentro de la obra. Together Like Old Times procura expresar desde la música, especialmente a través del diálogo continuo entre el vibráfono y el saxo, la emoción que producen los reencuentros familiares de un expatriado. Esos abrazos que no quisieran acabarse nunca. Lágrimas de alegría y tristeza, todo mezclado. Padres, hermanos, hijos y nietos tratando de aprovechar al máximo el tiempo juntos. Poniéndose al día, viéndose a los ojos, hablando de todo y de nada.

Making Progress, una pieza con actitud rock, unos salvajes solos de guitarra y una melodía trepidante, pareciera surgir de la sensación de haber tomado la decisión correcta, de esa etapa en la que el destino comienza a sentirse como hogar. Sin embargo, el propio Gonzalo reconoce que allí quiso expresar sus deseos de que se produzca un cambio en Venezuela. Se permitió soñar con un país diferente, colorido y vibrante, elegante y armonioso como su música.

A esa le agregó una cara B melancólica llamada Remembrances, una polaroid que la persona lleva en su memoria irremediablemente. También rescató un tema viejo que terminó como bonus track de Away from Home. Se trata de una onda nueva que le compuso a su amigo el empresario, enamorado de la música venezolana y motor de Guataca, Ernesto Rangel, cuando éste salió de prisión, donde estuvo —injustamente— porque el gobierno venezolano acusó a las casas de bolsa de delitos financieros que nunca fueron probados. A ese tema, el artista larense lo llamó The New Way of Freedom (fíjense en el guiño a la onda nueva en el título).

Gonzalo Teppa (Barquisimeto, 1971) es uno de los grandes contrabajistas venezolanos de los últimos tiempos. A la par de su participación en numerosos proyectos de otros artistas y agrupaciones, presentaciones con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, propuestas como el extinto THE Trio que en una época formó con el baterista Adolfo Herrera y el guitarrista Juan Ángel Esquivel, siempre ha escrito, arreglado y grabado su propio material.

La cosecha de Teppa ha dado Designios (2001), Travesías (2003), ConTrabajos de Aldemaro (2008), dedicado enteramente al genio de la onda nueva, y Sinergia (2014). Dice que sus compañeros de banda estadounidenses han empezado a estudiarse la onda nueva, el merengue caraqueño, la tonada, el joropo; todo lo que él les lleva desde su tierra los cautiva. Será interesante escuchar la evolución del sonido de la agrupación. Ojalá que Away from Home sea el primero de muchos álbumes del Gonzalo Teppa Quintet. 

Rojas y Torrealba: Un monumento hecho de flauta y bandola

Rojas y Torrealba: Un monumento hecho de flauta y bandola

Por Gerardo Guarache Ocque

Publicado el 27 de febrero de 2021 en Guatacanights.com

No es común que una flauta y una bandola dialoguen solas. Son dos instrumentos que requieren el abrigo de otros, por lo que, generalmente, el toma y dame se produce sobre una base que podría ser de cuatro, bajo y maracas. Jamás se sostendría un dueto semejante si no estuviera constituido por músicos excelsos como Manuel Rojas y Moisés Torrealba, quienes se juntaron en Houston para sentar un precedente artístico y, al mismo tiempo, celebrar la venezolanidad lejos de su tierra.

Es asombroso cómo en Equipaje de mano (2021), primer álbum del Rojas-Torrealba Duet, los artistas superan las limitaciones que imponen sus instrumentos. La bandola de Moisés es mucho más que una bandola llanera: No sólo canta y se adorna, sino que charrasquea acordes como un cuatro, pone acentos, hace bajos y trina vertiginosamente como guitarra española. Manuel, a su vez, describe melodías con su flauta y también hace una labor percutiva, aporta texturas y arpegios de acompañamiento, extiende notas para servirle una plataforma a su compañero. Ambos se entrecruzan, se apoyan; dominan el malabarismo que exige construir un monumento sonoro que se puede derrumbar con cualquier silencio.     

Rojas y Torrealba se conocieron cuando ya comenzaba a comentarse entre músicos larenses, especialmente entre artistas cercanos a la Estudiantina de la Universidad Politécnica de Barquisimeto, con la que colaboraba Rojas, cómo tocaba la bandola aquel prodigio que había llegado de Barinas. Poco después, en 2002, se editaría un álbum que lo consagraría en todo el país: Ensamble Gurrufío- Sesiones con Moisés Torrealba (2002). Esa producción contiene uno de los pocos antecedentes que existen de grabaciones en formato flauta-bandola. Es una versión de Romance en la lejanía que hicieron Torrealba y el maestro Luis Julio Toro.

En 2012, a una década del lanzamiento de ese compacto, Toro cedió su lugar en el Ensamble Gurrufío a Manuel Rojas. Por esos años se estrechó la amistad de Rojas y Torrealba. Primero tocaron juntos en una visita de la agrupación a Barinas, donde residía Torrealba más dedicado a la ingeniería que a la música. Después compartieron un viaje a Las Canarias, donde actuaron en julio de 2017; hasta que el destino los juntó en el exilio en tiempos recientes.

En Houston, comenzaron a probar, temerosos, este formato inusual. Lo consideraban riesgoso, pero aún así decidieron evaluarlo frente a la gente. María Eugenia French, amiga del dúo, organizó un concerthouse, producido con delicadeza, para unas 80 personas. Un público selecto asistió a una velada venezolanísima en plena región sur de Estados Unidos. Esa audiencia, en cierta forma, se convirtió en un jurado que aprobó la constitución del dueto y su cita con los estudios de grabación.

En cuanto a repertorio, no se fueron por las ramas ni buscaron música inédita. Escogieron joyas del cancionero nacional y acudieron a sus autores o a sus familiares, según fuera el caso, para rescatar las melodías originales. El maestro Pablo Camacaro les mandó la partitura de su Sr. JOU. Para la Tonada del cabestrero, buscaron un registro en el cual el propio Simón Díaz la canta con su cuatro. Para Criollísima, consultaron a Henry Martínez, quien corrigió algunas impresiones. En el caso de Quinta Anauco, se basaron en la versión de 1978 en la que el mismo Aldemaro Romero canta la melodía con su piano. Algo similar hicieron con Mujer barcelonesa de Enrique Hidalgo, Aquel zuliano de Renato Aguirre y Apure en un viaje de Genaro Prieto, la que inicia la fiesta con ímpetu llanero.

A todo esto, le sumaron un tema universal. Una versión única en el mundo del Vuelo de la mosca del brasileño Jacob Do Bandolim. Y más tarde, agregaron un joropito de bonus track que no estaba en los planes. En una tertulia en Katy, una ciudad muy cercana a Houston, habían improvisado un San Rafael. Uno de los asistentes los grabó tocándolo y les envío el video más tarde. Les gustó tanto lo que oyeron de sí mismos que decidieron estructurarlo para agregarlo al álbum. Ese joropo le aportó una energía necesaria, un ambiente en el que la bandola es libre; comienza pintando la escena, fijando el paisaje como un sol ladeado que va iluminando la llanura, antes de que comience el galope in crescendo.

—En la bandola, todo queda lejos— suele decir Torrealba. Para lograr lo que suena en Equipaje de mano debió extremar su técnica, expandir esas cuatro cuerdas, exprimirlas. Para un instrumento habituado a lo recio, las canciones lentas y suaves fueron las más retadoras. En Rojas, la dificultad fue otra: los arreglos (literalmente) no dan respiro. Puede oírsele buscando aire como quien sale a la superficie tras bucear sin equipo.  

El título de la obra es inequívoco. El Equipaje de mano ya no es sólo la pasión del dueto, su conocimiento y su talento, el patrimonio intangible de su país. Es ahora una poción mágica, contenida en Deezer, Apple, Youtube y próximamente en Spotify, que cualquier venezolano puede consumir para conectarse con su raíz, con ese sentimiento que lo acompaña donde quiera que esté.   

Blanco & Cárdenas: Un dúo con onda expansiva orquestal

Blanco & Cárdenas: Un dúo con onda expansiva orquestal

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 9 de febrero de 2021

La de Leo Blanco y Alexis Cárdenas es una dupla predestinada. Antes de conformarse, ya estaba en la mente de amigos y colegas. Cuando finalmente se produjo el encuentro durante 2008 en una fiesta de músicos en San Bernardino, Caracas, la afinidad fue instantánea. Amor a primer oído, ha dicho el pianista merideño. Esa noche comenzó una conversación sin palabras que se extendió a salas de ensayo, escenarios y estudios de grabación, de la cual ahora tenemos un registro discográfico: Stories Without Words

Los grandes músicos obedecen a su instinto. Pero es un instinto precedido por una formación académica robusta y una profusa biblioteca de referencias. En el caso de Cárdenas, el marco conceptual se extiende más hacia el universo clásico, hacia Bach, Prokovief, Brahms, Paganini; en Blanco, el influjo es más abundante en jazz. Pero ambos respiran al ritmo de la música de Venezuela. Vibran con la Latinoamérica de Piazzola y Gismonti. Absorben la música del mundo. Son artistas muy distintos que tienen en común la disposición de mantener los poros bien abiertos a lo que el otro tiene para decir. 

Sólo desde esa mezcla de sofisticación y libertad se puede concebir un espacio en el que se acomoden, sin tropezarse unas con otras, las melodías de Otilio Galíndez y Erik Satie, o de Hamilton de Holanda y Cruz Felipe Iriarte. Todas ellas tomadas de la mano conviviendo con las propias creaciones de Leo Blanco

Stories Without Words es de esos álbumes que al oírlos inmediatamente se piensa: ¿Cómo es que no habían hecho esto antes? Es un diálogo que se desarrolla en un sitial sublime. Que tiene rigurosidad y gracia, perfección y desparpajo. Y goza, además, de una condición muy poco común, que define a los clásicos: la atemporalidad. Suena a música del presente, pero también a música de otro tiempo, pasado o futuro.

El inicio es majestuoso. Cuenta Leo Blanco que antes de grabar su álbum Roots & Effects (2003), visitó a Aldemaro Romero para mostrarle unas variaciones que había hecho de su canción El Negro José. Al joven pianista le pareció apropiado y respetuoso consultar con el maestro de la onda nueva qué debía hacer con esta versión tan libertina. Inspirado, se le había ido de las manos hasta convertirse prácticamente en una segunda parte de aquella. A Aldemaro le encantó. En cierta manera, ungió ese joropo elegantísimo, que es homenaje y autorreferencia, titulado El Negro y El Blanco.

El violín de Alexis Cárdenas acentúa ciertos fragmentos arabescos, en una mezcla de melancolía y misterio, de Gnossienne #3, una pieza original para piano solo del francés Erick Satie (1866-1925). La bruma se disipa y sale un sol radiante como la sonrisa de un niño en Pras Crianças, original del mandolinista brasileño Hamilton de Holanda. Su melodía ya se incrustó en el catálogo venezolano porque el violinista la grabó con su cuarteto y también lo hizo el cuatrista cumanés Jorge Glem en su álbum En El Cerrito (2013). Es reconfortante, divertida, esperanzadora.

Leo Blanco no sólo aportó El Negro y El Blanco. También agregó su Perú Landó, un homenaje al Perú que provoca bailarlo con los ojos cerrados; el Vals #5, que abre un espacio para la improvisación en el que Cárdenas se manifiesta en pizzicato; y un Pajarillo cinético, que fue uno de los últimos temas en agregarse al LP. Ése, que propone una variante melódica de la estructura básica del pajarillo tradicional, sería un bis ideal en recitales. Hasta al venezolano más desarraigado el corazón se le acelera. Cárdenas se deja llevar y exprime sus cuatro cuerdas, las vuelve a pellizcar, genera ritmo como un percusionista, exhibe sus destrezas. Como siempre, impresiona.  

Al relato se suman dos merengues venezolanos de colores muy vivos: Caribe, de Joaquín Pérez, y El frutero, de Cruz Felipe Iriarte. Y también lo hace Ahora, de Otilio Galíndez, que ralentiza las agujas del reloj. Oírla es mirar el mundo en sepia.

LA HISTORIA DETRÁS DE LAS STORIES

En aquellos años 2008-2009-2010, que hoy se antojan tan lejanos, Venezuela propiciaba encuentros como el de estos dos ilustres expatriados que se reunían en la capital ávidos de dialogar musicalmente. Leo Blanco, el gran pianista merideño, estudioso del jazz y docente en varias instituciones, llegaba desde Boston. Y el zuliano Alexis Cárdenas, uno de los mejores violinistas del mundo, entonces flamante concertmaster de la Orquesta de Radio Francia, volaba desde París.

A esa época corresponden las primeras grabaciones, realizadas en los estudios Jazzmanía de Los Ruices Sur, Caracas, con los ingenieros Javier Casas y Alejandro Díaz. Siete pistas de un posible álbum reposaron en alguna carpeta durante casi una década en los que el deterioro de la situación general del país impidió que el proyecto avanzara. Blanco se reencontró con esas pistas y procuró llevar el proyecto hasta la meta. Gracias a un encuentro en Estados Unidos, pasaron por el Futura Studio de Boston y registraron otras dos asistidos por el ingeniero John Weston.

Darío Peñaloza y Jesús Jiménez, encargados de la mezcla y el mastering, respectivamente, hicieron su magia. Lograron estandarizar el sonido de canciones grabadas en momentos distintos, con instrumentos, micrófonos, técnicos y equipos diferentes, para que ningún salto o inconsistencia interrumpiera la onda expansiva generada por dos artistas que juntos son muchísimos más que dos.

FOTOGRAFÍA: Pamela Hersch

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Publicado originalmente en www.Guatacanights.com 4 de febrero de 2021

Alejandro Zavala estudió exhaustivamente la tradición musical venezolana antes de permitirse, sin zafarse nunca de ella, emprender su propio viaje. Tras cantar con tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, música en formatos variados, y tras grabar tres álbumes que son tramos de una misma búsqueda incesante, decidió extremar su voz, su instrumento más preciado, y construir una obra entera valiéndose únicamente de ella.  

Vocal, su cuarto álbum, es el resultado de un fino trabajo artesanal en el que su voz se desdobla, se multiplica, se transforma en lo que la canción necesite. Percusión, bajo, cuatro, cuerdas. Zavala funciona como un teclado al que, con un botón, lo hacen emular otros sonidos. Partiendo de ese supuesto imposible —que una misma voz suene cinco, seis, diez veces en simultáneo— recorrió cinco viejas canciones y tres piezas inéditas.

Las versiones de temas muy populares como la guasa El norte es una quimera de Luis Fragachán o La vaca mariposa de Simón Díaz demuestran la filigrana exquisita que logró el artista en los cuatro años de trabajo que le tomó la realización. Es una labor de mucha precisión, detallista, de texturas y matices muy sutiles. A los temas nada le falta, nada le sobra.

La paraulata de Juan Vicente Torrealba es una tonada/pasaje que nos lleva a Los Llanos. El Sangueo nos transporta a las costas caribeñas. Y la malagueña María y el mar, con letra de su autoría, nos invita a navegar por algún punto del mar entre Sucre y la isla de Margarita.

Vocal no es un álbum infantil, pero algo —quizá la inclusión de Son chispitas de Otilio Galíndez— genera desde los primeros minutos la sospecha de que es una obra concebida para el disfrute de público de cualquier edad. Como diría la cantante Andrea Paola Márquez sobre uno de sus proyectos, es para niños de 0 a 100 años. Y esa sospecha se va confirmando hacia las últimas pistas.

Zavala y su pareja, la bailaora Ana Valentina Quilarque, tuvieron una bebé en el extraño 2020, en pleno confinamiento por la pandemia. Inspirado en el maravilloso caudal de emociones que viene con el nacimiento de una hija, escribió un vals con su nombre: Alma. Además, le compuso una cara B, Arrullo, canción de cuna que baja el telón de la noche, de los ojos de su pequeña y de un álbum en el que Papá lo hizo todo, incluyendo la mezcla y el mastering.

Venezuela es un país de gran tradición coral, pero son muy pocos los trabajos inscritos en esta categoría. Podemos pensar en algunos episodios de agrupaciones como Vocal Song o Voz Veis. Internacionalmente, resuenan los cubanos de Vocal Sampling o los italianos de Neri per Caso. Al decantarnos por el factor unipersonal, me viene a la mente un álbum de Ximena Borges, ecléctica artista —hija del maestro Jacobo Borges— que en 2013 se atrevió a un experimento con motivos navideños, titulado Joyful Noise, basado, grosso modo, en el mismo principio. El otro antecedente lo generó el propio Alejandro Zavala en Primavera para mayo (2011), su segundo disco, en el que trabajó con Aquiles Báez y agregó una versión enteramente vocal de Flor de mayo, de Otilio Galíndez. Una vez que la hizo, sintió que se abría una puerta a un patio lleno de posibilidades. 

La principal referencia de Zavala y, de paso, el máximo referente de este curioso arte, es el genio estadounidense Bobby McFerrin, y en especial su trabajo Simple Pleasures (1988), del que se popularizó mundialmente el hit Don’t Worry Be Happy. Muchos pensarán todavía que la canta un ensamble vocal, pero la pista está toda grabada por el propio McFerrin (sin los enormes recursos tecnológicos de este siglo).

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Zavala se aventuró a hacer lo que hizo McFerrin entonces, explorando la técnica del scat singing, de la que supo inicialmente porque su amigo el músico y humorista César Muñoz la había estudiado en la Berklee School of Music de Boston. La novedad, la gran novedad, es que se basó en ese concepto pero trabajando con materia prima de raíz venezolana, respetando sus particulares estructuras, ritmos, cadencias, giros, transiciones.  

Alejandro Zavala (Caracas, 1977) ha hecho muchas cosas. Ha tocado con grupos de estricto joropo llanero y también en agrupaciones bailables como Tártara. Ha sido el Santos Luzardo de la obra musical Orinoco, versión libre y aflamencada de Doña Bárbara que protagonizó la bailaora Daniela Tugues con música de César Orozco. Investigador de la antigua Fundación de Musicología y Folclore, fundador de la Escuela Contemporánea de la Voz, comunicador social, docente, locutor, productor y director de los estudios Sonofilia en Caracas. Toca varios instrumentos, especialmente el cuatro. Fue arreglista y vocalista de un concierto titulado Venezuela, Una voz, una orquesta, dirigido por Eddy Marcano y presentado en directo en la Sala Simón Bolívar de la sede principal del Sistema de Orquestas en Caracas en octubre de 2016.

En 2009 editó su álbum debut Orígenes, al que le siguieron Primavera para mayo (2011) y Colores tierra (2014), todos basados en elementos folclóricos pero presentados libremente desde la contemporaneidad, con una instrumentación más o menos ambiciosa, matices de jazz y esa cosa etérea y multicolor que llaman world music.

Quizá influya la particularidad de la propuesta, pero, tal como ya lo advirtió desde su Instagram el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez, amigo del artista y aliado en el proceso de realización, Vocal es el trabajo más logrado de su carrera. 

Escríbeme: Un himno a la democracia en traje de bolero

Escríbeme: Un himno a la democracia en traje de bolero

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 23 de enero de 2021

Guillermo Castillo Bustamante vivía sus peores días. En agosto de 1956 el pianista, fundador de la primera orquesta moderna, la Swing Time, colega cercano de Antonio Lauro, colaborador de Pedro Vargas, amigo de gente como María Luisa Escobar, Alfredo Sadel e incluso Vicente Emilio Sojo y Juan Bautista Plaza, seguía en la Cárcel de Ciudad Bolívar por oponerse a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Flaco y débil, soportando maltratos, anhelando la libertad y rogando noticias de su familia, convirtió su incertidumbre, su melancolía, dolor e impotencia, toda esa pasta agria y espesa, en belleza.

Antes, en abril de 1952, tras ser detenido por la Seguridad Nacional, policía política del régimen perejimenista, Castillo Bustamante había sido torturado. De la prisión El Obispo, del barrio El Guarataro de Caracas, pasó a la Cárcel Modelo, hasta que a finales de julio de ese mismo año se convirtió en uno de los centenares de presos políticos enviados a Guasina, una isla del Delta del Orinoco cuyo nombre sería desde entonces sinónimo de barbarie.

Libros como Se llamaba SN (1964) y Guasina, donde el río perdió las siete estrellas (1982), de José Vicente Abreu, o documentales más recientes como Tiempos de dictadura (2008) de Carlos Oteyza, reflejan los vejámenes a los que fueron sometidos los opositores a Pérez Jiménez en ese islote pantanoso devenido en campo de concentración, rodeado de pirañas, habitado por culebras, alimañas y caimanes, a merced del hambre, el tifus, la Guardia Nacional, el mal de chagas, la Seguridad Nacional y el paludismo. 

Cuentan que el artista aprovechaba pequeños espacios al reverso de las cajetillas de cigarros para esbozar partituras. Cuentan que hubiese sido fusilado de no ser por la rebeldía de un tal teniente Contreras, que, aun consciente de que arruinaba su carrera militar, intercedió para preservar la vida del hombre que pocos años más tarde escribiría esa canción hermosa que se haría popular en las voces, primero de Alfredo Sadel y después del chileno Lucho Gatica y el mexicano Javier Solís

De Guasina, clausurada en diciembre del 52 por una inundación—que cualquiera atribuiría a una intervención divina—, lo trasladaron a la Cárcel de Ciudad Bolívar. El monseñor Juan José Bernal, único visitante que llevaba consuelo y alivio, supo de su oficio y consiguió un piano destartalado cedido por una familia guayanesa. Castillo Bustamante lo reparó y, cuando se lo permitían, tocaba y componía.

A los presos no les permitían visitas ni llamadas. Una carta quincenal representaba su único contacto con el mundo y sus querencias. La raíz de sus versos más conocidos es esa ansiedad, esa necesidad imperiosa de recibir misivas de su hija Inés que contuvieran alguna novedad de ella y el resto de la familia, especialmente de su esposa, la otra Inés, que también había sido torturada y enviada a una cárcel de mujeres al occidente del país, a San Carlos, Cojedes:

Me hacen más falta tus cartas
que la misma vida mía,
lo mejor morir sería
si algún día me olvidaras.

Escríbemees uno de los 90 temas que el artista creó durante su reclusión. Es, además, una canción que probó muy pronto su poder: El autor la tocaba allí y los presos de los cuatro pabellones, que no se veían entre sí, se sabían la letra y la cantaban al unísono. Así lo contó Inés Castillo, esa misma hija de la que el compositor esperaba correspondencia, en un libro que ella tituló con la primera línea de la canción: Son tus cartas mi esperanza (2016).

En septiembre de 1957, Castillo Bustamante fue expulsado del país y se encontró en Costa Rica con su amigo Alfredo Sadel. El tenor de Venezuela —¡qué mejor voz para trasmitir el mensaje!— se enamoró de esa música y esa letra a la primera oída y, apenas viajó a su patria, la difundió a través del medio más potente que encontró. Dándole el crédito a su autor, retando al tirano y jugándose su propio pellejo, Sadel interpretó Escríbeme por primera vez en El Show de las Doce, que Víctor Saume (otro valiente) conducía los mediodías a través de Radio Caracas Televisión.

Poco después cayó la dictadura. Ese mismo año, 1958, se editaron las versiones de Lucho Gatica y Javier Solís, las primeras en una lista a la que se sumarían La Rondalla Venezolana, Simón Díaz y, más recientemente, Ilan Chester y el tenor Aquiles Machado, quien la interpretó para La Canción de Venezuela Vol. 2 (Guataca, 2009), grabado junto al guitarrista Aquiles Báez y al violinista Alexis Cárdenas.

De las 300 canciones que escribió Guillermo Castillo Bustamante, nacido en Caracas el 25 de junio de 1910 y fallecido en su misma ciudad natal el 6 de octubre de 1974, la más exitosa fue precisamente esa que surgió en aquellos días aciagos.

La pieza cumplió —y cumple— una doble función. La letra, desprovista de su contexto original, puede ser un bolero que acompañe los tragos amargos del amor no correspondido, de la distancia y el silencio. Para los venezolanos siempre será otra cosa, especialmente si prestamos atención al eco de aquellos que la cantaban en prisión junto a su autor, o al de los otros que la coreaban al volver del exilio. Escríbeme, un canto contra la injusticia y la persecución política. En fin, un himno velado a la democracia.

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2020 en Guatacanights.com

Jueves 24 de noviembre de 2005. 7:00 pm. Sala Arturo Uslar Pietri, Casa Rómulo Gallegos. Celarg, Fundación Multifonía y CONAC presentan a… ¡Los Cuatro Fantásticos!

El programa de mano no promete nada. Un cuatro acostado, una tipografía común, una clave de sol seguida de unas blancas, negras y corcheas desperdigadas por el espacio en blanco y, de ñapa, un nombre que es más chiste que nombre: Los Cuatro Fantásticos, porque los integrantes son cuatro y tocan el cuatro maravillosamente. Todos.

Nadie sospecha que será histórico este Jueves de Multifonía. En principio, es una fecha más de un ciclo de conciertos que dirige el músico Edwin Arellano en el centro cultural que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. Nada en ese diseño apresurado augura que el merideño Héctor Molina, el caraqueño Edward Ramírez y el cumanés Jorge Glem —con la adición fugaz, en esa primera cita, de Rafael Martínez— cambiarán algo en la escena musical venezolana.

Muchas cosas estaban pasando. La Cátedra de Música Venezolana que dirigía Orlando Cardozo en el antiguo Instituto de Estudios Musicales, en el que estudiaban Molina, Glem y Martínez, propiciaba amistades y experimentos. Ellos tres, que no son exclusivamente cuatristas, habían conformado un grupo al que llamaban Los Doce, no sólo por los 12 órdenes de sus instrumentos (Molina en el cuatro, Glem en mandolina y Martínez en contrabajo), sino inspirados en un bambuco del colombiano Álvaro Romero Sánchez que versionó magistralmente el Ensamble Gurrufío.

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Cuando consideraron la propuesta cuatrística de Arellano, les pareció buena idea invitar a Edward Ramírez, alumno de Cardozo en la Escuela José Reina de San Bernardino. Edward es dos años y medio más joven que Jorge, y casi 5 más joven que Héctor. En 2005 esa diferencia de edad era evidente, pero a todos les encantaba lo que hacía el muchacho —entonces de 20 años— con su cuatro. Era (es) un fajao de esos que invierten muchas horas estudiando armonías, absorbiendo conocimiento, perfeccionando su técnica. Por eso obtuvo, precozmente, el tercer lugar en dos ediciones consecutivas de La Siembra del Cuatro, el festival que los ubicó a todos en el mismo sitio. Jorge lo ganó ese 2005 y Héctor había sido finalista el año anterior. El certamen, organizado por Cheo Hurtado, nació con el objetivo de realzar al cuatro venezolano y celebrar su enorme riqueza. Lo que ocurriría a partir de aquella velada sería un ejemplo palpable de su éxito.

La cátedra de Cardozo en el Iudem fijaba los cimientos de lo que se convertiría en la Movida Acústica Urbana, un colectivo que combinaba la gracia de la música folclórica con la rigurosidad de la academia y la osadía del jazz. Su esplendor ya se reflejaba en un álbum llamado Venezuela en Cámara, que recogió lo mejor de aquel laboratorio de Cardozo. Todos los integrantes del futuro C4 Trío grabaron allí por separado, incluido el bajista Rodner Padilla (con su ensamble EnCayapa), un personaje que entonces era de reparto en esta historia, pero que se convertiría en protagonista.

Con ese 24 de noviembre en el horizonte, Molina, Glem, Ramírez y Martínez trabajaron en arreglos. Se inventaron un formato en el que A inicia el recital tocando solo y después invita a B para tocar una pieza juntos. Luego A sale de la escena y B se queda, toca solo e invita a C. Y así hasta llegar al cuarto integrante, que llama a los otros para cerrar con varios números en conjunto.

Para ensayar, se reunían en los espacios abiertos del Complejo Teresa Carreño. Se juntaban en una oficina prestada de la Escuela Nacional de Hacienda Pública, donde Héctor trabajaba. Y se veían en una habitación que alquilaba Jorge Glem en El Cafetal. No había necesidad de rentar una sala de ensayos ni plata para hacerlo.

Un formato inédito los obligaba a buscar una nueva manera de concebir los arreglos musicales. Su labor de artesanía buscaba exprimir el instrumento nacional al máximo y, al mismo tiempo, usarlo como vehículo de cualquier género. Mientras uno cumplía la tarea de servir una base rítmica, el otro se encargaba de armonizar y un tercero cantaba la melodía. Y así se iban rotando, juntando, dialogando musicalmente y construyendo frases de las que cada uno ponía un pequeñísimo retazo. Comenzaba a configurarse lo que sería el sello de una agrupación emblemática.

El 1º de julio de ese año se había estrenado en Venezuela la taquillera versión cinematográfica del cómic Los 4 Fantásticos. No tardaron Jorge, Héctor, Edward y Rafael en comenzar a jugar con ese título. Edwin insistió en que le pusieran un nombre al proyecto. Necesitaba el dato para agregarlo a los programas de mano. Cuando llegó el día del concierto, todavía no se habían decidido. Entonces presionó print y así quedaron: Los Cuatro Fantásticos.  

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No existe un registro de asistencia de aquella noche. Uno dice 15, el otro 10, el otro 20. La Uslar Pietri es una sala pequeña, con aforo para unas 50 personas. La flautista Yaritzy Cabrera, que ya era novia de Héctor —y sería en el futuro su esposa y madre de su hijo—, estuvo presente. Jorge Torres, gran mandolinista, amiguísimo de Edward y compañero suyo en el novel ensamble Kapicúa, también. Gente asidua a ese espacio; gente con la que compartían en parrandas; gente perteneciente o cercana al grupo Multifonía, al que pertenecían Héctor, Rafael y que dirigía el propio Edwin Arellano, curador del ciclo; un puñado de privilegiados presenciaron cómo estos instrumentistas de extraordinaria destreza individual se fundieron por primera vez en un monstruo de varias cabezas. Ellos mismos descubrieron esa noche una energía que no habían experimentado antes. El cuarteto, que se consolidaría como trío, dijo hola y recibió el primer aplauso de lo que sería una exitosa carrera.

***

Tras aquella cita en el Celarg, Rafael Martínez se mudó a San Cristóbal y eso obligó al resto a repensar los arreglos. Una vez que el concepto cuajó, se empezaron a abrir puertas. Una tras otra. Un concierto por aquí, otro por allá. Conocieron a Aquiles Báez y, gracias a él, surgió la invitación a viajar por primera vez a Estados Unidos para el festival Venezuelan Sounds. El mismo Aquiles y el empresario y melómano Ernesto Rangel les propusieron ir al estudio de grabación.

El CD, que fue la prueba piloto de una plataforma cultural que apenas nacía y que adoptaría el nombre de Guataca, se editó firmada con un nombre nuevo, uno más ajustado a sus aspiraciones, más serio: el explosivo y elemental C4 Trío.

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Los años recientes, en los que sus integrantes emigraron, han supuesto tragos amargos en la vida de los músicos. Gustavito Márquez, quien fuera su bajista en una época de actividad intensa, murió en mayo de 2018. También recuerdan constantemente a su mánager Soraya Rojas, co-responsable en su proceso de profesionalización, que falleció en septiembre de 2017; y a uno de sus ingenieros de sonido más queridos, Rafael Rondón, cuyo deceso en enero de 2020 sorprendió y ensombreció a todos.

Aunque este relato promete muchos más episodios, C4 Trío ya lleva consigo un currículum sorprendente. En su hoja de vida saltan a la vista datos que antes parecían irreales para un ensamble inspirado en la raíz tradicional venezolana. Completar giras nacionales de una decena de fechas. Tocar en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño, el Aula Magna de la UCV, el Anfiteatro del Centro Sambil o el Poliedro de Caracas, participar en multitudinarios festivales de verano en Europa, sorprender a alumnos y profesores de la Berklee School of Music, grabar una canción junto a Rubén Blades y editar un DVD celebratorio de sus 10 años, de calidad cinematográfica, con Oscar D’León, Guaco, Horacio Blanco, Servando Primera y Betsayda Machado. Ser ovacionados por el selecto público de la ceremonia no televisada de los Latin Grammys. Infinidad de recitales y ovaciones.

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El catálogo suma seis álbumes, tres de ellos junto a grandes personajes, Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y el nicaragüense Luis Enrique, y uno junto a una gran banda, Desorden Público. Sus producciones han sido postuladas en tres ocasiones al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico, de las que ganaron una en 2019, mismo año en el que el arreglo de su canción con Luis Enrique, Sirena, realizado por su bajista y productor, Rodner Padilla, triunfó. Su disco De repente, con El Pollo, se llevó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación en 2014 gracias al trabajo de un equipo brillante encabezado por Darío Peñaloza y Germán Landaeta. Y de guinda, sorpresivamente, lograron una nominación, junto a Desorden Público, a los Grammys anglosajones en 2018.

Por encima de todo eso, C4 goza de una unanimidad inusual en estos tiempos. Cuando tocan, nadie es indiferente a ellos. Ni en Caracas, ni en el interior de su país, en Estados Unidos o Europa. En lo que va de siglo, ha sido el ensamble consentido de Venezuela, llevado por su carisma, su espectacularidad, su virtuosismo y el sabor con el que reinterpretan los sonidos de su tierra. Cada nota de C4 es una celebración de la música venezolana y del cuatro como su instrumento rey. C4 es, a fin de cuentas, la fiesta de un país cuya historia se escribe con las uñas.

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2020 en Guatacanights.com

Una cosa llevó a la otra. En diciembre de 2008 Aquiles Báez tomó el teléfono, llamó a tres, cuatro… en fin, a un grupo de amigos que fue multiplicándose, para presentar un espectáculo decembrino. El carácter de la Sra. Parra Anda, el álter ego fiestero, dicharachero y simpático que se inventó para celebrar la Navidad, fue cobrando forma in situ, en el escenario, año tras año. Más de una década después, al fin, la doña parrandera cobró forma de disco.

Cielo de diciembre, canción que le da título al álbum, es una composición de Báez que sirve de tema central. Es una suerte de telón que abre el espectáculo subrayando la belleza de Caracas durante el último mes del año; el azul profundo de su cielo que se une a un Ávila que reverdece y la abraza. Pero no todo es naturaleza y armonía. La letra no desconoce el drama que vive la “ciudad-pesebre” y la pobreza de sus cerros. Al mismo tiempo, clama por un futuro mejor.

Un manto de voces arropa los estribillos y cada cantante da un paso al frente para encargarse individualmente de las estrofas. No hay protagonistas ni secundarios; en la Sra. Parra Anda todos están en primer plano porque, además, no son voces cualquiera. Es un coro de lujo, conformado por los habituales de la farra: Betsayda Machado, de la Parranda El Clavo, Ana Isabel Domínguez, César Gómez, Williams Mora y las dos extremidades del dúo Pomarrosa, Marina Bravo y Zeneida Rodríguez. A ellos se suman invitados como Mariana y Ángel Ricardo Gómez, Nereida Machado y Ricardo Mendoza.

Aquiles Báez, uno de esos artistas que no paran de crear y de los que quizá es más numerosa la obra que permanece inédita, fue sumando nuevos números al repertorio. De su inspiración surgieron nueve de las 11 pistas que conforman el álbum, entre ellas Kapital, una parranda que ironiza a partir de la ambición por el dinero y las dificultades para conseguirlo en un país con enormes problemas económicos. El propio guitarrista toma la voz cantante y dice: No es rico ni acaudalado, ni empresario-inversionista/ todo el que roba dinero y se la da de socialista.

Báez escribió El sol del lago, una gaita de tambora con intro de tambores afrovenezolanos dedicada a San Benito; El pimentón, una oda a golpe de parranda a ese vegetal verde o colorado omnipresente en los guisos criollos; un merengue caraqueño humorístico llamado El cochino, que discurre sobre la vieja costumbre del cochinito de los aguinaldos; y Suenan las campanas, una parranda con un beat más acelerado para bailar en familia y celebrar el nacimiento del Niño Dios. Es un tema ideal para la medianoche del 24 de diciembre, una banda sonora que va bien con el ponche crema, el pernil, las hallacas y el pan de jamón. Pero ocurre que, a esta hora de nuestra historia, tan accidentada y dolorosa, con tanta penuria y tantos venezolanos desperdigados por el mundo, trae consigo una carga de añoranza y nostalgia ineludible.   

La música de Cielo de diciembre es impecable, como es de esperarse en un trabajo de Báez, experimentado compositor, arreglista y productor. Si en directo la fiesta suele nutrirse de la chispa humorística, la improvisación y la interacción entre un público y una audiencia que suelen ignorar la línea que los separa, en el álbum salen de relieve sus delicados arreglos. Báez, además de cantar algunas estrofas, arregló, dirigió, grabó cuatros y, por supuesto, tocó a su compañera inseparable: la guitarra. Se apoyó, en la base, del baterista Adolfo Herrera, el bajista Carlos Rodríguez y los percusionistas Jorge Villarroel y Julio Alcocer. A ellos se sumaron el trompetista Roderick Alvarado, el trombonista Joel Martínez y los saxofonistas Frank Haslam, Glen Tomasi y Léster Paredes.

A sus creaciones, Aquiles agregó dos joyas que hacen más heterogénea la gama de ritmos del disco: María del aire, una pieza con aire de tamunangue dedicada a la virgen de todos, a la María omnipresente, obra de Ignacio Izcaray; y La elegida, una gaita clásica y sabrosa de Renato Aguirre que es una plegaria a la Virgen de la Chiquinquirá.

En la mitad del recorrido aparece, como una maestra de ceremonia, La Sra. Parra Anda, una parranda —obviamente— con arreglos de metales, que funciona como un perfil del personaje que son todos los involucrados en el álbum y, al mismo tiempo, no es nadie. Es bailadora pero también quejona. Anda en bicicleta, le encanta un tambor, come bastante parrilla y detesta el reguetón. No es sifrina, es “burda de hippie” y se la pasa en Facebook. Es popular y hasta la quieren de alcaldesa. Pero es, sobre todo, muy venezolana. La Sra. Parra Anda cree en Venezuela y ese es un mensaje que aparece por cada rincón de una obra que es la recreación de sus fiestas.

De ellase desprende otro tema que enfatiza el optimismo, por si a alguien no le queda claro el mensaje. Se llama El futuro es la esperanza y es una invitación a no abandonar la tierra que nos es propia. Es como una arenga introspectiva. Como esas cosas que decimos a otros para, en el fondo, convencernos a nosotros mismos.

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Publicado original en Guatacanights.com el 19 de noviembre de 2020

Compasses encara la música tradicional venezolana como lo haría una banda de rock progresivo. Se apropia de sus formas para luego deconstruirlas. Absorbe sus melodías para reinterpretarlas. Sotavento, su segundo álbum, fue un atrevimiento con altísimas probabilidades de generar una catástrofe de 40 minutos. Pero el resultado fue lo contrario. La obra es un testimonio de cuánto más se puede hacer a partir de los sonidos de raíz folclórica y de hasta dónde pueden ensancharse las fronteras del país sin olvidar su vértice.

El patillero, primera pista del álbum, es una declaración de principios. Un joropo recio, pero enrrevesado; repleto de transiciones, recortes, muy complejo en ritmo y armonía, pero sabroso al fin. Desde el segundo 1, el ensamble muestra sus colores como diciendo: Áquí no se vino a jugar carritos. Un arpa desatada avanza de la mano de un cuatro agresivo, que suele bailar con las maracas. Un bajo de seis cuerdas hace y deshace; marca el ritmo, pero se suma en ciertas frases, colorea, genera un ambiente. Todos suman y destacan. Es una coreografía de dedos y uñas con intención llanera pero trasfondo urbano.

La agrupación había mostrado su calidad en Acoustic Play (2015), compacto que llevaba una suerte de slogan en la tapa —World music made in Venezuela—, pero a ese álbum debut no le hicieron justicia ni el título ni el arte. El contenido musical no se reflejó en el ropaje.

El nombre de la agrupación no remite únicamente al compás en el pentagrama o a ese útil que llevábamos en la cartuchera del colegio para crear círculos perfectos. También evoca la brújula del marino. Ahí cobra más sentido lo de Sotavento, término náutico para referirse al lugar hacia el que corre el viento. 

—Es la nueva dirección de la música venezolana que estamos haciendo —me dice Alis Cruces, el cuatrista.

A la primera oída, queda claro que Compasses no tiene una extremidad débil. Cada integrante es un referente de su instrumento. Todos han deslumbrado, en algún momento, a los jurados de los festivales de Joropo de Villacencio, Colombia, y de El Silbón, en Venezuela. Alis Cruces —también ganador de La Siembra del Cuatro en 2017— ha sido Mejor Cuatrista en ambos certámenes. Andrés Ortiz, Mejor Maraquero. El joven Nelson Echandía, Mejor Bajista. Y el arpista Eduard Jímenez, que sí ganó el premio como instrumentista en el Festival El Silbón en dos ocasiones, en el de Villavicencio se llevó otro a la Mejor Obra Inédita. Porque los muchachos también son compositores.

En Sotavento participan invitados de lujo. En Perlas, autoría de Carlos Suárez, se sumaron el udu de Leo Vargas, la percusión de Yonathan Gavidia y la voz de Hana Kobayashi, que no transporta letras sino que tararea una melodía dulce. Gavidia y Kobayashi también colaboran en un tema divertidísimo del bajista Nelson Echandía (autor de varios) llamado Achill, marcado por el sonido del steel pan de Jonathan Scale, que dialoga con el arpa de Jiménez.   

La cuerda floja es un merengue caraqueño elegante, realzado por el piano de Baden Goyo, el violín de Eddy Marcano y el clarinete de Oswaldo Graterol; y Odalis, una suerte de samba brasileña escrita por Alis Cruces, tocada junto al flautista Eric Chacón y al cuatrista Miguel Siso. Por venezuela es una gaita zuliana armoniosa y vanguardista, con arreglos de cuerdas de Trino Jiménez y solos de guitarra eléctrica de Daniel Bustillos, mientras que Dchan es una pieza de fusión que pone de relieve la batería de Andrés Briceño y la flauta y el saxo de Fernando Fuenmayor. Y Briceño sigue presente en Entre amigos, donde aparece, como un animal exótico, la gaita de Anxo Lorenzo, que trae a la mezcla un ingrediente celta inesperado.

La obra recorre el llano, Caracas y Maracaibo. Luego vira el timón hacía Angostura y después hacia Oriente. Como para dejar clara la bitácora, cada dos o tres canciones, se inserta un descanso con remembranzas poéticas. A veces habla una voz masculina, como la de Emilio Lovera, quien escribió sus propias líneas. Y a veces una femenina, como la de la locutora Génesis Rivas, quien leyó unos versos del Pollo Sifontes, autor, por cierto, de Auristela del Orinoco, un pasaje en el que destaca la mandolina de Jorge Torres.

Cada una de esas estancias poéticas entre canciones es una oda a cada región, como la leyenda de una postal que va llegando desde cada destino del viaje. Así, hasta cerrar con Carretera, de Aldemaro Romero, cantada por Marcial Istúriz.  

Alis Cruces es de Güigüe, pueblo ubicado al sur del Lago de Valencia, Carabobo (quizá el único en el mundo con doble diéresis). Nelson Echandía y Andrés Ortiz son de San Carlos. Y Eduard Jiménez, de Maracay. Todos viajaron durante 2019, en varias pautas, a Audioplace Estudios en Caracas para encontrarse con Jean Sánchez, productor del disco, y aprovechar al máximo el tiempo en la sala de grabación.

Sotavento, el resultado de esas sesiones, con portada de Rubén Darío Moreno, llegó a las plataformas digitales en plena crisis del Covid-19. Confinados, celebraron la nominación a los Latin Grammys al Mejor Álbum Instrumental, misma categoría en la que Miguel Siso, uno de sus invitados, ganó en 2018.

El reconocimiento en esa gran fiesta del negocio musical latinoamericano se suma a un palmarés respetable para esta agrupación fundada en septiembre de 2011. Compasses, que estuvo en el ciclo Noches de Guataca Valencia en 2015 y que ha tocado en países como El Líbano, China y Australia, ha sido una de las joyas más brillantes del ambiente de los festivales joroperos colombo-venezolanos de esta década que termina. Ha ganado el primer premio en El Silbón, en los festivales San Martín de Los Llanos, El Araucano de La Frontera y El Retorno, y ha obtenido el segundo puesto en Villavicencio.

Además de Jean Sánchez, ingeniero ganador del Latin Grammy 2014, junto a un grupo de colegas, por el álbum De Repente del Pollo Brito y C4 Trío, en el equipo técnico responsable de Sotavento estuvo, en la mezcla, Darío Peñaloza, un denominador común en buena parte de los trabajos venezolanos reconocidos —postulados o ganadores— por la Academia Latina de la Grabación. El progreso musical venezolano se ha cristalizado a la par de la profesionalización de los técnicos de sonido, piezas fundamentales del proceso; editores, intépretes, vehículos del arte musical.