Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Publicado originalmente el 24 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Una mañana voy a entrevistar a Jorge Spiteri a su apartamento. Abre la puerta descalzo y emocionado. Nos recibe al fotógrafo Manuel Sardá y a mí como a sus amigos de toda la vida. La sala habla por él: álbumes, libros, muchos instrumentos rodeando un gran piano negro, memorabilia por doquier; los tentáculos del artista invadiendo el sofá, la mesa del comedor, la cocina. No existe un telón que separe su hogar de su estudio, su vida de su música. Pienso, luego existo… y toco la guitarra.

Llevo un montón de preguntas en mi libreta y full la pila de mi grabador para cumplir la misión de todos los días: volver a la redacción de El Nacional con una historia decente —o al menos un par de frases publicables— que pueda desarrollar en pocos párrafos antes de que caiga la noche. Un espacio en blanco espera por mí y por la imagen de Jorge que capturará Manuel. Cuando me dejo caer en el sofá, él ya lleva colgada su cámara buscando el mejor ángulo, midiendo la luz, planificando el retrato. El clima es inmejorable, el Ávila casi puede acariciarse desde el balcón.

Presiono el botón REC y lanzo sin anestesia la primera y única pregunta que haré: ¿Cómo es que una pandilla de venezolanos aventureros lograron un contrato disquero en Londres en 1973 y grabaron ese álbum tan vanguardista, tan mestizo, tan adelantado a todo lo que ocurriría en el futuro combinando la raíz tradicional venezolana con el rock y el Caribe?

Jorge empieza a contarme una historia fascinante. Ponemos pausa a este mundo, a esta Caracas convulsionada de 2010, y nos vamos todos a la Inglaterra de 1970, a donde él llegó a los 18 años de edad con 25 dólares en el bolsillo sencillamente porque en esa ciudad se estaba creando la música más interesante del planeta.

—Nos fuimos para allá porque estábamos locos de bola.

En Londres lo esperaba Charles, su hermano mayor. Él llega con otro de sus hermanos, Enrique. Imberbes los dos, no habían pensado en nada. No tenían dinero; tampoco documentos (vivieron ilegales por un tiempo). Y peor, no tenían dónde dormir porque Charles descansaba en la parte alta de una litera en un apartamento que compartía con un grupo de forasteros. A los tres hermanos Spiteri les toca acurrucarse allí.

—Charles en Venezuela era una estrella. Tocaba con Los Memphis y manejaba un Mercedes 300 SL. Cuando lo vi allá lavando platos y coleteando, me puse a llorar.

A medida que se adentra en el cuento, se va convirtiendo de nuevo en aquel joven soñador que empezó tocando con los Nasty Pillows poco después de ver boquiabierto a Aretha Franklin en directo en Caracas. Recuerda que no tardaron mucho en mudarse a una casa en la que constituyeron una suerte de comuna de roqueros venezolanos en Londres. Otros artistas peregrinos que salieron de Maiquetía encontraron allí un refugio provisional. Fueron los casos de un tal Yordano, otro de apellido Colina y, más adelante, un jovencito llamado Ilan.

—En el consulado, cuando venía algún venezolano y decía que era músico y que estaba pelando, le decían que fuera a nuestra casa en 49 Elson Road. La llamaban El Extraconsulado Venezolano.

Jorge sufre el relato, y lo goza. Le oigo por primera vez una frase que después me repetirá bastante: “Soy un tipo con mucha suerte”. Los ojos le brillan, especialmente cuando la historia da el giro hollywoodense.

Los Spiteri trabajaban de mesoneros. Jorge, además, era la atracción de un restaurante en el que cantaba “Moliendo café”, “Barlovento”, boleros, rancheras, cualquier cosa que resultara exótica. Un día ve un aviso en la revista Melody Maker de una compañía que busca compositores y performers. Exigían un cassette, pero ellos no tenían plata para grabar el demo. Por no dejar, va con su guitarra. A reñagadientes, Barry Kirsch, uno de los mandamases de la firma, lo recibe en su oficina y él, contra todo pronóstico, lo cautiva con una de sus composiciones, una cosa rara que se llama “Píroro”.

La propuesta cobra forma. Se le suma Charles tocando la percusión latina, que en aquel tiempo, ante los ojos de un inglés, era como hacer un truco de magia; y más compatriotas que van llegando a la ciudad, como Chema Arria, Bernardo Ball y Joseíto Romero. El resultado es un rock selvático, tribal. Es como ver un cunaguaro caminar por Picadilly Circus.

Bastante percusión, guitarras distorsionadas, letras bilingües, flautas, una mezcla extrañísima atrae la atención de los que asisten a su presentación en el Marquee Club, el templo en el que los Rolling Stones tocaron por primera vez. El mismo en el que actuaron Hendrix, Pink Floyd, David Bowie, The Who, The Yardbirds, Yes, Led Zeppelin. Un cazatalento de la disquera GM Records está presente y sale intrigado.

Siguiente escena: Spiteri, el grupo de venezolanos melenudos, se mete en un estudio de grabación londinense y concibe su homónimo álbum debut, que llevará su nombre escrito en la carátula con el cuerpo de una cobra. Los colmillos venenosos resaltan en el techo de la S.

Cuarenta años antes de que surgiera la etiqueta ‘neofolclore’, Spiteri concibió una mezcla desprejuiciada, un camino que remarca su origen sin negar el copioso influjo del rock and roll y el blues, una música que no es de ningún lugar y, al mismo tiempo, es de todos los lugares.

Tras la publicación del LP, comienza otra vida. “Campesina”, estándar de la tradición venezolana incluida en el álbum, suena en la radio británica. Los entrevistan en la BBC. Posan para Dezzo Hoffman, el fotógrafo oficial de los Beatles. Jorge y Charles conocen a Steve Winwood, uno de sus grandes ídolos, y comparten con Bob Marley y los Wailers. Ven de cerquita, calentando la voz en intimidad, a Stevie Wonder. Mitch Mitchell, el baterista de Jimi Hendrix Experience, se sube a la tarima a hacer jamming con ellos. Se les hace muy normal ver a Rod Stewart llegar a las oficinas de la disquera.

—Mi vida ha sido como un sueño —me dice, mirando hacia arriba y estrujándose el rostro.

No quiero interrumpirlo. Hace rato que me guardé la libreta en un bolsillo y dejé, eso sí, el grabador encendido. Manuel Sardá aprovecha una pausa para fotografiarlo y yo para husmear. A un costado alcanzo a ver una foto suya acompañado por Rubén Blades, sonrientes los dos, y, justo al lado, otra junto a Félix Cavallieri, el líder de los Rascals, una de sus bandas de rock and roll favoritas.

Veo de cerca las guitarras, todas acomodadas en un stand como en una tienda de instrumentos. Mientras se acomoda cerca del piano, me ve de reojo como si hubiera olfateado una extraña condición: “¿Tú tocas?” Le digo que un poco e insiste en que le muestre. Cuando vuelve de posar, me dice nombres de acordes para que yo los fije en la guitarra, comprueba que me sé cosas de los Beatles y me invita a cantar a dúo, a ver si puedo sostener una nota distinta y generar armonías. No me doy cuenta en el momento, pero estoy en medio de una audición y él está a punto de admitirme en su banda.

***

Creo acordarme de cada recital de Jorge Spiteri en el que participé. Fueron más de 50. Un viaje a Margarita con Trino Mora y Henry Stephen como invitados, y otro a La Guaira un 31 de diciembre con Carlos Moreán como plato fuerte. Un Festival Nuevas Bandas en el que tocamos con músicos de la Dimensión Latina; una tarde en que estabamos grabando en el estudio de Bolívar Films y llegó Ilan Chester y se sentó a hacer maravillas en el hammond; un toque desastroso en el que acompañamos a Colina; y otro rarísimo, en medio de un evento con fines benéficos, en el que terminamos con Chino y Nacho en el escenario del Hard Rock Café. Esos capítulos, minúsculos en su carrera, son hitos para mí.

Jorge solía presentarme como Superman: “Él es Guarache. O más bien, es Clark Kent, porque en el día trabaja en un periódico y en la noche sale con su guitarra a luchar por la justicia”.

Jorge clasificaba los recitales usando el título de aquel western protagonizado por Clint Eastwood: Lo bueno lo malo y lo feo. Lo bueno significaba un cheque jugoso, una tarima grande, catering, presupuesto para técnicos y grandes artistas invitados. Lo malo, gigs en fiestas, restaurantes y casinos, donde la paga era decente pero la ocasión no era para tirar cohetes. Lo feo: esos toques en los que uno iba sólo a divertirse porque no había otra opción: Los que estudiaban pensaban en los exámenes en plena canción. Los que tenían trabajos diurnos recordaban entre un acorde y el siguiente que debían levantarse temprano. Y Jorge generalmente extrañaba Londres y nos decía: «Coñoelamadre, ¿por qué me vine a Venezuela?»

Cierro los ojos y puedo recordar cuánto disfrutaba Jorge tocando, con público o sin él. Era desordenado, pero incansable. Sobre todo, era apasionado. Por eso cualquier interferencia en el proceso musical lo enervaba. Siempre estaba muy nervioso antes de salir al escenario, pero se sacudía el miedo en el primer compás. Se relajaba a tal punto que terminábamos haciendo un repertorio de canciones que no ensayábamos, por puro capricho. Bromeaba bastante, especialmente cuando amenizábamos bares. Un ejemplo de chiste recurrente: «Apreciado público, los invitamos a hacer sus peticiones… Nosotros no lo vamos a complacer, pero háganlas igual».

***

Cada dato biográfico de Jorge Spiteri me llega con una cara B emocional. Es el autor de “Amor (Is to Love You)”, un hit tan efectivo que funcionó dos veces en el mismo mercado: Cuando él la lanzó junto con su grupo Mañana, su hermano Charles y su amigo Steve Alpert en 1980, grabada en la casa de John Lennon en Tittenhurst Park; y cuando Los Amigos Invisibles la desempolvaron para su álbum Arepa 3000: A Venezuelan Journey Into Space (2000). Apenas escribo esto —aquí viene la cara B— recuerdo que cuando la tocábamos, siempre la hacíamos de una manera distinta. Estuvo más tres décadas rearreglando la misma canción. Cada cambio nuevo, decía: «Ahora sí estamos cerca».

Otro dato: Jorge Spiteri fue líder de Los Buitres, aquel proyecto que adaptó al castellano hits de los Beatles. Mientras lo tipeo, pienso que él jamás superó la ruptura del cuarteto de Liverpool. El quiebre, que ocurrió justamente cuando los Spiteri estaba asentándose en Londres, dejó una cicatriz perpetua en su alma que no envejeció nunca. A Jorge nunca le gustó mucho el álbum Let It Be porque le recordaba la sensación amarga de que su banda favorita se había peleado y había dicho adiós. La música, para él, tenía mucho que ver con la fraternidad, con la amistad, con el amor en su expresión más pura.

Lo mismo me pasa cuando apunto que él inventó el Clan Spiteri, otra agrupación cargada de nostalgia sesentera. Eso dato me trae de vuelta su cara de alegría cuando le dije que mi papá tenía uno de los CD que ellos grabaron. Igual, cuando anoto en mi resumen la existencia del supergrupo Los Charlies, que él creó para homenajear a su hermano y compañero de aventuras que murió en 2007, inevitablemente me voy de viaje a la tarde en que me dijo: «¡Cómo me hace falta! No hay un día en mi vida en que no extrañe a mi hermano».

Las notas más exhaustivas destacarán que fue el productor del primer álbum de Giordano di Marzo, antes de que firmara como Yordano y conociera el éxito masivo. Probablemente añadirán los datos de que escribió jingles publicitarios y que por unos cuantos años dirigió el departamento musical de RCTV, creando cuñas del canal, cortinas de programas y especiales navideños. También, que estuvo en la junta directiva de la Fundación Nuevas Bandas de su amigo el promotor e investigador Félix Allueva, en cuyo libro Crónicas del rock fabricado acá protagoniza un episodio.

Jorge era un multiinstrumentista. Sí: Lo escribo y es como si lo viera sentado en el piano de su sala repasando “Martha My Dear” o “Lady Madonna” de los Beatles. O cuando hacía las veces de Steve Winwood con el hammond, ese teclado que ahora es vintage pero que fue fundamental en el sonido de canciones como “Gimme Somme Lovin”, o cuando tomaba la armónica y tocaba el intro de “Isn’t She Lovely” de Stevie Wonder, de quien le encantaba reproducir “You Are The Sunshine of My Life” en un viejo Fender Rhoades que sigue allí junto a la mesa del comedor. Por supuesto, me viene, como proyectada por un videobeam, su imagen tocando guitarras acústicas y eléctricas y, sobre todo, el bajo, el instrumento que más usó en su juventud.

En el espectáculo Rock & MAU, que juntó artistas rock y pop con grandes instrumentistas de la movida musical de vanguardia basada en la raíz, Álvaro Paiva lo mencionó, junto a Vytas Brenner y Gerry Weil, como antecedente ineludible de esos experimentos. Eso ocurrió precisamente cuando él moldeaba el Spiteri Bugalú, su apuesta con miembros de La Dimensión Latina, entre ellos el percusionista Joseíto Rodríguez, el mismo que grabó la versión original de “Llorarás”. Fue una tarea inconclusa, como muchas otras, pero lo definió conceptualmente porque proponía un terreno común para el rock y la música latinoamericana, enmarcada en la ruta de personajes como Joe Cuba, Mongo Santamaría, Santana e incluso José Feliciano.

Jorge nunca quiso tener hijos, pero siempre hablaba, tiernamente, de sus sobrinos. Conservaba amistades igualmente entrañables con gente muy diversa, famosa o no famosa. Apoyaba a los suyos especialmente en las circunstancias más difíciles. Trataba a todos por igual.

Una tarde me hizo sentir como si me hubiera ganado un Pulitzer o un Grammy. Entré a su biblioteca y vi arriba, colgada y enmarcada junto a su título de producción audiovisual de la Royal School of Art, la portada que resultó de aquella primera entrevista que comenzó esa mañana de 2010 y que siguió durante una década hasta hoy, cuando murió en Carolina del Norte, acompañado por su hermano Miguel Antonio “Tono” y su familia, ese gran artista, maestro y mejor amigo al que todavía me quedaron muchas cosas por preguntarle.

 

FOTO PRINCIPAL: Daniel Guarache Ocque

FOTOGRAFÍAS: Archivo Jorge Spiteri/ Dezo Hoffman/ Daniel Guarache Ocque

Yordano y la noche que se hizo canción

Yordano y la noche que se hizo canción

Publicado original el 23 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Yordano estuvo en Europa desde comienzos de febrero hasta el 10 de marzo. Justo antes de volver a Nueva York, donde vive, vio en Madrid a sus tres mejores amigos, con quienes conserva una relación entrañable desde que era muchacho. Ellos comparten un grupo de whatsapp, se ríen, pelean, se reconcilian. Son como hermanos. Días después de su llegada a casa, contento por aquel rato de charla, risas y abrazos, se enteró de que sus tres amigos habían dado positivo para covid-19.

El 23 de enero, aproximadamente a un mes y medio del encuentro, se habían cumplido cinco años del trasplante de médula ósea que reseteó su sistema inmunológico como quien vuelve a nacer. Cinco años desde que el músico agregó una segunda fecha de cumpleaños a su calendario. (Casi) cinco desde que superó un trance y despertó escuchando “Hallelujah”, una canción de Leonard Cohen, interpretada por Jeff Buckley, que se convirtió en un himno ceremonial para él y Yuri Bastidas, su esposa y mánager, su compañera en las alegrías y las adversidades.

Apenas tuvo fuerzas para hacerlo, todavía recluido, Yordano agarró su guitarra. Los médicos, enfermeros, acaso otros pacientes del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, no sólo fueron testigos de su recuperación física. También vieron cómo, aún débil y adolorido, sentado con su bata clínica y un catéter pegado al antebrazo, el artista volvía a ser artista.

Yordano pasó las nuevas composiciones en limpio poco a poco, acompañado por Cheo Pardo, alias Dj Afro, fundador y ex bujía de Los Amigos Invisibles, guitarrista y productor. Comenzaron haciéndose amigos, hablando de música y jugando con sus guitarras como John y Paul, y terminaron en un estudio trabajando muy en serio.

Yordano sorteó todos los obstáculos: Corrió a la emergencia de la clínica por reacciones alérgicas, se sobrepuso a recaídas graves y un día hasta le hackearon la cuenta de Twitter para anunciar su propia muerte. Además, encajó golpes devastadores como el asesinato en Caracas de su hermano, Evio Di Marzo, ocurrido el 28 de mayo de 2018. Por momentos, aunque ya estaba en construcción, se hacía imposible pensar en un disco.

***

 

A finales de 2018, recibo una llamada suya. Por primera vez, no era yo el que lo buscaba para hacerle preguntas. Era él quien necesitaba contarme.

—El disco está casi listo —me dijo. Nunca lo había sentido tan exaltado, ni siquiera las dos veces que lo nominaron al Latin Grammy. En ninguna de las entrevistas que hemos tenido, incluidas las largas charlas que condujeron a la biografía Yordano por Giordano (Libros El Nacional, 2016), lo sentí tan emocionado como en ese momento. No cabía en su cuerpo de 1.88 de estatura.

Esa vez no hablamos de salud, ni medicamentos ni dolores. Nada relacionado al síndrome mielodisplásico que padeció. Me siento bien. Punto. Me habló de ese álbum que ya tenía cuerpo y esencia, pero también de Luana, su segunda nieta que estaba a punto de nacer. Conversamos sobre Venezuela y la política. Y hasta me dijo que había conocido el Vessel, una maravilla arquitectónica recién inaugurada en Manhattan —no olvidemos que Yordano es arquitecto—.

Cuando colgamos, tenía la oreja caliente. Duración de la llamada: 2 horas 4 minutos.

 

 

Más que un álbum, Después de todo (Sony Music Latin), número 18 de su carrera, es un trofeo a la perseverancia. Las estadísticas jugaban en contra. Lo más probable era que no se produjera otro LP de canciones inéditas del autor de “Manantial de corazón” después de Sueños clandestinos (2013). Y aquí están 13 piezas que son una fiesta a la salida del túnel. Un fruto del que se desprende la dulzura de los nuevos comienzos.

“Después de todo”, el tema que le dio el título, remarca el leit motiv: Después de todo, yo de poco me arrepiento. Si algo no queda claro, el mensaje lo completa “Una vez más”, la que fundó su ciclo creativo actual y la que delata de manera más notoria la influencia de Cheo, quien contribuyó a refrescar su sonido y enfatizar su mensaje reparador: …y la noche será canción una vez más.

Al músico le gusta la metáfora del río, cuyas aguas siempre son distintas aunque esencialmente se trate del mismo caudal. Este Yordano salió a explorar, a jugar con más colores y texturas sin dejar de ser el de “Perla negra” y “Por estas calles”, el de “Aquel lugar secreto” y “Días de junio”. Para la aventura creativa, el ídolo siempre lleva en su maleta el bien más preciado por cualquiera creador. Un bien que él conserva celosamente desde hace unos 40 años, cuando empezó a componer: la autenticidad.

El tren de los regresos (2016), álbum en el que cantó algunos de sus hits de siempre con Franco De Vita, Ricardo Montaner, Kany García, Carlos Vives, Gian Marco, Santiago Cruz, Servando y Florentino Primera y bandas como Los Amigos Invisibles y Guaco, sirvió de vistazo en retrospectiva de su recorrido. Sin embargo, el músico quería a escribir sobre blanco. Después de todo era una necesidad.

La banda actual de Cheo Pardo, Los Crema Paraíso, con su percusionista Neil Ochoa y su bajista Bam Bam Rodríguez, colaboró en las sesiones. El propio Cheo dejó solos, bases rítmicas y pinceladas como guitarrista por doquier. También participó Luis Perdomo, cuyos pianos resaltan sin buscar protagonismo, elevando la obra, haciéndola más elegante. Sutilmente, también se asoman voces como las de Betsayda Machado y Ulises Hadjis.

Aunque Yordano celebra los 27 de octubre su nacimiento en Roma en 1951 y los 23 de enero su segundo nacimiento en Nueva York en 2015, la ciudad que más conoce y añora es esa que se cuela en canciones como “Enamorarnos otra vez”, un pop con elementos de rock and roll y condimentos caribeños: Llevarte a Caracas cuando pueda ir/ yo sé cuánto te va a hacer feliz.

Yordano hizo una bachata, o algo parecido a una bachata, llamada “Yo que te di”; un danzón con intenciones de blues llamado “Sólo ilusión”; una balada con acento de ranchera titulada “Para qué llorar” (de la que grabó un videoclip); y un reggae, o algo parecido a un reggae, que bautizó como “Qué sería de mí”, dedicado completamente, en cada palabra, cada acorde, cada detalle, a su amada Yuri. Pero sea bachata, danzón, ranchera o reggae, todo suena a Yordano.

Cuando vivían en Caracas, Yuri solía escuchar las canciones cuando ya estaban horneadas. Ahora, la convivencia en un apartamento pequeño en Nueva York permitió que, por primera vez, ella viera el carbón antes de ser diamante. De paso, intervino en la hechura y se hizo co-autora de dos piezas: “Alguien va a llorar”, que representa un viaje de vuelta a los años 60; y “Dime”, un diálogo de una pareja enamorada que vislumbra con temor la posibilidad de una ruptura. La historia de Después de todo no se cuenta únicamente desde el yo; también se relata desde el nosotros.

Yordano concibe los géneros musicales como puntos de partida. Luego hace con ellos lo que le place, y esa libertad es la que permite que resulte homogénea semejante ensalada. Esta vez atrevió a grabar riffs y solos de guitarra, a probar falsetes, a acariciar a sus seres queridos de manera velada, a dejar guiños a personajes que admira, como Bob Dylan o Joaquín Sabina, y a jugar con palabras, como lo hizo en “Bailando en la jungla”, un tema funky desde el que mira la situación de Venezuela de manera satírica.

El Caribe se muestra, en todo su esplendor, en canciones como “Allá iré”. El autor comparte la nostalgia que le produce la distancia que lo separa de sus hijas y nietas en tiempos de diáspora. También reluce en “Ay, mujer”, que trae de vuelta esa oscuridad de bar nocturno, de pista bailable envuelta en humo tan habitual en el Yordano de los primeros LP. Y algo similar ocurre en “Qué linda te ves”, una composición que nació de una foto que le envió Yuri vía whatsapp, y que, además, rítmicamente, pone un pie en Brasil. En esa también es evidente la co-responsabilidad de Cheo en el resultado.

***

 

Entre febrero y marzo de este año, Yordano actuó en cuatro ciudades de España siempre a casa llena. En Italia, volvió a su natal Roma y se reencontró con un montón de sobrinos y primos. También pasó cinco días inolvidables de abuelo feliz en Canarias, donde vive su hija Adela y donde conoció a su nieta nueva.

Yordano me cuenta que, al volver a Madrid y enterarse de que sus amigos padecían el Coronavirus, Yuri y él estuvieron muy nerviosos. Él es un paciente vulnerable, no sólo por sus 68 años de edad sino por la fragilidad de su organismo después del trasplante. Apenas sospechaba algo, llamaba a su médico: Tranquilo, si no hay fiebre no hay de qué preocuparse. Se tomaba la temperatura constantemente, pero nada. Valores normales. Todo bien. Desde que se decretó la cuarentena en Nueva York el 20 de marzo, no salió más a la calle.

—Yuri no me deja ni asomarme —me dice, riéndose.

El confinamiento no ha sido tan distinto de su cotidianidad en tiempos recientes. Me recuerda que pasó 47 días en el hospital y 6 meses de aislamiento después de la intervención del 23 de enero de 2015.

Uno de sus amigos contagiados estuvo muy grave y eso lo ha tenido muy preocupado. Mientras tanto, invierte horas en Youtube mirando videos musicales, viejas peleas de boxeo, documentales sobre felinos y clips de late shows estadounidenses. Y más que nada, se la pasa tocando de arriba abajo las canciones de su nuevo disco. Quiere tenerlo fresco cuando se cierre finalmente el paréntesis pandémico.

En vísperas del lanzamiento, me adelanta que la promoción de Después de todo se apoyará en dos videoclips dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez —grabados, por fortuna, antes de la crisis sanitaria— cuyo director de fotografía es Fernando Reyes, un cuarto bate de Hollywood. Y yo le pregunto: ¿Qué sientes ahora que va a salir el que, creo, es el disco más sufrido de tu carrera, el que más enfrentó obstáculos?

—Bueno, este disco no existiría sin lo que pasó. Es así. Una cosa es consecuencia de la otra.

 

FOTOS: Cortesía Sony Music Latin

Dedicado a mi tío César Yegres

Dedicado a mi tío César Yegres

Cómo no escribir algo sobre alguien a quien tanto le gustaba escribir y, sobre todo, leer. Cómo no escribir de César Augusto Yegres Morales (1943-2020) unas líneas que seguramente le habrían encantado. Cómo no, si fue alguien fundamental en mi vida personal y profesional.  

***

Para mí, siempre fue Tío César. Si acaso, en los últimos años y por exceso de confianza, pasó a ser “El Viejo”. Aquel político con chaquetas de cuero, elegante y de verbo ágil, que siempre nos llevaba a comer helados y hamburguesas y a pasear por la Cumaná de los años 90, se fue convirtiendo en una suerte de hippie feliz, que caminaba en chancletas y pantalón corto bajo el sol cumanés, fumando al tiempo que saludaba gente, echaba chistes, contaba anécdotas, hablaba hasta por los codos de viajes y libros. Diría que es la persona con la memoria más prodigiosa que he conocido. Es difícil concebir cómo entraba tanto conocimiento sobre historia y cultura en ese mismo CPU. Podía hablar durante horas sobre la historia de los aztecas, o dictar una conferencia improvisada sobre la antigua Grecia y sus rastros en el mundo actual. Hablaba de Montejo y Ramos Sucre, de Cadenas, Sartre y Cervantes, de Octavio Paz y Kafka, de García Márquez, Vargas Llosa y el boom latinoamericano, o de Margarite Yourcenar, a quien tanto admiraba. Hablaba de béisbol y de música, de España y su literatura, y de Cumaná, ciudad de la que pudo haber sido cronista si estos tiempos hubiesen sido menos mezquinos. Como sabía tanto del estado Sucre, le dieron un espacio en la televisión local, sin guión ni nada, para decir cuanto sabía frente a una cámara fija. 

***

Cómo olvidar la Serie Mundial de 1990. Tanto César Rafael, mi primo, su hijo, como yo, éramos fanatiquísimos de los Atléticos de Oakland. No creíamos que ningún equipo en la Tierra sería capaz de ganarle a Canseco, McGwire, Henderson y compañía. Muchos menos esos fulanos Rojos de Cincinatti. Tío César, con cara de picardía, nos decía: «Esa es la Maquinaria Roja». Y César y yo: pfff, a Oakland no le gana nadie. Los dos vimos en la tele, con caras largas, una serie que terminó 4-0. Oakland no ganó ni un jueguito. Desde entonces, dejé de porfiarle sobre béisbol, aunque siempre mantuvimos una amistosa rivalidad en lo que se refería a la liga venezolana. 

***

Cómo olvidarlo recitando de arriba abajo el Canto a España con el que Andrés Eloy ganó aquel premio en 1923, o contándome de aquella vez que asistió a una conferencia de Borges en Caracas y, a la salida, se le acercó al argentino, lo tomó del brazo y le dijo: «Maestro, usted es un genio». Y Borges, con su acento porteño, le respondió: «No es para tanto». O de cuando presenció el 4-1 de Brasil a Italia en la final de México 70; o de cuando vio a Juan Manuel Fangio ganar el premio de Fórmula 1 en Los Próceres, Caracas, en 1955; de cuando se paró frente a las Cataratas del Niágara y el Salto Ángel, o de cómo casi muere en el terremoto de Caracas de 1967; o de sus visitas a Belén, donde nació Jesús, y al lugar en Alemania donde dicen que se suicidó Hitler.  

***

En una familia numerosa de siete tíos —con sus parejas— y 18 primos hermanos por parte de padre, más cuatro tíos —con sus parejas— y 9 primos por el lado materno, digamos unas 50 personas incluyendo mi núcleo, nadie padecía la fascinación por los libros y la lectura. Nadie; al menos nadie con tal fervor. Él sí, y quizá también mi primo César Rafael, aunque él y yo compartíamos otras inquietudes. Por eso Tío César reconoció en mí, muy pronto, esa extraña condición. Por eso les reclamó a mis papás que qué carajo hacía yo estudiando una carrera que no me calzaba, si yo tenía que ser poeta, filósofo, periodista o escritor o algo de eso. Él, que fue el que leyó mis primeros cuentos y, como todavía no funcionaban, me dijo: «Sigue, sigue. No pares de escribir, que por ahí vienen los buenos». Él, que mientras estuve en el periódico, me insistía que estaba orgulloso de mí, pero… «no lo olvides —me miraba fijamente— tú estás para ser un escritor independiente»; y luego, cuando leyó una entrevista que me hicieron en El Universal porque se publicó un libro mío, me envió un email sólo para recordarme: «¿Viste? ¿No te lo dije?». Me tenía una fe enorme. Y cada vez que yo llegaba de visita a Cumaná (porque ya vivía en la capital), me tenía un libro nuevo. «Léete esta vaina», y pum, me lanzaba una novela de Jorge Edwards, o un libro de ensayos históricos de Manuel Caballero o algún tomo de historia universal. 

***

Desde mi exilio, aquellas charlas se convirtieron en intercambios de emails. Él había aprendido a usar el correo electrónico, pero no escribía sus mensajes directamente en el campo de texto sino que adjuntaba un documento de Word como si fuera una carta de papel en un sobre con membrete. Por ahí me enviaba comentarios sobre sus lecturas recientes. Por ahí le pregunté sobre Massiani cuando hice me tesis de maestría. Por ahí me mandó una columna que escribió cuando cumplió 75 años, en la que le agradecía a la vida, como la canción de Violeta Parra, por sus experiencias, sus lecturas, sus viajes y, más que nada, sus cinco hijos. Recordaba cuánto aprendió de Arístides Calvani y cómo llegó a ser diputado a la Asamblea Legislativa de Sucre de 1969 a 1994. «He tenido una existencia provechosa», concluía. Yo, porque así nos tratábamos, le respondí: «Todo muy lindo, menos lo de magallanero». Y hoy lo conservo en mi memoria con cara de travesura, riéndose a carcajadas como las que seguramente le provocó esa respuesta mía de caraquista. 

***

Lamento no estar allí para darle a mis primos y tíos el abrazo que quisiera darles. Por eso recurro a las redes sociales para decir lo que diría si estuviese presente en el funeral. A César Rafael, María Fernanda y Beatriz Elena, a César José y a Daniela, a toda la familia, a los amigos, a todos los que lo quisieron, los abrazo desde acá porque, aunque mi cuerpo está lejos, mi corazón está allí con ustedes.

WhatsApp Image 2020-06-15 at 7.25.21 PM

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Publicada originalmente el 27 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Al fin podemos asomarnos entre las rendijas y saber a qué sonó. Al fin podemos hacernos una idea de lo que ocurrió en un estudio caraqueño en 2006 cuando Simón Díaz se sentó por última vez frente a un micrófono conectado a una cónsola de grabación, mientras Gabriela Montero reinterpretaba libremente algunas de las obras preciadas del maestro de las tonadas. Al fin.

Cuando las ganas se juntan —así se llama el álbum— nos sorprende como intrusos, como si nos hubiéramos colado en un lugar privilegiado. Son los pormenores del histórico encuentro entre uno de los compositores populares más celebrados del país y una de las mejores pianistas clásicas del mundo.

La carátula no le hace justicia a una obra antológica, cuyo valor radica precisamente en lo inacabado. Es de una belleza que florece de manera silvestre, natural. Díaz y Montero nos hablan al oído, como secreteándonos. Nos hablan, por momentos, desde adentro de nosotros mismos.

Apenas comienza, el piano dice presente y espera la respuesta silbada del Clavelito colorado. El piano de la ciudad, de los conservatorios, del influjo europeo; el silbido del sentimiento, de la intuición, de ese campo que siempre estuvo aquí, desde mucho antes que este paisaje imponente se llamara Venezuela. Así comienzan a buscarse el uno al otro, como quienes van cortando la maleza guiándose por el oído (y el corazón).

Una brecha enorme separa los puntos de partida de Simón Díaz y Gabriela Montero. Existe un aprendizaje que viene del instinto y la naturaleza; una información que surge del horizonte y los anhelos, las siluetas de los árboles contra el ocaso, el canto cándido de los pájaros y la nobleza del ganado. Otro, que proviene de las siete notas, con sus bemoles y sostenidos, mayores, menores y otras tantas complejidades entre redondas y semifusas; un contenido que va del pentagrama y las enseñanzas de tantos genios de otros tiempos a los dedos y los martillazos que resuenan dentro del piano. Pero la magia vence ese abismo. La magia o el talento, o la gracia o las emociones o todo eso junto. En una estación avanzada del viaje, una vez superados relieves y curvas, los dos, el cantor popular y la pianista virtuosa, se encuentran en una cumbre que sólo admite lo sublime. ¿Una cita en la luna, la luna a la que tanto le cantó ese hombre enamorado que nació en Barbacoas, estado Aragua, un día 8 del mes 8 del año 28?

No había comenzado el doloroso exilio de Gabriela Montero, para muchos la mejor pianista venezolana desde Teresa Carreño, cuando a Bettsimar Díaz, hija del Tío Simón, productora y presentadora de televisión, se le ocurrió la gran idea. Entre las dificultades que ya suponía el Alzheimer de su padre y la agenda copada de la artista, encontraron el tiempo para grabar seis pistas. Más tarde, en 2010, Montero recurrió a su acto de magia predilecto —la improvisación— para jugar en torno a otras cinco.

Cualquier experimento de la autora de Ex Patria es digno de enmarcar y eso pasa con su lectura de Caballo viejo, de la que resultaron dos versiones, una más impetuosa, la otra más taciturna. También ocurre con Flor de loto, trasplantada a un jardín atemporal, y El becerrito (La vaca Mariposa), cuya historia se cuenta desde el Romanticismo. Al igual que Pasaje del olvido y Tonada del tormento, todas se asoman entre los episodios cantados como preparando al espectador, pero incluso cuando no canta, el maestro está presente.

Luna de Margarita es una obra impresionista. El Tío Simón anuncia: Luna de Margarita es… como tu luz, como tu voz, como tu amor. Gabriela recoge esas palabras y se las lleva con ella como un tesoro. La artista viste la esencia de Simón como quien se pone un abrigo. Deja caer sus dedos entre esas melodías para reinterpretarlas desde su virtuosismo.

Con Simón pasa como con Manzanero o Leonard Cohen. Son autores de grandes composiciones que han sido reproducidas en muchas voces, pero no hay nada como escucharlas por ellos mismos. La canción responde fielmente a su significado. Su contenido se relegitima. A pesar de su edad y su condición al momento del registro, su voz exhibe la potencia necesaria para trasladar versos como los de Mi querencia, El alcaraván, Sabana y El Loco Juan Carabina. Se le oye tomar aire. Su sonrisa, esa que es casi un emblema nacional, puede intuirse. Porque a veces las sonrisas suenan, y la de él pareciera no apagarse nunca.

Cheo siendo Cheo

Cheo siendo Cheo

Publicado original el 3 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Cheo descansó de su eterno juego de roles. Esta vez no es el José Luis Pardo fundador de Los Amigos Invisibles, compositor, bujía creativa y guitarrista de la banda durante 20 años. No es Dj Afro, su alter ego electrónico, ni se esconde detrás de una criatura de múltiples tentáculos llamada Orquesta Discotheque. Tampoco es uno de Los Crema Paraíso, trío que cultiva música de raíz venezolana adulterada, ni hace parte de Locobeach, pandilla de cumbieros psicodélicos que aterrorizan los bares neoyorquinos con un tumbao contagioso que incita a una desenfrenada pulitura de hebillas. En esta ocasión, no; Cheo no es ninguno de aquellos. Durante esta Sorpresa de 10 canciones y cuarenta y tantos minutos, Cheo es simplemente Cheo.

¿Cuánta información tendrá en la cabeza? ¿Cuántos conceptos, melodías, estructuras? ¿Cuántos sonidos, transiciones, efectos, pequeños detalles que, si se administran bien entre los silencios, hacen de la música algo mágico? Sorpresa es una aventura exploratoria por el mundo ecléctico de un artista que celebra con igual entusiasmo el rock risueñamente atormentado de The Cure, los encuentros de Blades y Colón, Colón y Celia, Sinatra con Jobim, Jobim con Stan Getz, y la onda nueva de Aldemaro y el funk y el disco y el soul y el acid jazz y tantísimas cosas más que conviven bajo ese afro reconocible por todo fan de Los Amigos Invisibles.

Es difícil poner en orden toda esa data. Pero Cheo, siendo Cheo, ha encontrado darle sentido a una heterogeneidad inabarcable ya reflejada en Free (2011) y en cada uno de sus proyectos. No hace ruido el tránsito a un latin soul desde un intro como Wake Up Call, que activa las neuronas con guitarras acústicas, que se parece a esos segundos de desconcierto de la mañana, cuando uno se levanta y empieza a reconocer su hábitat. La cama, el armario, el póster de Farrah Fawcett, la ropa usada de anoche.

Todo el día en la cama es como una cuba libre bien servida. Un baile de hombros, de movimientos ligeros, para un domingo perezoso. Reluce la que ha sido, históricamente, su voz cantante: su guitarra; esa mano derecha que es una cátedra de ritmo para guitarristas, una destreza que no enseñan en conservatorios y, por supuesto, ese monstruo con traje de wah wah que pasa a primer plano en los solos. Reluce también su segunda voz: sus cuerdas vocales (sin talkbox). Cheo canta, como ya lo hizo en su álbum con Ulises Hadjis (Dónde, 2018). Canta lo que su canción necesita; sin estridencias, sin excesos, dejando caer la última sílaba de la palabra en el siguiente compás, porque si este álbum lleva una moraleja es esa: «tranquilo, no hay ningún apuro». El mismo recurso de la métrica se repite inmediatamente después en Trasnocho entre semana, que es desparpajo y gozadera al igual que No quiero ser tu amigo, una de esas piezas que hacen evidente el origen de tantos hits de Los Amigos Invisibles. Inevitable obviarlo.

TapaCheoSorpresa.jpg

Cheo convocó a sus panas. Algunos, como Ulises o como Catalina García y Santiago Sarabia, de la banda colombiana Monsieur Periné, lo ayudaron a escribir. Otros, como Alberto Arcas (Okills) o Lolita de Sola, aportaron coros. Rafa Urbina (Famasloop) grabó baterías, al igual que Fernando Valladares y el compañero de aventuras de Cheo y gran percusionista, Neil Ochoa. También, Alejandro Berti sumó la elegancia de su trompeta en canciones como Carnaval, agregada a la lista al final del proceso de grabación porque —así lo dijo Cheo— su disco no podía existir sin bossa nova.

Gabriel Chakarji, jazzista y prodigio caraqueño del piano que también vive en Nueva York, colaboró. En la Guachara Vegana, tributo que le hace a sus obras de salsa favoritas, participó el trombonista Rey David Alejandre. Allí subraya ese mismo mensaje de relax que humedece toda la obra: Dale con calma, que hay tiempo. Sorpresa es un oasis en tiempos de incertidumbre.

Tras una seguidilla de latin soul, bossa, salsa y vacilón, llega un descanso que se llama No más, una séptima pista introspectiva que pareciera sellar el final de un despecho, abrigada por guitarras que me recuerdan a The Cure y al Duran Duran de Ordinary World (1992). ¿Cheo hablando de sentimientos? ¿Hablando en serio, sin sarcasmos, sin picardía caribeña, de vulnerabilidad y melancolía? Pues sí. Dice: Yo voy en barco sin saber nadar en un coro delicado, sanador, definitivo.

En el tema siguiente, Jugando conmigo, vuelven la calle y el humor. Basta de seriedad. Es un latin soul que suena a colilla humeante, a cortejo que fracasa, a trago aguado, salitre y beso de fumadora en el cachete. Me voy en paz a casa a jugar conmigo, confiesa resignado antes de subir el beat en Faltabas tú, la única francamente discotequera del álbum, bien funky, bien disco, más Orquesta Discotheque, casi totalmente instrumental.

Sorpresa escarba en lo retro, pero mira hacia adelante; remarca identidades, pero reivindica el cosmopolitismo; le habla de frente a su gente, pero abre la puerta a oídos de cualquier origen. Sospecho que sonaría fresco en cualquier sitio, en Caracas o en Nueva York, en Río de Janeiro o en Madrid, Ciudad de México, Miami, Bogotá…

La obra termina con Feelings, una pieza instrumental que me hace pensar en Colina y la segunda mitad de los 80, en los que, como adolescente curioso en aquella Caracas tan diferente de la actual, con la piel de gallina frente al tocadiscos, aquel Cheo jovencito estaba comenzando a construirse ese museo de influencias que ahora se dedica a pasar en limpio.

Una vez que Sorpresa se acaba, me voy a la cama pensando que mañana quiero ponerlo de nuevo para dejarlo sonando el fin de semana. El lunes, ya veremos.

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Por Gerardo Guarache Ocque

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 21 de febrero de 2020

 

Un bajo eléctrico se toma su tiempo con mucho groove. Se le suman unas congas y del encuentro surge una música latinoamericana que camina por la ciudad con desparpajo y chaqueta de cuero. Al paseo se incorpora una guitarra funk y un hombre recita en inglés la antesala a nuevos invitados: un piano salsero, un teclado ochentoso; la base rítmica y los coros le hacen un guiño a Guaco. Así es la música de Luis “El Pana” Tovar, percusionista de Guatire establecido en Calgary: un constante armar y desarmar; un collage en el que los tambores afrovenezolanos sirven de anfitriones a lo demás, venga del pop, del jazz, del R&B, la salsa, el merengue dominicano o el rock.

Fuliafrocode, su segundo álbum, es una manifestación de su voz, como él la llama. Un compendio de 13 temas en los que se mezclan sus aprendizajes y sus gustos. Una amalgama en la que pueden identificarse influencias caribeñas y anglosajonas y, sobre todo, esencias que el percusionista, formado con maestros como Alexander Livinalli y Vladimir Quintero, se llevó de su país como equipaje cuando migró, primero a México y después más al norte, a Canadá, donde reside desde hace 14 años.

Tovar se gana la vida tocando salsa. Con su banda, Distrito Salsa, suele acompañar a referentes del género como Tito Nieves, Willie Colón, Tony Vega, Maelo Ruiz o Jerry Rivera. Al margen de su actividad como performer, juega a la artesanía musical en casa. De esas dinámicas lúdicas, han surgido sus dos obras.

Todo comenzó con unos injertos rítmicos que se le ocurrieron. Unas combinaciones nada comunes. A partir de eso, comenzó a construir y se atrevió a agregar bajos, teclados y a sumergirse en el mundo de los loops, los samplers y las herramientas comunes en una grabación de un álbum de hip hop. El primer resultado de la experiencia se llamó simplemente Everything I Like (2014).

Fuliafrocode evidencia la continuidad de esa búsqueda. “Dale candela” —la canción descrita en el primer párrafo de este artículo— convive con otras como Why not?, grabada junto a su colega Yonathan Gavidia y cuyo título subraya su empecinamiento por llevar la fusión lo muy lejos, a donde la mayoría siente vértigo. En esa, la fulía se entrelaza con un merengue dominicano muy al estilo Juan Luis Guerra, y después coquetea con un chachachá y un guaguancó. Toda una ensalada.

Uno de sus objetivos fue realzar el San Juan de Guatire, fiesta mágico-religiosa de su tierra casada con un ritmo de tambores desafiante y enérgico. Al mismo tiempo, quiso rendirle tributo a la agrupación 1, 2, 3 y fuera. Ambos propósitos se lograron en Fuera, la tercera pista, en la que ese patrón afrovenezolano dialoga con retazos de hip hop y sigue de largo hasta juntarse con otra versión de la obra de Simón Díaz más celebrada en tiempos recientes, la Tonada de luna llena, cantada esta vez por su amigo Andrés González.

Los versos del Tío Simón representan un prólogo de la pieza siguiente. Aguanta Venezuela le rapea un mensaje de ánimo a quienes dejaron el país en busca de oportunidades y huyendo de la dramática crisis y, al mismo tiempo, construye un escudo contra la xenofobia que sufren muchos de ellos. Antes, en la misma línea pero en formato instrumental, suena Venezuelan Exodus, que mezcla los tambores con unos teclados vintage, como sacados de un álbum de Herbie Hancock de principios de los años 70, grabados por Kate Melvina y Stephen Fletcher.

El hombre que recita en inglés en cinco de las 13 pistas es Malcolm Mooney, poeta estadounidense que alguna vez perteneció a la banda alemana CAN, exponente de aquella corriente setentera conocida como Krautock —definidad por una fusión avant-garde de elementos disímiles en torno a la electrónica y el rock—. Es él quien aporta los versos de la reflexiva Someone Care, una canción que reclama bondad, solidaridad y fe en el otro para los tiempos mezquinos que vivimos. La otra voz hablada es la de Edwins Moreno, quien hace las alabanzas a la Santa Cruz de Pacairigua en Fuliafrocode, la pieza que acentúa el origen y el viaje de Tovar, tomando la materia prima de una ceremonia tradicional y revistiéndola de modernidad.

Fuliafrocode, en cuya grabación también participó su maestro Alexander Livinalli, es un álbum que puede (y debe) escucharse de un tirón. A la mitad, justo antes de la descarga de Un cambio de actitud pt. 2, que es como un frenesí con metales, una percusión latina agresiva y endemoniados solos de guitarra de Carmelo Medina, se presenta una pausa, un descanso para tomar aire y seguir. El respiro se llama I Like This Winter Better. Allí, en esa canción cálida en contexto invernal, relucen los bajos de Lisa Jacobs. Es tierna porque escenifica el nacimiento de la hija de Luis Tovar, Emily Gabriela, quien, sin saberlo, en sus primeros intentos de habla, tuvo una participación estelar en la obra de su padre.

 

FOTO: Cortesía Carmen Alejandra Infante Peña

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 16 de noviembre de 2019

No es momento de descansar. Desde que comenzó a cristalizarse el proyecto que devino en Tiempo al tiempo, obra ganadora del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico, cada vez que Luis Enrique y los cuatro integrantes de C4 Trío coinciden en tiempo y espacio, se activa una agenda de entrevistas, ensayos, reuniones, pruebas de sonido y, por supuesto, presentaciones, que apenas deja un cuarto de hora por acá, media por allá, para un trago, una siesta, un bocado.

Edward Ramírez viaja desde Medellín. Héctor Molina, desde Miami. Jorge Glem vuela desde Nueva York y, después de los Latin Grammys hubiera seguido esa misma noche hacia Chile si sus compromisos allá no se hubiesen suspendido por los disturbios. También llega, con su cajón, el percusionista Diego “El Negro” Álvarez. Y, por supuesto, el ganador del Latin Grammy 2019 al Mejor Arreglista, el bajista del grupo, Rodner Padilla.

Un bar del inmenso complejo del MGM Grand, que incluye el Teatro de David Copperfield, escenarios del Cirque du Soleil, tiendas, restaurantes, ferias de comida rápida, kilómetros de casino sin principio ni fin y la arena donde se organizan las grandes peleas de boxeo, se convierte en el escenario del reencuentro de los músicos.

Se abrazan. Se ponen al día. Luis Enrique suelta una seguidilla de venezolanismos. Carcajadas. Comienza el circuito. El ascensor en el que subimos se abre en un piso desde el que se ven pequeños edificios que también son enormes. Tocamos la puerta de una de las 6.852 habitaciones del hotel y, detrás, nos encontramos con una estación de radio improvisada.

Luis Enrique no da entrevistas sin C4 Trío y en todas comenta que el ensamble lo impresionó desde que los vio tocar por primera vez, por su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su osadía para explorar nuevos caminos para el cuatro venezolano sin desconectarse de su raíz. En todas, remarca su amor por el folclor venezolano y cuenta su propia relación con la música tradicional.

“Mucha gente conoce mi faceta de eso que me ha dado fama, que es la salsa, y lo agradezco. Sin embargo, realmente vengo de una raíz folclórica. Mi familia se dedica a hacer folclor en Nicaragua. También son gente muy comprometida, socialmente hablando, con lo que sucede en nuestro país. Yo crecí bajo esa sombrilla, ese impulso de decir las cosas que suceden, de hablar de las injusticias. Nunca he estado lejos del folclore, aunque nunca lo había hecho en mi carrera. Siempre quise hacerlo, y ¡qué mejor manera sino con C4 Trío, que son unos maestros!”

Salimos del MGM, subimos a un taxi y nos vamos al Hard Rock Café Hotel. Kerly Ruiz, la presentadora venezolana, los espera para una entrevista inusual en una cama. Bromean con doble sentido, pero el contenido de la charla es el mismo. La camaradería con C4, el amor por la música de raíz latinoamericana, el orgullo de haber sido reconocidos por la Academia Latina de la Grabación. De ahí, siguen sin pausa hacia una cita con una revista que cubre especialmente el mundo de la música norteña y otra con una emisora radial dirigida al público hispano de Estados Unidos. Se pasan el switch del castellano al inglés constantemente. Entre una y otra, en pequeños tiempos muertos antes de salir al aire, aprovechan para afinar detalles de lo que tocarán en el evento Los Producers esa misma noche, donde compartirán escenario con artistas como Fito Páez, Ximena Sariñana, Lasso y Leonel García (ex Sin Bandera). La canción que tocarán allí, Mi tierra de Gloria Estefan, termina tomando forma en un ensayo improvisado en la terraza del Hard Rock Café, al borde del bulevar que es el epicentro de Las Vegas, donde confluye todo lo que es conocido en el mundo de esa ciudad que nació del envite y el azar a principios del siglo pasado.

“Ha sido un camino de mucho aprendizaje, un reto de la A a la Z, y encima de eso conseguimos este reconocimiento”, me dice, sobre la concepción del álbum galardonado. Se siente orgulloso, especialmente porque es un proyecto que “no obedece a ninguna moda”.

Caminamos entre máquinas tragamonedas, pantallas de apuestas deportivas y mesas de Blackjack cuando habla de lo que motivó a un músico de semejante trayectoria en la salsa, más de 30 años de carrera, cerca de la veintena de álbumes y bastante fama en buena parte de Latinoamérica, a lanzarse de chapuzón a una apuesta tan experimental con joropo, danza zuliana y tonada.

“Honestamente, lo primero es lo primero: la música —se enseria Luis, como le dicen los muchachos de C4—. Es sumamente importante para mí saber que estoy haciendo algo más allá del hecho de querer, caprichosamente, grabar otro CD. Tiene que haber una razón más. Primero, la música. Pero si, además, vamos a hacer música, ¿qué estamos dejando? ¿Qué estamos diciendo a través del proyecto? La razón mayor es aportar algo, bien sea a través de la canción, o a través de la posibilidad que estamos creando al lograr un álbum de música folclórica de canciones inéditas”.

Bastan 48 horas viéndolo trabajar y escuchar los testimonios del grupo, para entender que Luis Enrique no es ese artista que llega al estudio de grabación a ponerle su voz a un proyecto en marcha. Así, los hay muchos y muy buenos, pero él corresponde a un perfil distinto que se lanza de cuerpo completo en la obra. Que asume con entusiasmo el desafío, cuidando detalles, construyendo desde los cimientos.

De Venezuela, recuerda su público. Bromeando con Molina, Padilla y compañía, dice que algún día se comprará allá dos casas, una en la playa y otra en la montaña. Se ilumina su rostro cuando hurga en la memoria sus experiencias en el país: “¡Guao! El amor con el que reciben el trabajo que uno hace. Eso para mí es increíble, es importante, pero, sobre todo, me emociona haber conocido una Venezuela con una energía eternamente joven, de gente echando pa’ lante, gente muy linda. Cada vez que llegaba, me contagiaba de eso y por eso me encantaba ir”.

No hay una entrevista en la que Luis Enrique no remarque el mensaje del sencillo Añoranza, una canción dedicada a los caminantes, a los que se van “con su vida arrugada en un morral” buscando oportunidades, alimento, medicinas, bienestar para sus familias. Dice que se ve reflejado en los integrantes de C4 porque él salió de Nicaragua en 1978 y llegó a Los Ángeles a construirse esa ruta que, en algún punto, después de mucho sudor, comenzó a dar frutos: “Es duro llegar a un país como éste y comenzar de cero; intentar edificar algo en un lugar que no es tu tierra, donde hay muchas cosas que tienes que hacer que no estaban en tus planes. Reconozco el esfuerzo que ellos hacen todos los días por echar pa’lante. Reconozco su deseo de tener una carrera haciendo lo que hacen. Todo eso es valioso”.

Luis Enrique también demostró en pocas horas que es una criatura del escenario. Que el éxito no es producto de la casualidad. Con el ensamble, le tocó el rol difícil de abrir la premiere de los Latin Grammys, cuando la gente apenas se estaba acomodando en sus sillas, mirando sus teléfonos celulares, entrando en calor. Sí fueron aplaudidos, pero todos se bajaron con ganas de desquite, aún cuando salieron de esa ceremonia bateando para average de .1000, con dos Latin Grammys en las dos casillas en las que competían. Pasaron las horas, se hizo de noche y el ídolo entró a la after party y la puso patas arriba con su gracia y su talento, con energía y desparpajo. Ahí sí: nadie fue indiferente a lo que pasó en el escenario. Ahí sí recibieron el premio que más les gusta a los artistas: la ovación frenética.

 

Famasloop gira en mi cabeza

Famasloop gira en mi cabeza

Cae la tarde y aprovecho un tiempo muerto para atender tardísimo la convocatoria de Famasloop. Gira es un hito del 2019 y lo he pasado por alto. Dispuesto a desquitarme, sigo los pasos que sugieren desde su canal de Youtube como si estuviera en un juego de Simon Says. Me calzo mis Sennheiser, cierro los ojos convencido por un sitar indio y una voz femenina arabesca y me voy de viaje flotando sobre el beat electrónico. ¿Que qué género/formato es? Pues, Famasloop. El género/formato se llama Famasloop.

La voz de Alain me aparece ronca desde el costado izquierdo. Me camina por el hombro y el cuello hasta que mi cuero cabelludo la absorbe. Siento la presencia de una criatura que vive en mi cabeza y me la masajea desde adentro. Es el antónimo de una jaqueca. Una alimaña asexuada y amorosa me recorre el cráneo al ritmo de la música. Primero es ella la que gira sujetándose de la mucosa de mi cerebro excitado. Luego soy yo el que gira. Giro sin moverme como gira el amor del que habla la letra.

Ve ese puntito azul, insiste Alain. Pero yo no lo veo porque está detrás de los nervios ópticos. Ese puntico azul precede a la visión. Todo transcurre ahí dentro. Una película se proyecta en mis paredes cefálicas. Yo soy el amo y señor de este filme. Soy el Kubrick de este videoclip de Famasloop, al que veo amalgamado. Veo las cabezas de Alain, Rafa, Vanesa, Luis Daniel y Ricardo fundiéndose como un monstruo amorfo en blanco y negro.

Al tercer coro, algo cambia. El sonido empieza a brotarme por los poros como sudor hasta volverse mar. Con escalofríos, me percato de que la película ya no transcurre en mi cabeza. La criatura que me masajeaba escapó y ahora estoy sumergido en aguas sonoras que me permiten respirar. Trato de nadar, pero no puedo. Igual, la corriente me lleva hacia donde quiero ir. Salgo a la superficie y suenan las olas chocando contra un peñón. Abro los ojos, tal como sugiere el manual de uso de la canción, veo ese huevo metálico agrietándose y me pregunto si Famasloop acaba de relatar, más de tres décadas después, mi propio nacimiento.

#GiraEnMiCabeza

Aquí va el link de nuevo por si acaso: Gira (Famasloop, 2019)

 

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 13 de noviembre de 2019

Lo del Pollo Brito esa noche fue un atrevimiento. Rodeado por el C4 Trío, escogió el momento más apremiante, la premiere de los Latin Grammys en Las Vegas, para decir cam-bur-pin-tón con notas altas, allá donde los trastes del cuatro se hacen cada vez más cortos. Fue como un mensaje encriptado. Una manera de decir ante una pléyade de artistas latinoamericanos que gozan de su admiración: Aquí estamos, aquí está Venezuela, aquí está el cuatro venezolano.

Lo del Pollo en esa velada en la que él, el ensamble y el equipo de ingenieros encargados de su álbum De repente resultaron ganadores, fue como encestar un tiro libre con los ojos cerrados en una final de baloncesto. Se le ve el gesto de picardía en la cara (mírenlo ustedes, minuto 2:45 del video). Dicen que salió al escenario nervioso, pero cuando arrancaron los cuatros de Héctor Molina, Edward Ramírez y Jorge Glem y el bajo de Rodner Padilla, ya no lo parecía. Lo que importó fue el disfrute al tocar la música que ama en un escenario tan prestigioso, rodeado de pop y jazz, de bossa y salsa, de gente como Rubén Blades, Carlos Vives, Juanes y más ídolos de la música hispanoamericana que aplaudieron al ver la explosión de esa guitarrilla pequeña que lleva la bandera de Venezuela tatuada en la madera.

A cinco años de aquel momento, que es uno de los más memorables que ha experimentado la música venezolana en el extranjero, C4 está de regreso en Las Vegas, esta vez con un álbum experimental junto con el nicaragüense Luis Enrique, a quien los músicos admiran, todavía más, ahora que han trabajado codo a codo con él. Aspiran por tercera ocasión al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico que no ganaron en 2013, cuando fueron postulados por primera vez gracias a su trabajo junto con Gualberto Ibarreto, y que también se les escapó en 2014, cuando salieron del Mandalay Bay Center saboreando una victoria distinta pero igual de satisfactoria.

Los C4 también brillan fuera de C4. En 2017, Edward Ramírez volvió a la ceremonia por una nominación sorpresiva junto con su aliado, el letrista, compositor y cantante Rafa Pino, con quien desarrolla un proyecto paralelo en el que explora una variante específica del joropo originaria de la región central de Venezuela. El Tuyero Ilustrado jamás imaginó que llegaría por su propio pulso a tal instancia, y ahí estuvo, con sus versos y su gracia, innovando a partir de una semilla muy vernácula, triunfal aunque el gramófono quedó en manos de la mexicana Natalia Lafourcade y Los Macorinos y su propuesta impecable de homenaje al folclore latinoamericano.

*

Los Latin Grammys han evolucionado notablemente desde su primera ceremonia, celebrada en el Staples Center de Los Ángeles en el año 2000. La Academia Latina de las Artes y Ciencias de la Grabación, organismo conformado por artistas, productores y gente de la industria del disco —y ahora otros formatos—, entendió que debía abrirse a mercados y públicos más allá del circuito hispano de Estados Unidos. La fiesta se movió entre Los Ángeles, Miami, Nueva York y Houston hasta que encontró en Las Vegas un epicentro en el que este año cumple una década.

Las primeras citas no tuvieron casi presencia venezolana. Aparte de varias nominaciones de Oscar D’León y de las victorias del productor Alfredo Matheus por sus trabajos junto a Olga Tañón y a Marc Anthony, no ocurrió mucho más. Tímidamente, comenzaron a aparecer Los Amigos Invisibles, Montaner, Servando y Florentino y Franco de Vita, hasta que llegó Voz Veis y se llevó dos premios en 2007, año en el que también ganó el gran sonero y año anterior a la primera gran velada de la música venezolana en los Latin Grammys, donde un digno representante, sin saberlo, abrió las puertas de lo que venía.

En Houston, en 2008, Oscar D’León hizo de maestro de ceremonia de la entrega del premio honorífico a Simón Díaz. El maestro de las tonadas, vistiendo un liquiliqui, con los brazos abiertos y sin necesidad de micrófonos, y celebrado por su Caballo viejo, por su Tonada de luna llena y por tantas canciones eternas, ofreció un chispazo de su ingenio: Ustedes están oyendo/ con cariño y emoción/ a este viejito que se llama/ El Tío Simón.

En 2009 sólo triunfaron Los Amigos Invisibles y José Antonio Abreu recibió un premio honorífico. 2010 fue otra historia. Entre las victorias de Voz Veis y las de Chino y Nacho, relució un premio que puso de relieve los Tesoros de la música venezolana en la voz de Ilan Chester, quien creó un compendio de 6 álbumes divididos por regiones. Por aquellos días, el cantautor comentó que nunca se sintió tan a gusto con aquella etiqueta de El músico de Venezuela, que siempre consideró más un ardid publicitario que otra cosa, hasta que recibió ese premio por intentar —y en buena medida, lograr— un mapa completo de Venezuela en sonidos.

En 2012, María Teresa Chacín, una voz que también es vehículo de venezolanidad, le grabó un álbum a su nieto y se llevó el premio en el renglón de Mejor Álbum Infantil. En esa misma cita, Reynaldo Armas, peso pesado del joropo llanero, llegó con su Caballo de oro y, cabalgándolo, se llevó el Latin Grammy del folclore. 2013, año de la postulación de C4 y Gualberto, creció considerablemente el número de venezolanos reconocidos, entre ellos Yordano, quien obtuvo esa vez la primera de sus dos postulaciones.

El 2014, mismo año de la proeza del Pollo y C4 Trío, el maestro Juan Vicente Torrealba también fue honrado con un Premio a la Excelencia Musical por su obra, por su Rosario, por La potra Zaina, El concierto en la llanura y muchas otras piezas valiosas.

El año pasado se demostró que lo del cuatro venezolano no ha sido golpe de suerte ni carambola. El cuatrista guayanés Miguel Siso no figuró en la casilla folclórica pero sí lo hizo, curiosamente, en la de Mejor Álbum Instrumental. La victoria de Identidad, obra con sello guataquero, estrenó la presencia de la música venezolana de fusión —basada en raíz tradicional— en una casilla reservada para proyectos sofisticados capaces de superar un filtro exigente entre muchos experimentos de virtuosos, como todos los brasileños con los que compitió, entre ellos Hamilton De Holanda, Yamandú Costa y Hermeto Pascoal.

El gramófono dorado que Siso ya tiene en su casa es el mismo que en años anteriores habían recibido pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el propio Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés. Y Siso lo logró mirando hacia adentro, recogiendo la materia prima de ritmos habituales de su tierra para revestirlos de contemporaneidad, creando una infusión con esas raíces que se pudiera servir en una taza cosmopolita.

 

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Publicado original en GuatacaNights.com el 7 de noviembre de 2019

Como todo artista, antes que nada, Fran Vielma es un investigador. Conviene entender su manera de encarar la creación, que es más parecida al trabajo de un antropólogo que al de un músico ensimismado en las complejidades de ritmos y armonías, para comprender un mensaje que el percusionista merideño envió al mundo a través del álbum Tendencias, primer fruto discográfico de su Venezuelan Jazz Collective, una propuesta que pasa las semillas venezolanas y latinoamericanas por el barniz sofisticado del jazz.

A Vielma le va como anillo a sus dedos maltratados por los cueros la frase que alguna vez pronunció el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov (1860-1904): “Para ser universal, habla de tu pueblo”. El músico, que fue partícipe de la Movida Acústica Urbana, aquel colectivo que acercó a melómanos a ensambles de vanguardia inspirados en la raíz tradicional venezolana hace unos años, se llevó la pulpa de sus pesquisas a Estados Unidos. Se llevó en su maleta un concentrado a base de sangueo, joropo oriental, golpe de Patanemo, merengue caraqueño, y los ecos de tumacos, fulías, clarines, tamboritos, minas y más elementos autóctonos y/o de origen africano.

Tendencias, la canción homónima, representa precisamente la incorporación de ritmos de las costas centrales, cultivados a orillas del Mar Caribe, a una sonoridad que es producto de la influencia potente de genios como John Coltrane: “Se trata de una búsqueda muy personal —dice Vielma— que se manifiesta de una manera no literal en muchos casos, y no tradicionalista, aunque esté hecha con mucho respeto y con mucho orgullo, como diciendo: ‘Esto es parte de lo que yo soy’”.

En Monk en Aragua, Vielma recrea la fantasía de una visita del mismísimo Thelonious Monk a las costas aragüeñas. En Hubbardengue le rinde homenaje a Freddy Hubbard, maestro del hard bop, desde el merengue caraqueño. Cereal de Bobures es su guiño al Zulia; representa una travesía por el Sur del Lago de Maracaibo a bordo de una gaita de tambora. También le habla a su familia: Mis dos luces es una pieza basada en el bambuco de su tierra, Mérida, dedicada a sus sobrinas; y Ehlba es un retrato expresionista de su madre, Maritza Vielma, desde el jazz combinado con tambores barloventeños que invitan a bailar.

Para plasmar sus ideas, esas que desarrolla a diario desde el piano y que luego traslada a un ensamble en el que asume el rol de percusionista, Fran Vielma se rodeó de grandes músicos que cubren dos requisitos básicos fundamentales: la formación dentro del lenguaje del jazz y el conocimiento de ritmos latinoamericanos que muchas veces se reproducen, con pequeñas diferencias pero innegables similitudes, en varios países.

El Venezuelan Jazz Collective se conformó en 2015, tras la participación del músico andino, como jazz embassador del New England Conservatory de Boston —donde estaba haciendo su maestría—, en el Festival de Jazz de Panamá, en el que compartió escenario con Danilo Pérez, Rubén Blades, Miguel Zenón y otros artistas que admira.

Desde 2010, cuando dejó su país y se fue a Boston a estudiar Performance y Teoría del Jazz en la Berklee School of Music, ya el artista experimentaba con repertorios variados que involucraban fragmentos de autores como el Pollo Sifontes y Simón Díaz —de quien quedó el Pasaje del olvido en el álbum— como parte de su ensalada contemporánea. Pero Vielma quería más.

Siempre soñó, por ejemplo, con tener un ensamble grande con sección de vientos. De modo que contactó al pianista Luis Perdomo y al contrabajista Roberto Koch (Aquiles Báez Trío), que vive en Europa pero que entonces estaba de visita en Estados Unidos. También llamó al baterista Pablo Bencid, con el que completó un cuarteto de compatriotas que sirvió de base. Para los vientos, incluyó a otro venezolano, el trombonista Ángel Subero, así como al saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón y a un trompetista ecuatoriano-cubano llamado Michael “Mike” Rodríguez. Con ese trabuco, al que se sumó en algunas piezas el cubano César Orozco en pianos y rhodes, se logró Tendencias, un álbum impecable, recibido con asombro por la crítica especializada.

Los músicos suelen decir, mitad en broma mitad en serio, que la música es el arte de cuadrar horarios. Vielma, quien reside en Washington DC, donde dicta clases, resolvió poniéndole a la agrupación en su apellido el término collective, que sugiere cierta flexibilidad. Y así funciona: él es el alma del ensamble, lleva sus composiciones, su concepto y el sustrato que representa su trabajo desde la percusión. El resto de la formación va variando de acuerdo a la agenda.

Al momento de esta publicación, el Venezuelan Jazz Collective, que recibió el auspicio de la South Arts Foundation a través del programa Jazz Road Tour, se encuentra en una gira por Estados Unidos y El Caribe en la que Vielma comparte con Pablo Bencid, pero viaja con el pianista barquisimetano Santiago Bosch e instrumentistas como el contrabajista búlgaro Peter Slavov, el trompetista Sean Jones, el saxofonista Godwin Louis y el trombonista Jacob Garchik. Luego, quizá será otra la alineación.

Tendencias es la medida de lo que ha avanzado Vielma en la década —y poco más— que ha transcurrido desde Inesperado (2008), su primer disco. Allí pasó en limpio el sonido de Nuevas Almas, proyecto con el baterista Diego Maldonado, en un compacto editado por Cacao Música, aquella linda pero efímera iniciativa financiada por el entonces grandeliga Bob Abreu.

El Venezuelan Jazz Collective no es el primer proyecto de jazz que se alimenta de esencias latinoamericanas. Su sonido se enmarca en un extenso y dorado historial que comienza con el acercamiento de Dizzie Gillespie y Charlie Parker hacia la música afrocaribeña en los años 40 y continúa con experimentos de ida y vuelta entre dos mundos que se fusionaron y se convirtieron en uno solo; de gente como Tito Puente, Eddie Palmieri, Machito, Cachao o Mario Bauzá, así como Danilo Pérez, Paquito D’Rivera, Dafnis Prieto, Giovanni Hidalgo y más creadores mestizos. Pero la idea de Vielma sí que devino en un ladrillo destacable en esa enorme pared que conjuga el sabor del trópico con la sofisticación.