Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Publicado originalmente en www.Guatacanights.com 4 de febrero de 2021

Alejandro Zavala estudió exhaustivamente la tradición musical venezolana antes de permitirse, sin zafarse nunca de ella, emprender su propio viaje. Tras cantar con tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, música en formatos variados, y tras grabar tres álbumes que son tramos de una misma búsqueda incesante, decidió extremar su voz, su instrumento más preciado, y construir una obra entera valiéndose únicamente de ella.  

Vocal, su cuarto álbum, es el resultado de un fino trabajo artesanal en el que su voz se desdobla, se multiplica, se transforma en lo que la canción necesite. Percusión, bajo, cuatro, cuerdas. Zavala funciona como un teclado al que, con un botón, lo hacen emular otros sonidos. Partiendo de ese supuesto imposible —que una misma voz suene cinco, seis, diez veces en simultáneo— recorrió cinco viejas canciones y tres piezas inéditas.

Las versiones de temas muy populares como la guasa El norte es una quimera de Luis Fragachán o La vaca mariposa de Simón Díaz demuestran la filigrana exquisita que logró el artista en los cuatro años de trabajo que le tomó la realización. Es una labor de mucha precisión, detallista, de texturas y matices muy sutiles. A los temas nada le falta, nada le sobra.

La paraulata de Juan Vicente Torrealba es una tonada/pasaje que nos lleva a Los Llanos. El Sangueo nos transporta a las costas caribeñas. Y la malagueña María y el mar, con letra de su autoría, nos invita a navegar por algún punto del mar entre Sucre y la isla de Margarita.

Vocal no es un álbum infantil, pero algo —quizá la inclusión de Son chispitas de Otilio Galíndez— genera desde los primeros minutos la sospecha de que es una obra concebida para el disfrute de público de cualquier edad. Como diría la cantante Andrea Paola Márquez sobre uno de sus proyectos, es para niños de 0 a 100 años. Y esa sospecha se va confirmando hacia las últimas pistas.

Zavala y su pareja, la bailaora Ana Valentina Quilarque, tuvieron una bebé en el extraño 2020, en pleno confinamiento por la pandemia. Inspirado en el maravilloso caudal de emociones que viene con el nacimiento de una hija, escribió un vals con su nombre: Alma. Además, le compuso una cara B, Arrullo, canción de cuna que baja el telón de la noche, de los ojos de su pequeña y de un álbum en el que Papá lo hizo todo, incluyendo la mezcla y el mastering.

Venezuela es un país de gran tradición coral, pero son muy pocos los trabajos inscritos en esta categoría. Podemos pensar en algunos episodios de agrupaciones como Vocal Song o Voz Veis. Internacionalmente, resuenan los cubanos de Vocal Sampling o los italianos de Neri per Caso. Al decantarnos por el factor unipersonal, me viene a la mente un álbum de Ximena Borges, ecléctica artista —hija del maestro Jacobo Borges— que en 2013 se atrevió a un experimento con motivos navideños, titulado Joyful Noise, basado, grosso modo, en el mismo principio. El otro antecedente lo generó el propio Alejandro Zavala en Primavera para mayo (2011), su segundo disco, en el que trabajó con Aquiles Báez y agregó una versión enteramente vocal de Flor de mayo, de Otilio Galíndez. Una vez que la hizo, sintió que se abría una puerta a un patio lleno de posibilidades. 

La principal referencia de Zavala y, de paso, el máximo referente de este curioso arte, es el genio estadounidense Bobby McFerrin, y en especial su trabajo Simple Pleasures (1988), del que se popularizó mundialmente el hit Don’t Worry Be Happy. Muchos pensarán todavía que la canta un ensamble vocal, pero la pista está toda grabada por el propio McFerrin (sin los enormes recursos tecnológicos de este siglo).

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Zavala se aventuró a hacer lo que hizo McFerrin entonces, explorando la técnica del scat singing, de la que supo inicialmente porque su amigo el músico y humorista César Muñoz la había estudiado en la Berklee School of Music de Boston. La novedad, la gran novedad, es que se basó en ese concepto pero trabajando con materia prima de raíz venezolana, respetando sus particulares estructuras, ritmos, cadencias, giros, transiciones.  

Alejandro Zavala (Caracas, 1977) ha hecho muchas cosas. Ha tocado con grupos de estricto joropo llanero y también en agrupaciones bailables como Tártara. Ha sido el Santos Luzardo de la obra musical Orinoco, versión libre y aflamencada de Doña Bárbara que protagonizó la bailaora Daniela Tugues con música de César Orozco. Investigador de la antigua Fundación de Musicología y Folclore, fundador de la Escuela Contemporánea de la Voz, comunicador social, docente, locutor, productor y director de los estudios Sonofilia en Caracas. Toca varios instrumentos, especialmente el cuatro. Fue arreglista y vocalista de un concierto titulado Venezuela, Una voz, una orquesta, dirigido por Eddy Marcano y presentado en directo en la Sala Simón Bolívar de la sede principal del Sistema de Orquestas en Caracas en octubre de 2016.

En 2009 editó su álbum debut Orígenes, al que le siguieron Primavera para mayo (2011) y Colores tierra (2014), todos basados en elementos folclóricos pero presentados libremente desde la contemporaneidad, con una instrumentación más o menos ambiciosa, matices de jazz y esa cosa etérea y multicolor que llaman world music.

Quizá influya la particularidad de la propuesta, pero, tal como ya lo advirtió desde su Instagram el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez, amigo del artista y aliado en el proceso de realización, Vocal es el trabajo más logrado de su carrera. 

Escríbeme: Un himno a la democracia en traje de bolero

Escríbeme: Un himno a la democracia en traje de bolero

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 23 de enero de 2021

Guillermo Castillo Bustamante vivía sus peores días. En agosto de 1956 el pianista, fundador de la primera orquesta moderna, la Swing Time, colega cercano de Antonio Lauro, colaborador de Pedro Vargas, amigo de gente como María Luisa Escobar, Alfredo Sadel e incluso Vicente Emilio Sojo y Juan Bautista Plaza, seguía en la Cárcel de Ciudad Bolívar por oponerse a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Flaco y débil, soportando maltratos, anhelando la libertad y rogando noticias de su familia, convirtió su incertidumbre, su melancolía, dolor e impotencia, toda esa pasta agria y espesa, en belleza.

Antes, en abril de 1952, tras ser detenido por la Seguridad Nacional, policía política del régimen perejimenista, Castillo Bustamante había sido torturado. De la prisión El Obispo, del barrio El Guarataro de Caracas, pasó a la Cárcel Modelo, hasta que a finales de julio de ese mismo año se convirtió en uno de los centenares de presos políticos enviados a Guasina, una isla del Delta del Orinoco cuyo nombre sería desde entonces sinónimo de barbarie.

Libros como Se llamaba SN (1964) y Guasina, donde el río perdió las siete estrellas (1982), de José Vicente Abreu, o documentales más recientes como Tiempos de dictadura (2008) de Carlos Oteyza, reflejan los vejámenes a los que fueron sometidos los opositores a Pérez Jiménez en ese islote pantanoso devenido en campo de concentración, rodeado de pirañas, habitado por culebras, alimañas y caimanes, a merced del hambre, el tifus, la Guardia Nacional, el mal de chagas, la Seguridad Nacional y el paludismo. 

Cuentan que el artista aprovechaba pequeños espacios al reverso de las cajetillas de cigarros para esbozar partituras. Cuentan que hubiese sido fusilado de no ser por la rebeldía de un tal teniente Contreras, que, aun consciente de que arruinaba su carrera militar, intercedió para preservar la vida del hombre que pocos años más tarde escribiría esa canción hermosa que se haría popular en las voces, primero de Alfredo Sadel y después del chileno Lucho Gatica y el mexicano Javier Solís

De Guasina, clausurada en diciembre del 52 por una inundación—que cualquiera atribuiría a una intervención divina—, lo trasladaron a la Cárcel de Ciudad Bolívar. El monseñor Juan José Bernal, único visitante que llevaba consuelo y alivio, supo de su oficio y consiguió un piano destartalado cedido por una familia guayanesa. Castillo Bustamante lo reparó y, cuando se lo permitían, tocaba y componía.

A los presos no les permitían visitas ni llamadas. Una carta quincenal representaba su único contacto con el mundo y sus querencias. La raíz de sus versos más conocidos es esa ansiedad, esa necesidad imperiosa de recibir misivas de su hija Inés que contuvieran alguna novedad de ella y el resto de la familia, especialmente de su esposa, la otra Inés, que también había sido torturada y enviada a una cárcel de mujeres al occidente del país, a San Carlos, Cojedes:

Me hacen más falta tus cartas
que la misma vida mía,
lo mejor morir sería
si algún día me olvidaras.

Escríbemees uno de los 90 temas que el artista creó durante su reclusión. Es, además, una canción que probó muy pronto su poder: El autor la tocaba allí y los presos de los cuatro pabellones, que no se veían entre sí, se sabían la letra y la cantaban al unísono. Así lo contó Inés Castillo, esa misma hija de la que el compositor esperaba correspondencia, en un libro que ella tituló con la primera línea de la canción: Son tus cartas mi esperanza (2016).

En septiembre de 1957, Castillo Bustamante fue expulsado del país y se encontró en Costa Rica con su amigo Alfredo Sadel. El tenor de Venezuela —¡qué mejor voz para trasmitir el mensaje!— se enamoró de esa música y esa letra a la primera oída y, apenas viajó a su patria, la difundió a través del medio más potente que encontró. Dándole el crédito a su autor, retando al tirano y jugándose su propio pellejo, Sadel interpretó Escríbeme por primera vez en El Show de las Doce, que Víctor Saume (otro valiente) conducía los mediodías a través de Radio Caracas Televisión.

Poco después cayó la dictadura. Ese mismo año, 1958, se editaron las versiones de Lucho Gatica y Javier Solís, las primeras en una lista a la que se sumarían La Rondalla Venezolana, Simón Díaz y, más recientemente, Ilan Chester y el tenor Aquiles Machado, quien la interpretó para La Canción de Venezuela Vol. 2 (Guataca, 2009), grabado junto al guitarrista Aquiles Báez y al violinista Alexis Cárdenas.

De las 300 canciones que escribió Guillermo Castillo Bustamante, nacido en Caracas el 25 de junio de 1910 y fallecido en su misma ciudad natal el 6 de octubre de 1974, la más exitosa fue precisamente esa que surgió en aquellos días aciagos.

La pieza cumplió —y cumple— una doble función. La letra, desprovista de su contexto original, puede ser un bolero que acompañe los tragos amargos del amor no correspondido, de la distancia y el silencio. Para los venezolanos siempre será otra cosa, especialmente si prestamos atención al eco de aquellos que la cantaban en prisión junto a su autor, o al de los otros que la coreaban al volver del exilio. Escríbeme, un canto contra la injusticia y la persecución política. En fin, un himno velado a la democracia.

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2020 en Guatacanights.com

Jueves 24 de noviembre de 2005. 7:00 pm. Sala Arturo Uslar Pietri, Casa Rómulo Gallegos. Celarg, Fundación Multifonía y CONAC presentan a… ¡Los Cuatro Fantásticos!

El programa de mano no promete nada. Un cuatro acostado, una tipografía común, una clave de sol seguida de unas blancas, negras y corcheas desperdigadas por el espacio en blanco y, de ñapa, un nombre que es más chiste que nombre: Los Cuatro Fantásticos, porque los integrantes son cuatro y tocan el cuatro maravillosamente. Todos.

Nadie sospecha que será histórico este Jueves de Multifonía. En principio, es una fecha más de un ciclo de conciertos que dirige el músico Edwin Arellano en el centro cultural que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. Nada en ese diseño apresurado augura que el merideño Héctor Molina, el caraqueño Edward Ramírez y el cumanés Jorge Glem —con la adición fugaz, en esa primera cita, de Rafael Martínez— cambiarán algo en la escena musical venezolana.

Muchas cosas estaban pasando. La Cátedra de Música Venezolana que dirigía Orlando Cardozo en el antiguo Instituto de Estudios Musicales, en el que estudiaban Molina, Glem y Martínez, propiciaba amistades y experimentos. Ellos tres, que no son exclusivamente cuatristas, habían conformado un grupo al que llamaban Los Doce, no sólo por los 12 órdenes de sus instrumentos (Molina en el cuatro, Glem en mandolina y Martínez en contrabajo), sino inspirados en un bambuco del colombiano Álvaro Romero Sánchez que versionó magistralmente el Ensamble Gurrufío.

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Cuando consideraron la propuesta cuatrística de Arellano, les pareció buena idea invitar a Edward Ramírez, alumno de Cardozo en la Escuela José Reina de San Bernardino. Edward es dos años y medio más joven que Jorge, y casi 5 más joven que Héctor. En 2005 esa diferencia de edad era evidente, pero a todos les encantaba lo que hacía el muchacho —entonces de 20 años— con su cuatro. Era (es) un fajao de esos que invierten muchas horas estudiando armonías, absorbiendo conocimiento, perfeccionando su técnica. Por eso obtuvo, precozmente, el tercer lugar en dos ediciones consecutivas de La Siembra del Cuatro, el festival que los ubicó a todos en el mismo sitio. Jorge lo ganó ese 2005 y Héctor había sido finalista el año anterior. El certamen, organizado por Cheo Hurtado, nació con el objetivo de realzar al cuatro venezolano y celebrar su enorme riqueza. Lo que ocurriría a partir de aquella velada sería un ejemplo palpable de su éxito.

La cátedra de Cardozo en el Iudem fijaba los cimientos de lo que se convertiría en la Movida Acústica Urbana, un colectivo que combinaba la gracia de la música folclórica con la rigurosidad de la academia y la osadía del jazz. Su esplendor ya se reflejaba en un álbum llamado Venezuela en Cámara, que recogió lo mejor de aquel laboratorio de Cardozo. Todos los integrantes del futuro C4 Trío grabaron allí por separado, incluido el bajista Rodner Padilla (con su ensamble EnCayapa), un personaje que entonces era de reparto en esta historia, pero que se convertiría en protagonista.

Con ese 24 de noviembre en el horizonte, Molina, Glem, Ramírez y Martínez trabajaron en arreglos. Se inventaron un formato en el que A inicia el recital tocando solo y después invita a B para tocar una pieza juntos. Luego A sale de la escena y B se queda, toca solo e invita a C. Y así hasta llegar al cuarto integrante, que llama a los otros para cerrar con varios números en conjunto.

Para ensayar, se reunían en los espacios abiertos del Complejo Teresa Carreño. Se juntaban en una oficina prestada de la Escuela Nacional de Hacienda Pública, donde Héctor trabajaba. Y se veían en una habitación que alquilaba Jorge Glem en El Cafetal. No había necesidad de rentar una sala de ensayos ni plata para hacerlo.

Un formato inédito los obligaba a buscar una nueva manera de concebir los arreglos musicales. Su labor de artesanía buscaba exprimir el instrumento nacional al máximo y, al mismo tiempo, usarlo como vehículo de cualquier género. Mientras uno cumplía la tarea de servir una base rítmica, el otro se encargaba de armonizar y un tercero cantaba la melodía. Y así se iban rotando, juntando, dialogando musicalmente y construyendo frases de las que cada uno ponía un pequeñísimo retazo. Comenzaba a configurarse lo que sería el sello de una agrupación emblemática.

El 1º de julio de ese año se había estrenado en Venezuela la taquillera versión cinematográfica del cómic Los 4 Fantásticos. No tardaron Jorge, Héctor, Edward y Rafael en comenzar a jugar con ese título. Edwin insistió en que le pusieran un nombre al proyecto. Necesitaba el dato para agregarlo a los programas de mano. Cuando llegó el día del concierto, todavía no se habían decidido. Entonces presionó print y así quedaron: Los Cuatro Fantásticos.  

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No existe un registro de asistencia de aquella noche. Uno dice 15, el otro 10, el otro 20. La Uslar Pietri es una sala pequeña, con aforo para unas 50 personas. La flautista Yaritzy Cabrera, que ya era novia de Héctor —y sería en el futuro su esposa y madre de su hijo—, estuvo presente. Jorge Torres, gran mandolinista, amiguísimo de Edward y compañero suyo en el novel ensamble Kapicúa, también. Gente asidua a ese espacio; gente con la que compartían en parrandas; gente perteneciente o cercana al grupo Multifonía, al que pertenecían Héctor, Rafael y que dirigía el propio Edwin Arellano, curador del ciclo; un puñado de privilegiados presenciaron cómo estos instrumentistas de extraordinaria destreza individual se fundieron por primera vez en un monstruo de varias cabezas. Ellos mismos descubrieron esa noche una energía que no habían experimentado antes. El cuarteto, que se consolidaría como trío, dijo hola y recibió el primer aplauso de lo que sería una exitosa carrera.

***

Tras aquella cita en el Celarg, Rafael Martínez se mudó a San Cristóbal y eso obligó al resto a repensar los arreglos. Una vez que el concepto cuajó, se empezaron a abrir puertas. Una tras otra. Un concierto por aquí, otro por allá. Conocieron a Aquiles Báez y, gracias a él, surgió la invitación a viajar por primera vez a Estados Unidos para el festival Venezuelan Sounds. El mismo Aquiles y el empresario y melómano Ernesto Rangel les propusieron ir al estudio de grabación.

El CD, que fue la prueba piloto de una plataforma cultural que apenas nacía y que adoptaría el nombre de Guataca, se editó firmada con un nombre nuevo, uno más ajustado a sus aspiraciones, más serio: el explosivo y elemental C4 Trío.

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Los años recientes, en los que sus integrantes emigraron, han supuesto tragos amargos en la vida de los músicos. Gustavito Márquez, quien fuera su bajista en una época de actividad intensa, murió en mayo de 2018. También recuerdan constantemente a su mánager Soraya Rojas, co-responsable en su proceso de profesionalización, que falleció en septiembre de 2017; y a uno de sus ingenieros de sonido más queridos, Rafael Rondón, cuyo deceso en enero de 2020 sorprendió y ensombreció a todos.

Aunque este relato promete muchos más episodios, C4 Trío ya lleva consigo un currículum sorprendente. En su hoja de vida saltan a la vista datos que antes parecían irreales para un ensamble inspirado en la raíz tradicional venezolana. Completar giras nacionales de una decena de fechas. Tocar en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño, el Aula Magna de la UCV, el Anfiteatro del Centro Sambil o el Poliedro de Caracas, participar en multitudinarios festivales de verano en Europa, sorprender a alumnos y profesores de la Berklee School of Music, grabar una canción junto a Rubén Blades y editar un DVD celebratorio de sus 10 años, de calidad cinematográfica, con Oscar D’León, Guaco, Horacio Blanco, Servando Primera y Betsayda Machado. Ser ovacionados por el selecto público de la ceremonia no televisada de los Latin Grammys. Infinidad de recitales y ovaciones.

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El catálogo suma seis álbumes, tres de ellos junto a grandes personajes, Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y el nicaragüense Luis Enrique, y uno junto a una gran banda, Desorden Público. Sus producciones han sido postuladas en tres ocasiones al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico, de las que ganaron una en 2019, mismo año en el que el arreglo de su canción con Luis Enrique, Sirena, realizado por su bajista y productor, Rodner Padilla, triunfó. Su disco De repente, con El Pollo, se llevó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación en 2014 gracias al trabajo de un equipo brillante encabezado por Darío Peñaloza y Germán Landaeta. Y de guinda, sorpresivamente, lograron una nominación, junto a Desorden Público, a los Grammys anglosajones en 2018.

Por encima de todo eso, C4 goza de una unanimidad inusual en estos tiempos. Cuando tocan, nadie es indiferente a ellos. Ni en Caracas, ni en el interior de su país, en Estados Unidos o Europa. En lo que va de siglo, ha sido el ensamble consentido de Venezuela, llevado por su carisma, su espectacularidad, su virtuosismo y el sabor con el que reinterpretan los sonidos de su tierra. Cada nota de C4 es una celebración de la música venezolana y del cuatro como su instrumento rey. C4 es, a fin de cuentas, la fiesta de un país cuya historia se escribe con las uñas.

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2020 en Guatacanights.com

Una cosa llevó a la otra. En diciembre de 2008 Aquiles Báez tomó el teléfono, llamó a tres, cuatro… en fin, a un grupo de amigos que fue multiplicándose, para presentar un espectáculo decembrino. El carácter de la Sra. Parra Anda, el álter ego fiestero, dicharachero y simpático que se inventó para celebrar la Navidad, fue cobrando forma in situ, en el escenario, año tras año. Más de una década después, al fin, la doña parrandera cobró forma de disco.

Cielo de diciembre, canción que le da título al álbum, es una composición de Báez que sirve de tema central. Es una suerte de telón que abre el espectáculo subrayando la belleza de Caracas durante el último mes del año; el azul profundo de su cielo que se une a un Ávila que reverdece y la abraza. Pero no todo es naturaleza y armonía. La letra no desconoce el drama que vive la “ciudad-pesebre” y la pobreza de sus cerros. Al mismo tiempo, clama por un futuro mejor.

Un manto de voces arropa los estribillos y cada cantante da un paso al frente para encargarse individualmente de las estrofas. No hay protagonistas ni secundarios; en la Sra. Parra Anda todos están en primer plano porque, además, no son voces cualquiera. Es un coro de lujo, conformado por los habituales de la farra: Betsayda Machado, de la Parranda El Clavo, Ana Isabel Domínguez, César Gómez, Williams Mora y las dos extremidades del dúo Pomarrosa, Marina Bravo y Zeneida Rodríguez. A ellos se suman invitados como Mariana y Ángel Ricardo Gómez, Nereida Machado y Ricardo Mendoza.

Aquiles Báez, uno de esos artistas que no paran de crear y de los que quizá es más numerosa la obra que permanece inédita, fue sumando nuevos números al repertorio. De su inspiración surgieron nueve de las 11 pistas que conforman el álbum, entre ellas Kapital, una parranda que ironiza a partir de la ambición por el dinero y las dificultades para conseguirlo en un país con enormes problemas económicos. El propio guitarrista toma la voz cantante y dice: No es rico ni acaudalado, ni empresario-inversionista/ todo el que roba dinero y se la da de socialista.

Báez escribió El sol del lago, una gaita de tambora con intro de tambores afrovenezolanos dedicada a San Benito; El pimentón, una oda a golpe de parranda a ese vegetal verde o colorado omnipresente en los guisos criollos; un merengue caraqueño humorístico llamado El cochino, que discurre sobre la vieja costumbre del cochinito de los aguinaldos; y Suenan las campanas, una parranda con un beat más acelerado para bailar en familia y celebrar el nacimiento del Niño Dios. Es un tema ideal para la medianoche del 24 de diciembre, una banda sonora que va bien con el ponche crema, el pernil, las hallacas y el pan de jamón. Pero ocurre que, a esta hora de nuestra historia, tan accidentada y dolorosa, con tanta penuria y tantos venezolanos desperdigados por el mundo, trae consigo una carga de añoranza y nostalgia ineludible.   

La música de Cielo de diciembre es impecable, como es de esperarse en un trabajo de Báez, experimentado compositor, arreglista y productor. Si en directo la fiesta suele nutrirse de la chispa humorística, la improvisación y la interacción entre un público y una audiencia que suelen ignorar la línea que los separa, en el álbum salen de relieve sus delicados arreglos. Báez, además de cantar algunas estrofas, arregló, dirigió, grabó cuatros y, por supuesto, tocó a su compañera inseparable: la guitarra. Se apoyó, en la base, del baterista Adolfo Herrera, el bajista Carlos Rodríguez y los percusionistas Jorge Villarroel y Julio Alcocer. A ellos se sumaron el trompetista Roderick Alvarado, el trombonista Joel Martínez y los saxofonistas Frank Haslam, Glen Tomasi y Léster Paredes.

A sus creaciones, Aquiles agregó dos joyas que hacen más heterogénea la gama de ritmos del disco: María del aire, una pieza con aire de tamunangue dedicada a la virgen de todos, a la María omnipresente, obra de Ignacio Izcaray; y La elegida, una gaita clásica y sabrosa de Renato Aguirre que es una plegaria a la Virgen de la Chiquinquirá.

En la mitad del recorrido aparece, como una maestra de ceremonia, La Sra. Parra Anda, una parranda —obviamente— con arreglos de metales, que funciona como un perfil del personaje que son todos los involucrados en el álbum y, al mismo tiempo, no es nadie. Es bailadora pero también quejona. Anda en bicicleta, le encanta un tambor, come bastante parrilla y detesta el reguetón. No es sifrina, es “burda de hippie” y se la pasa en Facebook. Es popular y hasta la quieren de alcaldesa. Pero es, sobre todo, muy venezolana. La Sra. Parra Anda cree en Venezuela y ese es un mensaje que aparece por cada rincón de una obra que es la recreación de sus fiestas.

De ellase desprende otro tema que enfatiza el optimismo, por si a alguien no le queda claro el mensaje. Se llama El futuro es la esperanza y es una invitación a no abandonar la tierra que nos es propia. Es como una arenga introspectiva. Como esas cosas que decimos a otros para, en el fondo, convencernos a nosotros mismos.

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Publicado original en Guatacanights.com el 19 de noviembre de 2020

Compasses encara la música tradicional venezolana como lo haría una banda de rock progresivo. Se apropia de sus formas para luego deconstruirlas. Absorbe sus melodías para reinterpretarlas. Sotavento, su segundo álbum, fue un atrevimiento con altísimas probabilidades de generar una catástrofe de 40 minutos. Pero el resultado fue lo contrario. La obra es un testimonio de cuánto más se puede hacer a partir de los sonidos de raíz folclórica y de hasta dónde pueden ensancharse las fronteras del país sin olvidar su vértice.

El patillero, primera pista del álbum, es una declaración de principios. Un joropo recio, pero enrrevesado; repleto de transiciones, recortes, muy complejo en ritmo y armonía, pero sabroso al fin. Desde el segundo 1, el ensamble muestra sus colores como diciendo: Áquí no se vino a jugar carritos. Un arpa desatada avanza de la mano de un cuatro agresivo, que suele bailar con las maracas. Un bajo de seis cuerdas hace y deshace; marca el ritmo, pero se suma en ciertas frases, colorea, genera un ambiente. Todos suman y destacan. Es una coreografía de dedos y uñas con intención llanera pero trasfondo urbano.

La agrupación había mostrado su calidad en Acoustic Play (2015), compacto que llevaba una suerte de slogan en la tapa —World music made in Venezuela—, pero a ese álbum debut no le hicieron justicia ni el título ni el arte. El contenido musical no se reflejó en el ropaje.

El nombre de la agrupación no remite únicamente al compás en el pentagrama o a ese útil que llevábamos en la cartuchera del colegio para crear círculos perfectos. También evoca la brújula del marino. Ahí cobra más sentido lo de Sotavento, término náutico para referirse al lugar hacia el que corre el viento. 

—Es la nueva dirección de la música venezolana que estamos haciendo —me dice Alis Cruces, el cuatrista.

A la primera oída, queda claro que Compasses no tiene una extremidad débil. Cada integrante es un referente de su instrumento. Todos han deslumbrado, en algún momento, a los jurados de los festivales de Joropo de Villacencio, Colombia, y de El Silbón, en Venezuela. Alis Cruces —también ganador de La Siembra del Cuatro en 2017— ha sido Mejor Cuatrista en ambos certámenes. Andrés Ortiz, Mejor Maraquero. El joven Nelson Echandía, Mejor Bajista. Y el arpista Eduard Jímenez, que sí ganó el premio como instrumentista en el Festival El Silbón en dos ocasiones, en el de Villavicencio se llevó otro a la Mejor Obra Inédita. Porque los muchachos también son compositores.

En Sotavento participan invitados de lujo. En Perlas, autoría de Carlos Suárez, se sumaron el udu de Leo Vargas, la percusión de Yonathan Gavidia y la voz de Hana Kobayashi, que no transporta letras sino que tararea una melodía dulce. Gavidia y Kobayashi también colaboran en un tema divertidísimo del bajista Nelson Echandía (autor de varios) llamado Achill, marcado por el sonido del steel pan de Jonathan Scale, que dialoga con el arpa de Jiménez.   

La cuerda floja es un merengue caraqueño elegante, realzado por el piano de Baden Goyo, el violín de Eddy Marcano y el clarinete de Oswaldo Graterol; y Odalis, una suerte de samba brasileña escrita por Alis Cruces, tocada junto al flautista Eric Chacón y al cuatrista Miguel Siso. Por venezuela es una gaita zuliana armoniosa y vanguardista, con arreglos de cuerdas de Trino Jiménez y solos de guitarra eléctrica de Daniel Bustillos, mientras que Dchan es una pieza de fusión que pone de relieve la batería de Andrés Briceño y la flauta y el saxo de Fernando Fuenmayor. Y Briceño sigue presente en Entre amigos, donde aparece, como un animal exótico, la gaita de Anxo Lorenzo, que trae a la mezcla un ingrediente celta inesperado.

La obra recorre el llano, Caracas y Maracaibo. Luego vira el timón hacía Angostura y después hacia Oriente. Como para dejar clara la bitácora, cada dos o tres canciones, se inserta un descanso con remembranzas poéticas. A veces habla una voz masculina, como la de Emilio Lovera, quien escribió sus propias líneas. Y a veces una femenina, como la de la locutora Génesis Rivas, quien leyó unos versos del Pollo Sifontes, autor, por cierto, de Auristela del Orinoco, un pasaje en el que destaca la mandolina de Jorge Torres.

Cada una de esas estancias poéticas entre canciones es una oda a cada región, como la leyenda de una postal que va llegando desde cada destino del viaje. Así, hasta cerrar con Carretera, de Aldemaro Romero, cantada por Marcial Istúriz.  

Alis Cruces es de Güigüe, pueblo ubicado al sur del Lago de Valencia, Carabobo (quizá el único en el mundo con doble diéresis). Nelson Echandía y Andrés Ortiz son de San Carlos. Y Eduard Jiménez, de Maracay. Todos viajaron durante 2019, en varias pautas, a Audioplace Estudios en Caracas para encontrarse con Jean Sánchez, productor del disco, y aprovechar al máximo el tiempo en la sala de grabación.

Sotavento, el resultado de esas sesiones, con portada de Rubén Darío Moreno, llegó a las plataformas digitales en plena crisis del Covid-19. Confinados, celebraron la nominación a los Latin Grammys al Mejor Álbum Instrumental, misma categoría en la que Miguel Siso, uno de sus invitados, ganó en 2018.

El reconocimiento en esa gran fiesta del negocio musical latinoamericano se suma a un palmarés respetable para esta agrupación fundada en septiembre de 2011. Compasses, que estuvo en el ciclo Noches de Guataca Valencia en 2015 y que ha tocado en países como El Líbano, China y Australia, ha sido una de las joyas más brillantes del ambiente de los festivales joroperos colombo-venezolanos de esta década que termina. Ha ganado el primer premio en El Silbón, en los festivales San Martín de Los Llanos, El Araucano de La Frontera y El Retorno, y ha obtenido el segundo puesto en Villavicencio.

Además de Jean Sánchez, ingeniero ganador del Latin Grammy 2014, junto a un grupo de colegas, por el álbum De Repente del Pollo Brito y C4 Trío, en el equipo técnico responsable de Sotavento estuvo, en la mezcla, Darío Peñaloza, un denominador común en buena parte de los trabajos venezolanos reconocidos —postulados o ganadores— por la Academia Latina de la Grabación. El progreso musical venezolano se ha cristalizado a la par de la profesionalización de los técnicos de sonido, piezas fundamentales del proceso; editores, intépretes, vehículos del arte musical.

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 11 de noviembre de 2020

No podría llevar mejor título. Cantos de miel y romero, el álbum de Andrea Paola, se escucha como quien aspira vapores curativos. Son canciones que parecen infusiones, bálsamos, cuyas melodías dulces caminan sobre una instrumentación orgánica como lo son los árboles, el rocío nocturno o el canto de los pájaros.

La obra, inspirada en elementos de raíz venezolanos y latinomericanos, supone un oasis. Es abismal el contraste entre el contexto en el que se publica, estresante, complejo, asfixiante; y la calma que se respira en la morada que ha construido la artista a partir de su música. Allá, lejos, está el caos de la vida urbana, el virus, la violencia, la rabia. Acá, en forma de sonidos, aguarda un refugio donde sólo se admiten la tranquilidad, la candidez, las sonrisas… y quizá un poco de nostalgia.

La voz de Andrea Paola surge abrazada por un trío que conforman el mandolinista Jorge Torres, el bajista Edwin Arellano y el maestro percusionista Carlos “Nené” Quintero, más constantes intervenciones del clarinetista Williams Mora. Son ellos los que le inyectan sabor al merengue caraqueño Para ti, autoría de la cantante, que además escribió otras dos: Una pieza entrañable llamada Mi atardecer, grabada a dúo con el gurú y guitarrista Aquiles Báez; y Miel y romero, que se vale de un ritmo costeño de tambores acentuado por un experto en la materia: Yonathan “Morocho” Gavidia.

La artista, que comparte un proyecto paralelo con Jorge Torres llamado Torre de Grillos, interpretó dos canciones tiernas de colegas que admira y las hizo pasar por el filtro conceptual de su obra, que es toda orgánica, diáfana, armoniosa. De la cantautora colombiana Marta Gómez, escogió Ritualitos, en la que sumó un epílogo en forma de estribillo oriental. Además, Gómez participó en la grabación de Astromelias, donde también destaca la cantante Ana Cecilia Loyo y la propia compositora del tema, Amaranta. Las cuatro voces se entrelazan en una artesanía sonora que se parece mucho a un sueño feliz.

Junto a los temas propios y las creaciones de sus contemporáneas, se cuelan números de autores consagrados. Un poema de Vicente Gerbasi, musicalizado por ella, escarba entre las emociones que residen en pequeñas imágenes cotidianas: El acto simple de la araña que teje una estrella en la penumbra./ La mano que resbala por la espalda tibia del caballo./ El olor sideral de la flor del café, el sabor azul de la vainilla… me detienen en el fondo del día.

Se le suman una versión selvática de Sueños de una niña grande, de Aldemaro Romero; y otra, ensoñadora, de Marta, la Lagarta, de Henry Martínez. También suena una simpática y vieja pieza de Luis Mariano Rivera, El mango, en la que se defiende a la fruta criolla a ritmo de merengue oriental: Que a una dama delicada comer mango es indecente/ porque le ensucia las manos y hebras deja entre sus dientes./ Amigo, esa no es razón… Si el mango fuera importado, le aseguro lo comiera sin tomar ese cuidado.

Cuando yo quiera casarme, un track cortito —2 minutos y 13 segundos— con una recopilación de versos que hizo el gran Vicente Emilio Sojo, nos recuerda, por su acento gracioso y su jovial picardía, que Andrea Paola Márquez es la creadora de Mi juguete es canción, un espectáculo devenido en álbum, dirigido a público infantil, que rinde homenaje a grandes personajes de la cultura venezolana como María Rodríguez, Simón Díaz, Conny Méndez, Otilio Galíndez y otros. 

Mucho ocurrió desde los días en los que estas 10 canciones fueron grabadas hasta que finalmente se hicieron públicas. Entre otras cosas, la productora y maestra de canto, que fue integrante del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela y que ha participado en álbumes como el Homenaje Gualberto Ibarreto (Guataca, 2016), protagonizó el episodio 8 de la serie de videos caseros publicados a través del canal de Youtube de Guataca, Estación Guataca, en el que presentó una canción inédita de su autoría llamada Nuestro canto.

Cuando más los necesitamos, cerca del cierre del mundialmente convulsionado 2020, nos llegan estos Cantos de miel y romero que antes pasaron por las cónsolas de mezclas del ingeniero Vladimir Quintero. La producción, a cargo de la protagonista junto al virtuoso Jorge Torres y a Kumaco Producciones, está en Deezer, Spotify, iTunes, Youtube y Amazon. Es cuestión de escoger una de las plataformas y servírsela, como infusión, en una taza de peltre.  

Eric Chacón y Tony Succar: Venezuela y Perú en sonidos

Eric Chacón y Tony Succar: Venezuela y Perú en sonidos

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 19 de octubre de 2020

Apenas Eric Chacón llegó a Miami, consiguió su primer gig. No había deshecho maletas ese 16 de diciembre de 2017, una época en la que los buenos instrumentistas suelen tener las agendas copadas, y Tony Succar, el joven percusionista peruano al que conocía por su ambicioso proyecto de vestir de latinidad los hits de Michael Jackson, necesitaba un saxofonista suplente para una presentación de su Mixtura Band. Chacón y Succar prácticamente se conocieron en el escenario. De la afinidad musical y la buena onda se nutrió un vínculo que cobró forma de disco.

Mestizo (2020), el álbum que produjeron Chacón y Succar, baña de venezolanidad joyas peruanas y viceversa. Lleva y trae elementos de raíz tradicional entre ambos países. Los sonidos se encuentran en un punto etéreo a medio camino, en un lugar que no es rastreable desde Google Maps.

Succar, quien se llevó dos Latin Grammys de los cinco a los que estuvo postulado en la ceremonia de 2019, ha estado muy rodeado de artistas de Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, Perú y, sobre todo, Venezuela, empezando por el proyecto Raíces Jazz Orchestra que dirige el saxofonista Pablo Gil. Allí participa gente como el bajista Rodner Padilla, el baterista Adolfo Herrera, el guitarrista Hugo Fuguet, pianistas como Silvano Monasterios y Leo Blanco, y una robusta sección de metales con muchos jóvenes formados en el Sistema de Orquestas. Requeriría una cuartilla mencionarlos a todos.

Tras aquel primer show en Wynwood, distrito artístico de Miami, Succar asistió a un recital de Pablo Gil en el bar Ball & Chain de la emblemática Calle 8, la Little Havana. Esa noche vio/escuchó que Chacón no sólo tocaba el saxo sino que era un gran flautista. El solo que hizo le gustó tanto que pidió su número y lo llamó más tarde para colaborar en una canción navideña al estilo peruano en la que estaba trabajando.

Hubo más encuentros, más presentaciones, incluso parrandas de esas en las que se gestan ideas musicales sin buscarlo, entre tragos y anécdotas. Chacón se sumó a la imponente Raíces Jazz Orchestra. Y un día, previendo que Jorge Glem iba de visita a Miami, le lanzó una propuesta a Succar como quien no quiere la cosa: “Vamos a aprovechar que viene el monstruo este y grabamos algo”.

Escogieron El alacrán (Ulises Acosta), una canción venezolana que Chacón había trabajado con Glem en el pasado y que había incluido en su álbum Choroní (2008). Sumaron al contrabajista zuliano Elvis Martínez y a uno de los más grandes maraqueros, Juan Ernesto Laya, Layita para los amigos, conocido por su trabajo con el Ensamble Gurrufío. Las maracas de Layita y el cajón peruano de Succar se entremezclaron magistralmente. El resultado superó las expectativas de todos, a tal punto que lo que habían planteado como un single llevó a la pregunta: ¿Y qué tal si hacemos un disco entero?

Comenzó un toma y dame. Succar quería responderle a El alacrán con algo peruano. Una tú, una yo. Así se fue configurando un álbum que refleja la armonía de ese diálogo musical, intervenido por muchos amigos e instrumentistas talentosos. Un diálogo en el que a veces Eric hablaba desde la flauta y a veces desde el saxo soprano.

Gerardo Chacón, padre de Eric y del trompetista Chipi Chacón —quien también fue parte de la grabación—, es antes que eso un gran músico, bajista y productor. Su aporte en la obra fue fundamental porque se encargó de los arreglos y es autor de algunas de las canciones. Él escribió un festejo peruano, especialmente para la ocasión, al que llamó Tonada de Succar. Y a esa sumó El vals de las nietas, dedicado a las hijas de Eric y Chipi.   

En la lista incluyeron tres piezas —cantadas— ineludibles del cancionero latinoamericano. Invitaron a Luis Fernando Borjas (Guaco) para cantar un Moliendo café bien contemporáneo. De Chabuca Granda, escogieron dos temas sublimes. El primero, Cardo o ceniza, coloreado por el carácter de la guitarra del peruano Tito Manrique y un sedoso arreglo vocal de Linda Briceño. El otro, que es prácticamente un himno, La flor de canela, interpretado por el colombiano Chabuco, que curiosamente debe su nombre a la gran compositora. Es un vals peruano, pero acá pareciera rociado con algo de onda nueva. Ambos contaron con los dedos de Agustín Espina, actual tecladista de Los Amigos Invisibles.

Una pista interesantísima llamada Patanemo flamenco, en la que colaboran el pianista Gabriel Chakarji y el percusionista Yonathan “Morocho” Gavidia, propone el encuentro entre un golpe de las costas carabobeñas y especies del Perú, todo cruzado por la influencia española que le es común a ambos países. Allí se remarca el mensaje del mestizaje acorde con el título, la carátula, el arte. 

También rescataron dos viejas canciones de Gerardo Chacón, quien tocó el bajo cuando no lo hizo Elvis Martínez, Rodner Padilla o Gustavo Carucí. Layazz es un tema libre, una fusión rítmicamente enrevesada, escrita pensando en esos repiques endemoniados que hace Layita con sus maracas. Fue editada originalmente en Suena maraquero, un álbum que Laya editó como solista en 2009. También rehicieron Caribe Vals, una pieza grabada alguna vez por el saxofonista Víctor Cuica, que se mueve entre un vals romántico y una salsa, como quien pone un pie en la tradición suramericana y el otro una en una pista de baile al sur de la Florida, en ese epicentro cultural que es terreno fértil para obras como Mestizo.

Los pies descalzos de Cesária Évora por Caracas

Los pies descalzos de Cesária Évora por Caracas

Originalmente publicada el 27 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

La artista luce inquieta. Responde corto, sin ganas. Su mente pareciera en otro lugar, y no en Caracas, donde cantará mañana por primera vez. La traductora, una rubia que vino con ella, infla sus respuestas. Cuando dice un par de cosas en crioluo caboverdiano, la intérprete elabora una extensa reflexión en castellano. Nadie se fía del contenido, salvo cuando manifiesta un deseo que baja de manera abrupta el telón de la rueda de prensa: “Necesito fumar”.

Las dos palabras vencen la brecha idiomática y se vuelven tinta en las libretas de notas de los reporteros que la recibieron en una sala del Hotel Meliá. Con cierta prisa, supera la distancia que la separa del tabaco y el fuego. En el camino, regala un par de firmas que son casi garabatos. Es su nombre de pila en una caligrafía infantil. El arte de Cezi —así la llaman sus amigos y familiares— es natural; y ahí, en esa naturalidad intacta, radica el exotismo que le resultó tan atractivo al resto del mundo. Cesária Évora es una Antártida del canto. Un territorio puro, inexplorado, genuino.

Ayer debió volar seis horas desde la africana Isla de Sal hasta París y otras 10 para cruzar el Atlántico y aterrizar en El Caribe. Es su primera visita a Venezuela, país que le abrió las puertas de su sala más importante. Parece irreal, pero los afiches lo confirman: Cesária Évora en concierto. Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. 29 de mayo de 2009.

“No tenía intenciones reales de salir de casa cuando cantaba para los marineros extranjeros que pasaban por el puerto —me cuenta Évora, menos ansiosa y en exclusiva, entre bocanadas—. Mindelo era un puerto muy movido, y quienes me escuchaban me animaban a continuar porque parecían encantados con mi música. Esto de ser una cantante internacional era apenas un sueño, más nada”.

Menuda, cachetona, con un afro corto en lugar de los dreadlocks de hace unos años, luce fuera de lugar, abrumada por el contexto lujoso. Tarde, muy tarde, llegó esta vida de entrevistas, autógrafos, servicios cinco estrellas y largos viajes. Ya tenía casi 50 años cuando su voz llegó a unos oídos que se convirtieron en catapulta.

De cantar en tugurios de su país, pasó a recibir abrazos de Madonna y a compartir tarimas y estudios de grabación con personajes como los brasileños Caetano Veloso y Marisa Montes, los cubanos Chucho Valdés y Compay Segundo y las estadounidenses Bonnie Raitt y Erykah Badu. La prensa, al hablar de ella, comenzó a evocar en el mismo párrafo a Edith Piaf y Billie Holliday, ni más ni menos, porque percibieron en su voz un ingrediente mágico y atemporal.

A esas dos leyendas las menciona entre sus principales referencias en su encuentro con la prensa venezolana. Habla de Julio Iglesias, Charles Aznavour y Nat King Cole, cantantes que escucha en su tiempo libre. Y comenta que le gusta mucho la música brasileña porque se parece a los ritmos de su tierra, “pero más alegres”.

El canto la acompañó desde pequeña, como una pizca de azúcar en tiempos muy amargos. Tras la muerte de su padre, Faustino, que tocaba el cavaquinho y el violín, llegó a un orfanato católico que le permitió actuar en la iglesia del pueblo. Más tarde, se enamoró de un guitarrista y, juntos, se buscaron la vida presentándose en bares o subiéndose a barcos para amenizar veladas a cambio de monedas, o acaso a modo de trueque: música por licor.

Évora ya había cantado muchísimo cuando la escuchó José Da Silva, un ferroviario que se convirtió en su productor. Así como Leslie Kong le abrió las puertas del mundo a Bob Marley, a Da Silva es necesario darle crédito por Évora. Sin él, no hubiera grabado en 1988 —a sus 47 años edad— su primer álbum con título en francés, La diva aux pieds nus (La diva de los pies descalzos).

Apoyada en la distribución de discos conmovedores como Mar azul (1991) y Miss Perfumado (1992), su fama creció vertiginosamente. El nuevo milenio la sorprendió de gira por los cinco continentes. En 2004, la Academia de la Grabación estadounidense premió su trabajo Voz D’Amour con un Grammy al Mejor Álbum Contemporáneo de World Music. En 2009, año de esta única visita a Venezuela, recibió de manos del presidente Nicolás Sarkozy la Legión de Honor de Francia.

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“Mi voz le gusta a gente de todos los pueblos, y eso abrió el camino a otros artistas. En Estados Unidos me dieron reconocimiento, a pesar de venir de un país pequeño como Cabo Verde. Para mí, caminar por esa tarima para buscar el Grammy fue una cosa muy importante”, dice la artista. No importa cuál fue la pregunta que le hice. Ella quería decir eso, y ahí está, lo dijo.

Lo de world music la tiene sin cuidado. “La música es la música”, repite. Y mucha razón tiene. World music es un término anglosajón en el que generalmente cabe todo lo autóctono, lo folk que no es folk de Estados Unidos; todo lo que le resulta raro y mestizo a los taxónomos musicales estadounidenses.

Lo de ella es la morna, una melancólica prima africana del fado portugués, que a oídos suramericanos suena como una especie de samba brasileña lenta. También suele cantar sobre un ritmo más movido y colorido, que invita al baile y es vehículo de letras pícaras, llamado coladera. Esas dos son las especies que esta embajadora del Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha mostrado al mundo.

Cabo Verde está conformado por un archipiélago volcánico en el océano Atlántico a unos 500 kilómetros de las costas de Guinea, Mauritania y Senegal, muy cerca de la Isla de Gorea, principal centro de reunión de esclavos que eran llevados a América entre los siglos XVI y XIX. Cabo Verde ha estado marcado por aplastantes condiciones climáticas y prolongadas sequías que han generado hambruna y, por tanto, un éxodo multitudinario. En ese país, que dejó de ser colonia portuguesa en 1975 tras cinco siglos de dominación, vive un poco más de medio millón de personas (dato de 2020). El resto de los caboverdianos, que supera el millón, ha migrado.

Évora, la máxima figura caboverdiana —desde luego, más famosa que todos los presidentes juntos—, declaró que en su infancia y juventud no se le permitía caminar por las aceras a quien no tuviera zapatos y que, como un gesto de rebeldía contra eso, decidió descalzarse en tarima. De ahí, el mote: La diva de los pies descalzos.

Cuando le hacen la misma pregunta en la rueda de prensa del Meliá, no ofrece esta respuesta cargada de emotividad y simbolismo que todos hubiesen usado para abrir sus notas. “Canto descalza porque no me gustan los zapatos”, sentencia. El intercambio funciona así, con largas interrogantes respondidas con monosílabos y frases escuetas. Si antes había dicho que comenzó a cantar para ahuyentar la tristeza, en Venezuela, ¿por qué canta? Porque sí.

“Si los políticos quieren escuchar el mensaje (de mi música), es problema de ellos. Son mensajes de paz y de derechos humanos, de amor”, expresa, mientras le hace señas a los organizadores para que la ayuden a levantarse de la silla.

Lo que expele Évora es una antipatía poco arrogante. Pareciera más bien la honestidad implacable de una niña con sueño. Una niña —camino a los 70 años de vida— que dice lo que piensa, que está cansada, sin ánimos de charlar. Cuando le preguntan si quiere comer, voltea, asiente y ahí sí esboza una sonrisa socarrona, como si le estuviesen ofreciendo una barquilla de chocolate.

***

El público venezolano está acostumbrado a escuchar la palabra ‘chévere’ en boca de cualquier invitado extranjero. Lo celebra, aunque sospeche demagogia. Le agrada recibir besos y que lo llamen por su nombre.  Buenas noches, Caracas. Hola, Venezuela. ¿Qué pasó, chamos? ¿Cómo están mis panas? Metérselo al bolsillo es facilísimo. Le encanta escuchar chistes o captar guiños musicales a Simón Díaz, oírle decir al visitante que se comió una reina pepiada o que se aprendió un fragmento del Alma Llanera. Le gusta que le sonrían, que le bailen y le piquen el ojo. De todos esos recursos de fácil seducción, Cesária Évora no usó ninguno.

Todos están cautivados por ella antes de entrar a la sala Ríos Reyna. Todos llegan tarareando “Bésame mucho” pensando en la voz de la caboverdiana. Convencerlos cuesta apenas una caricia. Una caricia que Évora esta noche no tiene ganas de dar.

Una vez que el trío instrumental The Bongo Project calienta la atmósfera, sale el septeto, con violín, cavaquihno y saxo, y todos se levantan de sus asientos. Caminando sobre un ritmo alegre, descalza como siempre, entra en escena la estrella de la noche, la Reina de la Morna, la diva de Cabo Verde, sin mirar al público ni a los músicos. Da varios pasos sin prisa, se detiene frente al micrófono y comienza.

Abre con “Vaquinha Mansa” y sigue con “Cize”. La primera de Gregório Gonçalves, la segunda de Morgadihno; ambos cultores caboverdianos cuyas piezas conoce desde que era adolescente. Las dos, por cierto, fueron incluidas en Radio Mindelo: early recordings (2008), un recopilatorio antológico de grabaciones artesanales que la cantante hizo de jovencita a principios de los años 60, un registro de su voz en su estado más nítido y potente.

El público la escucha atento pero no frenético. Aplaude entre canciones pero no se levanta del asiento. Ella le rinde homenaje a los artistas del rincón del mundo del que viene. Interpreta “Sodade”, de Luis Morais, líder de la agrupación folclórica Voz de Cabo Verde; canta “Petit pays” de Nando da Cruz, y “Angola” de Ramiro Mendes; y también, por supuesto, recuerda a Francisco Xavier da Cruz, mejor conocido como B. Leza, artista de su natal Mindelo que fue fundamental en su silvestre proceso de formación.

Las canciones van de la morna a la coladera, de la melancolía a la fiesta. Por momentos, se inspira —o así parece—, pero avanza como si estuviera en un estudio cantando sola, inconsciente de que hay un público frente a ella. En una pieza instrumental, aprovecha para hacer una pausa y sentarse sobre la plataforma de la percusión, en el centro de todo, a fumar un cigarrillo y tomar algo. Parece la abuela cansada que vigila a sus nietos mientras juegan.

El ambiente cambia ligeramente en “Carnaval de Sao Vicente”, himno de fiesta popular de su provincia. Mientras se mueve y sonríe, mira hacia el público y lo invita a pararse y bailar. Pocos atienden la invitación.

Algunos espontáneos aprovechan los silencios para hacer peticiones y ella les responde: “No está en el programa”. En la salida en falso, muchos salen de la sala decepcionados por su frialdad. Pero ella vuelve, a ponerle fin a una noche de sentimientos encontrados.

“¡Si no me besas no me voy!”, grita un hombre atrevido sentado en las primeras filas. La artista lo oye y lo complace. Canta “Bésame mucho”, la joya de la mexicana Consuelo Velásquez. Después le lanza un beso, el único de la noche. El beso de una niña que está feliz porque terminó de hacer la tarea.

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Originalmente publicada el 19 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

Pacho Flores irrumpe abrumado por la inmensidad del llano. Va atando tonadas con sutileza como quien tararea retazos de melodías que lleva guardadas en la memoria desde siempre. Cantos y revueltas (2019), su obra para trompeta, piano, cuatro y orquesta estrenada en El Palacio de la Ópera de La Coruña, España, es una invocación a la raíz venezolana desde la nostalgia. Es un guiño a su lugar de origen, preservando el desparpajo de lo tradicional pero partiendo de la rigurosidad del mundo académico.

Flores, considerado uno de los mejores trompetistas clásicos del mundo, construye un cordón imaginario. Para oídos foráneos, la pieza puede ser una gema exótica, imponente como un monumento natural; un horizonte de verdes y azules que neutralizan la soberbia. Para oídos venezolanos, puede ser más. Cantos y revueltas lleva consigo una carga de añoranza combinada con la esperanza de un mejor futuro que es difícil evadir.

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A la trompeta, que representa al individuo, la abraza la orquesta —en este caso la Real Filharmónica de Galicia—, que sería la naturaleza. La batuta está en manos de Manuel Hernández-Silva, un caraqueño formado en Viena, titular de las sinfónicas de Málaga y Navarra, y antes de la Córdoba, todo esto en España. Un artista que ha sido invitado a dirigir algunas de las mejores orquestas de América, Europa y Asia, y que, en Venezuela, ha estado al frente de la Sinfónica de Venezuela, la Simón Bolívar y la Sinfónica Municipal de Caracas.

Flores emite una melodía de Simón Díaz, un fragmento de la Tonada de luna llena, y de pronto arranca un joropo que es como un caballo llevando a la audiencia en un recorrido melodioso de altibajos y agridulces.

Leo Rondón, uno de los cuatristas destacados de estos tiempos, acentúa la venezolanidad, indica la ruta, señala los atajos hacia lo vernáculo. Sus cuerdas de nylon adquieren protagonismo, primero en un guiño al omnipresente Pajarillo, y después, en una transición en la que se queda solo, simula ritmos del Caribe, recorre el diapasón, se regodea en las posibilidades de su instrumento y se pasea por la geografía a través de golpes diferentes de joropo, hasta que se le suman unas maracas y la trompeta de Pacho. Por momentos, la audiencia y los músicos de la orquesta son testigos de un episodio de desparpajo venezolanísimo allí, en medio de una cita solemne, clásica, formal.

El trompetista tachirense, tal como lo hace al inicio, vuelve a cantar solo. Dibuja la serenidad de la tarde con una expresividad poco común en su instrumento. A su llamado van incorporándose paulatinamente el cuatro, las cuerdas, creciendo en intensidad y robustez, hasta culminar en el tope de una montaña. La ovación retumba en los parlantes.

Hasta el párrafo anterior me he referido a los 18 minutos de Cantos y revueltas, la pieza lomito del recital. Pero el álbum del mismo nombre, editado por el prestigioso sello alemán Deustche Grammophon, contiene también el Concerto para corno da caccia de Johann Baptist Georg Neruda, las Bachianas Brasileiras Nº 5 de Heitor Villa-Lobos, la pieza Invierno Porteño de Ástor Piazzolla e, incluso, un arreglo del vertiginoso El Diablo suelto, de Heraclio Hernández.

Formado en el Sistema de Orquestas, Francisco “Pacho” Flores (San Cristóbal, 1981) se reveló desde muy joven como un prodigio de la trompeta. Los premios más codiciados para solistas de su instrumento, primero el Maurice André y luego el Philip Jones y el Cittá di Porcia, no hicieron sino confirmar esa sospecha.

Cuando su carrera en el mundo clásico comenzaba a despegar y ya era artista de la casa de trompetas Stomvi, Pacho decidió aventurarse en un proyecto de música folclórica para abordar algunas de esos géneros que lo había acompañado desde su infancia. La trompeta venezolana (2009), álbum que lleva el sello de Guataca, retó a Flores, acompañado por Jorge Glem (cuatro), Roberto Koch (contrabajo) y Manuel Rangel (maracas), a pasearse por valses y merengues venezolanos, con invitados como el tenor Aquiles Machado y el vibrafonista Alfredo Naranjo.

Una vez que cumplió su capricho, habiendo firmado como artista exclusivo de la Deustche Grammphon —primer solista latinoamericano en hacerlo—, grabó Cantar (2013) con la Konzerthaus Orchester Berlin y Christian Vásquez; editó Entropía (2017), premiado con la Medalla de Oro en los Global Music Awards 2017; lanzó Fractales (2018) con la Arctic Philharmonic bajo la dirección de Christian Lindberg; e hizo Egregore+ (2020), el más reciente. Siempre se ha movido entre lo académico y lo popular, exhibiendo números venezolanos y explorando el cancionero latinoamericano.

En septiembre de 2019 estrenó el Concierto venezolano para trompeta y orquesta del maestro Paquito D’Rivera acompañado por el director orquestal mexicano Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería en una velada de lujo celebrada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. El resultado de la colaboración será llevado a formato disco por el sello alemán.

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Originalmente publicado en Guatacanights.com 29 de julio de 2020 

El jazz y la afrovenezolanidad brotan de los dedos de Gabriel Chakarji. La suya no es una propuesta jazzística a la que se agregue cierto exotismo cadencioso como quien le espolvorea una especie al plato, una vez que se cocinó, para hacerlo más interesante al paladar. La obra del pianista caraqueño es híbrida desde su mera concepción. De tanto empaparse de ellos, esos ritmos ancestrales dejaron de ser ornamento para incorporarse a la esencia.

New Beginning (2020) pasa en limpio el resultado de dos búsquedas paralelas, dos miradas al pasado para encarar su futuro. Por un lado, procura comprender a Thelonious Monk y a Bud Powell, incluso a Art Tatum, Fats Waller y James P. Johnson, llegar a Herbie Hancock y Bill Evans y seguir hacia adelante; entender las coyunturas, los quiebres de ese relato subyacente; y por otro, se enfoca en seguir las huellas de cultores de la afrovenezolanidad hasta alcanzar a Aquiles Báez y la contemporaneidad, estudiar el trabajo de pianistas como Otmaro Ruiz y Edward Simon y escudriñar a otros creadores que han transitado, a su manera, el mismo sendero.

—Se trata de combinar nuestra cultura con otras músicas que también amamos. La intención es expresar lo que soy en este momento.

El recorrido de 8 episodios está pensado como un recital. Comienza con la brasa bien ardiente, con casi todos los jugadores en la cancha. El título del primer tema, Mina/San Millán, delata de manera didáctica los dos golpes que componen la pieza. El piano dialoga con el saxo, a veces canta con él y luego le sirve una base para que tome el primer plano. Baila envuelto en tambores, acariciado por una voz que comienza tímidamente como una pincelada hasta que se vale del lenguaje por única vez en los 47 minutos y 26 segundos que dura el álbum para llamarlos a todos al ritual: ¡Loloeeee, fuego-candela, fuego-candela, candela-fuego!

La voz proviene de Carmela Ramírez, también presente en New Danza, la segunda pista. Es una gran cantante, que además es pareja de Gabriel. Con ella hizo la obra que sería el antecedente más directo de New Beginning. Vida (2016) fue concebida en otras circunstancias, en Caracas, específicamente en el Teatro Chacao, sin público y apoyados en el profesionalismo de los ingenieros Vladimir Quintero y Germán Landaeta. En aquel disco exprimieron el vocalise, un recurso expresivo, muy presente en obras de brasileños como Heitor Villa-Lobos o Hermeto Pascoal, en el que la voz no funge como vehículo de contenido lingüístico sino como un instrumento de viento. Y Carmela es como una flauta perfecta. Sublime.

Chakarji cita Perseida, una de las 12 canciones que hicieron juntos para Vida, como un claro ejemplo de la ruta que transitaría hasta llegar a nuevas composiciones como No me convence, que va de la relajación de una fiesta tradicional a la inconformidad del jazz. Enredadera, un tema suelto que lanzó en 2019, también sirvió abreboca.

Para la cuarta canción, los tambores se van y llega una Melodía de agradecimiento, que requiere de calma para manifestar su gratitud a la divinidad por los favores recibidos. Es su manera de decir gracias por este New Beginning, que por cierto es el título de la quinta pieza, ejemplo palpable de cómo lo afrovenezolano está presente incluso cuando no suenan los tambores.

—Cuando te vas a las raíces, encuentras dónde está el alma de esta música, y puedes ser más honesto desde cada lenguaje.

New Beginning es el primer fruto discográfico desde su residencia en Nueva York, ciudad a la que emigró en 2014 becado para estudiar en la New School. Confluyen sus experiencias académicas, su aprendizaje del jazz y su vida en Nueva York, al igual que sus roces con músicos de otras latitudes que traen a la mezcla sus propios bagajes.

Los percusionistas venezolanos Daniel Prim y Jeickov Vital representan en el disco —no oficialmente— al proyecto Venezuela In Motion, un colectivo de músicos venezolanos que le ofrecen a Nueva York un replanteamiento de tambores, joropos, merengues y otros géneros musicales venezolanos.

En su trío, cuyo sonido queda registrado en temas como Voices y Norte y Sur, a Chakarji lo acompañan el surcoreano Jongkuk Kim (batería) y el estadounidense de origen mexicano Edward Pérez (bajo), quien además participa en otro proyecto afroperuano con el que Gabriel ha colaborado.

El saxo del álbum lo grabó Morgan Guerin, un virtuoso que, aparte, es bajista de figuras como Esperanza Spalding. De la trompeta se encargó Adam O’Farrill, nieto de Chico O’Farrill e hijo de Arturo O’Farrill, una dinastía de músicos provenientes de Cuba que pertenecen a la historia del latin jazz; inmortalizados, por ejemplo, en el documental Calle 54 (2000) del cineasta español Fernando Trueba. Algo de ese mundo, en el que Gabriel también se ha movido, se coló en la creación de Montuno quince, la penúltima del disco. Y también está presente la impronta del saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, a quien cita como una de sus más potentes influencias.

Cuenta el pianista que la banda tocó las 8 piezas en Rockwood Music Hall, un bar del Lower East Side de Manhattan, un domingo por la noche, y al día siguiente entró al estudio a grabarlo todo en simultáneo, como impone la tradición jazzística.

Con New Beginning, Chakarji (Caracas, 1993), quien obtuvo una beca de producción de la Café Royal Cultural Foundation, se afianza en su recorrido, que comenzó de pequeño en el piano clásico y que, tras una pausa, continuó al descubrir la libertad del jazz. Aquel joven que participó en la Big Band Jazz Simón Bolívar, que trabó amistad y camaradería artística con Linda Briceño y subió a escenarios junto a C4 Trío, al Pollo Brito y otras glorias de su país, sigue fiel a la música que le ha permitido viajar, conocer, crecer… y volver a comenzar.