Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Publicado en Prodavinci.com

Es el show de David Letterman del 15 de octubre de 1980. Andy Kaufman entra con los aplausos. Despeinado, mal vestido, descuidado, un hilo de moco le cae por el bigote incipiente camino a la boca. Risas entrecortadas, risas indecisas, pero risas al fin. El público estadounidense está frente a una forma de humor que nunca ha experimentado. Este loco ha hecho cosas parecidas antes, pero siempre puede ir más lejos.

El presentador, desencajado como todos a quienes capta la cámara, procura una pizca de seriedad; trata de conversar con el humorista pero la charla no avanza. El invitado lo desconcierta. Desconcierta a todo el mundo cuando dice que renunció a Taxi, una exitosísima serie, y que no sabe si estará de nuevo en Saturday Night Live, programa ideal para los de su especie, en teoría. Letterman lo invita a hacer su número y él se va al centro, se sienta en un banquillo y comienza a hablar de su vida desgraciada. Algunos ríen pero él les pide que no lo hagan —¡es un comediante que le pide al público que no se ría!—. También ruega que le den algo de dinero porque está en la quiebra. Se va tras cámaras, se acerca a la audiencia, recoge algo de efectivo moviéndose entre las butacas y se marcha. Ovación.

Cuenta la leyenda que Andy Kaufman (Nueva York, 1949-1984) llevaba sus bromas hasta las últimas consecuencias. Cuando se inventó la disparatada Lucha Libre Intersexos y fue golpeado por un luchador profesional. Cuando leyó El Gran Gatsby en una presentación de stand up comedy. Cuando hizo que una señora fingiera un infarto en pleno show en el Carnegie Hall. Estos episodios, todos reseñados en la película biográfica Man on the moon (1999), correspondían a un humor que no era únicamente para reír. Era la comedia llevada al extremo, rozando el performance, buscando mover otros músculos que jamás mueven aquellos que no entienden de sarcasmos, ironías y absurdos.

Por supuesto que Jim Carrey lo tuvo en un pedestal desde la primera vez que lo vio en pantalla. Claro que se hizo su fan desde jovencito. Desde luego se identificó con él, más aún al conocer su historia personal. Así lo cuenta el actor canadiense en el documental Jim & Andy: The great beyond (Netflix), cuando se encuentra frente a frente con su yo de hace dos décadas. Su yo al que le tocó interpretar a su ídolo.

Aquel, un joven humorista superdotado, devenido en actor, que experimentaba la resaca de los primeros tragos a vaso lleno de fama y fortuna hollywoodense gracias a tres películas, todas taquilleras y memorables, lanzadas el mismo año 1994: Ace Ventura: Pet detective, Dumb and Dumber y The mask. El de ahora, un hombre de 55 años, barbudo, experimentado y… atormentado.

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Una cámara siguió a Jim Carrey durante todo el rodaje de Man on the moon. Mientras interactuaba con el resto del equipo en el área de catering. En su camerino. En el cuarto de maquillaje. Durante sus charlas con REM, agrupación que aportó dos grandes canciones a la banda sonora: una editada en 1992 y titulada “Man on the moon”, con varias alusiones a Andy Kaufman; y otra, “The great beyond”, hecha especialmente para el filme (ambas sonaron en el único show que ofrecieron en Venezuela en 2008).

La cinta siempre estaba en movimiento, registrando cada paso del actor; y esas imágenes permanecieron engavetadas en su oficina durante casi 20 años, hasta que en 2017 Spike Jonze (Her, Being John Malkovich, Adaptation), quien firmó como productor del documental, movió sus tentáculos para que fueran aprovechadas.

Para Jim Carrey no fue un papel más. Hacer de Andy Kaufman fue un trabajo que le cambió la vida. Una experiencia mística. Y también lo fue para el resto del equipo, que veía cómo Andy Kaufman había revivido en plena década de los 90. Que en lugar de llegar Carrey, cada día entraba al set un cuerpo que prácticamente había alojado a Kaufman, muerto prematuramente a sus 35 años de edad por un cáncer que lo consumió en cuestión de meses.

Danny De Vito, Tony Danza, Paul Giamatti. Todos miran a la cámara con cara de impresión. Qué extraño. Es exactamente como era él. Todo esto es surreal. Porque Jim Carrey nunca iba al rodaje. Iba solo Andy Kaufman. Siempre Andy Kaufman. Y había que referirse a él de esa manera y tratarlo como tal. Y como a él le hubiese encantado, Carrey llevó su nueva broma hasta el extremo, agotando la paciencia de Milos Forman, director de la película, quien en el fondo y a la postre agradeció el compromiso y ese ingrediente de demencia reencarnada que convirtió aquella película en un clásico instantáneo.

Jim & Andy: The great beyond no es un making of. Es un viaje introspectivo de un personaje que engulló a otro y, al hacerlo, descubrió una infinidad de cosas sobre sí mismo y acerca del oficio del actor, del humorista y del entertainer. ¿Existe otro caso en el cual el documental sobre la película sea tan relevante como la propia película? Antes de esta cinta, veíamos el monumento desde una perspectiva, como un mapa, bidimensional. Ahora, gracias a ella, podemos verlo como si lo sobrevoláramos en helicóptero, con todos sus relieves y complejidades. Ya una obra no puede entenderse completamente sin la otra.

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La omisión del apellido en el título del documental ha sido deliberada. La obra realmente se llama Jim & Andy: The great beyond, featuring a very special contractually obligated mention of Tony Clifton. ¿Y quién es Tony Clifton? Un personaje que se inventó Andy Kaufman y al cual protegió su independencia hasta la muerte. Siempre negó que fuera él quien, disfrazado, actuara como este crooner bigotudo, déspota, vicioso, desgarbado, putañero, alérgico a las duchas. Una estrella del mal gusto. Un frankenstein de lo políticamente incorrecto.

Andy Kaufman salvaguardó la veracidad de Tony Clifton a tal punto que hizo que su gran amigo y cómplice Bob Zmuda también lo reprodujera fielmente, de manera que él pudiera estar en un sitio y, en simultáneo, Tony Clifton, con vida propia, pudiera hacer algún escándalo en otro. ¿Ven que no soy yo?

El Sr. Clifton —es decir, Jim Carrey haciendo de Andy Kaufman haciendo de Tony Clifton—volvió para actuar as himself en la película, sacando de quicio a todos. Borracho, con una prostituta colgada de cada brazo, fumaba donde estaba prohibido, buscaba a Steven Spielberg en su casa para gritarle cuatro cosas sobre sus películas y reclamarle que no había hecho nada decente desde Tiburón, o se aparecía en una fiesta en la Mansión Playboy, de la que sería expulsado por la seguridad —mientras Jim Carrey se estaba comiendo una hamburguesa en otro lugar—. ¿Y cómo era posible tal cosa? Zmuda, otrora compañero de travesuras de Kaufman, también se había hecho cómplice de Carrey. Así, Tony Clifton pudo regresar con todo su decadente esplendor.

Para las últimas escenas, que retratan los días agónicos del cáncer y la búsqueda desesperada de una cura, Jim Carrey en la piel de Andy Kaufman, o Andy Kaufman en la piel de Jim Carrey, llegó al set calvo, pálido, deprimido. En una palabra, enfermo. Reprodujo las últimas líneas del guión. ¡Claqueta! Adiós.

Hubo un desfase en la agenda de trabajo de Carrey/Kaufman. La grabación del videoclip de la canción “The great beyond” de REM estaba pautada después de que culminara el rodaje del filme, y no antes, como hubiese querido el actor. Cuando llegó la fecha, la banda cumplió con la cita. Todo estaba listo para filmar. Luz, cámara… pero Carrey, el protagonista de la pieza, no llegaba. No llegó jamás, por una razón muy sencilla: Andy Kaufman había muerto por segunda vez.

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Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Texto concebido para Kurrentmusic.com

Es diciembre de 2012, vísperas de Navidad. Su mánager, su familia, casi todos le dicen que no lo haga. Tiene tiempo, dinero y ganas, pero le dicen: “Nat, no”. Ella ignora las advertencias, se sube a un avión y, sin protocolos, aparece risueña en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas para sorprender al público de Los Amigos Invisibles, amigos suyos, que tocan en casa.

No es una visita promocional, no suma nada metálico, no es estratégica para su casa disquera, pero ella, aún siendo una artista grande, muy exitosa dentro y fuera de México —el megamercado hispanoamericano—, quería. Por buena vibra, buena nota, porque sí, sirvió de apertura a la banda funk venezolana sin figurar en la promoción o los boletos para los shows, sin su banda ni ayudantes ni nada. Gustosamente, fue un suvenir, un estupendo regalo que el sexteto le ofreció a su audiencia.

Así es Natalia Lafourcade, una artista veracruzana que parece crecer de manera sostenida en todas las direcciones pero sobre todo hacia adentro. Si alguien apostó a su caducidad en los tiempos del boom que generó “En el 2000”, perdió. Perdió todo.

Contaba 20 añitos cuando irrumpió en la escena latinoamericana con aquel disco homónimo y canciones como “Te quiero dar” y “Elefantes”, que tomaban un poquito del rock, algo del bossa y generaban un bocadillo dulce que parecía el postre y resultó ser apenas un aperitivo.

Crecer

“Quería ser algo que no era yo”, ha dicho ella, ya treintañera, sobre la Natalia de aquella época. La Natalia que recibió dinero y conoció la fama, con sus mieles y amargos. La que experimentó las primeras giras extenuantes y la presión de ejecutivos que le pedían nuevas canciones. La que decidió dejar de presentarse solita en la marquesina para sumarse tres extremidades y decir: soy Natalia y La Forquetina.

Parecía un desafío muy grande, pero el talento lo puede todo, sobre todo lograr segundos discos como Casa, que ofrecía la misma medicina pero depuraba la fórmula. Canciones como esa que le dio título al disco, el otro sencillo llamado “Cuarto encima” o una a la que le puso “Gusano”, eran muestras de su evolución. De algunas se reirá ahora, pero eran parte de una búsqueda válida entre elementos electrónicos, más teclados y estridencia; todo apoyado, en su rol de productor, por Enmamuel del Real, “Meme” de Café Tacvba.

Lafourcade no tardó en mostrar su personalidad. Centenas de miles de copias vendidas de sus álbumes no alteraron su brújula. La joven atravesó un sendero que suele ser una tormenta de cinismo y salió intacta del otro lado. Cuando se quebró su Forquetina, se afianzó, rehizo su plan de vuelo y continuó sola. Pudo haber grabado un álbum muy pop, muy artificial, muy sexy, aceitar expresamente la máquina de producir lana. Pero no. Volvió de una estancia en Canadá y se dedicó a trabajar con la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz en una obra instrumental, una especie de banda sonora de una película que imaginó en su cabeza y llamó Las 4 estaciones del amor.

Hu hu hu, su disco siguiente, cerró aquella época. La pequeña Natalia de la doble colita y los lentecitos redondos se había difuminado. Viajes por Europa, Suramérica, Estados Unidos, Canadá y 14 días en Japón convertidos en documental. Colaboraciones con colegas como Julieta Venegas y la absorción de una experiencia sinfónica. De paso, por aquellos días, asumió ella el papel de productora. Oyó los temas de Mientras tú dormías (2010) y ayudó a su compatriota Carla Morrison a revestirlos para el gran público. Ya la brújula de Natalia daba para guiar a otros.

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La raíz

Es 2013. Junio está a punto de llegar a su mitad. Natalia Lafourcade llega a Caracas, casi seis meses después de aquella experiencia con sus panitas, que son como unos hermanos mayores que la cuidan, Los Amigos Invisibles. Esta vez viajó con su equipo y sus siete músicos, entre ellos un moreno local, el caraqueño Gustavo Guerrero, ex líder de una banda extinta llamada Cunaguaro Soul, que se ha convertido en su gran aliado y director musical.

Llegó para presentar en Venezuela un disco nuevo que dedicó completamente a Agustín Lara. Todo está listo para comenzar. Suena musiquita genérica con volumen bajo, los instrumentos brillan desde el escenario. El público llenó esa misma sala que ella conoció en diciembre, la del Centro Cultural BOD. Aplauden cada tanto, pero nada. Natalia no sale. Por Twitter corre el rumor de que tuvo un accidente. Pronto saldrá un vocero al escenario a confirmarlo.

A la artista le cayó una maleta en el pie y le causó un esguince en un tobillo. Está en la clínica, la examinan, la entablillan, pero viene. Quiere tocar. Se muestra ansiosa como esta gente que la espera. Pasa un rato, que no se siente tan largo, y Natalia sale, sonríe, bromea porque ha tomado muchos analgésicos. Espléndida, le dice a todos que son guapísimos y así, moviéndose con una sola pierna del piano a otra sillita, entre guitarras, ukeleles y roadies que la ayudan, canta con su voz angelical, da un concierto para llorar de la alegría.

Así es Natalia Lafourcade, la artista que en ese momento abrió un nuevo capítulo de su vida. Un capítulo que sigue escribiéndose hoy, que no es más que un viaje introspectivo. Es una artista que no puede cantar algo que no absorban los poros de su piel, que no erice sus vellos. El sentimiento debe ser auténtico.

La misma brújula la llevó hasta la directora orquestal Alondra de La Parra, artífice del proyecto Travieso carmesí, gracias al cual Lafourcade, junto con Ely Guerra y Denise Gutiérrez (Lo Blondo), se adentró en piezas de María Grever, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Gonzalo Curiel. Mexicanísimo todo.

“De allí surgió mi inquietud y con quien más me conecté fue con Agustín Lara —decía Lafourcade en una entrevista en 2013— Él tenía mucha versatilidad de género. Podía mezclar lo mexicano con el tango y algo francés. Tenía el color y las influencias de México, con el contexto de que viajaba mucho. Y yo quiero que mi música transcienda en ese sentido, que sea muy universal pero con raíz”.

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Para Mujer divina, disco de estudio al que siguió uno en directo grabado en la Sala Telefónica Roberto Cantoral, invitó a un montón de aclamados colegas, desde Gilberto Gil hasta Vicentico (Fabulosos Cadillacs), de Miguel Bosé a León Larregui (Zoé), Devendra Banhart o Jorge Drexler, Adrián Dárgelos (Babasónicos) o Kevin Johansen. Y Álex Ferreira, Adán Jodorowsky, Rodrigo Amarante y de nuevo, Meme (Café Tacvba).

Cantaron canciones como “María bonita”, “Piensa en mí” y “Aventurera”, una estricta selección de la intérprete, que escogió única y exclusivamente lo que ella podía cantar como si lo hubiera escrito. Fue una gran fiesta latinoamericana inspirada en el eterno flaco enamoradizo, genio de letras y melodías.

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La musa

Hasta la raíz (2015), un sexto trabajo que produjo con ayuda del argentino Cachorro López y su paisano Leonel García, fue la síntesis de todo su aprendizaje hasta el momento y la demostración de su facultad para mezclar sin desentonar. El bossa, la orquestación, los boleros, la experimentación con bases electrónicas, la música tradicional mexicana y latinoamericana, todo confluyó en 12 nuevas canciones que la acompañaron cuando remendaba su corazón herido tras una ruptura amorosa.

De nuevo, la pequeña Natalia mostró su musculatura emocional. Triunfó, vendió mucho y se llevó a casa un Grammy al Best Latin Rock Urban or Alternative Album y otros dos premios en la versión hispanoamericana de esa gala. Pudo haberse dormido en la arena movediza del éxito comercial y el glamour del reconocimiento, pero su brújula la guió por un atajo.

De todos los músicos que podía llamar en el mundo para trabajar, escogió a dos señores, Juan Carlos Allende y Miguel Peña, que se hacen llamar Los Macorinos, cuyas edades ni conocía. Podrían ser sus padres o abuelos, pero Natalia quiere que su música no tenga edades. Por eso, fraguó el proyecto desde que se enamoró de ellos en una Gira de Homenaje a Chavela Vargas en la que compartió con artistas de la vieja escuela como Eugenia León, Regina Orozco y Tania Libertad.

Convivió con Allende y Peña, con su aliado Gustavo Guerrero, el productor argentino Cheché Alara y el ingeniero venezolano Héctor Castillo —conocido por sus trabajos con David Bowie, Björk, Lou Reed, Roger Waters, Gustavo Cerati— y de esa conexión mexicano-argentino-venezolana, salió una ofrenda a toda esta región que comparte tierra, humores, sentimientos y colores.

A Chavela Vargas, a Frida Kahlo, a Violeta Parra, incluso a la escritora Clarice Lispector, Natalia Lafourcade le dedicó Musas, un álbum grabado como si estuvieran todos en los años 50. Totalmente orgánico y artesanal, registrado en directo, con vihuela, charango peruano, cuatro venezolano, un bombo legüero y muchas guitarras.

Comenzaron con una lista de joyas del cancionero latinoamericano. Más de 50 temas. Lafourcade escribió varias, entre ellas el sencillo “Tú sí sabes quererme”, y tomó otras de ese catálogo inmenso como “Qué he sacado con quererte” (Violeta Parra) y “Tonada de luna llena” (Simón Díaz). Para el bolero “Tú me acostumbraste” (Frank Domínguez), invitó a la cantante cubana Omara Portuondo, brillante a sus 86 años.

No importa lo que ocurra en la escena musical. A Natalia no le importa ir contra la corriente. Cada vez pareciera tenerlo más claro. Antes de trabajar en su próxima propuesta, volverá a mirar esa brújula emocional infalible, a ver qué camino le sugiere.

 

Un himno de incógnitas históricas

Un himno de incógnitas históricas

Cada 12 horas interrumpe la programación radial y televisiva la misma melodía que se canta en los colegios a las 7:00 am, que se toca antes de cada cita deportiva, como un transporte para unos versos dodecasílabos que obligan a la audiencia, los estudiantes y los entusiastas del deporte, según sea el caso, a pensar en la gesta independentista que recientemente cumplió 206 años.

En 2007 el presidente Hugo Chávez, durante un acto que se celebró en Barcelona para demostrar la capacidad de unos aviones militares Sukhoi, decretó el 25 de mayo como el Día del Himno Nacional, para enfatizar aún más lo establecido en el artículo 8 de la Constitución Nacional, que establece al Gloria al bravo pueblo como un símbolo patrio, y en el artículo 30 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que obliga a los medios de comunicación audiovisuales a darle exposición periódica a través de su señal.

El 25 de mayo, pero de 1881, Antonio Guzmán Blanco decidió hacer de la canción parte de la cédula de identidad de la República, y encomendó a Eduardo Calcaño ciertas modificaciones pertinentes. Pero cuando lo hizo no mencionó a ningún autor, lo que —según Rafael Arráiz Lucca— posiblemente dio pie a las dudas sobre los nombres de los creadores del Himno Nacional.

De acuerdo con la investigación del historiador Alberto Calzavara, cuyos resultados se divulgaron en el libro Historia de la música en Venezuela (publicado en 1987 y citado por Arráiz Lucca), hasta las celebraciones que el Ilustre Americano organizó con motivo del centenario del nacimiento de Bolívar no se tenía duda sobre que la letra y música del Gloria al bravo pueblo eran de Andrés Bello y Lino Gallardo, respectivamente.

Calzavara, quien murió en 1988, aseguraba que los nombres de Vicente Salias y Juan José Landaeta surgieron —sin pruebas— en 1883, gracias a un músico y crítico cumanés llamado Salvador Narciso Llamozas, apoyado en el camino por Ramón de la Plaza y Juan Bautista Plaza, a quien corresponde la versión actual, que surgió tras algunos retoques que se le dieron en 1947, cuando era director de la Escuela Preparatoria de Música.

El poeta Willy McKey, en un análisis divulgado a través del portal Prodavinci.com, explica que la teoría de Bello como autor de los versos quedaría evidenciada en la tercera estrofa, que por el contrario otros críticos (nacionalistas) usan para elevar a Salias a la categoría de profeta, por su capacidad para ver más allá de 1810 y vaticinar la libertad futura de las naciones vecinas. Calzavara reprodujo la partitura que publicó el periódico El Americano de París en febrero de 1874 y La Opinión Nacional (Venezuela) en marzo de ese año.

Según Arráiz Lucca, las pruebas que inclinan los créditos de Gallardo sobre Landaeta, y de Bello sobre Salias, son contundentes, y ese desliz histórico ha sido corroborado por figuras como Juan Vicente González, Julio Calcaño, Eloy González y José Antonio Calcaño, personaje importantísimo, investigador y músico, fundador de la Orquesta Sinfónica Venezuela. Sin embargo, la voz en off que acompaña a la reproducción del arreglo de Pedro Elías Gutiérrez sigue pregonando una verdad que está en dudas.

La hipótesis ha sido considerada por artistas como Aldemaro Romero, quien elevó su voz en mayo de 1997 tras la controversia que envolvió a la versión sofisticada y espontánea que grabó Ilan Chester por aquellos días, que pareció gustarle a mucha gente, a diferencia de al presidente Rafael Caldera, cuya molestia impidió que se iniciara un proceso de acercamiento artístico y ciudadano, y por qué no una apropiación de su música y su letra. 

 

Texto publicado en su versión original el 22 de abril de 2010 en el diario El Nacional

 

#Sucialismo #Nazional #ColectivoHDP y otras poesías de un ministerio roquero que nació en la resistencia venezolana

#Sucialismo #Nazional #ColectivoHDP y otras poesías de un ministerio roquero que nació en la resistencia venezolana

Cada semana lo espero, a ver si falla un reporte, pero nada. El Ministerio de la Suprema Infelicidad cumple, a diferencia de cualquier dependencia gubernamental. No lo frenan cadenas presidenciales ni cortes de electricidad, ni perdigones ni lacrimógenas ni la inflación ni el miedo ni…. El nuevo ministerio, cuyas divisas son el rock y la sátira, ha demostrado en dos meses una disciplina nunca vista en 18 años de chavismo.

Ya son 9 reportes. 9 fotografías de la actualidad venezolana. 9 gritos en la cara de la dictadura de unos músicos que decidieron formar una suerte de guerrilla artística. En lugar de subir a una montaña a practicar tiro con fusiles rusos, se armaron de versos, rabia y rock and roll.

Este es un mensaje del Ministerio de la Suprema Infelicidad para la República Bolivariana de Venezuela y el mundo, dice un locutor sobre un remix del Gloria al bravo pueblo. Un gallo rojo rojito mira de frente a la audiencia sobre estampas de Caracas: las torres del Silencio, El Ávila, el paisaje urbano poblado por criaturas con máscaras antigases que le pintan palomas al Estado.

A estos músicos no les bastó con el volanteo, los grafitis, marchas o cualquier otra forma de protesta. Usaron un megáfono muy potente: Youtube (los links están abajo). Encontraron el impulso en una guitarra distorsionada para vomitar todo lo que sienten. Lo que sienten ellos, y lo que siente una mayoría oprimida.

Por si alguien lo olvidó, o para lectores extranjeros no muy enterados, el presidente Nicolás Maduro creó en octubre de 2015 un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo. No es broma.

Al funcionario chavista acomodado, al “enchufao”, el nuevo organismo lo señala: Pequeño tirano, caudillo de despachos, burócrata de ranchos, que vive bien sabroso, dichoso y afortunado. A los que visten trajes verde oliva les advierten: Aunque nos tiren mil bombas, no nos van a callar; espero y no lo entiendas, Guardia NaZional. Al otro cuerpo de seguridad, que nació en tiempos de Hugo Chávez, lo llaman Policía Nació-mal.

Hartos de lo que bautizaron como Sucialismo del Siglo XXI, se dejaron de tonterías. Porque en esta Venezuela no funcionan las insinuaciones ni metáforas. No es momento para sutilezas.

Casi todas las canciones caminan sobre rock and roll crudo, como el Reporte #1 “Funcionario” y el Reporte #9 “La Energía”. Otros se acercan más al punk o al metal. El Reporte #4 “Alcaraván, buena suerte” se vale de un cuatro joropeao: Alcaraván, tú eres fuerte, yo sé que la muerte le espera al ladrón. El Reporte #6 “Tanke!!!” es más bien electrónico, con voces e instrumentos adulterados que le rinden tributo a los manifestantes: Carajitos van al frente con escudos de cojones. Y el #Reporte 9, el más reciente, todavía fresco, le dice cosas lindas al oído a otro fenómeno criminal que le debemos a esta época oscura: Colectivo, hijo de puta.

El Reporte #8 “La Energía”, difundido esta misma semana, se muestra un poco más luminoso. Pareciera una pieza que no surgió de manera catártica como las demás, que en su mayoría son arrechera convertida en canción. Está elaborada con más calma, es menos combativa y más esperanzadora:

No sólo somos hambre/ no sólo sufrimiento/ también somos la poesía/ de este coro y este verso./ No sólo somos carne/ No sólo somos huesos/ También somos la energía que mueve el universo./ Y está por estallar…

Los artistas han permanecido en el anonimato. Digamos que el Ministerio de la Suprema Infelicidad es una sociedad comprensiblemente anónima. Una ONG clandestina.

Las detenciones arbitrarias se han intensificado en estos ciento y pico agónicos días de protestas, con más de un centenar de muertos. La dictadura ha demostrado que no importa si se es estudiante, profesor, ama de casa, poeta, violinista o astrofísico. Si participas de una manifestación, si miraste feo a un uniformado, siempre puedes terminar en un calabozo, amenazado, coñaceado, torturado, bajo tierra.

El anonimato también prueba un punto: no es relevante el emisor del mensaje; da igual si es famoso, bonito o feo. Lo pesado es el mensaje en sí. La crisis que generaron Hugo Chávez, su heredero político y sus secuaces han tenido consecuencias dramáticas en la vida cotidiana de millones de seres humanos. No será muy difícil encontrar en esa inmensa multitud quien se identifique con los reportes del Ministerio de la Suprema Infelicidad.

Mientras me dispongo a copiar los enlaces de cada reporte, pienso que esto —escribir al respecto en este espacio independiente y divulgar esta música— también puede ser considerado un acto subversivo. Así estamos.

#1 Funcionario

#2 Nazional

#3 Dabucurí

#4 Alcaraván, buena suerte

#5 Policía Nació Mal

#6 Tanke

#7 Sucialismo

#8 La energía

#9 Colectivo HDP

 

 

Amy después de Amy

Amy después de Amy

Voces como esa sólo emanaban de discos viejos. Voces en las que creíamos sólo porque alcanzaron la era de las grabaciones, porque los álbumes de vinilo ya se habían inventado. Voces del jazz y el soul, naturales, honestas, eternas, que ya eran historia en blanco y negro. Mi generación, nuestra generación, no había experimentado lo que era vivir en los tiempos de una voz así. No sabíamos cómo se sentía hasta que surgió ella. Hasta que llegó Amy.

Uno la oye y la ve en pantalla y no se lo explica. No se explica de dónde viene ese feeling. Y ella tampoco lo entendía. La vimos muy sorprendida, como si estuviera recibiendo algo que no le correspondía, cuando Tony Bennett y Natalie Cole abrieron el sobre y anunciaron que el Grammy de ese 2008 a la Mejor Grabación del Año era para “Rehab”, su canción, el hit que le cambió la vida para bien y para mal.

En una entrevista que Boy George, de Culture Club, concedió ese mismo año 2008 al diario El Nacional, decía que había decidido volver al music business gracias a la señorita Winehouse. El artista, también británico, había permanecido guardado, ahuyentado por el mal gusto establecido casi como una norma en el mainstream; hasta que ella, la jovencita perturbada de Candem, ese multicultural barrio londinense donde funciona un gigantesco mercado callejero en el que germina lo alternativo y lo extravagante, lo empujó de vuelta al cuadrilátero.

Amy Winehouse generó un sonido atemporal que caló en esta época —o en esa, ¡cómo cuesta aceptar que murió y que han pasado seis años desde entonces!

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Los productores Salaam Remi, Mark Ronson y compañía, Island Records y el equipo de ingenieros que trabajaron en sus discos, lograron realzarla. Construyeron una edificación a partir de sus canciones e interpretaciones y generaron obras modernas pero sólidas, perdurables. Juntos, con una banda toda negra, revivieron el soul como material pop masivo. Lo trajeron al siglo XXI y le destaparon los oídos a multitudes para que oyeran mejor música. Música como la de Adele, por ejemplo.

Mientras sus canciones sonaban y sonaban, la tragedia se estaba escribiendo. Hacía mucho que la cantante había descuidado su tatuado cuerpo. Enflaquecía irremediablemente, mientras sus desvaríos nutrían a los tabloides. Parecía que en su biografía no encajaba un desenlace tranquilo.

Tras un historial de recuperaciones y recaídas se acabó la vida autodestructiva de Amy Jade Winehouse. No hubo tiempo para más. Ella selló su pase a un macabro club de talentosos artistas que dejaron de existir antes de tiempo: Brian Jones, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Kurt Cobain tienen en común el fatídico dato de haber muerto a los 27 años de edad por causas asociadas al consumo de alcohol y drogas.

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La cantante dejó un par de álbumes, Frank (2003) y el laureado Black To Black (2006) y algunas grabaciones más, muchas de ellas ya compiladas y editadas. Dejó algunas joyas propias, sus composiciones, como “Rehab”, “Love is a losing game”, “Tears dry on their own”, “You know i’m no good” y la que usó para bautizar su disco, “Back to black”.

Y se apropió otras. Popularizó en 2007 una versión acelerada y orquestada, tipo brit pop, de “Valerie”, original de la banda indie británica The Zutons. La canción le sonaba bien de cualquier manera. La probó en formato acústico, la grabó ‘estilo 68’, más lenta y con más groove, y solía mostrarla sencillita en sus visitas a la radio, como una que quedó en la compilación Amy Winehouse At The BBC (2012), donde por cierto demostró cómo podía crecerse aún más y manejar un estándar de jazz como “Lullaby of Birthland” o una vieja pieza del loco Phil Spector, “To know him is to love him”, que ha interpretado un montón de gente, incluidos los Beatles en su etapa previa a la grabación de su primer disco.

Todo lo digería hasta que sonaba distinto. No mejor o peor, sino diferente, y original, como su versión inimitable de “It’s My Party” de Quincy Jones.

Amy hizo una lectura muy libre y modernizada de “Garota de Ipanema”, la omnipresente melodía de Vinicius y Jobim, incluida en Lioness: Hidden Treasures (2011). Ese fue el primer compilado póstumo de rarezas, en el que también se incluyó la balada clásica “Body and Soul”, que grabó con Tony Bennett y por la que ganaron un gramófono. El compacto sumó su versión de “Will You Still Love Me Tomorrow?” concebida para la película Bridget Jones: The Edge of Reason (2004). Hablamos de una canción que Carole King y Gerry Goffin escribieron en 1960 y que fue grabada primero por las Shirelles y luego por Cher, Dusty Springfield, los Four Seasons, Roberta Flack, Dionne Warwick y, más recientemente, Norah Jones.

Fuera del material oficial, existe registro de varios performances en directo, el más popular es uno que han titulado Absolut Amy, de un show realizado en Berlín (15.10.2007). Y recientemente vi otro, transmitido en los OnStage de DirecTV, grabado en ese mismo 2007 en el Porchester Hall de Londres. ¡Y cómo hablar de todo esto sin mencionar Amy, el documental sobre su vida que ganó el Oscar en 2015! Lo dirigió Asif Kapadia (el mismo que hizo uno estupendo sobre el piloto brasileño de la F1 Ayrton Senna).

Amy es una obra dolorosa pero necesaria, que refleja su grandeza y su desgracia, al igual que la banda sonora, también editada en un álbum aparte, repleta de curiosidades, reversiones, detalles.

¿Cuánto más habrá grabado Amy? —me pregunto— ¿Será que nos dejó sólo eso que ya conocemos? Ya veremos —u oiremos.

Hay artistas que pasan por nuestros reproductores de música y salen, algunos más rápido que otros. La mayoría, seamos honestos, va directo a la papelera de reciclaje. Otros se quedan por ahí, en gavetas, cubriéndose de polvo. Pero hay unos especiales que se cuelan en la discoteca eterna de nuestras vidas. Se integran a nuestro soundtrack, que sabemos que nos acompañará de viejos. Para mí, Amy definitivamente es uno de esos. ¿Y para ustedes?

 

 

 

Una Caracas que suene como esta mandolina

Una Caracas que suene como esta mandolina

Texto reproducido por Revista Ladosis

Los músicos virtuosos logran romper los grilletes de las partituras y comienzan a mirar el mundo e interactuar con él. Sienten, crean y expresan sus aspiraciones a través de sus instrumentos. Jorge Torres, joven maestro de la mandolina, lo acaba de hacer. Dibujó con sonidos la Caracas que quisiera.

En la cuerda floja, su nuevo trabajo, segundo en su catálogo de discos firmados como Jorge Torres, muestra una evolución que va más allá de su obvia capacidad para aprovechar las bondades de su instrumento. Un instrumento que fue alterado en su morfología. La de Jorge no es una mandolina habitual de ocho cuerdas. Hace rato que le sumó otras dos, como su ídolo, el gran Hamilton de Holanda.

Torres ha agudizado la expresividad de sus composiciones. Son más que armonía, ritmo y melodía; son algo real, casi palpable. Ha depurado su oficio de artesano que transmite emociones mediante sonidos hasta el punto de manifestar sus anhelos. Y le ha dedicado su álbum a Caracas, su Caracas, próxima a cumplir 450 años de su fundación.

“En esta ciudad uno siempre anda como en la cuerda floja. Todo el tiempo estamos en una corredera, en la búsqueda de un equilibrio”, dice, y me lo imagino tocando mientras cruza por el cielo de una torre de El Silencio a la otra —¿la del sonido?— como Philippe Petit, el equilibrista francés que caminó sobre una guaya entre las Torres Gemelas de Nueva York.

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Torres concibió estas 10 canciones pensando en ese formato jazz trio en el que reina su mandolina, acompañada por la percusión, algunas de Nené Quintero, otras de Abelardo Bolaños y el resto grabadas por Rolando Canónico. Y el bajo, a veces contrabajo a veces eléctrico, de Edwin Arellano. El joropo pareciera lo dominante, aunque el viaje lo inicia un merengue caraqueño. Sea cual sea el género, va todo muy separado de su forma tradicional. Avanzado, mestizo, moderno, como el tema homónimo, “En la cuerda floja”, del cual se grabó una muestra audiovisual.

“Caracas”, la segunda pista, que bien pudo darle título al disco, es una danza muy tranquila para describir una capital muy agitada. “Es lenta, evocativa, esperanzadora —comenta el autor— quizá es así como la siento”.

“Un bandolín pa’ San Benito” es, como casi toda gaita de tambora, un tema simpático. Lo más interesante es que allí la mandolina va tomada de la mano con un fagot, el de Carlos Adarmes. Curiosísima y efectiva combinación.

A Torres, cualquier anécdota, chiste o mensaje de whatsapp le enciende la chispa para una canción. “Calalú”, una onda nueva que podría servir de corte promocional del álbum —si fuese éste un álbum de esa naturaleza—, es el nombre de la productora audiovisual de su hermano, a su vez inspirado en la Madame Kalalú de Rubén Blades.

“La camisa” es un atrevimiento que escribió influenciado por lo que oía en Curitiba, en el sur de Brasil, donde estuvo estudiando. Es una samba deliciosa cuyo disparador fue un viejo chiste entre él y sus compañeros del ensamble Kapicúa, con el que inició su carrera profesional y grabó dos obras: Musikapicúa (2005) y Bravedad (2011).

A su abuela María le había dedicado “13 con 39” en Estado neutral, su primer disco como solista. Cuando la señora la escuchó, le reclamó que era muy triste. “¡A mí lo que me gusta es el joropo oriental!”. Entonces el nieto, ya fallecida la doña, le dedicó una cándida melodía que llamó “A María la de Catia”, título que al mismo tiempo es un guiño a Beto Valderrama, quien le escribió “A María La Cumanesa” a María Rodríguez.

Curiosamente, Torres, quien se considera profundamente caraqueño, siempre sintió predilección por ese instrumento que es común en el oriente del país. No tardó en hacerse seguidor de cultores sucrenses como Juancito Silva y Morochito Fuentes. De hecho, en 2006 aprovechó la invitación a un encuentro nacional de mandolinistas, celebrado en Carúpano, para aprender todo lo que pudiera de otros maestros como Cristóbal Soto y Ricardo Sandoval. Y “El toquitoca”, la primera canción que escribió en su vida, es un joropo-estribillo oriental.

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Jorge es tímido, parco. Habla más desde sus dedos. Y esto pareciera exagerado hasta que un cuento real sustenta la afirmación. Un tío suyo que vive en Alemania desde los años 80, un científico llamado Víctor Hugo Pacheco, le envió a su sobrino unos poemas que escribió. El joven no supo cómo poner en palabras lo que sintió al leer aquellas líneas. De modo que le mandó una canción suave y melancólica, pista 4 de En la cuerda floja, titulada “Heimweh”, que podría traducirse como añoranza, nostalgia por el hogar, ese guayabo que en inglés llaman homesick. Torres en ese tema, sólo en ese, se acompañó con el trombón de Pedro Carrero, de la Sinfónica Simón Bolívar.

A su esposa, la cantante Andrea Paola, le dedicó “27 de enero”, porque es su fecha de cumpleaños. Se la escribió porque debía salir de viaje y no estaría para acompañarla a soplar las velas. De modo que le dejó ese regalo inefable, como una estela de sonido que lo representa cuando está ausente.

¿Y cuál queda por nombrar? “El encierro”, un joropo adulterado, la más experimental del disco, y “En unos minutos”, un tema lento, con cierta pesadumbre, que lo inspiró la Panamericana, la vía para subir de Caracas a San Antonio de los Altos.

Ha pasado una década desde aquellos días en los que se conformó en Caracas el colectivo de ensambles instrumentales Movida Acústica Urbana, en medio del cual él parecía un muchachito recién graduado de bachiller, nada amenazante, hasta que subía a la tarima del Discovery Bar de El Rosal y dejaba a todos boquiabiertos.

Como columna vertebral de Kapicúa, siguió abriéndose pasó y editó con Guataca su primer álbum como solista, Estado neutral, el 1º de diciembre de 2011. Desde entonces ha participado en todos los Rock & MAU, como una suerte de miembro constante del All Star de esa cofradía; ha sido parte de Pepperland, el proyecto loquísimo que criolliza las canciones de los Beatles; colabora con Mi juguete es canción, disco y espectáculo infantil dirigido por Andrea Paola y basado en grandes personalidades de la cultura venezolana; y dirigió musicalmente el homenaje a Gualberto Ibarreto en el 3º Caracas en Contratiempo, devenido en álbum doble.

El contexto no le permitirá bautizar su disco esta semana. Caracas y Venezuela lo mantienen En la cuerda floja con su agitación, su apuro y su incertidumbre, pero él no se inquieta. “Ya podremos hacer el concierto”, confía el músico, que le responde a su ciudad con onda nueva, danza, joropo y merengue, como él quisiera que sonara.

 

DATO: Mientras oía el disco, se me ocurrió que sería una fabulosa banda sonora para el proyecto Caracas en 450. Y lo he comprobado. Vale la pena pasearse por fotos y textos sobre la ciudad mientras se oyen las canciones de En la cuerda floja. Son dos regalos a Caracas que pueden ir juntos.  

En la cuerda floja estará disponible en iChamo y CDBaby

 

FOTOGRAFÍAS: ÉDGAR MARTÍNEZ

AGRADECIMIENTOS A ERICK LEZAMA Y GUATACA PRODUCCIONES

¿Por qué Gualberto?

¿Por qué Gualberto?

Algo movió las bases de la industria venezolana del disco en 1975. Hubo un giro abrupto e inesperado en el contenido de las emisoras radiales. La música se inflaba con mucha orquestación, se aceleraba, brillaban las bolas de discoteca y el mainstream se nutría de lo grande, lo ambicioso, lo superlativo. Y entre tanta cosa pomposa, surgió una voz prácticamente desnuda, sin artificios ni lentejuelas. No necesitaba más. Era La Voz.

Con Gualberto Ibarreto me pasa casi lo mismo que con Elvis. Prefiero al primer Elvis, que cantaba rock and roll purito, y no me siento tan a gusto con ese personaje de Las Vegas que interpretaba “My way” disfrazado. No siento desagrado por el Gualberto baladista —¡tampoco así! Gualberto podía cantar casi cualquier cosa— pero lo que realmente me fascina son sus primeros discos, repletos de joyas que salieron de pueblitos recónditos del estado Sucre y viajaron, a bordo de una voz rarísima y poderosa, al resto del país.

Gualberto es sinónimo de pueblo, pero ser pueblo no tiene nada que ver con ignorancia o ingenuidad o testarudez, aunque generalmente se pretenda atar los conceptos y simplificar. Y eso se manifestó en su manera de abordar la canción popular. Cantaba con su estilo, a veces recio a veces sutil, le sobraba actitud y potencia, y pronunciaba todo correctamente, respetando la sintaxis del idioma.

En la segunda mitad de aquella década, me cuentan, no era común un hogar sin un disco suyo. Tendría que tratarse de esa gente extraña que vive sin oír música. O serían muy esnobistas, o quizá especializados, amantes de lo clásico, sumergidos en la salsa brava fabulosa de la época o fanáticos del rock progresivo, digo yo.

El hombre de la franela de rayas horizontales, entonces estudiante de la Universidad de Los Andes, entró a todas nuestras casas sin proponérselo. Primero tocó la puerta su voz, y más tarde su nombre y su apellido. Creían que era el dúo ‘Gualberto y Barreto’. Y por último, su cara, su sombrero y ese look que, alegre y respetuosamente, algunos padres muy venezolanos usan para disfrazar a sus pequeños en pleno Siglo XXI. En aquellos días, Gualberto tenía que cantar para que le creyeran que era él. Para que le creyeran que esa voz provenía de un ser humano.

Esa voz. ¡Cómo describir esa voz, que pareciera nacer en la caja de resonancia de un chelo! Cualquiera juraría que está electrónicamente procesada. Es una voz gruesa incluso cuando alcanza las notas más altas de su registro, difícil de imitar para maestros en la materia como Emilio Lovera. Una voz graciosa, porque eso es lo que le sobra a Gualberto: gracia. Una voz ronca, pero de esa ronquera natural, de perfecta imperfección. Y una voz afinada, eso sí. Primero muerto que desafinado.

No se dice mucho, pero Gualberto es un gran cuatrista. Esos merengues con tumbao oriental, como “María Antonia”, “La carta” o “La distancia”, requieren un golpe curioso de la mano derecha. Es cuestión de feeling; es auténtico, distinto, difícil de reproducir. Al tener esa voz y cierta capacidad para acompañarse, un artista no necesita mucho más. Basta con unas maracas regadas, como toda maraca sucrense que se respete; una mandolina, fiel compañera de melodías; y a lo sumo, un bajo y una guitarra. Y listo. ¡Parranda!

¿Por qué Gualberto? Porque Gualberto fue el hit más poderoso de la música tradicional venezolana. Porque fue un osado que llevó al tope de la popularidad melodías y letras de una Venezuela profunda, sencilla, ingeniosa. Porque cuando estoy lejos de casa, pongo un disco suyo y tiene ese efecto mágico que sólo logra un grupito al que pertenecen Sadel, Simón Díaz, Aldemaro Romero y otros, no muchos: Gualberto es un boleto sin escalas a otra Venezuela que no se parece a esta, al país de la gente chévere y solidaria, de la gente talentosa que no presume de ese talento, de los justos y bienintencionados.

Cuando Gualberto actuó con los muchachos de C4 Trío en el Centro Cultural BOD de La Castellana el 8 de septiembre de 2010, Miguel Delgado Estévez, en su rol de presentador del concierto, mencionó a un selecto club de las voces más venezolanas. Escogió tres —y yo suscribo esa selección. La de Alfredo Sadel, la de Francisco Pacheco y la de ese hombre buena gente que nació en El Pilar, estado Sucre, un 12 de julio pero hace 70 años.

La Voz, así llaman a Sinatra. La Voz, así le dicen también a Lavoe. Y La Voz, así suelo decirle yo a Gualberto, que debe estar ahora soplando sus velas en Maturín, sin creerse mucho todo esto.

 

DATO: Después del disco Gualberto + C4, nominado al Latin Grammy y presentado en el Teatro Teresa Carreño y otros escenarios, Guataca decidió dedicarle un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, que fue dirigido musicalmente por el mandolinista Jorge Torres. De ese tributo surgió un álbum doble en el que participó un montón de artistas, entre ellos Rafael “Pollo” Brito, Servando Primera, Horacio Blanco, Marianne Malí, José Alejandro Delgado, Laura Guevara y Rafael Pino. Aquí el link para escucharlo en spotify: Homenaje Gualberto Ibarreto.

FOTOGRAFÍA: MANUEL TINEO