Publicado el 30 de marzo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

El de Achilles Liarmakopoulos es un trombón atrevido. Un trombón que suele asumir roles nada habituales. Supone un desafío cantar desde su instrumento melodías con tanta tinta en el pentagrama y saltos tan abruptos entre sus líneas. Pero el griego no cree en esas limitaciones. Puede más su deseo de ensanchar las posibilidades del trombón e innovar musicalmente. Y en el caso de su nuevo álbum, Volar (2021), pudo más su atracción por la música venezolana.

Volar es el primer álbum de Cuatrombón, su nuevo proyecto. Es el resultado de su encuentro con el simpático y virtuoso Jorge Glem. El cuatrista cumanés, que también reside en Nueva York, donde el griego es profesor adjunto del Brooklyn College de CUNY University, le permitió reconectarse con el joropo, el merengue caraqueño, el vals venezolano y otras especies de raíz tradicional que habitan en su imaginario desde pequeño.

La afinidad con la música latinoamericana de Achilles Liarmakopoulos, trombonista célebre por su trabajo con el Canadian Brass, viene de siempre, por lo que ha resultado muy natural generar propuestas que impliquen la confluencia de varias culturas.

Cuenta, por ejemplo, que se enamoró del trombón, su fiel compañero de aventuras, cuando asistió a los 10 años de edad a un concierto de Celia Cruz en Grecia. En el primero de sus seis álbumes como solista, Tango distinto (2011), editado por el sello Naxos Classical, tocó obras de Ástor Piazzolla reemplazando el violín y la flauta por el trombón. En Trombone atrevido (2015), dedicado al choro de Brasil, sustituyó al cavaquinho. Y ahora, en Volar, desplazó a la flauta, la mandolina, la bandola, o acaso al clarinete.

Los padres de Achilles Liarmakopoulos (Atenas, 1985) se conocieron en Caracas, donde sus abuelos vivían como inmigrantes. Su madre, de hecho, nació allí, en el valle que bordea el cerro Ávila. “Sus recuerdos de ese maravilloso país, de niña y adolescente —dice el artista— siempre han estado en su corazón y de alguna forma me los transmitió a mí también”.

Recuerda de su infancia a artistas como Juan Vicente Torrealba y Soledad Bravo, al igual que a Cecilia Todd y Lilia Vera. Pero no fue sino hasta 2018, cuando conoció a Glem, que decidió meterse de lleno en un puñado de piezas en formato de cuarteto junto al maraquero Manuel Rangel y al contrabajista Bam Bam Rodríguez, conocido, entre otros proyectos, por Los Crema Paraíso, la banda del guitarrista y productor Cheo Pardo con el baterista Neil Ochoa.

Apoyado en Glem, Rangel y Rodríguez, Liarmakopoulos se sumergió en tres joropos con distintos tumbaos: El avispero de Beto Valderrama, Besos de sal de Douglas Velásquez y Portachuelos de Ricardo Mendoza. Su trombón suena altivo, enérgico, como el joropo lo exige. Se sirve de una base rítmica bien explosiva, realzada por la mano derecha de Jorge Glem, cuyos juegos con el cuatro pueden delatarlo sin necesidad de revisar los créditos de la obra. Pero el trombonista también puede bajar la intensidad, lo cual quizá resulte más desafiante, y logra imprimirle delicadeza a canciones como Los helechos de Héctor Pérez Bravini, e incluso Pueblos tristes, fundamental obra de Otilio Galíndez en la que participa, como invitada de lujo, la cantante Natassha Bravo, paisana de Glem.

A la lista se sumaron El rezongón, merengue caraqueño de Omar García, con toda su gracia, su síncopa y unas transiciones temerarias en las que reluce la complicidad en las maracas y el cuatro; y el Vals venezolano que compuso, cariñosamente, el maestro cubano Paquito D’Rivera, otro residente de Nueva York, donde se grabó el álbum.

Una flauta, la del gran Marco Granados, se cuela en la fiesta del trombón. Es él, reconocido ejecutante del instrumento y miembro del Chamber Ensemble Classical Jam, quien canta, a dos voces junto a Liamarkopoulos, la melodía de una delicada canción suya titulada La bella. También participa el fliscorno de Brandon Ridenour, compañero del griego en el Canadian Brass, en una pieza de Ricardo Sandoval llamada Soñar es sonar, que le pone un broche dorado —brillante, como el metal del instrumento— a la obra. 

Volar, mezclado por el varias veces ganador del Grammy David Darlington y masterizado por el colombiano Diego Ávila, le inyecta venezolanidad a un catálogo que ya incluye los mencionados trabajos inspirados en la música brasileña y el tango, pero también exhibe discos como Obvious (2018), grabado con la solista de arpa francesa Coline-Marie Orliac; Ethereal (2017), compilado de obras líricas; y Discoveries-New Works for trombone and piano (2014), de composiciones contemporáneas.

Formado entre la Escuela de Música de la Universidad de Yale, el Instituto de Música Curtis, el Conservatorio de San Francisco y el Conservatorio Philippos Nakas de Grecia, el artista de 35 años de edad, que ha grabado siete álbumes con el Canadian Brass, ensamble con el que ha girado por el mundo, que ama la salsa y ha colaborado con ídolos como Rubén Blades, ha logrado, a través de su conducto predileto —la música— conectarse íntimamente con un escenario fundamental de su historia familiar: Venezuela.

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