Blanco & Cárdenas: Un dúo con onda expansiva orquestal

Blanco & Cárdenas: Un dúo con onda expansiva orquestal

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 9 de febrero de 2021

La de Leo Blanco y Alexis Cárdenas es una dupla predestinada. Antes de conformarse, ya estaba en la mente de amigos y colegas. Cuando finalmente se produjo el encuentro durante 2008 en una fiesta de músicos en San Bernardino, Caracas, la afinidad fue instantánea. Amor a primer oído, ha dicho el pianista merideño. Esa noche comenzó una conversación sin palabras que se extendió a salas de ensayo, escenarios y estudios de grabación, de la cual ahora tenemos un registro discográfico: Stories Without Words

Los grandes músicos obedecen a su instinto. Pero es un instinto precedido por una formación académica robusta y una profusa biblioteca de referencias. En el caso de Cárdenas, el marco conceptual se extiende más hacia el universo clásico, hacia Bach, Prokovief, Brahms, Paganini; en Blanco, el influjo es más abundante en jazz. Pero ambos respiran al ritmo de la música de Venezuela. Vibran con la Latinoamérica de Piazzola y Gismonti. Absorben la música del mundo. Son artistas muy distintos que tienen en común la disposición de mantener los poros bien abiertos a lo que el otro tiene para decir. 

Sólo desde esa mezcla de sofisticación y libertad se puede concebir un espacio en el que se acomoden, sin tropezarse unas con otras, las melodías de Otilio Galíndez y Erik Satie, o de Hamilton de Holanda y Cruz Felipe Iriarte. Todas ellas tomadas de la mano conviviendo con las propias creaciones de Leo Blanco

Stories Without Words es de esos álbumes que al oírlos inmediatamente se piensa: ¿Cómo es que no habían hecho esto antes? Es un diálogo que se desarrolla en un sitial sublime. Que tiene rigurosidad y gracia, perfección y desparpajo. Y goza, además, de una condición muy poco común, que define a los clásicos: la atemporalidad. Suena a música del presente, pero también a música de otro tiempo, pasado o futuro.

El inicio es majestuoso. Cuenta Leo Blanco que antes de grabar su álbum Roots & Effects (2003), visitó a Aldemaro Romero para mostrarle unas variaciones que había hecho de su canción El Negro José. Al joven pianista le pareció apropiado y respetuoso consultar con el maestro de la onda nueva qué debía hacer con esta versión tan libertina. Inspirado, se le había ido de las manos hasta convertirse prácticamente en una segunda parte de aquella. A Aldemaro le encantó. En cierta manera, ungió ese joropo elegantísimo, que es homenaje y autorreferencia, titulado El Negro y El Blanco.

El violín de Alexis Cárdenas acentúa ciertos fragmentos arabescos, en una mezcla de melancolía y misterio, de Gnossienne #3, una pieza original para piano solo del francés Erick Satie (1866-1925). La bruma se disipa y sale un sol radiante como la sonrisa de un niño en Pras Crianças, original del mandolinista brasileño Hamilton de Holanda. Su melodía ya se incrustó en el catálogo venezolano porque el violinista la grabó con su cuarteto y también lo hizo el cuatrista cumanés Jorge Glem en su álbum En El Cerrito (2013). Es reconfortante, divertida, esperanzadora.

Leo Blanco no sólo aportó El Negro y El Blanco. También agregó su Perú Landó, un homenaje al Perú que provoca bailarlo con los ojos cerrados; el Vals #5, que abre un espacio para la improvisación en el que Cárdenas se manifiesta en pizzicato; y un Pajarillo cinético, que fue uno de los últimos temas en agregarse al LP. Ése, que propone una variante melódica de la estructura básica del pajarillo tradicional, sería un bis ideal en recitales. Hasta al venezolano más desarraigado el corazón se le acelera. Cárdenas se deja llevar y exprime sus cuatro cuerdas, las vuelve a pellizcar, genera ritmo como un percusionista, exhibe sus destrezas. Como siempre, impresiona.  

Al relato se suman dos merengues venezolanos de colores muy vivos: Caribe, de Joaquín Pérez, y El frutero, de Cruz Felipe Iriarte. Y también lo hace Ahora, de Otilio Galíndez, que ralentiza las agujas del reloj. Oírla es mirar el mundo en sepia.

LA HISTORIA DETRÁS DE LAS STORIES

En aquellos años 2008-2009-2010, que hoy se antojan tan lejanos, Venezuela propiciaba encuentros como el de estos dos ilustres expatriados que se reunían en la capital ávidos de dialogar musicalmente. Leo Blanco, el gran pianista merideño, estudioso del jazz y docente en varias instituciones, llegaba desde Boston. Y el zuliano Alexis Cárdenas, uno de los mejores violinistas del mundo, entonces flamante concertmaster de la Orquesta de Radio Francia, volaba desde París.

A esa época corresponden las primeras grabaciones, realizadas en los estudios Jazzmanía de Los Ruices Sur, Caracas, con los ingenieros Javier Casas y Alejandro Díaz. Siete pistas de un posible álbum reposaron en alguna carpeta durante casi una década en los que el deterioro de la situación general del país impidió que el proyecto avanzara. Blanco se reencontró con esas pistas y procuró llevar el proyecto hasta la meta. Gracias a un encuentro en Estados Unidos, pasaron por el Futura Studio de Boston y registraron otras dos asistidos por el ingeniero John Weston.

Darío Peñaloza y Jesús Jiménez, encargados de la mezcla y el mastering, respectivamente, hicieron su magia. Lograron estandarizar el sonido de canciones grabadas en momentos distintos, con instrumentos, micrófonos, técnicos y equipos diferentes, para que ningún salto o inconsistencia interrumpiera la onda expansiva generada por dos artistas que juntos son muchísimos más que dos.

FOTOGRAFÍA: Pamela Hersch

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Publicado originalmente en www.Guatacanights.com 4 de febrero de 2021

Alejandro Zavala estudió exhaustivamente la tradición musical venezolana antes de permitirse, sin zafarse nunca de ella, emprender su propio viaje. Tras cantar con tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, música en formatos variados, y tras grabar tres álbumes que son tramos de una misma búsqueda incesante, decidió extremar su voz, su instrumento más preciado, y construir una obra entera valiéndose únicamente de ella.  

Vocal, su cuarto álbum, es el resultado de un fino trabajo artesanal en el que su voz se desdobla, se multiplica, se transforma en lo que la canción necesite. Percusión, bajo, cuatro, cuerdas. Zavala funciona como un teclado al que, con un botón, lo hacen emular otros sonidos. Partiendo de ese supuesto imposible —que una misma voz suene cinco, seis, diez veces en simultáneo— recorrió cinco viejas canciones y tres piezas inéditas.

Las versiones de temas muy populares como la guasa El norte es una quimera de Luis Fragachán o La vaca mariposa de Simón Díaz demuestran la filigrana exquisita que logró el artista en los cuatro años de trabajo que le tomó la realización. Es una labor de mucha precisión, detallista, de texturas y matices muy sutiles. A los temas nada le falta, nada le sobra.

La paraulata de Juan Vicente Torrealba es una tonada/pasaje que nos lleva a Los Llanos. El Sangueo nos transporta a las costas caribeñas. Y la malagueña María y el mar, con letra de su autoría, nos invita a navegar por algún punto del mar entre Sucre y la isla de Margarita.

Vocal no es un álbum infantil, pero algo —quizá la inclusión de Son chispitas de Otilio Galíndez— genera desde los primeros minutos la sospecha de que es una obra concebida para el disfrute de público de cualquier edad. Como diría la cantante Andrea Paola Márquez sobre uno de sus proyectos, es para niños de 0 a 100 años. Y esa sospecha se va confirmando hacia las últimas pistas.

Zavala y su pareja, la bailaora Ana Valentina Quilarque, tuvieron una bebé en el extraño 2020, en pleno confinamiento por la pandemia. Inspirado en el maravilloso caudal de emociones que viene con el nacimiento de una hija, escribió un vals con su nombre: Alma. Además, le compuso una cara B, Arrullo, canción de cuna que baja el telón de la noche, de los ojos de su pequeña y de un álbum en el que Papá lo hizo todo, incluyendo la mezcla y el mastering.

Venezuela es un país de gran tradición coral, pero son muy pocos los trabajos inscritos en esta categoría. Podemos pensar en algunos episodios de agrupaciones como Vocal Song o Voz Veis. Internacionalmente, resuenan los cubanos de Vocal Sampling o los italianos de Neri per Caso. Al decantarnos por el factor unipersonal, me viene a la mente un álbum de Ximena Borges, ecléctica artista —hija del maestro Jacobo Borges— que en 2013 se atrevió a un experimento con motivos navideños, titulado Joyful Noise, basado, grosso modo, en el mismo principio. El otro antecedente lo generó el propio Alejandro Zavala en Primavera para mayo (2011), su segundo disco, en el que trabajó con Aquiles Báez y agregó una versión enteramente vocal de Flor de mayo, de Otilio Galíndez. Una vez que la hizo, sintió que se abría una puerta a un patio lleno de posibilidades. 

La principal referencia de Zavala y, de paso, el máximo referente de este curioso arte, es el genio estadounidense Bobby McFerrin, y en especial su trabajo Simple Pleasures (1988), del que se popularizó mundialmente el hit Don’t Worry Be Happy. Muchos pensarán todavía que la canta un ensamble vocal, pero la pista está toda grabada por el propio McFerrin (sin los enormes recursos tecnológicos de este siglo).

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Zavala se aventuró a hacer lo que hizo McFerrin entonces, explorando la técnica del scat singing, de la que supo inicialmente porque su amigo el músico y humorista César Muñoz la había estudiado en la Berklee School of Music de Boston. La novedad, la gran novedad, es que se basó en ese concepto pero trabajando con materia prima de raíz venezolana, respetando sus particulares estructuras, ritmos, cadencias, giros, transiciones.  

Alejandro Zavala (Caracas, 1977) ha hecho muchas cosas. Ha tocado con grupos de estricto joropo llanero y también en agrupaciones bailables como Tártara. Ha sido el Santos Luzardo de la obra musical Orinoco, versión libre y aflamencada de Doña Bárbara que protagonizó la bailaora Daniela Tugues con música de César Orozco. Investigador de la antigua Fundación de Musicología y Folclore, fundador de la Escuela Contemporánea de la Voz, comunicador social, docente, locutor, productor y director de los estudios Sonofilia en Caracas. Toca varios instrumentos, especialmente el cuatro. Fue arreglista y vocalista de un concierto titulado Venezuela, Una voz, una orquesta, dirigido por Eddy Marcano y presentado en directo en la Sala Simón Bolívar de la sede principal del Sistema de Orquestas en Caracas en octubre de 2016.

En 2009 editó su álbum debut Orígenes, al que le siguieron Primavera para mayo (2011) y Colores tierra (2014), todos basados en elementos folclóricos pero presentados libremente desde la contemporaneidad, con una instrumentación más o menos ambiciosa, matices de jazz y esa cosa etérea y multicolor que llaman world music.

Quizá influya la particularidad de la propuesta, pero, tal como ya lo advirtió desde su Instagram el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez, amigo del artista y aliado en el proceso de realización, Vocal es el trabajo más logrado de su carrera. 

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2020 en Guatacanights.com

Jueves 24 de noviembre de 2005. 7:00 pm. Sala Arturo Uslar Pietri, Casa Rómulo Gallegos. Celarg, Fundación Multifonía y CONAC presentan a… ¡Los Cuatro Fantásticos!

El programa de mano no promete nada. Un cuatro acostado, una tipografía común, una clave de sol seguida de unas blancas, negras y corcheas desperdigadas por el espacio en blanco y, de ñapa, un nombre que es más chiste que nombre: Los Cuatro Fantásticos, porque los integrantes son cuatro y tocan el cuatro maravillosamente. Todos.

Nadie sospecha que será histórico este Jueves de Multifonía. En principio, es una fecha más de un ciclo de conciertos que dirige el músico Edwin Arellano en el centro cultural que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. Nada en ese diseño apresurado augura que el merideño Héctor Molina, el caraqueño Edward Ramírez y el cumanés Jorge Glem —con la adición fugaz, en esa primera cita, de Rafael Martínez— cambiarán algo en la escena musical venezolana.

Muchas cosas estaban pasando. La Cátedra de Música Venezolana que dirigía Orlando Cardozo en el antiguo Instituto de Estudios Musicales, en el que estudiaban Molina, Glem y Martínez, propiciaba amistades y experimentos. Ellos tres, que no son exclusivamente cuatristas, habían conformado un grupo al que llamaban Los Doce, no sólo por los 12 órdenes de sus instrumentos (Molina en el cuatro, Glem en mandolina y Martínez en contrabajo), sino inspirados en un bambuco del colombiano Álvaro Romero Sánchez que versionó magistralmente el Ensamble Gurrufío.

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Cuando consideraron la propuesta cuatrística de Arellano, les pareció buena idea invitar a Edward Ramírez, alumno de Cardozo en la Escuela José Reina de San Bernardino. Edward es dos años y medio más joven que Jorge, y casi 5 más joven que Héctor. En 2005 esa diferencia de edad era evidente, pero a todos les encantaba lo que hacía el muchacho —entonces de 20 años— con su cuatro. Era (es) un fajao de esos que invierten muchas horas estudiando armonías, absorbiendo conocimiento, perfeccionando su técnica. Por eso obtuvo, precozmente, el tercer lugar en dos ediciones consecutivas de La Siembra del Cuatro, el festival que los ubicó a todos en el mismo sitio. Jorge lo ganó ese 2005 y Héctor había sido finalista el año anterior. El certamen, organizado por Cheo Hurtado, nació con el objetivo de realzar al cuatro venezolano y celebrar su enorme riqueza. Lo que ocurriría a partir de aquella velada sería un ejemplo palpable de su éxito.

La cátedra de Cardozo en el Iudem fijaba los cimientos de lo que se convertiría en la Movida Acústica Urbana, un colectivo que combinaba la gracia de la música folclórica con la rigurosidad de la academia y la osadía del jazz. Su esplendor ya se reflejaba en un álbum llamado Venezuela en Cámara, que recogió lo mejor de aquel laboratorio de Cardozo. Todos los integrantes del futuro C4 Trío grabaron allí por separado, incluido el bajista Rodner Padilla (con su ensamble EnCayapa), un personaje que entonces era de reparto en esta historia, pero que se convertiría en protagonista.

Con ese 24 de noviembre en el horizonte, Molina, Glem, Ramírez y Martínez trabajaron en arreglos. Se inventaron un formato en el que A inicia el recital tocando solo y después invita a B para tocar una pieza juntos. Luego A sale de la escena y B se queda, toca solo e invita a C. Y así hasta llegar al cuarto integrante, que llama a los otros para cerrar con varios números en conjunto.

Para ensayar, se reunían en los espacios abiertos del Complejo Teresa Carreño. Se juntaban en una oficina prestada de la Escuela Nacional de Hacienda Pública, donde Héctor trabajaba. Y se veían en una habitación que alquilaba Jorge Glem en El Cafetal. No había necesidad de rentar una sala de ensayos ni plata para hacerlo.

Un formato inédito los obligaba a buscar una nueva manera de concebir los arreglos musicales. Su labor de artesanía buscaba exprimir el instrumento nacional al máximo y, al mismo tiempo, usarlo como vehículo de cualquier género. Mientras uno cumplía la tarea de servir una base rítmica, el otro se encargaba de armonizar y un tercero cantaba la melodía. Y así se iban rotando, juntando, dialogando musicalmente y construyendo frases de las que cada uno ponía un pequeñísimo retazo. Comenzaba a configurarse lo que sería el sello de una agrupación emblemática.

El 1º de julio de ese año se había estrenado en Venezuela la taquillera versión cinematográfica del cómic Los 4 Fantásticos. No tardaron Jorge, Héctor, Edward y Rafael en comenzar a jugar con ese título. Edwin insistió en que le pusieran un nombre al proyecto. Necesitaba el dato para agregarlo a los programas de mano. Cuando llegó el día del concierto, todavía no se habían decidido. Entonces presionó print y así quedaron: Los Cuatro Fantásticos.  

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No existe un registro de asistencia de aquella noche. Uno dice 15, el otro 10, el otro 20. La Uslar Pietri es una sala pequeña, con aforo para unas 50 personas. La flautista Yaritzy Cabrera, que ya era novia de Héctor —y sería en el futuro su esposa y madre de su hijo—, estuvo presente. Jorge Torres, gran mandolinista, amiguísimo de Edward y compañero suyo en el novel ensamble Kapicúa, también. Gente asidua a ese espacio; gente con la que compartían en parrandas; gente perteneciente o cercana al grupo Multifonía, al que pertenecían Héctor, Rafael y que dirigía el propio Edwin Arellano, curador del ciclo; un puñado de privilegiados presenciaron cómo estos instrumentistas de extraordinaria destreza individual se fundieron por primera vez en un monstruo de varias cabezas. Ellos mismos descubrieron esa noche una energía que no habían experimentado antes. El cuarteto, que se consolidaría como trío, dijo hola y recibió el primer aplauso de lo que sería una exitosa carrera.

***

Tras aquella cita en el Celarg, Rafael Martínez se mudó a San Cristóbal y eso obligó al resto a repensar los arreglos. Una vez que el concepto cuajó, se empezaron a abrir puertas. Una tras otra. Un concierto por aquí, otro por allá. Conocieron a Aquiles Báez y, gracias a él, surgió la invitación a viajar por primera vez a Estados Unidos para el festival Venezuelan Sounds. El mismo Aquiles y el empresario y melómano Ernesto Rangel les propusieron ir al estudio de grabación.

El CD, que fue la prueba piloto de una plataforma cultural que apenas nacía y que adoptaría el nombre de Guataca, se editó firmada con un nombre nuevo, uno más ajustado a sus aspiraciones, más serio: el explosivo y elemental C4 Trío.

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Los años recientes, en los que sus integrantes emigraron, han supuesto tragos amargos en la vida de los músicos. Gustavito Márquez, quien fuera su bajista en una época de actividad intensa, murió en mayo de 2018. También recuerdan constantemente a su mánager Soraya Rojas, co-responsable en su proceso de profesionalización, que falleció en septiembre de 2017; y a uno de sus ingenieros de sonido más queridos, Rafael Rondón, cuyo deceso en enero de 2020 sorprendió y ensombreció a todos.

Aunque este relato promete muchos más episodios, C4 Trío ya lleva consigo un currículum sorprendente. En su hoja de vida saltan a la vista datos que antes parecían irreales para un ensamble inspirado en la raíz tradicional venezolana. Completar giras nacionales de una decena de fechas. Tocar en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño, el Aula Magna de la UCV, el Anfiteatro del Centro Sambil o el Poliedro de Caracas, participar en multitudinarios festivales de verano en Europa, sorprender a alumnos y profesores de la Berklee School of Music, grabar una canción junto a Rubén Blades y editar un DVD celebratorio de sus 10 años, de calidad cinematográfica, con Oscar D’León, Guaco, Horacio Blanco, Servando Primera y Betsayda Machado. Ser ovacionados por el selecto público de la ceremonia no televisada de los Latin Grammys. Infinidad de recitales y ovaciones.

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El catálogo suma seis álbumes, tres de ellos junto a grandes personajes, Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y el nicaragüense Luis Enrique, y uno junto a una gran banda, Desorden Público. Sus producciones han sido postuladas en tres ocasiones al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico, de las que ganaron una en 2019, mismo año en el que el arreglo de su canción con Luis Enrique, Sirena, realizado por su bajista y productor, Rodner Padilla, triunfó. Su disco De repente, con El Pollo, se llevó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación en 2014 gracias al trabajo de un equipo brillante encabezado por Darío Peñaloza y Germán Landaeta. Y de guinda, sorpresivamente, lograron una nominación, junto a Desorden Público, a los Grammys anglosajones en 2018.

Por encima de todo eso, C4 goza de una unanimidad inusual en estos tiempos. Cuando tocan, nadie es indiferente a ellos. Ni en Caracas, ni en el interior de su país, en Estados Unidos o Europa. En lo que va de siglo, ha sido el ensamble consentido de Venezuela, llevado por su carisma, su espectacularidad, su virtuosismo y el sabor con el que reinterpretan los sonidos de su tierra. Cada nota de C4 es una celebración de la música venezolana y del cuatro como su instrumento rey. C4 es, a fin de cuentas, la fiesta de un país cuya historia se escribe con las uñas.

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Cielo de diciembre: La Navidad según Aquiles Báez

Publicado originalmente el 18 de diciembre de 2020 en Guatacanights.com

Una cosa llevó a la otra. En diciembre de 2008 Aquiles Báez tomó el teléfono, llamó a tres, cuatro… en fin, a un grupo de amigos que fue multiplicándose, para presentar un espectáculo decembrino. El carácter de la Sra. Parra Anda, el álter ego fiestero, dicharachero y simpático que se inventó para celebrar la Navidad, fue cobrando forma in situ, en el escenario, año tras año. Más de una década después, al fin, la doña parrandera cobró forma de disco.

Cielo de diciembre, canción que le da título al álbum, es una composición de Báez que sirve de tema central. Es una suerte de telón que abre el espectáculo subrayando la belleza de Caracas durante el último mes del año; el azul profundo de su cielo que se une a un Ávila que reverdece y la abraza. Pero no todo es naturaleza y armonía. La letra no desconoce el drama que vive la “ciudad-pesebre” y la pobreza de sus cerros. Al mismo tiempo, clama por un futuro mejor.

Un manto de voces arropa los estribillos y cada cantante da un paso al frente para encargarse individualmente de las estrofas. No hay protagonistas ni secundarios; en la Sra. Parra Anda todos están en primer plano porque, además, no son voces cualquiera. Es un coro de lujo, conformado por los habituales de la farra: Betsayda Machado, de la Parranda El Clavo, Ana Isabel Domínguez, César Gómez, Williams Mora y las dos extremidades del dúo Pomarrosa, Marina Bravo y Zeneida Rodríguez. A ellos se suman invitados como Mariana y Ángel Ricardo Gómez, Nereida Machado y Ricardo Mendoza.

Aquiles Báez, uno de esos artistas que no paran de crear y de los que quizá es más numerosa la obra que permanece inédita, fue sumando nuevos números al repertorio. De su inspiración surgieron nueve de las 11 pistas que conforman el álbum, entre ellas Kapital, una parranda que ironiza a partir de la ambición por el dinero y las dificultades para conseguirlo en un país con enormes problemas económicos. El propio guitarrista toma la voz cantante y dice: No es rico ni acaudalado, ni empresario-inversionista/ todo el que roba dinero y se la da de socialista.

Báez escribió El sol del lago, una gaita de tambora con intro de tambores afrovenezolanos dedicada a San Benito; El pimentón, una oda a golpe de parranda a ese vegetal verde o colorado omnipresente en los guisos criollos; un merengue caraqueño humorístico llamado El cochino, que discurre sobre la vieja costumbre del cochinito de los aguinaldos; y Suenan las campanas, una parranda con un beat más acelerado para bailar en familia y celebrar el nacimiento del Niño Dios. Es un tema ideal para la medianoche del 24 de diciembre, una banda sonora que va bien con el ponche crema, el pernil, las hallacas y el pan de jamón. Pero ocurre que, a esta hora de nuestra historia, tan accidentada y dolorosa, con tanta penuria y tantos venezolanos desperdigados por el mundo, trae consigo una carga de añoranza y nostalgia ineludible.   

La música de Cielo de diciembre es impecable, como es de esperarse en un trabajo de Báez, experimentado compositor, arreglista y productor. Si en directo la fiesta suele nutrirse de la chispa humorística, la improvisación y la interacción entre un público y una audiencia que suelen ignorar la línea que los separa, en el álbum salen de relieve sus delicados arreglos. Báez, además de cantar algunas estrofas, arregló, dirigió, grabó cuatros y, por supuesto, tocó a su compañera inseparable: la guitarra. Se apoyó, en la base, del baterista Adolfo Herrera, el bajista Carlos Rodríguez y los percusionistas Jorge Villarroel y Julio Alcocer. A ellos se sumaron el trompetista Roderick Alvarado, el trombonista Joel Martínez y los saxofonistas Frank Haslam, Glen Tomasi y Léster Paredes.

A sus creaciones, Aquiles agregó dos joyas que hacen más heterogénea la gama de ritmos del disco: María del aire, una pieza con aire de tamunangue dedicada a la virgen de todos, a la María omnipresente, obra de Ignacio Izcaray; y La elegida, una gaita clásica y sabrosa de Renato Aguirre que es una plegaria a la Virgen de la Chiquinquirá.

En la mitad del recorrido aparece, como una maestra de ceremonia, La Sra. Parra Anda, una parranda —obviamente— con arreglos de metales, que funciona como un perfil del personaje que son todos los involucrados en el álbum y, al mismo tiempo, no es nadie. Es bailadora pero también quejona. Anda en bicicleta, le encanta un tambor, come bastante parrilla y detesta el reguetón. No es sifrina, es “burda de hippie” y se la pasa en Facebook. Es popular y hasta la quieren de alcaldesa. Pero es, sobre todo, muy venezolana. La Sra. Parra Anda cree en Venezuela y ese es un mensaje que aparece por cada rincón de una obra que es la recreación de sus fiestas.

De ellase desprende otro tema que enfatiza el optimismo, por si a alguien no le queda claro el mensaje. Se llama El futuro es la esperanza y es una invitación a no abandonar la tierra que nos es propia. Es como una arenga introspectiva. Como esas cosas que decimos a otros para, en el fondo, convencernos a nosotros mismos.

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Compasses: Joropo adulterado en alta mar

Publicado original en Guatacanights.com el 19 de noviembre de 2020

Compasses encara la música tradicional venezolana como lo haría una banda de rock progresivo. Se apropia de sus formas para luego deconstruirlas. Absorbe sus melodías para reinterpretarlas. Sotavento, su segundo álbum, fue un atrevimiento con altísimas probabilidades de generar una catástrofe de 40 minutos. Pero el resultado fue lo contrario. La obra es un testimonio de cuánto más se puede hacer a partir de los sonidos de raíz folclórica y de hasta dónde pueden ensancharse las fronteras del país sin olvidar su vértice.

El patillero, primera pista del álbum, es una declaración de principios. Un joropo recio, pero enrrevesado; repleto de transiciones, recortes, muy complejo en ritmo y armonía, pero sabroso al fin. Desde el segundo 1, el ensamble muestra sus colores como diciendo: Áquí no se vino a jugar carritos. Un arpa desatada avanza de la mano de un cuatro agresivo, que suele bailar con las maracas. Un bajo de seis cuerdas hace y deshace; marca el ritmo, pero se suma en ciertas frases, colorea, genera un ambiente. Todos suman y destacan. Es una coreografía de dedos y uñas con intención llanera pero trasfondo urbano.

La agrupación había mostrado su calidad en Acoustic Play (2015), compacto que llevaba una suerte de slogan en la tapa —World music made in Venezuela—, pero a ese álbum debut no le hicieron justicia ni el título ni el arte. El contenido musical no se reflejó en el ropaje.

El nombre de la agrupación no remite únicamente al compás en el pentagrama o a ese útil que llevábamos en la cartuchera del colegio para crear círculos perfectos. También evoca la brújula del marino. Ahí cobra más sentido lo de Sotavento, término náutico para referirse al lugar hacia el que corre el viento. 

—Es la nueva dirección de la música venezolana que estamos haciendo —me dice Alis Cruces, el cuatrista.

A la primera oída, queda claro que Compasses no tiene una extremidad débil. Cada integrante es un referente de su instrumento. Todos han deslumbrado, en algún momento, a los jurados de los festivales de Joropo de Villacencio, Colombia, y de El Silbón, en Venezuela. Alis Cruces —también ganador de La Siembra del Cuatro en 2017— ha sido Mejor Cuatrista en ambos certámenes. Andrés Ortiz, Mejor Maraquero. El joven Nelson Echandía, Mejor Bajista. Y el arpista Eduard Jímenez, que sí ganó el premio como instrumentista en el Festival El Silbón en dos ocasiones, en el de Villavicencio se llevó otro a la Mejor Obra Inédita. Porque los muchachos también son compositores.

En Sotavento participan invitados de lujo. En Perlas, autoría de Carlos Suárez, se sumaron el udu de Leo Vargas, la percusión de Yonathan Gavidia y la voz de Hana Kobayashi, que no transporta letras sino que tararea una melodía dulce. Gavidia y Kobayashi también colaboran en un tema divertidísimo del bajista Nelson Echandía (autor de varios) llamado Achill, marcado por el sonido del steel pan de Jonathan Scale, que dialoga con el arpa de Jiménez.   

La cuerda floja es un merengue caraqueño elegante, realzado por el piano de Baden Goyo, el violín de Eddy Marcano y el clarinete de Oswaldo Graterol; y Odalis, una suerte de samba brasileña escrita por Alis Cruces, tocada junto al flautista Eric Chacón y al cuatrista Miguel Siso. Por venezuela es una gaita zuliana armoniosa y vanguardista, con arreglos de cuerdas de Trino Jiménez y solos de guitarra eléctrica de Daniel Bustillos, mientras que Dchan es una pieza de fusión que pone de relieve la batería de Andrés Briceño y la flauta y el saxo de Fernando Fuenmayor. Y Briceño sigue presente en Entre amigos, donde aparece, como un animal exótico, la gaita de Anxo Lorenzo, que trae a la mezcla un ingrediente celta inesperado.

La obra recorre el llano, Caracas y Maracaibo. Luego vira el timón hacía Angostura y después hacia Oriente. Como para dejar clara la bitácora, cada dos o tres canciones, se inserta un descanso con remembranzas poéticas. A veces habla una voz masculina, como la de Emilio Lovera, quien escribió sus propias líneas. Y a veces una femenina, como la de la locutora Génesis Rivas, quien leyó unos versos del Pollo Sifontes, autor, por cierto, de Auristela del Orinoco, un pasaje en el que destaca la mandolina de Jorge Torres.

Cada una de esas estancias poéticas entre canciones es una oda a cada región, como la leyenda de una postal que va llegando desde cada destino del viaje. Así, hasta cerrar con Carretera, de Aldemaro Romero, cantada por Marcial Istúriz.  

Alis Cruces es de Güigüe, pueblo ubicado al sur del Lago de Valencia, Carabobo (quizá el único en el mundo con doble diéresis). Nelson Echandía y Andrés Ortiz son de San Carlos. Y Eduard Jiménez, de Maracay. Todos viajaron durante 2019, en varias pautas, a Audioplace Estudios en Caracas para encontrarse con Jean Sánchez, productor del disco, y aprovechar al máximo el tiempo en la sala de grabación.

Sotavento, el resultado de esas sesiones, con portada de Rubén Darío Moreno, llegó a las plataformas digitales en plena crisis del Covid-19. Confinados, celebraron la nominación a los Latin Grammys al Mejor Álbum Instrumental, misma categoría en la que Miguel Siso, uno de sus invitados, ganó en 2018.

El reconocimiento en esa gran fiesta del negocio musical latinoamericano se suma a un palmarés respetable para esta agrupación fundada en septiembre de 2011. Compasses, que estuvo en el ciclo Noches de Guataca Valencia en 2015 y que ha tocado en países como El Líbano, China y Australia, ha sido una de las joyas más brillantes del ambiente de los festivales joroperos colombo-venezolanos de esta década que termina. Ha ganado el primer premio en El Silbón, en los festivales San Martín de Los Llanos, El Araucano de La Frontera y El Retorno, y ha obtenido el segundo puesto en Villavicencio.

Además de Jean Sánchez, ingeniero ganador del Latin Grammy 2014, junto a un grupo de colegas, por el álbum De Repente del Pollo Brito y C4 Trío, en el equipo técnico responsable de Sotavento estuvo, en la mezcla, Darío Peñaloza, un denominador común en buena parte de los trabajos venezolanos reconocidos —postulados o ganadores— por la Academia Latina de la Grabación. El progreso musical venezolano se ha cristalizado a la par de la profesionalización de los técnicos de sonido, piezas fundamentales del proceso; editores, intépretes, vehículos del arte musical.

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Andrea Paola y sus infusiones sonoras

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 11 de noviembre de 2020

No podría llevar mejor título. Cantos de miel y romero, el álbum de Andrea Paola, se escucha como quien aspira vapores curativos. Son canciones que parecen infusiones, bálsamos, cuyas melodías dulces caminan sobre una instrumentación orgánica como lo son los árboles, el rocío nocturno o el canto de los pájaros.

La obra, inspirada en elementos de raíz venezolanos y latinomericanos, supone un oasis. Es abismal el contraste entre el contexto en el que se publica, estresante, complejo, asfixiante; y la calma que se respira en la morada que ha construido la artista a partir de su música. Allá, lejos, está el caos de la vida urbana, el virus, la violencia, la rabia. Acá, en forma de sonidos, aguarda un refugio donde sólo se admiten la tranquilidad, la candidez, las sonrisas… y quizá un poco de nostalgia.

La voz de Andrea Paola surge abrazada por un trío que conforman el mandolinista Jorge Torres, el bajista Edwin Arellano y el maestro percusionista Carlos “Nené” Quintero, más constantes intervenciones del clarinetista Williams Mora. Son ellos los que le inyectan sabor al merengue caraqueño Para ti, autoría de la cantante, que además escribió otras dos: Una pieza entrañable llamada Mi atardecer, grabada a dúo con el gurú y guitarrista Aquiles Báez; y Miel y romero, que se vale de un ritmo costeño de tambores acentuado por un experto en la materia: Yonathan “Morocho” Gavidia.

La artista, que comparte un proyecto paralelo con Jorge Torres llamado Torre de Grillos, interpretó dos canciones tiernas de colegas que admira y las hizo pasar por el filtro conceptual de su obra, que es toda orgánica, diáfana, armoniosa. De la cantautora colombiana Marta Gómez, escogió Ritualitos, en la que sumó un epílogo en forma de estribillo oriental. Además, Gómez participó en la grabación de Astromelias, donde también destaca la cantante Ana Cecilia Loyo y la propia compositora del tema, Amaranta. Las cuatro voces se entrelazan en una artesanía sonora que se parece mucho a un sueño feliz.

Junto a los temas propios y las creaciones de sus contemporáneas, se cuelan números de autores consagrados. Un poema de Vicente Gerbasi, musicalizado por ella, escarba entre las emociones que residen en pequeñas imágenes cotidianas: El acto simple de la araña que teje una estrella en la penumbra./ La mano que resbala por la espalda tibia del caballo./ El olor sideral de la flor del café, el sabor azul de la vainilla… me detienen en el fondo del día.

Se le suman una versión selvática de Sueños de una niña grande, de Aldemaro Romero; y otra, ensoñadora, de Marta, la Lagarta, de Henry Martínez. También suena una simpática y vieja pieza de Luis Mariano Rivera, El mango, en la que se defiende a la fruta criolla a ritmo de merengue oriental: Que a una dama delicada comer mango es indecente/ porque le ensucia las manos y hebras deja entre sus dientes./ Amigo, esa no es razón… Si el mango fuera importado, le aseguro lo comiera sin tomar ese cuidado.

Cuando yo quiera casarme, un track cortito —2 minutos y 13 segundos— con una recopilación de versos que hizo el gran Vicente Emilio Sojo, nos recuerda, por su acento gracioso y su jovial picardía, que Andrea Paola Márquez es la creadora de Mi juguete es canción, un espectáculo devenido en álbum, dirigido a público infantil, que rinde homenaje a grandes personajes de la cultura venezolana como María Rodríguez, Simón Díaz, Conny Méndez, Otilio Galíndez y otros. 

Mucho ocurrió desde los días en los que estas 10 canciones fueron grabadas hasta que finalmente se hicieron públicas. Entre otras cosas, la productora y maestra de canto, que fue integrante del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela y que ha participado en álbumes como el Homenaje Gualberto Ibarreto (Guataca, 2016), protagonizó el episodio 8 de la serie de videos caseros publicados a través del canal de Youtube de Guataca, Estación Guataca, en el que presentó una canción inédita de su autoría llamada Nuestro canto.

Cuando más los necesitamos, cerca del cierre del mundialmente convulsionado 2020, nos llegan estos Cantos de miel y romero que antes pasaron por las cónsolas de mezclas del ingeniero Vladimir Quintero. La producción, a cargo de la protagonista junto al virtuoso Jorge Torres y a Kumaco Producciones, está en Deezer, Spotify, iTunes, Youtube y Amazon. Es cuestión de escoger una de las plataformas y servírsela, como infusión, en una taza de peltre.  

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Originalmente publicada el 19 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

Pacho Flores irrumpe abrumado por la inmensidad del llano. Va atando tonadas con sutileza como quien tararea retazos de melodías que lleva guardadas en la memoria desde siempre. Cantos y revueltas (2019), su obra para trompeta, piano, cuatro y orquesta estrenada en El Palacio de la Ópera de La Coruña, España, es una invocación a la raíz venezolana desde la nostalgia. Es un guiño a su lugar de origen, preservando el desparpajo de lo tradicional pero partiendo de la rigurosidad del mundo académico.

Flores, considerado uno de los mejores trompetistas clásicos del mundo, construye un cordón imaginario. Para oídos foráneos, la pieza puede ser una gema exótica, imponente como un monumento natural; un horizonte de verdes y azules que neutralizan la soberbia. Para oídos venezolanos, puede ser más. Cantos y revueltas lleva consigo una carga de añoranza combinada con la esperanza de un mejor futuro que es difícil evadir.

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A la trompeta, que representa al individuo, la abraza la orquesta —en este caso la Real Filharmónica de Galicia—, que sería la naturaleza. La batuta está en manos de Manuel Hernández-Silva, un caraqueño formado en Viena, titular de las sinfónicas de Málaga y Navarra, y antes de la Córdoba, todo esto en España. Un artista que ha sido invitado a dirigir algunas de las mejores orquestas de América, Europa y Asia, y que, en Venezuela, ha estado al frente de la Sinfónica de Venezuela, la Simón Bolívar y la Sinfónica Municipal de Caracas.

Flores emite una melodía de Simón Díaz, un fragmento de la Tonada de luna llena, y de pronto arranca un joropo que es como un caballo llevando a la audiencia en un recorrido melodioso de altibajos y agridulces.

Leo Rondón, uno de los cuatristas destacados de estos tiempos, acentúa la venezolanidad, indica la ruta, señala los atajos hacia lo vernáculo. Sus cuerdas de nylon adquieren protagonismo, primero en un guiño al omnipresente Pajarillo, y después, en una transición en la que se queda solo, simula ritmos del Caribe, recorre el diapasón, se regodea en las posibilidades de su instrumento y se pasea por la geografía a través de golpes diferentes de joropo, hasta que se le suman unas maracas y la trompeta de Pacho. Por momentos, la audiencia y los músicos de la orquesta son testigos de un episodio de desparpajo venezolanísimo allí, en medio de una cita solemne, clásica, formal.

El trompetista tachirense, tal como lo hace al inicio, vuelve a cantar solo. Dibuja la serenidad de la tarde con una expresividad poco común en su instrumento. A su llamado van incorporándose paulatinamente el cuatro, las cuerdas, creciendo en intensidad y robustez, hasta culminar en el tope de una montaña. La ovación retumba en los parlantes.

Hasta el párrafo anterior me he referido a los 18 minutos de Cantos y revueltas, la pieza lomito del recital. Pero el álbum del mismo nombre, editado por el prestigioso sello alemán Deustche Grammophon, contiene también el Concerto para corno da caccia de Johann Baptist Georg Neruda, las Bachianas Brasileiras Nº 5 de Heitor Villa-Lobos, la pieza Invierno Porteño de Ástor Piazzolla e, incluso, un arreglo del vertiginoso El Diablo suelto, de Heraclio Hernández.

Formado en el Sistema de Orquestas, Francisco “Pacho” Flores (San Cristóbal, 1981) se reveló desde muy joven como un prodigio de la trompeta. Los premios más codiciados para solistas de su instrumento, primero el Maurice André y luego el Philip Jones y el Cittá di Porcia, no hicieron sino confirmar esa sospecha.

Cuando su carrera en el mundo clásico comenzaba a despegar y ya era artista de la casa de trompetas Stomvi, Pacho decidió aventurarse en un proyecto de música folclórica para abordar algunas de esos géneros que lo había acompañado desde su infancia. La trompeta venezolana (2009), álbum que lleva el sello de Guataca, retó a Flores, acompañado por Jorge Glem (cuatro), Roberto Koch (contrabajo) y Manuel Rangel (maracas), a pasearse por valses y merengues venezolanos, con invitados como el tenor Aquiles Machado y el vibrafonista Alfredo Naranjo.

Una vez que cumplió su capricho, habiendo firmado como artista exclusivo de la Deustche Grammphon —primer solista latinoamericano en hacerlo—, grabó Cantar (2013) con la Konzerthaus Orchester Berlin y Christian Vásquez; editó Entropía (2017), premiado con la Medalla de Oro en los Global Music Awards 2017; lanzó Fractales (2018) con la Arctic Philharmonic bajo la dirección de Christian Lindberg; e hizo Egregore+ (2020), el más reciente. Siempre se ha movido entre lo académico y lo popular, exhibiendo números venezolanos y explorando el cancionero latinoamericano.

En septiembre de 2019 estrenó el Concierto venezolano para trompeta y orquesta del maestro Paquito D’Rivera acompañado por el director orquestal mexicano Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería en una velada de lujo celebrada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. El resultado de la colaboración será llevado a formato disco por el sello alemán.

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

Publicado originalmente el 8 de julio en Guatacanights.com

La Pagana Trinidad es un mero atrevimiento. La banda constituyó un oasis bailable en un contexto musical alternativo de abundante rock, pop, copioso influjo anglosajón, intensidades. Una sazón guarachera a partir de ingredientes que llegaron a puertos venezolanos directamente por el Mar Caribe la diferenció de todo lo que entonces pasaba por las tarimas. No sólo fue novedad; también fue gracia, picardía, feeling, lo que hace falta para fijarse en la memoria de un público. Ahora existe un registro fiel de su sonido. Un gran álbum debut que podría ser despedida.

De donde vengo es un compilado de canciones que ya probaron su efecto en directo; algunas, incluso, funcionaron desde la primera vez que Alessandra Abate, Fernando Bosch (The Bluetones) y Armando Lovera (Los Hermanos Naturales) se subieron juntos a un escenario. No sabían entonces que constituirían una agrupación. No tenían ni nombre. Tampoco habían bautizado eso que luego llamarían new cool guaracha. Pero tenían experimentos como Cosas cursis y otros aperitivos que ofrecieron en la Fête de la Musique capítulo Caracas en junio de 2013.

Cosas cursis fue la primera de varias canciones que surgieron de la interacción entre Alessandra y Fernando. Cuenta Alessandra, quien canta las letras que ella misma escribe, que concebir La Pagana Trinidad fue como crear un personaje. Una vez que tuvo cuerpo y alma, esa criatura comenzó a tomar su propio camino. Las composiciones automáticamente vistieron esos trajes de guaracha, son, cumbia y gypsy jazz, todo acentuado en la percusión de Lovera, con un vocabulario entre callejero y culto, un sonido contemporaneo y paradójicamente vintage, salpicado de soul y hasta un poco de blues.

—La Pagana ya tenía voz propia —asegura Alessandra—. Incluso tomamos decisiones importantes, como no incorporar un bajo a la grabación, porque sentíamos que había un sonido que debíamos respetar.

Foto: Archivo Guataca

Foto: Archivo Guataca

Sí, los bajos provienen de la Gretsch de Fernando Bosch, guitarrista preciso y autosustentable de esos que saben administrar habilidades y sacarle el jugo a los pedales de efectos. Si bien tal responsabilidad le impide mostrar virtudes individuales, quizá también lo obliga a concentrarse en esos riffs, esos arpegios y acordes que sostienen por la mano y la cintura —casi en la frontera hacia las nalgas— a La Pagana Trinidad.

Al habitante de Caracas le basta rodar una hora para llegar a la playa. Puede dirigirse al este, o salir del gran valle atravesando la montaña. El mar es la promesa recurrente del fin de semana. Es un descanso del agobio capitalino, del concreto, el smog y los quehaceres. Sobre eso va Agua salá, una pieza para bailar sin apuro, con actitud de reggae, dedicada a los chapuzones curativos, a las veladas sobre la arena acompañadas por el sonido de las olas cuando rompen.

El gypsy jazz —o manouche, como prefieran— está en el ADN de La Pagana Trinidad. Tal como lo hizo antes Monsieur Periné en Colombia, ellos encontraron allí un sendero placentero que tiene mucho sentido. Es una vertiente bailable del jazz que jamás ha estado lejos del Caribe: Nueva Orleans, separada del resto de Estados Unidos por pantanos, recibió mucho del sur, de Las Antillas, de todo lo que navegaba hacia el norte por el Golfo de México. Quizá por eso no hace ruido cuando aparece en Desdén, que, además, incluye un paréntesis bolerístico; o cuando predomina en Sr. Valéry, un tema delicioso inspirado en un personaje ficticio de un libro del portugués Gonçalo M. Tavares.

—La Pagana es una reconciliación con el bagaje latinoamericano —reflexiona Alessandra —. Hay algo picante, sabroso y único en esto que hacemos. Es un intento naif pero honesto de plasmar una identidad que es como un collage. Es el mestizaje. Es una identidad mixta que se apropia de todo.

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Suelta el trago es una canción romántica, pero del romance que llama las cosas por su nombre. Musicalmente, tiene dos velocidades. Una para conversar en la mesa y la otra para coquetear en la pista. Spoiler alert: el relato termina en samba brasileña.

La avispa es una guajira que contiene un doble guiño: la música recuerda a El ratón de Cheo Feliciano; la letra, al cuento “La avispa ahogada” de Aquiles Nazoa, que era el número favorito del repertorio de Alessandra cuando perteneció a un grupo de cuentacuentos de su colegio.

La Pagana Trinidad, ganadora del Pepsi Music 2015 al Artista/Banda Revelación, es ese grupo que pone a sonar el joven, pero que atrae a sus padres, abuelos y tíos macerados todos en Billo’s, La Dimensión Latina, acaso en Los Corraleros de Majagual colombianos u otras manifestaciones fiesteras más recientes. Prueben, por ejemplo, con la versión de Clavelito colorado, de Simón Díaz, que la banda incorporó a su repertorio una vez que participó en un homenaje multitudinario que le hicieron al maestro de las tonadas en plena avenida Francisco de Miranda de Caracas.

Tres canciones hablan del país y sus malestares. Aguacero es una cumbia que transporta una metáfora triste de la Venezuela de los últimos cinco, 10, ¿20 años? Mamá, llegó el aguacero y trae más agua que el mar/ el que no tenga peñero en esta vaina se va a ahogar. La que da título al álbum contiene versos muy claros: De donde vengo, la calma no es más que pura ilusión. Y una llamada Fiesta e’ protesta despide, entre el meneo de caderas, la frustración contra la violencia como medio para resolver conflictos. Propone sustituir rifles y municiones por libros y materiales de construcción.

Una noche, en uno de tantos toques en el Discovery Bar de El Rosal, Caracas, el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez asistió a celebrar su cumpleaños. La Pagana Trinidad armó la fiesta de siempre. Al final, el músico se les acercó e inmediatamente les propuso producir su álbum. Y así fue. No tardó en llevarlos al estudio de Ricardo Martínez, quien grabó y mezcló los instrumentos. Alessandra grabó sus voces con Armando Lovera Hernández, padre del percusionista. Y todo fue masterizado por el maestro de maestros Germán Landaeta.

Epílogo: Al momento de esta publicación, la historia de La Pagana Trinidad, golpeada por la diáspora venezolana, está en puntos suspensivos. Pongamos en práctica sus enseñanzas y administremos el despecho bailando mientras esperamos que ella recupere, algún día, su vida mundana.

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Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Publicada originalmente el 27 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Al fin podemos asomarnos entre las rendijas y saber a qué sonó. Al fin podemos hacernos una idea de lo que ocurrió en un estudio caraqueño en 2006 cuando Simón Díaz se sentó por última vez frente a un micrófono conectado a una cónsola de grabación, mientras Gabriela Montero reinterpretaba libremente algunas de las obras preciadas del maestro de las tonadas. Al fin.

Cuando las ganas se juntan —así se llama el álbum— nos sorprende como intrusos, como si nos hubiéramos colado en un lugar privilegiado. Son los pormenores del histórico encuentro entre uno de los compositores populares más celebrados del país y una de las mejores pianistas clásicas del mundo.

La carátula no le hace justicia a una obra antológica, cuyo valor radica precisamente en lo inacabado. Es de una belleza que florece de manera silvestre, natural. Díaz y Montero nos hablan al oído, como secreteándonos. Nos hablan, por momentos, desde adentro de nosotros mismos.

Apenas comienza, el piano dice presente y espera la respuesta silbada del Clavelito colorado. El piano de la ciudad, de los conservatorios, del influjo europeo; el silbido del sentimiento, de la intuición, de ese campo que siempre estuvo aquí, desde mucho antes que este paisaje imponente se llamara Venezuela. Así comienzan a buscarse el uno al otro, como quienes van cortando la maleza guiándose por el oído (y el corazón).

Una brecha enorme separa los puntos de partida de Simón Díaz y Gabriela Montero. Existe un aprendizaje que viene del instinto y la naturaleza; una información que surge del horizonte y los anhelos, las siluetas de los árboles contra el ocaso, el canto cándido de los pájaros y la nobleza del ganado. Otro, que proviene de las siete notas, con sus bemoles y sostenidos, mayores, menores y otras tantas complejidades entre redondas y semifusas; un contenido que va del pentagrama y las enseñanzas de tantos genios de otros tiempos a los dedos y los martillazos que resuenan dentro del piano. Pero la magia vence ese abismo. La magia o el talento, o la gracia o las emociones o todo eso junto. En una estación avanzada del viaje, una vez superados relieves y curvas, los dos, el cantor popular y la pianista virtuosa, se encuentran en una cumbre que sólo admite lo sublime. ¿Una cita en la luna, la luna a la que tanto le cantó ese hombre enamorado que nació en Barbacoas, estado Aragua, un día 8 del mes 8 del año 28?

No había comenzado el doloroso exilio de Gabriela Montero, para muchos la mejor pianista venezolana desde Teresa Carreño, cuando a Bettsimar Díaz, hija del Tío Simón, productora y presentadora de televisión, se le ocurrió la gran idea. Entre las dificultades que ya suponía el Alzheimer de su padre y la agenda copada de la artista, encontraron el tiempo para grabar seis pistas. Más tarde, en 2010, Montero recurrió a su acto de magia predilecto —la improvisación— para jugar en torno a otras cinco.

Cualquier experimento de la autora de Ex Patria es digno de enmarcar y eso pasa con su lectura de Caballo viejo, de la que resultaron dos versiones, una más impetuosa, la otra más taciturna. También ocurre con Flor de loto, trasplantada a un jardín atemporal, y El becerrito (La vaca Mariposa), cuya historia se cuenta desde el Romanticismo. Al igual que Pasaje del olvido y Tonada del tormento, todas se asoman entre los episodios cantados como preparando al espectador, pero incluso cuando no canta, el maestro está presente.

Luna de Margarita es una obra impresionista. El Tío Simón anuncia: Luna de Margarita es… como tu luz, como tu voz, como tu amor. Gabriela recoge esas palabras y se las lleva con ella como un tesoro. La artista viste la esencia de Simón como quien se pone un abrigo. Deja caer sus dedos entre esas melodías para reinterpretarlas desde su virtuosismo.

Con Simón pasa como con Manzanero o Leonard Cohen. Son autores de grandes composiciones que han sido reproducidas en muchas voces, pero no hay nada como escucharlas por ellos mismos. La canción responde fielmente a su significado. Su contenido se relegitima. A pesar de su edad y su condición al momento del registro, su voz exhibe la potencia necesaria para trasladar versos como los de Mi querencia, El alcaraván, Sabana y El Loco Juan Carabina. Se le oye tomar aire. Su sonrisa, esa que es casi un emblema nacional, puede intuirse. Porque a veces las sonrisas suenan, y la de él pareciera no apagarse nunca.

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Por Gerardo Guarache Ocque

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 21 de febrero de 2020

 

Un bajo eléctrico se toma su tiempo con mucho groove. Se le suman unas congas y del encuentro surge una música latinoamericana que camina por la ciudad con desparpajo y chaqueta de cuero. Al paseo se incorpora una guitarra funk y un hombre recita en inglés la antesala a nuevos invitados: un piano salsero, un teclado ochentoso; la base rítmica y los coros le hacen un guiño a Guaco. Así es la música de Luis “El Pana” Tovar, percusionista de Guatire establecido en Calgary: un constante armar y desarmar; un collage en el que los tambores afrovenezolanos sirven de anfitriones a lo demás, venga del pop, del jazz, del R&B, la salsa, el merengue dominicano o el rock.

Fuliafrocode, su segundo álbum, es una manifestación de su voz, como él la llama. Un compendio de 13 temas en los que se mezclan sus aprendizajes y sus gustos. Una amalgama en la que pueden identificarse influencias caribeñas y anglosajonas y, sobre todo, esencias que el percusionista, formado con maestros como Alexander Livinalli y Vladimir Quintero, se llevó de su país como equipaje cuando migró, primero a México y después más al norte, a Canadá, donde reside desde hace 14 años.

Tovar se gana la vida tocando salsa. Con su banda, Distrito Salsa, suele acompañar a referentes del género como Tito Nieves, Willie Colón, Tony Vega, Maelo Ruiz o Jerry Rivera. Al margen de su actividad como performer, juega a la artesanía musical en casa. De esas dinámicas lúdicas, han surgido sus dos obras.

Todo comenzó con unos injertos rítmicos que se le ocurrieron. Unas combinaciones nada comunes. A partir de eso, comenzó a construir y se atrevió a agregar bajos, teclados y a sumergirse en el mundo de los loops, los samplers y las herramientas comunes en una grabación de un álbum de hip hop. El primer resultado de la experiencia se llamó simplemente Everything I Like (2014).

Fuliafrocode evidencia la continuidad de esa búsqueda. “Dale candela” —la canción descrita en el primer párrafo de este artículo— convive con otras como Why not?, grabada junto a su colega Yonathan Gavidia y cuyo título subraya su empecinamiento por llevar la fusión lo muy lejos, a donde la mayoría siente vértigo. En esa, la fulía se entrelaza con un merengue dominicano muy al estilo Juan Luis Guerra, y después coquetea con un chachachá y un guaguancó. Toda una ensalada.

Uno de sus objetivos fue realzar el San Juan de Guatire, fiesta mágico-religiosa de su tierra casada con un ritmo de tambores desafiante y enérgico. Al mismo tiempo, quiso rendirle tributo a la agrupación 1, 2, 3 y fuera. Ambos propósitos se lograron en Fuera, la tercera pista, en la que ese patrón afrovenezolano dialoga con retazos de hip hop y sigue de largo hasta juntarse con otra versión de la obra de Simón Díaz más celebrada en tiempos recientes, la Tonada de luna llena, cantada esta vez por su amigo Andrés González.

Los versos del Tío Simón representan un prólogo de la pieza siguiente. Aguanta Venezuela le rapea un mensaje de ánimo a quienes dejaron el país en busca de oportunidades y huyendo de la dramática crisis y, al mismo tiempo, construye un escudo contra la xenofobia que sufren muchos de ellos. Antes, en la misma línea pero en formato instrumental, suena Venezuelan Exodus, que mezcla los tambores con unos teclados vintage, como sacados de un álbum de Herbie Hancock de principios de los años 70, grabados por Kate Melvina y Stephen Fletcher.

El hombre que recita en inglés en cinco de las 13 pistas es Malcolm Mooney, poeta estadounidense que alguna vez perteneció a la banda alemana CAN, exponente de aquella corriente setentera conocida como Krautock —definidad por una fusión avant-garde de elementos disímiles en torno a la electrónica y el rock—. Es él quien aporta los versos de la reflexiva Someone Care, una canción que reclama bondad, solidaridad y fe en el otro para los tiempos mezquinos que vivimos. La otra voz hablada es la de Edwins Moreno, quien hace las alabanzas a la Santa Cruz de Pacairigua en Fuliafrocode, la pieza que acentúa el origen y el viaje de Tovar, tomando la materia prima de una ceremonia tradicional y revistiéndola de modernidad.

Fuliafrocode, en cuya grabación también participó su maestro Alexander Livinalli, es un álbum que puede (y debe) escucharse de un tirón. A la mitad, justo antes de la descarga de Un cambio de actitud pt. 2, que es como un frenesí con metales, una percusión latina agresiva y endemoniados solos de guitarra de Carmelo Medina, se presenta una pausa, un descanso para tomar aire y seguir. El respiro se llama I Like This Winter Better. Allí, en esa canción cálida en contexto invernal, relucen los bajos de Lisa Jacobs. Es tierna porque escenifica el nacimiento de la hija de Luis Tovar, Emily Gabriela, quien, sin saberlo, en sus primeros intentos de habla, tuvo una participación estelar en la obra de su padre.

 

FOTO: Cortesía Carmen Alejandra Infante Peña