Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2020 en Guatacanights.com

Jueves 24 de noviembre de 2005. 7:00 pm. Sala Arturo Uslar Pietri, Casa Rómulo Gallegos. Celarg, Fundación Multifonía y CONAC presentan a… ¡Los Cuatro Fantásticos!

El programa de mano no promete nada. Un cuatro acostado, una tipografía común, una clave de sol seguida de unas blancas, negras y corcheas desperdigadas por el espacio en blanco y, de ñapa, un nombre que es más chiste que nombre: Los Cuatro Fantásticos, porque los integrantes son cuatro y tocan el cuatro maravillosamente. Todos.

Nadie sospecha que será histórico este Jueves de Multifonía. En principio, es una fecha más de un ciclo de conciertos que dirige el músico Edwin Arellano en el centro cultural que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. Nada en ese diseño apresurado augura que el merideño Héctor Molina, el caraqueño Edward Ramírez y el cumanés Jorge Glem —con la adición fugaz, en esa primera cita, de Rafael Martínez— cambiarán algo en la escena musical venezolana.

Muchas cosas estaban pasando. La Cátedra de Música Venezolana que dirigía Orlando Cardozo en el antiguo Instituto de Estudios Musicales, en el que estudiaban Molina, Glem y Martínez, propiciaba amistades y experimentos. Ellos tres, que no son exclusivamente cuatristas, habían conformado un grupo al que llamaban Los Doce, no sólo por los 12 órdenes de sus instrumentos (Molina en el cuatro, Glem en mandolina y Martínez en contrabajo), sino inspirados en un bambuco del colombiano Álvaro Romero Sánchez que versionó magistralmente el Ensamble Gurrufío.

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Cuando consideraron la propuesta cuatrística de Arellano, les pareció buena idea invitar a Edward Ramírez, alumno de Cardozo en la Escuela José Reina de San Bernardino. Edward es dos años y medio más joven que Jorge, y casi 5 más joven que Héctor. En 2005 esa diferencia de edad era evidente, pero a todos les encantaba lo que hacía el muchacho —entonces de 20 años— con su cuatro. Era (es) un fajao de esos que invierten muchas horas estudiando armonías, absorbiendo conocimiento, perfeccionando su técnica. Por eso obtuvo, precozmente, el tercer lugar en dos ediciones consecutivas de La Siembra del Cuatro, el festival que los ubicó a todos en el mismo sitio. Jorge lo ganó ese 2005 y Héctor había sido finalista el año anterior. El certamen, organizado por Cheo Hurtado, nació con el objetivo de realzar al cuatro venezolano y celebrar su enorme riqueza. Lo que ocurriría a partir de aquella velada sería un ejemplo palpable de su éxito.

La cátedra de Cardozo en el Iudem fijaba los cimientos de lo que se convertiría en la Movida Acústica Urbana, un colectivo que combinaba la gracia de la música folclórica con la rigurosidad de la academia y la osadía del jazz. Su esplendor ya se reflejaba en un álbum llamado Venezuela en Cámara, que recogió lo mejor de aquel laboratorio de Cardozo. Todos los integrantes del futuro C4 Trío grabaron allí por separado, incluido el bajista Rodner Padilla (con su ensamble EnCayapa), un personaje que entonces era de reparto en esta historia, pero que se convertiría en protagonista.

Con ese 24 de noviembre en el horizonte, Molina, Glem, Ramírez y Martínez trabajaron en arreglos. Se inventaron un formato en el que A inicia el recital tocando solo y después invita a B para tocar una pieza juntos. Luego A sale de la escena y B se queda, toca solo e invita a C. Y así hasta llegar al cuarto integrante, que llama a los otros para cerrar con varios números en conjunto.

Para ensayar, se reunían en los espacios abiertos del Complejo Teresa Carreño. Se juntaban en una oficina prestada de la Escuela Nacional de Hacienda Pública, donde Héctor trabajaba. Y se veían en una habitación que alquilaba Jorge Glem en El Cafetal. No había necesidad de rentar una sala de ensayos ni plata para hacerlo.

Un formato inédito los obligaba a buscar una nueva manera de concebir los arreglos musicales. Su labor de artesanía buscaba exprimir el instrumento nacional al máximo y, al mismo tiempo, usarlo como vehículo de cualquier género. Mientras uno cumplía la tarea de servir una base rítmica, el otro se encargaba de armonizar y un tercero cantaba la melodía. Y así se iban rotando, juntando, dialogando musicalmente y construyendo frases de las que cada uno ponía un pequeñísimo retazo. Comenzaba a configurarse lo que sería el sello de una agrupación emblemática.

El 1º de julio de ese año se había estrenado en Venezuela la taquillera versión cinematográfica del cómic Los 4 Fantásticos. No tardaron Jorge, Héctor, Edward y Rafael en comenzar a jugar con ese título. Edwin insistió en que le pusieran un nombre al proyecto. Necesitaba el dato para agregarlo a los programas de mano. Cuando llegó el día del concierto, todavía no se habían decidido. Entonces presionó print y así quedaron: Los Cuatro Fantásticos.  

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No existe un registro de asistencia de aquella noche. Uno dice 15, el otro 10, el otro 20. La Uslar Pietri es una sala pequeña, con aforo para unas 50 personas. La flautista Yaritzy Cabrera, que ya era novia de Héctor —y sería en el futuro su esposa y madre de su hijo—, estuvo presente. Jorge Torres, gran mandolinista, amiguísimo de Edward y compañero suyo en el novel ensamble Kapicúa, también. Gente asidua a ese espacio; gente con la que compartían en parrandas; gente perteneciente o cercana al grupo Multifonía, al que pertenecían Héctor, Rafael y que dirigía el propio Edwin Arellano, curador del ciclo; un puñado de privilegiados presenciaron cómo estos instrumentistas de extraordinaria destreza individual se fundieron por primera vez en un monstruo de varias cabezas. Ellos mismos descubrieron esa noche una energía que no habían experimentado antes. El cuarteto, que se consolidaría como trío, dijo hola y recibió el primer aplauso de lo que sería una exitosa carrera.

***

Tras aquella cita en el Celarg, Rafael Martínez se mudó a San Cristóbal y eso obligó al resto a repensar los arreglos. Una vez que el concepto cuajó, se empezaron a abrir puertas. Una tras otra. Un concierto por aquí, otro por allá. Conocieron a Aquiles Báez y, gracias a él, surgió la invitación a viajar por primera vez a Estados Unidos para el festival Venezuelan Sounds. El mismo Aquiles y el empresario y melómano Ernesto Rangel les propusieron ir al estudio de grabación.

El CD, que fue la prueba piloto de una plataforma cultural que apenas nacía y que adoptaría el nombre de Guataca, se editó firmada con un nombre nuevo, uno más ajustado a sus aspiraciones, más serio: el explosivo y elemental C4 Trío.

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Los años recientes, en los que sus integrantes emigraron, han supuesto tragos amargos en la vida de los músicos. Gustavito Márquez, quien fuera su bajista en una época de actividad intensa, murió en mayo de 2018. También recuerdan constantemente a su mánager Soraya Rojas, co-responsable en su proceso de profesionalización, que falleció en septiembre de 2017; y a uno de sus ingenieros de sonido más queridos, Rafael Rondón, cuyo deceso en enero de 2020 sorprendió y ensombreció a todos.

Aunque este relato promete muchos más episodios, C4 Trío ya lleva consigo un currículum sorprendente. En su hoja de vida saltan a la vista datos que antes parecían irreales para un ensamble inspirado en la raíz tradicional venezolana. Completar giras nacionales de una decena de fechas. Tocar en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño, el Aula Magna de la UCV, el Anfiteatro del Centro Sambil o el Poliedro de Caracas, participar en multitudinarios festivales de verano en Europa, sorprender a alumnos y profesores de la Berklee School of Music, grabar una canción junto a Rubén Blades y editar un DVD celebratorio de sus 10 años, de calidad cinematográfica, con Oscar D’León, Guaco, Horacio Blanco, Servando Primera y Betsayda Machado. Ser ovacionados por el selecto público de la ceremonia no televisada de los Latin Grammys. Infinidad de recitales y ovaciones.

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El catálogo suma seis álbumes, tres de ellos junto a grandes personajes, Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y el nicaragüense Luis Enrique, y uno junto a una gran banda, Desorden Público. Sus producciones han sido postuladas en tres ocasiones al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico, de las que ganaron una en 2019, mismo año en el que el arreglo de su canción con Luis Enrique, Sirena, realizado por su bajista y productor, Rodner Padilla, triunfó. Su disco De repente, con El Pollo, se llevó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación en 2014 gracias al trabajo de un equipo brillante encabezado por Darío Peñaloza y Germán Landaeta. Y de guinda, sorpresivamente, lograron una nominación, junto a Desorden Público, a los Grammys anglosajones en 2018.

Por encima de todo eso, C4 goza de una unanimidad inusual en estos tiempos. Cuando tocan, nadie es indiferente a ellos. Ni en Caracas, ni en el interior de su país, en Estados Unidos o Europa. En lo que va de siglo, ha sido el ensamble consentido de Venezuela, llevado por su carisma, su espectacularidad, su virtuosismo y el sabor con el que reinterpretan los sonidos de su tierra. Cada nota de C4 es una celebración de la música venezolana y del cuatro como su instrumento rey. C4 es, a fin de cuentas, la fiesta de un país cuya historia se escribe con las uñas.

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