Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Alejandro Zavala hizo de voces corazón

Publicado originalmente en www.Guatacanights.com 4 de febrero de 2021

Alejandro Zavala estudió exhaustivamente la tradición musical venezolana antes de permitirse, sin zafarse nunca de ella, emprender su propio viaje. Tras cantar con tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, música en formatos variados, y tras grabar tres álbumes que son tramos de una misma búsqueda incesante, decidió extremar su voz, su instrumento más preciado, y construir una obra entera valiéndose únicamente de ella.  

Vocal, su cuarto álbum, es el resultado de un fino trabajo artesanal en el que su voz se desdobla, se multiplica, se transforma en lo que la canción necesite. Percusión, bajo, cuatro, cuerdas. Zavala funciona como un teclado al que, con un botón, lo hacen emular otros sonidos. Partiendo de ese supuesto imposible —que una misma voz suene cinco, seis, diez veces en simultáneo— recorrió cinco viejas canciones y tres piezas inéditas.

Las versiones de temas muy populares como la guasa El norte es una quimera de Luis Fragachán o La vaca mariposa de Simón Díaz demuestran la filigrana exquisita que logró el artista en los cuatro años de trabajo que le tomó la realización. Es una labor de mucha precisión, detallista, de texturas y matices muy sutiles. A los temas nada le falta, nada le sobra.

La paraulata de Juan Vicente Torrealba es una tonada/pasaje que nos lleva a Los Llanos. El Sangueo nos transporta a las costas caribeñas. Y la malagueña María y el mar, con letra de su autoría, nos invita a navegar por algún punto del mar entre Sucre y la isla de Margarita.

Vocal no es un álbum infantil, pero algo —quizá la inclusión de Son chispitas de Otilio Galíndez— genera desde los primeros minutos la sospecha de que es una obra concebida para el disfrute de público de cualquier edad. Como diría la cantante Andrea Paola Márquez sobre uno de sus proyectos, es para niños de 0 a 100 años. Y esa sospecha se va confirmando hacia las últimas pistas.

Zavala y su pareja, la bailaora Ana Valentina Quilarque, tuvieron una bebé en el extraño 2020, en pleno confinamiento por la pandemia. Inspirado en el maravilloso caudal de emociones que viene con el nacimiento de una hija, escribió un vals con su nombre: Alma. Además, le compuso una cara B, Arrullo, canción de cuna que baja el telón de la noche, de los ojos de su pequeña y de un álbum en el que Papá lo hizo todo, incluyendo la mezcla y el mastering.

Venezuela es un país de gran tradición coral, pero son muy pocos los trabajos inscritos en esta categoría. Podemos pensar en algunos episodios de agrupaciones como Vocal Song o Voz Veis. Internacionalmente, resuenan los cubanos de Vocal Sampling o los italianos de Neri per Caso. Al decantarnos por el factor unipersonal, me viene a la mente un álbum de Ximena Borges, ecléctica artista —hija del maestro Jacobo Borges— que en 2013 se atrevió a un experimento con motivos navideños, titulado Joyful Noise, basado, grosso modo, en el mismo principio. El otro antecedente lo generó el propio Alejandro Zavala en Primavera para mayo (2011), su segundo disco, en el que trabajó con Aquiles Báez y agregó una versión enteramente vocal de Flor de mayo, de Otilio Galíndez. Una vez que la hizo, sintió que se abría una puerta a un patio lleno de posibilidades. 

La principal referencia de Zavala y, de paso, el máximo referente de este curioso arte, es el genio estadounidense Bobby McFerrin, y en especial su trabajo Simple Pleasures (1988), del que se popularizó mundialmente el hit Don’t Worry Be Happy. Muchos pensarán todavía que la canta un ensamble vocal, pero la pista está toda grabada por el propio McFerrin (sin los enormes recursos tecnológicos de este siglo).

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Zavala se aventuró a hacer lo que hizo McFerrin entonces, explorando la técnica del scat singing, de la que supo inicialmente porque su amigo el músico y humorista César Muñoz la había estudiado en la Berklee School of Music de Boston. La novedad, la gran novedad, es que se basó en ese concepto pero trabajando con materia prima de raíz venezolana, respetando sus particulares estructuras, ritmos, cadencias, giros, transiciones.  

Alejandro Zavala (Caracas, 1977) ha hecho muchas cosas. Ha tocado con grupos de estricto joropo llanero y también en agrupaciones bailables como Tártara. Ha sido el Santos Luzardo de la obra musical Orinoco, versión libre y aflamencada de Doña Bárbara que protagonizó la bailaora Daniela Tugues con música de César Orozco. Investigador de la antigua Fundación de Musicología y Folclore, fundador de la Escuela Contemporánea de la Voz, comunicador social, docente, locutor, productor y director de los estudios Sonofilia en Caracas. Toca varios instrumentos, especialmente el cuatro. Fue arreglista y vocalista de un concierto titulado Venezuela, Una voz, una orquesta, dirigido por Eddy Marcano y presentado en directo en la Sala Simón Bolívar de la sede principal del Sistema de Orquestas en Caracas en octubre de 2016.

En 2009 editó su álbum debut Orígenes, al que le siguieron Primavera para mayo (2011) y Colores tierra (2014), todos basados en elementos folclóricos pero presentados libremente desde la contemporaneidad, con una instrumentación más o menos ambiciosa, matices de jazz y esa cosa etérea y multicolor que llaman world music.

Quizá influya la particularidad de la propuesta, pero, tal como ya lo advirtió desde su Instagram el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez, amigo del artista y aliado en el proceso de realización, Vocal es el trabajo más logrado de su carrera. 

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

C4 Trío y la proeza de hacer historia con las uñas

Publicado originalmente el 24 de noviembre de 2020 en Guatacanights.com

Jueves 24 de noviembre de 2005. 7:00 pm. Sala Arturo Uslar Pietri, Casa Rómulo Gallegos. Celarg, Fundación Multifonía y CONAC presentan a… ¡Los Cuatro Fantásticos!

El programa de mano no promete nada. Un cuatro acostado, una tipografía común, una clave de sol seguida de unas blancas, negras y corcheas desperdigadas por el espacio en blanco y, de ñapa, un nombre que es más chiste que nombre: Los Cuatro Fantásticos, porque los integrantes son cuatro y tocan el cuatro maravillosamente. Todos.

Nadie sospecha que será histórico este Jueves de Multifonía. En principio, es una fecha más de un ciclo de conciertos que dirige el músico Edwin Arellano en el centro cultural que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. Nada en ese diseño apresurado augura que el merideño Héctor Molina, el caraqueño Edward Ramírez y el cumanés Jorge Glem —con la adición fugaz, en esa primera cita, de Rafael Martínez— cambiarán algo en la escena musical venezolana.

Muchas cosas estaban pasando. La Cátedra de Música Venezolana que dirigía Orlando Cardozo en el antiguo Instituto de Estudios Musicales, en el que estudiaban Molina, Glem y Martínez, propiciaba amistades y experimentos. Ellos tres, que no son exclusivamente cuatristas, habían conformado un grupo al que llamaban Los Doce, no sólo por los 12 órdenes de sus instrumentos (Molina en el cuatro, Glem en mandolina y Martínez en contrabajo), sino inspirados en un bambuco del colombiano Álvaro Romero Sánchez que versionó magistralmente el Ensamble Gurrufío.

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Cuando consideraron la propuesta cuatrística de Arellano, les pareció buena idea invitar a Edward Ramírez, alumno de Cardozo en la Escuela José Reina de San Bernardino. Edward es dos años y medio más joven que Jorge, y casi 5 más joven que Héctor. En 2005 esa diferencia de edad era evidente, pero a todos les encantaba lo que hacía el muchacho —entonces de 20 años— con su cuatro. Era (es) un fajao de esos que invierten muchas horas estudiando armonías, absorbiendo conocimiento, perfeccionando su técnica. Por eso obtuvo, precozmente, el tercer lugar en dos ediciones consecutivas de La Siembra del Cuatro, el festival que los ubicó a todos en el mismo sitio. Jorge lo ganó ese 2005 y Héctor había sido finalista el año anterior. El certamen, organizado por Cheo Hurtado, nació con el objetivo de realzar al cuatro venezolano y celebrar su enorme riqueza. Lo que ocurriría a partir de aquella velada sería un ejemplo palpable de su éxito.

La cátedra de Cardozo en el Iudem fijaba los cimientos de lo que se convertiría en la Movida Acústica Urbana, un colectivo que combinaba la gracia de la música folclórica con la rigurosidad de la academia y la osadía del jazz. Su esplendor ya se reflejaba en un álbum llamado Venezuela en Cámara, que recogió lo mejor de aquel laboratorio de Cardozo. Todos los integrantes del futuro C4 Trío grabaron allí por separado, incluido el bajista Rodner Padilla (con su ensamble EnCayapa), un personaje que entonces era de reparto en esta historia, pero que se convertiría en protagonista.

Con ese 24 de noviembre en el horizonte, Molina, Glem, Ramírez y Martínez trabajaron en arreglos. Se inventaron un formato en el que A inicia el recital tocando solo y después invita a B para tocar una pieza juntos. Luego A sale de la escena y B se queda, toca solo e invita a C. Y así hasta llegar al cuarto integrante, que llama a los otros para cerrar con varios números en conjunto.

Para ensayar, se reunían en los espacios abiertos del Complejo Teresa Carreño. Se juntaban en una oficina prestada de la Escuela Nacional de Hacienda Pública, donde Héctor trabajaba. Y se veían en una habitación que alquilaba Jorge Glem en El Cafetal. No había necesidad de rentar una sala de ensayos ni plata para hacerlo.

Un formato inédito los obligaba a buscar una nueva manera de concebir los arreglos musicales. Su labor de artesanía buscaba exprimir el instrumento nacional al máximo y, al mismo tiempo, usarlo como vehículo de cualquier género. Mientras uno cumplía la tarea de servir una base rítmica, el otro se encargaba de armonizar y un tercero cantaba la melodía. Y así se iban rotando, juntando, dialogando musicalmente y construyendo frases de las que cada uno ponía un pequeñísimo retazo. Comenzaba a configurarse lo que sería el sello de una agrupación emblemática.

El 1º de julio de ese año se había estrenado en Venezuela la taquillera versión cinematográfica del cómic Los 4 Fantásticos. No tardaron Jorge, Héctor, Edward y Rafael en comenzar a jugar con ese título. Edwin insistió en que le pusieran un nombre al proyecto. Necesitaba el dato para agregarlo a los programas de mano. Cuando llegó el día del concierto, todavía no se habían decidido. Entonces presionó print y así quedaron: Los Cuatro Fantásticos.  

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No existe un registro de asistencia de aquella noche. Uno dice 15, el otro 10, el otro 20. La Uslar Pietri es una sala pequeña, con aforo para unas 50 personas. La flautista Yaritzy Cabrera, que ya era novia de Héctor —y sería en el futuro su esposa y madre de su hijo—, estuvo presente. Jorge Torres, gran mandolinista, amiguísimo de Edward y compañero suyo en el novel ensamble Kapicúa, también. Gente asidua a ese espacio; gente con la que compartían en parrandas; gente perteneciente o cercana al grupo Multifonía, al que pertenecían Héctor, Rafael y que dirigía el propio Edwin Arellano, curador del ciclo; un puñado de privilegiados presenciaron cómo estos instrumentistas de extraordinaria destreza individual se fundieron por primera vez en un monstruo de varias cabezas. Ellos mismos descubrieron esa noche una energía que no habían experimentado antes. El cuarteto, que se consolidaría como trío, dijo hola y recibió el primer aplauso de lo que sería una exitosa carrera.

***

Tras aquella cita en el Celarg, Rafael Martínez se mudó a San Cristóbal y eso obligó al resto a repensar los arreglos. Una vez que el concepto cuajó, se empezaron a abrir puertas. Una tras otra. Un concierto por aquí, otro por allá. Conocieron a Aquiles Báez y, gracias a él, surgió la invitación a viajar por primera vez a Estados Unidos para el festival Venezuelan Sounds. El mismo Aquiles y el empresario y melómano Ernesto Rangel les propusieron ir al estudio de grabación.

El CD, que fue la prueba piloto de una plataforma cultural que apenas nacía y que adoptaría el nombre de Guataca, se editó firmada con un nombre nuevo, uno más ajustado a sus aspiraciones, más serio: el explosivo y elemental C4 Trío.

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Los años recientes, en los que sus integrantes emigraron, han supuesto tragos amargos en la vida de los músicos. Gustavito Márquez, quien fuera su bajista en una época de actividad intensa, murió en mayo de 2018. También recuerdan constantemente a su mánager Soraya Rojas, co-responsable en su proceso de profesionalización, que falleció en septiembre de 2017; y a uno de sus ingenieros de sonido más queridos, Rafael Rondón, cuyo deceso en enero de 2020 sorprendió y ensombreció a todos.

Aunque este relato promete muchos más episodios, C4 Trío ya lleva consigo un currículum sorprendente. En su hoja de vida saltan a la vista datos que antes parecían irreales para un ensamble inspirado en la raíz tradicional venezolana. Completar giras nacionales de una decena de fechas. Tocar en la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño, el Aula Magna de la UCV, el Anfiteatro del Centro Sambil o el Poliedro de Caracas, participar en multitudinarios festivales de verano en Europa, sorprender a alumnos y profesores de la Berklee School of Music, grabar una canción junto a Rubén Blades y editar un DVD celebratorio de sus 10 años, de calidad cinematográfica, con Oscar D’León, Guaco, Horacio Blanco, Servando Primera y Betsayda Machado. Ser ovacionados por el selecto público de la ceremonia no televisada de los Latin Grammys. Infinidad de recitales y ovaciones.

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El catálogo suma seis álbumes, tres de ellos junto a grandes personajes, Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y el nicaragüense Luis Enrique, y uno junto a una gran banda, Desorden Público. Sus producciones han sido postuladas en tres ocasiones al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico, de las que ganaron una en 2019, mismo año en el que el arreglo de su canción con Luis Enrique, Sirena, realizado por su bajista y productor, Rodner Padilla, triunfó. Su disco De repente, con El Pollo, se llevó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación en 2014 gracias al trabajo de un equipo brillante encabezado por Darío Peñaloza y Germán Landaeta. Y de guinda, sorpresivamente, lograron una nominación, junto a Desorden Público, a los Grammys anglosajones en 2018.

Por encima de todo eso, C4 goza de una unanimidad inusual en estos tiempos. Cuando tocan, nadie es indiferente a ellos. Ni en Caracas, ni en el interior de su país, en Estados Unidos o Europa. En lo que va de siglo, ha sido el ensamble consentido de Venezuela, llevado por su carisma, su espectacularidad, su virtuosismo y el sabor con el que reinterpretan los sonidos de su tierra. Cada nota de C4 es una celebración de la música venezolana y del cuatro como su instrumento rey. C4 es, a fin de cuentas, la fiesta de un país cuya historia se escribe con las uñas.

Un tuyero ilustrado y trasatlántico

Un tuyero ilustrado y trasatlántico

A El tuyero ilustrado no le bastó con dejar su hábitat natural. No se conformó con abandonar el pueblo y conquistar la ciudad. Ya Caracas no la ve grandísima como antes. Ya viajó a Estados Unidos, a Panamá y reunió coraje para hacer maletas, meter su sombrero y sus maracas, y cruzar el océano. El tuyero ilustrado ya es eso que llaman un hombre de mundo.

En medio del vertiginoso retroceso que sufre el país, remando con fuerza contra la corriente, están sus músicos. Algunos de ellos se han dedicado a estudiar la raíz tradicional, esa fuente en la que Venezuela parece más venezolana, para construir a partir de ella una pieza de exhibición, acabada y depurada, vestida para salir a la calle, a la ciudad y al extranjero en pleno siglo XXI.

El tuyero ilustrado, que este mes será llevado a rinconcitos de Portugal, Alemania, España y Luxemburgo (*), tiene dos extremidades. Rafael Pino, músico y letrista, que en este contexto hace de cantante y maraquero (maraca y buche, en jerga tuyera), tiene rato estudiando esta forma de joropo. Ya conocía el oriental y sobre todo el llanero, cada uno con sus particularidades, instrumentos, mensajes, estructuras y humores. El tuyero lo experimentó gracias a un proyecto del pianista Víctor Morles, que dejó como registros los discos Natural (2009) y Joropos (2015).

La otra pata es Edward Ramírez, miembro de C4 Trío que comenzó por ponerle cuerdas de metal a un cuatro y, tras años de investigación casi antropológica y desde luego musical, cometió el fascinante sacrilegio de despojar del arpa al joropo tuyero, ese que se baila sobre todo en los estados centrales —Carabobo, Miranda, Aragua. Tengamos en cuenta que el arpa de cuerdas metálicas reina en este género, que quizá es el único de la tradición venezolana que precisamente deja al cuatro en el banquillo. Esa búsqueda —que resulta hasta reivindicativa, viniendo de un cuatrista— devino en un álbum titulado Cuatro maraca y buche (2014). También dejó una pizca de sus resultados en Pa’ fuera, de C4 Trío y Desorden Público.

Pino y Ramírez, ambos caraqueños, actuaron juntos en el Festival Caracas en Contratiempo de Guataca y estuvieron joropeando en directo lo suficiente para darse cuenta de que debían ir juntos al estudio. Compusieron nueve canciones, escogieron otras dos del baúl del folclor y las arreglaron a su gusto. El álbum, que respira soltura, la soltura de quien ya conoce bien las aguas que navega, fue grabado en simultáneo —como graba la gente seria— en dos sesiones de abril de 2016 en el Paraninfo Luisa Rodríguez de Mendoza de la Universidad Metropolitana de Caracas a través de las consolas de Vladimir Quintero y Rafael Rondón.

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“El acercamiento hacia los padres de este género ayuda mucho”, se refiere Pino a maestros como Mario Díaz, Yustardi Laza y Pedro Sanabria: “Luego viene esa especie de deconstrucción hacia donde lo vemos nosotros, que es la raíz o el ángel de la manifestación local proyectada en el 2017 y frente a un mercado que oye salsa, merengue y quizá le gusta ‘Despacito’ de Luis Fonsi”.

Pino, formado en talleres de la Fundación Bigott y la escuela Ars Nova y curtido en las filas de agrupaciones como Vasallos del Sol y Herencia, quiso poner el énfasis en las letras. Son versos ingeniosos que hablan de despechos, amoríos y comedias disparatadas, con metáforas y pinceladas poéticas. Son historias de todos los días, como diría Ilan.

“El aguacate” es una suerte de fábula vegetal. Un aguacate se vuelve el dictador de la verdulería, como los cerdos de Rebelión en la granja de George Orwell. Con su traje verde, vendió un tropical mensaje, acoquinó a la parchita, manipuló a las demás y cometió fruticidios. Como buen hijo de fruta, bicho y malintencionado.

“Mi mejor amiga” es la historia de Joselo, un tipo enamorado de una mujer que lo considera perfecto, el mejor partido, inmejorable, pero no lo quiere. Es el cabrón de las telenovelas. No te vistas que no vas, dice un coro que fue un lujazo: Pino la canta a dúo con el sonero Marcial Iztúriz y en el fondo se juntan las voces de Betsayda Machado, César Gómez y Huguette Contramaestre. Todo esto con el bajista Gustavo Márquez (C4 Trío), el baterista Adolfo Herrera y el percusionista Yonathan Gavidia. ¡Ah, e Ismael Querales —maestro de la bandola— colaboró con unas maracas! ¿Quieren ver la grabación? Denle click al título de la canción.

“Carta en rima a Carolina”, la primerita, es una buena antesala porque muestra cada ingrediente en justas medidas. Es un cortejo inocente, de los de antes, pero en forma epistolar porque enfrenta la distancia como muchos romances venezolanos que se rompieron en estos tiempos producto de la diáspora. Esto va en un traje contemporáneo, en un roce con el world music que se valió de todos los implicados ya mencionados pero con un impecable arreglo de metales. Otro lujazo: Pablo Gil (saxofón), Noel Mijares (trompeta, Desorden Público) y Joel Martínez (trombón).

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Nada está fuera de sitio. La instrumentación va de lo más simple y llano, como la tierna “Claro de luna”, a lo más complejo y experimental, verbigracia “El infortunio”, la historia de un hombre con mala suerte, un salao’, que es una especie de joropo jazzeado. Sí, así como lo leen. “Tristemente célebre” habla de La Rotunda, la prisión tortuosa de los tiempos del general Juan Vicente Gómez, y también muestra una complejidad que apunta hacia otro sitio, hacia lo clásico, por eso la presencia del flautista Luis Julio Toro (Ensamble Gurrufío).

Edward es un extraordinario cuatrista, pero es más que eso. Es un artista al que lo mueve más una melodía y un concepto que el despliegue de su técnica. Escogió los cuatros de acuerdo a cada canción: tocó el “normal”, el de las cuerdas metálicas y hasta uno electroacústico muy procesado, con efectos de delay y otros artificios.

Lo que suena en temas como “Amanecer tuyero” es el uso, con intenciones expresionistas, de unos pedales de efectos concebidos para la guitarra pero en este caso aplicados a su instrumento. Eso también se percibe en “Viernes de quincena”, una en la que participaron el cantautor José Delgado, el guitarrista Aquiles Báez, Jhoabeat —el mago del beatboax— y Horacio Blanco (Desorden Público) como recitador-locutor.

La página web de El tuyero ilustrado muestra cómo los músicos cuidaron cada detalle. La pestaña ‘Vea y escuche’ da acceso a una habitación en la que conviven todas las canciones. Es posible entrar y hacerlas sonar mientras se lee las letras. Cada una está acompañada de una ilustración. Una de las ideas de Pino y Ramírez fue involucrar en el proyecto a artistas gráficos que tradujeran sus músicas y letras en dibujos.

“¡Por qué no pensar la música venezolana como se piensa el merengue dominicano, que es un género tradicional que maestros como Juan Luis Guerra lo han realzado de una manera tan elegante!”, exclama Edward Ramírez sin una chispa de soberbia. Porque soberbia es lo que no se ve por ningún lado en esta obra tan colaborativa, que combina con mucha sutileza lo simpático y lo sofisticado, la sabiduría y la gracia, la tradición y la contemporaneidad. ¡Buen viaje, Tuyero Ilustrado, tráenos jamón ibérico y vino!

 

¡PILAS! Recientemente Rafa Pino y Edward Ramírez escribieron y publicaron en Youtube una gaita zuliana en la que manifiestan su preocupación frente a la crisis venezolana. Se titula “Un fusil para cada miliciano”

 

*AGENDA EUROPEA DE JUNIO: 

Sábado 10. Évora, Portugal. Plaza do Giraldo (Exib)

Lunes 12. Berlín, Alemania. Ballhaus

Jueves 15. Barcelona, España. Sala Sinestesia (con Cheo Hurtado): Guataca Nights

Sábado 17. Barcelona, España. Restaurante Caña de Azúcar

Martes 20. Luxemburgo. Konrad Café & bar

Viernes 23. Hamburgo, Alemania. Fux & Ganz

Sábado 24. Hamburgo, Alemania. Chavis Kulturcafé

 

FOTOS: JOSUAR OCHOA /@josuarochoa en Twitter

 

Ska con crisis de identidad

Ska con crisis de identidad

Los resultados de un experimento fantástico salieron a la luz en diciembre, aunque Venezuela, como ha ocurrido en los últimos años, estaba pendiente de cualquier otra cosa más urgente. Tras celebrar su 30 aniversario, Desorden Público, por primera vez, compartió la custodia de una criatura. No lo hizo con cualquiera; se trata de un ensamble de cuatristas que representa lo más interesante que ha ocurrido en la música venezolana en lo que va de siglo.

Esto es un ska con crisis de identidad, confiesa Horacio Blanco sobre una base que conjuga su ritmo predilecto con el joropo oriental. Es la décima pista de Pa’ Fuera, el álbum que grabaron con C4 Trío. No es una frase de relleno en procura de una rima. Es el reflejo de un (auto)cuestionamiento constante que siempre desemboca en la misma idea: la música es como la plastilina. Lo inalterable es historia.

Renombrado irónicamente “Esto NO es ska”, el tema propone una revisión de la declaración de principios que la banda presentó en su homónimo LP debut de 1988. Esto es ska, si no te gusta te vas, cantaban saltando hiperquinéticos entre los tiempos de Lusinchi y CAP II. Poco después, en su segundo trabajo llamado En descomposición (1990), seguían justificando su “ska de acá”: La música es de donde uno la toca, y yo toco lo que me provoca.

Y esta vez, ya con canas e hijos, les provocó jugar con su propia obra. La intervención de los cuatristas Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem, quien además asumió el rol de productor, hizo que la raíz tradicional se expandiera como la de un ficus centenario, como una planta trepadora que colonizó todos los rinconcitos que cedió la propuesta original. El cuatro venezolano, que ha evolucionado a un ritmo vertiginoso en los últimos tiempos, se adhirió a la esencia de Desorden Público hasta redimensionar una docena de sus canciones.

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En este universo, aquella queja escrita en 1985 se titula “¿Dónde está er futuro?” La ele por la erre, con dicción de pescador. No tiene nada de ska, ni siquiera la típica guitarra cruzada. Es un joropo oriental, con un cotorreo al estilo del cultor Hernán Marín. Después de 30 años, DP se sigue haciendo la misma pregunta: Yo no sé si ya estoy ciego o estoy muerto/ si estoy viejo, si estoy tuerto/ pero lo importante, hermano, es que aún yo no lo veo/ el futuro no lo veo. 

Antes de terminar, la modernidad arropa abruptamente la canción y se produce una sensación tipo “Englishman in New York” de Sting, que corre el riesgo de asemejarse a aquellas fusiones desechables, etiquetadas como neofolclor, enviadas con apuro a las emisoras radiales cuando entró en vigencia la ley que las obliga a poner música criolla.

A veces, lo que parece una guitarra o un sintetizador, es un cuatro procesado. Ocurre en “El tumbao de Simón Guacamayo”, en la que el ska se fue de vacaciones. La letra, que habla de un hombre-leyenda con poderes mágicos, se realza. El vocalista canta relajado, apoyado en una base rítmica que contó con dos excelsos instrumentistas invitados: el bajista Rodner Padilla y el percusionista Diego “el Negro” Álvarez.

El intro de “Combate” es como una marca registrada de C4 Trío. Es una ensoñación producida, no por una píldora sino por instrumentos acústicos. Es como el dulce típico más exquisito, pero en forma de sonido. Esa es la única pieza de Diablo (2000) y la única que no proviene de los tres discos más celebrados de DP: Canto popular de la vida y muerte (1994), Plomo revienta (1997) y el primero ya mencionado.

En ocasiones, es como si a la original se le agregara más sal, pimienta y especies, más sazón. Un cubito Maggi de cuatros explosivos. Es el caso de “CUATRO popular de la vida muerte” y “Gorilón”, que sigue siendo ska, pero confrontado por un golpe tamborero guatireño, en un arreglo concebido por Gustavito Márquez, bajista de C4 Trío.

“La danza de los esqueletos” se convirtió en el “Merengue rucaneo de los esqueletos”, que quizá hubiese sido más provechoso como número instrumental. Es una de las letras geniales de Horacio Blanco: una fábula fantasmagórica contra la discriminación en todas sus formas. Pero en la nueva versión, al convertirse en merengue caraqueño, se comprimió la métrica y el vocalista debe poner el acento siempre en una sílaba incómoda. Es un reto innecesario. Se percibe la complejidad del arreglo y su sofisticación, pero la canción sufre. Los experimentos son bienvenidos, aunque no siempre den buenos resultados.

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“Es importantísimo romper esos tabúes. La música venezolana es la hecha por venezolanos”, dijo Glem, el productor del álbum, complacido por el acercamiento, que espera, se pueda reproducir en el público. Que los fanáticos del ska se aproximen, al menos de manera tangencial, a la música criolla. Que entiendan el cuatro como un vehículo para viajar a insospechadas sonoridades.

Aunque Desorden Público jamás se había empapado de folclor, musicalmente nunca fue una isla británica o jamaiquina en Venezuela: desde que el percusionista “Oscarelo” Alcaíno llegó al primer ensayo, comenzaron a saborear ingredientes de salsa, cumbia, dance hall, merengue dominicano, guaracha… Cada uno de sus discos es resultado de esa búsqueda desprejuiciada.

***

Los hits también sufrieron la metamorfosis. “Tiembla”, por ejemplo, tiene subtítulo: “De Carúpano al Callao”. Es de esas canciones que hacen vibrar a la audiencia sin importar el formato ni la ocasión. En cada presentación, sea en los Rock & MAU o en los conciertos de C4 Trío, cuando Horacio Blanco sale y canta Vivo en un lugar que despierta bajo un mismo sol, el público automáticamente se levanta de sus asientos. En Pa’ Fuera se convirtió en una suerte de calipso. Es carnavalesca y se vale de una charrasca —güiro, para los dominicanos— como en un buen tema de Juan Luis Guerra. Las trompetas abandonan el patrón original, pero esa variante las vuelve simpáticas. En fin, es un tiro al piso.

“Mal aliento”, otro de los clásicos, comienza como un reggae e incluye elementos de contradanza zuliana y un interludio de tambores con una ingeniosa poesía grotesca: Mujer hermosa, no confundas mi reproche/ mi sol, mi luna, que se eclipsan en tu boca/ Ingrata fortuna, a trueque de tus favores/ de ti se brotan, complicados los hedores. No olvidemos que esta canción es el anti-romance. La respuesta de DP a las baladas de Montaner, Guillermo Dávila y lo que mandaba en la radio de la segunda mitad de los 80.

“Allá cayó”, otro gran hit, también ha probado su efectividad para agitar multitudes. Esta crónica de la violencia criminal en Venezuela, que data de 1997, tiene varios ingredientes, incluido algo brasileño, un poquito de merengue caraqueño y quizá una pizca de joropo, pero sobre todo está basada en dixieland estadounidense.

“Valle de balas”, el encendido merengue-ska, cambió su nombre a “Valles del Tuy de balas”, porque no es ni ska ni merengue; es un joropo tuyero. Edward Ramírez, apasionado del género, tocó su cuatro de cuerdas metálicas —que emula al arpa— e invitó al cultor Mario Díaz. Es un momento interesante porque no suenan vientos ni batería. Es una versión intimista, muy rural aunque hable de Caracas. En el contrapunteo, se muestra el grito desesperado de una canción que quisiera autodestruirse: Cómo quiero a esta ciudad, por su gente maltratada/ yo la sueño más decente, más amable, más aseada/ que se acaben las pistolas que de bueno traen nada/ que algún día sea historia este pregón, esta añoranza.

“Vaya pue” es una de las apuestas más interesantes del álbum por el simple hecho de que DP, por esa única vez, le devolvió la pelota a C4. Se trata de una canción de Ramírez, del disco Entre manos (2009), que sirve de descanso instrumental en la mitad del recorrido. Es un ska tranquilo y colorido.

Pa’ Fuera no sólo reúne a dos generaciones de artistas. También conjuga expresiones musicales que regularmente no congenian, dejando a su paso un mensaje de tolerancia y admiración mutua en un país marcado por la división y la rabia. Además, persiste en la búsqueda de un sonido genuino, aunque, como una vez dijo Yordano, identidad es aquello que encuentras cuando dejas de buscarlo.

 

COMENTARIO: C4 ha logrado lo impensable. Ningún ensamble de cuatristas ha llegado tan lejos. Ha puesto de pie al público del Aula Magna de la UCV y del Teatro Teresa Carreño. Es capaz de deslumbrar a todo el que se le para enfrente. De Víctor Wooten a Dream Theather, de Jorge Drexler a Carlos Vives, todos tienen palabras de admiración hacia el ensamble.  Un latin grammy. Giras por Venezuela, Europa y Estados Unidos. Cinco álbumes —los dos primeros, más los que hicieron con Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y Desorden Público— y el que lograron en directo con agrupaciones hermanas de la Movida Acústica Urbana. También lanzaron un DVD para celebrar sus 10 años de carrera, acompañados por luminarias como Oscar D’León, entre otros. Pero —siempre hay un pero— dejo acá un consejo que nadie me ha pedido, aunque sé lo difícil de la tarea: quizá, después de siete años de Entre manos, va siendo hora de que C4 Trío edité de nuevo un disco de C4 Trío.

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque. Concierto de C4 Trío (Horacio Blanco como invitado). Cumaná, 23 de agosto de 2014