¿Por qué Gualberto?

¿Por qué Gualberto?

Algo movió las bases de la industria venezolana del disco en 1975. Hubo un giro abrupto e inesperado en el contenido de las emisoras radiales. La música se inflaba con mucha orquestación, se aceleraba, brillaban las bolas de discoteca y el mainstream se nutría de lo grande, lo ambicioso, lo superlativo. Y entre tanta cosa pomposa, surgió una voz prácticamente desnuda, sin artificios ni lentejuelas. No necesitaba más. Era La Voz.

Con Gualberto Ibarreto me pasa casi lo mismo que con Elvis. Prefiero al primer Elvis, que cantaba rock and roll purito, y no me siento tan a gusto con ese personaje de Las Vegas que interpretaba “My way” disfrazado. No siento desagrado por el Gualberto baladista —¡tampoco así! Gualberto podía cantar casi cualquier cosa— pero lo que realmente me fascina son sus primeros discos, repletos de joyas que salieron de pueblitos recónditos del estado Sucre y viajaron, a bordo de una voz rarísima y poderosa, al resto del país.

Gualberto es sinónimo de pueblo, pero ser pueblo no tiene nada que ver con ignorancia o ingenuidad o testarudez, aunque generalmente se pretenda atar los conceptos y simplificar. Y eso se manifestó en su manera de abordar la canción popular. Cantaba con su estilo, a veces recio a veces sutil, le sobraba actitud y potencia, y pronunciaba todo correctamente, respetando la sintaxis del idioma.

En la segunda mitad de aquella década, me cuentan, no era común un hogar sin un disco suyo. Tendría que tratarse de esa gente extraña que vive sin oír música. O serían muy esnobistas, o quizá especializados, amantes de lo clásico, sumergidos en la salsa brava fabulosa de la época o fanáticos del rock progresivo, digo yo.

El hombre de la franela de rayas horizontales, entonces estudiante de la Universidad de Los Andes, entró a todas nuestras casas sin proponérselo. Primero tocó la puerta su voz, y más tarde su nombre y su apellido. Creían que era el dúo ‘Gualberto y Barreto’. Y por último, su cara, su sombrero y ese look que, alegre y respetuosamente, algunos padres muy venezolanos usan para disfrazar a sus pequeños en pleno Siglo XXI. En aquellos días, Gualberto tenía que cantar para que le creyeran que era él. Para que le creyeran que esa voz provenía de un ser humano.

Esa voz. ¡Cómo describir esa voz, que pareciera nacer en la caja de resonancia de un chelo! Cualquiera juraría que está electrónicamente procesada. Es una voz gruesa incluso cuando alcanza las notas más altas de su registro, difícil de imitar para maestros en la materia como Emilio Lovera. Una voz graciosa, porque eso es lo que le sobra a Gualberto: gracia. Una voz ronca, pero de esa ronquera natural, de perfecta imperfección. Y una voz afinada, eso sí. Primero muerto que desafinado.

No se dice mucho, pero Gualberto es un gran cuatrista. Esos merengues con tumbao oriental, como “María Antonia”, “La carta” o “La distancia”, requieren un golpe curioso de la mano derecha. Es cuestión de feeling; es auténtico, distinto, difícil de reproducir. Al tener esa voz y cierta capacidad para acompañarse, un artista no necesita mucho más. Basta con unas maracas regadas, como toda maraca sucrense que se respete; una mandolina, fiel compañera de melodías; y a lo sumo, un bajo y una guitarra. Y listo. ¡Parranda!

¿Por qué Gualberto? Porque Gualberto fue el hit más poderoso de la música tradicional venezolana. Porque fue un osado que llevó al tope de la popularidad melodías y letras de una Venezuela profunda, sencilla, ingeniosa. Porque cuando estoy lejos de casa, pongo un disco suyo y tiene ese efecto mágico que sólo logra un grupito al que pertenecen Sadel, Simón Díaz, Aldemaro Romero y otros, no muchos: Gualberto es un boleto sin escalas a otra Venezuela que no se parece a esta, al país de la gente chévere y solidaria, de la gente talentosa que no presume de ese talento, de los justos y bienintencionados.

Cuando Gualberto actuó con los muchachos de C4 Trío en el Centro Cultural BOD de La Castellana el 8 de septiembre de 2010, Miguel Delgado Estévez, en su rol de presentador del concierto, mencionó a un selecto club de las voces más venezolanas. Escogió tres —y yo suscribo esa selección. La de Alfredo Sadel, la de Francisco Pacheco y la de ese hombre buena gente que nació en El Pilar, estado Sucre, un 12 de julio pero hace 70 años.

La Voz, así llaman a Sinatra. La Voz, así le dicen también a Lavoe. Y La Voz, así suelo decirle yo a Gualberto, que debe estar ahora soplando sus velas en Maturín, sin creerse mucho todo esto.

 

DATO: Después del disco Gualberto + C4, nominado al Latin Grammy y presentado en el Teatro Teresa Carreño y otros escenarios, Guataca decidió dedicarle un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, que fue dirigido musicalmente por el mandolinista Jorge Torres. De ese tributo surgió un álbum doble en el que participó un montón de artistas, entre ellos Rafael “Pollo” Brito, Servando Primera, Horacio Blanco, Marianne Malí, José Alejandro Delgado, Laura Guevara y Rafael Pino. Aquí el link para escucharlo en spotify: Homenaje Gualberto Ibarreto.

FOTOGRAFÍA: MANUEL TINEO 

 

El ‘Efecto Macca’

El ‘Efecto Macca’

Hace cinco años mi padre y yo vivimos uno de los días más felices de nuestras vidas. Él esperó casi 50 años. Yo, apenas unos 15. Por primera vez estuvimos en contacto directo, sin pantallas de televisión, reproductores ni dispositivos electrónicos, sólo vista, oídos y corazones latiendo a millón, todo expuesto como si se estuviese ante un rocío de divinidad, con la música en vivo de Sir James Paul McCartney.

Íbamos camino al aeropuerto de Maiquetía y todavía no lo creíamos. Volábamos desde Caracas hacia Bogotá, viendo nubes por la ventanilla, y aún no parecía real lo que estaba pasando. Aterrizamos temprano en El Dorado —todavía pequeño, previo a las reformas que lo convirtieron en un aeropuerto grande y moderno—y fue allí, a la salida, cuando sospechamos que no era un sueño. Un agente de viajes se acercó y nos entregó un sobre con dos entradas: Paul McCartney: On The Run. Estadio El Campín. 19 de abril de 2012.

La visita de un beatle a Colombia era algo que parecía impensable hace una o dos décadas. No era concebible que un personaje de semejante estatura en el universo del espectáculo fuera a un país agobiado por el narcotráfico, la guerrilla y otros males asociados. Pero el panorama había cambiado cuando el osado empresario Fernán Martínez jugó todas sus cartas y –aunque me avergüence recurrir a tan gastado lugar común– en 28 días convirtió un sueño en realidad.

Íbamos en una furgoneta desde el aeropuerto hasta el hotel, acariciando los tickets con la cara estampada del beatle, cuando otros pasajeros alcanzaron a oír nuestra charla. Una simpática pareja de caraqueños que venía a lo mismo nos contaba cómo habían llegado hasta ellos los tentáculos de la beatlemanía. Bogotá estaba en un miércoles normal. Gente apurada y abrigada. Nosotros no. Estábamos relajados, en un día que todavía no tiene nombre en la semana. Un paseo por las nubes. El hombre, con pueril picardía, había sacado su ‘carterita’. Nos la acercó, y a nosotros, que jamás ingerimos licor antes de mediodía, nos pareció lo más lógico del mundo. ¡Salud!

Caminando por el Parque de la 93, buscamos la prensa local para cerciorarnos de que no habíamos sido víctimas de una megaestafa. Todo seguía en orden. Paul había llegado y el primer detalle que trascendió fue que pidió que lo cambiaran de hotel porque la producción cometió la cagada de alojar al músico, vegetariano y defensor de los animales, en una suite con un sofá de cuero.

Seguíamos andando, preparándonos para la inyección de adrenalina que recibiríamos la noche siguiente. ¿De qué hablábamos? De muchas cosas. Del pasado, del futuro, de béisbol y de música. De lo que hablan un padre y un hijo que se quieren mucho y de que hubiese sido ideal que estuviesen mis hermanos, que estaban concentrados en sus estudios de posgrado en otro país del mundo real.

Amaneció el jueves 19 y ya estábamos totalmente bajo el ‘Efecto Macca’. Nos habíamos pasado el switch y éramos dos adolescentes que estaban a punto de ver a su artista favorito. La ciudad parecía un Londres latinoamericano, de llovizna constante y nubes mezquinas —¡cuándo no, Bogotá!—. Ni un minúsculo rayo de sol acompañó a las 35.500 personas que se congregaron desde temprano en la tarde para esperar al beatle en el Nemesio Camacho “El Campín”, el estadio de fútbol más grande de Colombia, la casa que comparten el Independiente Santa Fé y el Millonarios.

Cubierto con un impermeable desechable, bajo la llovizna que mojaba la larga fila, Fernando, mi padre, me contaba que mi abuelo, su padre, El Pay —del que ya he escrito en este blog— estuvo en Nueva York en agosto de 1965 cuando los Beatles visitaron por tercera ocasión Estados Unidos y tocaron en el Shea Stadium. Había salido de Cumaná diciendo que no compraría nada de esos ingleses greñudos y, al ver las dimensiones de lo que generaban en la gran metrópolis, cambió de opinión y regresó con afiches, revistas, discos y una peluca. Sí, una peluca beatle llegó a Cumaná.

BeatlesCake

Acababa de ser editado el Beatles VI. El ejemplar, fechado a puño y letra por el Fernando quinceañero el 12 de agosto de 1965 —a un día del aterrizaje de los ídolos en el JFK—, permanece en la discoteca de su casa. El álbum mezclaba temas de Help, de Beatles For Sale y sencillos sueltos como “Yes It Is”. No olvidemos que antes de Rubber Soul (1966), Capitol Records, filial de EMI en Estados Unidos, editaba sus canciones con diferente orden, carátula y juntando temas de varios discos. Luego los mismos Paul, John, Ringo y George acabaron con eso, tomaron control de todo y decidieron conceptualizar las obras, como lo hacía Sinatra.

Los que aguardaban allí, a un costado de El Campín, tuvieron una recompensa: Macca necesitaba ensayar en la prueba de sonido. Con la mitad de la potencia, revisó unos 15 temas —ninguno lo repitió en el show— entre ellos clásicos beatle como “Penny Lane”, y otros como “Coming Up”, de sus años con Wings. Sonaba la voz de Paul, la de verdad. El tipo estaba ahí, a metros de nosotros. Se oían incluso sus indicaciones a los técnicos.

Se hizo de noche y abrieron las puertas. Compramos y vestimos las franelas de la gira, nos bebimos una cerveza entre los dos —una sola para no ir al baño nunca— y nos sentamos. Un DJ comenzó a mezclar versiones de los Beatles en soul, funk y hasta salsa y merengue, algunas abucheadas por los más roqueros. Las gotas dejaron de caer y una ola humana servía de antesala.

Dos pantallas verticales de 20 metros, ubicadas a ambos lados de la tarima, mostraban collages de fotos, videos, manuscritos y dibujos. Destacaba la fachada de la casa de Fourthlin Road, Liverpool, en la que comenzó a escribir canciones con John Lennon. Cada beatle tenía su lugar especial. También los integrantes de Wings y, por supuesto, su difunta Linda, su compañera de vida y madre de sus hijos.

Fernando, el jovencito que tenía al lado —era mi papá, ya sin canas ni arrugas— me contaba que le regaló a su novia —sería mi madre unos 15 años después— el LP Revolver (1966) recién horneado, aunque ella, con el tiempo, se revelaría como una amante casi exclusiva de la guaracha: La Billo’s, La Dimensión Latina, Celia Cruz, Los Máster… Al final se lo quedó él, que, como gran coleccionista de vinilos, siempre compraba los de los Beatles de a dos: uno para oír y otro para dejar sin destapar.

McCartney salió vestido como lo que siempre ha sido: un beatle. Un traje oscuro abotonado hasta el cuello, como los que Brian Epstein les sugirió que usaran. Después de saludar y decir hola, parceros leyendo sus apuntes de localismos y frases en castellano, comenzó “The Magical Mistery Tour”, con la banda que ya tenía más de 10 años de ruta y que nació tras la grabación del disco Driving Rain. Abe Laboriel Jr., hijo del reconocido bajista, en la batería; Rusty Anderson en guitarra; Brian Ray en guitarra y bajo; y el tecladista Paul “Wix” Wickens, que lo acompaña desde 1989.

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Al principio no era precisamente exaltación lo que se experimentaba. Era un montón de bocas abiertas ante una leyenda. Un shock. Canciones como “Junior’s Farm”, “Jet”, “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, “Mrs. Vandebilt” y la homónima “Band on The Run” nos recordaban que estábamos todos celebrando los 40 años del disco más exitoso de su etapa con Wings. Esas piezas aparecían entre clásicos de los Beatles, como “All My Loving”, “Got To Get You Into My Life” y “The Night Before”, en los que Paul tocaba su bajo Hoffner de siempre y mi papá se secaba las lágrimas por debajo de los lentes.

Fernando me había contado que de adolescente, en Cumaná y en plena beatlemanía, se subía a la terraza de la casona donde se crió y, desde el techo, alargaba la antena de su radio Phillips, moviéndose y apuntando hacia el norte, procurando captar emisoras trinitarias que, al ser la isla una colonia británica, iban un paso adelante en la promoción de los nuevos hits de los Fab Four. Al verlo allí, podía imaginarlo de muchacho, a mediados de los años 60, allá en un rincón de Venezuela, bien al este y a orillas del mar, pescando estas mismas canciones frescas en el espectro radial.

Cuando cuenta esa anécdota, suele detallar que “Paperback Writer” la oyó por primera vez así. Y ahora Macca la estaba tocando frente a él, usando la misma guitarra con la que grabó. Después subió a un piano de cola negro, desde el que entonó “The Long and Winding Road” y la balada “My Valentine”, de Kisses On The Bottom, su álbum más reciente en ese entonces —no había editado New. A Linda le dedicó “Maybe I’m Amazed”, a Lennon le cantó “Here Today” y a George Harrison le dedicó su versión de “Something” con ukulele, similar a la del Concert for George. También tomó una mandolina para “Dance Tonight” y sorprendió con “Hope Of Deliverance” y “And I Love Her”, en modo intimista; todo lo intimista que se puede ser frente a 30 y pico mil personas.

Es difícil determinar el clímax cuando se trata de un show de Paul McCartney, que suelta consecutivamente canciones como “Ob-La-Di-Ob-La-Da”, “Back In The USSR” y “I’ve Got a Felling”, y luego, sin respiro, sigue con “Let It Be”. La concentración de energía y sentimientos resultaba aplastante para nosotros, que sólo agitábamos los brazos y aplaudíamos porque cantar desde el público en un show así es un pecado. En “Live And Let Die” nos deslumbraron los fuegos de artificio, la iluminación a toda mecha y el ritmo vertiginoso de una persecución de James Bond. El corazón se nos salía por la boca y ahí, cuando creímos alcanzar la cima, sonó “Hey Jude”.

Papá, poco habituado a este tipo de shows masivos, creyó que la fiesta se había acabado. Pero era el primer encore y faltaba mucho. No tardó en llegar “Lady Madonna”, que abordó desde su piano vertical con motivos psicodélicos, antes de seguir con las enérgicas “Day Tripper” y “Get Back”. Puro lomito. Ya habían pasado casi dos horas y media de espectáculo cuando el beatle tomó su guitarra acústica y nos regaló “Yesterday”.

Macca es uno de esos artistas que parecen menos nerviosos que su público. Un tipo feliz de hacer lo que hace. Bromeaba, siempre sonriente, y le bajaba a la presión. Era como si nos dijera: no se lo tomen tan en serio. También hablaba bastante en castellano. Preguntó si deseábamos más rock y nos complació con “Helter Skelter”. Su voz estaba sonando mejor que cuando comenzó el show. Para despedirse con un tono rocanrrolero y glorioso, se sumergió en la suite final de Abbey Road, el último que grabaron los Beatles, que parte por “Golden Slumbers”, pasa por “Carry That Weight” y culmina a modo ceremonial con “The End”. Cerca de la medianoche, el sueño terminó. El ‘Efecto Macca’ pasó y todos volvimos a tener edades distintas. Todos menos Paul.

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FOTOS: http://www.paulmccartney.com

 

 

Un tuyero ilustrado y trasatlántico

Un tuyero ilustrado y trasatlántico

A El tuyero ilustrado no le bastó con dejar su hábitat natural. No se conformó con abandonar el pueblo y conquistar la ciudad. Ya Caracas no la ve grandísima como antes. Ya viajó a Estados Unidos, a Panamá y reunió coraje para hacer maletas, meter su sombrero y sus maracas, y cruzar el océano. El tuyero ilustrado ya es eso que llaman un hombre de mundo.

En medio del vertiginoso retroceso que sufre el país, remando con fuerza contra la corriente, están sus músicos. Algunos de ellos se han dedicado a estudiar la raíz tradicional, esa fuente en la que Venezuela parece más venezolana, para construir a partir de ella una pieza de exhibición, acabada y depurada, vestida para salir a la calle, a la ciudad y al extranjero en pleno siglo XXI.

El tuyero ilustrado, que este mes será llevado a rinconcitos de Portugal, Alemania, España y Luxemburgo (*), tiene dos extremidades. Rafael Pino, músico y letrista, que en este contexto hace de cantante y maraquero (maraca y buche, en jerga tuyera), tiene rato estudiando esta forma de joropo. Ya conocía el oriental y sobre todo el llanero, cada uno con sus particularidades, instrumentos, mensajes, estructuras y humores. El tuyero lo experimentó gracias a un proyecto del pianista Víctor Morles, que dejó como registros los discos Natural (2009) y Joropos (2015).

La otra pata es Edward Ramírez, miembro de C4 Trío que comenzó por ponerle cuerdas de metal a un cuatro y, tras años de investigación casi antropológica y desde luego musical, cometió el fascinante sacrilegio de despojar del arpa al joropo tuyero, ese que se baila sobre todo en los estados centrales —Carabobo, Miranda, Aragua. Tengamos en cuenta que el arpa de cuerdas metálicas reina en este género, que quizá es el único de la tradición venezolana que precisamente deja al cuatro en el banquillo. Esa búsqueda —que resulta hasta reivindicativa, viniendo de un cuatrista— devino en un álbum titulado Cuatro maraca y buche (2014). También dejó una pizca de sus resultados en Pa’ fuera, de C4 Trío y Desorden Público.

Pino y Ramírez, ambos caraqueños, actuaron juntos en el Festival Caracas en Contratiempo de Guataca y estuvieron joropeando en directo lo suficiente para darse cuenta de que debían ir juntos al estudio. Compusieron nueve canciones, escogieron otras dos del baúl del folclor y las arreglaron a su gusto. El álbum, que respira soltura, la soltura de quien ya conoce bien las aguas que navega, fue grabado en simultáneo —como graba la gente seria— en dos sesiones de abril de 2016 en el Paraninfo Luisa Rodríguez de Mendoza de la Universidad Metropolitana de Caracas a través de las consolas de Vladimir Quintero y Rafael Rondón.

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“El acercamiento hacia los padres de este género ayuda mucho”, se refiere Pino a maestros como Mario Díaz, Yustardi Laza y Pedro Sanabria: “Luego viene esa especie de deconstrucción hacia donde lo vemos nosotros, que es la raíz o el ángel de la manifestación local proyectada en el 2017 y frente a un mercado que oye salsa, merengue y quizá le gusta ‘Despacito’ de Luis Fonsi”.

Pino, formado en talleres de la Fundación Bigott y la escuela Ars Nova y curtido en las filas de agrupaciones como Vasallos del Sol y Herencia, quiso poner el énfasis en las letras. Son versos ingeniosos que hablan de despechos, amoríos y comedias disparatadas, con metáforas y pinceladas poéticas. Son historias de todos los días, como diría Ilan.

“El aguacate” es una suerte de fábula vegetal. Un aguacate se vuelve el dictador de la verdulería, como los cerdos de Rebelión en la granja de George Orwell. Con su traje verde, vendió un tropical mensaje, acoquinó a la parchita, manipuló a las demás y cometió fruticidios. Como buen hijo de fruta, bicho y malintencionado.

“Mi mejor amiga” es la historia de Joselo, un tipo enamorado de una mujer que lo considera perfecto, el mejor partido, inmejorable, pero no lo quiere. Es el cabrón de las telenovelas. No te vistas que no vas, dice un coro que fue un lujazo: Pino la canta a dúo con el sonero Marcial Iztúriz y en el fondo se juntan las voces de Betsayda Machado, César Gómez y Huguette Contramaestre. Todo esto con el bajista Gustavo Márquez (C4 Trío), el baterista Adolfo Herrera y el percusionista Yonathan Gavidia. ¡Ah, e Ismael Querales —maestro de la bandola— colaboró con unas maracas! ¿Quieren ver la grabación? Denle click al título de la canción.

“Carta en rima a Carolina”, la primerita, es una buena antesala porque muestra cada ingrediente en justas medidas. Es un cortejo inocente, de los de antes, pero en forma epistolar porque enfrenta la distancia como muchos romances venezolanos que se rompieron en estos tiempos producto de la diáspora. Esto va en un traje contemporáneo, en un roce con el world music que se valió de todos los implicados ya mencionados pero con un impecable arreglo de metales. Otro lujazo: Pablo Gil (saxofón), Noel Mijares (trompeta, Desorden Público) y Joel Martínez (trombón).

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Nada está fuera de sitio. La instrumentación va de lo más simple y llano, como la tierna “Claro de luna”, a lo más complejo y experimental, verbigracia “El infortunio”, la historia de un hombre con mala suerte, un salao’, que es una especie de joropo jazzeado. Sí, así como lo leen. “Tristemente célebre” habla de La Rotunda, la prisión tortuosa de los tiempos del general Juan Vicente Gómez, y también muestra una complejidad que apunta hacia otro sitio, hacia lo clásico, por eso la presencia del flautista Luis Julio Toro (Ensamble Gurrufío).

Edward es un extraordinario cuatrista, pero es más que eso. Es un artista al que lo mueve más una melodía y un concepto que el despliegue de su técnica. Escogió los cuatros de acuerdo a cada canción: tocó el “normal”, el de las cuerdas metálicas y hasta uno electroacústico muy procesado, con efectos de delay y otros artificios.

Lo que suena en temas como “Amanecer tuyero” es el uso, con intenciones expresionistas, de unos pedales de efectos concebidos para la guitarra pero en este caso aplicados a su instrumento. Eso también se percibe en “Viernes de quincena”, una en la que participaron el cantautor José Delgado, el guitarrista Aquiles Báez, Jhoabeat —el mago del beatboax— y Horacio Blanco (Desorden Público) como recitador-locutor.

La página web de El tuyero ilustrado muestra cómo los músicos cuidaron cada detalle. La pestaña ‘Vea y escuche’ da acceso a una habitación en la que conviven todas las canciones. Es posible entrar y hacerlas sonar mientras se lee las letras. Cada una está acompañada de una ilustración. Una de las ideas de Pino y Ramírez fue involucrar en el proyecto a artistas gráficos que tradujeran sus músicas y letras en dibujos.

“¡Por qué no pensar la música venezolana como se piensa el merengue dominicano, que es un género tradicional que maestros como Juan Luis Guerra lo han realzado de una manera tan elegante!”, exclama Edward Ramírez sin una chispa de soberbia. Porque soberbia es lo que no se ve por ningún lado en esta obra tan colaborativa, que combina con mucha sutileza lo simpático y lo sofisticado, la sabiduría y la gracia, la tradición y la contemporaneidad. ¡Buen viaje, Tuyero Ilustrado, tráenos jamón ibérico y vino!

 

¡PILAS! Recientemente Rafa Pino y Edward Ramírez escribieron y publicaron en Youtube una gaita zuliana en la que manifiestan su preocupación frente a la crisis venezolana. Se titula “Un fusil para cada miliciano”

 

*AGENDA EUROPEA DE JUNIO: 

Sábado 10. Évora, Portugal. Plaza do Giraldo (Exib)

Lunes 12. Berlín, Alemania. Ballhaus

Jueves 15. Barcelona, España. Sala Sinestesia (con Cheo Hurtado): Guataca Nights

Sábado 17. Barcelona, España. Restaurante Caña de Azúcar

Martes 20. Luxemburgo. Konrad Café & bar

Viernes 23. Hamburgo, Alemania. Fux & Ganz

Sábado 24. Hamburgo, Alemania. Chavis Kulturcafé

 

FOTOS: JOSUAR OCHOA /@josuarochoa en Twitter