Sadel por siempre

Sadel por siempre

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 28 de junio de 2019. Enlace aquí

 

Una carpeta con recortes de prensa, que ha permanecido en la última gaveta de la mesa de noche de mi padre durante 30 años, comenzó a engordar desde el martes 28 de junio de 1989. La tristeza de aquel día fue combatida a punta de discos, lectura y tijeras. En tiempos previos a Google, esa mañana suponía la oportunidad de encontrar información valiosa entre las notas necrológicas que copaban los diarios. El fin de semana siguiente también; las revistas dedicarían números enteros a contar la vida de Alfredo Sadel, el ídolo que acababa de morir.

Crecí en un hogar en el que los próceres no son guerreros a caballo, políticos ni estrategas militares. Son mujeres y hombres que hacen magia de los sonidos —y los que no cantan, componen y tocan, juegan béisbol—. Son semidioses que no duermen en libros de historia ni frescos nacionalistas, sino que viven y nos acompañan, como una banda de fantasmas felices, cada vez que encontramos una excusa para celebrar nuestras vidas con las suyas.

Sadel siempre está en primer plano. En casa, él siempre es el artista que cierra. La cabeza del cartel. Sus compactos forman torres que representan nuestro bagaje. Sus vinilos, hileras que han agudizado nuestra sensibilidad musical. En la discoteca de mi padre, donde conviven Sinatra y Gardel, Aretha Franklin y Gualberto Ibarreto, los Beatles y La Dimensión Latina, La Billo’s y Barry White, Aldemaro Romero y Julio Iglesias, Alfredo Sadel es el líder en ventas. Es el que más ha cantado y, sin embargo, el que conserva la voz intacta.

Fue de los cantores favoritos de mis abuelos, nacidos en los años 20. Es el ídolo de mi padre, que nació en octubre de 1949. Y es una presencia constante en las listas de reproducción de mis hermanos y yo, que llegamos entre la década de los 70 y la siguiente. Es el único artista que logró cautivar a tres generaciones de Guaraches melómanos. Sadel es un cordón que nos conecta y que, paradójicamente, se ha vuelto aún más poderoso ahora que estamos desperdigados entre Venezuela, Ecuador y Colombia, manteniéndonos al día a través de videollamadas.

A medida que envejecen, los hombres suelen contar las mismas anécdotas con más frecuencia. Fernando Guarache Chópite, mi papá, atesora, como si lo guardase en un cofre, el momento en que estrechó la mano de Alfredo Sánchez Luna. Cuando lo llamo y le cuento que quiero escribir sobre Sadel a propósito de los 30 años de su muerte, sonríe complacido. Esta vez soy yo quien le pide que me eche un cuento que he escuchado varias veces. Sin revisar libreta foto ni calendario, dispara la fecha: “Fue el 9 de diciembre de 1988. Un concierto que dio en el Colegio de Ingenieros de Cumaná”.

Recuerda que conversó con él. Que fue muy amable aunque ya estaba adolorido. Un amigo suyo, colega médico, llamó a mi papá para que juntos ayudaran al personaje a subir al escenario, desde donde ofreció un recital inolvidable acompañado por una pista. Meses después sería editada una colección de discos suyos que hizo crecer las torres y las hileras de álbumes de esa quinta en la que me crecí. Al poco tiempo sería homenajeado por Carlos Andrés Pérez, que apenas comenzaba su segundo mandato presidencial en medio de turbulencias. Seis meses y tres semanas después, se despedía de este mundo para habitar otro y los recortes de prensa que hablaban de él en tiempo pasado empezaron a apilarse en aquella gaveta que no tenía el menor atractivo para un niño curioso que soñaba con ser poeta o grandeliga o las dos cosas.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que sí me interesó, porque “Desesperanza”, “Mi canción”, “Tú no comprendes” y “Yo soy aquel cantor” se colaron inevitablemente en mi habitación de canciones favoritas. “Di”, “Aquellos ojos verdes”, “Vereda tropical”, una hermosa composición de Billo Frómeta llamada “Canción sin título” y un tango que nadie canta como él, titulado “Nostalgia”, dejaron de pertenecer a la categoría música que oye papá. Sadel, sin esforzarse, cantando a dos o tres pasos de los micrófonos, siempre con esa sonrisa magnética, lo volvió a lograr y se abrió espacio entre los Beatles, Pearl Jam y Soda Stereo; entre Pink Floyd, Amy Winehouse, Desorden Público y Los Amigos Invisibles.

No sé cómo lo hace, pero Sadel canta cada vez mejor. Es el mismo registro, la misma grabación, el mismo artista, pero cada año que pasa, mientras todo lo demás parece envejecer, volverse áspero y avinagrado, su canto florece. La misma canción, poco después, fluye con más nitidez desde el altavoz. Debe ser un fenómeno que le ocurre a esos cantantes que son primero sentimiento y después todo lo demás.

Sadel podía interpretar con soltura pasodobles, rancheras, tangos y boleros, y también joropos y merengues caraqueños. Sadel, quien escribió canciones hermosas —varias de ellas en ritmos de raíz tradicional—, comenzó a llevar música venezolana por el mundo mucho antes del neofolklore, sin 1×1 ni Ley Resorte. En su repertorio viajaban obras de Aldemaro Romero, Billo Frómeta, María Luisa Escobar, Juan Vicente Torrealba e incluso una joya, titulada “Escríbeme”, a través de la cual Guillermo Castillo Bustamante expresó su melancolía desde Guasina, tras las rejas de una celda en la que fue encerrado por pensar distinto en los años duros de la dictadura perejimenista.

Sadel, un artista que grabó más de 100 álbumes, llevó su venezolanidad al Ed Sullivan Show, el programa con mayor raiting de la televisión estadounidense del momento, el mismo que disparó la beatlemanía cuando John, Paul, Ringo y George visitaron Nueva York por primera vez. Sadel brilló en la era dorada del cine mexicano y logró un contrato de la Metro Goldwyn Mayer. Y el mismo Sadel mandó todo eso al carajo cuando estaba en su cúspide de fama porque soñaba con irse a Europa a cultivar el canto lírico y llegar a la escena operística. ¿Y saben qué? Lo logró. Pero decidió volver a casa, a su país, a una Venezuela de la que no podía mantenerse lejos demasiado tiempo y por la que había arriesgado mucho, ayudando a quienes, desde el exilio, lucharon para recuperar la libertad.

Hoy Sadel representa una venezolanidad que pareciera desvanecerse. La Venezuela del humor fino y las buenas costumbres, del talento y la gracia, del esfuerzo y la recompensa. Un país que aún existe, aunque demacrado. Un país con el que no cuesta reconciliarse si es a través de aquel hombre ilustre que nació en el centro de Caracas para cautivar al mundo con su voz.

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Raúl Delgado Estévez y la música venezolana de nuestros días

Raúl Delgado Estévez y la música venezolana de nuestros días

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 2 de mayo de 2019. Enlace aquí

Cuando el joven Raúl Delgado Estévez comenzó a formarse como músico, un abismo separaba a la academia de lo popular. Los estatutos de la Orquesta Sinfónica Venezuela, que en una época fue La Orquesta, única en su especie en el país, tildaba de “deleznable” la música tradicional. Lo folclórico era cosa de plazas y templetes; muy lejos de la solemnidad de una sala de conciertos.

La música contemporánea venezolana, que sorprende a melómanos de este siglo, gana premios internacionales e inspira a una enorme oleada de jóvenes instrumentistas, debe su calidad precisamente al encuentro de esos dos mundos, dos conceptos, dos maneras de concebir la creación que descubrieron que podían convivir y enriquecerse mutuamente.

¿Qué pasó en el camino? ¿Cómo evolucionó la mentalidad de artistas, músicos, gestores y entusiastas para que un ensamble de cuatro y maracas tocara un merengue caraqueño o un seis por derecho en un teatro, vistiendo de gala los géneros de raíz tradicional, elevando sus estándares, depurando sus arreglos? ¿Cómo pasamos de lo “deleznable” a grabaciones como la que hizo la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho con el Ensamble Gurrufío en 1999? ¿Cómo llegamos a criaturas virtuosas como Pacho Flores o Alexis Cárdenas, que desarrollan en paralelo notables carreras como solistas clásicos y exponentes de la música de su tierra?

¿Qué ocurrió? Ocurrieron personajes como Raúl Delgado Estévez, el hombre que, aguantando un nudo en la garganta, tuvo que tomar la batuta del Orfeón Universitario de la UCV frente a un coro inexistente porque sus miembros, incluido su director Vinicio Adames, murieron en un terrible accidente en 1976 en las islas portuguesas Las Azores cuando volaban a un festival coral en Barcelona. El mismo hombre que dos años después de su debut como líder del Orfeón fundó un ensamble popular llamado El Cuarteto, que se volvió paradigmático, fundamental para entender la historia de la música venezolana de nuestros días.

Delgado Estévez reconstruyó la agrupación coral ucevista, que resurgió de sus cenizas, cargando con el honor y sosteniendo el ánimo de la principal casa de estudios del país, y la dirigió durante 23 años, sentando las bases de su futuro. Los ecos de aquella gesta siguen retumbando hoy, día en que se conoció la noticia de su muerte. También sigue en el ambiente la impronta de su trabajo con El Cuarteto.

Él y su hermano Miguel, biólogo de día, guitarrista el resto del tiempo —y, con los años, locutor y hasta humorista—, fundó ese ensamble para grabar “un disquito” que pudieran ponerles a sus nietos que aún no estaban ni en planes. Lo hicieron junto a sus compadres los hermanos Naranjo: el flautista José Antonio “Toñito” y Pedro (contrabajista que sería sustituido por su otro hermano, Telésforo, como para que todo quedara en familia).

Raúl nunca se consideró cuatrista, pero le tocó hacerse del instrumento insustituible, el más venezolano, el más folclórico. Así lo confesaba, entre risas con su voz ronca, desde su puesto de Director de Cultura de la UCV.

El Cuarteto, que cumpliría cuatro décadas este año, no es la más antigua ni la más longeva, pero sí la más notable y la primera agrupación en su estilo en dar un concierto en el Teresa Carreño, por ejemplo. Es difícil cuantificar el tamaño de su legado. Son muchos los ensambles que, como Los Sinvergüenzas, calcaron su formato y caminan por el mismo sendero. Son bastantes los que consideran a los Delgado Estévez y los Naranjo sus referentes.

***

Nacido en Calabozo, Guárico, Rául Delgado Estévez (1947-2019) estudió en la Escuela Superior de Música de Caracas y la Juan Manuel Olivares. También, fue becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes y el Centro Simón Bolívar para profundizar en la composición, la dirección coral y la pedagogía musical en instituciones parisinas como la Ecole Normale de Musique.

Tuvo un pie en el mundo académico-coral y otro en el terreno folclórico. Su perfil, el mismo de sus compañeros de ensamble, por ejemplo, es el perfil de muchos músicos de siguientes generaciones —que, de paso, generan la materia prima que procura exaltar nuestra plataforma cultural Guataca—. Son artistas que no pueden separar una cosa de la otra. Se deleitan con el joropo y el merengue, pero lo leen en el pentagrama. Gozan estudiándolo con detalle. Experimentan a partir de su forma primigenia (si es que existe tal cosa).

El maestro Raúl murió lejos de casa. Desde hace más de un año estaba en México, lidiando con serios problemas renales. Desde allí surgió la triste noticia, pero las condolencias y mensajes de admiración llegan desde muchos rincones del mundo.

 

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Publicada originalmente en Prodavinci.com el 17 de noviembre de 2018. El enlace aquí

La ceremonia estaba comenzando. Calentaba el ambiente el Septeto Santiaguero y su celebrado proyecto con José Alberto “El Canario” basado en son cubano. Pasaban los renglones dedicados a la música brasileña, la infantil y la cristiana. Anunciaba Gabriel Abaroa Jr., presidente de la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos, que este año servirían comida: unos wraps de salmón que en su mayoría se quedaron fríos en las mesas. Y de pronto, sin anestesia, el director orquestal uruguayo José Serebrier abrió el sobre y leyó el nombre que agitó corazones venezolanos.

El ganador, que todavía no había ganado, se encontraba en una mesa a la izquierda del escenario; no muy lejos, aunque en ese momento el camino que separaba su silla del gramófono dorado se veía largo y sinuoso. Se sentía pequeño ante la estatura de los nombres brasileños con los que disputaba el premio. Respetaba —respeta profundamente— el arte de todos ellos. Para colmo, en la pantalla central él aparecía de último. IDENTIDAD/ MIGUEL SISO. Pequeño. Poquitas letras.

El cuatrista guayanés, ganador de la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen que desde 2004 ha conectado a apasionados y virtuosos del instrumento rey del país, estaba postulado en una categoría de los Latin Grammys particularmente exigente: Mejor Álbum Instrumental. Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, conviven en ella proyectos contemporáneos de virtuosos consolidados que fusionan latin jazz, especies de raíz tradicional, bossa, tango o flamenco, y creadores de world music, generalmente pesos pesados de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de Holanda, Ed Calle, la agrupación Bajofondo, Chick Corea, Arturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio por el que le brillaban los ojos al venezolano, que veía hacia el frente nervioso y callado, sin sonreír. Estático, sosteniendo la mano de su esposa, Bárbara, musa de varias de las canciones que lo llevaron hasta ese lugar y ese momento.

Serebrier no tardó ni 10 segundos en nombrar a los postulados: No Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo, un autor al que muchos consideran un genio; Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda Trío, ensamble liderado por una referencia mundial de la mandolina; Alué de Airto Moreira, un percusionista de trayectoria extensísima; y Recanto de Yamandú Costa, un guitarrista fuera de serie que ya había impresionado con un performance en directo minutos antes. Y él, claro. Lo aplaudieron unos pocos, los de su mesa, los compatriotas desperdigados por el glamoroso Mandalay Events Center que lo conocían y uno que otro colega, como la cantautora colombiana Marta Gómez, postulada en la casilla folclórica por La alegría y el canto, un álbum en el que grabaron C4 Trío, el pianista Antonio Mazzei y el cantautor José Delgado.

El presentador sonrió y dijo, con naturalidad, las palabras mágicas: y el Grammy es para… Miguel Siso. ¡Pum! Gritos de quienes lo rodeaban, abrazos, besos, Bárbara con los ojos aguados, eufóricos unos primos que lo acompañaban, y Ernesto Rangel, fundador y director de Guataca, la plataforma que produjo el álbum, tan emocionado que no sabía qué hacer, si acompañarlo, grabarlo con su celular, tomarle fotos o saltar. La distancia hasta el micrófono iluminado desde el que hablaban los ganadores, que parecía de años luz hacía segundos, se acortó, y Siso se lo fue creyendo en la ruta. Subió las escaleras y, aguantando un nudo en la garganta, pronunció con fluidez sus palabras sin papel en mano, a diferencia de lo que hizo más tarde el español Enrique Bunbury en el mismo sitio.

¡Viva Venezuela!, le gritaron de un costado. Y él sonrió satisfecho. “No tengo palabras para decir lo feliz que estoy por esto. Este es un álbum que se formó desde el principio para mi amado país, Venezuela, que está pasando por una crisis muy fuerte”, dijo. Ahí sí retumbaron los aplausos. Luego completó: “La música venezolana y el cuatro venezolano están presentes ahora más que nunca”. Sí, lo están, gracias a su trabajo y al de agrupaciones como C4 Trío, que, junto a talentosos ingenieros venezolanos, hace cuatro años alzó sus manos de uñas largas en esa misma instancia por su victoria en el renglón de Mejor Ingeniería de Sonido. Además, ganaron por el álbum De repente, grabado con otro referente del instrumento —que de paso, canta y anima—: Rafael “Pollo” Brito.

No había bajado el oleaje emocional cuando anunciaron a los nominados a Productor(a) del Año. Nombraron a cuatro personalidades asociadas a una chorrera de artistas famosos. A gente como Andrés Torres y Mauricio Rengifo, que colaboran con David Bisbal, o al ya galardonado Rafael Arcaute, productor del argentino Dante Spinetta. A Eduardo Cabra, productor de la banda colombiana Monsieur Periné; y a Julio Reyes Cupello, que trabaja con Pablo Alborán y Laura Pausini. Y entre ellos, una sola mujer, la primera que gana ese gramófono, la venezolana Linda Briceño, multiinstrumentista —especialmente trompetista—, ex miembro del Big Band Jazz Simón Bolívar, compositora y cantante, que estaba a una mesa de Siso, con sus labios carmesí, fingiendo tranquilidad, cuando escuchó su nombre y celebró como no pudo hacerlo en 2014, cuando obtuvo dos postulaciones y volvió con las manos vacías.

El segundo ¡Viva Venezuela! se escuchó. Pero faltaba un personaje con el que nadie contaba cuando ya habían quedado en el camino otros nominados venezolanos, como Los Pixel, banda del vocalista de Sentimiento Muerto, Pablo Dagnino, que andaba con su cabello oxigenado y su traje negro solemne que no lograba ocultar la eterna irreverencia de la generación contagiada por el punk. Tampoco había ganado María Rivas, aquella gran cantante que la mayoría recuerda por “El manduco” y que grabó un exquisito álbum de boleros titulado Motivos, por aquello de la rosa pintada de azul; ni Claudia Prieto, la jovencita zuliana que aparecía en dos casillas, la de Mejor Álbum Cantautor, que se llevó Jorge Drexler, y la de Mejor Artista Nuevo, que perdería después.

Ese otro personaje que faltaba era Juan Carlos Luces, autor de “Quiero tiempo”, popularizada por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle junto con Juan Luis Guerra, que se llevó la medalla a la Mejor Canción Tropical y le permitió incluir una línea clave en sus palabras de agradecimiento, acompañadas de sollozos: “Sobre todo, quiero dedicarle este premio a todos los venezolanos que nos conseguimos en cualquier parte del mundo y que ahorita estamos viendo la cosa fea pero que la hacemos ver bonita”.

La noche de Drexler

Como suele ocurrir, salvo contadas ocasiones en las que artistas como Franco De Vita o Chino y Nacho han ganado Latin Grammys, los tres venezolanos premiados recibieron sus gramófonos en la ceremonia previa y no televisada. Paréntesis: los Latin Grammys suelen dividirse en dos; la fiesta de los músicos y la fiesta de la fama. En ocasiones ambos mundos se conectan. Temprano, se entregaron los premios de categorías técnicas, reconocimientos a la composición, los arreglos, la producción, la ingeniería y los géneros menos populares, menos sexys para el público televisivo. Por allí no andaba Maluma ni J Balvin. Sí andaban, por ejemplo, la mexicana Natalia Lafourcade, el argentino Fito Páez y el uruguayo Jorge Drexler, quien terminó ganando en ese otro escenario que parecía totalmente dominado por el reguetón, el trap y lo que por estos días lleva la etiqueta de “urbano”.

Esta vez la ceremonia previa subió en calidad y glamour: lo que antes parecía más una graduación universitaria que unos Grammy, ganó cierto halo de magia, de prestigio, de respeto. Tras esa cita temprana, todos se trasladaron del Mandalay Bay Center, donde ocurrió el tiroteo fatídico en 2017, al MGM Grand Arena, donde suelen darse las peleas de Floyd Mayweather, entre otros eventos mundialmente publicitados. A ambos hoteles, megaestructuras de más de 3.000 y 6.000 habitaciones, respectivamente, las une un pequeño tren gratuito. Y por allí iban muchos, con sus trajes y corbatas, vestidos largos y tacones altos, comentando lo que acababa de ocurrir.

Tras atravesar el mar de máquinas tragamonedas, mesas de juego y estética kitsch, entraron al show de televisión que se lleva buena parte del presupuesto y que este año, curiosamente, contó en su equipo de escritores y guionistas con el humorista y músico venezolano César Muñoz.

Temprano, las secciones de espectáculos destacaban en su mayoría las ocho nominaciones del reguetonero colombiano J Balvin y las cinco de la española Rosalía, que presenta el flamenco como parte de una propuesta electrónica. Hablaban de la expectativa ante la presencia de Maluma, el también colombiano que canta “Felices los 4” y las “Cuatro babys”, pero que en esta edición no llegaba a las cuatro postulaciones. Parecía que sería un maremágnum de reguetón. Y sí, por momentos lo fue, pero la academia encontró la manera de equilibrar las fuerzas y el protagonista de la noche terminó siendo Jorge Drexler, vencedor en dos de las tres categorías principales: Canción del Año (“Telefonía”) y Grabación de Año (ídem). La de Álbum del Año quedó en manos de otro ídolo de siempre, abucheado por la audiencia del MGM porque nunca asiste a estas citas, respetado por todos por su voz y devuelto a la notoriedad por una serie de Netflix: Luis Miguel. ¿Su disco premiado? México por siempre.

Fue una noche que contó con el imán del reguetón, el trap y la música que predomina en la fiesta joven latinoamericana de este momento del siglo XXI, pero que premió el arte orgánico, las guitarras acústicas de los Macorinos que tocan con Natalia Lafourcade, la voz desnuda de Mon Laferte, las letras sutiles e ingeniosas de Jorge Drexler y, por qué no, el cuatro del venezolano Miguel Siso.

Cómo era un show de Prince

Cómo era un show de Prince

LA Forum. Los Ángeles. Jueves 5 de mayo de 2011/Publicado en Ladosis en junio de 2011

Prince es una especie de monstruo de Frankenstein, que ha tomado prestados poderes y los ha incorporado hasta fusionarlos en sí mismo. Lo que es intimidante en su caso no es su imagen, y menos su tamaño. Tampoco el hecho de que emerja desde el fondo del escenario, como bien podría ocurrir en otra aterradora historia de Mary Shelley. Lo que impresiona del artista, que nació en Minnesota un 7 de junio hace 53 años, es simplemente su talento.

De James Brown tiene su manera de bailar. Se mueve con extraordinaria agilidad y todavía más clase. De Little Richard, su desparpajo, su agresividad en escena. De Curtis Mayfield, o acaso de Hendrix, su manera de abordar los temas con guitarra y voz. Pero también tiene un caldo de cultivo de funk, R&B, soul, rock ‘N’ roll, blues y otras especies, del que nace una fusión que representa la continuidad al sonido negro de los años 70.

En sus shows suele dejar clara su postura con respecto al rumbo que tomó el mainstream estadounidense a través de frases contundentes. Como si todavía estuviera sangrando por la herida que le dejó su conflicto con Warner, suelta frases punzantes: Música de verdad, hecha por verdaderos músicos. Esto no viene de una oficina. Esto viene del alma. Quiero dedicar esta canción a aquellos que todavía aprecian la música hermosa.

Los temas editados en los años 80, pero despojados de lo sintético, tienen un poder extraordinario para agitar al público. Todos suenan remozados, orgánicos, con un groove diferente con el que contribuyen su bajista Rhonda Smith, su baterista Michael B y su tecladista Renato Neto.

Durante más de 90 minutos, Prince Roger Nelson entretuvo a quienes asistieron al Fórum de Los Ángeles, la antigua casa de los Lakers, ubicado en una zona de población mayoritariamente negra. El show de apertura lo hizo Chaka Khan. Luego llegó la criatura que, con destreza, se desplazó sobre un escenario que funcionaba en 360 grados, al estilo Phil Collins —quien curiosamente le arrebató un par de intros en el pasado—.

El feeling le brota por los poros. Quizá por eso y por su productiva carrera, la revista Rolling Stone lo catalogó en el puesto 28 de los Mejores Artistas de Todos los Tiempos. Insisto en esto: puede hacerlo todo en escena. Es capaz de bailar con extraordinaria soltura, cantar en un amplio registro —con un manejo magistral de los falsetes—; hacer un divertido riff de guitarra funk, y ofrecer un solo endemoniado con distorsión y wah wah al minuto siguiente. De pronto, demuestra sus habilidades con el bajo, y, en la parte final del espectáculo —después de un final falso con su máximo hit: Pulple Rain— se sienta en un piano de cola púrpura y toca mientras canta baladas.

“Quiero decir algo. Sé que estoy envejeciendo, pero yo me veo igual”, dijo en pleno “Musicology”, en la que sorpresivamente se subió al escenario Whitney Houston. De sus éxitos, no dejó nada por fuera. Cerró con “Kiss”, cantó un fragmento de “The Most Beautiful Girl in The World” e interpretó “Nothing Compares 2 U”, que aunque buena parte del planeta la conoce por Sinead O’Connor, es una composición suya. Tocó “Controversy”, “Let’s Go Crazy”, “Delirious”, “1999” y “Cool”, en la que le hizo un guiño al difunto Michael Jackson, con un fragmento de “Don’t Stop Till You Get Enough”.

Sobre un escenario con la forma del símbolo que adoptó como nombre en una época, Prince demostró que simplemente es un showman absolutamente inimitable e irrepetible.

Un himno de incógnitas históricas

Un himno de incógnitas históricas

Cada 12 horas interrumpe la programación radial y televisiva la misma melodía que se canta en los colegios a las 7:00 am, que se toca antes de cada cita deportiva, como un transporte para unos versos dodecasílabos que obligan a la audiencia, los estudiantes y los entusiastas del deporte, según sea el caso, a pensar en la gesta independentista que recientemente cumplió 206 años.

En 2007 el presidente Hugo Chávez, durante un acto que se celebró en Barcelona para demostrar la capacidad de unos aviones militares Sukhoi, decretó el 25 de mayo como el Día del Himno Nacional, para enfatizar aún más lo establecido en el artículo 8 de la Constitución Nacional, que establece al Gloria al bravo pueblo como un símbolo patrio, y en el artículo 30 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que obliga a los medios de comunicación audiovisuales a darle exposición periódica a través de su señal.

El 25 de mayo, pero de 1881, Antonio Guzmán Blanco decidió hacer de la canción parte de la cédula de identidad de la República, y encomendó a Eduardo Calcaño ciertas modificaciones pertinentes. Pero cuando lo hizo no mencionó a ningún autor, lo que —según Rafael Arráiz Lucca— posiblemente dio pie a las dudas sobre los nombres de los creadores del Himno Nacional.

De acuerdo con la investigación del historiador Alberto Calzavara, cuyos resultados se divulgaron en el libro Historia de la música en Venezuela (publicado en 1987 y citado por Arráiz Lucca), hasta las celebraciones que el Ilustre Americano organizó con motivo del centenario del nacimiento de Bolívar no se tenía duda sobre que la letra y música del Gloria al bravo pueblo eran de Andrés Bello y Lino Gallardo, respectivamente.

Calzavara, quien murió en 1988, aseguraba que los nombres de Vicente Salias y Juan José Landaeta surgieron —sin pruebas— en 1883, gracias a un músico y crítico cumanés llamado Salvador Narciso Llamozas, apoyado en el camino por Ramón de la Plaza y Juan Bautista Plaza, a quien corresponde la versión actual, que surgió tras algunos retoques que se le dieron en 1947, cuando era director de la Escuela Preparatoria de Música.

El poeta Willy McKey, en un análisis divulgado a través del portal Prodavinci.com, explica que la teoría de Bello como autor de los versos quedaría evidenciada en la tercera estrofa, que por el contrario otros críticos (nacionalistas) usan para elevar a Salias a la categoría de profeta, por su capacidad para ver más allá de 1810 y vaticinar la libertad futura de las naciones vecinas. Calzavara reprodujo la partitura que publicó el periódico El Americano de París en febrero de 1874 y La Opinión Nacional (Venezuela) en marzo de ese año.

Según Arráiz Lucca, las pruebas que inclinan los créditos de Gallardo sobre Landaeta, y de Bello sobre Salias, son contundentes, y ese desliz histórico ha sido corroborado por figuras como Juan Vicente González, Julio Calcaño, Eloy González y José Antonio Calcaño, personaje importantísimo, investigador y músico, fundador de la Orquesta Sinfónica Venezuela. Sin embargo, la voz en off que acompaña a la reproducción del arreglo de Pedro Elías Gutiérrez sigue pregonando una verdad que está en dudas.

La hipótesis ha sido considerada por artistas como Aldemaro Romero, quien elevó su voz en mayo de 1997 tras la controversia que envolvió a la versión sofisticada y espontánea que grabó Ilan Chester por aquellos días, que pareció gustarle a mucha gente, a diferencia de al presidente Rafael Caldera, cuya molestia impidió que se iniciara un proceso de acercamiento artístico y ciudadano, y por qué no una apropiación de su música y su letra. 

 

Texto publicado en su versión original el 22 de abril de 2010 en el diario El Nacional

 

A merced de Gustavo Cerati: a 7 años del último concierto

A merced de Gustavo Cerati: a 7 años del último concierto

El público, acostumbrado a la impuntualidad, apenas se distribuía a su gusto sobre el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar cuando apareció Gustavo Cerati como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro con antifaz, como en la fachada de su nueva edificación, Fuerza natural.

Desde el primer tema, que le da título a su más reciente producción, comenzaron a desfilar guitarras por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Parker Fly negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del músico argentino es una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó el sábado en la universidad no es el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el de camisas ligeras de cuadros de Siempre es hoy, ni el artista playero relajado de Bocanada.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después de manipular una guitarra española —imagen poco común en su carrera—, para exprimirla y sacarle “Cactus”, dijo: “Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión: un tema de Bocanada“.

Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil”, cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. Pero la euforia del público alcanzó un primer pico con “Artefacto”, una canción dedicada a la adicción por los teléfonos celulares.

El humor particular del músico de 50 años de edad se hizo presente. De un momento a otro soltaba un “chévere”, un “carajo”, un “sigamos jodiendo” o un “¡muchacha!”, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y su corto vestido —y, más que nada, por sus piernas bronceadas.

El artista bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, cuando comenzó a caer una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde.

Cerati tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. Y de pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”.

Después de “He visto a Lucy” se fue tras bastidores, pero al poco tiempo volvió vestido de blanco y fumando, sin prisa. Anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993), llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira. Sin embargo, esa melodía fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de 11 episodios sinfónicos en el Teatro Teresa Carreño, en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron las bolas luminosas del fondo del escenario. La rubia corista pasó al frente para “Te llevo para que me lleves”, uno de los momentos más agitados de la velada. La introducción de “Dazed and Confused”, una suerte de tributo a Led Zeppelin, abrió el camino para “Vivo”, y en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, con el riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento sonaba a despedida, pero permaneció en tarima y preguntó: “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?”. Y siguió con “Crimen”. Cerati jugó de nuevo: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y comenzó la potente “Paseo inmoral”, que representó un clímax.

Presentó a sus músicos Leandro Fresco (teclados), Fernando Nalé (bajo), Fernando Samalea (batería) y el guitarrista que se sumó en esta gira, Gonzalo Córdoba. Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en el epílogo del reencuentro del bonaerense con sus fieles seguidores venezolanos. Esta vez no tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, ni repasó los máximos hits de su banda de siempre. Pero no fue necesario.

Reseña publicada el 17 de mayo de 2010 en el diario El Nacional

Ceratiportada

FOTO PRINCIPAL: Cerati.com

FOTO PORTADA: Alexandra Blanco

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; de la cara hispana de Estados Unidos, Los Lobos, que cantaban “La bamba” (Richie Valens); y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados