A merced de Gustavo Cerati: a 7 años del último concierto

A merced de Gustavo Cerati: a 7 años del último concierto

El público, acostumbrado a la impuntualidad, apenas se distribuía a su gusto sobre el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar cuando apareció Gustavo Cerati como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro con antifaz, como en la fachada de su nueva edificación, Fuerza natural.

Desde el primer tema, que le da título a su más reciente producción, comenzaron a desfilar guitarras por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Parker Fly negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del músico argentino es una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó el sábado en la universidad no es el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el de camisas ligeras de cuadros de Siempre es hoy, ni el artista playero relajado de Bocanada.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después de manipular una guitarra española —imagen poco común en su carrera—, para exprimirla y sacarle “Cactus”, dijo: “Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión: un tema de Bocanada“.

Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil”, cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. Pero la euforia del público alcanzó un primer pico con “Artefacto”, una canción dedicada a la adicción por los teléfonos celulares.

El humor particular del músico de 50 años de edad se hizo presente. De un momento a otro soltaba un “chévere”, un “carajo”, un “sigamos jodiendo” o un “¡muchacha!”, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y su corto vestido —y, más que nada, por sus piernas bronceadas.

El artista bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, cuando comenzó a caer una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde.

Cerati tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. Y de pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”.

Después de “He visto a Lucy” se fue tras bastidores, pero al poco tiempo volvió vestido de blanco y fumando, sin prisa. Anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993), llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira. Sin embargo, esa melodía fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de 11 episodios sinfónicos en el Teatro Teresa Carreño, en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron las bolas luminosas del fondo del escenario. La rubia corista pasó al frente para “Te llevo para que me lleves”, uno de los momentos más agitados de la velada. La introducción de “Dazed and Confused”, una suerte de tributo a Led Zeppelin, abrió el camino para “Vivo”, y en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, con el riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento sonaba a despedida, pero permaneció en tarima y preguntó: “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?”. Y siguió con “Crimen”. Cerati jugó de nuevo: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y comenzó la potente “Paseo inmoral”, que representó un clímax.

Presentó a sus músicos Leandro Fresco (teclados), Fernando Nalé (bajo), Fernando Samalea (batería) y el guitarrista que se sumó en esta gira, Gonzalo Córdoba. Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en el epílogo del reencuentro del bonaerense con sus fieles seguidores venezolanos. Esta vez no tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, ni repasó los máximos hits de su banda de siempre. Pero no fue necesario.

Reseña publicada el 17 de mayo de 2010 en el diario El Nacional

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FOTO PRINCIPAL: Cerati.com

FOTO PORTADA: Alexandra Blanco

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; de la cara hispana de Estados Unidos, Los Lobos, que cantaban “La bamba” (Richie Valens); y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados