Los pies descalzos de Cesária Évora por Caracas

Los pies descalzos de Cesária Évora por Caracas

Originalmente publicada el 27 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

La artista luce inquieta. Responde corto, sin ganas. Su mente pareciera en otro lugar, y no en Caracas, donde cantará mañana por primera vez. La traductora, una rubia que vino con ella, infla sus respuestas. Cuando dice un par de cosas en crioluo caboverdiano, la intérprete elabora una extensa reflexión en castellano. Nadie se fía del contenido, salvo cuando manifiesta un deseo que baja de manera abrupta el telón de la rueda de prensa: “Necesito fumar”.

Las dos palabras vencen la brecha idiomática y se vuelven tinta en las libretas de notas de los reporteros que la recibieron en una sala del Hotel Meliá. Con cierta prisa, supera la distancia que la separa del tabaco y el fuego. En el camino, regala un par de firmas que son casi garabatos. Es su nombre de pila en una caligrafía infantil. El arte de Cezi —así la llaman sus amigos y familiares— es natural; y ahí, en esa naturalidad intacta, radica el exotismo que le resultó tan atractivo al resto del mundo. Cesária Évora es una Antártida del canto. Un territorio puro, inexplorado, genuino.

Ayer debió volar seis horas desde la africana Isla de Sal hasta París y otras 10 para cruzar el Atlántico y aterrizar en El Caribe. Es su primera visita a Venezuela, país que le abrió las puertas de su sala más importante. Parece irreal, pero los afiches lo confirman: Cesária Évora en concierto. Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño. 29 de mayo de 2009.

“No tenía intenciones reales de salir de casa cuando cantaba para los marineros extranjeros que pasaban por el puerto —me cuenta Évora, menos ansiosa y en exclusiva, entre bocanadas—. Mindelo era un puerto muy movido, y quienes me escuchaban me animaban a continuar porque parecían encantados con mi música. Esto de ser una cantante internacional era apenas un sueño, más nada”.

Menuda, cachetona, con un afro corto en lugar de los dreadlocks de hace unos años, luce fuera de lugar, abrumada por el contexto lujoso. Tarde, muy tarde, llegó esta vida de entrevistas, autógrafos, servicios cinco estrellas y largos viajes. Ya tenía casi 50 años cuando su voz llegó a unos oídos que se convirtieron en catapulta.

De cantar en tugurios de su país, pasó a recibir abrazos de Madonna y a compartir tarimas y estudios de grabación con personajes como los brasileños Caetano Veloso y Marisa Montes, los cubanos Chucho Valdés y Compay Segundo y las estadounidenses Bonnie Raitt y Erykah Badu. La prensa, al hablar de ella, comenzó a evocar en el mismo párrafo a Edith Piaf y Billie Holliday, ni más ni menos, porque percibieron en su voz un ingrediente mágico y atemporal.

A esas dos leyendas las menciona entre sus principales referencias en su encuentro con la prensa venezolana. Habla de Julio Iglesias, Charles Aznavour y Nat King Cole, cantantes que escucha en su tiempo libre. Y comenta que le gusta mucho la música brasileña porque se parece a los ritmos de su tierra, “pero más alegres”.

El canto la acompañó desde pequeña, como una pizca de azúcar en tiempos muy amargos. Tras la muerte de su padre, Faustino, que tocaba el cavaquinho y el violín, llegó a un orfanato católico que le permitió actuar en la iglesia del pueblo. Más tarde, se enamoró de un guitarrista y, juntos, se buscaron la vida presentándose en bares o subiéndose a barcos para amenizar veladas a cambio de monedas, o acaso a modo de trueque: música por licor.

Évora ya había cantado muchísimo cuando la escuchó José Da Silva, un ferroviario que se convirtió en su productor. Así como Leslie Kong le abrió las puertas del mundo a Bob Marley, a Da Silva es necesario darle crédito por Évora. Sin él, no hubiera grabado en 1988 —a sus 47 años edad— su primer álbum con título en francés, La diva aux pieds nus (La diva de los pies descalzos).

Apoyada en la distribución de discos conmovedores como Mar azul (1991) y Miss Perfumado (1992), su fama creció vertiginosamente. El nuevo milenio la sorprendió de gira por los cinco continentes. En 2004, la Academia de la Grabación estadounidense premió su trabajo Voz D’Amour con un Grammy al Mejor Álbum Contemporáneo de World Music. En 2009, año de esta única visita a Venezuela, recibió de manos del presidente Nicolás Sarkozy la Legión de Honor de Francia.

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“Mi voz le gusta a gente de todos los pueblos, y eso abrió el camino a otros artistas. En Estados Unidos me dieron reconocimiento, a pesar de venir de un país pequeño como Cabo Verde. Para mí, caminar por esa tarima para buscar el Grammy fue una cosa muy importante”, dice la artista. No importa cuál fue la pregunta que le hice. Ella quería decir eso, y ahí está, lo dijo.

Lo de world music la tiene sin cuidado. “La música es la música”, repite. Y mucha razón tiene. World music es un término anglosajón en el que generalmente cabe todo lo autóctono, lo folk que no es folk de Estados Unidos; todo lo que le resulta raro y mestizo a los taxónomos musicales estadounidenses.

Lo de ella es la morna, una melancólica prima africana del fado portugués, que a oídos suramericanos suena como una especie de samba brasileña lenta. También suele cantar sobre un ritmo más movido y colorido, que invita al baile y es vehículo de letras pícaras, llamado coladera. Esas dos son las especies que esta embajadora del Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha mostrado al mundo.

Cabo Verde está conformado por un archipiélago volcánico en el océano Atlántico a unos 500 kilómetros de las costas de Guinea, Mauritania y Senegal, muy cerca de la Isla de Gorea, principal centro de reunión de esclavos que eran llevados a América entre los siglos XVI y XIX. Cabo Verde ha estado marcado por aplastantes condiciones climáticas y prolongadas sequías que han generado hambruna y, por tanto, un éxodo multitudinario. En ese país, que dejó de ser colonia portuguesa en 1975 tras cinco siglos de dominación, vive un poco más de medio millón de personas (dato de 2020). El resto de los caboverdianos, que supera el millón, ha migrado.

Évora, la máxima figura caboverdiana —desde luego, más famosa que todos los presidentes juntos—, declaró que en su infancia y juventud no se le permitía caminar por las aceras a quien no tuviera zapatos y que, como un gesto de rebeldía contra eso, decidió descalzarse en tarima. De ahí, el mote: La diva de los pies descalzos.

Cuando le hacen la misma pregunta en la rueda de prensa del Meliá, no ofrece esta respuesta cargada de emotividad y simbolismo que todos hubiesen usado para abrir sus notas. “Canto descalza porque no me gustan los zapatos”, sentencia. El intercambio funciona así, con largas interrogantes respondidas con monosílabos y frases escuetas. Si antes había dicho que comenzó a cantar para ahuyentar la tristeza, en Venezuela, ¿por qué canta? Porque sí.

“Si los políticos quieren escuchar el mensaje (de mi música), es problema de ellos. Son mensajes de paz y de derechos humanos, de amor”, expresa, mientras le hace señas a los organizadores para que la ayuden a levantarse de la silla.

Lo que expele Évora es una antipatía poco arrogante. Pareciera más bien la honestidad implacable de una niña con sueño. Una niña —camino a los 70 años de vida— que dice lo que piensa, que está cansada, sin ánimos de charlar. Cuando le preguntan si quiere comer, voltea, asiente y ahí sí esboza una sonrisa socarrona, como si le estuviesen ofreciendo una barquilla de chocolate.

***

El público venezolano está acostumbrado a escuchar la palabra ‘chévere’ en boca de cualquier invitado extranjero. Lo celebra, aunque sospeche demagogia. Le agrada recibir besos y que lo llamen por su nombre.  Buenas noches, Caracas. Hola, Venezuela. ¿Qué pasó, chamos? ¿Cómo están mis panas? Metérselo al bolsillo es facilísimo. Le encanta escuchar chistes o captar guiños musicales a Simón Díaz, oírle decir al visitante que se comió una reina pepiada o que se aprendió un fragmento del Alma Llanera. Le gusta que le sonrían, que le bailen y le piquen el ojo. De todos esos recursos de fácil seducción, Cesária Évora no usó ninguno.

Todos están cautivados por ella antes de entrar a la sala Ríos Reyna. Todos llegan tarareando “Bésame mucho” pensando en la voz de la caboverdiana. Convencerlos cuesta apenas una caricia. Una caricia que Évora esta noche no tiene ganas de dar.

Una vez que el trío instrumental The Bongo Project calienta la atmósfera, sale el septeto, con violín, cavaquihno y saxo, y todos se levantan de sus asientos. Caminando sobre un ritmo alegre, descalza como siempre, entra en escena la estrella de la noche, la Reina de la Morna, la diva de Cabo Verde, sin mirar al público ni a los músicos. Da varios pasos sin prisa, se detiene frente al micrófono y comienza.

Abre con “Vaquinha Mansa” y sigue con “Cize”. La primera de Gregório Gonçalves, la segunda de Morgadihno; ambos cultores caboverdianos cuyas piezas conoce desde que era adolescente. Las dos, por cierto, fueron incluidas en Radio Mindelo: early recordings (2008), un recopilatorio antológico de grabaciones artesanales que la cantante hizo de jovencita a principios de los años 60, un registro de su voz en su estado más nítido y potente.

El público la escucha atento pero no frenético. Aplaude entre canciones pero no se levanta del asiento. Ella le rinde homenaje a los artistas del rincón del mundo del que viene. Interpreta “Sodade”, de Luis Morais, líder de la agrupación folclórica Voz de Cabo Verde; canta “Petit pays” de Nando da Cruz, y “Angola” de Ramiro Mendes; y también, por supuesto, recuerda a Francisco Xavier da Cruz, mejor conocido como B. Leza, artista de su natal Mindelo que fue fundamental en su silvestre proceso de formación.

Las canciones van de la morna a la coladera, de la melancolía a la fiesta. Por momentos, se inspira —o así parece—, pero avanza como si estuviera en un estudio cantando sola, inconsciente de que hay un público frente a ella. En una pieza instrumental, aprovecha para hacer una pausa y sentarse sobre la plataforma de la percusión, en el centro de todo, a fumar un cigarrillo y tomar algo. Parece la abuela cansada que vigila a sus nietos mientras juegan.

El ambiente cambia ligeramente en “Carnaval de Sao Vicente”, himno de fiesta popular de su provincia. Mientras se mueve y sonríe, mira hacia el público y lo invita a pararse y bailar. Pocos atienden la invitación.

Algunos espontáneos aprovechan los silencios para hacer peticiones y ella les responde: “No está en el programa”. En la salida en falso, muchos salen de la sala decepcionados por su frialdad. Pero ella vuelve, a ponerle fin a una noche de sentimientos encontrados.

“¡Si no me besas no me voy!”, grita un hombre atrevido sentado en las primeras filas. La artista lo oye y lo complace. Canta “Bésame mucho”, la joya de la mexicana Consuelo Velásquez. Después le lanza un beso, el único de la noche. El beso de una niña que está feliz porque terminó de hacer la tarea.

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Pacho Flores: Venezuela con cuerpo de trompeta

Originalmente publicada el 19 de agosto de 2020 en Guatacanights.com

Pacho Flores irrumpe abrumado por la inmensidad del llano. Va atando tonadas con sutileza como quien tararea retazos de melodías que lleva guardadas en la memoria desde siempre. Cantos y revueltas (2019), su obra para trompeta, piano, cuatro y orquesta estrenada en El Palacio de la Ópera de La Coruña, España, es una invocación a la raíz venezolana desde la nostalgia. Es un guiño a su lugar de origen, preservando el desparpajo de lo tradicional pero partiendo de la rigurosidad del mundo académico.

Flores, considerado uno de los mejores trompetistas clásicos del mundo, construye un cordón imaginario. Para oídos foráneos, la pieza puede ser una gema exótica, imponente como un monumento natural; un horizonte de verdes y azules que neutralizan la soberbia. Para oídos venezolanos, puede ser más. Cantos y revueltas lleva consigo una carga de añoranza combinada con la esperanza de un mejor futuro que es difícil evadir.

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A la trompeta, que representa al individuo, la abraza la orquesta —en este caso la Real Filharmónica de Galicia—, que sería la naturaleza. La batuta está en manos de Manuel Hernández-Silva, un caraqueño formado en Viena, titular de las sinfónicas de Málaga y Navarra, y antes de la Córdoba, todo esto en España. Un artista que ha sido invitado a dirigir algunas de las mejores orquestas de América, Europa y Asia, y que, en Venezuela, ha estado al frente de la Sinfónica de Venezuela, la Simón Bolívar y la Sinfónica Municipal de Caracas.

Flores emite una melodía de Simón Díaz, un fragmento de la Tonada de luna llena, y de pronto arranca un joropo que es como un caballo llevando a la audiencia en un recorrido melodioso de altibajos y agridulces.

Leo Rondón, uno de los cuatristas destacados de estos tiempos, acentúa la venezolanidad, indica la ruta, señala los atajos hacia lo vernáculo. Sus cuerdas de nylon adquieren protagonismo, primero en un guiño al omnipresente Pajarillo, y después, en una transición en la que se queda solo, simula ritmos del Caribe, recorre el diapasón, se regodea en las posibilidades de su instrumento y se pasea por la geografía a través de golpes diferentes de joropo, hasta que se le suman unas maracas y la trompeta de Pacho. Por momentos, la audiencia y los músicos de la orquesta son testigos de un episodio de desparpajo venezolanísimo allí, en medio de una cita solemne, clásica, formal.

El trompetista tachirense, tal como lo hace al inicio, vuelve a cantar solo. Dibuja la serenidad de la tarde con una expresividad poco común en su instrumento. A su llamado van incorporándose paulatinamente el cuatro, las cuerdas, creciendo en intensidad y robustez, hasta culminar en el tope de una montaña. La ovación retumba en los parlantes.

Hasta el párrafo anterior me he referido a los 18 minutos de Cantos y revueltas, la pieza lomito del recital. Pero el álbum del mismo nombre, editado por el prestigioso sello alemán Deustche Grammophon, contiene también el Concerto para corno da caccia de Johann Baptist Georg Neruda, las Bachianas Brasileiras Nº 5 de Heitor Villa-Lobos, la pieza Invierno Porteño de Ástor Piazzolla e, incluso, un arreglo del vertiginoso El Diablo suelto, de Heraclio Hernández.

Formado en el Sistema de Orquestas, Francisco “Pacho” Flores (San Cristóbal, 1981) se reveló desde muy joven como un prodigio de la trompeta. Los premios más codiciados para solistas de su instrumento, primero el Maurice André y luego el Philip Jones y el Cittá di Porcia, no hicieron sino confirmar esa sospecha.

Cuando su carrera en el mundo clásico comenzaba a despegar y ya era artista de la casa de trompetas Stomvi, Pacho decidió aventurarse en un proyecto de música folclórica para abordar algunas de esos géneros que lo había acompañado desde su infancia. La trompeta venezolana (2009), álbum que lleva el sello de Guataca, retó a Flores, acompañado por Jorge Glem (cuatro), Roberto Koch (contrabajo) y Manuel Rangel (maracas), a pasearse por valses y merengues venezolanos, con invitados como el tenor Aquiles Machado y el vibrafonista Alfredo Naranjo.

Una vez que cumplió su capricho, habiendo firmado como artista exclusivo de la Deustche Grammphon —primer solista latinoamericano en hacerlo—, grabó Cantar (2013) con la Konzerthaus Orchester Berlin y Christian Vásquez; editó Entropía (2017), premiado con la Medalla de Oro en los Global Music Awards 2017; lanzó Fractales (2018) con la Arctic Philharmonic bajo la dirección de Christian Lindberg; e hizo Egregore+ (2020), el más reciente. Siempre se ha movido entre lo académico y lo popular, exhibiendo números venezolanos y explorando el cancionero latinoamericano.

En septiembre de 2019 estrenó el Concierto venezolano para trompeta y orquesta del maestro Paquito D’Rivera acompañado por el director orquestal mexicano Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería en una velada de lujo celebrada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México. El resultado de la colaboración será llevado a formato disco por el sello alemán.

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Originalmente publicado en Guatacanights.com 29 de julio de 2020 

El jazz y la afrovenezolanidad brotan de los dedos de Gabriel Chakarji. La suya no es una propuesta jazzística a la que se agregue cierto exotismo cadencioso como quien le espolvorea una especie al plato, una vez que se cocinó, para hacerlo más interesante al paladar. La obra del pianista caraqueño es híbrida desde su mera concepción. De tanto empaparse de ellos, esos ritmos ancestrales dejaron de ser ornamento para incorporarse a la esencia.

New Beginning (2020) pasa en limpio el resultado de dos búsquedas paralelas, dos miradas al pasado para encarar su futuro. Por un lado, procura comprender a Thelonious Monk y a Bud Powell, incluso a Art Tatum, Fats Waller y James P. Johnson, llegar a Herbie Hancock y Bill Evans y seguir hacia adelante; entender las coyunturas, los quiebres de ese relato subyacente; y por otro, se enfoca en seguir las huellas de cultores de la afrovenezolanidad hasta alcanzar a Aquiles Báez y la contemporaneidad, estudiar el trabajo de pianistas como Otmaro Ruiz y Edward Simon y escudriñar a otros creadores que han transitado, a su manera, el mismo sendero.

—Se trata de combinar nuestra cultura con otras músicas que también amamos. La intención es expresar lo que soy en este momento.

El recorrido de 8 episodios está pensado como un recital. Comienza con la brasa bien ardiente, con casi todos los jugadores en la cancha. El título del primer tema, Mina/San Millán, delata de manera didáctica los dos golpes que componen la pieza. El piano dialoga con el saxo, a veces canta con él y luego le sirve una base para que tome el primer plano. Baila envuelto en tambores, acariciado por una voz que comienza tímidamente como una pincelada hasta que se vale del lenguaje por única vez en los 47 minutos y 26 segundos que dura el álbum para llamarlos a todos al ritual: ¡Loloeeee, fuego-candela, fuego-candela, candela-fuego!

La voz proviene de Carmela Ramírez, también presente en New Danza, la segunda pista. Es una gran cantante, que además es pareja de Gabriel. Con ella hizo la obra que sería el antecedente más directo de New Beginning. Vida (2016) fue concebida en otras circunstancias, en Caracas, específicamente en el Teatro Chacao, sin público y apoyados en el profesionalismo de los ingenieros Vladimir Quintero y Germán Landaeta. En aquel disco exprimieron el vocalise, un recurso expresivo, muy presente en obras de brasileños como Heitor Villa-Lobos o Hermeto Pascoal, en el que la voz no funge como vehículo de contenido lingüístico sino como un instrumento de viento. Y Carmela es como una flauta perfecta. Sublime.

Chakarji cita Perseida, una de las 12 canciones que hicieron juntos para Vida, como un claro ejemplo de la ruta que transitaría hasta llegar a nuevas composiciones como No me convence, que va de la relajación de una fiesta tradicional a la inconformidad del jazz. Enredadera, un tema suelto que lanzó en 2019, también sirvió abreboca.

Para la cuarta canción, los tambores se van y llega una Melodía de agradecimiento, que requiere de calma para manifestar su gratitud a la divinidad por los favores recibidos. Es su manera de decir gracias por este New Beginning, que por cierto es el título de la quinta pieza, ejemplo palpable de cómo lo afrovenezolano está presente incluso cuando no suenan los tambores.

—Cuando te vas a las raíces, encuentras dónde está el alma de esta música, y puedes ser más honesto desde cada lenguaje.

New Beginning es el primer fruto discográfico desde su residencia en Nueva York, ciudad a la que emigró en 2014 becado para estudiar en la New School. Confluyen sus experiencias académicas, su aprendizaje del jazz y su vida en Nueva York, al igual que sus roces con músicos de otras latitudes que traen a la mezcla sus propios bagajes.

Los percusionistas venezolanos Daniel Prim y Jeickov Vital representan en el disco —no oficialmente— al proyecto Venezuela In Motion, un colectivo de músicos venezolanos que le ofrecen a Nueva York un replanteamiento de tambores, joropos, merengues y otros géneros musicales venezolanos.

En su trío, cuyo sonido queda registrado en temas como Voices y Norte y Sur, a Chakarji lo acompañan el surcoreano Jongkuk Kim (batería) y el estadounidense de origen mexicano Edward Pérez (bajo), quien además participa en otro proyecto afroperuano con el que Gabriel ha colaborado.

El saxo del álbum lo grabó Morgan Guerin, un virtuoso que, aparte, es bajista de figuras como Esperanza Spalding. De la trompeta se encargó Adam O’Farrill, nieto de Chico O’Farrill e hijo de Arturo O’Farrill, una dinastía de músicos provenientes de Cuba que pertenecen a la historia del latin jazz; inmortalizados, por ejemplo, en el documental Calle 54 (2000) del cineasta español Fernando Trueba. Algo de ese mundo, en el que Gabriel también se ha movido, se coló en la creación de Montuno quince, la penúltima del disco. Y también está presente la impronta del saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, a quien cita como una de sus más potentes influencias.

Cuenta el pianista que la banda tocó las 8 piezas en Rockwood Music Hall, un bar del Lower East Side de Manhattan, un domingo por la noche, y al día siguiente entró al estudio a grabarlo todo en simultáneo, como impone la tradición jazzística.

Con New Beginning, Chakarji (Caracas, 1993), quien obtuvo una beca de producción de la Café Royal Cultural Foundation, se afianza en su recorrido, que comenzó de pequeño en el piano clásico y que, tras una pausa, continuó al descubrir la libertad del jazz. Aquel joven que participó en la Big Band Jazz Simón Bolívar, que trabó amistad y camaradería artística con Linda Briceño y subió a escenarios junto a C4 Trío, al Pollo Brito y otras glorias de su país, sigue fiel a la música que le ha permitido viajar, conocer, crecer… y volver a comenzar.

La Historia de Venezuela según Desorden Público

La Historia de Venezuela según Desorden Público

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 27 de julio de 2020

En el morral estaban los libros de Alberto Arias Amaro y Aureo Yépez Castillo. En la mesa de la sala, los grandes periódicos de circulación nacional y algún diario local cuya última página escandalizaba con la foto de un cadáver ensangrentado. En la biblioteca adulta nos esperaban Manuel Caballero, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas, generalmente con desengaños de lo que aprendimos en la escuela; verdades complejas sobre nosotros mismos y el país en el que crecíamos. El país de las playas, las telenovelas, las misses y los campocortos elegantes. Pero también el de los cinturones de pobreza, la corrupción, la ignorancia y Archivo Criminal.

El traspatio de la Historia de Venezuela, la cara B con relieves y sarcasmos, real y cercana como una película en 3D, llegaba de un lugar insospechado: el tocadiscos. De allí emanaban baladas melosas, merenguitos con doble sentido, pop anglosajón cuyas letras aún no éramos capaces de descifrar. Sonaba guaracha, sonaba rock and roll. Y de pronto, irrumpía un ritmo frenético marcado por una guitarra cortante como un cuchillo traspasando el silencio. Sobre él, una voz de barítono llamaba las cosas por su nombre, ponía los puntos sobre las íes, le subía volumen a los bemoles de nuestra sociedad.

Álbum homónimo debut de Desorden Público (1988)

Álbum homónimo debut de Desorden Público (1988)

El primer LP fue casi como una revista porno. Casi. Era un vinilo para ponerlo cuando los padres no estaban en casa. En la primera pista, el tipo que normalmente decía te amo, mi amor, no puedo vivir sin ti, le confesaba a la chica que no soportaba su halitosis. Si las otras historia eran de un amor cortavenas, acá se contaba la tragedia de una pareja que se casaba obligada por un embarazo no deseado. ¡Decía la palabra condón!

La tercera canción hacía estallar el aparato. Le gritaba a la cara a quien ocupaba el Palacio de Miraflores, al Congreso, a los poderes públicos, a todo personaje en flux y corbata con carnet gubernamental y ganas de abusar de su posición. Les deseaba a todos ellos, con sátira, no una silla eléctrica pero sí una silla de ruedas.

Boquiabiertos, escuchábamos el relato caricaturesco —en una canción sin coro ni puente ni estribillo— de un hombre “serio” que trabajaba en un ministerio e intentaba robarse una maleta de plata. Así, hasta llegar a la queja, al grafiti hecho canción, a la manifestación visceral de la incertidumbre y la declaración de principios de una banda inconforme llamada Desorden Público: ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?

Horacio Blanco, Caplís Chacín, Danel Sarmiento y compañía decidieron bautizarse como un antihomenaje punketo a los camiones de Orden Público de la Guardia Nacional, campeones en la disciplina de repartir peinillazos a las piernas de adolescentes ociosos. A esos adolescentes ahora ellos les ofrecían un pogo para hacer catarsis y, de paso, les contaban otra versión de la historia de su país. Les cantaban su Historia Contemporánea de Venezuela a ritmo de ska.

En Descomposición (1990)

En Descomposición (1990)

La crisis no tiene fronteras, comenzaba cantando Horacio Blanco en el segundo álbum de la banda, editado en 1990. En Descomposición, producido por Gerry Weil, dejaba en el pasado la queja adolescente para acelerar un proceso de madurez, no sólo en letra sino en música. Desorden Público le gritaba al mundo que era una banda de ska, sí, pero que el suyo era un ska de acá.

Canciones como Skándalo traían tambores afrovenezolanos y arreglos de metales muy precisos. La presencia del percusionista Oscar Alcaíno, mejor conocido como Oscarelo, acentuaba la latinidad de la propuesta. Si Skándalo ironizaba sobre el chisme desechable y las cortinas de humo como estrategia de desinformación —los peores hechos son otros que no conoceremos nosotros—, Cursi presentaba a un tipo gris que sudaba cursilería y banalidad. DP caricaturizaba el rostro superfluo del mundo en que vivía.

Aparecía también un personaje harto conocido en aquella Venezuela, que se fue haciendo cada vez más presente, especialmente en el siglo XXI: El hombre con la pistola, que te da lo que le pidas y a cambio de eso te quita la vida. Y con él, una nación insensible con la sangre ajena: Veo mucha gente con aspecto embalsamado/ ¿será que se inyectaron parafina bajo la piel?

Le disparaban dardos directos al poder central, intercalando mitines demagógicos: Propaganda política con proletarios sonrientes/ (a los) que, por desnutrición, se les caen los dientes. Inauguraban la Venezuela post-Caracazo develando una abominable realidad: Somos peces del Guaire. Los caraqueños y habitantes de la capital debieron acostumbrarse a la idea de que viven en una ciudad cortada por un río de mierda. Y esa canción cobró un nuevo significado en 2017, cuando la frase se volvió literal y por el despreciado Guaire nadaron manifestantes despavoridos huyendo de la represión.

Canto popular de la vida y muerte (1994)

Canto popular de la vida y muerte (1994)

El Canto popular de la vida y muerte (1994) llevó toda esa denuncia, más estilizada y acompañada por un trabajo musical prodigioso, al mainstream. La tierra tiembla, coreaban, desde un videoclip grabado en Río Caribe, Sucre, hablando de la gente buena y trabajadora, su paciencia y su esperanza, su mestizaje: Esa gente quiere echar pa’ fuera la ignorancia/ la corruptela y la flojera, que son las peores consejeras/ que traban la puerta. 

A la par de una búsqueda artística, una experimentación rítmica y armónica, un despliegue literario y la intención de envolver todo en trajes conceptuales, la gran banda se afianzó en su rol de cronista de nuestro tiempo con piezas como Palo y piedra, un ska rabioso que se mofaba de la clase política.

La danza de los esqueletos, en cambio, abordaba un temática universal. A partir de una fábula fantasmagórica, cantaba un tratado contra el racismo, los prejuicios y toda forma de discriminación: Descubrieron que nunca hay buena razón para el odio y la humillación./Ellos decidieron que el amor no ve color.

Incrustándose en la memoria colectiva de una generación completa, Desorden Público seguía advirtiendo que la nuestra es una patria mal amamantada con tetero de petróleo. Seguía advirtiendo que, en Venezuela, o brincas o te encaramas o te tragas la pólvora negra. Las letras de ambas canciones, que trataron la dependencia del oro negro y la violencia callejera, se fueron haciendo más literales, más patentes y dramáticas con el paso del tiempo. No sospechaban que 25 años después, en el aniversario de su gran álbum, calcaran la realidad de una manera aún más fiel que en el momento en que fueron creadas.

Plomo Revienta (1997)

Plomo Revienta (1997)

La realidad violenta del país, que ya habían abordado, llegó a la carátula, al título, al primerísimo primer plano. Decidieron afincarse en denunciarla, retratarla, condenarla. En Plomo revienta (1997) nos dibujaron en la mente la imagen de una sangre que mancha la calle, mancha la historia, mancha de lágrimas incoloras la ciudad de la madre que llora inconsolable. Y eso fue un hit. Allá cayó fue un hit que sonó hasta el cansancio, compitiendo con canciones que hablaban de la playa, el sexo, los romances, la fiesta.

Desde entonces, ¿de cuántos han dibujado un muñequito de tiza en la acera? En tiempos recientes, Venezuela ascendió a los deshonrosos primeros puestos en la lista de países con más violencia letal en el mundo. En ese mismo álbum, en el que describieron en una cumbia-ska a un personaje mítico llamado Simón Guacamayo para ilustrar el universo de lo mágico-religioso en El Caribe, también bautizaron a Caracas, su ciudad, como un Valle de balas. Y allí aprovechaban de reclamarle al Vaticano: Que santifiquen a José Gregorio. Sí, el ahora beato José Gregorio.

Estrellas del caos (2007)

Estrellas del caos (2007)

Con Diablo (2002), editado durante la primera etapa del proceso chavista, lanzaron temas exitosos como Combate, Truena truena y El Clon, pero se guardaron los dardos habituales. Disparaban más contra el stablishment mundial, contra las potencias y Estados Unidos, pero no contra lo que pasaba en casa. Después revisaron todo su material en directo en el Teatro Teresa Carreño para celebrar sus 18 años de carrera; y volvieron a incluir una letra de corte político-social en Estrellas del Caos (2007), un álbum de abundantes especies caribeñas.

Junto a San Antonio, Espiritual, El tren de la vida y Pegajoso, salió Política criminal, una canción que, en una suerte de soneo, dejaba estas líneas para quien se sintiera aludido: Malandro ‘e paltó y corbata, tu deuda tendrás que pagar, bien cara saldrá tu estafa/desfalcaste las arcas, te ruchaste la plata, ¡ladrón!/dejaste un hueco en los bolsillos y en la esperanza.

Los contrarios (2011)

Los contrarios (2011)

“El arte rebelde logra trascender las barreras de la división partidista y las diferencias ideológicas”, me ha dicho Horacio Blanco, recordando los tragos más amargos en la carrera de DP, que fueron macerados desde la polarización política en tiempos de Hugo Chávez. “Andanadas de odio” —cito al vocalista y letrista— les llegaron a través de las redes sociales.

En 2011 decidieron, desde su disco Los contrarios, hacer un llamado a la tolerancia. Celebraron el ímpetu de quienes, cuando Sale el sol, se levantan de sus camas para perseverar a pesar de la tempestad. Celebraron, con un calipso, a esos mismos próceres anónimos que siguen sobreviviendo en una Tierra de gigantes. Pero no dejaron de recordar que el poder emborracha a multimillonarios, magnates y presidentes. Y después, se preguntan, ¿quién cura esa resaca?

En un bolero-ska reflejaron cómo todo venezolano llora por un dólar. En directo, solían revisar la cotización del momento en Dolar Today y lanzaban billetitos de Monopolio mientras hablaban del lúgubre desconsuelo de quienes procuran encontrarse de frente con Benjamin Franklin en un país cuya moneda se devaluó vertiginosamente.

Bailando sobre ruinas (2018)

Bailando sobre ruinas (2018)

Desorden Público enfrenta una tragedia artística incontenible; activó una suerte de mina antipersonal. Sus canciones desarrollaron una inusitada musculatura y transcienden el contexto de su publicación. La realidad le coqueteó tanto a la sátira que ahora las dos caminan tomadas de la mano, y ellos, que quisieran verlas convertidas en retratos de un tiempo pasado, no pueden hacer nada al respecto.

A pesar de los riesgos que implica expresarse actualmente en Venezuela, Bailando sobre ruinas subrayó los dolores de estos años. Si nos van a seguir robando, al menos cámbiénnos los ladrones, reclamaron en un país inmerso en el mismo proceso político desde 1999. ¡Una maravilla!, exclamaron, con sentido crítico, sobre una Venezuela agobiada por inseguridad, hiperinflación, una nación en franca decadencia. Y con tumbao de reggae, con un dejo de esperanza, le cantaron a los millones de venezolanos que abandonan su tierra en busca de oportunidades: Los que se quedan, los que se van, algún día volverán.

Son ocho álbumes de estudio y otros nueve entre trabajos en directo, reediciones, compilados de rarezas, canciones navideñas y registros de giras internacionales. También, uno llamado Pa’ Fuera (2016), grabado junto al ensamble C4 Trío, en el que interpretaron una selección de sus hits a partir ritmos de raíz tradicional venezolana. Y sería con ese, precisamente con ese, que lograrían su primera nominación a los Grammy.

Cuántas cosas han pasado desde aquel 27 de julio de 1985 en Junkolandia, club campestre semiabandonado de El Junquito. Cuántas experiencias, conciertos, alegrías y sinsabores desde que debutaron allí unos muchachos que crearon en el trópico una banda inspirada en sus ídolos británicos. Esos jóvenes, artífices de uno de los proyectos artísticos más longevos y consistentes de Venezuela, hoy siguen diciendo en voz alta: Esto es ska y si no te gusta, te vas.

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

La Pagana Trinidad: Guarachar en el Siglo 21

Publicado originalmente el 8 de julio en Guatacanights.com

La Pagana Trinidad es un mero atrevimiento. La banda constituyó un oasis bailable en un contexto musical alternativo de abundante rock, pop, copioso influjo anglosajón, intensidades. Una sazón guarachera a partir de ingredientes que llegaron a puertos venezolanos directamente por el Mar Caribe la diferenció de todo lo que entonces pasaba por las tarimas. No sólo fue novedad; también fue gracia, picardía, feeling, lo que hace falta para fijarse en la memoria de un público. Ahora existe un registro fiel de su sonido. Un gran álbum debut que podría ser despedida.

De donde vengo es un compilado de canciones que ya probaron su efecto en directo; algunas, incluso, funcionaron desde la primera vez que Alessandra Abate, Fernando Bosch (The Bluetones) y Armando Lovera (Los Hermanos Naturales) se subieron juntos a un escenario. No sabían entonces que constituirían una agrupación. No tenían ni nombre. Tampoco habían bautizado eso que luego llamarían new cool guaracha. Pero tenían experimentos como Cosas cursis y otros aperitivos que ofrecieron en la Fête de la Musique capítulo Caracas en junio de 2013.

Cosas cursis fue la primera de varias canciones que surgieron de la interacción entre Alessandra y Fernando. Cuenta Alessandra, quien canta las letras que ella misma escribe, que concebir La Pagana Trinidad fue como crear un personaje. Una vez que tuvo cuerpo y alma, esa criatura comenzó a tomar su propio camino. Las composiciones automáticamente vistieron esos trajes de guaracha, son, cumbia y gypsy jazz, todo acentuado en la percusión de Lovera, con un vocabulario entre callejero y culto, un sonido contemporaneo y paradójicamente vintage, salpicado de soul y hasta un poco de blues.

—La Pagana ya tenía voz propia —asegura Alessandra—. Incluso tomamos decisiones importantes, como no incorporar un bajo a la grabación, porque sentíamos que había un sonido que debíamos respetar.

Foto: Archivo Guataca

Foto: Archivo Guataca

Sí, los bajos provienen de la Gretsch de Fernando Bosch, guitarrista preciso y autosustentable de esos que saben administrar habilidades y sacarle el jugo a los pedales de efectos. Si bien tal responsabilidad le impide mostrar virtudes individuales, quizá también lo obliga a concentrarse en esos riffs, esos arpegios y acordes que sostienen por la mano y la cintura —casi en la frontera hacia las nalgas— a La Pagana Trinidad.

Al habitante de Caracas le basta rodar una hora para llegar a la playa. Puede dirigirse al este, o salir del gran valle atravesando la montaña. El mar es la promesa recurrente del fin de semana. Es un descanso del agobio capitalino, del concreto, el smog y los quehaceres. Sobre eso va Agua salá, una pieza para bailar sin apuro, con actitud de reggae, dedicada a los chapuzones curativos, a las veladas sobre la arena acompañadas por el sonido de las olas cuando rompen.

El gypsy jazz —o manouche, como prefieran— está en el ADN de La Pagana Trinidad. Tal como lo hizo antes Monsieur Periné en Colombia, ellos encontraron allí un sendero placentero que tiene mucho sentido. Es una vertiente bailable del jazz que jamás ha estado lejos del Caribe: Nueva Orleans, separada del resto de Estados Unidos por pantanos, recibió mucho del sur, de Las Antillas, de todo lo que navegaba hacia el norte por el Golfo de México. Quizá por eso no hace ruido cuando aparece en Desdén, que, además, incluye un paréntesis bolerístico; o cuando predomina en Sr. Valéry, un tema delicioso inspirado en un personaje ficticio de un libro del portugués Gonçalo M. Tavares.

—La Pagana es una reconciliación con el bagaje latinoamericano —reflexiona Alessandra —. Hay algo picante, sabroso y único en esto que hacemos. Es un intento naif pero honesto de plasmar una identidad que es como un collage. Es el mestizaje. Es una identidad mixta que se apropia de todo.

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Suelta el trago es una canción romántica, pero del romance que llama las cosas por su nombre. Musicalmente, tiene dos velocidades. Una para conversar en la mesa y la otra para coquetear en la pista. Spoiler alert: el relato termina en samba brasileña.

La avispa es una guajira que contiene un doble guiño: la música recuerda a El ratón de Cheo Feliciano; la letra, al cuento “La avispa ahogada” de Aquiles Nazoa, que era el número favorito del repertorio de Alessandra cuando perteneció a un grupo de cuentacuentos de su colegio.

La Pagana Trinidad, ganadora del Pepsi Music 2015 al Artista/Banda Revelación, es ese grupo que pone a sonar el joven, pero que atrae a sus padres, abuelos y tíos macerados todos en Billo’s, La Dimensión Latina, acaso en Los Corraleros de Majagual colombianos u otras manifestaciones fiesteras más recientes. Prueben, por ejemplo, con la versión de Clavelito colorado, de Simón Díaz, que la banda incorporó a su repertorio una vez que participó en un homenaje multitudinario que le hicieron al maestro de las tonadas en plena avenida Francisco de Miranda de Caracas.

Tres canciones hablan del país y sus malestares. Aguacero es una cumbia que transporta una metáfora triste de la Venezuela de los últimos cinco, 10, ¿20 años? Mamá, llegó el aguacero y trae más agua que el mar/ el que no tenga peñero en esta vaina se va a ahogar. La que da título al álbum contiene versos muy claros: De donde vengo, la calma no es más que pura ilusión. Y una llamada Fiesta e’ protesta despide, entre el meneo de caderas, la frustración contra la violencia como medio para resolver conflictos. Propone sustituir rifles y municiones por libros y materiales de construcción.

Una noche, en uno de tantos toques en el Discovery Bar de El Rosal, Caracas, el gran percusionista Diego “El Negro” Álvarez asistió a celebrar su cumpleaños. La Pagana Trinidad armó la fiesta de siempre. Al final, el músico se les acercó e inmediatamente les propuso producir su álbum. Y así fue. No tardó en llevarlos al estudio de Ricardo Martínez, quien grabó y mezcló los instrumentos. Alessandra grabó sus voces con Armando Lovera Hernández, padre del percusionista. Y todo fue masterizado por el maestro de maestros Germán Landaeta.

Epílogo: Al momento de esta publicación, la historia de La Pagana Trinidad, golpeada por la diáspora venezolana, está en puntos suspensivos. Pongamos en práctica sus enseñanzas y administremos el despecho bailando mientras esperamos que ella recupere, algún día, su vida mundana.

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Rafa Pino y su catálogo de canciones cicatrizantes

Rafa Pino y su catálogo de canciones cicatrizantes

Publicado originalmente el 24 de junio de 2020 en Guatacanights.com/

FOTO PRINCIPAL: Maciel Goelzer

 

Rafa Pino recurrió a la canción para hablarse a sí mismo. Su terapia requirió una cuidadosa selección de yerbas de raíz tradicional venezolana y la actitud de un joven citadino con los oídos bien abiertos al jazz, al rock, a todo lo que el mundo tiene para ofrecer. Los mensajes más íntimos, los que quizá no podría expresar de otra manera, los convirtió en letra y música. Ahora todos podemos escucharlos en su flamante álbum debut, con sello de Guataca, titulado Catálogo de materias pendientes Vol. 1.

«Todo el mundo hace su terapia. Hay gente que reza, otros van al psicólogo. Yo escribo canciones». Rafa perdió a su madre por un cáncer en 2003, cuando él tenía 17 años. Para Sandra, la primera pieza del álbum, es un tierno adiós que necesitaba ofrendarle. La décima, Árbol y plenilunio, es un homenaje a su abuela, otra mujer importante en su vida que se fue. Entre ambas, suenan más piezas catárticas, curativas, reflexivas, despechadas y enamoradas. Es un paseo emocional que tiene poco de tristeza y mucho de gracia, color y gratitud.

Seis largos años pasaron desde que comenzó el proceso creativo en los que Pino crecía como compositor, productor y artista. En ese lapso creó, junto al cuatrista Edward Ramírez (C4 Trío), un proyecto de adaptación del joropo central al cuatro, a la ciudad, al siglo XXI. Pocos lo sospecharon, pero de El Tuyero Ilustrado, de esa propuesta tan vernácula, brotó un cosmopolitismo que les permitió ser nominados a un premio Latin Grammy, celebrar en los Pepsi Music y hacer giras por Europa y Estados Unidos.

Mientras eso ocurría, este puñado de canciones maceraban, como esos libros que esperan pacientes por sus autores. Nuevos ingredientes se iban sumando al especiero de Rafa, donde ya estaba lo que absorbió cuando perteneció a la osada agrupación del rapero MCKlopedia y también cuando estuvo en Mixtura, proyecto de sofisticación de lo tradicional del fallecido guitarrista Raúl Abzueta con el multiinstrumentista Pedro Marín y el pianista Víctor Morles, entre otros artistas.

Cuando era niño, a Rafael Pino (Caracas, 1986), su madre, la Sandra a la que van dirigidos los primeros versos del disco, lo llevó a la sala Ana Julia Rojas del antiguo Ateneo de Caracas a ver a Vasallos del Sol. De esa fiesta de tambores y sabiduría, salió excitado, preguntándose qué había detrás de esos trucos de magia. Desde entonces, su imaginario artístico creció como un árbol de muchas ramas sobre una base consolidada en los talleres de cultura popular de la Fundación Bigott. Su punto de partida siempre ha sido la percusión, la que aprendió con Héctor Pacheco, Jesús Paiva —de Vasallos, el grupo que lo fascinó—, y con Javier Suárez en la Orquesta Afrovenezolana. Desde allí suelen brotar sus creaciones. Más adelante, estudió música en la escuela Ars Nova con la profesora María Eugenia Atilano. Y ahora, como residente de Bogotá, Colombia, él también comparte lo que sabe en la Universidad Javeriana y a través de su propio programa de enseñanza que él llama Laboratorio Creativo de la Canción.

Óleo sobre lienzo: Francisco Camacho

Óleo sobre lienzo: Francisco Camacho

***

Los trabajos enmarcados en la tradición venezolana suelen correr el peligro de vestir trajes muy ajustados. Rafa logró extraer esas esencias autóctonas, sacar los pies de esa arena movediza y tomar su propio camino. Su Catálogo de materias pendientes vol. 1, mezclado en su mayoría por Ricardo Martínez (de algunas se encargó Ignacio Umérez y de otras, Carlos Mas) y masterizado por Germán Landaeta, no es un álbum folclórico, pero su esqueleto está hecho de madera local.

Pongamos Árbol y plenilunio, la última de las 10, bajo el microscopio. Un golpe de tambor de Cata, Aragua, sirve de escenario a un contrapunteo entre los versos de Rafa y las pinceladas del vibráfono de Juan Diego Villalobos. Se incorporan la batería de Abelardo Bolaños, los teclados de Jhonny Díaz, un bajo distorsionado de Rodnesth Medina y el cuatro de Miguel Siso, el artista que ganó el Latin Grammy 2018 a Mejor Álbum Instrumental con Identidad, álbum que también lleva el sello de Guataca. Lo que resulta del entretejido es frenético. No deja de ser música venezolana, pero es música venezolana montada en un avión, sobrevolando fronteras, burlándolas desde el aire. Y sobre toda esa mezcla armoniosa, corre su poesía dedicada a su abuela Carmen Felicia: Dichoso el árbol que se hace montaña.

Para Sandra, en la que participaron el baterista Orestes Gómez, el percusionista Jorge Villarroel, el pianista Víctor Morles y su colega del Tuyero, Edward Ramírez, lleva debajo un tambor de Caraballeda, del estado Vargas. Punto y seguimos, que habla de un obstáculo momentáneo en la vida de pareja, parte de un punto cruzado del oriente de Venezuela con el que tuvo mucho que ver el baterista Daniel Prim y en el que participaron el pianista Gabriel Chakarji y Gustavo Márquez, el bajista del C4 Trío y el Aquiles Báez Trío que murió muy joven en mayo de 2018. Y Del 3 al 6, en la que se sumaron el maestro percusionista Carlos “Nené” Quintero y el flautista Huáscar Barradas, es un vals vestido de modernidad. Nada es puro. Todo va moldeado por las manos de Pino; son su intención, su conocimiento, su mensaje.

«Hablar de Neofolclore es un disparate —reflexiona el compositor—. El folclore siempre se está renovando. El joven siempre quiere cambiarlo todo y eso hace que la cuestión mute como un proceso natural. Es como arrecharse porque nos ponemos viejos y se nos arrugue la piel. La cultura es eternamente joven. Los viejos cultores comparten lo que saben y a veces se quejan y muy pocos participan del proceso de cambio. Esa experiencia cultural, tanto en lo musical como en la luthería, siempre se rejuvenece».

***

El músico se siente orgulloso por Bitácora, que es la más experimental del álbum. Es un dibujo libre que combina tres patrones rítmicos distintos con un poco de jazz y otro poco de chanson française. Parte del glamour proviene del clarinete de Andrés Barrios (Los Hermanos Naturales), que dibuja sobre lo que hacen Bolaños (batería) y Villalobos (vibráfono), junto a Gustavo Medina (guitarra) y Freddy Adrián (contrabajo). Un verdadero trabuco.

Versos de luna, en la que sale de relieve la mandolina de Jorge Torres, lleva por un lado un redoblante de Guatire y, por otro, un tambor de Tamunangue de Lara. Allí fue clave el aporte del baterista Ricardo Parra (más conocido como luthier). La quinta, Malvada mía, es una pieza del Tuyero Ilustrado que se coleó en esta fiesta. La sexta, La playa, es una pieza de Raúl Abzueta con un aire de merengue que no es fácil de reconocer por lo meditabunda y hasta ligeramente psicodélica que resulta con ese arreglo.

Foto: Mariángeles Pacheco

Foto: Mariángeles Pacheco

Buscando el modo, original de Abzueta y Pedro Marín, recrea una gaita zuliana desde otros instrumentos, como el clarinete —de nuevo, el clarinete— de Williams Mora. Y Avión de papel es una canción de cuna planteada por un roquero. Lleva una guitarra cruda, pero rodeada por detalles delicados de percusión y cantos de pájaros. De nuevo, Rafa habla de la necesidad de soltar, de dejar ir, de permitir que la herida cierre: Ya no quiero retenerte/me basta, mi bien, sólo con recordarte.

No es casual que él, después de nombrar a Vasallos de Venezuela y a Un Solo Pueblo, hable de Un Dos Tres y Fuera, agrupación de culto de Guatire. O que su discurso pase por Vytas Brenner y Spiteri, así como por Aldemaro Romero, El Pavo Frank y la Onda Nueva e incluso por Bacalao Men, la apuesta de Pablo Estacio. Son todos amantes de la fusión, una música del mundo con esencia venezolana en cuya historia ahora se inserta este catálogo de canciones cicatrizantes que crece desde la tierra húmeda y apunta al cielo. A ver qué nos trae el volumen 2…

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Publicado originalmente el 13 de junio de 2020 en Guatacanights.com

El apartamento de Gerry Weil, a un costado del bullicioso bulevar de Sabana Grande, es un refugio de la agitación, un spa para los oídos, y su piano de cola, un Yamaha caoba, el corazón de un living repleto de símbolos. Con sólo mirar, puede armarse un rompecabezas de su vida. Trofeos como karateca, un Premio Nacional de Cultura y otro reconocimiento de la Fundación Nuevas Bandas por ser adelantado a su época. Versos en japonés, arte abstracto, afiches de históricos festivales de jazz, partituras, discos, libros. Todo pareciera respetar las reglas de un feng shui adaptado al Caribe.

En su poltrona, con sus chancletas y bermudas de siempre, con esa mirada infinita bajo su cabeza lampiña y brillante como la de Marlon Brando en Apocallypse Now, Weil luce más como un explorador, aunque de pronto habla como chamán. Es un guía espiritual de la selva en medio de un paisaje urbano.

La capital anda sumida en el caos de los perdigones y las bombas lacrimógenas. Estamos en un jueves del cruento mayo de 2017 y es prácticamente imposible trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Allá afuera, corre la sangre de jóvenes; jóvenes como los que aprenden con él a leer música y tocar el piano todos los días en este oasis de calma. A pesar de la paz aparente, el contexto se cuela por rendijas como un gas tóxico.

—Me meto en una burbuja de amor, de música y de poesía, pero es una burbuja muy frágil, se rompe por nada, y entonces despierto en la realidad.

Se lamenta porque una vez más lo asaltaron, ahora para robarle su teléfono celular.

—Mis hijos me lo viven reclamando, que ando muy relajado… Pero yo no puedo dejar que todo me contamine. Para ser feliz tengo que vivir así, sin paranoia. Sé que la inseguridad está peor que nunca, pero yo prefiero no estar pendiente de eso.

Weil luce inquieto. Aunque apagó la música para concentrarse en las preguntas, está disperso y el por qué de la dispersión se revela inmediatamente. Pide un minuto con el dedo índice, se levanta y se acerca a su escritorio. Toma su agenda de trabajo docente y revisa.

—Hoy no ha venido ninguno de mis alumnos. Claro, ¡cómo van a venir!

Sigue buscando, recorriendo las páginas y de pronto se le prende el bombillo, chasquea los dedos, toma el teléfono fijo y marca. Mientras repica, con el auricular en una oreja, voltea y me dice:

—Uno de mis alumnos vive por acá —señala en dirección al este, a Chacaíto, con la otra mano— Ese seguro que puede llegar porque viene a pie.

Es inevitable que el prólogo de la conversación sea la convulsión venezolana de esta era que alcanzó a vivir. Él lo sufre todo. Sufre, por ejemplo, porque ve diariamente a una madre con su niño hurgando entre la basura para conseguir algo de comer.

—¡Cómo pudimos llegar a esto!

Otro aspecto de este capítulo de la historia de Venezuela lo perturba especialmente: la diáspora. Freddy Adrián, el contrabajista que estuvo tocando con él durante los últimos cuatro años, está haciendo maletas para marcharse a México. Antes se fue Gonzalo Teppa. Y antes de este, Roberto Koch. En un país que produce instrumentistas como arroz, conseguir un buen contrabajista que descifre el idioma del jazz y responda un teléfono con el código 0212 se ha vuelto una tarea difícil.

—(Marcharse) es una solución individual pero no ayuda nada al país. Lo daña horriblemente —dictamina, estrujándose la frente— La mayoría que se va es gente valiosa, son grandes talentos, gente que necesitamos.

Weil respira profundo y mira el grabador:

—¿Era sobre esto que íbamos a hablar? ¿No, verdad?

***

No hace mucho le rindieron un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, de iniciativa privada, celebrado en el Teatro de Chacao, que es parte de un complejo cultural manejado por una alcaldía históricamente opositora al chavismo. Y unos cuatro años atrás le ofrecieron otro en el Centro de Arte La Estancia, predio del gobierno socialista. Muy pocos pueden jactarse de eso en la Venezuela polarizada del Siglo XXI: Es un privilegio rarísimo recibir aplausos de un lado y de otro sin salir machacado por radicales.

—Generalmente los homenajes se hacen post-mortem. Y yo puedo decir que los disfruté en vida y estando activo. Eso es poco común.

Weil es unánimemente admirado. Es ganador del Premio Nacional de Música en Venezuela, un país en el que no nació pero del que nunca ha querido irse. Es un hombre de sangre austriaca que llegó a La Guaira hace casi medio siglo y jamás quiso alejarse del sol, de la playa, de esta gente. Ya era un apasionado del jazz, con la cabeza llena de ideas y la determinación para cristalizarlas. Como buen músico, su timing fue perfecto: era 1957 y esta nación del norte del sur estaba a punto de recuperar su democracia.

—El mar me enamoró —dice entrecerrando sus ojos claros— llegué de Viena a Caraballeda. Austria no tiene mar, y de pronto, yo vivía en Los Corales, frente a la playa, en pantalones cortos y prácticamente descalzo todo el año. Salí de un país en el que experimenté la guerra y la posguerra de adolescente, bajo un sistema europeo que es muy rígido y muy formal. Entonces, de Venezuela me atrajo la informalidad. El venezolano será muy loco y muy desordenado, pero no he conseguido gente más abierta, más humana.

En los últimos tres años, ha sido intervenido en la próstata y en los ojos. Está maravillado porque le extrajeron una catarata, sustituida por un lente intraocular, y ahora ve perfectamente. En otra cirugía, le instalaron una prótesis de cadera. Lo espera otra operación porque se le rompió la malla de una hernia, pero el espíritu de este artista que va firme hacia los 80 años es más fuerte que lo demás. Apenas se queja, sólo porque recientemente sus problemas médicos le han impedido practicar artes marciales y surfear. De resto, sigue como si nada, contento y agradecido.

—La meta de la vida es ser feliz. No conozco otra. Nada supera a la búsqueda de la felicidad.

Últimamente, a Gerry le ha dado por cantar. Antes, recuerda, había hecho una suerte de rapeo, mucho antes de que a eso se le llamara rap, mucho antes de la cultura hip hop. Cuando en las barriadas neoyorquinas del Bronx y de Harlem apenas comenzaban a darle forma a esa manifestación artística de catarsis social, ya este vienés que enreda las erres y las combina con vainas y coños y nojodas, declamaba sobre una base mestiza de jazz y tambores y quién sabe qué otra hiedra sonora.

Celebrando la vanguardia. Así decía el póster del homenaje que Guataca le rindió en Chacao. El slogan no se imprimió a la ligera. Muchos caminos conceptuales en la música se abrieron a partir de la gran banda El Mensaje (o The Message) y también desde lo que logró con su Núcleo X, que fue una versión reducida de ese otro megaproyecto, en un intento por sonar a algo parecido a Blood Sweat and Tears o a Chicago y luego acercarse a una suerte de jazz rock más inclinado hacía Herbie Hancock o la Mahavishi Orchestra. Muchos músicos salían influenciados, con la cabeza llena de ideas, cuando lo visitaban en La Unión, cerca de El Hatillo, donde vivió unos años apartado de la ciudad. Después estuvo incluso en el páramo de Mérida, sin luz eléctrica, alumbrando sus días con lámparas de gas.

Ninguno de sus proyectos pareció dejar tantos admiradores como La Banda Municipal, una propuesta muy avanzada a la que llegaban los ecos de agrupaciones paradigmáticas como Weather Report. Estos produjeron su propia mezcla, atrevida y criollizada, incluyendo tambores afroamericanos y elementos de performance artísticos en sus presentaciones. Allí Weil compartía con Alejandro Blanco-Uribe (percusión). Richard Blanco tocaba el bajo, Vinicio Ludovic la guitarra, la flauta y la marimba, y Edgar Saume a veces golpeaba la batería y de pronto agarraba la trompeta.

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La Banda Municipal se disolvió en 1975 y sus integrantes, todos o casi todos, menos Weil, se involucraron con un movimiento de orquestas que apenas se estaba gestando en torno a la figura de un músico y político llamado José Antonio Abreu. El grupo aparece en los libros de historia musical venezolana, pero ningún sello se atrevió a grabarlos. No tendríamos una idea aproximada de cómo sonaban de no ser porque el periodista Gregorio Montiel Cupello se movió, encontró una vieja grabación, la mandó a limpiar, remezclar y barnizar y, más de treinta años después, se editó Música del subdesarrollo.

Venezuela supuso para Weil un punto de partida estratégico. Un epicentro que lo exponía a todo lo que era de su interés.

—Desde niño me gustó el jazz, que es una música afroamericana. Me di cuenta de que acá podía profundizar mis búsquedas de la música afroamericana, no necesariamente de la que nace del sur de Estados Unidos o New Orleans, sino afroamericana en cuanto al continente completo. Tenemos cerca a Brasil, que es autosuficiente y muy rico. Por otro lado tienes El Caribe, la música antillana, cubana, puertorriqueña y de las islas. Al sur, tienes el tango de Ástor Piazzola, la chacarera, el cantón en Uruguay, y además todo lo que tenemos aquí. Entonces, esto para mí ha sido un paraíso, y todavía me queda mucho por aprender sobre la música venezolana. La he estudiado y fusionado, he hecho mi cóctel.

Weil y compañía, al igual que músicos como Vytas Brenner, Aldemaro Romero o la banda Spiteri durante su estancia en Inglaterra, cada uno a su manera transitó hacia ese mismo horizonte que persiguen muchos de los artistas de estas generaciones, que intentan actualizar los géneros de raíz, traerlos del campo a la ciudad, combinarlos con jazz, rock y todo lo que oyen en la calle y fuera del país. Cada quien ha creado su cóctel y sólo a través de la comprensión de esos brebajes se puede lograr cierta aproximación a la música venezolana de estos tiempos, que no es una sola sino un sembradío repleto de especies multicolores e injertos.

***

Detrás de Weil, destaca un hermoso póster del Festival de Jazz de Berlín de 1982. Parece un cuadro de Kirchner —maestro expresionista alemán de principios del siglo XX— pero en realidad es del artista gráfico Holger Matthies, paisano de Kirchner. No es casualidad que ese retrato desfigurado de un hombre con traje y pajarita, con la pintura corrida como si le hubiera llovido encima, esté colgado en un lugar tan privilegiado de la sala. En ese festival no sólo actuó el propio Gerry con su grupo el histórico el 15 de noviembre de ese año. En la cita también hizo una memorable presentación el contrabajista y bandleader Charlie Haden, un tipo al que una poliomelitis le impidió ser cantante, se reinventó, se reconstruyó como personaje y se convirtió en un músico extraordinario.

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A Haden también se le tilda de vanguardista porque logró trabajar desde el jazz, tomar con pinza elementos del folk de su país y, de paso, rendirse a los pies de Bach. Y es precisamente de Johann Sebastian Bach la resma de partituras que reposan sobre el piano de Weil hoy, porque lleva tres años estudiando sus 31 composiciones para clavecín. Hasta el momento en que conversamos, se ha aprendido 19.

Otra cosa lo une con Haden. El Weil pedagogo, el Weil maestro, nació cuando él ya tenía 27 años, edad en la que se le manifestó el síndrome de Gillain-Barré, un trastorno neurológico que debilita terriblemente a los pacientes, afecta sus músculos y su movilidad y en algunos casos los lleva al punto de la asfixia. Como el estadounidense, él también debió reinventarse, reaprenderlo todo, construirse otro yo.

—Eso me dejó en silla de ruedas, y tuve que recuperarme. Es un mal que ataca todo el sistema neuromuscular, pero yo le eché bolas y después llegué a ser karateca. Podría decir que para mí la vida es aprender. Y para aprender hay que saber enseñar, enseñarse a sí mismo, sobre todo. Cuando ocurrió este percance, esta prueba durísima que podría haberme dejado en silla de ruedas o usando muletas toda la vida, decidí que no podía seguir trabajando de noche. Tocaba jazz en un sitio de Altamira llamado Mon Petit Bar. Cuando me recuperé, no quería volver. Ya de eso han pasado casi 50 años, en los que me he dedicado a la enseñanza. Para ser un pedagogo hay que ser un eterno estudiante. Nadie se gradúa de profesor en ningún lado, todavía estoy buscando mejorar mi sistema de enseñanza. Cada clase la doy con todo mi ser, consciente de que estoy sembrando algo muy importante, muy espiritual, muy místico, una conexión divina, y por lo tanto, con esta visión tan profunda, tan comprometida, descubro que me gusta muchísimo enseñar.  A mí me encanta la tarima, pero no comparto la idea de compositores a los que no les llama la atención dar clases. Para mí ser pedagogo es ser un estudiante avanzado que comparte unos conocimientos que crecen día a día y están en constante revisión, en búsqueda de una más acentuada precisión que tenga resultados positivos. Doy gracias a Dios por haber tenido tantos buenos alumnos.

Si los alumnos de Gerry Weil se reunieran en un disco, sería un All Star de músicos venezolanos. Una muestra bastante representativa de lo mejor. Cacao Música, efímera disquera apoyada por el beisbolista Bob Abreu, llamó Tepuy a un disco que editó del artista en 2009, porque lo consideraron un tepuy, un monumento, una montaña que impresiona y que permanece allí incólume como un ejemplo de admiración. Y Weil, a su vez, considera tepuyes a muchos de sus pupilos.

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Todos pasaron por este apartamento de Sabana Grande, al menos brevemente. Desde Yordano e Ilan Chester, hasta los pianistas Silvano Monasterios y Otmaro Ruiz, hoy en la movida del jazz en Estados Unidos. También le enseñó a los flautistas Huáscar Barradas y Pedro Eustache, músico que ha grabado un montón de bandas sonoras de Hollywood. Rafael Greco, el saxofonista de Guaco, y Asier Cazalis, vocalista de Caramelos de Cianuro. De Los Amigos Invisibles, aprendieron con su método el tecladista original Armando Figueredo, y curiosamente, también su sustituto (desde 2015) Agustín Espina. A Desorden Público hasta les produjo un álbum.

En el mencionado homenaje que le rindieron en julio de 2016 en el Festival Caracas en Contratiempo, tocó con muchos de sus aprendices. Otros, como la cantante María Rivas o el pianista Luis Perdomo, enviaron videos reverenciales desde el extranjero. Esa tarde, justo antes del concierto-tributo, fue presentada su biografía Al ritmo de Gerry Weil, escrita por la Periodista Cristina Raffali, en una charla en la que el artista soltó esta frase: “Si la humanidad enfrentara un juicio final, saldría acabada, aniquilada, raspada… pero nos perdonarían por la música”.

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Cuando la oye de boca de su entrevistador, suelta una carcajada: “¡Eso es mío!”. Y desarrolla la idea.

—Estar conectado con la música, la poesía y el arte es la salvación en medio de esta situación caótica económica, cultural, histórica… No me gusta la palabra política. La política es uno de los aspectos maléficos de la historia, es generalmente corrupta, es maquiavélica. La política no tiene nada que ver con la búsqueda espiritual del hombre, y de ahí surge esta crisis que no es mundial. ¡Fíjate, un país de 300 millones de habitantes y no pudieron conseguir algo mejor que Hillary Clinton y ese pendejo! Todavía no lo puedo creer. Cuando me desperté y vi la noticia pensé en el Apocalipsis”.

***

No importa en qué mes se produzca una charla con Weil, siempre hablará de Navijazz, los conciertos con excusa navideña que prepara durante todo el año y que ha realizado durante 12 años con una sola interrupción —por motivos quirúrgicos—. Porque él sí extraña los escenarios y celebra efusivamente cuando vuelve a subirse a uno. Narra el show en verbo futuro antes de que ocurra, y lo sigue narrando después en pasado. Han transcurrido cuatro meses de la Navidad más reciente y él todavía se emociona contando que, aunque no estuvo el gran saxofonista Pablo Gil —porque emigró—, participó su percusionista más querido y fiel, Carlos “Nené” Quintero, actuó el cantante y multiinstrumentista Gilberto Bermúdez y volvió a compartir tarima con Biella Da Costa, “siempre maravillosa”.

Suele probar cantando una versión blueseada de “Imagine” de John Lennon, clásicos de Duke Ellington y Billie Holliday y otros de Thomas “Fats” Waller. Deja correr una voz quebrada a lo Louis Armstrong. Una voz de otro tiempo, macerada y áspera, pero de sentimiento dulce. Hablar de estas cosas lo pone a millón. Acelera su discurso cuando dice que invitó al Ensamble B11, agrupación vocal a lo Neri Per Caso o Bobby McFerrin, o que ha estado trabajando con Jhoabeat, un joven que hace beatboxing y que con su boca y un micrófono suena como una miniteca.

A Weil lo llamaron hoy para informarle que había sido suspendido un concierto que daría en la CAF (Corporación Andina de Fomento). El país no está para jazz, ni beatbox ni su canto a lo Satchmo, ni las polifonías ni Bach ni el arte del haikú, esa minimalista forma de poesía japonesa de la que se enamoro hace tiempo. Lo dice con rabia porque, cómo no reconocerlo, ha sido un mal día.

—¿Cómo sería tu paraíso, Gerry? —le digo, y sonríe complacido. Es una pregunta que le han hecho antes.

—Un piano… afinado (suelta una carcajada), preferiblemente de cola. Un colchoncito, unos cinco o seis libros. ¡No, muchos! Mejor tres, tres libros. Un jarrón o un cuadro, unos escalones anchos, una arena blanca, sabrosa, y la orilla de una playa caribeña. Ese es mi cielo —desliza con rapidez la palma de una mano sobre la otra, como diciendo ¡más nada, ya está!—. Pero una cuenta millonaria, no. Es mucho peo. Un jet privado para ir a París a desayunar… ¡nooo, mucha complicación!

Estudiar a Bach es cosa de estos últimos años. Lleva años aprendiendo japonés y ahora escribe haikús. Piensa seguir con el surf y el karate, sus otras dos pasiones. Conduce un nuevo programa de radio los domingos, aunque se queja de que no consigue patrocinio. Mientras hila su próximo concierto, que no sabe cuándo será posible, reúne dinero para restituir la malla de la hernia que se rompió.

—¿De dónde proviene tu energía, maestro Gerry? ¿De la pasión? —le pregunto maravillado. Él vuelve a sonreír, mira al vacío. La respuesta llega en tres tiempos. Primero se sienta al piano y toca un aria de Bach.

—Bach es abrir las puertas al cielo. Es una conexión con la divinidad. La música de Bach no es humana.

Mientras toca no hay bullicio. La música se convierte en un escudo, un antídoto, una fortaleza. Las calles intoxicadas de Caracas desaparecen por un instante. La pieza termina en el meñique de su mano derecha y un suspiro profundo.

—¿Qué puede decir uno después de eso? —se pregunta él mismo, pero igual dice algo en japonés y lo traduce—.

La música es un gesto de amor

de lo divino hacia nosotros

y a la vez nuestra respuesta

con pasión y agradecimiento.

Finalmente, lo explica todo, como si hiciera falta, en la lengua que aprendió a hablar hace casi 50 años, cuando pisó las costas venezolanas por primera vez.

—La vida es hermosa. No conozco nada más hermoso que la vida misma. Estar vivo ya es un milagro. Uno siente de alguna manera la necesidad de expresar esta felicidad, de descubrir que uno es… Yo soy. El idioma más antiguo que hay, uno de los más antiguos, es el sánscrito. Yo soy se dice a-jam. Inhalar-exhalar. Todos los seres del universo, cuando inhalan y exhalan, están diciendo yo soy. Si descubres que tú eres y te conformas con ser y descubres que estás vivo, que existes en este mundo, nace la necesidad de hacer un gesto, un gesto de agradecimiento. Pasión y agradecimiento. Estar vivo es una razón más que suficiente como para hacer un gesto de amor, porque la energía creativa, la energía positiva y no destructiva, no pesimista y no paranoica, sino la energía que nos hace feliz, se llama amor. Amar me hace feliz, y para mí el gesto de amor más auténtico es la música.

Ahora sí no hay más que agregar. Cualquier pregunta se queda pequeña ante esa última respuesta dividida en tres partes: Bach-haikú-castellano. Salimos del oasis, tomamos el ascensor y bajamos. Nos asomamos a la calle, más agitada que de costumbre, y precisamente viene llegando el alumno, el joven que vive cerca y pudo venir a pie, a pesar de las lacrimógenas, los trancones y las muertes innecesarias. Otra lección de piano, de música y de vida está a punto de empezar.

El epílogo

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Pasaron tres años de aquel encuentro. Tres años en los que el maestro Gerry Weil se recuperó e hizo giras por Estados Unidos y Europa. Volvió a Berlín, a donde dio aquel concierto inolvidable en 1982. Se adaptó como docente a estos tiempos, ofreciendo clases virtuales. Y lanzó tres álbumes. ¡Tres! En 2019, año en que cumplió 80, editó una obra en directo, Live in Vienna, grabada en su tierra natal; y otra, monumental, realizada con la Simón Bolívar Big Band Jazz, titulada Gerry Weil & Big Band Jazz. En medio de la cuarentena obligada por la propagación del Covid-19, acaba de lanzar otro álbum avanzado, desprejuiciado, atrevido, que celebra sus ocho décadas de vida. Se llama Kosmic Flow. Lo acompaña un montón de invitados, ex alumnos, artistas rompedores, jóvenes; jóvenes como él lo ha sido toda la vida.

El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Publicado originalmente el 24 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Una mañana voy a entrevistar a Jorge Spiteri a su apartamento. Abre la puerta descalzo y emocionado. Nos recibe al fotógrafo Manuel Sardá y a mí como a sus amigos de toda la vida. La sala habla por él: álbumes, libros, muchos instrumentos rodeando un gran piano negro, memorabilia por doquier; los tentáculos del artista invadiendo el sofá, la mesa del comedor, la cocina. No existe un telón que separe su hogar de su estudio, su vida de su música. Pienso, luego existo… y toco la guitarra.

Llevo un montón de preguntas en mi libreta y full la pila de mi grabador para cumplir la misión de todos los días: volver a la redacción de El Nacional con una historia decente —o al menos un par de frases publicables— que pueda desarrollar en pocos párrafos antes de que caiga la noche. Un espacio en blanco espera por mí y por la imagen de Jorge que capturará Manuel. Cuando me dejo caer en el sofá, él ya lleva colgada su cámara buscando el mejor ángulo, midiendo la luz, planificando el retrato. El clima es inmejorable, el Ávila casi puede acariciarse desde el balcón.

Presiono el botón REC y lanzo sin anestesia la primera y única pregunta que haré: ¿Cómo es que una pandilla de venezolanos aventureros lograron un contrato disquero en Londres en 1973 y grabaron ese álbum tan vanguardista, tan mestizo, tan adelantado a todo lo que ocurriría en el futuro combinando la raíz tradicional venezolana con el rock y el Caribe?

Jorge empieza a contarme una historia fascinante. Ponemos pausa a este mundo, a esta Caracas convulsionada de 2010, y nos vamos todos a la Inglaterra de 1970, a donde él llegó a los 18 años de edad con 25 dólares en el bolsillo sencillamente porque en esa ciudad se estaba creando la música más interesante del planeta.

—Nos fuimos para allá porque estábamos locos de bola.

En Londres lo esperaba Charles, su hermano mayor. Él llega con otro de sus hermanos, Enrique. Imberbes los dos, no habían pensado en nada. No tenían dinero; tampoco documentos (vivieron ilegales por un tiempo). Y peor, no tenían dónde dormir porque Charles descansaba en la parte alta de una litera en un apartamento que compartía con un grupo de forasteros. A los tres hermanos Spiteri les toca acurrucarse allí.

—Charles en Venezuela era una estrella. Tocaba con Los Memphis y manejaba un Mercedes 300 SL. Cuando lo vi allá lavando platos y coleteando, me puse a llorar.

A medida que se adentra en el cuento, se va convirtiendo de nuevo en aquel joven soñador que empezó tocando con los Nasty Pillows poco después de ver boquiabierto a Aretha Franklin en directo en Caracas. Recuerda que no tardaron mucho en mudarse a una casa en la que constituyeron una suerte de comuna de roqueros venezolanos en Londres. Otros artistas peregrinos que salieron de Maiquetía encontraron allí un refugio provisional. Fueron los casos de un tal Yordano, otro de apellido Colina y, más adelante, un jovencito llamado Ilan.

—En el consulado, cuando venía algún venezolano y decía que era músico y que estaba pelando, le decían que fuera a nuestra casa en 49 Elson Road. La llamaban El Extraconsulado Venezolano.

Jorge sufre el relato, y lo goza. Le oigo por primera vez una frase que después me repetirá bastante: “Soy un tipo con mucha suerte”. Los ojos le brillan, especialmente cuando la historia da el giro hollywoodense.

Los Spiteri trabajaban de mesoneros. Jorge, además, era la atracción de un restaurante en el que cantaba “Moliendo café”, “Barlovento”, boleros, rancheras, cualquier cosa que resultara exótica. Un día ve un aviso en la revista Melody Maker de una compañía que busca compositores y performers. Exigían un cassette, pero ellos no tenían plata para grabar el demo. Por no dejar, va con su guitarra. A reñagadientes, Barry Kirsch, uno de los mandamases de la firma, lo recibe en su oficina y él, contra todo pronóstico, lo cautiva con una de sus composiciones, una cosa rara que se llama “Píroro”.

La propuesta cobra forma. Se le suma Charles tocando la percusión latina, que en aquel tiempo, ante los ojos de un inglés, era como hacer un truco de magia; y más compatriotas que van llegando a la ciudad, como Chema Arria, Bernardo Ball y Joseíto Romero. El resultado es un rock selvático, tribal. Es como ver un cunaguaro caminar por Picadilly Circus.

Bastante percusión, guitarras distorsionadas, letras bilingües, flautas, una mezcla extrañísima atrae la atención de los que asisten a su presentación en el Marquee Club, el templo en el que los Rolling Stones tocaron por primera vez. El mismo en el que actuaron Hendrix, Pink Floyd, David Bowie, The Who, The Yardbirds, Yes, Led Zeppelin. Un cazatalento de la disquera GM Records está presente y sale intrigado.

Siguiente escena: Spiteri, el grupo de venezolanos melenudos, se mete en un estudio de grabación londinense y concibe su homónimo álbum debut, que llevará su nombre escrito en la carátula con el cuerpo de una cobra. Los colmillos venenosos resaltan en el techo de la S.

Cuarenta años antes de que surgiera la etiqueta ‘neofolclore’, Spiteri concibió una mezcla desprejuiciada, un camino que remarca su origen sin negar el copioso influjo del rock and roll y el blues, una música que no es de ningún lugar y, al mismo tiempo, es de todos los lugares.

Tras la publicación del LP, comienza otra vida. “Campesina”, estándar de la tradición venezolana incluida en el álbum, suena en la radio británica. Los entrevistan en la BBC. Posan para Dezzo Hoffman, el fotógrafo oficial de los Beatles. Jorge y Charles conocen a Steve Winwood, uno de sus grandes ídolos, y comparten con Bob Marley y los Wailers. Ven de cerquita, calentando la voz en intimidad, a Stevie Wonder. Mitch Mitchell, el baterista de Jimi Hendrix Experience, se sube a la tarima a hacer jamming con ellos. Se les hace muy normal ver a Rod Stewart llegar a las oficinas de la disquera.

—Mi vida ha sido como un sueño —me dice, mirando hacia arriba y estrujándose el rostro.

No quiero interrumpirlo. Hace rato que me guardé la libreta en un bolsillo y dejé, eso sí, el grabador encendido. Manuel Sardá aprovecha una pausa para fotografiarlo y yo para husmear. A un costado alcanzo a ver una foto suya acompañado por Rubén Blades, sonrientes los dos, y, justo al lado, otra junto a Félix Cavallieri, el líder de los Rascals, una de sus bandas de rock and roll favoritas.

Veo de cerca las guitarras, todas acomodadas en un stand como en una tienda de instrumentos. Mientras se acomoda cerca del piano, me ve de reojo como si hubiera olfateado una extraña condición: “¿Tú tocas?” Le digo que un poco e insiste en que le muestre. Cuando vuelve de posar, me dice nombres de acordes para que yo los fije en la guitarra, comprueba que me sé cosas de los Beatles y me invita a cantar a dúo, a ver si puedo sostener una nota distinta y generar armonías. No me doy cuenta en el momento, pero estoy en medio de una audición y él está a punto de admitirme en su banda.

***

Creo acordarme de cada recital de Jorge Spiteri en el que participé. Fueron más de 50. Un viaje a Margarita con Trino Mora y Henry Stephen como invitados, y otro a La Guaira un 31 de diciembre con Carlos Moreán como plato fuerte. Un Festival Nuevas Bandas en el que tocamos con músicos de la Dimensión Latina; una tarde en que estabamos grabando en el estudio de Bolívar Films y llegó Ilan Chester y se sentó a hacer maravillas en el hammond; un toque desastroso en el que acompañamos a Colina; y otro rarísimo, en medio de un evento con fines benéficos, en el que terminamos con Chino y Nacho en el escenario del Hard Rock Café. Esos capítulos, minúsculos en su carrera, son hitos para mí.

Jorge solía presentarme como Superman: “Él es Guarache. O más bien, es Clark Kent, porque en el día trabaja en un periódico y en la noche sale con su guitarra a luchar por la justicia”.

Jorge clasificaba los recitales usando el título de aquel western protagonizado por Clint Eastwood: Lo bueno lo malo y lo feo. Lo bueno significaba un cheque jugoso, una tarima grande, catering, presupuesto para técnicos y grandes artistas invitados. Lo malo, gigs en fiestas, restaurantes y casinos, donde la paga era decente pero la ocasión no era para tirar cohetes. Lo feo: esos toques en los que uno iba sólo a divertirse porque no había otra opción: Los que estudiaban pensaban en los exámenes en plena canción. Los que tenían trabajos diurnos recordaban entre un acorde y el siguiente que debían levantarse temprano. Y Jorge generalmente extrañaba Londres y nos decía: «Coñoelamadre, ¿por qué me vine a Venezuela?»

Cierro los ojos y puedo recordar cuánto disfrutaba Jorge tocando, con público o sin él. Era desordenado, pero incansable. Sobre todo, era apasionado. Por eso cualquier interferencia en el proceso musical lo enervaba. Siempre estaba muy nervioso antes de salir al escenario, pero se sacudía el miedo en el primer compás. Se relajaba a tal punto que terminábamos haciendo un repertorio de canciones que no ensayábamos, por puro capricho. Bromeaba bastante, especialmente cuando amenizábamos bares. Un ejemplo de chiste recurrente: «Apreciado público, los invitamos a hacer sus peticiones… Nosotros no lo vamos a complacer, pero háganlas igual».

***

Cada dato biográfico de Jorge Spiteri me llega con una cara B emocional. Es el autor de “Amor (Is to Love You)”, un hit tan efectivo que funcionó dos veces en el mismo mercado: Cuando él la lanzó junto con su grupo Mañana, su hermano Charles y su amigo Steve Alpert en 1980, grabada en la casa de John Lennon en Tittenhurst Park; y cuando Los Amigos Invisibles la desempolvaron para su álbum Arepa 3000: A Venezuelan Journey Into Space (2000). Apenas escribo esto —aquí viene la cara B— recuerdo que cuando la tocábamos, siempre la hacíamos de una manera distinta. Estuvo más tres décadas rearreglando la misma canción. Cada cambio nuevo, decía: «Ahora sí estamos cerca».

Otro dato: Jorge Spiteri fue líder de Los Buitres, aquel proyecto que adaptó al castellano hits de los Beatles. Mientras lo tipeo, pienso que él jamás superó la ruptura del cuarteto de Liverpool. El quiebre, que ocurrió justamente cuando los Spiteri estaba asentándose en Londres, dejó una cicatriz perpetua en su alma que no envejeció nunca. A Jorge nunca le gustó mucho el álbum Let It Be porque le recordaba la sensación amarga de que su banda favorita se había peleado y había dicho adiós. La música, para él, tenía mucho que ver con la fraternidad, con la amistad, con el amor en su expresión más pura.

Lo mismo me pasa cuando apunto que él inventó el Clan Spiteri, otra agrupación cargada de nostalgia sesentera. Eso dato me trae de vuelta su cara de alegría cuando le dije que mi papá tenía uno de los CD que ellos grabaron. Igual, cuando anoto en mi resumen la existencia del supergrupo Los Charlies, que él creó para homenajear a su hermano y compañero de aventuras que murió en 2007, inevitablemente me voy de viaje a la tarde en que me dijo: «¡Cómo me hace falta! No hay un día en mi vida en que no extrañe a mi hermano».

Las notas más exhaustivas destacarán que fue el productor del primer álbum de Giordano di Marzo, antes de que firmara como Yordano y conociera el éxito masivo. Probablemente añadirán los datos de que escribió jingles publicitarios y que por unos cuantos años dirigió el departamento musical de RCTV, creando cuñas del canal, cortinas de programas y especiales navideños. También, que estuvo en la junta directiva de la Fundación Nuevas Bandas de su amigo el promotor e investigador Félix Allueva, en cuyo libro Crónicas del rock fabricado acá protagoniza un episodio.

Jorge era un multiinstrumentista. Sí: Lo escribo y es como si lo viera sentado en el piano de su sala repasando “Martha My Dear” o “Lady Madonna” de los Beatles. O cuando hacía las veces de Steve Winwood con el hammond, ese teclado que ahora es vintage pero que fue fundamental en el sonido de canciones como “Gimme Somme Lovin”, o cuando tomaba la armónica y tocaba el intro de “Isn’t She Lovely” de Stevie Wonder, de quien le encantaba reproducir “You Are The Sunshine of My Life” en un viejo Fender Rhoades que sigue allí junto a la mesa del comedor. Por supuesto, me viene, como proyectada por un videobeam, su imagen tocando guitarras acústicas y eléctricas y, sobre todo, el bajo, el instrumento que más usó en su juventud.

En el espectáculo Rock & MAU, que juntó artistas rock y pop con grandes instrumentistas de la movida musical de vanguardia basada en la raíz, Álvaro Paiva lo mencionó, junto a Vytas Brenner y Gerry Weil, como antecedente ineludible de esos experimentos. Eso ocurrió precisamente cuando él moldeaba el Spiteri Bugalú, su apuesta con miembros de La Dimensión Latina, entre ellos el percusionista Joseíto Rodríguez, el mismo que grabó la versión original de “Llorarás”. Fue una tarea inconclusa, como muchas otras, pero lo definió conceptualmente porque proponía un terreno común para el rock y la música latinoamericana, enmarcada en la ruta de personajes como Joe Cuba, Mongo Santamaría, Santana e incluso José Feliciano.

Jorge nunca quiso tener hijos, pero siempre hablaba, tiernamente, de sus sobrinos. Conservaba amistades igualmente entrañables con gente muy diversa, famosa o no famosa. Apoyaba a los suyos especialmente en las circunstancias más difíciles. Trataba a todos por igual.

Una tarde me hizo sentir como si me hubiera ganado un Pulitzer o un Grammy. Entré a su biblioteca y vi arriba, colgada y enmarcada junto a su título de producción audiovisual de la Royal School of Art, la portada que resultó de aquella primera entrevista que comenzó esa mañana de 2010 y que siguió durante una década hasta hoy, cuando murió en Carolina del Norte, acompañado por su hermano Miguel Antonio “Tono” y su familia, ese gran artista, maestro y mejor amigo al que todavía me quedaron muchas cosas por preguntarle.

 

FOTO PRINCIPAL: Daniel Guarache Ocque

FOTOGRAFÍAS: Archivo Jorge Spiteri/ Dezo Hoffman/ Daniel Guarache Ocque

Yordano y la noche que se hizo canción

Yordano y la noche que se hizo canción

Publicado original el 23 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Yordano estuvo en Europa desde comienzos de febrero hasta el 10 de marzo. Justo antes de volver a Nueva York, donde vive, vio en Madrid a sus tres mejores amigos, con quienes conserva una relación entrañable desde que era muchacho. Ellos comparten un grupo de whatsapp, se ríen, pelean, se reconcilian. Son como hermanos. Días después de su llegada a casa, contento por aquel rato de charla, risas y abrazos, se enteró de que sus tres amigos habían dado positivo para covid-19.

El 23 de enero, aproximadamente a un mes y medio del encuentro, se habían cumplido cinco años del trasplante de médula ósea que reseteó su sistema inmunológico como quien vuelve a nacer. Cinco años desde que el músico agregó una segunda fecha de cumpleaños a su calendario. (Casi) cinco desde que superó un trance y despertó escuchando “Hallelujah”, una canción de Leonard Cohen, interpretada por Jeff Buckley, que se convirtió en un himno ceremonial para él y Yuri Bastidas, su esposa y mánager, su compañera en las alegrías y las adversidades.

Apenas tuvo fuerzas para hacerlo, todavía recluido, Yordano agarró su guitarra. Los médicos, enfermeros, acaso otros pacientes del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, no sólo fueron testigos de su recuperación física. También vieron cómo, aún débil y adolorido, sentado con su bata clínica y un catéter pegado al antebrazo, el artista volvía a ser artista.

Yordano pasó las nuevas composiciones en limpio poco a poco, acompañado por Cheo Pardo, alias Dj Afro, fundador y ex bujía de Los Amigos Invisibles, guitarrista y productor. Comenzaron haciéndose amigos, hablando de música y jugando con sus guitarras como John y Paul, y terminaron en un estudio trabajando muy en serio.

Yordano sorteó todos los obstáculos: Corrió a la emergencia de la clínica por reacciones alérgicas, se sobrepuso a recaídas graves y un día hasta le hackearon la cuenta de Twitter para anunciar su propia muerte. Además, encajó golpes devastadores como el asesinato en Caracas de su hermano, Evio Di Marzo, ocurrido el 28 de mayo de 2018. Por momentos, aunque ya estaba en construcción, se hacía imposible pensar en un disco.

***

 

A finales de 2018, recibo una llamada suya. Por primera vez, no era yo el que lo buscaba para hacerle preguntas. Era él quien necesitaba contarme.

—El disco está casi listo —me dijo. Nunca lo había sentido tan exaltado, ni siquiera las dos veces que lo nominaron al Latin Grammy. En ninguna de las entrevistas que hemos tenido, incluidas las largas charlas que condujeron a la biografía Yordano por Giordano (Libros El Nacional, 2016), lo sentí tan emocionado como en ese momento. No cabía en su cuerpo de 1.88 de estatura.

Esa vez no hablamos de salud, ni medicamentos ni dolores. Nada relacionado al síndrome mielodisplásico que padeció. Me siento bien. Punto. Me habló de ese álbum que ya tenía cuerpo y esencia, pero también de Luana, su segunda nieta que estaba a punto de nacer. Conversamos sobre Venezuela y la política. Y hasta me dijo que había conocido el Vessel, una maravilla arquitectónica recién inaugurada en Manhattan —no olvidemos que Yordano es arquitecto—.

Cuando colgamos, tenía la oreja caliente. Duración de la llamada: 2 horas 4 minutos.

 

 

Más que un álbum, Después de todo (Sony Music Latin), número 18 de su carrera, es un trofeo a la perseverancia. Las estadísticas jugaban en contra. Lo más probable era que no se produjera otro LP de canciones inéditas del autor de “Manantial de corazón” después de Sueños clandestinos (2013). Y aquí están 13 piezas que son una fiesta a la salida del túnel. Un fruto del que se desprende la dulzura de los nuevos comienzos.

“Después de todo”, el tema que le dio el título, remarca el leit motiv: Después de todo, yo de poco me arrepiento. Si algo no queda claro, el mensaje lo completa “Una vez más”, la que fundó su ciclo creativo actual y la que delata de manera más notoria la influencia de Cheo, quien contribuyó a refrescar su sonido y enfatizar su mensaje reparador: …y la noche será canción una vez más.

Al músico le gusta la metáfora del río, cuyas aguas siempre son distintas aunque esencialmente se trate del mismo caudal. Este Yordano salió a explorar, a jugar con más colores y texturas sin dejar de ser el de “Perla negra” y “Por estas calles”, el de “Aquel lugar secreto” y “Días de junio”. Para la aventura creativa, el ídolo siempre lleva en su maleta el bien más preciado por cualquiera creador. Un bien que él conserva celosamente desde hace unos 40 años, cuando empezó a componer: la autenticidad.

El tren de los regresos (2016), álbum en el que cantó algunos de sus hits de siempre con Franco De Vita, Ricardo Montaner, Kany García, Carlos Vives, Gian Marco, Santiago Cruz, Servando y Florentino Primera y bandas como Los Amigos Invisibles y Guaco, sirvió de vistazo en retrospectiva de su recorrido. Sin embargo, el músico quería a escribir sobre blanco. Después de todo era una necesidad.

La banda actual de Cheo Pardo, Los Crema Paraíso, con su percusionista Neil Ochoa y su bajista Bam Bam Rodríguez, colaboró en las sesiones. El propio Cheo dejó solos, bases rítmicas y pinceladas como guitarrista por doquier. También participó Luis Perdomo, cuyos pianos resaltan sin buscar protagonismo, elevando la obra, haciéndola más elegante. Sutilmente, también se asoman voces como las de Betsayda Machado y Ulises Hadjis.

Aunque Yordano celebra los 27 de octubre su nacimiento en Roma en 1951 y los 23 de enero su segundo nacimiento en Nueva York en 2015, la ciudad que más conoce y añora es esa que se cuela en canciones como “Enamorarnos otra vez”, un pop con elementos de rock and roll y condimentos caribeños: Llevarte a Caracas cuando pueda ir/ yo sé cuánto te va a hacer feliz.

Yordano hizo una bachata, o algo parecido a una bachata, llamada “Yo que te di”; un danzón con intenciones de blues llamado “Sólo ilusión”; una balada con acento de ranchera titulada “Para qué llorar” (de la que grabó un videoclip); y un reggae, o algo parecido a un reggae, que bautizó como “Qué sería de mí”, dedicado completamente, en cada palabra, cada acorde, cada detalle, a su amada Yuri. Pero sea bachata, danzón, ranchera o reggae, todo suena a Yordano.

Cuando vivían en Caracas, Yuri solía escuchar las canciones cuando ya estaban horneadas. Ahora, la convivencia en un apartamento pequeño en Nueva York permitió que, por primera vez, ella viera el carbón antes de ser diamante. De paso, intervino en la hechura y se hizo co-autora de dos piezas: “Alguien va a llorar”, que representa un viaje de vuelta a los años 60; y “Dime”, un diálogo de una pareja enamorada que vislumbra con temor la posibilidad de una ruptura. La historia de Después de todo no se cuenta únicamente desde el yo; también se relata desde el nosotros.

Yordano concibe los géneros musicales como puntos de partida. Luego hace con ellos lo que le place, y esa libertad es la que permite que resulte homogénea semejante ensalada. Esta vez atrevió a grabar riffs y solos de guitarra, a probar falsetes, a acariciar a sus seres queridos de manera velada, a dejar guiños a personajes que admira, como Bob Dylan o Joaquín Sabina, y a jugar con palabras, como lo hizo en “Bailando en la jungla”, un tema funky desde el que mira la situación de Venezuela de manera satírica.

El Caribe se muestra, en todo su esplendor, en canciones como “Allá iré”. El autor comparte la nostalgia que le produce la distancia que lo separa de sus hijas y nietas en tiempos de diáspora. También reluce en “Ay, mujer”, que trae de vuelta esa oscuridad de bar nocturno, de pista bailable envuelta en humo tan habitual en el Yordano de los primeros LP. Y algo similar ocurre en “Qué linda te ves”, una composición que nació de una foto que le envió Yuri vía whatsapp, y que, además, rítmicamente, pone un pie en Brasil. En esa también es evidente la co-responsabilidad de Cheo en el resultado.

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Entre febrero y marzo de este año, Yordano actuó en cuatro ciudades de España siempre a casa llena. En Italia, volvió a su natal Roma y se reencontró con un montón de sobrinos y primos. También pasó cinco días inolvidables de abuelo feliz en Canarias, donde vive su hija Adela y donde conoció a su nieta nueva.

Yordano me cuenta que, al volver a Madrid y enterarse de que sus amigos padecían el Coronavirus, Yuri y él estuvieron muy nerviosos. Él es un paciente vulnerable, no sólo por sus 68 años de edad sino por la fragilidad de su organismo después del trasplante. Apenas sospechaba algo, llamaba a su médico: Tranquilo, si no hay fiebre no hay de qué preocuparse. Se tomaba la temperatura constantemente, pero nada. Valores normales. Todo bien. Desde que se decretó la cuarentena en Nueva York el 20 de marzo, no salió más a la calle.

—Yuri no me deja ni asomarme —me dice, riéndose.

El confinamiento no ha sido tan distinto de su cotidianidad en tiempos recientes. Me recuerda que pasó 47 días en el hospital y 6 meses de aislamiento después de la intervención del 23 de enero de 2015.

Uno de sus amigos contagiados estuvo muy grave y eso lo ha tenido muy preocupado. Mientras tanto, invierte horas en Youtube mirando videos musicales, viejas peleas de boxeo, documentales sobre felinos y clips de late shows estadounidenses. Y más que nada, se la pasa tocando de arriba abajo las canciones de su nuevo disco. Quiere tenerlo fresco cuando se cierre finalmente el paréntesis pandémico.

En vísperas del lanzamiento, me adelanta que la promoción de Después de todo se apoyará en dos videoclips dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez —grabados, por fortuna, antes de la crisis sanitaria— cuyo director de fotografía es Fernando Reyes, un cuarto bate de Hollywood. Y yo le pregunto: ¿Qué sientes ahora que va a salir el que, creo, es el disco más sufrido de tu carrera, el que más enfrentó obstáculos?

—Bueno, este disco no existiría sin lo que pasó. Es así. Una cosa es consecuencia de la otra.

 

FOTOS: Cortesía Sony Music Latin