Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Por Gerardo Guarache Ocque

No logro escoger una metáfora para explicarlo. Dónde es como una cajita que alguien enterró, sin señas, en algún parque: uno la escucha y no sabría decir de qué época es. Si fuera una obra en lienzo, bastarían los colores sepia. Si fuera una película, tendría que ser rodada en Super 8, como una nostálgica cinta familiar que cayó en manos de un editor genial.

Dónde es como si un suicida empezara a escribir una carta y al tercer párrafo se arrepintiera de lo que pensaba hacer, pero siguiera escribiendo, ahora más vivo que nunca. Al mismo tiempo, el disco de Cheo Pardo y Ulises Hadjis parece un mensaje cifrado de un par de astronautas que se quedaron atrapados en un estudio de grabación satelital y se inspiraron mirando la Tierra desde fuera.

“Piensa en mí” es como una canción de cuna melancólica. ¿Y qué es una canción de cuna sino la puerta a un mundo distinto, el mundo donde todo es posible, un Nunca Jamás sin lugares comunes? De hecho, en el primer segundo rechina una puerta y lo que encontramos dentro es una habitación acogedora, minimalista, abierta a un cielo estrellado, quizá con una hamaca en el centro.

Dónde no parece pensado para consumirse como experiencia colectiva. Es como leer una poesía muy íntima. Unipersonal. Las voces —sí, Cheo, Dj Afro, José Luis Pardo, canta— se van turnando y juntando, a veces en susurros y siempre construyendo dulces armonías. Suenan guitarras, acústicas y eléctricas, suenan tecladitos y efectos de ambiente, pero ese trasfondo, salvo un único solo de trompeta, es como el rocío del perfume menos estridente del mundo. ¿Por qué? Porque las letras importan. Muchos intentan hacer bulla para llamar la atención; y en estos tiempos, entre tanto ruido, más vale bajarle el volumen a todo lo demás para que llegue el mensaje.

Dónde clama por volver a la ternura, a las cosas simples, a las buenas intenciones: Que las cosas sean como eran/ que las radios me hablen como antes/ que las luces brillen como ayer (“Como antes”). Ven, vamos a tocar el cielo/ cambiar las nubes de color/ nombrar a todas las estrellas/ que se asoman cuando oyen tu voz (“Aquí vinimos”). Mi corazón, que extraña, mi corazón me calma/ sé que sabe lo que es cierto sobre mí, sobre ti (“Lo que es cierto”).

Mi canción no suena igual, canta Ulises, y se acentúa esa tendencia de resolver el acento de la frase a lo Spinetta, escarbando en el esófago para traer al sentimiento, que viene trepando como un diestro escalador. El bossa, y el swing de una mano derecha, delata al ex guitarrista de Los Amigos Invisibles. Pero Ulises y Cheo, a pesar de esto, no quisieron parecerse a nada, ni siquiera a ellos mismos, o a lo que el público cree o siente que son.

Hay momentos coloridos en los que es posible bailar con hombros mientras se sirve el próximo trago, cantando un coro delicioso: En un mundo intenso/ de tonos blanco y negro/ llegaste con tu risa a colorear/ las horas y los días que vendrán y se irán (“De no haberte conocido”).

“Los continentes” es el título de un epílogo que llega como “The End” en Abbey Road, con su respectiva “Her Majesty”, descolgada, como una travesura. Es otra melodía ensoñadora, que viene de otro tiempo, quizá de una época de victrolas, pipas y monóculos, a dejar en el camino frases así: Tu amor se sigue mudando/ el mío lo espera acá (…) Tu amor sigue mutando, el mío sigue igual.

Dónde no se siente como un álbum. Mejor llamémoslo obra; ya ni sé si deberíamos llamar a algo disco o álbum o placa. Eso sí, Dónde culmina muy pronto. Son ocho canciones que promedian dos minutos y pico. Aunque, quién sabe, quizá tal brevedad sea una virtud: un bocado, cuando es bueno y pequeño, despierta el hambre.

Dónde en Spotify

Videoclip de ¿Dónde? en Youtube

DondeUlisesCheo

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Nella, la margariteña de la voz quebrada

Nella, la margariteña de la voz quebrada

Por Gerardo Guarache Ocque/ Publicado en GuatacaNights.com

Su mundo era todo pop, soul, blues, R&B. Sus sueños sonaban a Céline Dion, Cristina Aguilera, Mariah Carey. De pronto, Marianella Rojas, margariteña que entonces estudiaba en el Berklee College of Music en Boston, oyó el merengue “La Negra Atilia”, música de Pablo Camacaro y letra de Henry Martínez, y a partir de ese momento comenzó a constituirse una Nella que causa furor con cada clip de Youtube, que cuelga la etiqueta de sold out a cada afiche de sus presentaciones y cuya voz suena en Cannes a bordo de una película en la que actúan Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín.

Como ocurre con frecuencia, aunque parezca paradójico, la artista se conectó con la tradición venezolana cuando estaba lejos de casa, apartada del calor caribeño y de su isla querida. La canción de Camacaro, miembro del ensamble Raíces de Venezuela y autor de “Sr. JOU”, se la enseñó un compañero de clases estadounidense. En lugar de recurrir a artilugios, o al menos a rodearse de una banda, decidió presentarla con sus palmas y su voz, lo más desnuda posible; y ella sola puede, como mínimo, derretir un iceberg.

“La Negra Atilia” de Nella enamoró a Javier Limón, guitarrista y compositor español con un currículum enorme, que guarda en casa una decena de premios Grammy y ha escrito y producido canciones para más de 100 discos de un montón de luminarias. Nombremos, por ahora, a Paco de Lucía, Wynton Marsallis, Caetano Veloso, Bebo Valdés, Diego El Cigala, Anoushka Shankar… y también a Concha Buika, cuya interpretación de “El fin de fiesta” (obra de Limón), provocó el acercamiento entre la venezolana y quien es productor y autor del contenido de su álbum debut.

“El fin de fiesta” también es la copla que le abrió a Nella las puertas de la música española, los senderos de Camarón de La Isla y de la Andalucía profunda. La interpreta con soltura y a su manera, tomando el quejido y dulcificándolo ligeramente, desgarrándose el alma un poquito, como cantaora, pero sin dejarla en el piso; lo justo para seguir con la siguiente canción.

“Creo que actualmente se ha perdido parte de esa conexión con el público”, comenta la artista, aprovechando un par de días de descanso en su casa, en Nueva York: “En una rueda de gitanos, lo que se siente es candela, es inigualable. Me llama la atención lo que ocurre, porque es auténtico. Llega directo, no hay filtros. Cuando hice el cóver de esa canción, noté que el compositor era Javier (Limón) y, como él enseña en Berklee, lo busqué para comentárselo. Me dijo: ‘¡Yo no sabía que tú cantabas coplas así! Y yo le respondí: ¡yo tampoco! (risas)”.

Con Limón, se fue de gira a Colombia a compartir tarima con figuras como Carlos Vives y Totó La Momposina y agrupaciones como Monsieur Periné y Herencia de Timbiquí. Allí, conversando en el lobby de un hotel, concluyeron que hacía falta grabar un tema inédito y distintivo. Cada quien subió a su habitación y, a los 15 años minutos, el compositor la llamó y le cantó unas estrofas sobre ella y sus orígenes: Me llaman Nella, la de la voz quebrada/ paso la noche en vela cantando coplas de madrugada… Así nació el abreboca de un álbum que verá la luz cuando ya el público no aguante más la tentación y que será distribuido mundialmente a través de TheOrchard.com.

Curiosamente, Alejandro Sanz compartió en sus redes sociales el videoclip Me llaman Nella incluso antes que ella. No era la primera vez que escuchaba cantar a la venezolana. Cuando el autor de “Corazón partío” recibió el doctorado honoris causa en Berklee (2013), tocó acompañado por un ensamble estudiantil al que pertenecía Rojas. Le gustó tanto el resultado de los ensayos y el show, que los invitó a Las Vegas a actuar con él en su presentación en directo en los Latin Grammys.

La voz de Nella Rojas, interpretando canciones de Javier Limón, es parte fundamental de la banda sonora de la película Todos lo saben (2018), que se presenta en el prestigioso Festival de Cannes. La cinta es obra del laureado director iraní Asghar Farhadi (About Elly, A Separation, The Salesman) y fue rodada en Torrelaguna, villa de la Comunidad de Madrid, España, con los mencionados famosos Cruz, Bardem y Darín.

La raíz

Nella puede cantar con mucho sentimiento, genuinamente, “Every Little Bit Hurts”, un soul de la era Motown que ha pasado por gente como Steve Winwood en sus tiempos de Spencer Davis Group y, en tiempos recientes, por Alicia Keys. También puede navegar las aguas de la música brasileña, los boleros, o interpretar algún tango de Gardel y Lepera (“Volver”).

A todas esas canciones llegó cuando era estudiante y buscaba hacerse de un repertorio, sobre todo uno nutrido de piezas en castellano. La investigación la llevó a sumergirse en la “Tonada de luna llena” de Simón Díaz, en la linda y triste obra de Manuel Yanes “Viajera del río” y en muchas otras canciones que la aproximaron naturalmente al concepto de Guataca, la plataforma que organiza algunas de sus presentaciones en Panamá, Estados Unidos y Venezuela, en compañía del guitarrista Aquiles Báez.

“La gente me oía cantar cosas brasileñas, pop en inglés, boleros, pero me llegaban a preguntar: ‘¿quién eres tú?’ —cuenta la cantante—. Ahí decido explorar de dónde vengo, entender por qué canto lo que canto, y la respuesta es la música venezolana, que llegó como un llamado de la raíz. Ahora me siento súper cómoda. Es lo que soy, y si te fijas, no está muy lejos de las coplas de Andalucía”.

A finales de marzo, una visita familiar a Venezuela, donde no había cantado en más de siete años, se convirtió en una experiencia artística que incluyó cuatro shows, dos en Margarita y dos en Caracas. La expectativa en torno a Nella se manifestó en la taquilla: apenas se anunciaba el primero, se agotaban las entradas y había que abrir una nueva función. Ocurrió lo mismo en ambas ciudades.

“Nunca me había sentido en tarima como me sentí en el (Centro Cultural) BOD en (Caracas) Venezuela —dice muy emocionada—. Puede ser producto de muchos factores, pero para mí fue otra dimensión. El público fue perfecto, la gente cantó conmigo y coreó mi canción. Me agrada mucho que se han quedado con la letra”.

Allá comenzó todo. Nella tomó clases de canto en Margarita desde los 11 años de edad. Como bachiller, a sus 17, se fue Caracas, donde amagó con estudiar Comunicación Social en la Universidad Monteávila mientras asistía a la Escuela Contemporánea de la Voz. No tardó en sincerarse y aplicar a becas en el Berklee College of Music, al que ingresó en 2011 para egresar cuatro años después con doble título, incluido uno en voice performance. A partir de ahí, en suelo estadounidense, empezó a escribirse este capítulo de una historia que apenas comienza.

Agenda de conciertos: Nellarojas.com y Guatacanights.com

 

Cómo era un show de Prince

Cómo era un show de Prince

LA Forum. Los Ángeles. Jueves 5 de mayo de 2011/Publicado en Ladosis en junio de 2011

Prince es una especie de monstruo de Frankenstein, que ha tomado prestados poderes y los ha incorporado hasta fusionarlos en sí mismo. Lo que es intimidante en su caso no es su imagen, y menos su tamaño. Tampoco el hecho de que emerja desde el fondo del escenario, como bien podría ocurrir en otra aterradora historia de Mary Shelley. Lo que impresiona del artista, que nació en Minnesota un 7 de junio hace 53 años, es simplemente su talento.

De James Brown tiene su manera de bailar. Se mueve con extraordinaria agilidad y todavía más clase. De Little Richard, su desparpajo, su agresividad en escena. De Curtis Mayfield, o acaso de Hendrix, su manera de abordar los temas con guitarra y voz. Pero también tiene un caldo de cultivo de funk, R&B, soul, rock ‘N’ roll, blues y otras especies, del que nace una fusión que representa la continuidad al sonido negro de los años 70.

En sus shows suele dejar clara su postura con respecto al rumbo que tomó el mainstream estadounidense a través de frases contundentes. Como si todavía estuviera sangrando por la herida que le dejó su conflicto con Warner, suelta frases punzantes: Música de verdad, hecha por verdaderos músicos. Esto no viene de una oficina. Esto viene del alma. Quiero dedicar esta canción a aquellos que todavía aprecian la música hermosa.

Los temas editados en los años 80, pero despojados de lo sintético, tienen un poder extraordinario para agitar al público. Todos suenan remozados, orgánicos, con un groove diferente con el que contribuyen su bajista Rhonda Smith, su baterista Michael B y su tecladista Renato Neto.

Durante más de 90 minutos, Prince Roger Nelson entretuvo a quienes asistieron al Fórum de Los Ángeles, la antigua casa de los Lakers, ubicado en una zona de población mayoritariamente negra. El show de apertura lo hizo Chaka Khan. Luego llegó la criatura que, con destreza, se desplazó sobre un escenario que funcionaba en 360 grados, al estilo Phil Collins —quien curiosamente le arrebató un par de intros en el pasado—.

El feeling le brota por los poros. Quizá por eso y por su productiva carrera, la revista Rolling Stone lo catalogó en el puesto 28 de los Mejores Artistas de Todos los Tiempos. Insisto en esto: puede hacerlo todo en escena. Es capaz de bailar con extraordinaria soltura, cantar en un amplio registro —con un manejo magistral de los falsetes—; hacer un divertido riff de guitarra funk, y ofrecer un solo endemoniado con distorsión y wah wah al minuto siguiente. De pronto, demuestra sus habilidades con el bajo, y, en la parte final del espectáculo —después de un final falso con su máximo hit: Pulple Rain— se sienta en un piano de cola púrpura y toca mientras canta baladas.

“Quiero decir algo. Sé que estoy envejeciendo, pero yo me veo igual”, dijo en pleno “Musicology”, en la que sorpresivamente se subió al escenario Whitney Houston. De sus éxitos, no dejó nada por fuera. Cerró con “Kiss”, cantó un fragmento de “The Most Beautiful Girl in The World” e interpretó “Nothing Compares 2 U”, que aunque buena parte del planeta la conoce por Sinead O’Connor, es una composición suya. Tocó “Controversy”, “Let’s Go Crazy”, “Delirious”, “1999” y “Cool”, en la que le hizo un guiño al difunto Michael Jackson, con un fragmento de “Don’t Stop Till You Get Enough”.

Sobre un escenario con la forma del símbolo que adoptó como nombre en una época, Prince demostró que simplemente es un showman absolutamente inimitable e irrepetible.

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

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Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

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Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Jim & Andy: un genio del humor en la piel de otro

Publicado en Prodavinci.com

Es el show de David Letterman del 15 de octubre de 1980. Andy Kaufman entra con los aplausos. Despeinado, mal vestido, descuidado, un hilo de moco le cae por el bigote incipiente camino a la boca. Risas entrecortadas, risas indecisas, pero risas al fin. El público estadounidense está frente a una forma de humor que nunca ha experimentado. Este loco ha hecho cosas parecidas antes, pero siempre puede ir más lejos.

El presentador, desencajado como todos a quienes capta la cámara, procura una pizca de seriedad; trata de conversar con el humorista pero la charla no avanza. El invitado lo desconcierta. Desconcierta a todo el mundo cuando dice que renunció a Taxi, una exitosísima serie, y que no sabe si estará de nuevo en Saturday Night Live, programa ideal para los de su especie, en teoría. Letterman lo invita a hacer su número y él se va al centro, se sienta en un banquillo y comienza a hablar de su vida desgraciada. Algunos ríen pero él les pide que no lo hagan —¡es un comediante que le pide al público que no se ría!—. También ruega que le den algo de dinero porque está en la quiebra. Se va tras cámaras, se acerca a la audiencia, recoge algo de efectivo moviéndose entre las butacas y se marcha. Ovación.

Cuenta la leyenda que Andy Kaufman (Nueva York, 1949-1984) llevaba sus bromas hasta las últimas consecuencias. Cuando se inventó la disparatada Lucha Libre Intersexos y fue golpeado por un luchador profesional. Cuando leyó El Gran Gatsby en una presentación de stand up comedy. Cuando hizo que una señora fingiera un infarto en pleno show en el Carnegie Hall. Estos episodios, todos reseñados en la película biográfica Man on the moon (1999), correspondían a un humor que no era únicamente para reír. Era la comedia llevada al extremo, rozando el performance, buscando mover otros músculos que jamás mueven aquellos que no entienden de sarcasmos, ironías y absurdos.

Por supuesto que Jim Carrey lo tuvo en un pedestal desde la primera vez que lo vio en pantalla. Claro que se hizo su fan desde jovencito. Desde luego se identificó con él, más aún al conocer su historia personal. Así lo cuenta el actor canadiense en el documental Jim & Andy: The great beyond (Netflix), cuando se encuentra frente a frente con su yo de hace dos décadas. Su yo al que le tocó interpretar a su ídolo.

Aquel, un joven humorista superdotado, devenido en actor, que experimentaba la resaca de los primeros tragos a vaso lleno de fama y fortuna hollywoodense gracias a tres películas, todas taquilleras y memorables, lanzadas el mismo año 1994: Ace Ventura: Pet detective, Dumb and Dumber y The mask. El de ahora, un hombre de 55 años, barbudo, experimentado y… atormentado.

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Una cámara siguió a Jim Carrey durante todo el rodaje de Man on the moon. Mientras interactuaba con el resto del equipo en el área de catering. En su camerino. En el cuarto de maquillaje. Durante sus charlas con REM, agrupación que aportó dos grandes canciones a la banda sonora: una editada en 1992 y titulada “Man on the moon”, con varias alusiones a Andy Kaufman; y otra, “The great beyond”, hecha especialmente para el filme (ambas sonaron en el único show que ofrecieron en Venezuela en 2008).

La cinta siempre estaba en movimiento, registrando cada paso del actor; y esas imágenes permanecieron engavetadas en su oficina durante casi 20 años, hasta que en 2017 Spike Jonze (Her, Being John Malkovich, Adaptation), quien firmó como productor del documental, movió sus tentáculos para que fueran aprovechadas.

Para Jim Carrey no fue un papel más. Hacer de Andy Kaufman fue un trabajo que le cambió la vida. Una experiencia mística. Y también lo fue para el resto del equipo, que veía cómo Andy Kaufman había revivido en plena década de los 90. Que en lugar de llegar Carrey, cada día entraba al set un cuerpo que prácticamente había alojado a Kaufman, muerto prematuramente a sus 35 años de edad por un cáncer que lo consumió en cuestión de meses.

Danny De Vito, Tony Danza, Paul Giamatti. Todos miran a la cámara con cara de impresión. Qué extraño. Es exactamente como era él. Todo esto es surreal. Porque Jim Carrey nunca iba al rodaje. Iba solo Andy Kaufman. Siempre Andy Kaufman. Y había que referirse a él de esa manera y tratarlo como tal. Y como a él le hubiese encantado, Carrey llevó su nueva broma hasta el extremo, agotando la paciencia de Milos Forman, director de la película, quien en el fondo y a la postre agradeció el compromiso y ese ingrediente de demencia reencarnada que convirtió aquella película en un clásico instantáneo.

Jim & Andy: The great beyond no es un making of. Es un viaje introspectivo de un personaje que engulló a otro y, al hacerlo, descubrió una infinidad de cosas sobre sí mismo y acerca del oficio del actor, del humorista y del entertainer. ¿Existe otro caso en el cual el documental sobre la película sea tan relevante como la propia película? Antes de esta cinta, veíamos el monumento desde una perspectiva, como un mapa, bidimensional. Ahora, gracias a ella, podemos verlo como si lo sobrevoláramos en helicóptero, con todos sus relieves y complejidades. Ya una obra no puede entenderse completamente sin la otra.

***

La omisión del apellido en el título del documental ha sido deliberada. La obra realmente se llama Jim & Andy: The great beyond, featuring a very special contractually obligated mention of Tony Clifton. ¿Y quién es Tony Clifton? Un personaje que se inventó Andy Kaufman y al cual protegió su independencia hasta la muerte. Siempre negó que fuera él quien, disfrazado, actuara como este crooner bigotudo, déspota, vicioso, desgarbado, putañero, alérgico a las duchas. Una estrella del mal gusto. Un frankenstein de lo políticamente incorrecto.

Andy Kaufman salvaguardó la veracidad de Tony Clifton a tal punto que hizo que su gran amigo y cómplice Bob Zmuda también lo reprodujera fielmente, de manera que él pudiera estar en un sitio y, en simultáneo, Tony Clifton, con vida propia, pudiera hacer algún escándalo en otro. ¿Ven que no soy yo?

El Sr. Clifton —es decir, Jim Carrey haciendo de Andy Kaufman haciendo de Tony Clifton—volvió para actuar as himself en la película, sacando de quicio a todos. Borracho, con una prostituta colgada de cada brazo, fumaba donde estaba prohibido, buscaba a Steven Spielberg en su casa para gritarle cuatro cosas sobre sus películas y reclamarle que no había hecho nada decente desde Tiburón, o se aparecía en una fiesta en la Mansión Playboy, de la que sería expulsado por la seguridad —mientras Jim Carrey se estaba comiendo una hamburguesa en otro lugar—. ¿Y cómo era posible tal cosa? Zmuda, otrora compañero de travesuras de Kaufman, también se había hecho cómplice de Carrey. Así, Tony Clifton pudo regresar con todo su decadente esplendor.

Para las últimas escenas, que retratan los días agónicos del cáncer y la búsqueda desesperada de una cura, Jim Carrey en la piel de Andy Kaufman, o Andy Kaufman en la piel de Jim Carrey, llegó al set calvo, pálido, deprimido. En una palabra, enfermo. Reprodujo las últimas líneas del guión. ¡Claqueta! Adiós.

Hubo un desfase en la agenda de trabajo de Carrey/Kaufman. La grabación del videoclip de la canción “The great beyond” de REM estaba pautada después de que culminara el rodaje del filme, y no antes, como hubiese querido el actor. Cuando llegó la fecha, la banda cumplió con la cita. Todo estaba listo para filmar. Luz, cámara… pero Carrey, el protagonista de la pieza, no llegaba. No llegó jamás, por una razón muy sencilla: Andy Kaufman había muerto por segunda vez.

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Texto concebido para Kurrentmusic.com

Es diciembre de 2012, vísperas de Navidad. Su mánager, su familia, casi todos le dicen que no lo haga. Tiene tiempo, dinero y ganas, pero le dicen: “Nat, no”. Ella ignora las advertencias, se sube a un avión y, sin protocolos, aparece risueña en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas para sorprender al público de Los Amigos Invisibles, amigos suyos, que tocan en casa.

No es una visita promocional, no suma nada metálico, no es estratégica para su casa disquera, pero ella, aún siendo una artista grande, muy exitosa dentro y fuera de México —el megamercado hispanoamericano—, quería. Por buena vibra, buena nota, porque sí, sirvió de apertura a la banda funk venezolana sin figurar en la promoción o los boletos para los shows, sin su banda ni ayudantes ni nada. Gustosamente, fue un suvenir, un estupendo regalo que el sexteto le ofreció a su audiencia.

Así es Natalia Lafourcade, una artista veracruzana que parece crecer de manera sostenida en todas las direcciones pero sobre todo hacia adentro. Si alguien apostó a su caducidad en los tiempos del boom que generó “En el 2000”, perdió. Perdió todo.

Contaba 20 añitos cuando irrumpió en la escena latinoamericana con aquel disco homónimo y canciones como “Te quiero dar” y “Elefantes”, que tomaban un poquito del rock, algo del bossa y generaban un bocadillo dulce que parecía el postre y resultó ser apenas un aperitivo.

Crecer

“Quería ser algo que no era yo”, ha dicho ella, ya treintañera, sobre la Natalia de aquella época. La Natalia que recibió dinero y conoció la fama, con sus mieles y amargos. La que experimentó las primeras giras extenuantes y la presión de ejecutivos que le pedían nuevas canciones. La que decidió dejar de presentarse solita en la marquesina para sumarse tres extremidades y decir: soy Natalia y La Forquetina.

Parecía un desafío muy grande, pero el talento lo puede todo, sobre todo lograr segundos discos como Casa, que ofrecía la misma medicina pero depuraba la fórmula. Canciones como esa que le dio título al disco, el otro sencillo llamado “Cuarto encima” o una a la que le puso “Gusano”, eran muestras de su evolución. De algunas se reirá ahora, pero eran parte de una búsqueda válida entre elementos electrónicos, más teclados y estridencia; todo apoyado, en su rol de productor, por Enmamuel del Real, “Meme” de Café Tacvba.

Lafourcade no tardó en mostrar su personalidad. Centenas de miles de copias vendidas de sus álbumes no alteraron su brújula. La joven atravesó un sendero que suele ser una tormenta de cinismo y salió intacta del otro lado. Cuando se quebró su Forquetina, se afianzó, rehizo su plan de vuelo y continuó sola. Pudo haber grabado un álbum muy pop, muy artificial, muy sexy, aceitar expresamente la máquina de producir lana. Pero no. Volvió de una estancia en Canadá y se dedicó a trabajar con la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz en una obra instrumental, una especie de banda sonora de una película que imaginó en su cabeza y llamó Las 4 estaciones del amor.

Hu hu hu, su disco siguiente, cerró aquella época. La pequeña Natalia de la doble colita y los lentecitos redondos se había difuminado. Viajes por Europa, Suramérica, Estados Unidos, Canadá y 14 días en Japón convertidos en documental. Colaboraciones con colegas como Julieta Venegas y la absorción de una experiencia sinfónica. De paso, por aquellos días, asumió ella el papel de productora. Oyó los temas de Mientras tú dormías (2010) y ayudó a su compatriota Carla Morrison a revestirlos para el gran público. Ya la brújula de Natalia daba para guiar a otros.

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La raíz

Es 2013. Junio está a punto de llegar a su mitad. Natalia Lafourcade llega a Caracas, casi seis meses después de aquella experiencia con sus panitas, que son como unos hermanos mayores que la cuidan, Los Amigos Invisibles. Esta vez viajó con su equipo y sus siete músicos, entre ellos un moreno local, el caraqueño Gustavo Guerrero, ex líder de una banda extinta llamada Cunaguaro Soul, que se ha convertido en su gran aliado y director musical.

Llegó para presentar en Venezuela un disco nuevo que dedicó completamente a Agustín Lara. Todo está listo para comenzar. Suena musiquita genérica con volumen bajo, los instrumentos brillan desde el escenario. El público llenó esa misma sala que ella conoció en diciembre, la del Centro Cultural BOD. Aplauden cada tanto, pero nada. Natalia no sale. Por Twitter corre el rumor de que tuvo un accidente. Pronto saldrá un vocero al escenario a confirmarlo.

A la artista le cayó una maleta en el pie y le causó un esguince en un tobillo. Está en la clínica, la examinan, la entablillan, pero viene. Quiere tocar. Se muestra ansiosa como esta gente que la espera. Pasa un rato, que no se siente tan largo, y Natalia sale, sonríe, bromea porque ha tomado muchos analgésicos. Espléndida, le dice a todos que son guapísimos y así, moviéndose con una sola pierna del piano a otra sillita, entre guitarras, ukeleles y roadies que la ayudan, canta con su voz angelical, da un concierto para llorar de la alegría.

Así es Natalia Lafourcade, la artista que en ese momento abrió un nuevo capítulo de su vida. Un capítulo que sigue escribiéndose hoy, que no es más que un viaje introspectivo. Es una artista que no puede cantar algo que no absorban los poros de su piel, que no erice sus vellos. El sentimiento debe ser auténtico.

La misma brújula la llevó hasta la directora orquestal Alondra de La Parra, artífice del proyecto Travieso carmesí, gracias al cual Lafourcade, junto con Ely Guerra y Denise Gutiérrez (Lo Blondo), se adentró en piezas de María Grever, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Gonzalo Curiel. Mexicanísimo todo.

“De allí surgió mi inquietud y con quien más me conecté fue con Agustín Lara —decía Lafourcade en una entrevista en 2013— Él tenía mucha versatilidad de género. Podía mezclar lo mexicano con el tango y algo francés. Tenía el color y las influencias de México, con el contexto de que viajaba mucho. Y yo quiero que mi música transcienda en ese sentido, que sea muy universal pero con raíz”.

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Para Mujer divina, disco de estudio al que siguió uno en directo grabado en la Sala Telefónica Roberto Cantoral, invitó a un montón de aclamados colegas, desde Gilberto Gil hasta Vicentico (Fabulosos Cadillacs), de Miguel Bosé a León Larregui (Zoé), Devendra Banhart o Jorge Drexler, Adrián Dárgelos (Babasónicos) o Kevin Johansen. Y Álex Ferreira, Adán Jodorowsky, Rodrigo Amarante y de nuevo, Meme (Café Tacvba).

Cantaron canciones como “María bonita”, “Piensa en mí” y “Aventurera”, una estricta selección de la intérprete, que escogió única y exclusivamente lo que ella podía cantar como si lo hubiera escrito. Fue una gran fiesta latinoamericana inspirada en el eterno flaco enamoradizo, genio de letras y melodías.

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La musa

Hasta la raíz (2015), un sexto trabajo que produjo con ayuda del argentino Cachorro López y su paisano Leonel García, fue la síntesis de todo su aprendizaje hasta el momento y la demostración de su facultad para mezclar sin desentonar. El bossa, la orquestación, los boleros, la experimentación con bases electrónicas, la música tradicional mexicana y latinoamericana, todo confluyó en 12 nuevas canciones que la acompañaron cuando remendaba su corazón herido tras una ruptura amorosa.

De nuevo, la pequeña Natalia mostró su musculatura emocional. Triunfó, vendió mucho y se llevó a casa un Grammy al Best Latin Rock Urban or Alternative Album y otros dos premios en la versión hispanoamericana de esa gala. Pudo haberse dormido en la arena movediza del éxito comercial y el glamour del reconocimiento, pero su brújula la guió por un atajo.

De todos los músicos que podía llamar en el mundo para trabajar, escogió a dos señores, Juan Carlos Allende y Miguel Peña, que se hacen llamar Los Macorinos, cuyas edades ni conocía. Podrían ser sus padres o abuelos, pero Natalia quiere que su música no tenga edades. Por eso, fraguó el proyecto desde que se enamoró de ellos en una Gira de Homenaje a Chavela Vargas en la que compartió con artistas de la vieja escuela como Eugenia León, Regina Orozco y Tania Libertad.

Convivió con Allende y Peña, con su aliado Gustavo Guerrero, el productor argentino Cheché Alara y el ingeniero venezolano Héctor Castillo —conocido por sus trabajos con David Bowie, Björk, Lou Reed, Roger Waters, Gustavo Cerati— y de esa conexión mexicano-argentino-venezolana, salió una ofrenda a toda esta región que comparte tierra, humores, sentimientos y colores.

A Chavela Vargas, a Frida Kahlo, a Violeta Parra, incluso a la escritora Clarice Lispector, Natalia Lafourcade le dedicó Musas, un álbum grabado como si estuvieran todos en los años 50. Totalmente orgánico y artesanal, registrado en directo, con vihuela, charango peruano, cuatro venezolano, un bombo legüero y muchas guitarras.

Comenzaron con una lista de joyas del cancionero latinoamericano. Más de 50 temas. Lafourcade escribió varias, entre ellas el sencillo “Tú sí sabes quererme”, y tomó otras de ese catálogo inmenso como “Qué he sacado con quererte” (Violeta Parra) y “Tonada de luna llena” (Simón Díaz). Para el bolero “Tú me acostumbraste” (Frank Domínguez), invitó a la cantante cubana Omara Portuondo, brillante a sus 86 años.

No importa lo que ocurra en la escena musical. A Natalia no le importa ir contra la corriente. Cada vez pareciera tenerlo más claro. Antes de trabajar en su próxima propuesta, volverá a mirar esa brújula emocional infalible, a ver qué camino le sugiere.

 

Un himno de incógnitas históricas

Un himno de incógnitas históricas

Cada 12 horas interrumpe la programación radial y televisiva la misma melodía que se canta en los colegios a las 7:00 am, que se toca antes de cada cita deportiva, como un transporte para unos versos dodecasílabos que obligan a la audiencia, los estudiantes y los entusiastas del deporte, según sea el caso, a pensar en la gesta independentista que recientemente cumplió 206 años.

En 2007 el presidente Hugo Chávez, durante un acto que se celebró en Barcelona para demostrar la capacidad de unos aviones militares Sukhoi, decretó el 25 de mayo como el Día del Himno Nacional, para enfatizar aún más lo establecido en el artículo 8 de la Constitución Nacional, que establece al Gloria al bravo pueblo como un símbolo patrio, y en el artículo 30 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, que obliga a los medios de comunicación audiovisuales a darle exposición periódica a través de su señal.

El 25 de mayo, pero de 1881, Antonio Guzmán Blanco decidió hacer de la canción parte de la cédula de identidad de la República, y encomendó a Eduardo Calcaño ciertas modificaciones pertinentes. Pero cuando lo hizo no mencionó a ningún autor, lo que —según Rafael Arráiz Lucca— posiblemente dio pie a las dudas sobre los nombres de los creadores del Himno Nacional.

De acuerdo con la investigación del historiador Alberto Calzavara, cuyos resultados se divulgaron en el libro Historia de la música en Venezuela (publicado en 1987 y citado por Arráiz Lucca), hasta las celebraciones que el Ilustre Americano organizó con motivo del centenario del nacimiento de Bolívar no se tenía duda sobre que la letra y música del Gloria al bravo pueblo eran de Andrés Bello y Lino Gallardo, respectivamente.

Calzavara, quien murió en 1988, aseguraba que los nombres de Vicente Salias y Juan José Landaeta surgieron —sin pruebas— en 1883, gracias a un músico y crítico cumanés llamado Salvador Narciso Llamozas, apoyado en el camino por Ramón de la Plaza y Juan Bautista Plaza, a quien corresponde la versión actual, que surgió tras algunos retoques que se le dieron en 1947, cuando era director de la Escuela Preparatoria de Música.

El poeta Willy McKey, en un análisis divulgado a través del portal Prodavinci.com, explica que la teoría de Bello como autor de los versos quedaría evidenciada en la tercera estrofa, que por el contrario otros críticos (nacionalistas) usan para elevar a Salias a la categoría de profeta, por su capacidad para ver más allá de 1810 y vaticinar la libertad futura de las naciones vecinas. Calzavara reprodujo la partitura que publicó el periódico El Americano de París en febrero de 1874 y La Opinión Nacional (Venezuela) en marzo de ese año.

Según Arráiz Lucca, las pruebas que inclinan los créditos de Gallardo sobre Landaeta, y de Bello sobre Salias, son contundentes, y ese desliz histórico ha sido corroborado por figuras como Juan Vicente González, Julio Calcaño, Eloy González y José Antonio Calcaño, personaje importantísimo, investigador y músico, fundador de la Orquesta Sinfónica Venezuela. Sin embargo, la voz en off que acompaña a la reproducción del arreglo de Pedro Elías Gutiérrez sigue pregonando una verdad que está en dudas.

La hipótesis ha sido considerada por artistas como Aldemaro Romero, quien elevó su voz en mayo de 1997 tras la controversia que envolvió a la versión sofisticada y espontánea que grabó Ilan Chester por aquellos días, que pareció gustarle a mucha gente, a diferencia de al presidente Rafael Caldera, cuya molestia impidió que se iniciara un proceso de acercamiento artístico y ciudadano, y por qué no una apropiación de su música y su letra. 

 

Texto publicado en su versión original el 22 de abril de 2010 en el diario El Nacional