Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

Publicada originalmente el 21 de septiembre de 2019 en GuatacaNights.com

A Marina Bravo siempre le gustó Garza perdida, una canción de Leonardo Amuedo y Joao Mendoza que Dulce Pontes incluyó en O primeiro canto, su álbum editado en el año 2000. No sospechaba la joven Marina en sus tiempos de integrante del Orfeón de la UCV, de cuando data su pasión por esa música y esa letra, que ella misma vestiría su contenido. No sabía que el norte se le volvería difuso. Ni que a fuerza de canto retomaría su camino y lo anunciaría con un álbum que llevaría precisamente ese título.

Garza perdida (2019), segundo álbum del catálogo en solitario de Bravo, es la celebración de un regreso —aunque realmente nunca hubo una partida—. El disco tomó el título de la canción portuguesa porque subraya un sentimiento que se cuela entre las 11 pistas. Es un himno entrañable a la persistencia que la artista le canta a su público, pero al mismo tiempo se canta a sí misma, como quien se da ánimos en momentos de adversidad: Y así volveré/ a cruzar este cielo y este mar./ Volaré sin parar/ a cruzar la tierra entera.

La mera grabación de la pieza representó un atrevimiento. El arreglo se concibió sólo para voz y mandolina, un instrumento melódico que suele requerir de algo más para que la canción se sostenga, sea un bajo, un piano, una guitarra. Pero resulta que el mandolinista fue el virtuoso Jorge Torres, quien construyó un base sublime desde las 10 cuerdas de su instrumento —la de él tiene dos más que la mandolina estándar, a la usanza del maestro brasileño Hamilton de Holanda—.

La voz de Marina es de esas que no necesitan vestirse mucho. Mejor dejarla así, semidesnuda. En Garza perdida se muestra a plenitud, exhibiendo sus sutilezas y también, aunque no sea su recurso más habitual, su potencia. En un momento deja correr todo el aire desde sus pulmones y, al siguiente, recurre a un falsete que suena como la flauta más dulce; como una caricia que derrite.

Con Torres, también grabó Pesca y ruego, un punto y llanto que cuenta una historia a orilla mar, de la península de Macanao, Margarita, pero que es la historia de la separación momentánea de muchas familias, acaso todas. Amanecía cuando su autor, Ibrahim Bracho, vio a un pescador que se despedía de su esposa e hijos antes de irse a una faena de meses. Bravo adaptó la letra, se la apropió, pero el espíritu es el mismo: Cuando sales a pescar, ruego a la virgen del Valle/ porque en el mar no se sabe si tú puedas regresar.

El minimalismo, de pronto obligado por circunstancias, se convirtió en concepto. Los pequeños formatos le sientan bien a la cantante. Su voz evocó a Alfonsina y el mar, un clásico latinoamericano, una zamba argentina de Ariel Ramírez y Félix Luna que cuenta, desde la metáfora, el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. “Quise darme el gusto con una de esas canciones de siempre”, dice Marina, quien se acompañó con la guitarra de Héctor Molina, conocido como cuatrista, miembro del C4 Trío y del ensamble Los Sinvergüenzas.

***

Mucho ha pasado en la vida de Marina Bravo desde aquellos días en los que cantaba Alfonsina y el mar en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. No sólo grabó tres álbumes con Pomarrosa, un proyecto musical de la Fundación Bigott que la unió a Zeneida Rodríguez. También participó en obras de teatro como Fango negro, que, en lugar de las tablas, representaba el drama en un autobús, en la calle, en un bar. Grabó su primer trabajo, De donde vengo (2010), y realizó una gira que llamó Canciones de aquí y de allá, que la llevó por ciudades como Margarita, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal.

Entre su primer álbum y Garza perdida, Bravo se enamoró, se casó y se hizo madre. Se mudó a Margarita a cristalizar proyectos, uno de ellos su vuelta a la radio, que chocaron contra la muralla de la catástrofe venezolana del siglo XXI. Murió su padre y, más tarde, su madre. Ella volvió a la capital en 2016 buscando reencontrarse con aquella misma garza que no paraba de cantar y actuar. Y con Héctor Molina comenzó desde cero a construir lo que, después de muchos cambios y de sortear obstáculos asociados al deterioro general de la vida en el país, se convirtió en esta placa celebratoria. En medio del proceso, entre otras actuaciones, ofreció un concierto en Guataca Nights Miami en septiembre de 2018, acompañada por el ensamble Los Sinvergüenzas.

De unos conciertos inspirados en música peruana que ofreció con César Gómez y Aquiles Báez, uno de ellos en el Festival Caracas en Contratiempo, Bravo escogió dos canciones y las pasó por el filtro de su nuevo concepto. Una de ellas fue Chabuca limeña, dedicada por Manuel Alejandro a la gran cantante peruana Chabuca Granda. La otra, Azúcar de caña, un landó peruano, es la pieza más movida del repertorio, que sirve de puerta al disco con dulzura y ritmo. Otro landó llamado Tú primavera fue escrito por Báez, quien además grabó una guitarra de forma magistral, como es costumbre.

Marina se pasea por varias fases del amor y el desamor. Del romance a la antigua de Usted, el bolero de Luis Laguna, pasa a la ruptura amigable de No voy a quedarme, un bambuco colombiano de Doris Zapata que llevó al estudio con el percusionista Javier Suárez y con Edwin Arellano, quien se encargó del tiple y el bajo. Y de allí, llega al despecho de Barco de papel, un doloroso vals venezolano que escribió con Alicia Dávila: Con besos y caricias hice un barco de papel/ que ahora sale a navegar por los cauces del recuerdo.

Dos canciones muy venezolanas van una detrás de la otra. Bravo escogió la Tonada en melancolía, de César Gómez, la misma que grabó Luis Enrique con C4 Trío, y la hizo con el propio Gómez (cuatro), Luis Freites (contrabajo) y un cuarteto de cuerdas. Es la canción en la que participan más músicos. Le sigue Ese corazón, otra de sus composiciones en colaboración con Alicia Dávila, en la que se acompañó únicamente por el piano de Édepson González. Es un merengue caraqueño muy delicado, del que destila el deseo cándido de volver a enamorarse. De volver a creer como lo hizo cuando decidió que era hora de volver al estudio a dejar un registro de sus sentimientos.

El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia. Por primera vez en su extensa carrera, que comenzó con unos experimentos con el maestro Gerry Weil, la extraordinaria cantante había sido nominada a los Latin Grammys, máxima fiesta de la industria musical latinoamericana. El reconocimiento llegaba gracias a Motivos, un álbum de caprichos, especialmente boleros, que incluyó ese clásico homónimo de Ítalo Pizzolante y la rosa pintada de azul.

María Rivas irrumpió en la escena musical venezolana en 1992, cuando un canto de lavanderas devenido en canción bailable era una rareza en el mainstream nacional. El manduco fue un hit que reflejó su amor por la raíz tradicional latinoamericana, pero fue apenas su manera de decir presente. Con el tiempo, se convertiría en una de las voces más sofisticadas del país, vehículo de latin jazz y, además, una de las intérpretes predilectas de la música de Aldemaro Romero.

La voz y la manera de cantar de María Rivas eran de una delicadeza inusual. Una voz de ningún lugar y, a la vez, de todos. Una voz sin raza, cargada de swing, de pasión, de jazz, de elegancia con una pizca de desparpajo. Y en ese canto, llevaba lo caribeño a los estándares de jazz y traía el swing a las piezas de música basadas en la raíz tradicional venezolana, como lo hizo en Pepiada Queen (2008), donde conviven Moliendo café y El Catire de Aldemaro con canciones como Smell Like Teen Spirit de Nirvana y Come Together de Los Beatles. Era una cantante sin límites, desprejuiciada y original.

Estuvo mucho tiempo fuera de Venezuela. Vivió una época en Japón. También, entre España y Florida. Pero nunca dejó de cantarle a su tierra. Grabó una decena de álbumes y casi todos incluyen joyas venezolanas que se cuelan entre estándares de Cole Porter, música estadounidense de los años 40 o 50, o clásicos latinoamericanos como Alfonsina y el mar o Bésame mucho. Uno de sus trabajos más sorprendentes fue incluido en el disco Clásicos venezolanos (1999), grabado con el maestro Eduardo Marturet y la Orquesta Sinfónica de Lara.

Su calidad la llevó a actuar en escenarios como el prestigioso Festival de Montreaux. La plataforma Guataca Nights tuvo la fortuna de presentarla en directo durante 2018. En Houston actuó con el pianista merideño Leo Blanco. También lo hizo en Orlando. La presencia de María Rivas representaba una garantía para una velada deliciosa.

A la cantante le gustaba pintar. No se conformó con el color de su voz. Le gustaba tanto, que se sumergió de lleno en el arte plástico y presentó series de pinturas como una que llamó American Jazz Greats, en la que representó en lienzo a grandes jazzistas como Chet Baker, Miles Davis y Nina Simone. Curiosamente, su primer roce con los Latin Grammy y la Academia Latina de la Grabación que los organiza, se había producido en 2013, pero como pintora. A María Rivas le fue comisionado el arte oficial de los premios.

Cuentan que escribió y pintó hasta sus últimas horas, a pesar del cáncer y del deterioro vertiginoso de su salud. Rodeada por sus seres queridos, murió el jueves 19 de septiembre de 2019 en la ciudad de Miami, a los 59 años de edad, una gran artista caraqueña que dejó pinturas y canciones como huellas inmejorables de su existencia.

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Publicado originalmente el 14 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

No hay manera de medir el legado de Aldemaro Romero. Muy difícil determinar cuánto de él vive en la música venezolana o cuánto avanzó ella gracias a su trabajo. No existe un algoritmo para calcular cómo son de largas las ramas del árbol de su influencia, que aún sigue creciendo y dando retoños porque la obra del maestro no es nada más su obra; es también una invitación a crear.

Basta con pronunciar su nombre de pila, Aldemaro, para invocar montones de piezas sofisticadas, melodiosas, rítmicamente atrevidas y, de paso, venezolanas. Escribió muchas canciones y, sólo por ellas, permanece y merece permanecer en un rincón especial de nuestra memoria. Pero él fue más allá. Tuvo, en el contexto venezolano, la osadía de Gershwin: construyó un lugar ambivalente que emociona a los seguidores de la música popular y al público general pero que, al mismo tiempo, encuentran muy placentero los músicos estrictos con la vista en los papeles del atril.

Hoy, orquestas sinfónicas venezolanas como la Simón Bolívar, cuando quieren subrayar su origen, recurren a partituras seleccionadas con pinza. A veces, tocan el poema sinfónico Margariteña de Inocente Carreño. En ocasiones, se decantan por un arreglo de José Terencio Silva que hila varios fragmentos de venezolanidad coronados por el Alma llanera de Pedro Elías Gutiérrez. Y entre esos bises predilectos reluce la Fuga con pajarillo que escribió ese valenciano autodidacta que murió a los 79 años de edad el 15 de septiembre de 2007.

Los logros de Aldemaro están todos precedidos por un empecinamiento. Una inconformidad. Una porfía. Un ¿por qué no? ¿Por qué no puedo reunir piezas emblemáticas de mi país en un álbum exótico de salón? ¿Por qué no estilizar lo autóctono y presentarle al mundo, barnizadas, Sombra en los médanos, Barlovento o Dama Antañona? ¿Por qué no darle a la música de Venezuela la oportunidad de probar su valía, incluso desde el punto de vista comercial? ¿Por qué no, carajo?, diría el músico, al que, dicen, la desafinación lo sacaba de sus casillas.

La misma persistencia llevó al veinteañero Aldemaro Romero a Nueva York en 1952, invitado por Alfredo Sadel como director musical. Allá convenció a los directivos de la RCA Victor de cristalizar una propuesta que al final llevó por nombre Dinner in Caracas (1955), disco editado precisamente durante el año de la masificación del rock and roll. Con sus arreglos, Aldemaro sedujo a un público nuevo como el hombre trajeado que le ofrece fuego a la chica sexy que está por fumarse un cigarrilo con boquilla en la carátula de su LP. Se calcula que se vendieron más de un millón de ejemplares, una cifra exorbitante para un artista venezolano en cualquier época. Fue un triunfo comercial de lo que el cronista Federico Pacanins define como el primer esfuerzo discográfico de internacionalización de la música venezolana.

Hasta ahí, una biografía diría bastante. Por eso la creación de la onda nueva, junto al baterista “El Pavo” Frank Hernández, parece un dato de la vida de otro. Pero el responsable es el mismo Aldemaro, de quien, cuentan, era de los creadores que se sientan frente al piano a diario y desde la madrugada. Si la musa viene, chévere; y si no, resuelvo.

Con Aldemaro, no sólo tienen mucho que ver sus intérpretes más prominentes, comenzando por María Teresa Chacín, pasando por María Rivas, e incluso por Ilan Chester, responsable de un álbum, basado en el sonido ‘aldemarístico’, muy celebrado por el maestro. Sí, todos ellos tienen mucho que ver con él, pero el árbol crece aún más cuando consideramos a los artistas que componen a partir de su concepto.

Es difícil conseguir un ensamble o intérprete venezolano activo en este siglo que no haya recibido, en mayor o menor medida, su influjo. Basta con revisar las listas de canciones para encontrar piezas de Romero, o piezas inéditas y originales que llevan la etiqueta de ‘onda nueva’, goteadas por todo el catálogo musical reciente. El eclecticismo es extraordinario: Aldemaro cautiva a violinistas de orquesta, guitarristas heavy metal, estrellas de bandas de funk, grupos de ska, cuatristas, cantantes líricos o artistas pop, amantes de lo folclórico o devotos de lo académico.

Los ejemplos son tantos que no cabrían en esta publicación. El bajista Gonzalo Teppa le dedicó un álbum entero. La pianista y cantante Selene Quiroga, también. ¿Qué hizo Jorge Spiteri, otro pionero de la fusión, cuando lo invitaron a un Festival Nuevas Bandas? Armó un medley malandro de onda nueva. A los productores del Festival Caracas en Contratiempo no le costó conseguir artistas que quisieran participar en su homenaje. El C4 Trío, el ensamble de cuatristas más aclamado del presente, lo versionó desde su primer álbum. El guitarrista y quien fuera uno de los principales artífices de Los Amigos Invisibles, José Luis “Cheo” Pardo, también conocido como DJ Afro, creó Los Crema Paraíso, un proyecto de música venezolana psicodélica, inspirado en él. El cuatrista guayanés Miguel Siso ganó un Latin Grammy histórico con Identidad, álbum que contiene una onda nueva de su autoría llamada Sin contratiempos. El V-Note, una agrupación que hace vida en California, liderada por una venezolana pero integrada por tres instrumentistas estadounidenses, también toca onda nueva.

Los arreglos del maestro son posibilidades. Son negras, blancas, corcheas y semifusas esperando convertirse en algo más. Su obra es un monumento sobre el que flota una idea: buscar siempre la vitalidad de la música, que cuando es buena, envejece bien, como la que él compuso. Es verdad que la onda nueva de Aldemaro ya no es nueva… pero pasan los años y aún sigue siendo joven.

 

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 29 de agosto de 2019. Enlace aquí 

El V-Note Ensemble es el retoño de una pasión. La pasión que acompaña cada arpegio de Jackie Rago, una multiinstrumentista caraqueña que comenzó a los 4 años de edad una carrera sin descanso por los entresijos de la tradición sonora de su país y que, al marcharse de Venezuela, mucho antes de que la palabra ‘diáspora’ se instalara en nuestra jerga, se llevó esos ritmos en una maleta porque no se concebía sin ellos.

Rago, ejecutante del cuatro, la bandola y la mandolina y percusionista formada por maestros como Alexander Livinalli, no encontraba, en el rincón de California en el que se estableció, compatriotas para contar tres y comenzar un joropo, un merengue caraqueño o una onda nueva. De modo que contagió a sus colegas estadounidenses y logró el milagro: ellos también se enamoraron.

Primero, la semillita criolla germinó en la costa oeste de Estados Unidos y dio origen a The Snake Trío, una agrupación que, después de dos álbumes, se desarrolló como una crisálida que se convierte en mariposa y devino en el V-Note Ensemble para insistir en el mismo experimento: pasar la materia prima del folclor venezolano por un barniz de jazz y música contemporánea.

Conexión (2019), tercer trabajo del ensamble —aunque bien podrían sumarse a la lista los otros dos del Snake Trío— refleja un acercamiento hacia la música venezolana que no es superficial. No es el capricho de un curioso que prueba la temperatura del agua en la playa sumergiendo los dedos de los pies. Es más bien una inmersión, un chapuzón, un clavado a cuerpo entero que no se conforma con el repaso de estándares sino que propone ideas nuevas.

La agrupación se alimenta de composiciones inéditas que aportan, en su mayoría, Rago y la estadounidense Donna Viscuso, flautista, saxofonista y principal aliada de la caraqueña en esta misión que ya lleva más de 16 años en marcha. En la formación están también Daniel Feiszli, un bajista que ha tocado con gente como Raoul Midon, Julio Iglesias y Raúl Di Blasio, responsable de una base particularmente elegante; y Michaelle Goertlitz, una percusionista que, a pesar de que respeta los patrones formales, reviste el sonido de cierto cosmopolitismo.

Viscuso es autora de Pensivity, un merengue caraqueño lento pero merengue al fin, creado en compases de 5 por 8; esa estructura estrictamente venezolana con un frenadito pícaro que suele poner a solfear a músicos extranjeros. También aportó un chacha llamado Chasing Spring, que pone de relieve sus colores caribeños. Rago, desde las cuerdas de su cuatro, es la encargada de espolvorearle la esencia de venezolanidad.

TapaVNote

 

En sus dos trabajos anteriores, Rago había compuesto sendas suites: una de merengue para The V-Note Ensemble (2009) y otra llamada jazz-nera para Urbano (2014), con arreglos de ella junto con Viscuso y Sam Bevan, ex bajista del grupo. Esta vez, la suite se concentró en la costa afrovenezolana y ató un golpe tradicional originario de Todasana, estado Vargas, titulado Mono mono (en el que participó como invitado el percusionista Yonathan Gavidia), con un canto de sirena de Llamado a San Juan (en la voz de Rago) y un sangueo que llamó Venezuela Venezuela. Allí resalta y emociona, como es costumbre, la voz de Betsayda Machado.

Venezuela Venezuela la compuse como protesta —cuenta Jackie Rago—. Pero decidí ser más positiva que otra cosa. Es una canción nostálgica que me recuerda su playa, su brisa, su gente, su belleza natural. Me recuerda su música, con cumacos y maracas. Tocamos ese ritmo de la costa, que es tan sabroso, pero tratando de llamar la atención por lo que está pasando ahora”.

Los dos temas conocidos de Conexión, que vistieron el traje dual de elegancia y exotismo del V-Note Ensemble, son And I Love Her, de Lennon y McCartney, que se va pasando el switch —sin que se sienta una fractura— del vals al joropo y después a la onda nueva; y Blue in Green, de Miles Davis, cuya adaptación al merengue venezolano fue idea del bajista, Dan Feiszli.

Red Gladiolas es una de las joyas más brillantes del disco. Es una pieza de Rago inspirada en la música de Aldemaro Romero, tocada con bandola a dedo limpio —sin púa, como suele tocarse—, que pareciera idónea para comprender el concepto del ensamble. Su autora dice que siempre tiene gladiolas en casa porque “traen color, alegría y son vibrantes”. Lo mismo podría decirse de su canción.

Foa Aissim guarda una historia agridulce de fondo. Es una obra que sufrió una metamorfosis. La composición original de Erika Luckett, gran amiga de la agrupación, fue escrita como choro brasileño, pero ellos decidieron adaptarla nota por nota a los rigores de un merengue venezolano. Luckett se había mudado a Ohio para un tratamiento contra el cáncer y, sin planificarlo, llegó de visita a California precisamente el día en el que el V-Note grabó su creación. Meses después murió, y allí quedó esa simpática tercera pista del disco, perpetua, en su honor.

Calip-Swing responde exactamente a lo que su título sugiere: combina el desparpajo del calipso con la prestancia del swing. Es una colaboración de Rago y Viscuso que terminó en la voz de la invitada Anna María Violich, una cantante que, por su origen guayanés, a ellos les pareció perfecta para interpretar esas líneas carnavalescas que cierran el álbum con los ánimos arriba.

“Yo seré una estudiante de la música venezolana hasta que me muera”, confiesa Jackie Rago, motor de un ensamble que encara lo criollo como si fuera una sonata de Brahms. Una amiga suya definió la música del V-Note Ensemble como pop chamber music, y a ella le gustó tanto la etiqueta, que promete usarla en el futuro: Música popular de cámara.

Esa sutileza, ese equilibrio entre la rigurosidad académica y el desparpajo de lo autóctono, fue lo que convenció a un productor llamado Phil Lewis, que un día los vio tocar y les ofreció grabar el álbum al que dedicamos estos párrafos. Es un representante de The Maginus Project, una organización sin fines de lucro que apoya grabaciones de altísima calidad que suponen un aporte cultural significativo a Estados Unidos. Así fue como Rago, Viscuso, Goertlitz, Feiszli y sus colaboradores llegaron a los estudios Fantasy Records de California a registrar otro ejemplar de su particular lectura de la música de Venezuela.

 

 

 

Guataca: hilo conductor de la venezolanidad

Guataca: hilo conductor  de la venezolanidad

Publicada originalmente en la revista Clímax el 8 de julio de 2019. Enlace aquí

En vísperas de un festival en homenaje a Sadel, el empresario Ernesto Rangel, principal artífice de la plataforma cultural Guataca, celebra los logros de una iniciativa que en 12 años ha generado una veintena de álbumes, incluido uno ganador de Latin Grammy, y que en la actualidad exhibe música venezolana en directo constantemente en más de 10 ciudades dentro y fuera del país 

 ***

No sabía qué hacer Ernesto Rangel la tarde del 15 de noviembre en el Mandalay Bay Center de Las Vegas cuando el músico uruguayo José Serebrier abrió el sobre y dijo que el ganador del Latin Grammy 2018 al Mejor Álbum Instrumental era Miguel Siso con Identidad, primera obra con sello de Guataca en obtener un premio en esa glamorosa fiesta de la música comercial latinoamericana. Vestido de traje y pajarita, no sabía si correr, seguir a Siso, llamar a alguien con su celular o abrazar a todos en su mesa. Casi saltaba de la alegría mientras el cuatrista tomaba su gramófono dorado y ofrecía un discurso de agradecimiento que remarcaba el progreso de la música venezolana del siglo XXI.

Es una de las mieles que ha saboreado, como mecenas y gestor cultural, en un recorrido intenso de unos 12 años, cuyo punto de partida estaría marcado por el álbum debut de C4 Trío. El primer espaldarazo que recibió de él el ensamble de Jorge Glem, Edward Ramírez y Héctor Molina, todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, fue también el primer paso firme de una plataforma cultural que comenzó a cobrar forma, adaptándose a imagen y semejanza de un movimiento extraordinario de músicos que ya conjugaban la rigurosidad de la academia y la libertad del jazz con un amor profundo por los géneros de raíz tradicional.

“Lo que vivimos en Las Vegas con Miguel fue como una certificación de que vamos por buen camino”, dice Rangel, quien también recuerda con alegría un concierto de Jorge Drexler en el Aula Magna de la UCV en 2009, en el que C4 estuvo de telonero: “Fue muy grande la emoción que sentí a ver a los muchachos, frente a una sala llena que no sabía de ellos, tocar así y ser aplaudidos de pie. A mí me dijeron que, por la bulla que se generó cuando estaban en el ‘Zumba que zumba’, Drexler les preguntó a los productores qué estaba pasando ahí afuera. Los momentos que me dan más felicidad son esos en los que veo que la gente reconoce que tenemos un talento musical especial.”

Actualmente la plataforma sin fines de lucro, que Rangel dirige junto con el músico Aquiles Báez, exhibe ese talento en Miami, Nueva York, Houston, Orlando e, incluso, ha coqueteado con Phoenix, Dallas y Minneapolis, tres plazas estadounidenses que todavía no pertenecen al circuito guataquero habitual. Lo mismo ocurre con Buenos Aires, donde está pendiente su consolidación. Panamá ha sido uno de los escenarios más constantes. En España tiene sedes en Madrid y Barcelona. Desde diciembre, Ciudad de México comenzó a funcionar. En casa, Guataca está activa en Caracas y Lechería.

“Nuestros objetivos siguen siendo dos: dar a conocer la música venezolana en el mundo y que los venezolanos nos integremos con otras culturas a través de la música”. Y aclara Rangel: “Nunca hemos querido que sea una iniciativa de venezolanos para venezolanos. Una bonita experiencia la hemos tenido en Panamá, por ejemplo, donde presentamos una noche con talento panameño, otra con música venezolana y en cada una se invita a un músico cruzado, es decir un panameño tocando con venezolanos y viceversa”.

Gracias a las semillas que ha depositado en suelo foráneo, Guataca ha trascendido el aspecto musical y suele convertirse en un punto de conexión de venezolanos que están lejos de su tierra, que viajan a ella a través del joropo, el merengue caraqueño y la onda nueva: “Nosotros representamos, no sólo la vitrina para dar a conocer la música venezolana a gente de otros lugares, sino un despertar para los venezolanos mismos que no conocen su música. Esta tragedia que nos está pasando como país nos ha hecho reencontrarnos con nuestra cultura, con la venezolanidad. Que no nos sintamos apenados por ser venezolanos. Se trata más bien de decir, con orgullo, ‘esta es nuestra música, esta es nuestra cultura’”.

El lado positivo

Formado en la Universidad Metropolitana y la Columbia University, Ernesto Rangel invierte cualquier huequito en la agenda que le deja el mundo financiero y corporativo para dedicarlo a la promoción cultural. Es un camino que se inició a partir de su amistad con Aquiles Báez, guitarrista, productor, uno de los músicos más prolíficos del país y un amante empedernido de lo autóctono.

El primer proyecto que concretaron juntos fue un álbum de Báez con el tenor Aquiles Machado en el que recorrieron algunas de las joyas del cancionero nacional en un CD/DVD que se llamó La canción de Venezuela (2005). Luego empezaron a apoyar nuevos talentos, grabar sus álbumes y servirles de catapulta. Al poco tiempo, Guataca comenzó a tener oficina y un pequeño equipo que, desde dos flancos, como sello disquero y productora de conciertos, comenzó a fijar su logotipo en el radar de los melómanos.

Antes de todo esto, en 2001, Rangel se había topado con la película Alfredo Sadel: Aquel cantor. Le impresionó a tal punto que organizó con otros compatriotas la presentación en Nueva York de la cinta, dirigida por Alfredo Sánchez Jr., hijo del ídolo. Asegura que el simple hecho de ver el documental le despertó la necesidad de difundir la cultura venezolana, en especial la música.

“Sadel es un personaje que, viviendo fuera, no sólo no olvida su país sino que siente que no puede vivir sin él —analiza—. Él busca hacer más grande a Venezuela desde su canto. Viaja a dar recitales, pero no deja de volver a casa, porque experimenta un arraigo muy fuerte, y además, ayuda a los exiliados que están luchando contra la dictadura de Pérez Jiménez. Es una fuente de inspiración para lo que hacemos hoy en Guataca”.

Por eso, a 30 años de la muerte del cantante, que se cumple este 28 de junio, han producido un festival titulado La Venezuela de Sadel, con charlas, cine-foros y un concierto que protagonizará el tenor barquisimetano Aquiles Machado, voz lírica venezolana con mayor proyección internacional de la historia.

Eventos similares se han organizado en el pasado en el marco del festival Caracas en Contratiempo, que ha celebrado la obra de baluartes como Simón Díaz, María Rodríguez, Aldemaro Romero y Gualberto Ibarreto, buscando aproximar esas personalidades a las nuevas generaciones: “No podemos avanzar si no sabemos quiénes son nuestras referencias. Tenemos un pasado glorioso en cantantes como Sadel, pero no podemos llegar más lejos si no lo conocemos”.

Aunque celebra la obra de artistas consagrados e ídolos de otras épocas, la meta principal de Guataca es cultivar para el futuro. Por ejemplo, Rangel ha generado en Nueva York encuentros de músicos venezolanos con artistas del Jazz Lincoln Center. Uno de los resultados de esas experiencias ha sido la dupla del cuatrista cumanés Jorge Glem y el acordeonista neoyorquino Sam Reider, que ya han realizado conciertos juntos y este año piensan grabar un álbum. La diáspora revela un aspecto positivo: la música venezolana nunca había estado tan presente en el extranjero.

“No hay ningún aprendizaje sin sufrimiento. Nadie crece sin esfuerzo —sentencia Rangel—. Eso está pasando con los músicos. Están en una situación vulnerable, muy compleja. El exilio es algo muy difícil. Están aquí haciendo oficios muchas veces ni artísticos, pero creo hay un crecimiento, una superación personal, una reinvención. Creo que, de lo malo, de este exilio forzado, va a quedar algo muy bueno”.

Viajar a bordo de Séverine Parent

Viajar a bordo de Séverine Parent

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 19 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Séverine Parent recogió souvenirspor el camino durante años. Sus experiencias, sensaciones y nuevas amistades, y también los sonidos, imágenes y estructuras musicales que absorbió, se mezclaron hasta cobrar forma de canción una vez que se sentó frente a su piano con papel y lápiz. La artista francesa abrió al público ese álbum personal de postales sonoras de su vida y lo llamó Voyageuse. Viajera, si lo traducimos al castellano.

Sobre el álbum flota una invitación a romper u obviar fronteras, a dejarse cautivar por lo diferente y a entender que no importa tanto el origen sino el destino. Séverine canta en tres idiomas, se mueve entre el jazz y un pop inquieto que roza el world music, y va de lo estrictamente acústico a lo artificioso, casi siempre como vehículo de reflexiones íntimas.

Voyageusecomenzó a gestarse hace unos tres años. La artista nacida en Avignon, al sur de Francia, pasó una página grande de su vida. Dejó de ser la principal coach vocal del Cirque du Soleil, se mudó de Montreal, y comenzó a recorrer Latinoamérica —incluidas varias visitas a Venezuela— para dictar talleres de canto, compartir con colegas e incluso grabar.

Cada pista es radicalmente distinta. Por ejemplo, Amies, que habla de una amistad irrompible que lleva unos 30 años y que funciona como puerta de entrada ideal, es un singleen toda regla. Un pop con mucho sentimiento; con una instrumentación imponente combinada con la atracción seductora que suele venir en combo con el acento. A esa le sigue Lune, que describe una atmósfera distinta, solitaria y contemplativa; una balada jazz con contrabajo y batería tocada con escobillas. Y más adelante aparece Oubli, una composición cicatrizante a puro piano y voz.

Petit être—pequeño ser, en castellano— nos invita a un lugar muy íntimo y familiar. Es una canción de cuna escrita para un adulto, porque está dedicada a su hijo, que ahora tiene 23 años pero, ante sus ojos, no deja de ser la pequeña criatura que ella acunó. De un piano minimalista avanza hacia una pieza robusta con batería, bajo y un arreglo de cuerdas en el que ayudó un músico venezolano que también grabó teclados y se encargó de la mezcla y el mástering. Hablamos de Francisco “Coco” Díaz, quien ha trabajado, entre otros artistas y bandas, con Desorden Público.

***

Séverine comenzó a estudiar piano a los cuatro años de edad y, desde entonces, nunca paró. Siguió con el clarinete, la música clásica y el jazz, hasta hacerse adulta. Participó en coros infantiles, donde podía cantar obras de los Beatles, y también en coros de ópera o de cámara, que le despertaron una fascinación por las armonías vocales que aún persiste. Prueba de ello es Viajera, la canción que cierra el telón con puras voces, procurando expresar emociones puras sin palabras de por medio.

“Camino mucho siempre, y voy viendo los paisajes, los monumentos, la riqueza y la pobreza, las expresiones en los rostros de la gente… Me gusta imaginar las historias detrás de cada uno —cuenta la artista—. La melodía de Viajeranació así. Mientras caminaba, la grabé en mi teléfono. Luego le agregué otra voz. Soy yo caminando por el mundo, cruzando una ciudad, un pueblo”.

En su hablar, Séverine cuela vocablos de una jerga que se ha apropiado: “He conocido músicos arrechísimos”. Lo dice a propósito de “Coco” Díaz y del multiinstrumentista Léster Paredes, otro venezolano, que desde 2018 es parte del Cirque du Soleil. También, del bajista Pablo González Sarra, un mexicano integrante de la banda Los Claxons, de Monterrey. Pero, sobre todo, se refiere a Yilmer Vivas, baterista venezolano, fundador de la Simón Bolívar Big Band Jazzy ahora miembro del elenco de Luzia, espectáculo itinerante del prestigioso circo canadiense.

Vivas, un músico con el que Séverine Parent creó la fundación SoñArtes para acercar el arte y la cultura a niños en situación de riesgo en Venezuela, fue quien la impulsó a llevar adelante el proyecto discográfico y se convirtió en el aliado perfecto —un versátil productor— para concretarlo. Sobre su amistad y su colaboración artística, agrega: “Nos une el gusto por la música sin etiqueta, las ganas de hacer lo que se nos ocurra sin tener un cuadro cerrado. Yilmer es una bomba de creatividad en el estudio”.

Yilmer es también autor de la música de Let’s, la única cantada en inglés. La letra es autoría de Séverine, quien la escribió dejándose llevar por el moodque él le sirvió. Esa le abre camino a las dos canciones más experimentales del álbum, que van juntas. En Solitude, entre armonías vocales, una guitarra a contracorriente, una batería potente y unas cuerdas, se revela un son cubano y un fragmento de hip hop. World music, se le podría decir generalizando. Sobre la temática, comenta: “Me encanta estar sola, pero a veces me desespera la soledad (risas). Quería traducir esa ambigüedad, y Yilmer, con el arreglo, logró hacer exactamente lo que pasaba en mi cabeza”.

El otro atrevimiento se llama Né quelque part, una pieza original del cantautor francés Maxime Le Forestier, que fue parte de su álbum exitosísimo del mismo nombre editado en 1988, con más de 600.000 ejemplares vendidos. Séverine escogió este hit, que la ha acompañado desde su adolescencia, para subrayar su mensaje de apertura. “El lugar en que nacemos es una casualidad. No define lo que tenemos que hacer y cómo comportarnos con los demás”, explica. Su versión es un collage rítmico que invita a sacudirse los prejuicios de la mente comenzando por el cuerpo.

Un cuatro venezolano, que grabó el propio Yilmer Vivas, sorprende cuando suena Alas de cristal, obra de Jorge Daher, cantautor venezolano establecido en México. Séverine no quería culminar el álbum, que grabó en Monterrey durante una semana intensa de 12 horas por día, sin solidarizarse con el país herido de muchos de sus colegas: “Él (Jorge Daher) me regaló esa canción que habla de la situación que atraviesa Venezuela actualmente, que me toca de cerca por tener tantos amigos, tantas amistades y tantos cariños ahí”.

 

Aquiles Machado: Sadel es un monumento en nuestra memoria

Aquiles Machado:  Sadel es un monumento  en nuestra memoria

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 16 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Aquiles Machado visitó su tierra expresamente para rendirle homenaje a uno de sus ídolos a 30 años de su muerte. Quienes asistieron el viernes 5 de julio, en fecha patria, a celebrar la vida y obra de Alfredo Sadel a través de su voz, experimentaron emociones muy complejas. El recital se enmarca en un festival con varias capas de significación. Una cita que celebra el talento y la gracia, pero que, de igual forma, realza la venezolanidad en tiempos de oscuridad.

Frente a una repleta sala de conciertos del BOD de La Castellana, Machado recorrió joyas como “Aquellos ojos verdes”, “Escríbeme”, “Desesperanza” y “Vereda tropical”, cantó con Soledad Bravo y hasta invitó al escenario a Alfredo Sánchez, presentador de la noche e hijo del personaje homenajeado. Además, ofreció un discurso que sirve como declaración de principios. He aquí un fragmento:

“Alfredo Sadel jamás se negó a enfrentarse a una dificultad. Cuando estaba en la cúspide de su carrera como cantante popular, decidió abordar y estudiar nuevas cosas. Entrenarse en una cosa que él pensaba que también tenía que hacer, y lo hizo hasta el final y hasta las últimas consecuencias. Eso es algo que nos enseña y que nos habla mucho del tipo de persona que era Alfredo Sadel y que además nos hace entender porqué nosotros hoy tenemos que estar rindiéndole un homenaje. Son ese tipo de personas las que nos enseñan qué tipo de venezolanos tenemos que ser”.

 Machado (Barquisimeto, 1973) acababa de culminar una temporada de Carmenen el Teatro Bolshoi de Moscú, un hito que se suma a su historia de éxitos en el universo operístico, donde ha interpretado papeles protagónicos en el Teatro Real de Madrid y el de la Zarzuela, la Ópera de Roma y las de Washington, Los Ángeles y Zurich; el Teatro San Carlo de Nápoles y el Gran Teatre de Liceu de Barcelona. Y también, en la Deutsche Oper de Berlín, el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro alla Scala de Milán.

Venezuela está siempre en el pensamiento del cantante. En un baúl muy preciado, guarda su romance con la música de su país, que ha dado como fruto dos volúmenes antológicos de La canción de Venezuela, producciones de Guataca concebidas por Aquiles Báez, que le permitieron recorrer algunas de las creaciones más logradas del cancionero venezolano. En el futuro, quiere involucrarse en la dirección escénica y orquestal, pero también sueña con unificar los teatros de Venezuela y rescatar el Teresa Carreño.

—¿Cómo se pasa el switch de lo lírico a lo popular?

—La diferencia entre una cosa y otra está en cómo es el nivel de comunicación. Cuando canto ópera, funciona un entramado que tiene que ver con una historia, un libreto, y allí evidentemente hay un condicionante que es el estilo. Cuando pasas a la música popular también es importantísimo respetar el estilo, pero la palabra pasa a ser dominante. Y generalmente se hace en un formato más íntimo, más cercano al público. El artista se comunica directamente. A mí manera de verlo, creo que nosotros subestimamos nuestra música popular, que es nuestro Schubert, nuestro Brahms, nuestra música camerística-académica. Tenemos esas formas que son equivalentes a muchas otras de música camerística centro-europea. Lo que hago es tratar de entender cuál es la sonoridad de lo que voy a interpretar. Ahí está lo interesante. No se trata de que uno haga menos técnicamente, sino que la aplicación técnica es distinta. La palabra, el fraseo, los sonidos, responden a un tipo de sensibilidad diferente. Al igual que nosotros nos acercamos a la música alemana cuando hacemos música de cámara, procurando entender esa sensibilidad, acá uno intenta lo mismo. La diferencia está en que la sensibilidad inherente a la música venezolana uno la lleva innata.

—¿Cuál es el primer recuerdo de Sadel que registras desde tu infancia?

—Cuando era niño, escuchaba cantar a mi familia, los amigos de mi papá y mi mamá. En las fiestas siempre había alguien con una guitarra, o alguien que se animaba a cantar a capella, y eso me encantaba. Con el tiempo, como a los 9 años, descubrí que estaban interpretando a un señor muy famoso que se llamaba Alfredo Sadel. Los de Sadel estaba entre una colección enorme de discos que mi papá compró, junto con los de Felipe Pirela, Danny Rivera y de un montón de gente que cantaba boleros y también música folclórica. A mí me produjo mucha curiosidad algo que descubrí. Empecé a entender que Sadel había marcado el oído de la gente: la gente no cantaba las canciones, sino las versiones de Sadel. Me produjo mucha impresión aquello de que la gente quería cantar como él. Él marcó el oído de una generación de venezolanos. En aquella época la sonoridad, sobre todo la del bolero, era única y exclusivamente la sonoridad de Sadel. Aprendimos a cantar con ese fraseo. Oírlo de otra forma me sonaba extraño, y hay cosas que todavía me siguen sonando extraño, a pesar de que son de gente famosísima que canta muy bien. Hoy, cuando voy a estudiármelas, inmediatamente lo que hago es buscar esas versiones de los viejos cantantes, y entre ellos uno de esos pilares es Sadel. Las reviso bien porque ahí está un conocimiento colectivo del que uno no se puede aislar.

—Y más adelante, cuando te encaminaste a ser cantante, ¿qué representaba para ti?

—Cuando quise ser cantante lírico, ya Sadel era cantante lírico. Yo lo conocí primero, viéndolo en televisión, como cantante lírico. Fue una de las voces que me impresionó. Recuerdo bien un disco de él y otro de Alfredo Kraus que teníamos en casa. Luego aparecieron otros cantantes, pero esas dos grabaciones me impresionaron mucho.  También me impresionó una cosa en especial: saber que Alfredo Sadel cantaba ópera, pero la ópera que cantaba eran las canciones que cantaban en mi casa. Eso fue algo que a mí me impactó, porque la voz era una voz lírica. Eso era algo muy de avanzada. Hoy en día convivimos con eso con naturalidad, pero en aquella época era un reto; esos artistas que utilizaban el canto para otro tipo de música. Ya vemos con normalidad, por ejemplo, que Tomatito toque el Concierto de Aranjuez, pero eso no era común antes. Había muchos prejuicios que separan la música académica de la popular.

—Para un cantante lírico, que además lleva tiempo viviendo fuera de su país, ¿qué representa la música venezolana en su cotidianidad?

—La música venezolana es una conexión que tengo con mis raíces. Intento, en la medida de lo posible, estar ligado a ella. Obviamente, yo trabajo con música de muchos otros países, pero eso lo único que hace es reafirmarme en lo que soy. Cuando abordo música de otras latitudes siempre descubro que en ella están gérmenes, semillas, células de mi propia música. Me hace sentir que nosotros formamos parte de toda esa cosmogonía universal de la música y que tenemos mucho de todo lo que ocurre allí, sobre todo en Europa. Además de eso, estamos mezclados con nuestra africanidad y nuestra herencia indígena, y eso nos hace inmensamente ricos culturalmente. Soy un defensor de esa herencia y creo que deberíamos sentirnos muy orgullo de la música venezolana. En casa siempre estoy tocando cuatro para las niñas, cantando cancioncitas, y cuando viajo, en mi tiempo libre, siempre estoy pensando en cómo nuestra complejidad musical viene de cosas que quizá en la música centro-europea eran gérmenes sencillos que se fueron complicando hasta transformarse en lo que hoy conocemos como nuestro folclore y nuestra música popular. Vivimos un momento muy importante en el que es fundamental estar cerca de nuestras raíces porque son ellas las que nos van a salvar, y creo que fortaleciéndolas en nuestra actividad y en lo que hacemos, podremos partir con buen pie en la construcción de esa Venezuela que soñamos.

—De este viaje a Venezuela, habiendo cantado en el festival La Venezuela de Sadel, ¿qué te llevas?

—Hacerle el homenaje a Sadel ha sido muy emocionante y, obviamente, una gran responsabilidad. Es una figura icónica. Es un enorme venezolano. Un monumento en nuestra memoria. Me queda la emoción de haberlo hecho y de ver que la gente lo recordó y lo disfrutó a través de lo que nosotros hicimos musicalmente. Creo que es muy importante hacer este tipo de homenajes. Nosotros tenemos que recordar lo que hacían los venezolanos insignes en su tiempo y pensar lo que debemos hacer nosotros en el nuestro. Sadel fue una persona comprometida con todo lo que era la Venezuela mejor. Fue una persona comprometida consigo misma para ser mejor: mejor músico, mejor cantante, mejor persona. Creo que es una premisa que nosotros debemos tener como personas y como ciudadanos, que es algo muy importante porque ser mejores artistas o mejores personas tiene que ver con el aspecto individual, pero ser mejor ciudadano es parte de una conciencia colectiva. Si nosotros no entendemos, respetamos y compartimos el espacio de nuestros semejantes, no nos vamos a desarrollarnos nunca como sociedad, como país, como nación. Eso es fundamente y muy necesario en este momento que vivimos, donde la corrupción y la intencionada destrucción de nuestros principios morales, nos ha llevado a convertirnos en unos sobrevivientes.

—¿Cuáles son tus retos en el futuro como cantante y qué planes tienes a largo plazo?

—El reto es continuar con mi carrera y llegar a los 60. En esta década que ahora enfrento, tengo que plantearme lo que voy a hacer luego. Tengo muchos planes, muchas ideas: trabajar en dirección escénica y en dirección orquestal, iniciar proyectos educativos más formales e intensos y crear un proyecto de terapia musical. Otra de las cosas que quisiera es recuperar el vínculo con las instituciones culturales en Venezuela. Sé que ahora es difícil y que vamos a estar durante unos años (esperemos que no tantos) en una situación caótica y desfavorable, en vista de que soy abiertamente opositor al régimen que vivimos. Quisiera apoyar en la unificación de teatros del país para lograr una programación conjunta que active la vida cultural de esas ciudades. Quisiera formar parte del equipo que se encargue de rescatar el Teresa Carreño y que lo vuelva a ubicar entre los teatros más importantes del mundo.