Rafa Pino y su catálogo de canciones cicatrizantes

Rafa Pino y su catálogo de canciones cicatrizantes

Publicado originalmente el 24 de junio de 2020 en Guatacanights.com/

FOTO PRINCIPAL: Maciel Goelzer

 

Rafa Pino recurrió a la canción para hablarse a sí mismo. Su terapia requirió una cuidadosa selección de yerbas de raíz tradicional venezolana y la actitud de un joven citadino con los oídos bien abiertos al jazz, al rock, a todo lo que el mundo tiene para ofrecer. Los mensajes más íntimos, los que quizá no podría expresar de otra manera, los convirtió en letra y música. Ahora todos podemos escucharlos en su flamante álbum debut, con sello de Guataca, titulado Catálogo de materias pendientes Vol. 1.

«Todo el mundo hace su terapia. Hay gente que reza, otros van al psicólogo. Yo escribo canciones». Rafa perdió a su madre por un cáncer en 2003, cuando él tenía 17 años. Para Sandra, la primera pieza del álbum, es un tierno adiós que necesitaba ofrendarle. La décima, Árbol y plenilunio, es un homenaje a su abuela, otra mujer importante en su vida que se fue. Entre ambas, suenan más piezas catárticas, curativas, reflexivas, despechadas y enamoradas. Es un paseo emocional que tiene poco de tristeza y mucho de gracia, color y gratitud.

Seis largos años pasaron desde que comenzó el proceso creativo en los que Pino crecía como compositor, productor y artista. En ese lapso creó, junto al cuatrista Edward Ramírez (C4 Trío), un proyecto de adaptación del joropo central al cuatro, a la ciudad, al siglo XXI. Pocos lo sospecharon, pero de El Tuyero Ilustrado, de esa propuesta tan vernácula, brotó un cosmopolitismo que les permitió ser nominados a un premio Latin Grammy, celebrar en los Pepsi Music y hacer giras por Europa y Estados Unidos.

Mientras eso ocurría, este puñado de canciones maceraban, como esos libros que esperan pacientes por sus autores. Nuevos ingredientes se iban sumando al especiero de Rafa, donde ya estaba lo que absorbió cuando perteneció a la osada agrupación del rapero MCKlopedia y también cuando estuvo en Mixtura, proyecto de sofisticación de lo tradicional del fallecido guitarrista Raúl Abzueta con el multiinstrumentista Pedro Marín y el pianista Víctor Morles, entre otros artistas.

Cuando era niño, a Rafael Pino (Caracas, 1986), su madre, la Sandra a la que van dirigidos los primeros versos del disco, lo llevó a la sala Ana Julia Rojas del antiguo Ateneo de Caracas a ver a Vasallos del Sol. De esa fiesta de tambores y sabiduría, salió excitado, preguntándose qué había detrás de esos trucos de magia. Desde entonces, su imaginario artístico creció como un árbol de muchas ramas sobre una base consolidada en los talleres de cultura popular de la Fundación Bigott. Su punto de partida siempre ha sido la percusión, la que aprendió con Héctor Pacheco, Jesús Paiva —de Vasallos, el grupo que lo fascinó—, y con Javier Suárez en la Orquesta Afrovenezolana. Desde allí suelen brotar sus creaciones. Más adelante, estudió música en la escuela Ars Nova con la profesora María Eugenia Atilano. Y ahora, como residente de Bogotá, Colombia, él también comparte lo que sabe en la Universidad Javeriana y a través de su propio programa de enseñanza que él llama Laboratorio Creativo de la Canción.

Óleo sobre lienzo: Francisco Camacho

Óleo sobre lienzo: Francisco Camacho

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Los trabajos enmarcados en la tradición venezolana suelen correr el peligro de vestir trajes muy ajustados. Rafa logró extraer esas esencias autóctonas, sacar los pies de esa arena movediza y tomar su propio camino. Su Catálogo de materias pendientes vol. 1, mezclado en su mayoría por Ricardo Martínez (de algunas se encargó Ignacio Umérez y de otras, Carlos Mas) y masterizado por Germán Landaeta, no es un álbum folclórico, pero su esqueleto está hecho de madera local.

Pongamos Árbol y plenilunio, la última de las 10, bajo el microscopio. Un golpe de tambor de Cata, Aragua, sirve de escenario a un contrapunteo entre los versos de Rafa y las pinceladas del vibráfono de Juan Diego Villalobos. Se incorporan la batería de Abelardo Bolaños, los teclados de Jhonny Díaz, un bajo distorsionado de Rodnesth Medina y el cuatro de Miguel Siso, el artista que ganó el Latin Grammy 2018 a Mejor Álbum Instrumental con Identidad, álbum que también lleva el sello de Guataca. Lo que resulta del entretejido es frenético. No deja de ser música venezolana, pero es música venezolana montada en un avión, sobrevolando fronteras, burlándolas desde el aire. Y sobre toda esa mezcla armoniosa, corre su poesía dedicada a su abuela Carmen Felicia: Dichoso el árbol que se hace montaña.

Para Sandra, en la que participaron el baterista Orestes Gómez, el percusionista Jorge Villarroel, el pianista Víctor Morles y su colega del Tuyero, Edward Ramírez, lleva debajo un tambor de Caraballeda, del estado Vargas. Punto y seguimos, que habla de un obstáculo momentáneo en la vida de pareja, parte de un punto cruzado del oriente de Venezuela con el que tuvo mucho que ver el baterista Daniel Prim y en el que participaron el pianista Gabriel Chakarji y Gustavo Márquez, el bajista del C4 Trío y el Aquiles Báez Trío que murió muy joven en mayo de 2018. Y Del 3 al 6, en la que se sumaron el maestro percusionista Carlos “Nené” Quintero y el flautista Huáscar Barradas, es un vals vestido de modernidad. Nada es puro. Todo va moldeado por las manos de Pino; son su intención, su conocimiento, su mensaje.

«Hablar de Neofolclore es un disparate —reflexiona el compositor—. El folclore siempre se está renovando. El joven siempre quiere cambiarlo todo y eso hace que la cuestión mute como un proceso natural. Es como arrecharse porque nos ponemos viejos y se nos arrugue la piel. La cultura es eternamente joven. Los viejos cultores comparten lo que saben y a veces se quejan y muy pocos participan del proceso de cambio. Esa experiencia cultural, tanto en lo musical como en la luthería, siempre se rejuvenece».

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El músico se siente orgulloso por Bitácora, que es la más experimental del álbum. Es un dibujo libre que combina tres patrones rítmicos distintos con un poco de jazz y otro poco de chanson française. Parte del glamour proviene del clarinete de Andrés Barrios (Los Hermanos Naturales), que dibuja sobre lo que hacen Bolaños (batería) y Villalobos (vibráfono), junto a Gustavo Medina (guitarra) y Freddy Adrián (contrabajo). Un verdadero trabuco.

Versos de luna, en la que sale de relieve la mandolina de Jorge Torres, lleva por un lado un redoblante de Guatire y, por otro, un tambor de Tamunangue de Lara. Allí fue clave el aporte del baterista Ricardo Parra (más conocido como luthier). La quinta, Malvada mía, es una pieza del Tuyero Ilustrado que se coleó en esta fiesta. La sexta, La playa, es una pieza de Raúl Abzueta con un aire de merengue que no es fácil de reconocer por lo meditabunda y hasta ligeramente psicodélica que resulta con ese arreglo.

Foto: Mariángeles Pacheco

Foto: Mariángeles Pacheco

Buscando el modo, original de Abzueta y Pedro Marín, recrea una gaita zuliana desde otros instrumentos, como el clarinete —de nuevo, el clarinete— de Williams Mora. Y Avión de papel es una canción de cuna planteada por un roquero. Lleva una guitarra cruda, pero rodeada por detalles delicados de percusión y cantos de pájaros. De nuevo, Rafa habla de la necesidad de soltar, de dejar ir, de permitir que la herida cierre: Ya no quiero retenerte/me basta, mi bien, sólo con recordarte.

No es casual que él, después de nombrar a Vasallos de Venezuela y a Un Solo Pueblo, hable de Un Dos Tres y Fuera, agrupación de culto de Guatire. O que su discurso pase por Vytas Brenner y Spiteri, así como por Aldemaro Romero, El Pavo Frank y la Onda Nueva e incluso por Bacalao Men, la apuesta de Pablo Estacio. Son todos amantes de la fusión, una música del mundo con esencia venezolana en cuya historia ahora se inserta este catálogo de canciones cicatrizantes que crece desde la tierra húmeda y apunta al cielo. A ver qué nos trae el volumen 2…

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Publicado originalmente el 13 de junio de 2020 en Guatacanights.com

El apartamento de Gerry Weil, a un costado del bullicioso bulevar de Sabana Grande, es un refugio de la agitación, un spa para los oídos, y su piano de cola, un Yamaha caoba, el corazón de un living repleto de símbolos. Con sólo mirar, puede armarse un rompecabezas de su vida. Trofeos como karateca, un Premio Nacional de Cultura y otro reconocimiento de la Fundación Nuevas Bandas por ser adelantado a su época. Versos en japonés, arte abstracto, afiches de históricos festivales de jazz, partituras, discos, libros. Todo pareciera respetar las reglas de un feng shui adaptado al Caribe.

En su poltrona, con sus chancletas y bermudas de siempre, con esa mirada infinita bajo su cabeza lampiña y brillante como la de Marlon Brando en Apocallypse Now, Weil luce más como un explorador, aunque de pronto habla como chamán. Es un guía espiritual de la selva en medio de un paisaje urbano.

La capital anda sumida en el caos de los perdigones y las bombas lacrimógenas. Estamos en un jueves del cruento mayo de 2017 y es prácticamente imposible trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Allá afuera, corre la sangre de jóvenes; jóvenes como los que aprenden con él a leer música y tocar el piano todos los días en este oasis de calma. A pesar de la paz aparente, el contexto se cuela por rendijas como un gas tóxico.

—Me meto en una burbuja de amor, de música y de poesía, pero es una burbuja muy frágil, se rompe por nada, y entonces despierto en la realidad.

Se lamenta porque una vez más lo asaltaron, ahora para robarle su teléfono celular.

—Mis hijos me lo viven reclamando, que ando muy relajado… Pero yo no puedo dejar que todo me contamine. Para ser feliz tengo que vivir así, sin paranoia. Sé que la inseguridad está peor que nunca, pero yo prefiero no estar pendiente de eso.

Weil luce inquieto. Aunque apagó la música para concentrarse en las preguntas, está disperso y el por qué de la dispersión se revela inmediatamente. Pide un minuto con el dedo índice, se levanta y se acerca a su escritorio. Toma su agenda de trabajo docente y revisa.

—Hoy no ha venido ninguno de mis alumnos. Claro, ¡cómo van a venir!

Sigue buscando, recorriendo las páginas y de pronto se le prende el bombillo, chasquea los dedos, toma el teléfono fijo y marca. Mientras repica, con el auricular en una oreja, voltea y me dice:

—Uno de mis alumnos vive por acá —señala en dirección al este, a Chacaíto, con la otra mano— Ese seguro que puede llegar porque viene a pie.

Es inevitable que el prólogo de la conversación sea la convulsión venezolana de esta era que alcanzó a vivir. Él lo sufre todo. Sufre, por ejemplo, porque ve diariamente a una madre con su niño hurgando entre la basura para conseguir algo de comer.

—¡Cómo pudimos llegar a esto!

Otro aspecto de este capítulo de la historia de Venezuela lo perturba especialmente: la diáspora. Freddy Adrián, el contrabajista que estuvo tocando con él durante los últimos cuatro años, está haciendo maletas para marcharse a México. Antes se fue Gonzalo Teppa. Y antes de este, Roberto Koch. En un país que produce instrumentistas como arroz, conseguir un buen contrabajista que descifre el idioma del jazz y responda un teléfono con el código 0212 se ha vuelto una tarea difícil.

—(Marcharse) es una solución individual pero no ayuda nada al país. Lo daña horriblemente —dictamina, estrujándose la frente— La mayoría que se va es gente valiosa, son grandes talentos, gente que necesitamos.

Weil respira profundo y mira el grabador:

—¿Era sobre esto que íbamos a hablar? ¿No, verdad?

***

No hace mucho le rindieron un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, de iniciativa privada, celebrado en el Teatro de Chacao, que es parte de un complejo cultural manejado por una alcaldía históricamente opositora al chavismo. Y unos cuatro años atrás le ofrecieron otro en el Centro de Arte La Estancia, predio del gobierno socialista. Muy pocos pueden jactarse de eso en la Venezuela polarizada del Siglo XXI: Es un privilegio rarísimo recibir aplausos de un lado y de otro sin salir machacado por radicales.

—Generalmente los homenajes se hacen post-mortem. Y yo puedo decir que los disfruté en vida y estando activo. Eso es poco común.

Weil es unánimemente admirado. Es ganador del Premio Nacional de Música en Venezuela, un país en el que no nació pero del que nunca ha querido irse. Es un hombre de sangre austriaca que llegó a La Guaira hace casi medio siglo y jamás quiso alejarse del sol, de la playa, de esta gente. Ya era un apasionado del jazz, con la cabeza llena de ideas y la determinación para cristalizarlas. Como buen músico, su timing fue perfecto: era 1957 y esta nación del norte del sur estaba a punto de recuperar su democracia.

—El mar me enamoró —dice entrecerrando sus ojos claros— llegué de Viena a Caraballeda. Austria no tiene mar, y de pronto, yo vivía en Los Corales, frente a la playa, en pantalones cortos y prácticamente descalzo todo el año. Salí de un país en el que experimenté la guerra y la posguerra de adolescente, bajo un sistema europeo que es muy rígido y muy formal. Entonces, de Venezuela me atrajo la informalidad. El venezolano será muy loco y muy desordenado, pero no he conseguido gente más abierta, más humana.

En los últimos tres años, ha sido intervenido en la próstata y en los ojos. Está maravillado porque le extrajeron una catarata, sustituida por un lente intraocular, y ahora ve perfectamente. En otra cirugía, le instalaron una prótesis de cadera. Lo espera otra operación porque se le rompió la malla de una hernia, pero el espíritu de este artista que va firme hacia los 80 años es más fuerte que lo demás. Apenas se queja, sólo porque recientemente sus problemas médicos le han impedido practicar artes marciales y surfear. De resto, sigue como si nada, contento y agradecido.

—La meta de la vida es ser feliz. No conozco otra. Nada supera a la búsqueda de la felicidad.

Últimamente, a Gerry le ha dado por cantar. Antes, recuerda, había hecho una suerte de rapeo, mucho antes de que a eso se le llamara rap, mucho antes de la cultura hip hop. Cuando en las barriadas neoyorquinas del Bronx y de Harlem apenas comenzaban a darle forma a esa manifestación artística de catarsis social, ya este vienés que enreda las erres y las combina con vainas y coños y nojodas, declamaba sobre una base mestiza de jazz y tambores y quién sabe qué otra hiedra sonora.

Celebrando la vanguardia. Así decía el póster del homenaje que Guataca le rindió en Chacao. El slogan no se imprimió a la ligera. Muchos caminos conceptuales en la música se abrieron a partir de la gran banda El Mensaje (o The Message) y también desde lo que logró con su Núcleo X, que fue una versión reducida de ese otro megaproyecto, en un intento por sonar a algo parecido a Blood Sweat and Tears o a Chicago y luego acercarse a una suerte de jazz rock más inclinado hacía Herbie Hancock o la Mahavishi Orchestra. Muchos músicos salían influenciados, con la cabeza llena de ideas, cuando lo visitaban en La Unión, cerca de El Hatillo, donde vivió unos años apartado de la ciudad. Después estuvo incluso en el páramo de Mérida, sin luz eléctrica, alumbrando sus días con lámparas de gas.

Ninguno de sus proyectos pareció dejar tantos admiradores como La Banda Municipal, una propuesta muy avanzada a la que llegaban los ecos de agrupaciones paradigmáticas como Weather Report. Estos produjeron su propia mezcla, atrevida y criollizada, incluyendo tambores afroamericanos y elementos de performance artísticos en sus presentaciones. Allí Weil compartía con Alejandro Blanco-Uribe (percusión). Richard Blanco tocaba el bajo, Vinicio Ludovic la guitarra, la flauta y la marimba, y Edgar Saume a veces golpeaba la batería y de pronto agarraba la trompeta.

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La Banda Municipal se disolvió en 1975 y sus integrantes, todos o casi todos, menos Weil, se involucraron con un movimiento de orquestas que apenas se estaba gestando en torno a la figura de un músico y político llamado José Antonio Abreu. El grupo aparece en los libros de historia musical venezolana, pero ningún sello se atrevió a grabarlos. No tendríamos una idea aproximada de cómo sonaban de no ser porque el periodista Gregorio Montiel Cupello se movió, encontró una vieja grabación, la mandó a limpiar, remezclar y barnizar y, más de treinta años después, se editó Música del subdesarrollo.

Venezuela supuso para Weil un punto de partida estratégico. Un epicentro que lo exponía a todo lo que era de su interés.

—Desde niño me gustó el jazz, que es una música afroamericana. Me di cuenta de que acá podía profundizar mis búsquedas de la música afroamericana, no necesariamente de la que nace del sur de Estados Unidos o New Orleans, sino afroamericana en cuanto al continente completo. Tenemos cerca a Brasil, que es autosuficiente y muy rico. Por otro lado tienes El Caribe, la música antillana, cubana, puertorriqueña y de las islas. Al sur, tienes el tango de Ástor Piazzola, la chacarera, el cantón en Uruguay, y además todo lo que tenemos aquí. Entonces, esto para mí ha sido un paraíso, y todavía me queda mucho por aprender sobre la música venezolana. La he estudiado y fusionado, he hecho mi cóctel.

Weil y compañía, al igual que músicos como Vytas Brenner, Aldemaro Romero o la banda Spiteri durante su estancia en Inglaterra, cada uno a su manera transitó hacia ese mismo horizonte que persiguen muchos de los artistas de estas generaciones, que intentan actualizar los géneros de raíz, traerlos del campo a la ciudad, combinarlos con jazz, rock y todo lo que oyen en la calle y fuera del país. Cada quien ha creado su cóctel y sólo a través de la comprensión de esos brebajes se puede lograr cierta aproximación a la música venezolana de estos tiempos, que no es una sola sino un sembradío repleto de especies multicolores e injertos.

***

Detrás de Weil, destaca un hermoso póster del Festival de Jazz de Berlín de 1982. Parece un cuadro de Kirchner —maestro expresionista alemán de principios del siglo XX— pero en realidad es del artista gráfico Holger Matthies, paisano de Kirchner. No es casualidad que ese retrato desfigurado de un hombre con traje y pajarita, con la pintura corrida como si le hubiera llovido encima, esté colgado en un lugar tan privilegiado de la sala. En ese festival no sólo actuó el propio Gerry con su grupo el histórico el 15 de noviembre de ese año. En la cita también hizo una memorable presentación el contrabajista y bandleader Charlie Haden, un tipo al que una poliomelitis le impidió ser cantante, se reinventó, se reconstruyó como personaje y se convirtió en un músico extraordinario.

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A Haden también se le tilda de vanguardista porque logró trabajar desde el jazz, tomar con pinza elementos del folk de su país y, de paso, rendirse a los pies de Bach. Y es precisamente de Johann Sebastian Bach la resma de partituras que reposan sobre el piano de Weil hoy, porque lleva tres años estudiando sus 31 composiciones para clavecín. Hasta el momento en que conversamos, se ha aprendido 19.

Otra cosa lo une con Haden. El Weil pedagogo, el Weil maestro, nació cuando él ya tenía 27 años, edad en la que se le manifestó el síndrome de Gillain-Barré, un trastorno neurológico que debilita terriblemente a los pacientes, afecta sus músculos y su movilidad y en algunos casos los lleva al punto de la asfixia. Como el estadounidense, él también debió reinventarse, reaprenderlo todo, construirse otro yo.

—Eso me dejó en silla de ruedas, y tuve que recuperarme. Es un mal que ataca todo el sistema neuromuscular, pero yo le eché bolas y después llegué a ser karateca. Podría decir que para mí la vida es aprender. Y para aprender hay que saber enseñar, enseñarse a sí mismo, sobre todo. Cuando ocurrió este percance, esta prueba durísima que podría haberme dejado en silla de ruedas o usando muletas toda la vida, decidí que no podía seguir trabajando de noche. Tocaba jazz en un sitio de Altamira llamado Mon Petit Bar. Cuando me recuperé, no quería volver. Ya de eso han pasado casi 50 años, en los que me he dedicado a la enseñanza. Para ser un pedagogo hay que ser un eterno estudiante. Nadie se gradúa de profesor en ningún lado, todavía estoy buscando mejorar mi sistema de enseñanza. Cada clase la doy con todo mi ser, consciente de que estoy sembrando algo muy importante, muy espiritual, muy místico, una conexión divina, y por lo tanto, con esta visión tan profunda, tan comprometida, descubro que me gusta muchísimo enseñar.  A mí me encanta la tarima, pero no comparto la idea de compositores a los que no les llama la atención dar clases. Para mí ser pedagogo es ser un estudiante avanzado que comparte unos conocimientos que crecen día a día y están en constante revisión, en búsqueda de una más acentuada precisión que tenga resultados positivos. Doy gracias a Dios por haber tenido tantos buenos alumnos.

Si los alumnos de Gerry Weil se reunieran en un disco, sería un All Star de músicos venezolanos. Una muestra bastante representativa de lo mejor. Cacao Música, efímera disquera apoyada por el beisbolista Bob Abreu, llamó Tepuy a un disco que editó del artista en 2009, porque lo consideraron un tepuy, un monumento, una montaña que impresiona y que permanece allí incólume como un ejemplo de admiración. Y Weil, a su vez, considera tepuyes a muchos de sus pupilos.

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Todos pasaron por este apartamento de Sabana Grande, al menos brevemente. Desde Yordano e Ilan Chester, hasta los pianistas Silvano Monasterios y Otmaro Ruiz, hoy en la movida del jazz en Estados Unidos. También le enseñó a los flautistas Huáscar Barradas y Pedro Eustache, músico que ha grabado un montón de bandas sonoras de Hollywood. Rafael Greco, el saxofonista de Guaco, y Asier Cazalis, vocalista de Caramelos de Cianuro. De Los Amigos Invisibles, aprendieron con su método el tecladista original Armando Figueredo, y curiosamente, también su sustituto (desde 2015) Agustín Espina. A Desorden Público hasta les produjo un álbum.

En el mencionado homenaje que le rindieron en julio de 2016 en el Festival Caracas en Contratiempo, tocó con muchos de sus aprendices. Otros, como la cantante María Rivas o el pianista Luis Perdomo, enviaron videos reverenciales desde el extranjero. Esa tarde, justo antes del concierto-tributo, fue presentada su biografía Al ritmo de Gerry Weil, escrita por la Periodista Cristina Raffali, en una charla en la que el artista soltó esta frase: “Si la humanidad enfrentara un juicio final, saldría acabada, aniquilada, raspada… pero nos perdonarían por la música”.

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Cuando la oye de boca de su entrevistador, suelta una carcajada: “¡Eso es mío!”. Y desarrolla la idea.

—Estar conectado con la música, la poesía y el arte es la salvación en medio de esta situación caótica económica, cultural, histórica… No me gusta la palabra política. La política es uno de los aspectos maléficos de la historia, es generalmente corrupta, es maquiavélica. La política no tiene nada que ver con la búsqueda espiritual del hombre, y de ahí surge esta crisis que no es mundial. ¡Fíjate, un país de 300 millones de habitantes y no pudieron conseguir algo mejor que Hillary Clinton y ese pendejo! Todavía no lo puedo creer. Cuando me desperté y vi la noticia pensé en el Apocalipsis”.

***

No importa en qué mes se produzca una charla con Weil, siempre hablará de Navijazz, los conciertos con excusa navideña que prepara durante todo el año y que ha realizado durante 12 años con una sola interrupción —por motivos quirúrgicos—. Porque él sí extraña los escenarios y celebra efusivamente cuando vuelve a subirse a uno. Narra el show en verbo futuro antes de que ocurra, y lo sigue narrando después en pasado. Han transcurrido cuatro meses de la Navidad más reciente y él todavía se emociona contando que, aunque no estuvo el gran saxofonista Pablo Gil —porque emigró—, participó su percusionista más querido y fiel, Carlos “Nené” Quintero, actuó el cantante y multiinstrumentista Gilberto Bermúdez y volvió a compartir tarima con Biella Da Costa, “siempre maravillosa”.

Suele probar cantando una versión blueseada de “Imagine” de John Lennon, clásicos de Duke Ellington y Billie Holliday y otros de Thomas “Fats” Waller. Deja correr una voz quebrada a lo Louis Armstrong. Una voz de otro tiempo, macerada y áspera, pero de sentimiento dulce. Hablar de estas cosas lo pone a millón. Acelera su discurso cuando dice que invitó al Ensamble B11, agrupación vocal a lo Neri Per Caso o Bobby McFerrin, o que ha estado trabajando con Jhoabeat, un joven que hace beatboxing y que con su boca y un micrófono suena como una miniteca.

A Weil lo llamaron hoy para informarle que había sido suspendido un concierto que daría en la CAF (Corporación Andina de Fomento). El país no está para jazz, ni beatbox ni su canto a lo Satchmo, ni las polifonías ni Bach ni el arte del haikú, esa minimalista forma de poesía japonesa de la que se enamoro hace tiempo. Lo dice con rabia porque, cómo no reconocerlo, ha sido un mal día.

—¿Cómo sería tu paraíso, Gerry? —le digo, y sonríe complacido. Es una pregunta que le han hecho antes.

—Un piano… afinado (suelta una carcajada), preferiblemente de cola. Un colchoncito, unos cinco o seis libros. ¡No, muchos! Mejor tres, tres libros. Un jarrón o un cuadro, unos escalones anchos, una arena blanca, sabrosa, y la orilla de una playa caribeña. Ese es mi cielo —desliza con rapidez la palma de una mano sobre la otra, como diciendo ¡más nada, ya está!—. Pero una cuenta millonaria, no. Es mucho peo. Un jet privado para ir a París a desayunar… ¡nooo, mucha complicación!

Estudiar a Bach es cosa de estos últimos años. Lleva años aprendiendo japonés y ahora escribe haikús. Piensa seguir con el surf y el karate, sus otras dos pasiones. Conduce un nuevo programa de radio los domingos, aunque se queja de que no consigue patrocinio. Mientras hila su próximo concierto, que no sabe cuándo será posible, reúne dinero para restituir la malla de la hernia que se rompió.

—¿De dónde proviene tu energía, maestro Gerry? ¿De la pasión? —le pregunto maravillado. Él vuelve a sonreír, mira al vacío. La respuesta llega en tres tiempos. Primero se sienta al piano y toca un aria de Bach.

—Bach es abrir las puertas al cielo. Es una conexión con la divinidad. La música de Bach no es humana.

Mientras toca no hay bullicio. La música se convierte en un escudo, un antídoto, una fortaleza. Las calles intoxicadas de Caracas desaparecen por un instante. La pieza termina en el meñique de su mano derecha y un suspiro profundo.

—¿Qué puede decir uno después de eso? —se pregunta él mismo, pero igual dice algo en japonés y lo traduce—.

La música es un gesto de amor

de lo divino hacia nosotros

y a la vez nuestra respuesta

con pasión y agradecimiento.

Finalmente, lo explica todo, como si hiciera falta, en la lengua que aprendió a hablar hace casi 50 años, cuando pisó las costas venezolanas por primera vez.

—La vida es hermosa. No conozco nada más hermoso que la vida misma. Estar vivo ya es un milagro. Uno siente de alguna manera la necesidad de expresar esta felicidad, de descubrir que uno es… Yo soy. El idioma más antiguo que hay, uno de los más antiguos, es el sánscrito. Yo soy se dice a-jam. Inhalar-exhalar. Todos los seres del universo, cuando inhalan y exhalan, están diciendo yo soy. Si descubres que tú eres y te conformas con ser y descubres que estás vivo, que existes en este mundo, nace la necesidad de hacer un gesto, un gesto de agradecimiento. Pasión y agradecimiento. Estar vivo es una razón más que suficiente como para hacer un gesto de amor, porque la energía creativa, la energía positiva y no destructiva, no pesimista y no paranoica, sino la energía que nos hace feliz, se llama amor. Amar me hace feliz, y para mí el gesto de amor más auténtico es la música.

Ahora sí no hay más que agregar. Cualquier pregunta se queda pequeña ante esa última respuesta dividida en tres partes: Bach-haikú-castellano. Salimos del oasis, tomamos el ascensor y bajamos. Nos asomamos a la calle, más agitada que de costumbre, y precisamente viene llegando el alumno, el joven que vive cerca y pudo venir a pie, a pesar de las lacrimógenas, los trancones y las muertes innecesarias. Otra lección de piano, de música y de vida está a punto de empezar.

El epílogo

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Pasaron tres años de aquel encuentro. Tres años en los que el maestro Gerry Weil se recuperó e hizo giras por Estados Unidos y Europa. Volvió a Berlín, a donde dio aquel concierto inolvidable en 1982. Se adaptó como docente a estos tiempos, ofreciendo clases virtuales. Y lanzó tres álbumes. ¡Tres! En 2019, año en que cumplió 80, editó una obra en directo, Live in Vienna, grabada en su tierra natal; y otra, monumental, realizada con la Simón Bolívar Big Band Jazz, titulada Gerry Weil & Big Band Jazz. En medio de la cuarentena obligada por la propagación del Covid-19, acaba de lanzar otro álbum avanzado, desprejuiciado, atrevido, que celebra sus ocho décadas de vida. Se llama Kosmic Flow. Lo acompaña un montón de invitados, ex alumnos, artistas rompedores, jóvenes; jóvenes como él lo ha sido toda la vida.

El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Publicado originalmente el 24 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Una mañana voy a entrevistar a Jorge Spiteri a su apartamento. Abre la puerta descalzo y emocionado. Nos recibe al fotógrafo Manuel Sardá y a mí como a sus amigos de toda la vida. La sala habla por él: álbumes, libros, muchos instrumentos rodeando un gran piano negro, memorabilia por doquier; los tentáculos del artista invadiendo el sofá, la mesa del comedor, la cocina. No existe un telón que separe su hogar de su estudio, su vida de su música. Pienso, luego existo… y toco la guitarra.

Llevo un montón de preguntas en mi libreta y full la pila de mi grabador para cumplir la misión de todos los días: volver a la redacción de El Nacional con una historia decente —o al menos un par de frases publicables— que pueda desarrollar en pocos párrafos antes de que caiga la noche. Un espacio en blanco espera por mí y por la imagen de Jorge que capturará Manuel. Cuando me dejo caer en el sofá, él ya lleva colgada su cámara buscando el mejor ángulo, midiendo la luz, planificando el retrato. El clima es inmejorable, el Ávila casi puede acariciarse desde el balcón.

Presiono el botón REC y lanzo sin anestesia la primera y única pregunta que haré: ¿Cómo es que una pandilla de venezolanos aventureros lograron un contrato disquero en Londres en 1973 y grabaron ese álbum tan vanguardista, tan mestizo, tan adelantado a todo lo que ocurriría en el futuro combinando la raíz tradicional venezolana con el rock y el Caribe?

Jorge empieza a contarme una historia fascinante. Ponemos pausa a este mundo, a esta Caracas convulsionada de 2010, y nos vamos todos a la Inglaterra de 1970, a donde él llegó a los 18 años de edad con 25 dólares en el bolsillo sencillamente porque en esa ciudad se estaba creando la música más interesante del planeta.

—Nos fuimos para allá porque estábamos locos de bola.

En Londres lo esperaba Charles, su hermano mayor. Él llega con otro de sus hermanos, Enrique. Imberbes los dos, no habían pensado en nada. No tenían dinero; tampoco documentos (vivieron ilegales por un tiempo). Y peor, no tenían dónde dormir porque Charles descansaba en la parte alta de una litera en un apartamento que compartía con un grupo de forasteros. A los tres hermanos Spiteri les toca acurrucarse allí.

—Charles en Venezuela era una estrella. Tocaba con Los Memphis y manejaba un Mercedes 300 SL. Cuando lo vi allá lavando platos y coleteando, me puse a llorar.

A medida que se adentra en el cuento, se va convirtiendo de nuevo en aquel joven soñador que empezó tocando con los Nasty Pillows poco después de ver boquiabierto a Aretha Franklin en directo en Caracas. Recuerda que no tardaron mucho en mudarse a una casa en la que constituyeron una suerte de comuna de roqueros venezolanos en Londres. Otros artistas peregrinos que salieron de Maiquetía encontraron allí un refugio provisional. Fueron los casos de un tal Yordano, otro de apellido Colina y, más adelante, un jovencito llamado Ilan.

—En el consulado, cuando venía algún venezolano y decía que era músico y que estaba pelando, le decían que fuera a nuestra casa en 49 Elson Road. La llamaban El Extraconsulado Venezolano.

Jorge sufre el relato, y lo goza. Le oigo por primera vez una frase que después me repetirá bastante: “Soy un tipo con mucha suerte”. Los ojos le brillan, especialmente cuando la historia da el giro hollywoodense.

Los Spiteri trabajaban de mesoneros. Jorge, además, era la atracción de un restaurante en el que cantaba “Moliendo café”, “Barlovento”, boleros, rancheras, cualquier cosa que resultara exótica. Un día ve un aviso en la revista Melody Maker de una compañía que busca compositores y performers. Exigían un cassette, pero ellos no tenían plata para grabar el demo. Por no dejar, va con su guitarra. A reñagadientes, Barry Kirsch, uno de los mandamases de la firma, lo recibe en su oficina y él, contra todo pronóstico, lo cautiva con una de sus composiciones, una cosa rara que se llama “Píroro”.

La propuesta cobra forma. Se le suma Charles tocando la percusión latina, que en aquel tiempo, ante los ojos de un inglés, era como hacer un truco de magia; y más compatriotas que van llegando a la ciudad, como Chema Arria, Bernardo Ball y Joseíto Romero. El resultado es un rock selvático, tribal. Es como ver un cunaguaro caminar por Picadilly Circus.

Bastante percusión, guitarras distorsionadas, letras bilingües, flautas, una mezcla extrañísima atrae la atención de los que asisten a su presentación en el Marquee Club, el templo en el que los Rolling Stones tocaron por primera vez. El mismo en el que actuaron Hendrix, Pink Floyd, David Bowie, The Who, The Yardbirds, Yes, Led Zeppelin. Un cazatalento de la disquera GM Records está presente y sale intrigado.

Siguiente escena: Spiteri, el grupo de venezolanos melenudos, se mete en un estudio de grabación londinense y concibe su homónimo álbum debut, que llevará su nombre escrito en la carátula con el cuerpo de una cobra. Los colmillos venenosos resaltan en el techo de la S.

Cuarenta años antes de que surgiera la etiqueta ‘neofolclore’, Spiteri concibió una mezcla desprejuiciada, un camino que remarca su origen sin negar el copioso influjo del rock and roll y el blues, una música que no es de ningún lugar y, al mismo tiempo, es de todos los lugares.

Tras la publicación del LP, comienza otra vida. “Campesina”, estándar de la tradición venezolana incluida en el álbum, suena en la radio británica. Los entrevistan en la BBC. Posan para Dezzo Hoffman, el fotógrafo oficial de los Beatles. Jorge y Charles conocen a Steve Winwood, uno de sus grandes ídolos, y comparten con Bob Marley y los Wailers. Ven de cerquita, calentando la voz en intimidad, a Stevie Wonder. Mitch Mitchell, el baterista de Jimi Hendrix Experience, se sube a la tarima a hacer jamming con ellos. Se les hace muy normal ver a Rod Stewart llegar a las oficinas de la disquera.

—Mi vida ha sido como un sueño —me dice, mirando hacia arriba y estrujándose el rostro.

No quiero interrumpirlo. Hace rato que me guardé la libreta en un bolsillo y dejé, eso sí, el grabador encendido. Manuel Sardá aprovecha una pausa para fotografiarlo y yo para husmear. A un costado alcanzo a ver una foto suya acompañado por Rubén Blades, sonrientes los dos, y, justo al lado, otra junto a Félix Cavallieri, el líder de los Rascals, una de sus bandas de rock and roll favoritas.

Veo de cerca las guitarras, todas acomodadas en un stand como en una tienda de instrumentos. Mientras se acomoda cerca del piano, me ve de reojo como si hubiera olfateado una extraña condición: “¿Tú tocas?” Le digo que un poco e insiste en que le muestre. Cuando vuelve de posar, me dice nombres de acordes para que yo los fije en la guitarra, comprueba que me sé cosas de los Beatles y me invita a cantar a dúo, a ver si puedo sostener una nota distinta y generar armonías. No me doy cuenta en el momento, pero estoy en medio de una audición y él está a punto de admitirme en su banda.

***

Creo acordarme de cada recital de Jorge Spiteri en el que participé. Fueron más de 50. Un viaje a Margarita con Trino Mora y Henry Stephen como invitados, y otro a La Guaira un 31 de diciembre con Carlos Moreán como plato fuerte. Un Festival Nuevas Bandas en el que tocamos con músicos de la Dimensión Latina; una tarde en que estabamos grabando en el estudio de Bolívar Films y llegó Ilan Chester y se sentó a hacer maravillas en el hammond; un toque desastroso en el que acompañamos a Colina; y otro rarísimo, en medio de un evento con fines benéficos, en el que terminamos con Chino y Nacho en el escenario del Hard Rock Café. Esos capítulos, minúsculos en su carrera, son hitos para mí.

Jorge solía presentarme como Superman: “Él es Guarache. O más bien, es Clark Kent, porque en el día trabaja en un periódico y en la noche sale con su guitarra a luchar por la justicia”.

Jorge clasificaba los recitales usando el título de aquel western protagonizado por Clint Eastwood: Lo bueno lo malo y lo feo. Lo bueno significaba un cheque jugoso, una tarima grande, catering, presupuesto para técnicos y grandes artistas invitados. Lo malo, gigs en fiestas, restaurantes y casinos, donde la paga era decente pero la ocasión no era para tirar cohetes. Lo feo: esos toques en los que uno iba sólo a divertirse porque no había otra opción: Los que estudiaban pensaban en los exámenes en plena canción. Los que tenían trabajos diurnos recordaban entre un acorde y el siguiente que debían levantarse temprano. Y Jorge generalmente extrañaba Londres y nos decía: «Coñoelamadre, ¿por qué me vine a Venezuela?»

Cierro los ojos y puedo recordar cuánto disfrutaba Jorge tocando, con público o sin él. Era desordenado, pero incansable. Sobre todo, era apasionado. Por eso cualquier interferencia en el proceso musical lo enervaba. Siempre estaba muy nervioso antes de salir al escenario, pero se sacudía el miedo en el primer compás. Se relajaba a tal punto que terminábamos haciendo un repertorio de canciones que no ensayábamos, por puro capricho. Bromeaba bastante, especialmente cuando amenizábamos bares. Un ejemplo de chiste recurrente: «Apreciado público, los invitamos a hacer sus peticiones… Nosotros no lo vamos a complacer, pero háganlas igual».

***

Cada dato biográfico de Jorge Spiteri me llega con una cara B emocional. Es el autor de “Amor (Is to Love You)”, un hit tan efectivo que funcionó dos veces en el mismo mercado: Cuando él la lanzó junto con su grupo Mañana, su hermano Charles y su amigo Steve Alpert en 1980, grabada en la casa de John Lennon en Tittenhurst Park; y cuando Los Amigos Invisibles la desempolvaron para su álbum Arepa 3000: A Venezuelan Journey Into Space (2000). Apenas escribo esto —aquí viene la cara B— recuerdo que cuando la tocábamos, siempre la hacíamos de una manera distinta. Estuvo más tres décadas rearreglando la misma canción. Cada cambio nuevo, decía: «Ahora sí estamos cerca».

Otro dato: Jorge Spiteri fue líder de Los Buitres, aquel proyecto que adaptó al castellano hits de los Beatles. Mientras lo tipeo, pienso que él jamás superó la ruptura del cuarteto de Liverpool. El quiebre, que ocurrió justamente cuando los Spiteri estaba asentándose en Londres, dejó una cicatriz perpetua en su alma que no envejeció nunca. A Jorge nunca le gustó mucho el álbum Let It Be porque le recordaba la sensación amarga de que su banda favorita se había peleado y había dicho adiós. La música, para él, tenía mucho que ver con la fraternidad, con la amistad, con el amor en su expresión más pura.

Lo mismo me pasa cuando apunto que él inventó el Clan Spiteri, otra agrupación cargada de nostalgia sesentera. Eso dato me trae de vuelta su cara de alegría cuando le dije que mi papá tenía uno de los CD que ellos grabaron. Igual, cuando anoto en mi resumen la existencia del supergrupo Los Charlies, que él creó para homenajear a su hermano y compañero de aventuras que murió en 2007, inevitablemente me voy de viaje a la tarde en que me dijo: «¡Cómo me hace falta! No hay un día en mi vida en que no extrañe a mi hermano».

Las notas más exhaustivas destacarán que fue el productor del primer álbum de Giordano di Marzo, antes de que firmara como Yordano y conociera el éxito masivo. Probablemente añadirán los datos de que escribió jingles publicitarios y que por unos cuantos años dirigió el departamento musical de RCTV, creando cuñas del canal, cortinas de programas y especiales navideños. También, que estuvo en la junta directiva de la Fundación Nuevas Bandas de su amigo el promotor e investigador Félix Allueva, en cuyo libro Crónicas del rock fabricado acá protagoniza un episodio.

Jorge era un multiinstrumentista. Sí: Lo escribo y es como si lo viera sentado en el piano de su sala repasando “Martha My Dear” o “Lady Madonna” de los Beatles. O cuando hacía las veces de Steve Winwood con el hammond, ese teclado que ahora es vintage pero que fue fundamental en el sonido de canciones como “Gimme Somme Lovin”, o cuando tomaba la armónica y tocaba el intro de “Isn’t She Lovely” de Stevie Wonder, de quien le encantaba reproducir “You Are The Sunshine of My Life” en un viejo Fender Rhoades que sigue allí junto a la mesa del comedor. Por supuesto, me viene, como proyectada por un videobeam, su imagen tocando guitarras acústicas y eléctricas y, sobre todo, el bajo, el instrumento que más usó en su juventud.

En el espectáculo Rock & MAU, que juntó artistas rock y pop con grandes instrumentistas de la movida musical de vanguardia basada en la raíz, Álvaro Paiva lo mencionó, junto a Vytas Brenner y Gerry Weil, como antecedente ineludible de esos experimentos. Eso ocurrió precisamente cuando él moldeaba el Spiteri Bugalú, su apuesta con miembros de La Dimensión Latina, entre ellos el percusionista Joseíto Rodríguez, el mismo que grabó la versión original de “Llorarás”. Fue una tarea inconclusa, como muchas otras, pero lo definió conceptualmente porque proponía un terreno común para el rock y la música latinoamericana, enmarcada en la ruta de personajes como Joe Cuba, Mongo Santamaría, Santana e incluso José Feliciano.

Jorge nunca quiso tener hijos, pero siempre hablaba, tiernamente, de sus sobrinos. Conservaba amistades igualmente entrañables con gente muy diversa, famosa o no famosa. Apoyaba a los suyos especialmente en las circunstancias más difíciles. Trataba a todos por igual.

Una tarde me hizo sentir como si me hubiera ganado un Pulitzer o un Grammy. Entré a su biblioteca y vi arriba, colgada y enmarcada junto a su título de producción audiovisual de la Royal School of Art, la portada que resultó de aquella primera entrevista que comenzó esa mañana de 2010 y que siguió durante una década hasta hoy, cuando murió en Carolina del Norte, acompañado por su hermano Miguel Antonio “Tono” y su familia, ese gran artista, maestro y mejor amigo al que todavía me quedaron muchas cosas por preguntarle.

 

FOTO PRINCIPAL: Daniel Guarache Ocque

FOTOGRAFÍAS: Archivo Jorge Spiteri/ Dezo Hoffman/ Daniel Guarache Ocque

Yordano y la noche que se hizo canción

Yordano y la noche que se hizo canción

Publicado original el 23 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Yordano estuvo en Europa desde comienzos de febrero hasta el 10 de marzo. Justo antes de volver a Nueva York, donde vive, vio en Madrid a sus tres mejores amigos, con quienes conserva una relación entrañable desde que era muchacho. Ellos comparten un grupo de whatsapp, se ríen, pelean, se reconcilian. Son como hermanos. Días después de su llegada a casa, contento por aquel rato de charla, risas y abrazos, se enteró de que sus tres amigos habían dado positivo para covid-19.

El 23 de enero, aproximadamente a un mes y medio del encuentro, se habían cumplido cinco años del trasplante de médula ósea que reseteó su sistema inmunológico como quien vuelve a nacer. Cinco años desde que el músico agregó una segunda fecha de cumpleaños a su calendario. (Casi) cinco desde que superó un trance y despertó escuchando “Hallelujah”, una canción de Leonard Cohen, interpretada por Jeff Buckley, que se convirtió en un himno ceremonial para él y Yuri Bastidas, su esposa y mánager, su compañera en las alegrías y las adversidades.

Apenas tuvo fuerzas para hacerlo, todavía recluido, Yordano agarró su guitarra. Los médicos, enfermeros, acaso otros pacientes del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, no sólo fueron testigos de su recuperación física. También vieron cómo, aún débil y adolorido, sentado con su bata clínica y un catéter pegado al antebrazo, el artista volvía a ser artista.

Yordano pasó las nuevas composiciones en limpio poco a poco, acompañado por Cheo Pardo, alias Dj Afro, fundador y ex bujía de Los Amigos Invisibles, guitarrista y productor. Comenzaron haciéndose amigos, hablando de música y jugando con sus guitarras como John y Paul, y terminaron en un estudio trabajando muy en serio.

Yordano sorteó todos los obstáculos: Corrió a la emergencia de la clínica por reacciones alérgicas, se sobrepuso a recaídas graves y un día hasta le hackearon la cuenta de Twitter para anunciar su propia muerte. Además, encajó golpes devastadores como el asesinato en Caracas de su hermano, Evio Di Marzo, ocurrido el 28 de mayo de 2018. Por momentos, aunque ya estaba en construcción, se hacía imposible pensar en un disco.

***

 

A finales de 2018, recibo una llamada suya. Por primera vez, no era yo el que lo buscaba para hacerle preguntas. Era él quien necesitaba contarme.

—El disco está casi listo —me dijo. Nunca lo había sentido tan exaltado, ni siquiera las dos veces que lo nominaron al Latin Grammy. En ninguna de las entrevistas que hemos tenido, incluidas las largas charlas que condujeron a la biografía Yordano por Giordano (Libros El Nacional, 2016), lo sentí tan emocionado como en ese momento. No cabía en su cuerpo de 1.88 de estatura.

Esa vez no hablamos de salud, ni medicamentos ni dolores. Nada relacionado al síndrome mielodisplásico que padeció. Me siento bien. Punto. Me habló de ese álbum que ya tenía cuerpo y esencia, pero también de Luana, su segunda nieta que estaba a punto de nacer. Conversamos sobre Venezuela y la política. Y hasta me dijo que había conocido el Vessel, una maravilla arquitectónica recién inaugurada en Manhattan —no olvidemos que Yordano es arquitecto—.

Cuando colgamos, tenía la oreja caliente. Duración de la llamada: 2 horas 4 minutos.

 

 

Más que un álbum, Después de todo (Sony Music Latin), número 18 de su carrera, es un trofeo a la perseverancia. Las estadísticas jugaban en contra. Lo más probable era que no se produjera otro LP de canciones inéditas del autor de “Manantial de corazón” después de Sueños clandestinos (2013). Y aquí están 13 piezas que son una fiesta a la salida del túnel. Un fruto del que se desprende la dulzura de los nuevos comienzos.

“Después de todo”, el tema que le dio el título, remarca el leit motiv: Después de todo, yo de poco me arrepiento. Si algo no queda claro, el mensaje lo completa “Una vez más”, la que fundó su ciclo creativo actual y la que delata de manera más notoria la influencia de Cheo, quien contribuyó a refrescar su sonido y enfatizar su mensaje reparador: …y la noche será canción una vez más.

Al músico le gusta la metáfora del río, cuyas aguas siempre son distintas aunque esencialmente se trate del mismo caudal. Este Yordano salió a explorar, a jugar con más colores y texturas sin dejar de ser el de “Perla negra” y “Por estas calles”, el de “Aquel lugar secreto” y “Días de junio”. Para la aventura creativa, el ídolo siempre lleva en su maleta el bien más preciado por cualquiera creador. Un bien que él conserva celosamente desde hace unos 40 años, cuando empezó a componer: la autenticidad.

El tren de los regresos (2016), álbum en el que cantó algunos de sus hits de siempre con Franco De Vita, Ricardo Montaner, Kany García, Carlos Vives, Gian Marco, Santiago Cruz, Servando y Florentino Primera y bandas como Los Amigos Invisibles y Guaco, sirvió de vistazo en retrospectiva de su recorrido. Sin embargo, el músico quería a escribir sobre blanco. Después de todo era una necesidad.

La banda actual de Cheo Pardo, Los Crema Paraíso, con su percusionista Neil Ochoa y su bajista Bam Bam Rodríguez, colaboró en las sesiones. El propio Cheo dejó solos, bases rítmicas y pinceladas como guitarrista por doquier. También participó Luis Perdomo, cuyos pianos resaltan sin buscar protagonismo, elevando la obra, haciéndola más elegante. Sutilmente, también se asoman voces como las de Betsayda Machado y Ulises Hadjis.

Aunque Yordano celebra los 27 de octubre su nacimiento en Roma en 1951 y los 23 de enero su segundo nacimiento en Nueva York en 2015, la ciudad que más conoce y añora es esa que se cuela en canciones como “Enamorarnos otra vez”, un pop con elementos de rock and roll y condimentos caribeños: Llevarte a Caracas cuando pueda ir/ yo sé cuánto te va a hacer feliz.

Yordano hizo una bachata, o algo parecido a una bachata, llamada “Yo que te di”; un danzón con intenciones de blues llamado “Sólo ilusión”; una balada con acento de ranchera titulada “Para qué llorar” (de la que grabó un videoclip); y un reggae, o algo parecido a un reggae, que bautizó como “Qué sería de mí”, dedicado completamente, en cada palabra, cada acorde, cada detalle, a su amada Yuri. Pero sea bachata, danzón, ranchera o reggae, todo suena a Yordano.

Cuando vivían en Caracas, Yuri solía escuchar las canciones cuando ya estaban horneadas. Ahora, la convivencia en un apartamento pequeño en Nueva York permitió que, por primera vez, ella viera el carbón antes de ser diamante. De paso, intervino en la hechura y se hizo co-autora de dos piezas: “Alguien va a llorar”, que representa un viaje de vuelta a los años 60; y “Dime”, un diálogo de una pareja enamorada que vislumbra con temor la posibilidad de una ruptura. La historia de Después de todo no se cuenta únicamente desde el yo; también se relata desde el nosotros.

Yordano concibe los géneros musicales como puntos de partida. Luego hace con ellos lo que le place, y esa libertad es la que permite que resulte homogénea semejante ensalada. Esta vez atrevió a grabar riffs y solos de guitarra, a probar falsetes, a acariciar a sus seres queridos de manera velada, a dejar guiños a personajes que admira, como Bob Dylan o Joaquín Sabina, y a jugar con palabras, como lo hizo en “Bailando en la jungla”, un tema funky desde el que mira la situación de Venezuela de manera satírica.

El Caribe se muestra, en todo su esplendor, en canciones como “Allá iré”. El autor comparte la nostalgia que le produce la distancia que lo separa de sus hijas y nietas en tiempos de diáspora. También reluce en “Ay, mujer”, que trae de vuelta esa oscuridad de bar nocturno, de pista bailable envuelta en humo tan habitual en el Yordano de los primeros LP. Y algo similar ocurre en “Qué linda te ves”, una composición que nació de una foto que le envió Yuri vía whatsapp, y que, además, rítmicamente, pone un pie en Brasil. En esa también es evidente la co-responsabilidad de Cheo en el resultado.

***

 

Entre febrero y marzo de este año, Yordano actuó en cuatro ciudades de España siempre a casa llena. En Italia, volvió a su natal Roma y se reencontró con un montón de sobrinos y primos. También pasó cinco días inolvidables de abuelo feliz en Canarias, donde vive su hija Adela y donde conoció a su nieta nueva.

Yordano me cuenta que, al volver a Madrid y enterarse de que sus amigos padecían el Coronavirus, Yuri y él estuvieron muy nerviosos. Él es un paciente vulnerable, no sólo por sus 68 años de edad sino por la fragilidad de su organismo después del trasplante. Apenas sospechaba algo, llamaba a su médico: Tranquilo, si no hay fiebre no hay de qué preocuparse. Se tomaba la temperatura constantemente, pero nada. Valores normales. Todo bien. Desde que se decretó la cuarentena en Nueva York el 20 de marzo, no salió más a la calle.

—Yuri no me deja ni asomarme —me dice, riéndose.

El confinamiento no ha sido tan distinto de su cotidianidad en tiempos recientes. Me recuerda que pasó 47 días en el hospital y 6 meses de aislamiento después de la intervención del 23 de enero de 2015.

Uno de sus amigos contagiados estuvo muy grave y eso lo ha tenido muy preocupado. Mientras tanto, invierte horas en Youtube mirando videos musicales, viejas peleas de boxeo, documentales sobre felinos y clips de late shows estadounidenses. Y más que nada, se la pasa tocando de arriba abajo las canciones de su nuevo disco. Quiere tenerlo fresco cuando se cierre finalmente el paréntesis pandémico.

En vísperas del lanzamiento, me adelanta que la promoción de Después de todo se apoyará en dos videoclips dirigidos por Isaac Bencid y Mauricio Rodríguez —grabados, por fortuna, antes de la crisis sanitaria— cuyo director de fotografía es Fernando Reyes, un cuarto bate de Hollywood. Y yo le pregunto: ¿Qué sientes ahora que va a salir el que, creo, es el disco más sufrido de tu carrera, el que más enfrentó obstáculos?

—Bueno, este disco no existiría sin lo que pasó. Es así. Una cosa es consecuencia de la otra.

 

FOTOS: Cortesía Sony Music Latin

Dedicado a mi tío César Yegres

Dedicado a mi tío César Yegres

Cómo no escribir algo sobre alguien a quien tanto le gustaba escribir y, sobre todo, leer. Cómo no escribir de César Augusto Yegres Morales (1943-2020) unas líneas que seguramente le habrían encantado. Cómo no, si fue alguien fundamental en mi vida personal y profesional.  

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Para mí, siempre fue Tío César. Si acaso, en los últimos años y por exceso de confianza, pasó a ser “El Viejo”. Aquel político con chaquetas de cuero, elegante y de verbo ágil, que siempre nos llevaba a comer helados y hamburguesas y a pasear por la Cumaná de los años 90, se fue convirtiendo en una suerte de hippie feliz, que caminaba en chancletas y pantalón corto bajo el sol cumanés, fumando al tiempo que saludaba gente, echaba chistes, contaba anécdotas, hablaba hasta por los codos de viajes y libros. Diría que es la persona con la memoria más prodigiosa que he conocido. Es difícil concebir cómo entraba tanto conocimiento sobre historia y cultura en ese mismo CPU. Podía hablar durante horas sobre la historia de los aztecas, o dictar una conferencia improvisada sobre la antigua Grecia y sus rastros en el mundo actual. Hablaba de Montejo y Ramos Sucre, de Cadenas, Sartre y Cervantes, de Octavio Paz y Kafka, de García Márquez, Vargas Llosa y el boom latinoamericano, o de Margarite Yourcenar, a quien tanto admiraba. Hablaba de béisbol y de música, de España y su literatura, y de Cumaná, ciudad de la que pudo haber sido cronista si estos tiempos hubiesen sido menos mezquinos. Como sabía tanto del estado Sucre, le dieron un espacio en la televisión local, sin guión ni nada, para decir cuanto sabía frente a una cámara fija. 

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Cómo olvidar la Serie Mundial de 1990. Tanto César Rafael, mi primo, su hijo, como yo, éramos fanatiquísimos de los Atléticos de Oakland. No creíamos que ningún equipo en la Tierra sería capaz de ganarle a Canseco, McGwire, Henderson y compañía. Muchos menos esos fulanos Rojos de Cincinatti. Tío César, con cara de picardía, nos decía: «Esa es la Maquinaria Roja». Y César y yo: pfff, a Oakland no le gana nadie. Los dos vimos en la tele, con caras largas, una serie que terminó 4-0. Oakland no ganó ni un jueguito. Desde entonces, dejé de porfiarle sobre béisbol, aunque siempre mantuvimos una amistosa rivalidad en lo que se refería a la liga venezolana. 

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Cómo olvidarlo recitando de arriba abajo el Canto a España con el que Andrés Eloy ganó aquel premio en 1923, o contándome de aquella vez que asistió a una conferencia de Borges en Caracas y, a la salida, se le acercó al argentino, lo tomó del brazo y le dijo: «Maestro, usted es un genio». Y Borges, con su acento porteño, le respondió: «No es para tanto». O de cuando presenció el 4-1 de Brasil a Italia en la final de México 70; o de cuando vio a Juan Manuel Fangio ganar el premio de Fórmula 1 en Los Próceres, Caracas, en 1955; de cuando se paró frente a las Cataratas del Niágara y el Salto Ángel, o de cómo casi muere en el terremoto de Caracas de 1967; o de sus visitas a Belén, donde nació Jesús, y al lugar en Alemania donde dicen que se suicidó Hitler.  

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En una familia numerosa de siete tíos —con sus parejas— y 18 primos hermanos por parte de padre, más cuatro tíos —con sus parejas— y 9 primos por el lado materno, digamos unas 50 personas incluyendo mi núcleo, nadie padecía la fascinación por los libros y la lectura. Nadie; al menos nadie con tal fervor. Él sí, y quizá también mi primo César Rafael, aunque él y yo compartíamos otras inquietudes. Por eso Tío César reconoció en mí, muy pronto, esa extraña condición. Por eso les reclamó a mis papás que qué carajo hacía yo estudiando una carrera que no me calzaba, si yo tenía que ser poeta, filósofo, periodista o escritor o algo de eso. Él, que fue el que leyó mis primeros cuentos y, como todavía no funcionaban, me dijo: «Sigue, sigue. No pares de escribir, que por ahí vienen los buenos». Él, que mientras estuve en el periódico, me insistía que estaba orgulloso de mí, pero… «no lo olvides —me miraba fijamente— tú estás para ser un escritor independiente»; y luego, cuando leyó una entrevista que me hicieron en El Universal porque se publicó un libro mío, me envió un email sólo para recordarme: «¿Viste? ¿No te lo dije?». Me tenía una fe enorme. Y cada vez que yo llegaba de visita a Cumaná (porque ya vivía en la capital), me tenía un libro nuevo. «Léete esta vaina», y pum, me lanzaba una novela de Jorge Edwards, o un libro de ensayos históricos de Manuel Caballero o algún tomo de historia universal. 

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Desde mi exilio, aquellas charlas se convirtieron en intercambios de emails. Él había aprendido a usar el correo electrónico, pero no escribía sus mensajes directamente en el campo de texto sino que adjuntaba un documento de Word como si fuera una carta de papel en un sobre con membrete. Por ahí me enviaba comentarios sobre sus lecturas recientes. Por ahí le pregunté sobre Massiani cuando hice me tesis de maestría. Por ahí me mandó una columna que escribió cuando cumplió 75 años, en la que le agradecía a la vida, como la canción de Violeta Parra, por sus experiencias, sus lecturas, sus viajes y, más que nada, sus cinco hijos. Recordaba cuánto aprendió de Arístides Calvani y cómo llegó a ser diputado a la Asamblea Legislativa de Sucre de 1969 a 1994. «He tenido una existencia provechosa», concluía. Yo, porque así nos tratábamos, le respondí: «Todo muy lindo, menos lo de magallanero». Y hoy lo conservo en mi memoria con cara de travesura, riéndose a carcajadas como las que seguramente le provocó esa respuesta mía de caraquista. 

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Lamento no estar allí para darle a mis primos y tíos el abrazo que quisiera darles. Por eso recurro a las redes sociales para decir lo que diría si estuviese presente en el funeral. A César Rafael, María Fernanda y Beatriz Elena, a César José y a Daniela, a toda la familia, a los amigos, a todos los que lo quisieron, los abrazo desde acá porque, aunque mi cuerpo está lejos, mi corazón está allí con ustedes.

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Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Simón Díaz y Gabriela Montero: Una cita en la luna

Publicada originalmente el 27 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Al fin podemos asomarnos entre las rendijas y saber a qué sonó. Al fin podemos hacernos una idea de lo que ocurrió en un estudio caraqueño en 2006 cuando Simón Díaz se sentó por última vez frente a un micrófono conectado a una cónsola de grabación, mientras Gabriela Montero reinterpretaba libremente algunas de las obras preciadas del maestro de las tonadas. Al fin.

Cuando las ganas se juntan —así se llama el álbum— nos sorprende como intrusos, como si nos hubiéramos colado en un lugar privilegiado. Son los pormenores del histórico encuentro entre uno de los compositores populares más celebrados del país y una de las mejores pianistas clásicas del mundo.

La carátula no le hace justicia a una obra antológica, cuyo valor radica precisamente en lo inacabado. Es de una belleza que florece de manera silvestre, natural. Díaz y Montero nos hablan al oído, como secreteándonos. Nos hablan, por momentos, desde adentro de nosotros mismos.

Apenas comienza, el piano dice presente y espera la respuesta silbada del Clavelito colorado. El piano de la ciudad, de los conservatorios, del influjo europeo; el silbido del sentimiento, de la intuición, de ese campo que siempre estuvo aquí, desde mucho antes que este paisaje imponente se llamara Venezuela. Así comienzan a buscarse el uno al otro, como quienes van cortando la maleza guiándose por el oído (y el corazón).

Una brecha enorme separa los puntos de partida de Simón Díaz y Gabriela Montero. Existe un aprendizaje que viene del instinto y la naturaleza; una información que surge del horizonte y los anhelos, las siluetas de los árboles contra el ocaso, el canto cándido de los pájaros y la nobleza del ganado. Otro, que proviene de las siete notas, con sus bemoles y sostenidos, mayores, menores y otras tantas complejidades entre redondas y semifusas; un contenido que va del pentagrama y las enseñanzas de tantos genios de otros tiempos a los dedos y los martillazos que resuenan dentro del piano. Pero la magia vence ese abismo. La magia o el talento, o la gracia o las emociones o todo eso junto. En una estación avanzada del viaje, una vez superados relieves y curvas, los dos, el cantor popular y la pianista virtuosa, se encuentran en una cumbre que sólo admite lo sublime. ¿Una cita en la luna, la luna a la que tanto le cantó ese hombre enamorado que nació en Barbacoas, estado Aragua, un día 8 del mes 8 del año 28?

No había comenzado el doloroso exilio de Gabriela Montero, para muchos la mejor pianista venezolana desde Teresa Carreño, cuando a Bettsimar Díaz, hija del Tío Simón, productora y presentadora de televisión, se le ocurrió la gran idea. Entre las dificultades que ya suponía el Alzheimer de su padre y la agenda copada de la artista, encontraron el tiempo para grabar seis pistas. Más tarde, en 2010, Montero recurrió a su acto de magia predilecto —la improvisación— para jugar en torno a otras cinco.

Cualquier experimento de la autora de Ex Patria es digno de enmarcar y eso pasa con su lectura de Caballo viejo, de la que resultaron dos versiones, una más impetuosa, la otra más taciturna. También ocurre con Flor de loto, trasplantada a un jardín atemporal, y El becerrito (La vaca Mariposa), cuya historia se cuenta desde el Romanticismo. Al igual que Pasaje del olvido y Tonada del tormento, todas se asoman entre los episodios cantados como preparando al espectador, pero incluso cuando no canta, el maestro está presente.

Luna de Margarita es una obra impresionista. El Tío Simón anuncia: Luna de Margarita es… como tu luz, como tu voz, como tu amor. Gabriela recoge esas palabras y se las lleva con ella como un tesoro. La artista viste la esencia de Simón como quien se pone un abrigo. Deja caer sus dedos entre esas melodías para reinterpretarlas desde su virtuosismo.

Con Simón pasa como con Manzanero o Leonard Cohen. Son autores de grandes composiciones que han sido reproducidas en muchas voces, pero no hay nada como escucharlas por ellos mismos. La canción responde fielmente a su significado. Su contenido se relegitima. A pesar de su edad y su condición al momento del registro, su voz exhibe la potencia necesaria para trasladar versos como los de Mi querencia, El alcaraván, Sabana y El Loco Juan Carabina. Se le oye tomar aire. Su sonrisa, esa que es casi un emblema nacional, puede intuirse. Porque a veces las sonrisas suenan, y la de él pareciera no apagarse nunca.

Cheo siendo Cheo

Cheo siendo Cheo

Publicado original el 3 de abril de 2020 en Guatacanights.com

Cheo descansó de su eterno juego de roles. Esta vez no es el José Luis Pardo fundador de Los Amigos Invisibles, compositor, bujía creativa y guitarrista de la banda durante 20 años. No es Dj Afro, su alter ego electrónico, ni se esconde detrás de una criatura de múltiples tentáculos llamada Orquesta Discotheque. Tampoco es uno de Los Crema Paraíso, trío que cultiva música de raíz venezolana adulterada, ni hace parte de Locobeach, pandilla de cumbieros psicodélicos que aterrorizan los bares neoyorquinos con un tumbao contagioso que incita a una desenfrenada pulitura de hebillas. En esta ocasión, no; Cheo no es ninguno de aquellos. Durante esta Sorpresa de 10 canciones y cuarenta y tantos minutos, Cheo es simplemente Cheo.

¿Cuánta información tendrá en la cabeza? ¿Cuántos conceptos, melodías, estructuras? ¿Cuántos sonidos, transiciones, efectos, pequeños detalles que, si se administran bien entre los silencios, hacen de la música algo mágico? Sorpresa es una aventura exploratoria por el mundo ecléctico de un artista que celebra con igual entusiasmo el rock risueñamente atormentado de The Cure, los encuentros de Blades y Colón, Colón y Celia, Sinatra con Jobim, Jobim con Stan Getz, y la onda nueva de Aldemaro y el funk y el disco y el soul y el acid jazz y tantísimas cosas más que conviven bajo ese afro reconocible por todo fan de Los Amigos Invisibles.

Es difícil poner en orden toda esa data. Pero Cheo, siendo Cheo, ha encontrado darle sentido a una heterogeneidad inabarcable ya reflejada en Free (2011) y en cada uno de sus proyectos. No hace ruido el tránsito a un latin soul desde un intro como Wake Up Call, que activa las neuronas con guitarras acústicas, que se parece a esos segundos de desconcierto de la mañana, cuando uno se levanta y empieza a reconocer su hábitat. La cama, el armario, el póster de Farrah Fawcett, la ropa usada de anoche.

Todo el día en la cama es como una cuba libre bien servida. Un baile de hombros, de movimientos ligeros, para un domingo perezoso. Reluce la que ha sido, históricamente, su voz cantante: su guitarra; esa mano derecha que es una cátedra de ritmo para guitarristas, una destreza que no enseñan en conservatorios y, por supuesto, ese monstruo con traje de wah wah que pasa a primer plano en los solos. Reluce también su segunda voz: sus cuerdas vocales (sin talkbox). Cheo canta, como ya lo hizo en su álbum con Ulises Hadjis (Dónde, 2018). Canta lo que su canción necesita; sin estridencias, sin excesos, dejando caer la última sílaba de la palabra en el siguiente compás, porque si este álbum lleva una moraleja es esa: «tranquilo, no hay ningún apuro». El mismo recurso de la métrica se repite inmediatamente después en Trasnocho entre semana, que es desparpajo y gozadera al igual que No quiero ser tu amigo, una de esas piezas que hacen evidente el origen de tantos hits de Los Amigos Invisibles. Inevitable obviarlo.

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Cheo convocó a sus panas. Algunos, como Ulises o como Catalina García y Santiago Sarabia, de la banda colombiana Monsieur Periné, lo ayudaron a escribir. Otros, como Alberto Arcas (Okills) o Lolita de Sola, aportaron coros. Rafa Urbina (Famasloop) grabó baterías, al igual que Fernando Valladares y el compañero de aventuras de Cheo y gran percusionista, Neil Ochoa. También, Alejandro Berti sumó la elegancia de su trompeta en canciones como Carnaval, agregada a la lista al final del proceso de grabación porque —así lo dijo Cheo— su disco no podía existir sin bossa nova.

Gabriel Chakarji, jazzista y prodigio caraqueño del piano que también vive en Nueva York, colaboró. En la Guachara Vegana, tributo que le hace a sus obras de salsa favoritas, participó el trombonista Rey David Alejandre. Allí subraya ese mismo mensaje de relax que humedece toda la obra: Dale con calma, que hay tiempo. Sorpresa es un oasis en tiempos de incertidumbre.

Tras una seguidilla de latin soul, bossa, salsa y vacilón, llega un descanso que se llama No más, una séptima pista introspectiva que pareciera sellar el final de un despecho, abrigada por guitarras que me recuerdan a The Cure y al Duran Duran de Ordinary World (1992). ¿Cheo hablando de sentimientos? ¿Hablando en serio, sin sarcasmos, sin picardía caribeña, de vulnerabilidad y melancolía? Pues sí. Dice: Yo voy en barco sin saber nadar en un coro delicado, sanador, definitivo.

En el tema siguiente, Jugando conmigo, vuelven la calle y el humor. Basta de seriedad. Es un latin soul que suena a colilla humeante, a cortejo que fracasa, a trago aguado, salitre y beso de fumadora en el cachete. Me voy en paz a casa a jugar conmigo, confiesa resignado antes de subir el beat en Faltabas tú, la única francamente discotequera del álbum, bien funky, bien disco, más Orquesta Discotheque, casi totalmente instrumental.

Sorpresa escarba en lo retro, pero mira hacia adelante; remarca identidades, pero reivindica el cosmopolitismo; le habla de frente a su gente, pero abre la puerta a oídos de cualquier origen. Sospecho que sonaría fresco en cualquier sitio, en Caracas o en Nueva York, en Río de Janeiro o en Madrid, Ciudad de México, Miami, Bogotá…

La obra termina con Feelings, una pieza instrumental que me hace pensar en Colina y la segunda mitad de los 80, en los que, como adolescente curioso en aquella Caracas tan diferente de la actual, con la piel de gallina frente al tocadiscos, aquel Cheo jovencito estaba comenzando a construirse ese museo de influencias que ahora se dedica a pasar en limpio.

Una vez que Sorpresa se acaba, me voy a la cama pensando que mañana quiero ponerlo de nuevo para dejarlo sonando el fin de semana. El lunes, ya veremos.

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Fuliafrocode: Tambores venezolanos retumban desde Calgary

Por Gerardo Guarache Ocque

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 21 de febrero de 2020

 

Un bajo eléctrico se toma su tiempo con mucho groove. Se le suman unas congas y del encuentro surge una música latinoamericana que camina por la ciudad con desparpajo y chaqueta de cuero. Al paseo se incorpora una guitarra funk y un hombre recita en inglés la antesala a nuevos invitados: un piano salsero, un teclado ochentoso; la base rítmica y los coros le hacen un guiño a Guaco. Así es la música de Luis “El Pana” Tovar, percusionista de Guatire establecido en Calgary: un constante armar y desarmar; un collage en el que los tambores afrovenezolanos sirven de anfitriones a lo demás, venga del pop, del jazz, del R&B, la salsa, el merengue dominicano o el rock.

Fuliafrocode, su segundo álbum, es una manifestación de su voz, como él la llama. Un compendio de 13 temas en los que se mezclan sus aprendizajes y sus gustos. Una amalgama en la que pueden identificarse influencias caribeñas y anglosajonas y, sobre todo, esencias que el percusionista, formado con maestros como Alexander Livinalli y Vladimir Quintero, se llevó de su país como equipaje cuando migró, primero a México y después más al norte, a Canadá, donde reside desde hace 14 años.

Tovar se gana la vida tocando salsa. Con su banda, Distrito Salsa, suele acompañar a referentes del género como Tito Nieves, Willie Colón, Tony Vega, Maelo Ruiz o Jerry Rivera. Al margen de su actividad como performer, juega a la artesanía musical en casa. De esas dinámicas lúdicas, han surgido sus dos obras.

Todo comenzó con unos injertos rítmicos que se le ocurrieron. Unas combinaciones nada comunes. A partir de eso, comenzó a construir y se atrevió a agregar bajos, teclados y a sumergirse en el mundo de los loops, los samplers y las herramientas comunes en una grabación de un álbum de hip hop. El primer resultado de la experiencia se llamó simplemente Everything I Like (2014).

Fuliafrocode evidencia la continuidad de esa búsqueda. “Dale candela” —la canción descrita en el primer párrafo de este artículo— convive con otras como Why not?, grabada junto a su colega Yonathan Gavidia y cuyo título subraya su empecinamiento por llevar la fusión lo muy lejos, a donde la mayoría siente vértigo. En esa, la fulía se entrelaza con un merengue dominicano muy al estilo Juan Luis Guerra, y después coquetea con un chachachá y un guaguancó. Toda una ensalada.

Uno de sus objetivos fue realzar el San Juan de Guatire, fiesta mágico-religiosa de su tierra casada con un ritmo de tambores desafiante y enérgico. Al mismo tiempo, quiso rendirle tributo a la agrupación 1, 2, 3 y fuera. Ambos propósitos se lograron en Fuera, la tercera pista, en la que ese patrón afrovenezolano dialoga con retazos de hip hop y sigue de largo hasta juntarse con otra versión de la obra de Simón Díaz más celebrada en tiempos recientes, la Tonada de luna llena, cantada esta vez por su amigo Andrés González.

Los versos del Tío Simón representan un prólogo de la pieza siguiente. Aguanta Venezuela le rapea un mensaje de ánimo a quienes dejaron el país en busca de oportunidades y huyendo de la dramática crisis y, al mismo tiempo, construye un escudo contra la xenofobia que sufren muchos de ellos. Antes, en la misma línea pero en formato instrumental, suena Venezuelan Exodus, que mezcla los tambores con unos teclados vintage, como sacados de un álbum de Herbie Hancock de principios de los años 70, grabados por Kate Melvina y Stephen Fletcher.

El hombre que recita en inglés en cinco de las 13 pistas es Malcolm Mooney, poeta estadounidense que alguna vez perteneció a la banda alemana CAN, exponente de aquella corriente setentera conocida como Krautock —definidad por una fusión avant-garde de elementos disímiles en torno a la electrónica y el rock—. Es él quien aporta los versos de la reflexiva Someone Care, una canción que reclama bondad, solidaridad y fe en el otro para los tiempos mezquinos que vivimos. La otra voz hablada es la de Edwins Moreno, quien hace las alabanzas a la Santa Cruz de Pacairigua en Fuliafrocode, la pieza que acentúa el origen y el viaje de Tovar, tomando la materia prima de una ceremonia tradicional y revistiéndola de modernidad.

Fuliafrocode, en cuya grabación también participó su maestro Alexander Livinalli, es un álbum que puede (y debe) escucharse de un tirón. A la mitad, justo antes de la descarga de Un cambio de actitud pt. 2, que es como un frenesí con metales, una percusión latina agresiva y endemoniados solos de guitarra de Carmelo Medina, se presenta una pausa, un descanso para tomar aire y seguir. El respiro se llama I Like This Winter Better. Allí, en esa canción cálida en contexto invernal, relucen los bajos de Lisa Jacobs. Es tierna porque escenifica el nacimiento de la hija de Luis Tovar, Emily Gabriela, quien, sin saberlo, en sus primeros intentos de habla, tuvo una participación estelar en la obra de su padre.

 

FOTO: Cortesía Carmen Alejandra Infante Peña

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 16 de noviembre de 2019

No es momento de descansar. Desde que comenzó a cristalizarse el proyecto que devino en Tiempo al tiempo, obra ganadora del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico, cada vez que Luis Enrique y los cuatro integrantes de C4 Trío coinciden en tiempo y espacio, se activa una agenda de entrevistas, ensayos, reuniones, pruebas de sonido y, por supuesto, presentaciones, que apenas deja un cuarto de hora por acá, media por allá, para un trago, una siesta, un bocado.

Edward Ramírez viaja desde Medellín. Héctor Molina, desde Miami. Jorge Glem vuela desde Nueva York y, después de los Latin Grammys hubiera seguido esa misma noche hacia Chile si sus compromisos allá no se hubiesen suspendido por los disturbios. También llega, con su cajón, el percusionista Diego “El Negro” Álvarez. Y, por supuesto, el ganador del Latin Grammy 2019 al Mejor Arreglista, el bajista del grupo, Rodner Padilla.

Un bar del inmenso complejo del MGM Grand, que incluye el Teatro de David Copperfield, escenarios del Cirque du Soleil, tiendas, restaurantes, ferias de comida rápida, kilómetros de casino sin principio ni fin y la arena donde se organizan las grandes peleas de boxeo, se convierte en el escenario del reencuentro de los músicos.

Se abrazan. Se ponen al día. Luis Enrique suelta una seguidilla de venezolanismos. Carcajadas. Comienza el circuito. El ascensor en el que subimos se abre en un piso desde el que se ven pequeños edificios que también son enormes. Tocamos la puerta de una de las 6.852 habitaciones del hotel y, detrás, nos encontramos con una estación de radio improvisada.

Luis Enrique no da entrevistas sin C4 Trío y en todas comenta que el ensamble lo impresionó desde que los vio tocar por primera vez, por su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su osadía para explorar nuevos caminos para el cuatro venezolano sin desconectarse de su raíz. En todas, remarca su amor por el folclor venezolano y cuenta su propia relación con la música tradicional.

“Mucha gente conoce mi faceta de eso que me ha dado fama, que es la salsa, y lo agradezco. Sin embargo, realmente vengo de una raíz folclórica. Mi familia se dedica a hacer folclor en Nicaragua. También son gente muy comprometida, socialmente hablando, con lo que sucede en nuestro país. Yo crecí bajo esa sombrilla, ese impulso de decir las cosas que suceden, de hablar de las injusticias. Nunca he estado lejos del folclore, aunque nunca lo había hecho en mi carrera. Siempre quise hacerlo, y ¡qué mejor manera sino con C4 Trío, que son unos maestros!”

Salimos del MGM, subimos a un taxi y nos vamos al Hard Rock Café Hotel. Kerly Ruiz, la presentadora venezolana, los espera para una entrevista inusual en una cama. Bromean con doble sentido, pero el contenido de la charla es el mismo. La camaradería con C4, el amor por la música de raíz latinoamericana, el orgullo de haber sido reconocidos por la Academia Latina de la Grabación. De ahí, siguen sin pausa hacia una cita con una revista que cubre especialmente el mundo de la música norteña y otra con una emisora radial dirigida al público hispano de Estados Unidos. Se pasan el switch del castellano al inglés constantemente. Entre una y otra, en pequeños tiempos muertos antes de salir al aire, aprovechan para afinar detalles de lo que tocarán en el evento Los Producers esa misma noche, donde compartirán escenario con artistas como Fito Páez, Ximena Sariñana, Lasso y Leonel García (ex Sin Bandera). La canción que tocarán allí, Mi tierra de Gloria Estefan, termina tomando forma en un ensayo improvisado en la terraza del Hard Rock Café, al borde del bulevar que es el epicentro de Las Vegas, donde confluye todo lo que es conocido en el mundo de esa ciudad que nació del envite y el azar a principios del siglo pasado.

“Ha sido un camino de mucho aprendizaje, un reto de la A a la Z, y encima de eso conseguimos este reconocimiento”, me dice, sobre la concepción del álbum galardonado. Se siente orgulloso, especialmente porque es un proyecto que “no obedece a ninguna moda”.

Caminamos entre máquinas tragamonedas, pantallas de apuestas deportivas y mesas de Blackjack cuando habla de lo que motivó a un músico de semejante trayectoria en la salsa, más de 30 años de carrera, cerca de la veintena de álbumes y bastante fama en buena parte de Latinoamérica, a lanzarse de chapuzón a una apuesta tan experimental con joropo, danza zuliana y tonada.

“Honestamente, lo primero es lo primero: la música —se enseria Luis, como le dicen los muchachos de C4—. Es sumamente importante para mí saber que estoy haciendo algo más allá del hecho de querer, caprichosamente, grabar otro CD. Tiene que haber una razón más. Primero, la música. Pero si, además, vamos a hacer música, ¿qué estamos dejando? ¿Qué estamos diciendo a través del proyecto? La razón mayor es aportar algo, bien sea a través de la canción, o a través de la posibilidad que estamos creando al lograr un álbum de música folclórica de canciones inéditas”.

Bastan 48 horas viéndolo trabajar y escuchar los testimonios del grupo, para entender que Luis Enrique no es ese artista que llega al estudio de grabación a ponerle su voz a un proyecto en marcha. Así, los hay muchos y muy buenos, pero él corresponde a un perfil distinto que se lanza de cuerpo completo en la obra. Que asume con entusiasmo el desafío, cuidando detalles, construyendo desde los cimientos.

De Venezuela, recuerda su público. Bromeando con Molina, Padilla y compañía, dice que algún día se comprará allá dos casas, una en la playa y otra en la montaña. Se ilumina su rostro cuando hurga en la memoria sus experiencias en el país: “¡Guao! El amor con el que reciben el trabajo que uno hace. Eso para mí es increíble, es importante, pero, sobre todo, me emociona haber conocido una Venezuela con una energía eternamente joven, de gente echando pa’ lante, gente muy linda. Cada vez que llegaba, me contagiaba de eso y por eso me encantaba ir”.

No hay una entrevista en la que Luis Enrique no remarque el mensaje del sencillo Añoranza, una canción dedicada a los caminantes, a los que se van “con su vida arrugada en un morral” buscando oportunidades, alimento, medicinas, bienestar para sus familias. Dice que se ve reflejado en los integrantes de C4 porque él salió de Nicaragua en 1978 y llegó a Los Ángeles a construirse esa ruta que, en algún punto, después de mucho sudor, comenzó a dar frutos: “Es duro llegar a un país como éste y comenzar de cero; intentar edificar algo en un lugar que no es tu tierra, donde hay muchas cosas que tienes que hacer que no estaban en tus planes. Reconozco el esfuerzo que ellos hacen todos los días por echar pa’lante. Reconozco su deseo de tener una carrera haciendo lo que hacen. Todo eso es valioso”.

Luis Enrique también demostró en pocas horas que es una criatura del escenario. Que el éxito no es producto de la casualidad. Con el ensamble, le tocó el rol difícil de abrir la premiere de los Latin Grammys, cuando la gente apenas se estaba acomodando en sus sillas, mirando sus teléfonos celulares, entrando en calor. Sí fueron aplaudidos, pero todos se bajaron con ganas de desquite, aún cuando salieron de esa ceremonia bateando para average de .1000, con dos Latin Grammys en las dos casillas en las que competían. Pasaron las horas, se hizo de noche y el ídolo entró a la after party y la puso patas arriba con su gracia y su talento, con energía y desparpajo. Ahí sí: nadie fue indiferente a lo que pasó en el escenario. Ahí sí recibieron el premio que más les gusta a los artistas: la ovación frenética.