Guataca: hilo conductor de la venezolanidad

Guataca: hilo conductor  de la venezolanidad

Publicada originalmente en la revista Clímax el 8 de julio de 2019. Enlace aquí

En vísperas de un festival en homenaje a Sadel, el empresario Ernesto Rangel, principal artífice de la plataforma cultural Guataca, celebra los logros de una iniciativa que en 12 años ha generado una veintena de álbumes, incluido uno ganador de Latin Grammy, y que en la actualidad exhibe música venezolana en directo constantemente en más de 10 ciudades dentro y fuera del país 

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No sabía qué hacer Ernesto Rangel la tarde del 15 de noviembre en el Mandalay Bay Center de Las Vegas cuando el músico uruguayo José Serebrier abrió el sobre y dijo que el ganador del Latin Grammy 2018 al Mejor Álbum Instrumental era Miguel Siso con Identidad, primera obra con sello de Guataca en obtener un premio en esa glamorosa fiesta de la música comercial latinoamericana. Vestido de traje y pajarita, no sabía si correr, seguir a Siso, llamar a alguien con su celular o abrazar a todos en su mesa. Casi saltaba de la alegría mientras el cuatrista tomaba su gramófono dorado y ofrecía un discurso de agradecimiento que remarcaba el progreso de la música venezolana del siglo XXI.

Es una de las mieles que ha saboreado, como mecenas y gestor cultural, en un recorrido intenso de unos 12 años, cuyo punto de partida estaría marcado por el álbum debut de C4 Trío. El primer espaldarazo que recibió de él el ensamble de Jorge Glem, Edward Ramírez y Héctor Molina, todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, fue también el primer paso firme de una plataforma cultural que comenzó a cobrar forma, adaptándose a imagen y semejanza de un movimiento extraordinario de músicos que ya conjugaban la rigurosidad de la academia y la libertad del jazz con un amor profundo por los géneros de raíz tradicional.

“Lo que vivimos en Las Vegas con Miguel fue como una certificación de que vamos por buen camino”, dice Rangel, quien también recuerda con alegría un concierto de Jorge Drexler en el Aula Magna de la UCV en 2009, en el que C4 estuvo de telonero: “Fue muy grande la emoción que sentí a ver a los muchachos, frente a una sala llena que no sabía de ellos, tocar así y ser aplaudidos de pie. A mí me dijeron que, por la bulla que se generó cuando estaban en el ‘Zumba que zumba’, Drexler les preguntó a los productores qué estaba pasando ahí afuera. Los momentos que me dan más felicidad son esos en los que veo que la gente reconoce que tenemos un talento musical especial.”

Actualmente la plataforma sin fines de lucro, que Rangel dirige junto con el músico Aquiles Báez, exhibe ese talento en Miami, Nueva York, Houston, Orlando e, incluso, ha coqueteado con Phoenix, Dallas y Minneapolis, tres plazas estadounidenses que todavía no pertenecen al circuito guataquero habitual. Lo mismo ocurre con Buenos Aires, donde está pendiente su consolidación. Panamá ha sido uno de los escenarios más constantes. En España tiene sedes en Madrid y Barcelona. Desde diciembre, Ciudad de México comenzó a funcionar. En casa, Guataca está activa en Caracas y Lechería.

“Nuestros objetivos siguen siendo dos: dar a conocer la música venezolana en el mundo y que los venezolanos nos integremos con otras culturas a través de la música”. Y aclara Rangel: “Nunca hemos querido que sea una iniciativa de venezolanos para venezolanos. Una bonita experiencia la hemos tenido en Panamá, por ejemplo, donde presentamos una noche con talento panameño, otra con música venezolana y en cada una se invita a un músico cruzado, es decir un panameño tocando con venezolanos y viceversa”.

Gracias a las semillas que ha depositado en suelo foráneo, Guataca ha trascendido el aspecto musical y suele convertirse en un punto de conexión de venezolanos que están lejos de su tierra, que viajan a ella a través del joropo, el merengue caraqueño y la onda nueva: “Nosotros representamos, no sólo la vitrina para dar a conocer la música venezolana a gente de otros lugares, sino un despertar para los venezolanos mismos que no conocen su música. Esta tragedia que nos está pasando como país nos ha hecho reencontrarnos con nuestra cultura, con la venezolanidad. Que no nos sintamos apenados por ser venezolanos. Se trata más bien de decir, con orgullo, ‘esta es nuestra música, esta es nuestra cultura’”.

El lado positivo

Formado en la Universidad Metropolitana y la Columbia University, Ernesto Rangel invierte cualquier huequito en la agenda que le deja el mundo financiero y corporativo para dedicarlo a la promoción cultural. Es un camino que se inició a partir de su amistad con Aquiles Báez, guitarrista, productor, uno de los músicos más prolíficos del país y un amante empedernido de lo autóctono.

El primer proyecto que concretaron juntos fue un álbum de Báez con el tenor Aquiles Machado en el que recorrieron algunas de las joyas del cancionero nacional en un CD/DVD que se llamó La canción de Venezuela (2005). Luego empezaron a apoyar nuevos talentos, grabar sus álbumes y servirles de catapulta. Al poco tiempo, Guataca comenzó a tener oficina y un pequeño equipo que, desde dos flancos, como sello disquero y productora de conciertos, comenzó a fijar su logotipo en el radar de los melómanos.

Antes de todo esto, en 2001, Rangel se había topado con la película Alfredo Sadel: Aquel cantor. Le impresionó a tal punto que organizó con otros compatriotas la presentación en Nueva York de la cinta, dirigida por Alfredo Sánchez Jr., hijo del ídolo. Asegura que el simple hecho de ver el documental le despertó la necesidad de difundir la cultura venezolana, en especial la música.

“Sadel es un personaje que, viviendo fuera, no sólo no olvida su país sino que siente que no puede vivir sin él —analiza—. Él busca hacer más grande a Venezuela desde su canto. Viaja a dar recitales, pero no deja de volver a casa, porque experimenta un arraigo muy fuerte, y además, ayuda a los exiliados que están luchando contra la dictadura de Pérez Jiménez. Es una fuente de inspiración para lo que hacemos hoy en Guataca”.

Por eso, a 30 años de la muerte del cantante, que se cumple este 28 de junio, han producido un festival titulado La Venezuela de Sadel, con charlas, cine-foros y un concierto que protagonizará el tenor barquisimetano Aquiles Machado, voz lírica venezolana con mayor proyección internacional de la historia.

Eventos similares se han organizado en el pasado en el marco del festival Caracas en Contratiempo, que ha celebrado la obra de baluartes como Simón Díaz, María Rodríguez, Aldemaro Romero y Gualberto Ibarreto, buscando aproximar esas personalidades a las nuevas generaciones: “No podemos avanzar si no sabemos quiénes son nuestras referencias. Tenemos un pasado glorioso en cantantes como Sadel, pero no podemos llegar más lejos si no lo conocemos”.

Aunque celebra la obra de artistas consagrados e ídolos de otras épocas, la meta principal de Guataca es cultivar para el futuro. Por ejemplo, Rangel ha generado en Nueva York encuentros de músicos venezolanos con artistas del Jazz Lincoln Center. Uno de los resultados de esas experiencias ha sido la dupla del cuatrista cumanés Jorge Glem y el acordeonista neoyorquino Sam Reider, que ya han realizado conciertos juntos y este año piensan grabar un álbum. La diáspora revela un aspecto positivo: la música venezolana nunca había estado tan presente en el extranjero.

“No hay ningún aprendizaje sin sufrimiento. Nadie crece sin esfuerzo —sentencia Rangel—. Eso está pasando con los músicos. Están en una situación vulnerable, muy compleja. El exilio es algo muy difícil. Están aquí haciendo oficios muchas veces ni artísticos, pero creo hay un crecimiento, una superación personal, una reinvención. Creo que, de lo malo, de este exilio forzado, va a quedar algo muy bueno”.

Viajar a bordo de Séverine Parent

Viajar a bordo de Séverine Parent

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 19 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Séverine Parent recogió souvenirspor el camino durante años. Sus experiencias, sensaciones y nuevas amistades, y también los sonidos, imágenes y estructuras musicales que absorbió, se mezclaron hasta cobrar forma de canción una vez que se sentó frente a su piano con papel y lápiz. La artista francesa abrió al público ese álbum personal de postales sonoras de su vida y lo llamó Voyageuse. Viajera, si lo traducimos al castellano.

Sobre el álbum flota una invitación a romper u obviar fronteras, a dejarse cautivar por lo diferente y a entender que no importa tanto el origen sino el destino. Séverine canta en tres idiomas, se mueve entre el jazz y un pop inquieto que roza el world music, y va de lo estrictamente acústico a lo artificioso, casi siempre como vehículo de reflexiones íntimas.

Voyageusecomenzó a gestarse hace unos tres años. La artista nacida en Avignon, al sur de Francia, pasó una página grande de su vida. Dejó de ser la principal coach vocal del Cirque du Soleil, se mudó de Montreal, y comenzó a recorrer Latinoamérica —incluidas varias visitas a Venezuela— para dictar talleres de canto, compartir con colegas e incluso grabar.

Cada pista es radicalmente distinta. Por ejemplo, Amies, que habla de una amistad irrompible que lleva unos 30 años y que funciona como puerta de entrada ideal, es un singleen toda regla. Un pop con mucho sentimiento; con una instrumentación imponente combinada con la atracción seductora que suele venir en combo con el acento. A esa le sigue Lune, que describe una atmósfera distinta, solitaria y contemplativa; una balada jazz con contrabajo y batería tocada con escobillas. Y más adelante aparece Oubli, una composición cicatrizante a puro piano y voz.

Petit être—pequeño ser, en castellano— nos invita a un lugar muy íntimo y familiar. Es una canción de cuna escrita para un adulto, porque está dedicada a su hijo, que ahora tiene 23 años pero, ante sus ojos, no deja de ser la pequeña criatura que ella acunó. De un piano minimalista avanza hacia una pieza robusta con batería, bajo y un arreglo de cuerdas en el que ayudó un músico venezolano que también grabó teclados y se encargó de la mezcla y el mástering. Hablamos de Francisco “Coco” Díaz, quien ha trabajado, entre otros artistas y bandas, con Desorden Público.

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Séverine comenzó a estudiar piano a los cuatro años de edad y, desde entonces, nunca paró. Siguió con el clarinete, la música clásica y el jazz, hasta hacerse adulta. Participó en coros infantiles, donde podía cantar obras de los Beatles, y también en coros de ópera o de cámara, que le despertaron una fascinación por las armonías vocales que aún persiste. Prueba de ello es Viajera, la canción que cierra el telón con puras voces, procurando expresar emociones puras sin palabras de por medio.

“Camino mucho siempre, y voy viendo los paisajes, los monumentos, la riqueza y la pobreza, las expresiones en los rostros de la gente… Me gusta imaginar las historias detrás de cada uno —cuenta la artista—. La melodía de Viajeranació así. Mientras caminaba, la grabé en mi teléfono. Luego le agregué otra voz. Soy yo caminando por el mundo, cruzando una ciudad, un pueblo”.

En su hablar, Séverine cuela vocablos de una jerga que se ha apropiado: “He conocido músicos arrechísimos”. Lo dice a propósito de “Coco” Díaz y del multiinstrumentista Léster Paredes, otro venezolano, que desde 2018 es parte del Cirque du Soleil. También, del bajista Pablo González Sarra, un mexicano integrante de la banda Los Claxons, de Monterrey. Pero, sobre todo, se refiere a Yilmer Vivas, baterista venezolano, fundador de la Simón Bolívar Big Band Jazzy ahora miembro del elenco de Luzia, espectáculo itinerante del prestigioso circo canadiense.

Vivas, un músico con el que Séverine Parent creó la fundación SoñArtes para acercar el arte y la cultura a niños en situación de riesgo en Venezuela, fue quien la impulsó a llevar adelante el proyecto discográfico y se convirtió en el aliado perfecto —un versátil productor— para concretarlo. Sobre su amistad y su colaboración artística, agrega: “Nos une el gusto por la música sin etiqueta, las ganas de hacer lo que se nos ocurra sin tener un cuadro cerrado. Yilmer es una bomba de creatividad en el estudio”.

Yilmer es también autor de la música de Let’s, la única cantada en inglés. La letra es autoría de Séverine, quien la escribió dejándose llevar por el moodque él le sirvió. Esa le abre camino a las dos canciones más experimentales del álbum, que van juntas. En Solitude, entre armonías vocales, una guitarra a contracorriente, una batería potente y unas cuerdas, se revela un son cubano y un fragmento de hip hop. World music, se le podría decir generalizando. Sobre la temática, comenta: “Me encanta estar sola, pero a veces me desespera la soledad (risas). Quería traducir esa ambigüedad, y Yilmer, con el arreglo, logró hacer exactamente lo que pasaba en mi cabeza”.

El otro atrevimiento se llama Né quelque part, una pieza original del cantautor francés Maxime Le Forestier, que fue parte de su álbum exitosísimo del mismo nombre editado en 1988, con más de 600.000 ejemplares vendidos. Séverine escogió este hit, que la ha acompañado desde su adolescencia, para subrayar su mensaje de apertura. “El lugar en que nacemos es una casualidad. No define lo que tenemos que hacer y cómo comportarnos con los demás”, explica. Su versión es un collage rítmico que invita a sacudirse los prejuicios de la mente comenzando por el cuerpo.

Un cuatro venezolano, que grabó el propio Yilmer Vivas, sorprende cuando suena Alas de cristal, obra de Jorge Daher, cantautor venezolano establecido en México. Séverine no quería culminar el álbum, que grabó en Monterrey durante una semana intensa de 12 horas por día, sin solidarizarse con el país herido de muchos de sus colegas: “Él (Jorge Daher) me regaló esa canción que habla de la situación que atraviesa Venezuela actualmente, que me toca de cerca por tener tantos amigos, tantas amistades y tantos cariños ahí”.

 

Aquiles Machado: Sadel es un monumento en nuestra memoria

Aquiles Machado:  Sadel es un monumento  en nuestra memoria

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 16 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Aquiles Machado visitó su tierra expresamente para rendirle homenaje a uno de sus ídolos a 30 años de su muerte. Quienes asistieron el viernes 5 de julio, en fecha patria, a celebrar la vida y obra de Alfredo Sadel a través de su voz, experimentaron emociones muy complejas. El recital se enmarca en un festival con varias capas de significación. Una cita que celebra el talento y la gracia, pero que, de igual forma, realza la venezolanidad en tiempos de oscuridad.

Frente a una repleta sala de conciertos del BOD de La Castellana, Machado recorrió joyas como “Aquellos ojos verdes”, “Escríbeme”, “Desesperanza” y “Vereda tropical”, cantó con Soledad Bravo y hasta invitó al escenario a Alfredo Sánchez, presentador de la noche e hijo del personaje homenajeado. Además, ofreció un discurso que sirve como declaración de principios. He aquí un fragmento:

“Alfredo Sadel jamás se negó a enfrentarse a una dificultad. Cuando estaba en la cúspide de su carrera como cantante popular, decidió abordar y estudiar nuevas cosas. Entrenarse en una cosa que él pensaba que también tenía que hacer, y lo hizo hasta el final y hasta las últimas consecuencias. Eso es algo que nos enseña y que nos habla mucho del tipo de persona que era Alfredo Sadel y que además nos hace entender porqué nosotros hoy tenemos que estar rindiéndole un homenaje. Son ese tipo de personas las que nos enseñan qué tipo de venezolanos tenemos que ser”.

 Machado (Barquisimeto, 1973) acababa de culminar una temporada de Carmenen el Teatro Bolshoi de Moscú, un hito que se suma a su historia de éxitos en el universo operístico, donde ha interpretado papeles protagónicos en el Teatro Real de Madrid y el de la Zarzuela, la Ópera de Roma y las de Washington, Los Ángeles y Zurich; el Teatro San Carlo de Nápoles y el Gran Teatre de Liceu de Barcelona. Y también, en la Deutsche Oper de Berlín, el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro alla Scala de Milán.

Venezuela está siempre en el pensamiento del cantante. En un baúl muy preciado, guarda su romance con la música de su país, que ha dado como fruto dos volúmenes antológicos de La canción de Venezuela, producciones de Guataca concebidas por Aquiles Báez, que le permitieron recorrer algunas de las creaciones más logradas del cancionero venezolano. En el futuro, quiere involucrarse en la dirección escénica y orquestal, pero también sueña con unificar los teatros de Venezuela y rescatar el Teresa Carreño.

—¿Cómo se pasa el switch de lo lírico a lo popular?

—La diferencia entre una cosa y otra está en cómo es el nivel de comunicación. Cuando canto ópera, funciona un entramado que tiene que ver con una historia, un libreto, y allí evidentemente hay un condicionante que es el estilo. Cuando pasas a la música popular también es importantísimo respetar el estilo, pero la palabra pasa a ser dominante. Y generalmente se hace en un formato más íntimo, más cercano al público. El artista se comunica directamente. A mí manera de verlo, creo que nosotros subestimamos nuestra música popular, que es nuestro Schubert, nuestro Brahms, nuestra música camerística-académica. Tenemos esas formas que son equivalentes a muchas otras de música camerística centro-europea. Lo que hago es tratar de entender cuál es la sonoridad de lo que voy a interpretar. Ahí está lo interesante. No se trata de que uno haga menos técnicamente, sino que la aplicación técnica es distinta. La palabra, el fraseo, los sonidos, responden a un tipo de sensibilidad diferente. Al igual que nosotros nos acercamos a la música alemana cuando hacemos música de cámara, procurando entender esa sensibilidad, acá uno intenta lo mismo. La diferencia está en que la sensibilidad inherente a la música venezolana uno la lleva innata.

—¿Cuál es el primer recuerdo de Sadel que registras desde tu infancia?

—Cuando era niño, escuchaba cantar a mi familia, los amigos de mi papá y mi mamá. En las fiestas siempre había alguien con una guitarra, o alguien que se animaba a cantar a capella, y eso me encantaba. Con el tiempo, como a los 9 años, descubrí que estaban interpretando a un señor muy famoso que se llamaba Alfredo Sadel. Los de Sadel estaba entre una colección enorme de discos que mi papá compró, junto con los de Felipe Pirela, Danny Rivera y de un montón de gente que cantaba boleros y también música folclórica. A mí me produjo mucha curiosidad algo que descubrí. Empecé a entender que Sadel había marcado el oído de la gente: la gente no cantaba las canciones, sino las versiones de Sadel. Me produjo mucha impresión aquello de que la gente quería cantar como él. Él marcó el oído de una generación de venezolanos. En aquella época la sonoridad, sobre todo la del bolero, era única y exclusivamente la sonoridad de Sadel. Aprendimos a cantar con ese fraseo. Oírlo de otra forma me sonaba extraño, y hay cosas que todavía me siguen sonando extraño, a pesar de que son de gente famosísima que canta muy bien. Hoy, cuando voy a estudiármelas, inmediatamente lo que hago es buscar esas versiones de los viejos cantantes, y entre ellos uno de esos pilares es Sadel. Las reviso bien porque ahí está un conocimiento colectivo del que uno no se puede aislar.

—Y más adelante, cuando te encaminaste a ser cantante, ¿qué representaba para ti?

—Cuando quise ser cantante lírico, ya Sadel era cantante lírico. Yo lo conocí primero, viéndolo en televisión, como cantante lírico. Fue una de las voces que me impresionó. Recuerdo bien un disco de él y otro de Alfredo Kraus que teníamos en casa. Luego aparecieron otros cantantes, pero esas dos grabaciones me impresionaron mucho.  También me impresionó una cosa en especial: saber que Alfredo Sadel cantaba ópera, pero la ópera que cantaba eran las canciones que cantaban en mi casa. Eso fue algo que a mí me impactó, porque la voz era una voz lírica. Eso era algo muy de avanzada. Hoy en día convivimos con eso con naturalidad, pero en aquella época era un reto; esos artistas que utilizaban el canto para otro tipo de música. Ya vemos con normalidad, por ejemplo, que Tomatito toque el Concierto de Aranjuez, pero eso no era común antes. Había muchos prejuicios que separan la música académica de la popular.

—Para un cantante lírico, que además lleva tiempo viviendo fuera de su país, ¿qué representa la música venezolana en su cotidianidad?

—La música venezolana es una conexión que tengo con mis raíces. Intento, en la medida de lo posible, estar ligado a ella. Obviamente, yo trabajo con música de muchos otros países, pero eso lo único que hace es reafirmarme en lo que soy. Cuando abordo música de otras latitudes siempre descubro que en ella están gérmenes, semillas, células de mi propia música. Me hace sentir que nosotros formamos parte de toda esa cosmogonía universal de la música y que tenemos mucho de todo lo que ocurre allí, sobre todo en Europa. Además de eso, estamos mezclados con nuestra africanidad y nuestra herencia indígena, y eso nos hace inmensamente ricos culturalmente. Soy un defensor de esa herencia y creo que deberíamos sentirnos muy orgullo de la música venezolana. En casa siempre estoy tocando cuatro para las niñas, cantando cancioncitas, y cuando viajo, en mi tiempo libre, siempre estoy pensando en cómo nuestra complejidad musical viene de cosas que quizá en la música centro-europea eran gérmenes sencillos que se fueron complicando hasta transformarse en lo que hoy conocemos como nuestro folclore y nuestra música popular. Vivimos un momento muy importante en el que es fundamental estar cerca de nuestras raíces porque son ellas las que nos van a salvar, y creo que fortaleciéndolas en nuestra actividad y en lo que hacemos, podremos partir con buen pie en la construcción de esa Venezuela que soñamos.

—De este viaje a Venezuela, habiendo cantado en el festival La Venezuela de Sadel, ¿qué te llevas?

—Hacerle el homenaje a Sadel ha sido muy emocionante y, obviamente, una gran responsabilidad. Es una figura icónica. Es un enorme venezolano. Un monumento en nuestra memoria. Me queda la emoción de haberlo hecho y de ver que la gente lo recordó y lo disfrutó a través de lo que nosotros hicimos musicalmente. Creo que es muy importante hacer este tipo de homenajes. Nosotros tenemos que recordar lo que hacían los venezolanos insignes en su tiempo y pensar lo que debemos hacer nosotros en el nuestro. Sadel fue una persona comprometida con todo lo que era la Venezuela mejor. Fue una persona comprometida consigo misma para ser mejor: mejor músico, mejor cantante, mejor persona. Creo que es una premisa que nosotros debemos tener como personas y como ciudadanos, que es algo muy importante porque ser mejores artistas o mejores personas tiene que ver con el aspecto individual, pero ser mejor ciudadano es parte de una conciencia colectiva. Si nosotros no entendemos, respetamos y compartimos el espacio de nuestros semejantes, no nos vamos a desarrollarnos nunca como sociedad, como país, como nación. Eso es fundamente y muy necesario en este momento que vivimos, donde la corrupción y la intencionada destrucción de nuestros principios morales, nos ha llevado a convertirnos en unos sobrevivientes.

—¿Cuáles son tus retos en el futuro como cantante y qué planes tienes a largo plazo?

—El reto es continuar con mi carrera y llegar a los 60. En esta década que ahora enfrento, tengo que plantearme lo que voy a hacer luego. Tengo muchos planes, muchas ideas: trabajar en dirección escénica y en dirección orquestal, iniciar proyectos educativos más formales e intensos y crear un proyecto de terapia musical. Otra de las cosas que quisiera es recuperar el vínculo con las instituciones culturales en Venezuela. Sé que ahora es difícil y que vamos a estar durante unos años (esperemos que no tantos) en una situación caótica y desfavorable, en vista de que soy abiertamente opositor al régimen que vivimos. Quisiera apoyar en la unificación de teatros del país para lograr una programación conjunta que active la vida cultural de esas ciudades. Quisiera formar parte del equipo que se encargue de rescatar el Teresa Carreño y que lo vuelva a ubicar entre los teatros más importantes del mundo.

 

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Publicada originalmente en Gladyspalmera.com el 26 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Luis Enrique necesitaba salir de su propio guión. Quería virar el timón hacia otras aguas, guardarse en un bolsillo la etiqueta de salsero y hacer un álbum distinto, que lo presentara tocando su guitarra, abordando géneros diferentes y cantando música muy orgánica. En el camino, se encontró con el ensamble venezolano C4 Trío, que lo cautivó al punto de asociarse con él en una nueva aventura que terminó llamándose Tiempo al Tiempo.

Hubiese sido más sencillo, y quizá menos arriesgado, trabajar sobre una lista de canciones populares venezolanas y/o nicaragüenses arregladas a la medida del cantante. O hubiese resultado menos trabajoso, y probablemente más sexy desde una perspectiva comercial, construir un top 10 de sus hits para grabarlos en otros ritmos y formatos con ese despliegue de virtuosismo por el que C4 Trío es célebre. Pero no. Ninguno quiso conformarse. Casi en su totalidad, alma, corazón y esqueleto, Tiempo al Tiempo es un álbum compuesto de material inédito.

Creo que excedimos nuestras propias expectativas, comenta Luis Enrique. Los cuatro miembros de C4, por separado, dicen más o menos lo mismo. Cuentan que a cada paso que daban, la incertidumbre se iba disipando. La prueba piloto fue una canción llamada Suéltame, que el nicaragüense escribió con Fernando Osorio, un fabricante de hits como La Negra tiene Tumbao de Celia Cruz. A partir de ese joropo vestido de pop, todo fluyó.  

La gran preocupación de Rodner Padilla, bajista de C4 y productor del álbum, era desencajar a una audiencia acostumbrada a escuchar esa voz envuelta en salsa: La de Luis Enrique es una voz que la mayoría de los latinoamericanos tenemos en el ADN. La gente está acostumbrada a escucharlo acompañado por cierta sonoridad. Todo eso va junto. Entonces, el reto era hacer un disco con este grupo de tres cuatros y un bajo, que respetara su esencia y al mismo tiempo nos permitiera proponer musicalmente algo distinto.

Al igual que Suéltame, Ay de Mí, la primera pista del álbum, camina sobre un joropo. Comienza con una base de chacarera argentina antes de revelar sus verdaderos colores en pinceladas del C4 Trío. La agrupación integrada por Padilla y el tridente que conforman Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem despliegan su arsenal, valiéndose de trucos y artificios que hacen del cuatro un instrumento melódico y rítmico, que acompaña, canta y adorna.

A la alineación, para acentuar los golpes de joropo, sumaron al maraquero Juan Ernesto Laya, pieza del Ensamble Gurrufío, un ensamble de música folclórica venezolana que por estos días celebra 35 años de existencia. También llamaron al versátil Diego El Negro Álvarez, un estudioso de la percusión afrovenezolana que además ha sido cajonero de grandes figuras del flamenco, entre ellos el bailaor Joaquín Cortés. Su presencia sirvió para aderezar canciones como Sirena, una salsa con aroma de flamenco en la que sale de relieve un solo mágico de la armónica del brasileño Gabriel Grossi, conocido por su trabajo con el mandolinista carioca Hamilton de Holanda.

Luis Enrique salió de su hábitat para adentrarse en ritmos venezolanos, entre ellos la tonada. Pero la que cantó no fue una tonada de Simón Díaz, autor referencial de ese género llanero, sino de César Gómez, otro apasionado de la tradición venezolana. La Tonada de la Melancolía refleja la sensibilidad del cantante, que logró sumergirse en ese universo de nostalgia bucólica como si le fuera propio. 

Sentir estos ritmos es fundamental para poder entrar en ellos sin dejar de ser uno. No soy ni pretendo ser cantante de joropo autóctono. Más bien quiero ser yo y quizás, dentro de mis posibilidades, tener un acercamiento diferente, dice el músico, que además asumió el rol de productor, percusionista y guitarrista durante las sesiones.

Canciones como Tiempo al Tiempo, la que le dio título al álbum, fueron compuestas durante el proceso. Aunque tanto esa como Suéltame, Sirena y Ay de Mí parecieran tener más cualidades de hit radial, el tema promocional que escogieron es otra llamada Añoranza, una contradanza zuliana que se convierte en gaita de tambora, una plegaria bailable generada en una suerte de taller entre Luis Enrique, Padilla, Molina y un invitado conocedor del género: el cantautor Jorge Luis Chacín, conocido por su vínculo con Guaco. La razón por la cual se decantaron por esa canción es su trasfondo social. Luis Enrique y sus colegas venezolanos de C4 reclaman tiempos mejores para sus respectivos países de origen: Sé que pronto llegará ese día/ oye, tierra mía, que cambies de color.  

C4 Trío preservó una tradición. Cada vez que el ensamble ha grabado un álbum de colaboración, como los que hicieron con Rafael Pollo Brito o Gualberto Ibarreto, héroe del folclor venezolano, o con Desorden Público, referencia del ska latinoamericano, han dejado al menos una pieza instrumental. Esta vez agregaron Vértigo, una canción que tiene una energía particular, quizá porque la heredaron de su amigo Gustavo Márquez, ex bajista del grupo que falleció prematuramente en 2018. La otra es Merengue Today, una osadía típica de Jorge Glem, que buscó un cruce entre el merengue caraqueño y el son cubano.  

Parecía que el disco quedaría así: un recorrido de ocho canciones que comenzaba con un joropo animado pero no frenético, que atravesada tempestades y melancolías, y que culminaba en una salsa con mensaje positivo y la invitación a bailar. Pero Rodner Padilla, quien asumió el liderazgo en la producción musical, insistió en agregar una versión joropeada de “Date un chance”, hit salsero de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano, que se sumó como un bonus track de un álbum experimental que tradujo musicalmente la camaradería de un artista y un ensamble.

Sadel por siempre

Sadel por siempre

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 28 de junio de 2019. Enlace aquí

 

Una carpeta con recortes de prensa, que ha permanecido en la última gaveta de la mesa de noche de mi padre durante 30 años, comenzó a engordar desde el martes 28 de junio de 1989. La tristeza de aquel día fue combatida a punta de discos, lectura y tijeras. En tiempos previos a Google, esa mañana suponía la oportunidad de encontrar información valiosa entre las notas necrológicas que copaban los diarios. El fin de semana siguiente también; las revistas dedicarían números enteros a contar la vida de Alfredo Sadel, el ídolo que acababa de morir.

Crecí en un hogar en el que los próceres no son guerreros a caballo, políticos ni estrategas militares. Son mujeres y hombres que hacen magia de los sonidos —y los que no cantan, componen y tocan, juegan béisbol—. Son semidioses que no duermen en libros de historia ni frescos nacionalistas, sino que viven y nos acompañan, como una banda de fantasmas felices, cada vez que encontramos una excusa para celebrar nuestras vidas con las suyas.

Sadel siempre está en primer plano. En casa, él siempre es el artista que cierra. La cabeza del cartel. Sus compactos forman torres que representan nuestro bagaje. Sus vinilos, hileras que han agudizado nuestra sensibilidad musical. En la discoteca de mi padre, donde conviven Sinatra y Gardel, Aretha Franklin y Gualberto Ibarreto, los Beatles y La Dimensión Latina, La Billo’s y Barry White, Aldemaro Romero y Julio Iglesias, Alfredo Sadel es el líder en ventas. Es el que más ha cantado y, sin embargo, el que conserva la voz intacta.

Fue de los cantores favoritos de mis abuelos, nacidos en los años 20. Es el ídolo de mi padre, que nació en octubre de 1949. Y es una presencia constante en las listas de reproducción de mis hermanos y yo, que llegamos entre la década de los 70 y la siguiente. Es el único artista que logró cautivar a tres generaciones de Guaraches melómanos. Sadel es un cordón que nos conecta y que, paradójicamente, se ha vuelto aún más poderoso ahora que estamos desperdigados entre Venezuela, Ecuador y Colombia, manteniéndonos al día a través de videollamadas.

A medida que envejecen, los hombres suelen contar las mismas anécdotas con más frecuencia. Fernando Guarache Chópite, mi papá, atesora, como si lo guardase en un cofre, el momento en que estrechó la mano de Alfredo Sánchez Luna. Cuando lo llamo y le cuento que quiero escribir sobre Sadel a propósito de los 30 años de su muerte, sonríe complacido. Esta vez soy yo quien le pide que me eche un cuento que he escuchado varias veces. Sin revisar libreta foto ni calendario, dispara la fecha: “Fue el 9 de diciembre de 1988. Un concierto que dio en el Colegio de Ingenieros de Cumaná”.

Recuerda que conversó con él. Que fue muy amable aunque ya estaba adolorido. Un amigo suyo, colega médico, llamó a mi papá para que juntos ayudaran al personaje a subir al escenario, desde donde ofreció un recital inolvidable acompañado por una pista. Meses después sería editada una colección de discos suyos que hizo crecer las torres y las hileras de álbumes de esa quinta en la que me crecí. Al poco tiempo sería homenajeado por Carlos Andrés Pérez, que apenas comenzaba su segundo mandato presidencial en medio de turbulencias. Seis meses y tres semanas después, se despedía de este mundo para habitar otro y los recortes de prensa que hablaban de él en tiempo pasado empezaron a apilarse en aquella gaveta que no tenía el menor atractivo para un niño curioso que soñaba con ser poeta o grandeliga o las dos cosas.

Pasó el tiempo y llegó el momento en que sí me interesó, porque “Desesperanza”, “Mi canción”, “Tú no comprendes” y “Yo soy aquel cantor” se colaron inevitablemente en mi habitación de canciones favoritas. “Di”, “Aquellos ojos verdes”, “Vereda tropical”, una hermosa composición de Billo Frómeta llamada “Canción sin título” y un tango que nadie canta como él, titulado “Nostalgia”, dejaron de pertenecer a la categoría música que oye papá. Sadel, sin esforzarse, cantando a dos o tres pasos de los micrófonos, siempre con esa sonrisa magnética, lo volvió a lograr y se abrió espacio entre los Beatles, Pearl Jam y Soda Stereo; entre Pink Floyd, Amy Winehouse, Desorden Público y Los Amigos Invisibles.

No sé cómo lo hace, pero Sadel canta cada vez mejor. Es el mismo registro, la misma grabación, el mismo artista, pero cada año que pasa, mientras todo lo demás parece envejecer, volverse áspero y avinagrado, su canto florece. La misma canción, poco después, fluye con más nitidez desde el altavoz. Debe ser un fenómeno que le ocurre a esos cantantes que son primero sentimiento y después todo lo demás.

Sadel podía interpretar con soltura pasodobles, rancheras, tangos y boleros, y también joropos y merengues caraqueños. Sadel, quien escribió canciones hermosas —varias de ellas en ritmos de raíz tradicional—, comenzó a llevar música venezolana por el mundo mucho antes del neofolklore, sin 1×1 ni Ley Resorte. En su repertorio viajaban obras de Aldemaro Romero, Billo Frómeta, María Luisa Escobar, Juan Vicente Torrealba e incluso una joya, titulada “Escríbeme”, a través de la cual Guillermo Castillo Bustamante expresó su melancolía desde Guasina, tras las rejas de una celda en la que fue encerrado por pensar distinto en los años duros de la dictadura perejimenista.

Sadel, un artista que grabó más de 100 álbumes, llevó su venezolanidad al Ed Sullivan Show, el programa con mayor raiting de la televisión estadounidense del momento, el mismo que disparó la beatlemanía cuando John, Paul, Ringo y George visitaron Nueva York por primera vez. Sadel brilló en la era dorada del cine mexicano y logró un contrato de la Metro Goldwyn Mayer. Y el mismo Sadel mandó todo eso al carajo cuando estaba en su cúspide de fama porque soñaba con irse a Europa a cultivar el canto lírico y llegar a la escena operística. ¿Y saben qué? Lo logró. Pero decidió volver a casa, a su país, a una Venezuela de la que no podía mantenerse lejos demasiado tiempo y por la que había arriesgado mucho, ayudando a quienes, desde el exilio, lucharon para recuperar la libertad.

Hoy Sadel representa una venezolanidad que pareciera desvanecerse. La Venezuela del humor fino y las buenas costumbres, del talento y la gracia, del esfuerzo y la recompensa. Un país que aún existe, aunque demacrado. Un país con el que no cuesta reconciliarse si es a través de aquel hombre ilustre que nació en el centro de Caracas para cautivar al mundo con su voz.

Raúl Delgado Estévez y la música venezolana de nuestros días

Raúl Delgado Estévez y la música venezolana de nuestros días

Publicada originalmente en Guatacanights.com el 2 de mayo de 2019. Enlace aquí

Cuando el joven Raúl Delgado Estévez comenzó a formarse como músico, un abismo separaba a la academia de lo popular. Los estatutos de la Orquesta Sinfónica Venezuela, que en una época fue La Orquesta, única en su especie en el país, tildaba de “deleznable” la música tradicional. Lo folclórico era cosa de plazas y templetes; muy lejos de la solemnidad de una sala de conciertos.

La música contemporánea venezolana, que sorprende a melómanos de este siglo, gana premios internacionales e inspira a una enorme oleada de jóvenes instrumentistas, debe su calidad precisamente al encuentro de esos dos mundos, dos conceptos, dos maneras de concebir la creación que descubrieron que podían convivir y enriquecerse mutuamente.

¿Qué pasó en el camino? ¿Cómo evolucionó la mentalidad de artistas, músicos, gestores y entusiastas para que un ensamble de cuatro y maracas tocara un merengue caraqueño o un seis por derecho en un teatro, vistiendo de gala los géneros de raíz tradicional, elevando sus estándares, depurando sus arreglos? ¿Cómo pasamos de lo “deleznable” a grabaciones como la que hizo la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho con el Ensamble Gurrufío en 1999? ¿Cómo llegamos a criaturas virtuosas como Pacho Flores o Alexis Cárdenas, que desarrollan en paralelo notables carreras como solistas clásicos y exponentes de la música de su tierra?

¿Qué ocurrió? Ocurrieron personajes como Raúl Delgado Estévez, el hombre que, aguantando un nudo en la garganta, tuvo que tomar la batuta del Orfeón Universitario de la UCV frente a un coro inexistente porque sus miembros, incluido su director Vinicio Adames, murieron en un terrible accidente en 1976 en las islas portuguesas Las Azores cuando volaban a un festival coral en Barcelona. El mismo hombre que dos años después de su debut como líder del Orfeón fundó un ensamble popular llamado El Cuarteto, que se volvió paradigmático, fundamental para entender la historia de la música venezolana de nuestros días.

Delgado Estévez reconstruyó la agrupación coral ucevista, que resurgió de sus cenizas, cargando con el honor y sosteniendo el ánimo de la principal casa de estudios del país, y la dirigió durante 23 años, sentando las bases de su futuro. Los ecos de aquella gesta siguen retumbando hoy, día en que se conoció la noticia de su muerte. También sigue en el ambiente la impronta de su trabajo con El Cuarteto.

Él y su hermano Miguel, biólogo de día, guitarrista el resto del tiempo —y, con los años, locutor y hasta humorista—, fundó ese ensamble para grabar “un disquito” que pudieran ponerles a sus nietos que aún no estaban ni en planes. Lo hicieron junto a sus compadres los hermanos Naranjo: el flautista José Antonio “Toñito” y Pedro (contrabajista que sería sustituido por su otro hermano, Telésforo, como para que todo quedara en familia).

Raúl nunca se consideró cuatrista, pero le tocó hacerse del instrumento insustituible, el más venezolano, el más folclórico. Así lo confesaba, entre risas con su voz ronca, desde su puesto de Director de Cultura de la UCV.

El Cuarteto, que cumpliría cuatro décadas este año, no es la más antigua ni la más longeva, pero sí la más notable y la primera agrupación en su estilo en dar un concierto en el Teresa Carreño, por ejemplo. Es difícil cuantificar el tamaño de su legado. Son muchos los ensambles que, como Los Sinvergüenzas, calcaron su formato y caminan por el mismo sendero. Son bastantes los que consideran a los Delgado Estévez y los Naranjo sus referentes.

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Nacido en Calabozo, Guárico, Rául Delgado Estévez (1947-2019) estudió en la Escuela Superior de Música de Caracas y la Juan Manuel Olivares. También, fue becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes y el Centro Simón Bolívar para profundizar en la composición, la dirección coral y la pedagogía musical en instituciones parisinas como la Ecole Normale de Musique.

Tuvo un pie en el mundo académico-coral y otro en el terreno folclórico. Su perfil, el mismo de sus compañeros de ensamble, por ejemplo, es el perfil de muchos músicos de siguientes generaciones —que, de paso, generan la materia prima que procura exaltar nuestra plataforma cultural Guataca—. Son artistas que no pueden separar una cosa de la otra. Se deleitan con el joropo y el merengue, pero lo leen en el pentagrama. Gozan estudiándolo con detalle. Experimentan a partir de su forma primigenia (si es que existe tal cosa).

El maestro Raúl murió lejos de casa. Desde hace más de un año estaba en México, lidiando con serios problemas renales. Desde allí surgió la triste noticia, pero las condolencias y mensajes de admiración llegan desde muchos rincones del mundo.

 

Voy: Un viaje en la voz de Nella

Voy: Un viaje en la voz de Nella

Publicado originalmente el 11 de junio de 2019 en Guatacanights.com. Enlace directo aquí

Viernes 31 de mayo. 8:45 am, hora de España. Los pasajeros se abrochan los cinturones para volar de Madrid a Lisboa en un Airbus de Iberia que celebra 80 años de una ruta que significó el primer vuelo internacional en la historia de la aerolínea. En los asientos, cada quien encuentra un ejemplar de Voy, el álbum debut de Nella Rojas, la margariteña de la voz quebrada que más tarde, a 10.000 pies de altura, sorprenderá a todos porque cantará en directo allí, en un pasillo de avión convertido en escenario, acompañada por su productor, autor de las canciones y cómplice de aventuras, Javier Limón.

Voy es un viaje. Un viaje del Caribe a la península ibérica y de regreso. Algunas canciones están más cerca del trópico, de las costas venezolanas, de su Margarita del alma o hasta de Cuba. Otras parecieran aproximarse a las costas andaluzas, esas que por más de siete centurias fueron de dominio árabe. Voyes una obra dulce y melancólica. Un álbum que deja la sensación de una caricia, que respira la nostalgia del pescador cuando admira esa línea en la que se juntan el cielo y el mar y, además, deja en la boca el sabor del agua salada después de un día de playa.

La más antigua de las canciones es “Fin de fiesta”, una copla que acercó a Marianella Rojas a Javier Limón cuando ella era estudiante en el Berklee College of Music de Boston, donde el productor español es catedrático. Es una pieza que conoció gracias a la versión de Concha Buika, la apasionada mallorquina con la que ha trabajado Limón, que encajó en el concepto que estuvieron construyeron durante dos años para este nuevo trabajo.

De resto, todas las canciones las escribió el andaluz pensando en la voz de Nella, estudiándola, incluso procurando verbalizar sus pensamientos. Vía whatsapp, durante más de un año, le estuvo enviando fragmentos de letras y melodías para que la intérprete se las apropiara y participara del proceso creativo. El primer resultado le sirvió de tarjeta de presentación: “Me llaman Nella” fue el primer sencillo publicado hace más de un año. Recientemente, lanzaron la que da título al álbum, “Voy”, una pieza que ejemplifica la fusión musical, casi indivisible, que lleva elementos flamencos, son y espíritu caribeño, una pizca de jazz y un sutil barniz pop.

Venezuela está muy presente en “Te dirán”. Con ella, Nella cumplió uno de sus sueños de siempre: invitó para un dueto al cantautor Ilan Chester, que le envió su parte desde La India. También destaca el cuatro del cumanés Jorge Glem. Es una pieza entrañable, melódicamente curiosa, sobre un amor imborrable: …escribo tu nombre cada día en la arena/ el agua viene y va/ pero tu nombre se queda. Cada vez que Nella la oye, le brotan las lágrimas de la emoción.

“Volver a mi tierra” es otro de los abrebocas ya conocidos. Un tema que expresa el anhelo de la intérprete y de millones de venezolanos que han dejado su casa en medio de una profunda crisis económica, social y política. En un videoclip, personalidades dela actuación como Ana María Simon, Mariaca Semprún, Prakriti Maduro, Jean Paul Leroux y Pastor Oviedo, la Miss Universo Dayana Mendoza, sus colegas de la música Ana Carmela Ramírez y Linda Briceño y muchos más, le cantaron desde el extranjero junto a ella, con amor y dolor, a Venezuela.

“Una y otra vez”, en la que colaboró la modelo y cantante sevillana Alba Molina, es una de las piezas más logradas del álbum. Posa sublimes melodías sobre un groove moderno. Su contenido es sufrido —es una ruptura, un despecho, los buenos recuerdos que queman— pero todo se hace llevadero gracias a armonías delicadas y un beat que incluso llama al baile, aunque no tanto como “Por verte otra vez”, la más caribeña, la única con arreglos de metales y solos de trompeta.

“Pero hoy” es un cambio de velocidad. Una copla de añoranza por tiempos que pasaron. Quizá de la infancia, quizá de un viejo amor o de un ser querido que se fue. Quizá del país que quedó atrás pero persiste en la memoria del exiliado: Pero hoy, ahora, en este preciso instante, sólo pienso en ti si canto, dice el coro. Son canciones que, realzadas por la voz de la margariteña, se meten bajo la piel, castigan y alivian a la vez, como “Tantas y tantas cosas” o “Ángel caído”, otras dos del repertorio.

La gran rareza entre las 13 canciones que componen el álbum es “1000 miles”, no sólo por ser la única en inglés o por ser la única que no escribió Limón: esa pieza la creó David Trueba, escritor y cineasta, hermano de Fernando Trueba, conocido por Vivir es fácil con los ojos cerrados(2013), la película basada en la visita que hizo John Lennon a Almería, España, siendo un beatle en 1966, en rol de actor.

A un lado, fuera del disco y en la banda sonora de la película Todos lo sabendel iraní Asghar Farhadi, quedaron otras joyas que Nella Rojas grabó en este primer capítulo de su carrera profesional. Es notable la evolución de la artista, egresada de Berklee, que hizo viral una versión a capella de “La Negra Atilia” de Pablo Camacaro y Henry Martínez. Ahora, en medio de una curva hacia la madurez, le espera una larga gira por España y Estados Unidos para presentar su álbum debut con el sello Casa Limón. Una gran promesa artística acaba de despegar. Y cuando ella dice Voy, todos quieren ir con ella.