Voy: Un viaje en la voz de Nella

Voy: Un viaje en la voz de Nella

Publicado originalmente el 11 de junio de 2019 en Guatacanights.com. Enlace directo aquí

Viernes 31 de mayo. 8:45 am, hora de España. Los pasajeros se abrochan los cinturones para volar de Madrid a Lisboa en un Airbus de Iberia que celebra 80 años de una ruta que significó el primer vuelo internacional en la historia de la aerolínea. En los asientos, cada quien encuentra un ejemplar de Voy, el álbum debut de Nella Rojas, la margariteña de la voz quebrada que más tarde, a 10.000 pies de altura, sorprenderá a todos porque cantará en directo allí, en un pasillo de avión convertido en escenario, acompañada por su productor, autor de las canciones y cómplice de aventuras, Javier Limón.

Voy es un viaje. Un viaje del Caribe a la península ibérica y de regreso. Algunas canciones están más cerca del trópico, de las costas venezolanas, de su Margarita del alma o hasta de Cuba. Otras parecieran aproximarse a las costas andaluzas, esas que por más de siete centurias fueron de dominio árabe. Voyes una obra dulce y melancólica. Un álbum que deja la sensación de una caricia, que respira la nostalgia del pescador cuando admira esa línea en la que se juntan el cielo y el mar y, además, deja en la boca el sabor del agua salada después de un día de playa.

La más antigua de las canciones es “Fin de fiesta”, una copla que acercó a Marianella Rojas a Javier Limón cuando ella era estudiante en el Berklee College of Music de Boston, donde el productor español es catedrático. Es una pieza que conoció gracias a la versión de Concha Buika, la apasionada mallorquina con la que ha trabajado Limón, que encajó en el concepto que estuvieron construyeron durante dos años para este nuevo trabajo.

De resto, todas las canciones las escribió el andaluz pensando en la voz de Nella, estudiándola, incluso procurando verbalizar sus pensamientos. Vía whatsapp, durante más de un año, le estuvo enviando fragmentos de letras y melodías para que la intérprete se las apropiara y participara del proceso creativo. El primer resultado le sirvió de tarjeta de presentación: “Me llaman Nella” fue el primer sencillo publicado hace más de un año. Recientemente, lanzaron la que da título al álbum, “Voy”, una pieza que ejemplifica la fusión musical, casi indivisible, que lleva elementos flamencos, son y espíritu caribeño, una pizca de jazz y un sutil barniz pop.

Venezuela está muy presente en “Te dirán”. Con ella, Nella cumplió uno de sus sueños de siempre: invitó para un dueto al cantautor Ilan Chester, que le envió su parte desde La India. También destaca el cuatro del cumanés Jorge Glem. Es una pieza entrañable, melódicamente curiosa, sobre un amor imborrable: …escribo tu nombre cada día en la arena/ el agua viene y va/ pero tu nombre se queda. Cada vez que Nella la oye, le brotan las lágrimas de la emoción.

“Volver a mi tierra” es otro de los abrebocas ya conocidos. Un tema que expresa el anhelo de la intérprete y de millones de venezolanos que han dejado su casa en medio de una profunda crisis económica, social y política. En un videoclip, personalidades dela actuación como Ana María Simon, Mariaca Semprún, Prakriti Maduro, Jean Paul Leroux y Pastor Oviedo, la Miss Universo Dayana Mendoza, sus colegas de la música Ana Carmela Ramírez y Linda Briceño y muchos más, le cantaron desde el extranjero junto a ella, con amor y dolor, a Venezuela.

“Una y otra vez”, en la que colaboró la modelo y cantante sevillana Alba Molina, es una de las piezas más logradas del álbum. Posa sublimes melodías sobre un groove moderno. Su contenido es sufrido —es una ruptura, un despecho, los buenos recuerdos que queman— pero todo se hace llevadero gracias a armonías delicadas y un beat que incluso llama al baile, aunque no tanto como “Por verte otra vez”, la más caribeña, la única con arreglos de metales y solos de trompeta.

“Pero hoy” es un cambio de velocidad. Una copla de añoranza por tiempos que pasaron. Quizá de la infancia, quizá de un viejo amor o de un ser querido que se fue. Quizá del país que quedó atrás pero persiste en la memoria del exiliado: Pero hoy, ahora, en este preciso instante, sólo pienso en ti si canto, dice el coro. Son canciones que, realzadas por la voz de la margariteña, se meten bajo la piel, castigan y alivian a la vez, como “Tantas y tantas cosas” o “Ángel caído”, otras dos del repertorio.

La gran rareza entre las 13 canciones que componen el álbum es “1000 miles”, no sólo por ser la única en inglés o por ser la única que no escribió Limón: esa pieza la creó David Trueba, escritor y cineasta, hermano de Fernando Trueba, conocido por Vivir es fácil con los ojos cerrados(2013), la película basada en la visita que hizo John Lennon a Almería, España, siendo un beatle en 1966, en rol de actor.

A un lado, fuera del disco y en la banda sonora de la película Todos lo sabendel iraní Asghar Farhadi, quedaron otras joyas que Nella Rojas grabó en este primer capítulo de su carrera profesional. Es notable la evolución de la artista, egresada de Berklee, que hizo viral una versión a capella de “La Negra Atilia” de Pablo Camacaro y Henry Martínez. Ahora, en medio de una curva hacia la madurez, le espera una larga gira por España y Estados Unidos para presentar su álbum debut con el sello Casa Limón. Una gran promesa artística acaba de despegar. Y cuando ella dice Voy, todos quieren ir con ella.

 

 

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Juan Luis Landaeta y la doble vía entre pintura y poesía

Juan Luis Landaeta y la doble vía entre pintura y poesía

Publicado original el 1 de mayo de 2019 en Prodavinci.com. Enlace directo aquí

 

Juan Luis Landaeta exhibió su serie Milán en Washington. El poeta y artista plástico tituló así su conjunto de lienzos por un motivo personal: sus líneas de trabajo, hasta entonces inconexas y sin rumbo, confluyeron cuando se encontraba de visita en Italia leyendo Vacío y plenitud (1979) de François Cheng. Todo encajó en el rompecabezas de su obra al reflexionar sobre la tradición pictórica china y japonesa porque allí, del mismo modo que él lo concibe, no hay distinción entre pintor, poeta y calígrafo.

Luego de tres meses febriles de creación, en los que siguió el consejo de Cheng —pintar con la mente en blanco y la muñeca suelta—, el joven vio sus 80 piezas juntas en la Galería de Arte del Banco Interamericano de Desarrollo en el corazón político de Estados Unidos. La exposición, que estuvo disponible en marzo, llevó por subtítulo La identidad de la línea. “Cada pintura es una línea llevada hasta sus últimas consecuencias”, escribió a modo de introducción otro poeta, otro venezolano, Adalber Salas Hernández.

Landaeta (Maracay, 1988) desanduvo hacia lo primitivo, buscando la pureza, y sintetizó todo lo explorado desde que la poetisa argentina Lila Zemborain, su profesora en la maestría de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York, lo invitara a lanzarse de chapuzón al mundo que había husmeado tímidamente desde sus blocks de dibujo. Hace un año, presentó en el Relabs Studio de Brooklyn su individual Jardín desierto, descrita por la curadora Kelly Martínez como una “caligrafía con alfabeto propio”. Luego cambió el papel por la tela y comenzó a desarrollar su propuesta actual.

Aunque los más mínimos detalles definen los cuadros, Milán carece de sutileza. Es la consencuencia del brochazo y no de la pincelada. Es autovandalismo. Son agresiones a lienzos beige que no tienen una forma perfectamente rectangular, en algunos casos con bordes deshilachados, rústicos, sin marcos. Landaeta comenzó pintando el fondo con yeso totalmente de negro, recreando una nada, un vacío, un olvido, para luego jugar con puntos, líneas y tachas, buscando que todo el peso de la expresión recayera en el gesto.

Desde su habitación en Nueva York, donde vive, y habiendo bajado la marea emocional de su estancia en Washington, el artista comenta la serie en retrospectiva mientras decide sus próximos pasos.

—¿Cómo percibiste la reacción del público que asistió a la galería en Washington?

—El primer espectador de la obra fui yo mismo. Una de las cosas que más me llamó la atención fue verla con otra luz. Ya no estaba en mi estudio o mi habitación. Por una imposibilidad espacial, el artista no suele ver su obra en conjunto hasta que llega a exhibirla. En la galería sí puedes ver lo que comunican, la relación entre ellas, el registro del movimiento de la idea. Eran nuevas para mí y las vi como si no estuviera involucrado en la hechura. Y la gente vio detalles. La gente que sabe de arte no sabe otra cosa que no sea ver, como algo primigenio. Aprenden a ver como si siempre fuera la primera vez. Tener que explicar por qué te tiene que emocionar algo no tiene sentido. Hay algo en el arte que nos aturde, y lo que nos aturde del arte abstracto es que no tenemos por qué entenderlo.

—Eso puede producir cierto vértigo…

—Claro. Me parece interesantísimo que a la gente le desagrade algo que ni entiende. Es como que un mudo te ofenda. Si la obra te desagrada, te está diciendo algo. La gente reparó en detalles, en gestos que en el expresionismo abstracto son valiosísimos. Los colores, las formas, los límites de las obras, la participación del punto y esa línea que yo veo como un sablazo. Aunque siento que hay una onda de meditación y gesto caligráfico, mucha gente interpretó violencia.

—La estridencia suele interpretarse como violencia

—Sí. Había una intención de separarse de la violencia como si fuese algo malo o como si fuera algo evitable, pero estas obras no se hacen con pinceladas. Se hacen como quien está frisando una pared. A coñazos.

—Cierto público convencional asociaría el arte a la pincelada sutil, a la delicadeza…

—Exacto. Y, por el contrario, creo que la mejor manera de hacer una gran obra es no respetarla. Un ejemplo concreto: desde que comencé a pintar con estos materiales, aprendí que tienen un costo real. Son caros. Entonces la primera reacción es sentir que no debes malgastar. Y la verdad es que así no llegas a ningún lado. Lo debes irrespetar. Tiene que prevalecer la libertad. Libertad de verdad. Si te provoca agarrar un yesquero y quemarlo, debes hacerlo. El lienzo, como la guitarra eléctrica, no sirve para nada si no tienes la libertad de expresarte. Hay una relación corporal con todo esto. Si tienes miedo, eso puede convertirse en una zancadilla. La obra debe ser ajena a las convenciones que nos hacen respetar algo. La armonía es algo absolutamente cultural. El mejor arte es el que hace posibles otras cosas. La controversia en el arte abstracto, al no representar, parafraseando a Kandinski, está en cómo eso que ni sabes qué es, te conmueve, te sacude, te agrede.

—¿Y qué es lo buscas tú cuando lo creas?

—La cosa maravillosa del arte es lo inútil. Insistiendo con Kandinski, él decía que el arte abstracto no representa nada, no cumple función, no tiene valor. Si fuese arte figurativo, te diría que quiero pintar más y mejores rostros. Para mí ha sido una violenta convivencia. Barra, tacha y punto. Yo reduzco las obras a una idea. Ahorita que siento e intuyo, lo que hago es que llevar eso a una idea. Tengo una relación casi sexual con la pintura, no la intelectualizo. Es indómita. Cuando pinto, no sé bien lo que va a pasar.

***

Landaeta no ha estado en Venezuela desde que emigró a Estados Unidos en agosto de 2013. Salió en medio del duelo por la muerte de su madrastra. Sí extraña su país, sueña con exponer su obra en él y ver sus poemarios en las vitrinas de sus librerías, pero asegura que el desarraigo no es algo nuevo en su vida. Para explicarse, resume su historia familiar: “Soy hijo de un hombre casado, con una mujer soltera que nunca fue su esposa. Viví con mi papá y su esposa hasta que él murió a apenas cuatro años de esa convivencia. Yo era el único del salón con un solo apellido. Yo era el único cuyos padres no estaban casados. Siempre estuve fuera del deber ser. Siempre estuve en una especie de exilio”.

El artista, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello —como abogado—, acaba de terminar su quinto libro de poesía titulado Roca Tarpeya, que le seguiría a Litoral central (Sudaquia, 2015) y La conocida herencia de las formas (Ígneo, 2016), los dos publicados, y a otros dos que permanecen inéditos.

Los sociólogos estadounidenses Richard Peterson y Roger Kern, estudiosos del gusto y la cultura de masas, lo definirían como omnívoro cultural. De un momento a otro, pasa de Fernando Carrillo y Gigi Zanchetta a Michael Jackson, de Schubert a Duke Ellington, de Charly García a Luis Miguel. “Verdi, que puede ser visto como algo aristocrático y exquisito ahora, sería como un Maluma en su tiempo”, argumenta: “No distingo entre lo culto y lo popular”.

En cuanto a arte, habla de Kandinksi, pero también de los estadounidenses Robert Motherwell y Clifford Still, del catalán Antonio Tàpies, el español Antonio Saura, el letón Mark Rothko y más exponentes de la disfuncional familia del expresionismo abstracto. Pero hay un maestro del que habla más porque aprende de él directamente. Porque está vivo, lo frecuenta en su estudio en Nueva York y lo escucha discurrir sobre arte mientras lo ve trabajando. Después vuelve a casa con la cabeza cargada de información y la emoción de haber compartido con un gran artista.

—¿Cómo son esas visitas recurrentes a Jacobo Borges?

—Al principio era como una cita muy formal. Ya no tanto. Son sesiones larguísimas. 12, 13 horas. Llego a las 3:00 de la tarde y a veces salgo a las 5:00 de la mañana. Escucho, pregunto lo mínimo. Jacobo es un maestro que no te dice qué hacer. Pone todo en la mesa, pero no te corrige. Habla de asuntos inmateriales y también de técnica. Me enseñó a recortar con el papel y no las tijeras, por ejemplo. He dibujado con él, he pintado con él. Emociona ver esa cabeza pensando tan rápido y experimentando siempre sin ningún temor.

—La valentía, fundamental en el arte

—Sí, eso mismo. El mensaje principal es que cuando sabes que puedes hacerlo, te toca hacerlo y punto. Las veces que sea y como sea. Necesitas arrojo, y él ha sido crucial en esas lecciones. Por otro lado, podemos hablar de historia, de política, de ciencia. Sabe lo hay que alimentar o corregir. Con lo que hay que tratar es con el animal que está detrás de la obra.

—Todo ha pasado en Nueva York. ¿Crees que estarías llevando adelante tu carrera de este modo en otro lugar?

—Estoy casi seguro de que no. Los hitos que fundaron en mí la seguridad y la oportunidad están muy vinculados con Nueva York. Jacobo ha sido también una presencia tutelar en todo el proceso. También, la maestría de Escritura Creativa la hice en NYU y allí empecé a pintar más decidido gracias a mi profesora de poesía. En Caracas, por ejemplo, iba al Museo de Arte Contemporáneo con una mirada menos formada y menos instruida. Esa mirada se desarrolló, se perfeccionó, se emancipó acá. Y digo lo de oportunidad porque tuve mi primera individual en Brooklyn.

—Las redes sociales parecieran simplificarlo todo, a veces hasta trivializarlo o atomizarlo. ¿Cómo ves el Universo 2.0 considerando que la reproducción fotográfica altera la obra, la convierte en otra o en una representación comprimida de ella?

—Creo en la democracia del acceso al contenido. Yo puedo haber sido parte de la última generación en la que el acceso a la información era todavía un privilegio. Mi sobrina no sabe y jamás sabrá qué era la Enciclopedia Encarta. No entiende cómo era el mundo cuando la información no estaba a segundos de distancia. Antes tenía que ocurrir un proceso largo. Ahora puedes compartir con un iPhone ese gran hallazgo, o gran bodrio, inmediatamente con cientos o miles o millones de personas. Cruz-Diez convirtió su concepto artístico en una app. Su concepto trascendió y es una idea; es lo que él concibió y pensó. Jacobo (Borges) también es un entusiasta de la tecnología. Los recursos son los recursos. Lo nuevo está ahí para servirte.

—Luis Pérez-Oramas, curador del MoMA y prologuista de Litoral central, vio representada en tus palabras la “luz reveroniana”. Curiosamente, el libro habla de un pintor antes de que comenzara todo este proceso…

Litoral central está muy influenciado por la obra de Reverón. Cuando lo hice, me sentía un escritor puro y duro. Soñaba con escribir y ya. No tenía una aspiración o delirio de exponer mis obras ni vivir de eso. Las manifestaciones plásticas estaban subordinadas a la escritura. Pintaba como un complemento. Luego entendí que el vuelo del que hablo, el pájaro, es un rayo de luz. Es la luz, que muestra todo pero que también puede cegar. Allí se ve que el tipo se está contando a sí mismo. Es un libro que tiene la inocencia de nombrar las cosas por primera vez. Y lo menos que me pasaba por la cabeza cuando lo escribí era que el pintor iba a ser yo.

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Publicada original el 23 de abril de 2019 en Gladyspalmera.com. El enlace directo aquí 

 

El cuatro solía estar al extremo de la foto. Acompañaba, aportaba una base rítmica, sumaba armonías. Era fundamental, pero no protagonizaba. El instrumento venezolano por excelencia, que ya evolucionaba hacia propuestas más arriesgadas, pisó el acelerador en este siglo hasta ubicarse en primer plano, romper las amarras que lo mantenían cautivo dentro de los límites del folclor y exhibir una sonoridad que parecía inconcebible.

El cuatro, esa guitarrilla de cuatro cuerdas heredera de la guitarra renacentista, esa especie de ukelele agresivo y pieza inamovible en más del 90% de los 300 géneros tradicionales que se han cultivado en territorio venezolano, es el instrumento de Miguel Siso, ganador del Latin Grammy 2018.

Un país en sonidos

El premio al Mejor Álbum Instrumental que recibió el álbum de Siso supone el debut de la música venezolana de fusión en una vitrina de virtuosos. Su gramófono dorado es el mismo que recibieron pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el mandolinista brasileño Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés.

 

Miguel Siso
Miguel Siso

Siso, quien vive ahora en Dublín y suele tocar un cuatro triple, llamó a su obra Identidad (2018) porque procuró recoger la materia prima de su tierra para revestirla de contemporaneidad y crear una infusión con esas raíces que pudiera servir en una taza cosmopolita. Debajo de la etiqueta de world music y los artificios electrónicos, va siempre el joropo, la onda nueva, el merengue caraqueño, el calipso, la gaita de tambora zuliana y más géneros autóctonos. Es un concepto similar al que persigue su paisano Jorge Glem, uno de los más celebrados ejecutantes del cuatro.

Venezuela, Cuba y el jazz

Glem, quien el pasado septiembre hizo un concierto en Miami a dúo con Paquito D’ Rivera, acaba de grabar el primer álbum a puro cuatro y piano con el cubano César Orozco. Ambos, compañeros de tarimas y salas de ensayo en Caracas de 2006 en adelante, se reecontraron en el exilio y decidieron llevar al estudio la química que ya habían probado en directo en el local Barbès de Brooklyn y en la serie de recitales informales Guataca On The River, a orillas del Hudson.

Stringwise (2019), obra en la que conviven piezas de artistas tan disímiles como Duke Ellington, Juan Luis Guerra y Sting, supuso un desafío extraordinario para los instrumentistas: Glem y Orozco se multiplicaron a tal punto que el dúo terminó sonando como un trío o acaso un cuarteto, con el jazz como terreno común de una conversación en diferentes dialectos. De Glem, lo venezolano. De Orozco, el tumbao cubano.

Explosión cuatrera

Glem no sólo es conocido individualmente. Es miembro de un ensamble único en su estilo: C4 Trío, una agrupación de tres cuatristas y un bajista. A comienzos de 2018, Pa’ fuera, el disco que grabaron con Desorden Público, banda referencial del ska en Venezuela, se coló entre los nominados a Best Alternative Urban & Latin Rock Album, convirtiéndose en el primer trabajo basado en el cuatro venezolano en colarse en los Grammy anglosajones.

C4 Trío, que celebró sus 10 años de recorrido con la producción de un DVD en el que compartió con ídolos como Oscar D’ León y la banda Guaco, actualmente está trabajando en el estudio con el salsero nicaragüense Luis Enrique en la que sería su sexta entrega. De su catálogo también destaca un álbum titulado De Repente (2013), que hicieron con Rafael Pollo Brito, un personaje en el que conviene detenerse.

 

Pollo Brito

Los tres integrantes del C4 Trío fueron alumnos de Brito, quien no sólo es un cantante y entertainer. Es el músico cuyas innovaciones en el cuatro, especialmente su técnica para aprovechar las bondades rítmicas del instrumento, hicieron posible lo que vemos y oímos hoy. El Pollo también ha abordado el bolero desde el cuatro, y recientemente se concentró en canciones de Armando Manzanero en un larga duración que llamó simplemente Manzanero (2018).

La onda expansiva

El cuatro trascendió las fiestas populares y se volvió objeto de estudio en academias y conservatorios. A partir del 4 del cuarto mes de 2004, existe el Festival La Siembra del Cuatro, un certamen que anualmente reúne a entusiastas del instrumento, convocados por Cheo Hurtado, uno de los grandes maestros. Siso lo ganó en una edición. Antes también lo ganó Glem, quien se conoció allí con Edward Ramírez y Héctor Molina, dos finalistas del concurso, y formó con ellos C4 Trío.

Artistas como Jacinto Pérez, Freddy Reyna y Hernán Gamboa, ya fallecidos, habían hecho del cuatro mucho más que un instrumento de acompañamiento. El proceso lo continuaron músicos como Cheo Hurtado, quien destacó gracias a su trabajo como integrante del Ensamble Gurrufío, y más recientemente, Brito, quien abrió el camino por el que transita la generación de Siso, Glem y el C4 Trío.

Los miembros de C4 Trío también generan música interesante fuera de la agrupación. Héctor Molina grabó un álbum instrumental titulado Giros, en el que exploró diferentes formatos, desde un jazz trío hasta un festín de instrumentos de cuerda, arreglos de metales, formatos nunca antes probados; caprichos de arreglista. Edward Ramírez, el otro C4, ha llevado adelante una gran carrera solista.

Tras presentar una propuesta sofisticada en Parroquia (2012), Ramírez se convirtió en un investigador del joropo tuyero, una variante muy específica de ese género común en los llanos de Venezuela y Colombia. Como resultado de su pesquisa, grabó un álbum con un cuatro con cuerdas de metal —no de nylon, como es habitual— que sustituye al arpa. Luego lo llevó más lejos: junto al letrista, maraquero y cantante Rafael Pino, creó El Tuyero Ilustrado, que ha mostrado en giras por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Músicos, entusiastas y melómanos venezolanos ya miran con mala cara a quien toma un cuatro y hace acordes sencillos en el tope del mango. De cualquiera que toque el instrumento, se espera que construya una melodía y sostenga el ritmo, que agite una mano con energía y descienda con la otra por el diapasón retando la fuerza de sus dedos como un gimnasta. El cuatro cambió para siempre.

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

Publicado originalmente en Prodavinci.com el 15 de febrero de 2019. El enlace aquí 

Comencemos por una trivia. Aparte de ser músicos nacidos en el siglo XX, ¿qué tienen en común el jazzista estadounidense Duke Ellington, el merenguero dominicano Juan Luis Guerra, el roquero británico Sting y el gaitero zuliano Rafael Rincón González? Que sus obras, las que un químico describiría como inmiscibles —que no se mezclan—, conviven armoniosamente en Stringwise, el álbum del cuatrista Jorge Glem y el pianista César Orozco.

Stringwise es un capítulo feliz de un romance del siglo XXI: el romance del cuatro venezolano y el jazz. El cumanés del C4 Trío y el cubano, viejos compañeros de ensayos y escenarios desde los tiempos de la joven Movida Acústica Urbana, se reencontraron en Nueva York y decidieron recrear en el estudio de grabación una dinámica que había probado su efectividad en directo. Cuatro y piano, piano y cuatro, nada más. Ni percusión ni bajo; mucho menos guitarras, cuerdas o vientos.

El viaje comienza con “TakeThe A Train”. Pero este tren no suena tanto al metro que inspiró a Billy Strayhorn camino a Harlem cuando escribió el arreglo para la orquesta de Duke Ellington en 1939. El de Glem y Orozco es uno de alta velocidad que sale de Manhattan hacia algún lugar indeterminado al sur de Nueva Orleans, con algo de gipsy jazz, algo burlesque, con guiños a Venezuela y a Cuba.

Lo mismo pasa con “Englishman in New York” de Sting, que comienza apegada al reggae del arreglo original y poco a poco se va desconectando, enrareciéndose entre el bebop y el Caribe. El interludio alucinante de swing que suena en el álbum Nothing Like the Sun (1987) del líder de The Police, donde grabó un solo memorable el saxofonista Branford Marsalis, le sirvió de excusa a Orozco y Glem para introducir un joropo jazzeado. Sí, un joropo jazzeado.

Así transcurre la obra, atando falsos leitmotiv de las melodías originales que son apenas coartadas para un discurso mestizo propio. “Si tú no bailas conmigo”, original de Juan Luis Guerra, va del merengue dominicano al ritmo sincopado —“frenaíto”— del merengue caraqueño. “After The Love Has Gone”, un hit de Earth Wind & Fire que escribió David Foster con otros dos autores, comienza como balada y de pronto, sutilmente, termina convertido en onda nueva. Otras, como “Maracaibera”, de Rafael Rincón González, y el folclórico “Zumba que zumba” van en dirección contraria: se llevan la materia prima desde Venezuela y se impregnan de jazz y otras especies; se visten distinto como la gente cuando sale de viaje. Por ejemplo, el “Moliendo café” de Stringwise, que sirve de epílogo, es más tropical. Es como si el Zambo Manuel hubiese superado una pena de amor,una tristeza, y ahora, mientras pasa el resto de la noche moliendo, se bebe un ron y le encuentra la gracia a su propio despecho.

El código del jazz funciona como un umbral que les permite viajar de ida y vuelta entre dos mundos. Sólo así puede resultar homogénea semejante ensalada de canciones a la que cada uno sumó una propia rescatada de sus sendos primeros álbumes: Orozco trajo “Sueño perfecto”, dedicada a su esposa, de su Son con pajarillo (2007), y Glem desempolvó la apacible “Lesbia”, en honor a su señora madre, de Cuatro sentido (2005), el disco que editó por ser ganador del Festival La Siembra del Cuatro.

A todo lo anterior sumaron una rareza. Existe una canción del músico cubano Meme Solís que se llama “Ese hastío”. Es un bolero al que, por error, en un LP de Ray Barretto con Adalberto Santiago titulado Rican/Struction (1979) le pusieron “Piensa en mí”, como la popular composición de Agustín Lara. De esa, Glem y Orozco hacen una lectura taciturna con el cuatro sirviendo de percusión apoyando a un teclado Fender Rhodes. También, añadieron una composición recién horneada de Glem titulada “Merengue Today”, que estará incluida en otro formato en el álbum que C4 Trío está grabando —¡primicia!— con el salsero nicaragüense Luis Enrique.

Una extraña forma de comunicarse

El cuatro ha avanzado a ritmo vertiginoso en lo que va de siglo. De la escuela de los maestros que convirtieron al instrumento en más que un elemento de acompañamiento, digamos Freddy Reyna, Jacinto Pérez, Hernán Gamboa, Cheo Hurtado y otros, pasamos a la generación que entró por una puerta que abrió Rafael “Pollo” Brito. Como cuatrista, Brito fue un pionero en el aprovechamiento de las bondades rítmicas del cambur-pintón, que les enseñó a sus alumnos más ilustres, entre ellos los tres miembros de C4 Trío, incluido Glem, quizá el máximo representante de esta generación.

En tiempos recientes, la guitarrilla venezolana de cuatro cuerdas ha experimentado varias primeras veces. A comienzos de 2018, Pa’ Fuera, de Desorden Público y C4 Trío, se convirtió en el primer álbum basado en el instrumento nacional nominado a los Grammy anglosajones, los premios más publicitados de la industria musical, al menos en este hemisferio. En septiembre, Glem hizo un concierto a casa llena en el Colony Theatre de Miami con el saxofonista Paquito D’Rivera: primera vez que el cuatro juega un rol protagónico en un espectáculo en compañía de una figura de tal estatura en el latin jazz mundial. Y en noviembre, Miguel Siso, cuatrista guayanés que toca el primer cuatro triple de la historia, se convirtió en el primer venezolano en ganar el Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum Instrumental.

Stringwise, una obra que se gestó entre el local Barbès de Brooklyn y la serie de recitales informales Guataca On The River, presentada por la plataforma de música venezolana a orillas del río Hudson durante 2018, suma otro hito a la lista: es el primer álbum grabado a dúo con cuatro venezolano y piano. Existen muchos de piano y guitarra, como las dos entregas de Spain de Michel Camilo y Tomatito y el Dúo de los brasileños César Camargo Mariano y Romero Lubambo. Pero de cuatro y piano, ninguno.

El formato supone un desafío extraordinario para los instrumentistas, pero Glem y Orozco tienen, no sólo la destreza para enfrentarlo, sino la posibilidad de entablar una conversación en varios dialectos. Se multiplican a tal punto que el dúo termina sonando como un trío o un cuarteto. El cuatrista no sólo hace de cuatrista; lo hace sonar como conga, como percusión de merengue o de bolero, como guitarra española y bandola. Al pianista, que generalmente aporta acordes con su mano izquierda, le corresponde hacer los bajos. Le toca poner ese ladrillo fundamental en la base de toda la estructura para que se sostenga.

Stringwise representa el reencuentro de dos amigos muy talentosos. Orozco recuerda que Glem lo impresionó desde la primera vez que lo vio tocar con Saúl Vera. Glem dice exactamente lo mismo de Orozco, un joven formado en la Escuela Nacional de Arte de La Habana, que había llegado a Venezuela en 1997 como violinista de la Orquesta de Carabobo y que luego comenzó a abrirse camino como pianista. Corría el año 2006 y se estaba gestando un movimiento de músicos venezolanos amantes de la raíz tradicional pero formados en academias y de una incurable melomanía. Nacía C4 Trío y también el proyecto de Orozco, Kamarata Jazz, en el que Glem fue cuatrista hasta que ambos emigraron a Estados Unidos, donde finalmente decidieron darle forma de álbum a su extraña forma de comunicarse.

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Publicada originalmente en Prodavinci.com el 17 de noviembre de 2018. El enlace aquí

La ceremonia estaba comenzando. Calentaba el ambiente el Septeto Santiaguero y su celebrado proyecto con José Alberto “El Canario” basado en son cubano. Pasaban los renglones dedicados a la música brasileña, la infantil y la cristiana. Anunciaba Gabriel Abaroa Jr., presidente de la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos, que este año servirían comida: unos wraps de salmón que en su mayoría se quedaron fríos en las mesas. Y de pronto, sin anestesia, el director orquestal uruguayo José Serebrier abrió el sobre y leyó el nombre que agitó corazones venezolanos.

El ganador, que todavía no había ganado, se encontraba en una mesa a la izquierda del escenario; no muy lejos, aunque en ese momento el camino que separaba su silla del gramófono dorado se veía largo y sinuoso. Se sentía pequeño ante la estatura de los nombres brasileños con los que disputaba el premio. Respetaba —respeta profundamente— el arte de todos ellos. Para colmo, en la pantalla central él aparecía de último. IDENTIDAD/ MIGUEL SISO. Pequeño. Poquitas letras.

El cuatrista guayanés, ganador de la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen que desde 2004 ha conectado a apasionados y virtuosos del instrumento rey del país, estaba postulado en una categoría de los Latin Grammys particularmente exigente: Mejor Álbum Instrumental. Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, conviven en ella proyectos contemporáneos de virtuosos consolidados que fusionan latin jazz, especies de raíz tradicional, bossa, tango o flamenco, y creadores de world music, generalmente pesos pesados de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de Holanda, Ed Calle, la agrupación Bajofondo, Chick Corea, Arturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio por el que le brillaban los ojos al venezolano, que veía hacia el frente nervioso y callado, sin sonreír. Estático, sosteniendo la mano de su esposa, Bárbara, musa de varias de las canciones que lo llevaron hasta ese lugar y ese momento.

Serebrier no tardó ni 10 segundos en nombrar a los postulados: No Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo, un autor al que muchos consideran un genio; Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda Trío, ensamble liderado por una referencia mundial de la mandolina; Alué de Airto Moreira, un percusionista de trayectoria extensísima; y Recanto de Yamandú Costa, un guitarrista fuera de serie que ya había impresionado con un performance en directo minutos antes. Y él, claro. Lo aplaudieron unos pocos, los de su mesa, los compatriotas desperdigados por el glamoroso Mandalay Events Center que lo conocían y uno que otro colega, como la cantautora colombiana Marta Gómez, postulada en la casilla folclórica por La alegría y el canto, un álbum en el que grabaron C4 Trío, el pianista Antonio Mazzei y el cantautor José Delgado.

El presentador sonrió y dijo, con naturalidad, las palabras mágicas: y el Grammy es para… Miguel Siso. ¡Pum! Gritos de quienes lo rodeaban, abrazos, besos, Bárbara con los ojos aguados, eufóricos unos primos que lo acompañaban, y Ernesto Rangel, fundador y director de Guataca, la plataforma que produjo el álbum, tan emocionado que no sabía qué hacer, si acompañarlo, grabarlo con su celular, tomarle fotos o saltar. La distancia hasta el micrófono iluminado desde el que hablaban los ganadores, que parecía de años luz hacía segundos, se acortó, y Siso se lo fue creyendo en la ruta. Subió las escaleras y, aguantando un nudo en la garganta, pronunció con fluidez sus palabras sin papel en mano, a diferencia de lo que hizo más tarde el español Enrique Bunbury en el mismo sitio.

¡Viva Venezuela!, le gritaron de un costado. Y él sonrió satisfecho. “No tengo palabras para decir lo feliz que estoy por esto. Este es un álbum que se formó desde el principio para mi amado país, Venezuela, que está pasando por una crisis muy fuerte”, dijo. Ahí sí retumbaron los aplausos. Luego completó: “La música venezolana y el cuatro venezolano están presentes ahora más que nunca”. Sí, lo están, gracias a su trabajo y al de agrupaciones como C4 Trío, que, junto a talentosos ingenieros venezolanos, hace cuatro años alzó sus manos de uñas largas en esa misma instancia por su victoria en el renglón de Mejor Ingeniería de Sonido. Además, ganaron por el álbum De repente, grabado con otro referente del instrumento —que de paso, canta y anima—: Rafael “Pollo” Brito.

No había bajado el oleaje emocional cuando anunciaron a los nominados a Productor(a) del Año. Nombraron a cuatro personalidades asociadas a una chorrera de artistas famosos. A gente como Andrés Torres y Mauricio Rengifo, que colaboran con David Bisbal, o al ya galardonado Rafael Arcaute, productor del argentino Dante Spinetta. A Eduardo Cabra, productor de la banda colombiana Monsieur Periné; y a Julio Reyes Cupello, que trabaja con Pablo Alborán y Laura Pausini. Y entre ellos, una sola mujer, la primera que gana ese gramófono, la venezolana Linda Briceño, multiinstrumentista —especialmente trompetista—, ex miembro del Big Band Jazz Simón Bolívar, compositora y cantante, que estaba a una mesa de Siso, con sus labios carmesí, fingiendo tranquilidad, cuando escuchó su nombre y celebró como no pudo hacerlo en 2014, cuando obtuvo dos postulaciones y volvió con las manos vacías.

El segundo ¡Viva Venezuela! se escuchó. Pero faltaba un personaje con el que nadie contaba cuando ya habían quedado en el camino otros nominados venezolanos, como Los Pixel, banda del vocalista de Sentimiento Muerto, Pablo Dagnino, que andaba con su cabello oxigenado y su traje negro solemne que no lograba ocultar la eterna irreverencia de la generación contagiada por el punk. Tampoco había ganado María Rivas, aquella gran cantante que la mayoría recuerda por “El manduco” y que grabó un exquisito álbum de boleros titulado Motivos, por aquello de la rosa pintada de azul; ni Claudia Prieto, la jovencita zuliana que aparecía en dos casillas, la de Mejor Álbum Cantautor, que se llevó Jorge Drexler, y la de Mejor Artista Nuevo, que perdería después.

Ese otro personaje que faltaba era Juan Carlos Luces, autor de “Quiero tiempo”, popularizada por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle junto con Juan Luis Guerra, que se llevó la medalla a la Mejor Canción Tropical y le permitió incluir una línea clave en sus palabras de agradecimiento, acompañadas de sollozos: “Sobre todo, quiero dedicarle este premio a todos los venezolanos que nos conseguimos en cualquier parte del mundo y que ahorita estamos viendo la cosa fea pero que la hacemos ver bonita”.

La noche de Drexler

Como suele ocurrir, salvo contadas ocasiones en las que artistas como Franco De Vita o Chino y Nacho han ganado Latin Grammys, los tres venezolanos premiados recibieron sus gramófonos en la ceremonia previa y no televisada. Paréntesis: los Latin Grammys suelen dividirse en dos; la fiesta de los músicos y la fiesta de la fama. En ocasiones ambos mundos se conectan. Temprano, se entregaron los premios de categorías técnicas, reconocimientos a la composición, los arreglos, la producción, la ingeniería y los géneros menos populares, menos sexys para el público televisivo. Por allí no andaba Maluma ni J Balvin. Sí andaban, por ejemplo, la mexicana Natalia Lafourcade, el argentino Fito Páez y el uruguayo Jorge Drexler, quien terminó ganando en ese otro escenario que parecía totalmente dominado por el reguetón, el trap y lo que por estos días lleva la etiqueta de “urbano”.

Esta vez la ceremonia previa subió en calidad y glamour: lo que antes parecía más una graduación universitaria que unos Grammy, ganó cierto halo de magia, de prestigio, de respeto. Tras esa cita temprana, todos se trasladaron del Mandalay Bay Center, donde ocurrió el tiroteo fatídico en 2017, al MGM Grand Arena, donde suelen darse las peleas de Floyd Mayweather, entre otros eventos mundialmente publicitados. A ambos hoteles, megaestructuras de más de 3.000 y 6.000 habitaciones, respectivamente, las une un pequeño tren gratuito. Y por allí iban muchos, con sus trajes y corbatas, vestidos largos y tacones altos, comentando lo que acababa de ocurrir.

Tras atravesar el mar de máquinas tragamonedas, mesas de juego y estética kitsch, entraron al show de televisión que se lleva buena parte del presupuesto y que este año, curiosamente, contó en su equipo de escritores y guionistas con el humorista y músico venezolano César Muñoz.

Temprano, las secciones de espectáculos destacaban en su mayoría las ocho nominaciones del reguetonero colombiano J Balvin y las cinco de la española Rosalía, que presenta el flamenco como parte de una propuesta electrónica. Hablaban de la expectativa ante la presencia de Maluma, el también colombiano que canta “Felices los 4” y las “Cuatro babys”, pero que en esta edición no llegaba a las cuatro postulaciones. Parecía que sería un maremágnum de reguetón. Y sí, por momentos lo fue, pero la academia encontró la manera de equilibrar las fuerzas y el protagonista de la noche terminó siendo Jorge Drexler, vencedor en dos de las tres categorías principales: Canción del Año (“Telefonía”) y Grabación de Año (ídem). La de Álbum del Año quedó en manos de otro ídolo de siempre, abucheado por la audiencia del MGM porque nunca asiste a estas citas, respetado por todos por su voz y devuelto a la notoriedad por una serie de Netflix: Luis Miguel. ¿Su disco premiado? México por siempre.

Fue una noche que contó con el imán del reguetón, el trap y la música que predomina en la fiesta joven latinoamericana de este momento del siglo XXI, pero que premió el arte orgánico, las guitarras acústicas de los Macorinos que tocan con Natalia Lafourcade, la voz desnuda de Mon Laferte, las letras sutiles e ingeniosas de Jorge Drexler y, por qué no, el cuatro del venezolano Miguel Siso.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

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Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.

 

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Cheo y Ulises, al resto de los terrícolas

Por Gerardo Guarache Ocque

No logro escoger una metáfora para explicarlo. Dónde es como una cajita que alguien enterró, sin señas, en algún parque: uno la escucha y no sabría decir de qué época es. Si fuera una obra en lienzo, bastarían los colores sepia. Si fuera una película, tendría que ser rodada en Super 8, como una nostálgica cinta familiar que cayó en manos de un editor genial.

Dónde es como si un suicida empezara a escribir una carta y al tercer párrafo se arrepintiera de lo que pensaba hacer, pero siguiera escribiendo, ahora más vivo que nunca. Al mismo tiempo, el disco de Cheo Pardo y Ulises Hadjis parece un mensaje cifrado de un par de astronautas que se quedaron atrapados en un estudio de grabación satelital y se inspiraron mirando la Tierra desde fuera.

“Piensa en mí” es como una canción de cuna melancólica. ¿Y qué es una canción de cuna sino la puerta a un mundo distinto, el mundo donde todo es posible, un Nunca Jamás sin lugares comunes? De hecho, en el primer segundo rechina una puerta y lo que encontramos dentro es una habitación acogedora, minimalista, abierta a un cielo estrellado, quizá con una hamaca en el centro.

Dónde no parece pensado para consumirse como experiencia colectiva. Es como leer una poesía muy íntima. Unipersonal. Las voces —sí, Cheo, Dj Afro, José Luis Pardo, canta— se van turnando y juntando, a veces en susurros y siempre construyendo dulces armonías. Suenan guitarras, acústicas y eléctricas, suenan tecladitos y efectos de ambiente, pero ese trasfondo, salvo un único solo de trompeta, es como el rocío del perfume menos estridente del mundo. ¿Por qué? Porque las letras importan. Muchos intentan hacer bulla para llamar la atención; y en estos tiempos, entre tanto ruido, más vale bajarle el volumen a todo lo demás para que llegue el mensaje.

Dónde clama por volver a la ternura, a las cosas simples, a las buenas intenciones: Que las cosas sean como eran/ que las radios me hablen como antes/ que las luces brillen como ayer (“Como antes”). Ven, vamos a tocar el cielo/ cambiar las nubes de color/ nombrar a todas las estrellas/ que se asoman cuando oyen tu voz (“Aquí vinimos”). Mi corazón, que extraña, mi corazón me calma/ sé que sabe lo que es cierto sobre mí, sobre ti (“Lo que es cierto”).

Mi canción no suena igual, canta Ulises, y se acentúa esa tendencia de resolver el acento de la frase a lo Spinetta, escarbando en el esófago para traer al sentimiento, que viene trepando como un diestro escalador. El bossa, y el swing de una mano derecha, delata al ex guitarrista de Los Amigos Invisibles. Pero Ulises y Cheo, a pesar de esto, no quisieron parecerse a nada, ni siquiera a ellos mismos, o a lo que el público cree o siente que son.

Hay momentos coloridos en los que es posible bailar con hombros mientras se sirve el próximo trago, cantando un coro delicioso: En un mundo intenso/ de tonos blanco y negro/ llegaste con tu risa a colorear/ las horas y los días que vendrán y se irán (“De no haberte conocido”).

“Los continentes” es el título de un epílogo que llega como “The End” en Abbey Road, con su respectiva “Her Majesty”, descolgada, como una travesura. Es otra melodía ensoñadora, que viene de otro tiempo, quizá de una época de victrolas, pipas y monóculos, a dejar en el camino frases así: Tu amor se sigue mudando/ el mío lo espera acá (…) Tu amor sigue mutando, el mío sigue igual.

Dónde no se siente como un álbum. Mejor llamémoslo obra; ya ni sé si deberíamos llamar a algo disco o álbum o placa. Eso sí, Dónde culmina muy pronto. Son ocho canciones que promedian dos minutos y pico. Aunque, quién sabe, quizá tal brevedad sea una virtud: un bocado, cuando es bueno y pequeño, despierta el hambre.

Dónde en Spotify

Videoclip de ¿Dónde? en Youtube

DondeUlisesCheo