El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia. Por primera vez en su extensa carrera, que comenzó con unos experimentos con el maestro Gerry Weil, la extraordinaria cantante había sido nominada a los Latin Grammys, máxima fiesta de la industria musical latinoamericana. El reconocimiento llegaba gracias a Motivos, un álbum de caprichos, especialmente boleros, que incluyó ese clásico homónimo de Ítalo Pizzolante y la rosa pintada de azul.

María Rivas irrumpió en la escena musical venezolana en 1992, cuando un canto de lavanderas devenido en canción bailable era una rareza en el mainstream nacional. El manduco fue un hit que reflejó su amor por la raíz tradicional latinoamericana, pero fue apenas su manera de decir presente. Con el tiempo, se convertiría en una de las voces más sofisticadas del país, vehículo de latin jazz y, además, una de las intérpretes predilectas de la música de Aldemaro Romero.

La voz y la manera de cantar de María Rivas eran de una delicadeza inusual. Una voz de ningún lugar y, a la vez, de todos. Una voz sin raza, cargada de swing, de pasión, de jazz, de elegancia con una pizca de desparpajo. Y en ese canto, llevaba lo caribeño a los estándares de jazz y traía el swing a las piezas de música basadas en la raíz tradicional venezolana, como lo hizo en Pepiada Queen (2008), donde conviven Moliendo café y El Catire de Aldemaro con canciones como Smell Like Teen Spirit de Nirvana y Come Together de Los Beatles. Era una cantante sin límites, desprejuiciada y original.

Estuvo mucho tiempo fuera de Venezuela. Vivió una época en Japón. También, entre España y Florida. Pero nunca dejó de cantarle a su tierra. Grabó una decena de álbumes y casi todos incluyen joyas venezolanas que se cuelan entre estándares de Cole Porter, música estadounidense de los años 40 o 50, o clásicos latinoamericanos como Alfonsina y el mar o Bésame mucho. Uno de sus trabajos más sorprendentes fue incluido en el disco Clásicos venezolanos (1999), grabado con el maestro Eduardo Marturet y la Orquesta Sinfónica de Lara.

Su calidad la llevó a actuar en escenarios como el prestigioso Festival de Montreaux. La plataforma Guataca Nights tuvo la fortuna de presentarla en directo durante 2018. En Houston actuó con el pianista merideño Leo Blanco. También lo hizo en Orlando. La presencia de María Rivas representaba una garantía para una velada deliciosa.

A la cantante le gustaba pintar. No se conformó con el color de su voz. Le gustaba tanto, que se sumergió de lleno en el arte plástico y presentó series de pinturas como una que llamó American Jazz Greats, en la que representó en lienzo a grandes jazzistas como Chet Baker, Miles Davis y Nina Simone. Curiosamente, su primer roce con los Latin Grammy y la Academia Latina de la Grabación que los organiza, se había producido en 2013, pero como pintora. A María Rivas le fue comisionado el arte oficial de los premios.

Cuentan que escribió y pintó hasta sus últimas horas, a pesar del cáncer y del deterioro vertiginoso de su salud. Rodeada por sus seres queridos, murió el jueves 19 de septiembre de 2019 en la ciudad de Miami, a los 59 años de edad, una gran artista caraqueña que dejó pinturas y canciones como huellas inmejorables de su existencia.

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Publicado originalmente el 14 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

No hay manera de medir el legado de Aldemaro Romero. Muy difícil determinar cuánto de él vive en la música venezolana o cuánto avanzó ella gracias a su trabajo. No existe un algoritmo para calcular cómo son de largas las ramas del árbol de su influencia, que aún sigue creciendo y dando retoños porque la obra del maestro no es nada más su obra; es también una invitación a crear.

Basta con pronunciar su nombre de pila, Aldemaro, para invocar montones de piezas sofisticadas, melodiosas, rítmicamente atrevidas y, de paso, venezolanas. Escribió muchas canciones y, sólo por ellas, permanece y merece permanecer en un rincón especial de nuestra memoria. Pero él fue más allá. Tuvo, en el contexto venezolano, la osadía de Gershwin: construyó un lugar ambivalente que emociona a los seguidores de la música popular y al público general pero que, al mismo tiempo, encuentran muy placentero los músicos estrictos con la vista en los papeles del atril.

Hoy, orquestas sinfónicas venezolanas como la Simón Bolívar, cuando quieren subrayar su origen, recurren a partituras seleccionadas con pinza. A veces, tocan el poema sinfónico Margariteña de Inocente Carreño. En ocasiones, se decantan por un arreglo de José Terencio Silva que hila varios fragmentos de venezolanidad coronados por el Alma llanera de Pedro Elías Gutiérrez. Y entre esos bises predilectos reluce la Fuga con pajarillo que escribió ese valenciano autodidacta que murió a los 79 años de edad el 15 de septiembre de 2007.

Los logros de Aldemaro están todos precedidos por un empecinamiento. Una inconformidad. Una porfía. Un ¿por qué no? ¿Por qué no puedo reunir piezas emblemáticas de mi país en un álbum exótico de salón? ¿Por qué no estilizar lo autóctono y presentarle al mundo, barnizadas, Sombra en los médanos, Barlovento o Dama Antañona? ¿Por qué no darle a la música de Venezuela la oportunidad de probar su valía, incluso desde el punto de vista comercial? ¿Por qué no, carajo?, diría el músico, al que, dicen, la desafinación lo sacaba de sus casillas.

La misma persistencia llevó al veinteañero Aldemaro Romero a Nueva York en 1952, invitado por Alfredo Sadel como director musical. Allá convenció a los directivos de la RCA Victor de cristalizar una propuesta que al final llevó por nombre Dinner in Caracas (1955), disco editado precisamente durante el año de la masificación del rock and roll. Con sus arreglos, Aldemaro sedujo a un público nuevo como el hombre trajeado que le ofrece fuego a la chica sexy que está por fumarse un cigarrilo con boquilla en la carátula de su LP. Se calcula que se vendieron más de un millón de ejemplares, una cifra exorbitante para un artista venezolano en cualquier época. Fue un triunfo comercial de lo que el cronista Federico Pacanins define como el primer esfuerzo discográfico de internacionalización de la música venezolana.

Hasta ahí, una biografía diría bastante. Por eso la creación de la onda nueva, junto al baterista “El Pavo” Frank Hernández, parece un dato de la vida de otro. Pero el responsable es el mismo Aldemaro, de quien, cuentan, era de los creadores que se sientan frente al piano a diario y desde la madrugada. Si la musa viene, chévere; y si no, resuelvo.

Con Aldemaro, no sólo tienen mucho que ver sus intérpretes más prominentes, comenzando por María Teresa Chacín, pasando por María Rivas, e incluso por Ilan Chester, responsable de un álbum, basado en el sonido ‘aldemarístico’, muy celebrado por el maestro. Sí, todos ellos tienen mucho que ver con él, pero el árbol crece aún más cuando consideramos a los artistas que componen a partir de su concepto.

Es difícil conseguir un ensamble o intérprete venezolano activo en este siglo que no haya recibido, en mayor o menor medida, su influjo. Basta con revisar las listas de canciones para encontrar piezas de Romero, o piezas inéditas y originales que llevan la etiqueta de ‘onda nueva’, goteadas por todo el catálogo musical reciente. El eclecticismo es extraordinario: Aldemaro cautiva a violinistas de orquesta, guitarristas heavy metal, estrellas de bandas de funk, grupos de ska, cuatristas, cantantes líricos o artistas pop, amantes de lo folclórico o devotos de lo académico.

Los ejemplos son tantos que no cabrían en esta publicación. El bajista Gonzalo Teppa le dedicó un álbum entero. La pianista y cantante Selene Quiroga, también. ¿Qué hizo Jorge Spiteri, otro pionero de la fusión, cuando lo invitaron a un Festival Nuevas Bandas? Armó un medley malandro de onda nueva. A los productores del Festival Caracas en Contratiempo no le costó conseguir artistas que quisieran participar en su homenaje. El C4 Trío, el ensamble de cuatristas más aclamado del presente, lo versionó desde su primer álbum. El guitarrista y quien fuera uno de los principales artífices de Los Amigos Invisibles, José Luis “Cheo” Pardo, también conocido como DJ Afro, creó Los Crema Paraíso, un proyecto de música venezolana psicodélica, inspirado en él. El cuatrista guayanés Miguel Siso ganó un Latin Grammy histórico con Identidad, álbum que contiene una onda nueva de su autoría llamada Sin contratiempos. El V-Note, una agrupación que hace vida en California, liderada por una venezolana pero integrada por tres instrumentistas estadounidenses, también toca onda nueva.

Los arreglos del maestro son posibilidades. Son negras, blancas, corcheas y semifusas esperando convertirse en algo más. Su obra es un monumento sobre el que flota una idea: buscar siempre la vitalidad de la música, que cuando es buena, envejece bien, como la que él compuso. Es verdad que la onda nueva de Aldemaro ya no es nueva… pero pasan los años y aún sigue siendo joven.

 

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Publicada original el 23 de abril de 2019 en Gladyspalmera.com. El enlace directo aquí 

 

El cuatro solía estar al extremo de la foto. Acompañaba, aportaba una base rítmica, sumaba armonías. Era fundamental, pero no protagonizaba. El instrumento venezolano por excelencia, que ya evolucionaba hacia propuestas más arriesgadas, pisó el acelerador en este siglo hasta ubicarse en primer plano, romper las amarras que lo mantenían cautivo dentro de los límites del folclor y exhibir una sonoridad que parecía inconcebible.

El cuatro, esa guitarrilla de cuatro cuerdas heredera de la guitarra renacentista, esa especie de ukelele agresivo y pieza inamovible en más del 90% de los 300 géneros tradicionales que se han cultivado en territorio venezolano, es el instrumento de Miguel Siso, ganador del Latin Grammy 2018.

Un país en sonidos

El premio al Mejor Álbum Instrumental que recibió el álbum de Siso supone el debut de la música venezolana de fusión en una vitrina de virtuosos. Su gramófono dorado es el mismo que recibieron pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el mandolinista brasileño Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés.

 

Miguel Siso
Miguel Siso

Siso, quien vive ahora en Dublín y suele tocar un cuatro triple, llamó a su obra Identidad (2018) porque procuró recoger la materia prima de su tierra para revestirla de contemporaneidad y crear una infusión con esas raíces que pudiera servir en una taza cosmopolita. Debajo de la etiqueta de world music y los artificios electrónicos, va siempre el joropo, la onda nueva, el merengue caraqueño, el calipso, la gaita de tambora zuliana y más géneros autóctonos. Es un concepto similar al que persigue su paisano Jorge Glem, uno de los más celebrados ejecutantes del cuatro.

Venezuela, Cuba y el jazz

Glem, quien el pasado septiembre hizo un concierto en Miami a dúo con Paquito D’ Rivera, acaba de grabar el primer álbum a puro cuatro y piano con el cubano César Orozco. Ambos, compañeros de tarimas y salas de ensayo en Caracas de 2006 en adelante, se reecontraron en el exilio y decidieron llevar al estudio la química que ya habían probado en directo en el local Barbès de Brooklyn y en la serie de recitales informales Guataca On The River, a orillas del Hudson.

Stringwise (2019), obra en la que conviven piezas de artistas tan disímiles como Duke Ellington, Juan Luis Guerra y Sting, supuso un desafío extraordinario para los instrumentistas: Glem y Orozco se multiplicaron a tal punto que el dúo terminó sonando como un trío o acaso un cuarteto, con el jazz como terreno común de una conversación en diferentes dialectos. De Glem, lo venezolano. De Orozco, el tumbao cubano.

Explosión cuatrera

Glem no sólo es conocido individualmente. Es miembro de un ensamble único en su estilo: C4 Trío, una agrupación de tres cuatristas y un bajista. A comienzos de 2018, Pa’ fuera, el disco que grabaron con Desorden Público, banda referencial del ska en Venezuela, se coló entre los nominados a Best Alternative Urban & Latin Rock Album, convirtiéndose en el primer trabajo basado en el cuatro venezolano en colarse en los Grammy anglosajones.

C4 Trío, que celebró sus 10 años de recorrido con la producción de un DVD en el que compartió con ídolos como Oscar D’ León y la banda Guaco, actualmente está trabajando en el estudio con el salsero nicaragüense Luis Enrique en la que sería su sexta entrega. De su catálogo también destaca un álbum titulado De Repente (2013), que hicieron con Rafael Pollo Brito, un personaje en el que conviene detenerse.

 

Pollo Brito

Los tres integrantes del C4 Trío fueron alumnos de Brito, quien no sólo es un cantante y entertainer. Es el músico cuyas innovaciones en el cuatro, especialmente su técnica para aprovechar las bondades rítmicas del instrumento, hicieron posible lo que vemos y oímos hoy. El Pollo también ha abordado el bolero desde el cuatro, y recientemente se concentró en canciones de Armando Manzanero en un larga duración que llamó simplemente Manzanero (2018).

La onda expansiva

El cuatro trascendió las fiestas populares y se volvió objeto de estudio en academias y conservatorios. A partir del 4 del cuarto mes de 2004, existe el Festival La Siembra del Cuatro, un certamen que anualmente reúne a entusiastas del instrumento, convocados por Cheo Hurtado, uno de los grandes maestros. Siso lo ganó en una edición. Antes también lo ganó Glem, quien se conoció allí con Edward Ramírez y Héctor Molina, dos finalistas del concurso, y formó con ellos C4 Trío.

Artistas como Jacinto Pérez, Freddy Reyna y Hernán Gamboa, ya fallecidos, habían hecho del cuatro mucho más que un instrumento de acompañamiento. El proceso lo continuaron músicos como Cheo Hurtado, quien destacó gracias a su trabajo como integrante del Ensamble Gurrufío, y más recientemente, Brito, quien abrió el camino por el que transita la generación de Siso, Glem y el C4 Trío.

Los miembros de C4 Trío también generan música interesante fuera de la agrupación. Héctor Molina grabó un álbum instrumental titulado Giros, en el que exploró diferentes formatos, desde un jazz trío hasta un festín de instrumentos de cuerda, arreglos de metales, formatos nunca antes probados; caprichos de arreglista. Edward Ramírez, el otro C4, ha llevado adelante una gran carrera solista.

Tras presentar una propuesta sofisticada en Parroquia (2012), Ramírez se convirtió en un investigador del joropo tuyero, una variante muy específica de ese género común en los llanos de Venezuela y Colombia. Como resultado de su pesquisa, grabó un álbum con un cuatro con cuerdas de metal —no de nylon, como es habitual— que sustituye al arpa. Luego lo llevó más lejos: junto al letrista, maraquero y cantante Rafael Pino, creó El Tuyero Ilustrado, que ha mostrado en giras por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Músicos, entusiastas y melómanos venezolanos ya miran con mala cara a quien toma un cuatro y hace acordes sencillos en el tope del mango. De cualquiera que toque el instrumento, se espera que construya una melodía y sostenga el ritmo, que agite una mano con energía y descienda con la otra por el diapasón retando la fuerza de sus dedos como un gimnasta. El cuatro cambió para siempre.

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Texto concebido para Kurrentmusic.com

Es diciembre de 2012, vísperas de Navidad. Su mánager, su familia, casi todos le dicen que no lo haga. Tiene tiempo, dinero y ganas, pero le dicen: “Nat, no”. Ella ignora las advertencias, se sube a un avión y, sin protocolos, aparece risueña en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas para sorprender al público de Los Amigos Invisibles, amigos suyos, que tocan en casa.

No es una visita promocional, no suma nada metálico, no es estratégica para su casa disquera, pero ella, aún siendo una artista grande, muy exitosa dentro y fuera de México —el megamercado hispanoamericano—, quería. Por buena vibra, buena nota, porque sí, sirvió de apertura a la banda funk venezolana sin figurar en la promoción o los boletos para los shows, sin su banda ni ayudantes ni nada. Gustosamente, fue un suvenir, un estupendo regalo que el sexteto le ofreció a su audiencia.

Así es Natalia Lafourcade, una artista veracruzana que parece crecer de manera sostenida en todas las direcciones pero sobre todo hacia adentro. Si alguien apostó a su caducidad en los tiempos del boom que generó “En el 2000”, perdió. Perdió todo.

Contaba 20 añitos cuando irrumpió en la escena latinoamericana con aquel disco homónimo y canciones como “Te quiero dar” y “Elefantes”, que tomaban un poquito del rock, algo del bossa y generaban un bocadillo dulce que parecía el postre y resultó ser apenas un aperitivo.

Crecer

“Quería ser algo que no era yo”, ha dicho ella, ya treintañera, sobre la Natalia de aquella época. La Natalia que recibió dinero y conoció la fama, con sus mieles y amargos. La que experimentó las primeras giras extenuantes y la presión de ejecutivos que le pedían nuevas canciones. La que decidió dejar de presentarse solita en la marquesina para sumarse tres extremidades y decir: soy Natalia y La Forquetina.

Parecía un desafío muy grande, pero el talento lo puede todo, sobre todo lograr segundos discos como Casa, que ofrecía la misma medicina pero depuraba la fórmula. Canciones como esa que le dio título al disco, el otro sencillo llamado “Cuarto encima” o una a la que le puso “Gusano”, eran muestras de su evolución. De algunas se reirá ahora, pero eran parte de una búsqueda válida entre elementos electrónicos, más teclados y estridencia; todo apoyado, en su rol de productor, por Enmamuel del Real, “Meme” de Café Tacvba.

Lafourcade no tardó en mostrar su personalidad. Centenas de miles de copias vendidas de sus álbumes no alteraron su brújula. La joven atravesó un sendero que suele ser una tormenta de cinismo y salió intacta del otro lado. Cuando se quebró su Forquetina, se afianzó, rehizo su plan de vuelo y continuó sola. Pudo haber grabado un álbum muy pop, muy artificial, muy sexy, aceitar expresamente la máquina de producir lana. Pero no. Volvió de una estancia en Canadá y se dedicó a trabajar con la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz en una obra instrumental, una especie de banda sonora de una película que imaginó en su cabeza y llamó Las 4 estaciones del amor.

Hu hu hu, su disco siguiente, cerró aquella época. La pequeña Natalia de la doble colita y los lentecitos redondos se había difuminado. Viajes por Europa, Suramérica, Estados Unidos, Canadá y 14 días en Japón convertidos en documental. Colaboraciones con colegas como Julieta Venegas y la absorción de una experiencia sinfónica. De paso, por aquellos días, asumió ella el papel de productora. Oyó los temas de Mientras tú dormías (2010) y ayudó a su compatriota Carla Morrison a revestirlos para el gran público. Ya la brújula de Natalia daba para guiar a otros.

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La raíz

Es 2013. Junio está a punto de llegar a su mitad. Natalia Lafourcade llega a Caracas, casi seis meses después de aquella experiencia con sus panitas, que son como unos hermanos mayores que la cuidan, Los Amigos Invisibles. Esta vez viajó con su equipo y sus siete músicos, entre ellos un moreno local, el caraqueño Gustavo Guerrero, ex líder de una banda extinta llamada Cunaguaro Soul, que se ha convertido en su gran aliado y director musical.

Llegó para presentar en Venezuela un disco nuevo que dedicó completamente a Agustín Lara. Todo está listo para comenzar. Suena musiquita genérica con volumen bajo, los instrumentos brillan desde el escenario. El público llenó esa misma sala que ella conoció en diciembre, la del Centro Cultural BOD. Aplauden cada tanto, pero nada. Natalia no sale. Por Twitter corre el rumor de que tuvo un accidente. Pronto saldrá un vocero al escenario a confirmarlo.

A la artista le cayó una maleta en el pie y le causó un esguince en un tobillo. Está en la clínica, la examinan, la entablillan, pero viene. Quiere tocar. Se muestra ansiosa como esta gente que la espera. Pasa un rato, que no se siente tan largo, y Natalia sale, sonríe, bromea porque ha tomado muchos analgésicos. Espléndida, le dice a todos que son guapísimos y así, moviéndose con una sola pierna del piano a otra sillita, entre guitarras, ukeleles y roadies que la ayudan, canta con su voz angelical, da un concierto para llorar de la alegría.

Así es Natalia Lafourcade, la artista que en ese momento abrió un nuevo capítulo de su vida. Un capítulo que sigue escribiéndose hoy, que no es más que un viaje introspectivo. Es una artista que no puede cantar algo que no absorban los poros de su piel, que no erice sus vellos. El sentimiento debe ser auténtico.

La misma brújula la llevó hasta la directora orquestal Alondra de La Parra, artífice del proyecto Travieso carmesí, gracias al cual Lafourcade, junto con Ely Guerra y Denise Gutiérrez (Lo Blondo), se adentró en piezas de María Grever, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Gonzalo Curiel. Mexicanísimo todo.

“De allí surgió mi inquietud y con quien más me conecté fue con Agustín Lara —decía Lafourcade en una entrevista en 2013— Él tenía mucha versatilidad de género. Podía mezclar lo mexicano con el tango y algo francés. Tenía el color y las influencias de México, con el contexto de que viajaba mucho. Y yo quiero que mi música transcienda en ese sentido, que sea muy universal pero con raíz”.

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Para Mujer divina, disco de estudio al que siguió uno en directo grabado en la Sala Telefónica Roberto Cantoral, invitó a un montón de aclamados colegas, desde Gilberto Gil hasta Vicentico (Fabulosos Cadillacs), de Miguel Bosé a León Larregui (Zoé), Devendra Banhart o Jorge Drexler, Adrián Dárgelos (Babasónicos) o Kevin Johansen. Y Álex Ferreira, Adán Jodorowsky, Rodrigo Amarante y de nuevo, Meme (Café Tacvba).

Cantaron canciones como “María bonita”, “Piensa en mí” y “Aventurera”, una estricta selección de la intérprete, que escogió única y exclusivamente lo que ella podía cantar como si lo hubiera escrito. Fue una gran fiesta latinoamericana inspirada en el eterno flaco enamoradizo, genio de letras y melodías.

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La musa

Hasta la raíz (2015), un sexto trabajo que produjo con ayuda del argentino Cachorro López y su paisano Leonel García, fue la síntesis de todo su aprendizaje hasta el momento y la demostración de su facultad para mezclar sin desentonar. El bossa, la orquestación, los boleros, la experimentación con bases electrónicas, la música tradicional mexicana y latinoamericana, todo confluyó en 12 nuevas canciones que la acompañaron cuando remendaba su corazón herido tras una ruptura amorosa.

De nuevo, la pequeña Natalia mostró su musculatura emocional. Triunfó, vendió mucho y se llevó a casa un Grammy al Best Latin Rock Urban or Alternative Album y otros dos premios en la versión hispanoamericana de esa gala. Pudo haberse dormido en la arena movediza del éxito comercial y el glamour del reconocimiento, pero su brújula la guió por un atajo.

De todos los músicos que podía llamar en el mundo para trabajar, escogió a dos señores, Juan Carlos Allende y Miguel Peña, que se hacen llamar Los Macorinos, cuyas edades ni conocía. Podrían ser sus padres o abuelos, pero Natalia quiere que su música no tenga edades. Por eso, fraguó el proyecto desde que se enamoró de ellos en una Gira de Homenaje a Chavela Vargas en la que compartió con artistas de la vieja escuela como Eugenia León, Regina Orozco y Tania Libertad.

Convivió con Allende y Peña, con su aliado Gustavo Guerrero, el productor argentino Cheché Alara y el ingeniero venezolano Héctor Castillo —conocido por sus trabajos con David Bowie, Björk, Lou Reed, Roger Waters, Gustavo Cerati— y de esa conexión mexicano-argentino-venezolana, salió una ofrenda a toda esta región que comparte tierra, humores, sentimientos y colores.

A Chavela Vargas, a Frida Kahlo, a Violeta Parra, incluso a la escritora Clarice Lispector, Natalia Lafourcade le dedicó Musas, un álbum grabado como si estuvieran todos en los años 50. Totalmente orgánico y artesanal, registrado en directo, con vihuela, charango peruano, cuatro venezolano, un bombo legüero y muchas guitarras.

Comenzaron con una lista de joyas del cancionero latinoamericano. Más de 50 temas. Lafourcade escribió varias, entre ellas el sencillo “Tú sí sabes quererme”, y tomó otras de ese catálogo inmenso como “Qué he sacado con quererte” (Violeta Parra) y “Tonada de luna llena” (Simón Díaz). Para el bolero “Tú me acostumbraste” (Frank Domínguez), invitó a la cantante cubana Omara Portuondo, brillante a sus 86 años.

No importa lo que ocurra en la escena musical. A Natalia no le importa ir contra la corriente. Cada vez pareciera tenerlo más claro. Antes de trabajar en su próxima propuesta, volverá a mirar esa brújula emocional infalible, a ver qué camino le sugiere.

 

Amy después de Amy

Amy después de Amy

Voces como esa sólo emanaban de discos viejos. Voces en las que creíamos sólo porque alcanzaron la era de las grabaciones, porque los álbumes de vinilo ya se habían inventado. Voces del jazz y el soul, naturales, honestas, eternas, que ya eran historia en blanco y negro. Mi generación, nuestra generación, no había experimentado lo que era vivir en los tiempos de una voz así. No sabíamos cómo se sentía hasta que surgió ella. Hasta que llegó Amy.

Uno la oye y la ve en pantalla y no se lo explica. No se explica de dónde viene ese feeling. Y ella tampoco lo entendía. La vimos muy sorprendida, como si estuviera recibiendo algo que no le correspondía, cuando Tony Bennett y Natalie Cole abrieron el sobre y anunciaron que el Grammy de ese 2008 a la Mejor Grabación del Año era para “Rehab”, su canción, el hit que le cambió la vida para bien y para mal.

En una entrevista que Boy George, de Culture Club, concedió ese mismo año 2008 al diario El Nacional, decía que había decidido volver al music business gracias a la señorita Winehouse. El artista, también británico, había permanecido guardado, ahuyentado por el mal gusto establecido casi como una norma en el mainstream; hasta que ella, la jovencita perturbada de Candem, ese multicultural barrio londinense donde funciona un gigantesco mercado callejero en el que germina lo alternativo y lo extravagante, lo empujó de vuelta al cuadrilátero.

Amy Winehouse generó un sonido atemporal que caló en esta época —o en esa, ¡cómo cuesta aceptar que murió y que han pasado seis años desde entonces!

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Los productores Salaam Remi, Mark Ronson y compañía, Island Records y el equipo de ingenieros que trabajaron en sus discos, lograron realzarla. Construyeron una edificación a partir de sus canciones e interpretaciones y generaron obras modernas pero sólidas, perdurables. Juntos, con una banda toda negra, revivieron el soul como material pop masivo. Lo trajeron al siglo XXI y le destaparon los oídos a multitudes para que oyeran mejor música. Música como la de Adele, por ejemplo.

Mientras sus canciones sonaban y sonaban, la tragedia se estaba escribiendo. Hacía mucho que la cantante había descuidado su tatuado cuerpo. Enflaquecía irremediablemente, mientras sus desvaríos nutrían a los tabloides. Parecía que en su biografía no encajaba un desenlace tranquilo.

Tras un historial de recuperaciones y recaídas se acabó la vida autodestructiva de Amy Jade Winehouse. No hubo tiempo para más. Ella selló su pase a un macabro club de talentosos artistas que dejaron de existir antes de tiempo: Brian Jones, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Kurt Cobain tienen en común el fatídico dato de haber muerto a los 27 años de edad por causas asociadas al consumo de alcohol y drogas.

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La cantante dejó un par de álbumes, Frank (2003) y el laureado Black To Black (2006) y algunas grabaciones más, muchas de ellas ya compiladas y editadas. Dejó algunas joyas propias, sus composiciones, como “Rehab”, “Love is a losing game”, “Tears dry on their own”, “You know i’m no good” y la que usó para bautizar su disco, “Back to black”.

Y se apropió otras. Popularizó en 2007 una versión acelerada y orquestada, tipo brit pop, de “Valerie”, original de la banda indie británica The Zutons. La canción le sonaba bien de cualquier manera. La probó en formato acústico, la grabó ‘estilo 68’, más lenta y con más groove, y solía mostrarla sencillita en sus visitas a la radio, como una que quedó en la compilación Amy Winehouse At The BBC (2012), donde por cierto demostró cómo podía crecerse aún más y manejar un estándar de jazz como “Lullaby of Birthland” o una vieja pieza del loco Phil Spector, “To know him is to love him”, que ha interpretado un montón de gente, incluidos los Beatles en su etapa previa a la grabación de su primer disco.

Todo lo digería hasta que sonaba distinto. No mejor o peor, sino diferente, y original, como su versión inimitable de “It’s My Party” de Quincy Jones.

Amy hizo una lectura muy libre y modernizada de “Garota de Ipanema”, la omnipresente melodía de Vinicius y Jobim, incluida en Lioness: Hidden Treasures (2011). Ese fue el primer compilado póstumo de rarezas, en el que también se incluyó la balada clásica “Body and Soul”, que grabó con Tony Bennett y por la que ganaron un gramófono. El compacto sumó su versión de “Will You Still Love Me Tomorrow?” concebida para la película Bridget Jones: The Edge of Reason (2004). Hablamos de una canción que Carole King y Gerry Goffin escribieron en 1960 y que fue grabada primero por las Shirelles y luego por Cher, Dusty Springfield, los Four Seasons, Roberta Flack, Dionne Warwick y, más recientemente, Norah Jones.

Fuera del material oficial, existe registro de varios performances en directo, el más popular es uno que han titulado Absolut Amy, de un show realizado en Berlín (15.10.2007). Y recientemente vi otro, transmitido en los OnStage de DirecTV, grabado en ese mismo 2007 en el Porchester Hall de Londres. ¡Y cómo hablar de todo esto sin mencionar Amy, el documental sobre su vida que ganó el Oscar en 2015! Lo dirigió Asif Kapadia (el mismo que hizo uno estupendo sobre el piloto brasileño de la F1 Ayrton Senna).

Amy es una obra dolorosa pero necesaria, que refleja su grandeza y su desgracia, al igual que la banda sonora, también editada en un álbum aparte, repleta de curiosidades, reversiones, detalles.

¿Cuánto más habrá grabado Amy? —me pregunto— ¿Será que nos dejó sólo eso que ya conocemos? Ya veremos —u oiremos.

Hay artistas que pasan por nuestros reproductores de música y salen, algunos más rápido que otros. La mayoría, seamos honestos, va directo a la papelera de reciclaje. Otros se quedan por ahí, en gavetas, cubriéndose de polvo. Pero hay unos especiales que se cuelan en la discoteca eterna de nuestras vidas. Se integran a nuestro soundtrack, que sabemos que nos acompañará de viejos. Para mí, Amy definitivamente es uno de esos. ¿Y para ustedes?

 

 

 

Soda Stereo: trago argentino de caña británica

Soda Stereo: trago argentino de caña británica

Originalmente publicado en Kurrentmusic.com

Aproximarse a Cerati es adentrarse en Soda Stereo, y viceversa. Como tantos músicos de su generación, él líder de la banda más representativa del rock latinoamericano, autor de las canciones, voz, frontman y guitarra, creció musicalmente bajo el paraguas omnipresente de The Beatles. Solía recordar, como una instantánea en blanco y negro, que tres amiguitos del colegio y él, escobas en mano, jugaban a ser John, Paul, Ringo y George tocando “Twist and shout” frente a una audiencia invisible.

Más allá de sembrarle en la cabeza la imagen de una banda exitosa, una idea que cristalizó como nadie en este rincón hispanoparlante del planeta, The Beatles se colaron entre sus canciones como las ramas de un árbol invasivo. Podemos advertir su aroma en ciertos recovecos de la obra de Soda Stereo, algunas veces de una manera casi imperceptible, en otras de forma notoria. ¿Será quizá más evidente en la etapa final, en canciones como Planta” de Sueño Stereo (1995), con un solo a lo Harrison; o “Superstar”, con una melodía cercana a la “She said she said” de Lennon, o de pronto en la versión de “Ella usó mi cabeza como un revólver” del Confort y música para volar (1996) con ánimos de “I am the walrus”? 

Cuando hablamos de influencias en el arte, no nos referimos necesariamente a los guiños. Esas señas son apenas pistas para resolver el acertijo. Coordenadas para ubicarnos en la cartografía de una agrupación. No hablamos de una frase de Cortázar por aquí y otra de Borges por allá, que las hay. No es el simple hecho de que Soda alguna vez soltara en directo un fragmento de “I want you (she’s so heavy)” o que al terminar “Cae el sol”, en el último River de septiembre de 1997, dejara caer un trocito del riff de “Here comes the sun”. No. Se trata más bien de una esencia que impregna consciente o inconscientemente la obra, en su concepto, en sus armonías, en su manera de encarar el oficio.

Hay muchos caminos posibles —afirmaba Cerati en televisión a mediados de la década pasada— los mismos músicos y artistas de todo tipo se dedican a investigar un poco qué ha pasado ahí, y retoman algún camino de esos. Nadie está realmente inventando nada de cero. Y encima, es música pop; no estoy pretendiendo llevar la bandera de la vanguardia ni mucho menos. Eso se lo dejo a los que realmente lo hacen. Tengo mucho respeto por ellos porque son gente que expande los límites de lo que se puede hacer”.

No es una locura afirmarlo, salvando distancias, separando las épocas y respetando las dispares dimensiones de ambos fenómenos: la historia de Soda Stereo fue bastante similar a la de The Beatles.

Ambos fueron grupos que trascendieron, se internacionalizaron y, una vez que lograron un pico de fama importante, optaron por un atajo arriesgado, su sendero y no el que dictaba la disquera, el mercado o el público. Quizá hubiese sido más fácil seguir escribiendo canciones con el corte de la primera etapa y repetir una fórmula de coros pegajosos que había dado frutos. Pero no. The Beatles no eran así. Soda Stereo tampoco. Prefirieron abrir las puertas hacia otra ruta e invitar a sus seguidores, ya era cosa de ellos si los acompañaban o no. Privaron sus ganas de hacer siempre el mejor disco posible a partir de lo que habían aprendido. Optaron por abrir el sueño stereo, crear la dimensión…

Fuera de contexto

La adolescencia de Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti transcurrió en la década de los 70, los años de Charly García con Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán, una presencia poderosa en el ambiente. Sin embargo, el primero, el compositor —lo dijo muchas veces— siempre fue más cercano a Luis Alberto Spinetta, quizá la influencia más directa, en su sonido, sus letras, su búsqueda como artista.

Curiosamente, los efectos de ese influjo del rock nacional se hicieron más palpables a partir de Canción animal(1990), con una década de por medio. En el (un)plugged de MTV aprovecharon de rendirles tributo. Dentro de una remozada y electrificada “Té para tres”, insertaron un fragmento de “Cementerio Club” del disco Artaud de Spinetta con Pescado Rabioso (1973) —por cierto, Cerati había tomado “Bajan” de ese mismo álbum para versionarla en Amor amarillo (1993), su primer trabajo como solista.

En el show transmitido en televisión y eventualmente vendido como DVD también rescataron Génesis” de La biblia (1971) de Vox Dei. Un verdadero momento de culto para los roqueros argentinos.

Al desandarlos, todos los caminos de Soda conducen a Inglaterra. Las guitarras de Ritchie Blackmore (Deep Purple) y David Gilmour (Pink Floyd) mantuvieron al jovencito Cerati bastante ocupado. También les prestaba atención a The Who, King Crimson y Yes, a lo que hacía Led Zeppelin y a lo que había dejado Hendrix, uno de los pocos estadounidense que pertenecían a su olimpo personal. Consumió la psicodelia que tanto exhalaría en el futuro. Le dio forma a sus ideas como quien juega con plastilina, formó grupitos para tocar en fiestas de amigos, musicalizó eventos del colegio, tocó blues en un bar y en otro se juntó con chicas para hacer disco y funk. Probó de todo.

Cerati, Bosio y Alberti entraron a la década de los 80 engullendo a The Police. Los discos Outlandos d’AmourReggatta de Blanc y Zenyatta Mondatta fueron producidos entre noviembre de 1978 y octubre de 1980, a dos meses de las tres presentaciones del trío británico en Buenos Aires.

Verlos en vivo fue un despertar”, confesó alguna vez Cerati, quien consideró uno de los hitos de su carrera reunirse con el baterista Vinnie Colaiuta, miembro de la banda de Sting en una larga época, y con el guitarrista Andy Summers, un protagonista de esa historia policiaca, para hacer la versión en castellano de “Bring on the night” (“Tráeme la noche”).

El álbum debut de Soda Stereo, editado en 1984, justo después de la caída de la dictadura militar y cuando todavía estaban abiertas las heridas de Las Malvinas, es consecuencia de todo el aprendizaje de ese momento. Absorbieron el sonido de Sting, Copeland y Summers, produciendo canciones como “Un misil en mi placard”, “Mi novia tiene bíceps” o “Tele-Ka”. No obstante, estaban conectados con el ska, la movida two-tone y agrupaciones como The Specials. Eso explica el sonido disparatado de “Te hacen falta vitaminas” y sátiras como “¿Por qué no puedo ser del jet-set?” y “Dietético”. Se ubicaron en la contracultura, criticando las agendas perfumadas y las mentes descremadas.

Prefiero seguir tus pasos

David Bowie, admirado por los tres músicos, flotó sobre ellos durante todo el recorrido, no tanto en lo concreto, sino en ese afán —también muy beatle— de hacer siempre algo diferente. Soda tocó ska pero no quiso ser una banda de ska. Se ponía un traje, le gustaba, lo usaba un par de noches, y para el fin de semana siguiente ya lo echaba a la basura y se cocía uno nuevo. En sus shows como solista, Cerati solía saludar al hombre detrás de Ziggy Stardust con pequeñas píldoras de “Changes”, que lanzó en la gira de Ahí vamos (2006), o de Rebel Rebel, incrustada dentro de “La excepción” en los días de Fuerza natural (2010). Esto lo hizo en el último show que dio en su vida, en Caracas, minutos antes de la desgracia.

La Soda Stereo de Nada personal (1985) estaba más ubicada en el contexto mundial de propuestas de new wave como Siouxsie And The Banshees o Talking Heads, y mostraba los efectos del post punk que U2 cultivó en discos como Boy (1980) y October (1981). Ecos, por ejemplo, es fruto de canciones como “Out of Control” o Fire. Esa banda ya no se parecía tanto a la que grabó “Sobredosis de TV” un año antes, y estos últimos ya lucían como adolescentes con crisis de acné frente a los que hicieron el tercer disco.

Signos, de 1986, llega después de unas vacaciones del trío en Francia, España y, por supuesto, Inglaterra, la matriz. ¿Qué produjeron al volver? “Persiana americana”, “En camino”, “Final caja negra”… La banda crecía de forma acelerada y Cerati ya se daba el lujo de empezar una canción diciendo: Y sin embargo… ¿Mi favorita del disco? “En camino”.

La primera etapa, desde el debut y especialmente en Nada personal, Signos y la gira que desembocó en Ruido blanco, está marcada en el sonido y, de igual manera, en la imagen, por The Cure, banda también británica, por si acaso. El tercer álbum de Robert Smith y su pandilla de greñudos maquillados, Pornography (1982), los cautivó como a millones de jóvenes inquietos del momento, artistas y no artistas. También el sexto, The Head On The Door (1985), que contiene “In between days” y Close to me, y el séptimo, titulado Kiss me kiss me kiss me (1987), fueron obras referenciales para un montón de gente. Y el trío argentino se subió voluntariamente a esa ola simpática y dark al mismo tiempo.

El destino los acercó a Carlos Alomar, el guitarrista de Bowie, y en 1988 los músicos viajaron a Nueva York para trabajar en Doble vida, producido por el puertorriqueño que trabajó con Mick Jagger, Iggy Pop y Paul McCartney. Puros desconocidos. A medida que la música se volvía más sofisticada e introspectiva, y sus referencias más exquisitas —Corazón delator remite inequívocamente al escritor Edgar Allen Poe—, la fama crecía, pasaban del millón de discos vendidos y hacían una gira nacional de 30 shows, seguida de un extenuante periplo latinoamericano.

Un profanador

Blogs amateurs y canales fantasmales de Youtube, en su mayoría incapaces de distinguir entre el plagio y el guiño, la copia y el homenaje velado, el robo y la intención de continuar una ruta ya iniciada, suelen dudar de la autenticidad y la creatividad de Soda Stereo. Es algo así como desconfiar de la habilidad de Michael Jordan para jugar baloncesto. El arte es, en gran medida, reciclaje. Y el artista, para transmitir una idea, sentimiento, mensaje o impulso, reutiliza. Warhol no diseñó la lata de las sopas Campbell. Simplemente la cambio de sitio.

El disparador de los cuestionamientos es la secuencia de acordes que toca Cerati en su guitarra acústica en la versión de “Un misil en mi placard”, presentada en el show para MTV que devino en el disco Confort y música para volar. El ska, rescatado de su disco debut homónimo de 1984, fue juntado en una especie de mash-up con los acordes de Chrome Waves de la banda británica Ride y, así, se convirtió en otra canción.

Fue una suerte de sampleo, como el que hizo para la base de “Zoom”, que viene de New York Groove” de Hello, otra agrupación inglesa. Como hacen los literatos con obras que aprecian, extrajo fragmentos de su contexto original que adquirieron nuevos significados en sus propias historias.

El sampling y la experimentación con electrónica fue otra fuente de ideas para Cerati, más aún después de trabajar en Colores santos con Daniel Melero, disco que tuvo un efecto en Dynamo (1992), el álbum con guitarras más envenenadas de toda la discografía de Soda. Lo sintético siguió siendo importante en la caja de herramientas del artista. Lo reflejan Sueño Stereo —verbigracia, canciones como “X Playo” y Moiré— y buena parte de su obra en solitario.

La antena de Cerati fue siempre de amplísimo rango y con el tiempo se hizo más sensible, especialmente para captar recursos ajenos a la música que hacía con Bosio y Alberti. Los tres engranaban a tal punto que, aunque quisieron ser un cuarteto, les tocó permanecer siempre como trío. A punta de creatividad y buen gusto, construyeron un catálogo referencial para millones de jóvenes que, desde sótanos y garajes de América Latina, soñaron y sueñan con el rock and roll. Ahora ellos son los pilares, los The Beatles, los Pink Floyd, los The Police de muchos.

Cátedra: Historia de Venezuela. Profesor: Desorden Público

Cátedra: Historia de Venezuela. Profesor: Desorden Público

Publicada originalmente en Prodavinci.com

No está completa la narración de la historia contemporánea de Venezuela si uno se conforma con libros sobre cada período presidencial, sus aciertos y desaciertos, radiografías de las crisis, ensayos sobre la correlación de fuerzas políticas, un repaso de la agenda económica y una revisión de avances y retrocesos en educación, salud y seguridad. No. No está completo el relato hasta que se les presta atención a las letras de Desorden Público.

 ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?, se preguntaban los muchachos, todavía menores de edad, en la primera presentación de la banda en un semiabandonado club campestre de El Junquito, en las afueras de Caracas. Corría el mes de julio de 1985 y estos jóvenes amantes del ska británico ya llevaban tatuada la desesperanza venezolana en el cuerpo.

Dejaron de llamarse Aseo Urbano —el nombre de su miniteca— para rendirles un punketo homenaje a los camiones de Orden Público de la Guardia Nacional, campeones en la disciplina de repartir peinillazos entre las piernas de adolescentes ociosos.

Cansados de la demagogia, la corrupción y las promesas electorales, querían que los políticos fueran paralíticos, catarsis que molestó al presidente Jaime Lusinchi. La censura del entonces Ministerio de Transporte y Comunicaciones, que consideró el tema algo “subversivo”, afianzó su carácter antiestablishment.

Respondían a las baladas románticas edulcoradas del pop venezolano de los 80 sincerándose: No sé si tu amor se lo llevó el viento, o si se lo llevó tu mal aliento. Sutilmente, se hacían eco de campañas para el uso de condones, promoviendo la planificación familiar —e insistiendo, de paso, en el sexo protegido, en plena epidemia del Sida—. Un coro, Ska-ska-ska-escápate conmigo… Se me olvidó usar el preservativo, seguido del cuento divertidísimo de una juventud interrumpida por un embarazo no deseado.

Llegó la década de los 90, cuando produjeron sus máximos hits, e inauguraron la Venezuela poscaracazo develando una abominable realidad: Somos peces del Guaire. Los caraqueños y habitantes de la capital debieron acostumbrarse a la idea de que viven en una ciudad cortada por un río de mierda. La canción cobró un nuevo significado en días recientes de este cruento 2017: la frase se volvió literal y por el despreciado Guaire nadaron manifestantes despavoridos huyendo de la represión.

En el mismo disco, titulado En descomposición (1990) y producido por Gerry Weil, aparece de antemano un personaje harto conocido en la Venezuela del siglo XXI: el hombre con la pistola, que te da lo que le pidas y a cambio de eso te quita la vida. Dieron cuenta de un Skándalo como estrategia del poder para generar desinformación. Entendieron que los peores hechos son otros que no conoceremos nosotros 

Desorden Público enfrenta una tragedia artística incontenible, activó una suerte de mina antipersonal. Sus canciones desarrollaron una inusitada musculatura. La realidad le coqueteó tanto a la sátira que ahora las dos caminan tomadas de la mano, y ellos, que quisieran verlas convertidas en retratos de un tiempo pasado oscuro, no puedan hacer nada al respecto.

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A la par de una búsqueda artística, una experimentación rítmica y armónica, un despliegue literario y la intención de envolver todo en trajes conceptuales, la gran banda de ska ha ejercido un rol de cronista de nuestro tiempo.

Sus dos álbumes más celebrados llegaron justo antes del ascenso del chavismo al poder. Canto popular de la vida y muerte (1994) venía vestido con un traje simpático y colorido —porque no todo es ni puede ser sufrimiento y destrucción—. La tierra tiembla, coreaban, cuando hablaban de la gente buena y trabajadora, su paciencia y su esperanza, su mestizaje.

Sabiamente, convocaron a La danza de los esqueletos, una ingeniosa fábula fantasmagórica contra los prejuicios y la discriminación en cualquiera de sus formas. Describieron con picardía unas cosquillas que no dan risa, y reinventaron el cortejo desganado. Imaginen un bar oscuro y un amante furtivo que no quiere esforzarse demasiado. Ve a la mujer en la barra y piensa: Quisiera que fueras como ‘el perro de Pavlov’, quisiera que babearas cuando suene la campana de mis ganas.

A pesar del abreboca luminoso y de toda la picardía que se coló con insistencia en emisoras radiales, incrustándose en la memoria colectiva de una generación completa, Desorden Público siguió advirtiendo que la nuestra es una patria mal amamantada con tetero de petróleo. Siguió advirtiendo que, en Venezuela, o brincas o te encaramas o te tragas la pólvora negra.

Para el siguiente trabajo, de cuyo lanzamiento se cumplen 20 años por estos días, decidieron sumergirse en la realidad violenta del país. Denunciarla, retratarla, condenarla. En Plomo revienta (1997) nos dibujaron en la mente la imagen de una sangre que mancha la calle, mancha la historia, mancha de lágrimas incoloras la ciudad de la madre que llora inconsolable. Y esto fue un hit. Allá cayó fue un hit que sonó hasta el cansancio, compitiendo con canciones que hablaban de la playa, el sexo, los romances, la fiesta, la vida loca.

Desde entonces, ¿de cuántos han dibujado un muñequito de tiza en la acera? En 2016, según la Fiscalía General de la República, se registraron 21.752 homicidios, para una tasa de 70.1 por cada 100.000 habitantes, que mantienen a Venezuela entre los deshonrosos primeros puestos en la lista de países con mayor violencia letal en el mundo.

En ese mismo álbum, en el que describieron en una cumbia-ska a un personaje mítico llamado Simón Guacamayo para ilustrar el universo de lo mágico-religioso en El Caribe, también bautizaron a Caracas, su ciudad, la que atraviesa el Guaire, como un Valle de balas. Caracas, la misma que actualmente está codo a codo con San Pedro Sula (Honduras) en otro sangriento ranking.

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En Desorden Público han convivido chavistas y antichavistas, y de ambos lados han recibido porrazos. Los tragos más amargos de su carrera fueron macerados desde la polarización política que creció en tiempos de Hugo Chávez. “Andanadas de odio” —cito a su vocalista y letrista Horacio Blanco— les han llegado a través de las redes sociales.

En 2011 decidieron, desde su disco Los contrarios, hacer un llamado a la tolerancia política. Celebraron el ímpetu de quienes, cuando Sale el sol, se levantan de sus camas para echar pa’ lante a pesar de la tempestad. Celebraron, con un calipso, a esos mismos próceres anónimos que siguen sobreviviendo en una Tierra de gigantes. Pero no dejaron de recordar que el poder emborracha a multimillonarios, magnates y presidentes. Y después —se preguntan— ¿quién cura esa resaca?

En un bolero-ska reflejaron cómo todo venezolano de estos tiempos llora por un dólar. En directo, suelen lanzar billetitos de Monopolio mientras hablan del lúgubre desconsuelo de quienes procuran encontrarse de frente con Benjamin Franklin en un país cuya moneda se ha devaluado vertiginosamente y donde sigue operando un férreo control cambiario desde 2003.

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Desorden Público no para. Entendió hace rato que la realidad y la sátira están de luna de miel. Todo está muy normal, corearon en uno de sus temas más recientes. ¡Una maravilla!, exclamaron, con sentido crítico, sobre una Venezuela agobiada por la inseguridad, una profunda escasez de productos básicos, una brutal inflación y un gobierno que promete que nada de eso cambiará. Todo lo contrario.

Blanco, el frontman, y más miembros de la banda, han participado en manifestaciones antigubernamentales recientes, donde el plomo también revienta, y se siguen preguntando lo mismo que hace 30 y tantos años en aquella fiesta en El Junquito: ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?

 

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque

DATO: A partir de hoy y durante todo julio, Desorden Público estará de gira por Estados Unidos. Click aquí para ver el calendario de conciertos.