Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Publicado originalmente el 13 de junio de 2020 en Guatacanights.com

El apartamento de Gerry Weil, a un costado del bullicioso bulevar de Sabana Grande, es un refugio de la agitación, un spa para los oídos, y su piano de cola, un Yamaha caoba, el corazón de un living repleto de símbolos. Con sólo mirar, puede armarse un rompecabezas de su vida. Trofeos como karateca, un Premio Nacional de Cultura y otro reconocimiento de la Fundación Nuevas Bandas por ser adelantado a su época. Versos en japonés, arte abstracto, afiches de históricos festivales de jazz, partituras, discos, libros. Todo pareciera respetar las reglas de un feng shui adaptado al Caribe.

En su poltrona, con sus chancletas y bermudas de siempre, con esa mirada infinita bajo su cabeza lampiña y brillante como la de Marlon Brando en Apocallypse Now, Weil luce más como un explorador, aunque de pronto habla como chamán. Es un guía espiritual de la selva en medio de un paisaje urbano.

La capital anda sumida en el caos de los perdigones y las bombas lacrimógenas. Estamos en un jueves del cruento mayo de 2017 y es prácticamente imposible trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Allá afuera, corre la sangre de jóvenes; jóvenes como los que aprenden con él a leer música y tocar el piano todos los días en este oasis de calma. A pesar de la paz aparente, el contexto se cuela por rendijas como un gas tóxico.

—Me meto en una burbuja de amor, de música y de poesía, pero es una burbuja muy frágil, se rompe por nada, y entonces despierto en la realidad.

Se lamenta porque una vez más lo asaltaron, ahora para robarle su teléfono celular.

—Mis hijos me lo viven reclamando, que ando muy relajado… Pero yo no puedo dejar que todo me contamine. Para ser feliz tengo que vivir así, sin paranoia. Sé que la inseguridad está peor que nunca, pero yo prefiero no estar pendiente de eso.

Weil luce inquieto. Aunque apagó la música para concentrarse en las preguntas, está disperso y el por qué de la dispersión se revela inmediatamente. Pide un minuto con el dedo índice, se levanta y se acerca a su escritorio. Toma su agenda de trabajo docente y revisa.

—Hoy no ha venido ninguno de mis alumnos. Claro, ¡cómo van a venir!

Sigue buscando, recorriendo las páginas y de pronto se le prende el bombillo, chasquea los dedos, toma el teléfono fijo y marca. Mientras repica, con el auricular en una oreja, voltea y me dice:

—Uno de mis alumnos vive por acá —señala en dirección al este, a Chacaíto, con la otra mano— Ese seguro que puede llegar porque viene a pie.

Es inevitable que el prólogo de la conversación sea la convulsión venezolana de esta era que alcanzó a vivir. Él lo sufre todo. Sufre, por ejemplo, porque ve diariamente a una madre con su niño hurgando entre la basura para conseguir algo de comer.

—¡Cómo pudimos llegar a esto!

Otro aspecto de este capítulo de la historia de Venezuela lo perturba especialmente: la diáspora. Freddy Adrián, el contrabajista que estuvo tocando con él durante los últimos cuatro años, está haciendo maletas para marcharse a México. Antes se fue Gonzalo Teppa. Y antes de este, Roberto Koch. En un país que produce instrumentistas como arroz, conseguir un buen contrabajista que descifre el idioma del jazz y responda un teléfono con el código 0212 se ha vuelto una tarea difícil.

—(Marcharse) es una solución individual pero no ayuda nada al país. Lo daña horriblemente —dictamina, estrujándose la frente— La mayoría que se va es gente valiosa, son grandes talentos, gente que necesitamos.

Weil respira profundo y mira el grabador:

—¿Era sobre esto que íbamos a hablar? ¿No, verdad?

***

No hace mucho le rindieron un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, de iniciativa privada, celebrado en el Teatro de Chacao, que es parte de un complejo cultural manejado por una alcaldía históricamente opositora al chavismo. Y unos cuatro años atrás le ofrecieron otro en el Centro de Arte La Estancia, predio del gobierno socialista. Muy pocos pueden jactarse de eso en la Venezuela polarizada del Siglo XXI: Es un privilegio rarísimo recibir aplausos de un lado y de otro sin salir machacado por radicales.

—Generalmente los homenajes se hacen post-mortem. Y yo puedo decir que los disfruté en vida y estando activo. Eso es poco común.

Weil es unánimemente admirado. Es ganador del Premio Nacional de Música en Venezuela, un país en el que no nació pero del que nunca ha querido irse. Es un hombre de sangre austriaca que llegó a La Guaira hace casi medio siglo y jamás quiso alejarse del sol, de la playa, de esta gente. Ya era un apasionado del jazz, con la cabeza llena de ideas y la determinación para cristalizarlas. Como buen músico, su timing fue perfecto: era 1957 y esta nación del norte del sur estaba a punto de recuperar su democracia.

—El mar me enamoró —dice entrecerrando sus ojos claros— llegué de Viena a Caraballeda. Austria no tiene mar, y de pronto, yo vivía en Los Corales, frente a la playa, en pantalones cortos y prácticamente descalzo todo el año. Salí de un país en el que experimenté la guerra y la posguerra de adolescente, bajo un sistema europeo que es muy rígido y muy formal. Entonces, de Venezuela me atrajo la informalidad. El venezolano será muy loco y muy desordenado, pero no he conseguido gente más abierta, más humana.

En los últimos tres años, ha sido intervenido en la próstata y en los ojos. Está maravillado porque le extrajeron una catarata, sustituida por un lente intraocular, y ahora ve perfectamente. En otra cirugía, le instalaron una prótesis de cadera. Lo espera otra operación porque se le rompió la malla de una hernia, pero el espíritu de este artista que va firme hacia los 80 años es más fuerte que lo demás. Apenas se queja, sólo porque recientemente sus problemas médicos le han impedido practicar artes marciales y surfear. De resto, sigue como si nada, contento y agradecido.

—La meta de la vida es ser feliz. No conozco otra. Nada supera a la búsqueda de la felicidad.

Últimamente, a Gerry le ha dado por cantar. Antes, recuerda, había hecho una suerte de rapeo, mucho antes de que a eso se le llamara rap, mucho antes de la cultura hip hop. Cuando en las barriadas neoyorquinas del Bronx y de Harlem apenas comenzaban a darle forma a esa manifestación artística de catarsis social, ya este vienés que enreda las erres y las combina con vainas y coños y nojodas, declamaba sobre una base mestiza de jazz y tambores y quién sabe qué otra hiedra sonora.

Celebrando la vanguardia. Así decía el póster del homenaje que Guataca le rindió en Chacao. El slogan no se imprimió a la ligera. Muchos caminos conceptuales en la música se abrieron a partir de la gran banda El Mensaje (o The Message) y también desde lo que logró con su Núcleo X, que fue una versión reducida de ese otro megaproyecto, en un intento por sonar a algo parecido a Blood Sweat and Tears o a Chicago y luego acercarse a una suerte de jazz rock más inclinado hacía Herbie Hancock o la Mahavishi Orchestra. Muchos músicos salían influenciados, con la cabeza llena de ideas, cuando lo visitaban en La Unión, cerca de El Hatillo, donde vivió unos años apartado de la ciudad. Después estuvo incluso en el páramo de Mérida, sin luz eléctrica, alumbrando sus días con lámparas de gas.

Ninguno de sus proyectos pareció dejar tantos admiradores como La Banda Municipal, una propuesta muy avanzada a la que llegaban los ecos de agrupaciones paradigmáticas como Weather Report. Estos produjeron su propia mezcla, atrevida y criollizada, incluyendo tambores afroamericanos y elementos de performance artísticos en sus presentaciones. Allí Weil compartía con Alejandro Blanco-Uribe (percusión). Richard Blanco tocaba el bajo, Vinicio Ludovic la guitarra, la flauta y la marimba, y Edgar Saume a veces golpeaba la batería y de pronto agarraba la trompeta.

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La Banda Municipal se disolvió en 1975 y sus integrantes, todos o casi todos, menos Weil, se involucraron con un movimiento de orquestas que apenas se estaba gestando en torno a la figura de un músico y político llamado José Antonio Abreu. El grupo aparece en los libros de historia musical venezolana, pero ningún sello se atrevió a grabarlos. No tendríamos una idea aproximada de cómo sonaban de no ser porque el periodista Gregorio Montiel Cupello se movió, encontró una vieja grabación, la mandó a limpiar, remezclar y barnizar y, más de treinta años después, se editó Música del subdesarrollo.

Venezuela supuso para Weil un punto de partida estratégico. Un epicentro que lo exponía a todo lo que era de su interés.

—Desde niño me gustó el jazz, que es una música afroamericana. Me di cuenta de que acá podía profundizar mis búsquedas de la música afroamericana, no necesariamente de la que nace del sur de Estados Unidos o New Orleans, sino afroamericana en cuanto al continente completo. Tenemos cerca a Brasil, que es autosuficiente y muy rico. Por otro lado tienes El Caribe, la música antillana, cubana, puertorriqueña y de las islas. Al sur, tienes el tango de Ástor Piazzola, la chacarera, el cantón en Uruguay, y además todo lo que tenemos aquí. Entonces, esto para mí ha sido un paraíso, y todavía me queda mucho por aprender sobre la música venezolana. La he estudiado y fusionado, he hecho mi cóctel.

Weil y compañía, al igual que músicos como Vytas Brenner, Aldemaro Romero o la banda Spiteri durante su estancia en Inglaterra, cada uno a su manera transitó hacia ese mismo horizonte que persiguen muchos de los artistas de estas generaciones, que intentan actualizar los géneros de raíz, traerlos del campo a la ciudad, combinarlos con jazz, rock y todo lo que oyen en la calle y fuera del país. Cada quien ha creado su cóctel y sólo a través de la comprensión de esos brebajes se puede lograr cierta aproximación a la música venezolana de estos tiempos, que no es una sola sino un sembradío repleto de especies multicolores e injertos.

***

Detrás de Weil, destaca un hermoso póster del Festival de Jazz de Berlín de 1982. Parece un cuadro de Kirchner —maestro expresionista alemán de principios del siglo XX— pero en realidad es del artista gráfico Holger Matthies, paisano de Kirchner. No es casualidad que ese retrato desfigurado de un hombre con traje y pajarita, con la pintura corrida como si le hubiera llovido encima, esté colgado en un lugar tan privilegiado de la sala. En ese festival no sólo actuó el propio Gerry con su grupo el histórico el 15 de noviembre de ese año. En la cita también hizo una memorable presentación el contrabajista y bandleader Charlie Haden, un tipo al que una poliomelitis le impidió ser cantante, se reinventó, se reconstruyó como personaje y se convirtió en un músico extraordinario.

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A Haden también se le tilda de vanguardista porque logró trabajar desde el jazz, tomar con pinza elementos del folk de su país y, de paso, rendirse a los pies de Bach. Y es precisamente de Johann Sebastian Bach la resma de partituras que reposan sobre el piano de Weil hoy, porque lleva tres años estudiando sus 31 composiciones para clavecín. Hasta el momento en que conversamos, se ha aprendido 19.

Otra cosa lo une con Haden. El Weil pedagogo, el Weil maestro, nació cuando él ya tenía 27 años, edad en la que se le manifestó el síndrome de Gillain-Barré, un trastorno neurológico que debilita terriblemente a los pacientes, afecta sus músculos y su movilidad y en algunos casos los lleva al punto de la asfixia. Como el estadounidense, él también debió reinventarse, reaprenderlo todo, construirse otro yo.

—Eso me dejó en silla de ruedas, y tuve que recuperarme. Es un mal que ataca todo el sistema neuromuscular, pero yo le eché bolas y después llegué a ser karateca. Podría decir que para mí la vida es aprender. Y para aprender hay que saber enseñar, enseñarse a sí mismo, sobre todo. Cuando ocurrió este percance, esta prueba durísima que podría haberme dejado en silla de ruedas o usando muletas toda la vida, decidí que no podía seguir trabajando de noche. Tocaba jazz en un sitio de Altamira llamado Mon Petit Bar. Cuando me recuperé, no quería volver. Ya de eso han pasado casi 50 años, en los que me he dedicado a la enseñanza. Para ser un pedagogo hay que ser un eterno estudiante. Nadie se gradúa de profesor en ningún lado, todavía estoy buscando mejorar mi sistema de enseñanza. Cada clase la doy con todo mi ser, consciente de que estoy sembrando algo muy importante, muy espiritual, muy místico, una conexión divina, y por lo tanto, con esta visión tan profunda, tan comprometida, descubro que me gusta muchísimo enseñar.  A mí me encanta la tarima, pero no comparto la idea de compositores a los que no les llama la atención dar clases. Para mí ser pedagogo es ser un estudiante avanzado que comparte unos conocimientos que crecen día a día y están en constante revisión, en búsqueda de una más acentuada precisión que tenga resultados positivos. Doy gracias a Dios por haber tenido tantos buenos alumnos.

Si los alumnos de Gerry Weil se reunieran en un disco, sería un All Star de músicos venezolanos. Una muestra bastante representativa de lo mejor. Cacao Música, efímera disquera apoyada por el beisbolista Bob Abreu, llamó Tepuy a un disco que editó del artista en 2009, porque lo consideraron un tepuy, un monumento, una montaña que impresiona y que permanece allí incólume como un ejemplo de admiración. Y Weil, a su vez, considera tepuyes a muchos de sus pupilos.

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Todos pasaron por este apartamento de Sabana Grande, al menos brevemente. Desde Yordano e Ilan Chester, hasta los pianistas Silvano Monasterios y Otmaro Ruiz, hoy en la movida del jazz en Estados Unidos. También le enseñó a los flautistas Huáscar Barradas y Pedro Eustache, músico que ha grabado un montón de bandas sonoras de Hollywood. Rafael Greco, el saxofonista de Guaco, y Asier Cazalis, vocalista de Caramelos de Cianuro. De Los Amigos Invisibles, aprendieron con su método el tecladista original Armando Figueredo, y curiosamente, también su sustituto (desde 2015) Agustín Espina. A Desorden Público hasta les produjo un álbum.

En el mencionado homenaje que le rindieron en julio de 2016 en el Festival Caracas en Contratiempo, tocó con muchos de sus aprendices. Otros, como la cantante María Rivas o el pianista Luis Perdomo, enviaron videos reverenciales desde el extranjero. Esa tarde, justo antes del concierto-tributo, fue presentada su biografía Al ritmo de Gerry Weil, escrita por la Periodista Cristina Raffali, en una charla en la que el artista soltó esta frase: “Si la humanidad enfrentara un juicio final, saldría acabada, aniquilada, raspada… pero nos perdonarían por la música”.

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Cuando la oye de boca de su entrevistador, suelta una carcajada: “¡Eso es mío!”. Y desarrolla la idea.

—Estar conectado con la música, la poesía y el arte es la salvación en medio de esta situación caótica económica, cultural, histórica… No me gusta la palabra política. La política es uno de los aspectos maléficos de la historia, es generalmente corrupta, es maquiavélica. La política no tiene nada que ver con la búsqueda espiritual del hombre, y de ahí surge esta crisis que no es mundial. ¡Fíjate, un país de 300 millones de habitantes y no pudieron conseguir algo mejor que Hillary Clinton y ese pendejo! Todavía no lo puedo creer. Cuando me desperté y vi la noticia pensé en el Apocalipsis”.

***

No importa en qué mes se produzca una charla con Weil, siempre hablará de Navijazz, los conciertos con excusa navideña que prepara durante todo el año y que ha realizado durante 12 años con una sola interrupción —por motivos quirúrgicos—. Porque él sí extraña los escenarios y celebra efusivamente cuando vuelve a subirse a uno. Narra el show en verbo futuro antes de que ocurra, y lo sigue narrando después en pasado. Han transcurrido cuatro meses de la Navidad más reciente y él todavía se emociona contando que, aunque no estuvo el gran saxofonista Pablo Gil —porque emigró—, participó su percusionista más querido y fiel, Carlos “Nené” Quintero, actuó el cantante y multiinstrumentista Gilberto Bermúdez y volvió a compartir tarima con Biella Da Costa, “siempre maravillosa”.

Suele probar cantando una versión blueseada de “Imagine” de John Lennon, clásicos de Duke Ellington y Billie Holliday y otros de Thomas “Fats” Waller. Deja correr una voz quebrada a lo Louis Armstrong. Una voz de otro tiempo, macerada y áspera, pero de sentimiento dulce. Hablar de estas cosas lo pone a millón. Acelera su discurso cuando dice que invitó al Ensamble B11, agrupación vocal a lo Neri Per Caso o Bobby McFerrin, o que ha estado trabajando con Jhoabeat, un joven que hace beatboxing y que con su boca y un micrófono suena como una miniteca.

A Weil lo llamaron hoy para informarle que había sido suspendido un concierto que daría en la CAF (Corporación Andina de Fomento). El país no está para jazz, ni beatbox ni su canto a lo Satchmo, ni las polifonías ni Bach ni el arte del haikú, esa minimalista forma de poesía japonesa de la que se enamoro hace tiempo. Lo dice con rabia porque, cómo no reconocerlo, ha sido un mal día.

—¿Cómo sería tu paraíso, Gerry? —le digo, y sonríe complacido. Es una pregunta que le han hecho antes.

—Un piano… afinado (suelta una carcajada), preferiblemente de cola. Un colchoncito, unos cinco o seis libros. ¡No, muchos! Mejor tres, tres libros. Un jarrón o un cuadro, unos escalones anchos, una arena blanca, sabrosa, y la orilla de una playa caribeña. Ese es mi cielo —desliza con rapidez la palma de una mano sobre la otra, como diciendo ¡más nada, ya está!—. Pero una cuenta millonaria, no. Es mucho peo. Un jet privado para ir a París a desayunar… ¡nooo, mucha complicación!

Estudiar a Bach es cosa de estos últimos años. Lleva años aprendiendo japonés y ahora escribe haikús. Piensa seguir con el surf y el karate, sus otras dos pasiones. Conduce un nuevo programa de radio los domingos, aunque se queja de que no consigue patrocinio. Mientras hila su próximo concierto, que no sabe cuándo será posible, reúne dinero para restituir la malla de la hernia que se rompió.

—¿De dónde proviene tu energía, maestro Gerry? ¿De la pasión? —le pregunto maravillado. Él vuelve a sonreír, mira al vacío. La respuesta llega en tres tiempos. Primero se sienta al piano y toca un aria de Bach.

—Bach es abrir las puertas al cielo. Es una conexión con la divinidad. La música de Bach no es humana.

Mientras toca no hay bullicio. La música se convierte en un escudo, un antídoto, una fortaleza. Las calles intoxicadas de Caracas desaparecen por un instante. La pieza termina en el meñique de su mano derecha y un suspiro profundo.

—¿Qué puede decir uno después de eso? —se pregunta él mismo, pero igual dice algo en japonés y lo traduce—.

La música es un gesto de amor

de lo divino hacia nosotros

y a la vez nuestra respuesta

con pasión y agradecimiento.

Finalmente, lo explica todo, como si hiciera falta, en la lengua que aprendió a hablar hace casi 50 años, cuando pisó las costas venezolanas por primera vez.

—La vida es hermosa. No conozco nada más hermoso que la vida misma. Estar vivo ya es un milagro. Uno siente de alguna manera la necesidad de expresar esta felicidad, de descubrir que uno es… Yo soy. El idioma más antiguo que hay, uno de los más antiguos, es el sánscrito. Yo soy se dice a-jam. Inhalar-exhalar. Todos los seres del universo, cuando inhalan y exhalan, están diciendo yo soy. Si descubres que tú eres y te conformas con ser y descubres que estás vivo, que existes en este mundo, nace la necesidad de hacer un gesto, un gesto de agradecimiento. Pasión y agradecimiento. Estar vivo es una razón más que suficiente como para hacer un gesto de amor, porque la energía creativa, la energía positiva y no destructiva, no pesimista y no paranoica, sino la energía que nos hace feliz, se llama amor. Amar me hace feliz, y para mí el gesto de amor más auténtico es la música.

Ahora sí no hay más que agregar. Cualquier pregunta se queda pequeña ante esa última respuesta dividida en tres partes: Bach-haikú-castellano. Salimos del oasis, tomamos el ascensor y bajamos. Nos asomamos a la calle, más agitada que de costumbre, y precisamente viene llegando el alumno, el joven que vive cerca y pudo venir a pie, a pesar de las lacrimógenas, los trancones y las muertes innecesarias. Otra lección de piano, de música y de vida está a punto de empezar.

El epílogo

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Pasaron tres años de aquel encuentro. Tres años en los que el maestro Gerry Weil se recuperó e hizo giras por Estados Unidos y Europa. Volvió a Berlín, a donde dio aquel concierto inolvidable en 1982. Se adaptó como docente a estos tiempos, ofreciendo clases virtuales. Y lanzó tres álbumes. ¡Tres! En 2019, año en que cumplió 80, editó una obra en directo, Live in Vienna, grabada en su tierra natal; y otra, monumental, realizada con la Simón Bolívar Big Band Jazz, titulada Gerry Weil & Big Band Jazz. En medio de la cuarentena obligada por la propagación del Covid-19, acaba de lanzar otro álbum avanzado, desprejuiciado, atrevido, que celebra sus ocho décadas de vida. Se llama Kosmic Flow. Lo acompaña un montón de invitados, ex alumnos, artistas rompedores, jóvenes; jóvenes como él lo ha sido toda la vida.

El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Jorge Spiteri [1951-2020] y la entrevista que duró 10 años

Publicado originalmente el 24 de mayo de 2020 en Prodavinci.com

Una mañana voy a entrevistar a Jorge Spiteri a su apartamento. Abre la puerta descalzo y emocionado. Nos recibe al fotógrafo Manuel Sardá y a mí como a sus amigos de toda la vida. La sala habla por él: álbumes, libros, muchos instrumentos rodeando un gran piano negro, memorabilia por doquier; los tentáculos del artista invadiendo el sofá, la mesa del comedor, la cocina. No existe un telón que separe su hogar de su estudio, su vida de su música. Pienso, luego existo… y toco la guitarra.

Llevo un montón de preguntas en mi libreta y full la pila de mi grabador para cumplir la misión de todos los días: volver a la redacción de El Nacional con una historia decente —o al menos un par de frases publicables— que pueda desarrollar en pocos párrafos antes de que caiga la noche. Un espacio en blanco espera por mí y por la imagen de Jorge que capturará Manuel. Cuando me dejo caer en el sofá, él ya lleva colgada su cámara buscando el mejor ángulo, midiendo la luz, planificando el retrato. El clima es inmejorable, el Ávila casi puede acariciarse desde el balcón.

Presiono el botón REC y lanzo sin anestesia la primera y única pregunta que haré: ¿Cómo es que una pandilla de venezolanos aventureros lograron un contrato disquero en Londres en 1973 y grabaron ese álbum tan vanguardista, tan mestizo, tan adelantado a todo lo que ocurriría en el futuro combinando la raíz tradicional venezolana con el rock y el Caribe?

Jorge empieza a contarme una historia fascinante. Ponemos pausa a este mundo, a esta Caracas convulsionada de 2010, y nos vamos todos a la Inglaterra de 1970, a donde él llegó a los 18 años de edad con 25 dólares en el bolsillo sencillamente porque en esa ciudad se estaba creando la música más interesante del planeta.

—Nos fuimos para allá porque estábamos locos de bola.

En Londres lo esperaba Charles, su hermano mayor. Él llega con otro de sus hermanos, Enrique. Imberbes los dos, no habían pensado en nada. No tenían dinero; tampoco documentos (vivieron ilegales por un tiempo). Y peor, no tenían dónde dormir porque Charles descansaba en la parte alta de una litera en un apartamento que compartía con un grupo de forasteros. A los tres hermanos Spiteri les toca acurrucarse allí.

—Charles en Venezuela era una estrella. Tocaba con Los Memphis y manejaba un Mercedes 300 SL. Cuando lo vi allá lavando platos y coleteando, me puse a llorar.

A medida que se adentra en el cuento, se va convirtiendo de nuevo en aquel joven soñador que empezó tocando con los Nasty Pillows poco después de ver boquiabierto a Aretha Franklin en directo en Caracas. Recuerda que no tardaron mucho en mudarse a una casa en la que constituyeron una suerte de comuna de roqueros venezolanos en Londres. Otros artistas peregrinos que salieron de Maiquetía encontraron allí un refugio provisional. Fueron los casos de un tal Yordano, otro de apellido Colina y, más adelante, un jovencito llamado Ilan.

—En el consulado, cuando venía algún venezolano y decía que era músico y que estaba pelando, le decían que fuera a nuestra casa en 49 Elson Road. La llamaban El Extraconsulado Venezolano.

Jorge sufre el relato, y lo goza. Le oigo por primera vez una frase que después me repetirá bastante: “Soy un tipo con mucha suerte”. Los ojos le brillan, especialmente cuando la historia da el giro hollywoodense.

Los Spiteri trabajaban de mesoneros. Jorge, además, era la atracción de un restaurante en el que cantaba “Moliendo café”, “Barlovento”, boleros, rancheras, cualquier cosa que resultara exótica. Un día ve un aviso en la revista Melody Maker de una compañía que busca compositores y performers. Exigían un cassette, pero ellos no tenían plata para grabar el demo. Por no dejar, va con su guitarra. A reñagadientes, Barry Kirsch, uno de los mandamases de la firma, lo recibe en su oficina y él, contra todo pronóstico, lo cautiva con una de sus composiciones, una cosa rara que se llama “Píroro”.

La propuesta cobra forma. Se le suma Charles tocando la percusión latina, que en aquel tiempo, ante los ojos de un inglés, era como hacer un truco de magia; y más compatriotas que van llegando a la ciudad, como Chema Arria, Bernardo Ball y Joseíto Romero. El resultado es un rock selvático, tribal. Es como ver un cunaguaro caminar por Picadilly Circus.

Bastante percusión, guitarras distorsionadas, letras bilingües, flautas, una mezcla extrañísima atrae la atención de los que asisten a su presentación en el Marquee Club, el templo en el que los Rolling Stones tocaron por primera vez. El mismo en el que actuaron Hendrix, Pink Floyd, David Bowie, The Who, The Yardbirds, Yes, Led Zeppelin. Un cazatalento de la disquera GM Records está presente y sale intrigado.

Siguiente escena: Spiteri, el grupo de venezolanos melenudos, se mete en un estudio de grabación londinense y concibe su homónimo álbum debut, que llevará su nombre escrito en la carátula con el cuerpo de una cobra. Los colmillos venenosos resaltan en el techo de la S.

Cuarenta años antes de que surgiera la etiqueta ‘neofolclore’, Spiteri concibió una mezcla desprejuiciada, un camino que remarca su origen sin negar el copioso influjo del rock and roll y el blues, una música que no es de ningún lugar y, al mismo tiempo, es de todos los lugares.

Tras la publicación del LP, comienza otra vida. “Campesina”, estándar de la tradición venezolana incluida en el álbum, suena en la radio británica. Los entrevistan en la BBC. Posan para Dezzo Hoffman, el fotógrafo oficial de los Beatles. Jorge y Charles conocen a Steve Winwood, uno de sus grandes ídolos, y comparten con Bob Marley y los Wailers. Ven de cerquita, calentando la voz en intimidad, a Stevie Wonder. Mitch Mitchell, el baterista de Jimi Hendrix Experience, se sube a la tarima a hacer jamming con ellos. Se les hace muy normal ver a Rod Stewart llegar a las oficinas de la disquera.

—Mi vida ha sido como un sueño —me dice, mirando hacia arriba y estrujándose el rostro.

No quiero interrumpirlo. Hace rato que me guardé la libreta en un bolsillo y dejé, eso sí, el grabador encendido. Manuel Sardá aprovecha una pausa para fotografiarlo y yo para husmear. A un costado alcanzo a ver una foto suya acompañado por Rubén Blades, sonrientes los dos, y, justo al lado, otra junto a Félix Cavallieri, el líder de los Rascals, una de sus bandas de rock and roll favoritas.

Veo de cerca las guitarras, todas acomodadas en un stand como en una tienda de instrumentos. Mientras se acomoda cerca del piano, me ve de reojo como si hubiera olfateado una extraña condición: “¿Tú tocas?” Le digo que un poco e insiste en que le muestre. Cuando vuelve de posar, me dice nombres de acordes para que yo los fije en la guitarra, comprueba que me sé cosas de los Beatles y me invita a cantar a dúo, a ver si puedo sostener una nota distinta y generar armonías. No me doy cuenta en el momento, pero estoy en medio de una audición y él está a punto de admitirme en su banda.

***

Creo acordarme de cada recital de Jorge Spiteri en el que participé. Fueron más de 50. Un viaje a Margarita con Trino Mora y Henry Stephen como invitados, y otro a La Guaira un 31 de diciembre con Carlos Moreán como plato fuerte. Un Festival Nuevas Bandas en el que tocamos con músicos de la Dimensión Latina; una tarde en que estabamos grabando en el estudio de Bolívar Films y llegó Ilan Chester y se sentó a hacer maravillas en el hammond; un toque desastroso en el que acompañamos a Colina; y otro rarísimo, en medio de un evento con fines benéficos, en el que terminamos con Chino y Nacho en el escenario del Hard Rock Café. Esos capítulos, minúsculos en su carrera, son hitos para mí.

Jorge solía presentarme como Superman: “Él es Guarache. O más bien, es Clark Kent, porque en el día trabaja en un periódico y en la noche sale con su guitarra a luchar por la justicia”.

Jorge clasificaba los recitales usando el título de aquel western protagonizado por Clint Eastwood: Lo bueno lo malo y lo feo. Lo bueno significaba un cheque jugoso, una tarima grande, catering, presupuesto para técnicos y grandes artistas invitados. Lo malo, gigs en fiestas, restaurantes y casinos, donde la paga era decente pero la ocasión no era para tirar cohetes. Lo feo: esos toques en los que uno iba sólo a divertirse porque no había otra opción: Los que estudiaban pensaban en los exámenes en plena canción. Los que tenían trabajos diurnos recordaban entre un acorde y el siguiente que debían levantarse temprano. Y Jorge generalmente extrañaba Londres y nos decía: «Coñoelamadre, ¿por qué me vine a Venezuela?»

Cierro los ojos y puedo recordar cuánto disfrutaba Jorge tocando, con público o sin él. Era desordenado, pero incansable. Sobre todo, era apasionado. Por eso cualquier interferencia en el proceso musical lo enervaba. Siempre estaba muy nervioso antes de salir al escenario, pero se sacudía el miedo en el primer compás. Se relajaba a tal punto que terminábamos haciendo un repertorio de canciones que no ensayábamos, por puro capricho. Bromeaba bastante, especialmente cuando amenizábamos bares. Un ejemplo de chiste recurrente: «Apreciado público, los invitamos a hacer sus peticiones… Nosotros no lo vamos a complacer, pero háganlas igual».

***

Cada dato biográfico de Jorge Spiteri me llega con una cara B emocional. Es el autor de “Amor (Is to Love You)”, un hit tan efectivo que funcionó dos veces en el mismo mercado: Cuando él la lanzó junto con su grupo Mañana, su hermano Charles y su amigo Steve Alpert en 1980, grabada en la casa de John Lennon en Tittenhurst Park; y cuando Los Amigos Invisibles la desempolvaron para su álbum Arepa 3000: A Venezuelan Journey Into Space (2000). Apenas escribo esto —aquí viene la cara B— recuerdo que cuando la tocábamos, siempre la hacíamos de una manera distinta. Estuvo más tres décadas rearreglando la misma canción. Cada cambio nuevo, decía: «Ahora sí estamos cerca».

Otro dato: Jorge Spiteri fue líder de Los Buitres, aquel proyecto que adaptó al castellano hits de los Beatles. Mientras lo tipeo, pienso que él jamás superó la ruptura del cuarteto de Liverpool. El quiebre, que ocurrió justamente cuando los Spiteri estaba asentándose en Londres, dejó una cicatriz perpetua en su alma que no envejeció nunca. A Jorge nunca le gustó mucho el álbum Let It Be porque le recordaba la sensación amarga de que su banda favorita se había peleado y había dicho adiós. La música, para él, tenía mucho que ver con la fraternidad, con la amistad, con el amor en su expresión más pura.

Lo mismo me pasa cuando apunto que él inventó el Clan Spiteri, otra agrupación cargada de nostalgia sesentera. Eso dato me trae de vuelta su cara de alegría cuando le dije que mi papá tenía uno de los CD que ellos grabaron. Igual, cuando anoto en mi resumen la existencia del supergrupo Los Charlies, que él creó para homenajear a su hermano y compañero de aventuras que murió en 2007, inevitablemente me voy de viaje a la tarde en que me dijo: «¡Cómo me hace falta! No hay un día en mi vida en que no extrañe a mi hermano».

Las notas más exhaustivas destacarán que fue el productor del primer álbum de Giordano di Marzo, antes de que firmara como Yordano y conociera el éxito masivo. Probablemente añadirán los datos de que escribió jingles publicitarios y que por unos cuantos años dirigió el departamento musical de RCTV, creando cuñas del canal, cortinas de programas y especiales navideños. También, que estuvo en la junta directiva de la Fundación Nuevas Bandas de su amigo el promotor e investigador Félix Allueva, en cuyo libro Crónicas del rock fabricado acá protagoniza un episodio.

Jorge era un multiinstrumentista. Sí: Lo escribo y es como si lo viera sentado en el piano de su sala repasando “Martha My Dear” o “Lady Madonna” de los Beatles. O cuando hacía las veces de Steve Winwood con el hammond, ese teclado que ahora es vintage pero que fue fundamental en el sonido de canciones como “Gimme Somme Lovin”, o cuando tomaba la armónica y tocaba el intro de “Isn’t She Lovely” de Stevie Wonder, de quien le encantaba reproducir “You Are The Sunshine of My Life” en un viejo Fender Rhoades que sigue allí junto a la mesa del comedor. Por supuesto, me viene, como proyectada por un videobeam, su imagen tocando guitarras acústicas y eléctricas y, sobre todo, el bajo, el instrumento que más usó en su juventud.

En el espectáculo Rock & MAU, que juntó artistas rock y pop con grandes instrumentistas de la movida musical de vanguardia basada en la raíz, Álvaro Paiva lo mencionó, junto a Vytas Brenner y Gerry Weil, como antecedente ineludible de esos experimentos. Eso ocurrió precisamente cuando él moldeaba el Spiteri Bugalú, su apuesta con miembros de La Dimensión Latina, entre ellos el percusionista Joseíto Rodríguez, el mismo que grabó la versión original de “Llorarás”. Fue una tarea inconclusa, como muchas otras, pero lo definió conceptualmente porque proponía un terreno común para el rock y la música latinoamericana, enmarcada en la ruta de personajes como Joe Cuba, Mongo Santamaría, Santana e incluso José Feliciano.

Jorge nunca quiso tener hijos, pero siempre hablaba, tiernamente, de sus sobrinos. Conservaba amistades igualmente entrañables con gente muy diversa, famosa o no famosa. Apoyaba a los suyos especialmente en las circunstancias más difíciles. Trataba a todos por igual.

Una tarde me hizo sentir como si me hubiera ganado un Pulitzer o un Grammy. Entré a su biblioteca y vi arriba, colgada y enmarcada junto a su título de producción audiovisual de la Royal School of Art, la portada que resultó de aquella primera entrevista que comenzó esa mañana de 2010 y que siguió durante una década hasta hoy, cuando murió en Carolina del Norte, acompañado por su hermano Miguel Antonio “Tono” y su familia, ese gran artista, maestro y mejor amigo al que todavía me quedaron muchas cosas por preguntarle.

 

FOTO PRINCIPAL: Daniel Guarache Ocque

FOTOGRAFÍAS: Archivo Jorge Spiteri/ Dezo Hoffman/ Daniel Guarache Ocque

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 16 de noviembre de 2019

No es momento de descansar. Desde que comenzó a cristalizarse el proyecto que devino en Tiempo al tiempo, obra ganadora del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico, cada vez que Luis Enrique y los cuatro integrantes de C4 Trío coinciden en tiempo y espacio, se activa una agenda de entrevistas, ensayos, reuniones, pruebas de sonido y, por supuesto, presentaciones, que apenas deja un cuarto de hora por acá, media por allá, para un trago, una siesta, un bocado.

Edward Ramírez viaja desde Medellín. Héctor Molina, desde Miami. Jorge Glem vuela desde Nueva York y, después de los Latin Grammys hubiera seguido esa misma noche hacia Chile si sus compromisos allá no se hubiesen suspendido por los disturbios. También llega, con su cajón, el percusionista Diego “El Negro” Álvarez. Y, por supuesto, el ganador del Latin Grammy 2019 al Mejor Arreglista, el bajista del grupo, Rodner Padilla.

Un bar del inmenso complejo del MGM Grand, que incluye el Teatro de David Copperfield, escenarios del Cirque du Soleil, tiendas, restaurantes, ferias de comida rápida, kilómetros de casino sin principio ni fin y la arena donde se organizan las grandes peleas de boxeo, se convierte en el escenario del reencuentro de los músicos.

Se abrazan. Se ponen al día. Luis Enrique suelta una seguidilla de venezolanismos. Carcajadas. Comienza el circuito. El ascensor en el que subimos se abre en un piso desde el que se ven pequeños edificios que también son enormes. Tocamos la puerta de una de las 6.852 habitaciones del hotel y, detrás, nos encontramos con una estación de radio improvisada.

Luis Enrique no da entrevistas sin C4 Trío y en todas comenta que el ensamble lo impresionó desde que los vio tocar por primera vez, por su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su osadía para explorar nuevos caminos para el cuatro venezolano sin desconectarse de su raíz. En todas, remarca su amor por el folclor venezolano y cuenta su propia relación con la música tradicional.

“Mucha gente conoce mi faceta de eso que me ha dado fama, que es la salsa, y lo agradezco. Sin embargo, realmente vengo de una raíz folclórica. Mi familia se dedica a hacer folclor en Nicaragua. También son gente muy comprometida, socialmente hablando, con lo que sucede en nuestro país. Yo crecí bajo esa sombrilla, ese impulso de decir las cosas que suceden, de hablar de las injusticias. Nunca he estado lejos del folclore, aunque nunca lo había hecho en mi carrera. Siempre quise hacerlo, y ¡qué mejor manera sino con C4 Trío, que son unos maestros!”

Salimos del MGM, subimos a un taxi y nos vamos al Hard Rock Café Hotel. Kerly Ruiz, la presentadora venezolana, los espera para una entrevista inusual en una cama. Bromean con doble sentido, pero el contenido de la charla es el mismo. La camaradería con C4, el amor por la música de raíz latinoamericana, el orgullo de haber sido reconocidos por la Academia Latina de la Grabación. De ahí, siguen sin pausa hacia una cita con una revista que cubre especialmente el mundo de la música norteña y otra con una emisora radial dirigida al público hispano de Estados Unidos. Se pasan el switch del castellano al inglés constantemente. Entre una y otra, en pequeños tiempos muertos antes de salir al aire, aprovechan para afinar detalles de lo que tocarán en el evento Los Producers esa misma noche, donde compartirán escenario con artistas como Fito Páez, Ximena Sariñana, Lasso y Leonel García (ex Sin Bandera). La canción que tocarán allí, Mi tierra de Gloria Estefan, termina tomando forma en un ensayo improvisado en la terraza del Hard Rock Café, al borde del bulevar que es el epicentro de Las Vegas, donde confluye todo lo que es conocido en el mundo de esa ciudad que nació del envite y el azar a principios del siglo pasado.

“Ha sido un camino de mucho aprendizaje, un reto de la A a la Z, y encima de eso conseguimos este reconocimiento”, me dice, sobre la concepción del álbum galardonado. Se siente orgulloso, especialmente porque es un proyecto que “no obedece a ninguna moda”.

Caminamos entre máquinas tragamonedas, pantallas de apuestas deportivas y mesas de Blackjack cuando habla de lo que motivó a un músico de semejante trayectoria en la salsa, más de 30 años de carrera, cerca de la veintena de álbumes y bastante fama en buena parte de Latinoamérica, a lanzarse de chapuzón a una apuesta tan experimental con joropo, danza zuliana y tonada.

“Honestamente, lo primero es lo primero: la música —se enseria Luis, como le dicen los muchachos de C4—. Es sumamente importante para mí saber que estoy haciendo algo más allá del hecho de querer, caprichosamente, grabar otro CD. Tiene que haber una razón más. Primero, la música. Pero si, además, vamos a hacer música, ¿qué estamos dejando? ¿Qué estamos diciendo a través del proyecto? La razón mayor es aportar algo, bien sea a través de la canción, o a través de la posibilidad que estamos creando al lograr un álbum de música folclórica de canciones inéditas”.

Bastan 48 horas viéndolo trabajar y escuchar los testimonios del grupo, para entender que Luis Enrique no es ese artista que llega al estudio de grabación a ponerle su voz a un proyecto en marcha. Así, los hay muchos y muy buenos, pero él corresponde a un perfil distinto que se lanza de cuerpo completo en la obra. Que asume con entusiasmo el desafío, cuidando detalles, construyendo desde los cimientos.

De Venezuela, recuerda su público. Bromeando con Molina, Padilla y compañía, dice que algún día se comprará allá dos casas, una en la playa y otra en la montaña. Se ilumina su rostro cuando hurga en la memoria sus experiencias en el país: “¡Guao! El amor con el que reciben el trabajo que uno hace. Eso para mí es increíble, es importante, pero, sobre todo, me emociona haber conocido una Venezuela con una energía eternamente joven, de gente echando pa’ lante, gente muy linda. Cada vez que llegaba, me contagiaba de eso y por eso me encantaba ir”.

No hay una entrevista en la que Luis Enrique no remarque el mensaje del sencillo Añoranza, una canción dedicada a los caminantes, a los que se van “con su vida arrugada en un morral” buscando oportunidades, alimento, medicinas, bienestar para sus familias. Dice que se ve reflejado en los integrantes de C4 porque él salió de Nicaragua en 1978 y llegó a Los Ángeles a construirse esa ruta que, en algún punto, después de mucho sudor, comenzó a dar frutos: “Es duro llegar a un país como éste y comenzar de cero; intentar edificar algo en un lugar que no es tu tierra, donde hay muchas cosas que tienes que hacer que no estaban en tus planes. Reconozco el esfuerzo que ellos hacen todos los días por echar pa’lante. Reconozco su deseo de tener una carrera haciendo lo que hacen. Todo eso es valioso”.

Luis Enrique también demostró en pocas horas que es una criatura del escenario. Que el éxito no es producto de la casualidad. Con el ensamble, le tocó el rol difícil de abrir la premiere de los Latin Grammys, cuando la gente apenas se estaba acomodando en sus sillas, mirando sus teléfonos celulares, entrando en calor. Sí fueron aplaudidos, pero todos se bajaron con ganas de desquite, aún cuando salieron de esa ceremonia bateando para average de .1000, con dos Latin Grammys en las dos casillas en las que competían. Pasaron las horas, se hizo de noche y el ídolo entró a la after party y la puso patas arriba con su gracia y su talento, con energía y desparpajo. Ahí sí: nadie fue indiferente a lo que pasó en el escenario. Ahí sí recibieron el premio que más les gusta a los artistas: la ovación frenética.

 

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 13 de noviembre de 2019

Lo del Pollo Brito esa noche fue un atrevimiento. Rodeado por el C4 Trío, escogió el momento más apremiante, la premiere de los Latin Grammys en Las Vegas, para decir cam-bur-pin-tón con notas altas, allá donde los trastes del cuatro se hacen cada vez más cortos. Fue como un mensaje encriptado. Una manera de decir ante una pléyade de artistas latinoamericanos que gozan de su admiración: Aquí estamos, aquí está Venezuela, aquí está el cuatro venezolano.

Lo del Pollo en esa velada en la que él, el ensamble y el equipo de ingenieros encargados de su álbum De repente resultaron ganadores, fue como encestar un tiro libre con los ojos cerrados en una final de baloncesto. Se le ve el gesto de picardía en la cara (mírenlo ustedes, minuto 2:45 del video). Dicen que salió al escenario nervioso, pero cuando arrancaron los cuatros de Héctor Molina, Edward Ramírez y Jorge Glem y el bajo de Rodner Padilla, ya no lo parecía. Lo que importó fue el disfrute al tocar la música que ama en un escenario tan prestigioso, rodeado de pop y jazz, de bossa y salsa, de gente como Rubén Blades, Carlos Vives, Juanes y más ídolos de la música hispanoamericana que aplaudieron al ver la explosión de esa guitarrilla pequeña que lleva la bandera de Venezuela tatuada en la madera.

A cinco años de aquel momento, que es uno de los más memorables que ha experimentado la música venezolana en el extranjero, C4 está de regreso en Las Vegas, esta vez con un álbum experimental junto con el nicaragüense Luis Enrique, a quien los músicos admiran, todavía más, ahora que han trabajado codo a codo con él. Aspiran por tercera ocasión al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico que no ganaron en 2013, cuando fueron postulados por primera vez gracias a su trabajo junto con Gualberto Ibarreto, y que también se les escapó en 2014, cuando salieron del Mandalay Bay Center saboreando una victoria distinta pero igual de satisfactoria.

Los C4 también brillan fuera de C4. En 2017, Edward Ramírez volvió a la ceremonia por una nominación sorpresiva junto con su aliado, el letrista, compositor y cantante Rafa Pino, con quien desarrolla un proyecto paralelo en el que explora una variante específica del joropo originaria de la región central de Venezuela. El Tuyero Ilustrado jamás imaginó que llegaría por su propio pulso a tal instancia, y ahí estuvo, con sus versos y su gracia, innovando a partir de una semilla muy vernácula, triunfal aunque el gramófono quedó en manos de la mexicana Natalia Lafourcade y Los Macorinos y su propuesta impecable de homenaje al folclore latinoamericano.

*

Los Latin Grammys han evolucionado notablemente desde su primera ceremonia, celebrada en el Staples Center de Los Ángeles en el año 2000. La Academia Latina de las Artes y Ciencias de la Grabación, organismo conformado por artistas, productores y gente de la industria del disco —y ahora otros formatos—, entendió que debía abrirse a mercados y públicos más allá del circuito hispano de Estados Unidos. La fiesta se movió entre Los Ángeles, Miami, Nueva York y Houston hasta que encontró en Las Vegas un epicentro en el que este año cumple una década.

Las primeras citas no tuvieron casi presencia venezolana. Aparte de varias nominaciones de Oscar D’León y de las victorias del productor Alfredo Matheus por sus trabajos junto a Olga Tañón y a Marc Anthony, no ocurrió mucho más. Tímidamente, comenzaron a aparecer Los Amigos Invisibles, Montaner, Servando y Florentino y Franco de Vita, hasta que llegó Voz Veis y se llevó dos premios en 2007, año en el que también ganó el gran sonero y año anterior a la primera gran velada de la música venezolana en los Latin Grammys, donde un digno representante, sin saberlo, abrió las puertas de lo que venía.

En Houston, en 2008, Oscar D’León hizo de maestro de ceremonia de la entrega del premio honorífico a Simón Díaz. El maestro de las tonadas, vistiendo un liquiliqui, con los brazos abiertos y sin necesidad de micrófonos, y celebrado por su Caballo viejo, por su Tonada de luna llena y por tantas canciones eternas, ofreció un chispazo de su ingenio: Ustedes están oyendo/ con cariño y emoción/ a este viejito que se llama/ El Tío Simón.

En 2009 sólo triunfaron Los Amigos Invisibles y José Antonio Abreu recibió un premio honorífico. 2010 fue otra historia. Entre las victorias de Voz Veis y las de Chino y Nacho, relució un premio que puso de relieve los Tesoros de la música venezolana en la voz de Ilan Chester, quien creó un compendio de 6 álbumes divididos por regiones. Por aquellos días, el cantautor comentó que nunca se sintió tan a gusto con aquella etiqueta de El músico de Venezuela, que siempre consideró más un ardid publicitario que otra cosa, hasta que recibió ese premio por intentar —y en buena medida, lograr— un mapa completo de Venezuela en sonidos.

En 2012, María Teresa Chacín, una voz que también es vehículo de venezolanidad, le grabó un álbum a su nieto y se llevó el premio en el renglón de Mejor Álbum Infantil. En esa misma cita, Reynaldo Armas, peso pesado del joropo llanero, llegó con su Caballo de oro y, cabalgándolo, se llevó el Latin Grammy del folclore. 2013, año de la postulación de C4 y Gualberto, creció considerablemente el número de venezolanos reconocidos, entre ellos Yordano, quien obtuvo esa vez la primera de sus dos postulaciones.

El 2014, mismo año de la proeza del Pollo y C4 Trío, el maestro Juan Vicente Torrealba también fue honrado con un Premio a la Excelencia Musical por su obra, por su Rosario, por La potra Zaina, El concierto en la llanura y muchas otras piezas valiosas.

El año pasado se demostró que lo del cuatro venezolano no ha sido golpe de suerte ni carambola. El cuatrista guayanés Miguel Siso no figuró en la casilla folclórica pero sí lo hizo, curiosamente, en la de Mejor Álbum Instrumental. La victoria de Identidad, obra con sello guataquero, estrenó la presencia de la música venezolana de fusión —basada en raíz tradicional— en una casilla reservada para proyectos sofisticados capaces de superar un filtro exigente entre muchos experimentos de virtuosos, como todos los brasileños con los que compitió, entre ellos Hamilton De Holanda, Yamandú Costa y Hermeto Pascoal.

El gramófono dorado que Siso ya tiene en su casa es el mismo que en años anteriores habían recibido pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el propio Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés. Y Siso lo logró mirando hacia adentro, recogiendo la materia prima de ritmos habituales de su tierra para revestirlos de contemporaneidad, creando una infusión con esas raíces que se pudiera servir en una taza cosmopolita.

 

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 15 de noviembre de 2019

La sensación no era la del equipo pequeño al que le toca jugar contra Brasil. A diferencia de otras ocasiones, C4 Trío llevaba consigo, no el deseo de que algo providencial ocurriera para llevarse esos gramófonos a casa, sino la presión del favorito. Tiempo al tiempo, su proyecto con el nicaragüense Luis Enrique lo tenía todo para ser el Mejor Álbum Folclórico: calidad, novedad, experimentación a partir de la raíz tradicional, gancho publicitario y hasta un mensaje de paz. Lo mismo ocurría con Nella, cuya suerte en el renglón dedicado a nuevos artistas se decidiría en la segunda ceremonia, la más espectacular, la televisada. No lo decían, por temor, superstición, respeto o quién sabe, pero la cantante margariteña y el ensamble de cuatristas lucían el traje del ganador antes de ganar.

La gente no se había acomodado todavía en sus sillas en la gran sala de eventos del MGM Grand de Las Vegas cuando comenzaba la 20 entrega de los Latin Grammys. La noche anterior, Luis Enrique y C4, con la adición de lujo del cajonero Diego “El Negro” Álvarez, habían participado en un evento llamado The Producers. Allí desempolvaron juntos Mi tierra, aquel hit nostálgico de Gloria Estefan en el que, curiosamente, Luis Enrique grabó la percusión. Ahora estaban en el momento cumbre, en primerísimo primer plano y como número de apertura de la gala, para tocar una pieza inédita que aborda el mismo asunto 25 años después: Añoranza. Pa’ que no llores más/ pa’ que no sufras más/ pa’ que no duela más/ voy a curar con besos todas tus heridas, le cantaron, desde ese escenario prestigioso, a todo aquel que en tiempos recientes ha huido de su país en busca de oportunidades.

Recibieron un aplauso unánime pero no eufórico. La fiesta apenas comenzaba. El primer premio de la tarde fue para un venezolano llamado Juan Delgado, autor del Mejor Álbum de Cristiano. Poco después anunciaron los nominados a Mejor Arreglista, tres de ellos venezolanos: Otmaro Ruiz, César Orozco (cubano con alma también venezolana) y Rodner Padilla, el bajista de C4, co-productor del álbum y responsable del arreglo de Sirena, uno de los temas con sabor de hit. El David Aguilar, cantautor mexicano, fue el responsable de abrir el sobre y leer el nombre de Rodner.

Padilla agradeció a la Academia, a Dios, a su esposa, a sus hijos Rodrigo, Ricardo y “a uno nuevo que viene en camino”, y cerró con una frase inspiradora: “La vida del músico es una vida de fe. No pierdan sus sueños nunca”.

La ceremonia siguió avanzando entre mensajes vinculados a las manifestaciones en Chile. La ganadora en Mejor Álbum Alternativo, la chilena Mon Laferte, aprovecharía la Alfombra Roja para descubrirse los pechos y amplificar un mensaje escrito en su cuerpo: “En Chile Torturan y Violan”. Se oyeron también mensajes de aliento a Venezuela, críticas al presidente de Brasil y el ruego de artistas colombianos contra la violencia en su país. Juancho Valencia, de Puerto Candelaria, agrupación que ganó el Latin Grammy a Mejor Álbum de Cumbia/Vallenato, lo dijo así: “Que la paz no nos mate”.

El premio al Mejor Álbum Instrumental, que el año pasado quedó en manos del cuatrista guayanés Miguel Siso, lo obtuvo el pianista uruguayo Gustavo Casenave por su disco Balance, en el que Linda Briceño, ganadora del Latin Grammy el año pasado, participó como productora. Un poco después, Venezuela volvió a celebrar gracias a Los Amigos Invisibles y su canción Tócamela, cuyo gramófono recibió el vocalista Julio Briceño y el bajista José Rafael “El Catire” Torres.

La espera se hizo larga mientras pasaban las categorías técnicas y las que reconocen la música en portugués, que son ocho. Y de pronto, tres de las integrantes de Flor de Toloache, banda ganadora del Latin Grammy de mujeres mariachis, leyeron la lista de postulados a Mejor Álbum Folclórico. La tensión se apoderó del rostro de los músicos. La lista apareció en pantalla: Eva Ayllón, Canalón de Timbiquí, Cimarrón, Luis Cobos con The Royal Philarmonic Orchestra & El Mariachi Juvenil Tecalitlán y, de último, abajo, Tiempo al tiempo, de Luis Enrique + C4 Trío. Un par de segundos eternos y las palabras mágicas: Y el Latin Grammy es para… ¡Pum! La alegría desbordante. Abrazos, besos, lágrimas. Un revuelo de satisfacción por un proyecto que ha consumado la hermandad de un ídolo latinoamericano y unos músicos virtuosos de Venezuela. Subieron felices, livianos, uno tras otro: Héctor Molina, Rodner Padilla, El Negro Álvarez, Edward Ramírez, Luis Enrique exultante y Jorge Glem risueño con su sombrero.

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El orador fue Luis Enrique, quien dio un discurso de agradecimiento serio y pausado: “Quiero dedicar con mucho amor este premio a mi país, que sigue luchando por su libertad, por su soberanía… a todas las madres de los estudiantes que han sido cruelmente asesinados desde abril del año pasado. Nicaragua sigue estando en guerra aunque lo quieran hacer ver de otra manera. Nicaragua sigue luchando para ser verdaderamente libre”.

“También quiero dedicar este premio, junto a mis hermanos de C4 Trío —completó el artista—, a todas las familias venezolanas que se han visto urgidas de salir de su país, a todos los caminantes a quienes dedicamos también nuestro video de ‘Añoranza’, decirles que estamos con ellos, que no están solos. ¡Por la libertad de Venezuela y por la paz de nuestros países!”.

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Al cierre del primer acto, todo se mudó al MGM Grand Arena, el de las grandes peleas de boxeo, donde toca gente como Paul McCartney o Lady Gaga cuando pasan por Las Vegas, para una gran fiesta impecable en el aspecto técnico, con una escenografía basada en pantallas de leds que se movían, cambiaban de colores, fondos, ambientes, adaptándose a cada propuesta. Un espectáculo perfectamente planificado en el que se cuidó minuciosamente cada detalle y en el que, curiosamente, repitió este año el humorista y músico venezolano César Muñoz como parte del equipo de guionistas.

Sí, fue la noche de Rosalía. La española, que ha irrumpido en la escena reguetonera con una propuesta genuina, con tintes aflamencaos y grandes coreografías, salió anoche con cuatro premios, incluida la joya de la corona: el de Álbum de Año. El reguetón estuvo muy presente, desinflando las críticas que nutrieron la conversación en la víspera de los premios. Bad Bunny cerró. También ganó y, con el Latin Grammy en la mano, con todos los focos sobre él, el público aclamándolo, sus colegas aplaudiendo, reclamó atención para el género urbano.

El presentador, junto con las actrices Roselyn Sánchez y Paz Vega, fue Ricky Martin. La Academia Latina de la Grabación le reconoce al puertorriqueño ser uno de los responsables de la existencia de los premios. Fue tal el revuelo que generó su presentación en la ceremonia anglosajona en 1999, en los tiempos del boom de Livin’ la vida loca, que representó el último empujón que necesitaba la comunidad musical latinoamericana para organizar su propia fiesta.

También fue la noche de Juanes, la Persona del Año, a quien le dieron una sorpresa como al niño que le llevaban a su ídolo famoso a tocarle la puerta de la casa. Lars Ulrich, baterista de Metallica, se paró allí, rodeado de latinidad, y dijo que era momento de cerrar un círculo porque él también era fan del colombiano. Una de las mejores presentaciones fue la de Vicente Fernández, Alejandro Fernández y el nieto/hijo, tres generaciones de cantantes actuando juntos. Pepe Aguilar cantó El triste, en tributo al fallecido José José. A Camilo Sesto también lo recordaron.

Con Alejandro Sanz, otro de los premiados de la noche por su hit con Camila Cabello, Mi persona favorita, cantaron tres artistas jóvenes, todas nominadas a Mejor Artista Nuevo: la colombiana Greeicy, la española Aitana y la venezolana Nella Rojas, que brilló con su vestido animal print y su voz de seda. Fue ella, la margariteña formada en Berklee School of Music, la favorita de muchos, la que se llevó ese galardón tan ansiado—al que también estaba postulado su compatriota Chipi Chacón—.

“¡Mira dónde estamos, papá!, dijo la cantante al recibir el gramófono, emocionada, con voz temblorosa. “Perdón, que estoy muy nerviosa (…). Quiero agradecer a la vida, a los que han creído en mi voz y mi visión, a mi amigo y mentor Javier Limón (…) y sobre todo, a Venezuela, y a todos los que, como yo, vienen de otro país y están luchando por oportunidades. Ustedes son mi inspiración”.

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Luis Enrique y C4 Trío se habían separado para descansar porque faltaba un compromiso por cumplir al filo de la medianoche. La burbuja de los Latin Grammys se rompía y su contenido se diluía en la locura de Las Vegas. Los artistas se perdían entre turistas, los casinos infinitos de los resorts, gente que no tenía la menor idea del evento trascendental —para la vida de algunos— que acababa de ocurrir allí, justo al lado.

El trompetista Charly Sepúlveda y su banda amenizaban la after party e invitaban a artistas a cantar. Varios de los becados por la Fundación Cultural Latin Grammy estaban presentes, entre ellos el pianista venezolano Baden Goyo y la saxofonista mexicana Itzel Reyna. Jorge Glem fue el primero en subir a la tarima a improvisar. Las cuatro cuerdas explosivas del instrumento rey de Venezuela demostraron su poder magnético. Los desentendidos comenzaban a ver qué estaba ocurriendo en el escenario. El Negro Álvarez se sumó en las congas y, en un pestañeo, ya Edward Ramírez, Héctor Molina y Rodner Padilla estaban conectando sus instrumentos y los músicos de Sepúlveda bajaban y cedían sus espacios.

Por la puerta apareció sonriente, satisfecho, el ídolo nicaragüense. Les habían pedido ceñirse al programa: Sirena, solamente Sirena. Pero Luis Enrique venía a sacarse la espinita de una presentación fría en la premiere. Al un, dos, tres, arrancó un joropo venezolano recio y la fiesta ya no fue la misma. Gente grabando con sus celulares. El presidente de la Academia de la Grabación Gabriel Abaroa Jr. en primera fila disfrutando. Muchos bailando. Date un chance se ganó una ovación. Le siguió Sirena y, después, remataron con una versión adaptada a la situación de Yo no sé mañana, su hit, que tuvo en el medio un larguísimo interludio de improvisación y latin jazz, con personajes como el pianista Manuel Tejada y el percusionista peruano Tony Succar, otro de los triunfadores de la noche, ganador de Productor del Año. Y ahí sí, el ensamble y el cantante, con sus dos Latin Grammys, habían conseguido el epílogo feliz que necesitaban.

El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia. Por primera vez en su extensa carrera, que comenzó con unos experimentos con el maestro Gerry Weil, la extraordinaria cantante había sido nominada a los Latin Grammys, máxima fiesta de la industria musical latinoamericana. El reconocimiento llegaba gracias a Motivos, un álbum de caprichos, especialmente boleros, que incluyó ese clásico homónimo de Ítalo Pizzolante y la rosa pintada de azul.

María Rivas irrumpió en la escena musical venezolana en 1992, cuando un canto de lavanderas devenido en canción bailable era una rareza en el mainstream nacional. El manduco fue un hit que reflejó su amor por la raíz tradicional latinoamericana, pero fue apenas su manera de decir presente. Con el tiempo, se convertiría en una de las voces más sofisticadas del país, vehículo de latin jazz y, además, una de las intérpretes predilectas de la música de Aldemaro Romero.

La voz y la manera de cantar de María Rivas eran de una delicadeza inusual. Una voz de ningún lugar y, a la vez, de todos. Una voz sin raza, cargada de swing, de pasión, de jazz, de elegancia con una pizca de desparpajo. Y en ese canto, llevaba lo caribeño a los estándares de jazz y traía el swing a las piezas de música basadas en la raíz tradicional venezolana, como lo hizo en Pepiada Queen (2008), donde conviven Moliendo café y El Catire de Aldemaro con canciones como Smell Like Teen Spirit de Nirvana y Come Together de Los Beatles. Era una cantante sin límites, desprejuiciada y original.

Estuvo mucho tiempo fuera de Venezuela. Vivió una época en Japón. También, entre España y Florida. Pero nunca dejó de cantarle a su tierra. Grabó una decena de álbumes y casi todos incluyen joyas venezolanas que se cuelan entre estándares de Cole Porter, música estadounidense de los años 40 o 50, o clásicos latinoamericanos como Alfonsina y el mar o Bésame mucho. Uno de sus trabajos más sorprendentes fue incluido en el disco Clásicos venezolanos (1999), grabado con el maestro Eduardo Marturet y la Orquesta Sinfónica de Lara.

Su calidad la llevó a actuar en escenarios como el prestigioso Festival de Montreaux. La plataforma Guataca Nights tuvo la fortuna de presentarla en directo durante 2018. En Houston actuó con el pianista merideño Leo Blanco. También lo hizo en Orlando. La presencia de María Rivas representaba una garantía para una velada deliciosa.

A la cantante le gustaba pintar. No se conformó con el color de su voz. Le gustaba tanto, que se sumergió de lleno en el arte plástico y presentó series de pinturas como una que llamó American Jazz Greats, en la que representó en lienzo a grandes jazzistas como Chet Baker, Miles Davis y Nina Simone. Curiosamente, su primer roce con los Latin Grammy y la Academia Latina de la Grabación que los organiza, se había producido en 2013, pero como pintora. A María Rivas le fue comisionado el arte oficial de los premios.

Cuentan que escribió y pintó hasta sus últimas horas, a pesar del cáncer y del deterioro vertiginoso de su salud. Rodeada por sus seres queridos, murió el jueves 19 de septiembre de 2019 en la ciudad de Miami, a los 59 años de edad, una gran artista caraqueña que dejó pinturas y canciones como huellas inmejorables de su existencia.

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

Publicado originalmente el 14 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

No hay manera de medir el legado de Aldemaro Romero. Muy difícil determinar cuánto de él vive en la música venezolana o cuánto avanzó ella gracias a su trabajo. No existe un algoritmo para calcular cómo son de largas las ramas del árbol de su influencia, que aún sigue creciendo y dando retoños porque la obra del maestro no es nada más su obra; es también una invitación a crear.

Basta con pronunciar su nombre de pila, Aldemaro, para invocar montones de piezas sofisticadas, melodiosas, rítmicamente atrevidas y, de paso, venezolanas. Escribió muchas canciones y, sólo por ellas, permanece y merece permanecer en un rincón especial de nuestra memoria. Pero él fue más allá. Tuvo, en el contexto venezolano, la osadía de Gershwin: construyó un lugar ambivalente que emociona a los seguidores de la música popular y al público general pero que, al mismo tiempo, encuentran muy placentero los músicos estrictos con la vista en los papeles del atril.

Hoy, orquestas sinfónicas venezolanas como la Simón Bolívar, cuando quieren subrayar su origen, recurren a partituras seleccionadas con pinza. A veces, tocan el poema sinfónico Margariteña de Inocente Carreño. En ocasiones, se decantan por un arreglo de José Terencio Silva que hila varios fragmentos de venezolanidad coronados por el Alma llanera de Pedro Elías Gutiérrez. Y entre esos bises predilectos reluce la Fuga con pajarillo que escribió ese valenciano autodidacta que murió a los 79 años de edad el 15 de septiembre de 2007.

Los logros de Aldemaro están todos precedidos por un empecinamiento. Una inconformidad. Una porfía. Un ¿por qué no? ¿Por qué no puedo reunir piezas emblemáticas de mi país en un álbum exótico de salón? ¿Por qué no estilizar lo autóctono y presentarle al mundo, barnizadas, Sombra en los médanos, Barlovento o Dama Antañona? ¿Por qué no darle a la música de Venezuela la oportunidad de probar su valía, incluso desde el punto de vista comercial? ¿Por qué no, carajo?, diría el músico, al que, dicen, la desafinación lo sacaba de sus casillas.

La misma persistencia llevó al veinteañero Aldemaro Romero a Nueva York en 1952, invitado por Alfredo Sadel como director musical. Allá convenció a los directivos de la RCA Victor de cristalizar una propuesta que al final llevó por nombre Dinner in Caracas (1955), disco editado precisamente durante el año de la masificación del rock and roll. Con sus arreglos, Aldemaro sedujo a un público nuevo como el hombre trajeado que le ofrece fuego a la chica sexy que está por fumarse un cigarrilo con boquilla en la carátula de su LP. Se calcula que se vendieron más de un millón de ejemplares, una cifra exorbitante para un artista venezolano en cualquier época. Fue un triunfo comercial de lo que el cronista Federico Pacanins define como el primer esfuerzo discográfico de internacionalización de la música venezolana.

Hasta ahí, una biografía diría bastante. Por eso la creación de la onda nueva, junto al baterista “El Pavo” Frank Hernández, parece un dato de la vida de otro. Pero el responsable es el mismo Aldemaro, de quien, cuentan, era de los creadores que se sientan frente al piano a diario y desde la madrugada. Si la musa viene, chévere; y si no, resuelvo.

Con Aldemaro, no sólo tienen mucho que ver sus intérpretes más prominentes, comenzando por María Teresa Chacín, pasando por María Rivas, e incluso por Ilan Chester, responsable de un álbum, basado en el sonido ‘aldemarístico’, muy celebrado por el maestro. Sí, todos ellos tienen mucho que ver con él, pero el árbol crece aún más cuando consideramos a los artistas que componen a partir de su concepto.

Es difícil conseguir un ensamble o intérprete venezolano activo en este siglo que no haya recibido, en mayor o menor medida, su influjo. Basta con revisar las listas de canciones para encontrar piezas de Romero, o piezas inéditas y originales que llevan la etiqueta de ‘onda nueva’, goteadas por todo el catálogo musical reciente. El eclecticismo es extraordinario: Aldemaro cautiva a violinistas de orquesta, guitarristas heavy metal, estrellas de bandas de funk, grupos de ska, cuatristas, cantantes líricos o artistas pop, amantes de lo folclórico o devotos de lo académico.

Los ejemplos son tantos que no cabrían en esta publicación. El bajista Gonzalo Teppa le dedicó un álbum entero. La pianista y cantante Selene Quiroga, también. ¿Qué hizo Jorge Spiteri, otro pionero de la fusión, cuando lo invitaron a un Festival Nuevas Bandas? Armó un medley malandro de onda nueva. A los productores del Festival Caracas en Contratiempo no le costó conseguir artistas que quisieran participar en su homenaje. El C4 Trío, el ensamble de cuatristas más aclamado del presente, lo versionó desde su primer álbum. El guitarrista y quien fuera uno de los principales artífices de Los Amigos Invisibles, José Luis “Cheo” Pardo, también conocido como DJ Afro, creó Los Crema Paraíso, un proyecto de música venezolana psicodélica, inspirado en él. El cuatrista guayanés Miguel Siso ganó un Latin Grammy histórico con Identidad, álbum que contiene una onda nueva de su autoría llamada Sin contratiempos. El V-Note, una agrupación que hace vida en California, liderada por una venezolana pero integrada por tres instrumentistas estadounidenses, también toca onda nueva.

Los arreglos del maestro son posibilidades. Son negras, blancas, corcheas y semifusas esperando convertirse en algo más. Su obra es un monumento sobre el que flota una idea: buscar siempre la vitalidad de la música, que cuando es buena, envejece bien, como la que él compuso. Es verdad que la onda nueva de Aldemaro ya no es nueva… pero pasan los años y aún sigue siendo joven.

 

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Publicada original el 23 de abril de 2019 en Gladyspalmera.com. El enlace directo aquí 

 

El cuatro solía estar al extremo de la foto. Acompañaba, aportaba una base rítmica, sumaba armonías. Era fundamental, pero no protagonizaba. El instrumento venezolano por excelencia, que ya evolucionaba hacia propuestas más arriesgadas, pisó el acelerador en este siglo hasta ubicarse en primer plano, romper las amarras que lo mantenían cautivo dentro de los límites del folclor y exhibir una sonoridad que parecía inconcebible.

El cuatro, esa guitarrilla de cuatro cuerdas heredera de la guitarra renacentista, esa especie de ukelele agresivo y pieza inamovible en más del 90% de los 300 géneros tradicionales que se han cultivado en territorio venezolano, es el instrumento de Miguel Siso, ganador del Latin Grammy 2018.

Un país en sonidos

El premio al Mejor Álbum Instrumental que recibió el álbum de Siso supone el debut de la música venezolana de fusión en una vitrina de virtuosos. Su gramófono dorado es el mismo que recibieron pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el mandolinista brasileño Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés.

 

Miguel Siso
Miguel Siso

Siso, quien vive ahora en Dublín y suele tocar un cuatro triple, llamó a su obra Identidad (2018) porque procuró recoger la materia prima de su tierra para revestirla de contemporaneidad y crear una infusión con esas raíces que pudiera servir en una taza cosmopolita. Debajo de la etiqueta de world music y los artificios electrónicos, va siempre el joropo, la onda nueva, el merengue caraqueño, el calipso, la gaita de tambora zuliana y más géneros autóctonos. Es un concepto similar al que persigue su paisano Jorge Glem, uno de los más celebrados ejecutantes del cuatro.

Venezuela, Cuba y el jazz

Glem, quien el pasado septiembre hizo un concierto en Miami a dúo con Paquito D’ Rivera, acaba de grabar el primer álbum a puro cuatro y piano con el cubano César Orozco. Ambos, compañeros de tarimas y salas de ensayo en Caracas de 2006 en adelante, se reecontraron en el exilio y decidieron llevar al estudio la química que ya habían probado en directo en el local Barbès de Brooklyn y en la serie de recitales informales Guataca On The River, a orillas del Hudson.

Stringwise (2019), obra en la que conviven piezas de artistas tan disímiles como Duke Ellington, Juan Luis Guerra y Sting, supuso un desafío extraordinario para los instrumentistas: Glem y Orozco se multiplicaron a tal punto que el dúo terminó sonando como un trío o acaso un cuarteto, con el jazz como terreno común de una conversación en diferentes dialectos. De Glem, lo venezolano. De Orozco, el tumbao cubano.

Explosión cuatrera

Glem no sólo es conocido individualmente. Es miembro de un ensamble único en su estilo: C4 Trío, una agrupación de tres cuatristas y un bajista. A comienzos de 2018, Pa’ fuera, el disco que grabaron con Desorden Público, banda referencial del ska en Venezuela, se coló entre los nominados a Best Alternative Urban & Latin Rock Album, convirtiéndose en el primer trabajo basado en el cuatro venezolano en colarse en los Grammy anglosajones.

C4 Trío, que celebró sus 10 años de recorrido con la producción de un DVD en el que compartió con ídolos como Oscar D’ León y la banda Guaco, actualmente está trabajando en el estudio con el salsero nicaragüense Luis Enrique en la que sería su sexta entrega. De su catálogo también destaca un álbum titulado De Repente (2013), que hicieron con Rafael Pollo Brito, un personaje en el que conviene detenerse.

 

Pollo Brito

Los tres integrantes del C4 Trío fueron alumnos de Brito, quien no sólo es un cantante y entertainer. Es el músico cuyas innovaciones en el cuatro, especialmente su técnica para aprovechar las bondades rítmicas del instrumento, hicieron posible lo que vemos y oímos hoy. El Pollo también ha abordado el bolero desde el cuatro, y recientemente se concentró en canciones de Armando Manzanero en un larga duración que llamó simplemente Manzanero (2018).

La onda expansiva

El cuatro trascendió las fiestas populares y se volvió objeto de estudio en academias y conservatorios. A partir del 4 del cuarto mes de 2004, existe el Festival La Siembra del Cuatro, un certamen que anualmente reúne a entusiastas del instrumento, convocados por Cheo Hurtado, uno de los grandes maestros. Siso lo ganó en una edición. Antes también lo ganó Glem, quien se conoció allí con Edward Ramírez y Héctor Molina, dos finalistas del concurso, y formó con ellos C4 Trío.

Artistas como Jacinto Pérez, Freddy Reyna y Hernán Gamboa, ya fallecidos, habían hecho del cuatro mucho más que un instrumento de acompañamiento. El proceso lo continuaron músicos como Cheo Hurtado, quien destacó gracias a su trabajo como integrante del Ensamble Gurrufío, y más recientemente, Brito, quien abrió el camino por el que transita la generación de Siso, Glem y el C4 Trío.

Los miembros de C4 Trío también generan música interesante fuera de la agrupación. Héctor Molina grabó un álbum instrumental titulado Giros, en el que exploró diferentes formatos, desde un jazz trío hasta un festín de instrumentos de cuerda, arreglos de metales, formatos nunca antes probados; caprichos de arreglista. Edward Ramírez, el otro C4, ha llevado adelante una gran carrera solista.

Tras presentar una propuesta sofisticada en Parroquia (2012), Ramírez se convirtió en un investigador del joropo tuyero, una variante muy específica de ese género común en los llanos de Venezuela y Colombia. Como resultado de su pesquisa, grabó un álbum con un cuatro con cuerdas de metal —no de nylon, como es habitual— que sustituye al arpa. Luego lo llevó más lejos: junto al letrista, maraquero y cantante Rafael Pino, creó El Tuyero Ilustrado, que ha mostrado en giras por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Músicos, entusiastas y melómanos venezolanos ya miran con mala cara a quien toma un cuatro y hace acordes sencillos en el tope del mango. De cualquiera que toque el instrumento, se espera que construya una melodía y sostenga el ritmo, que agite una mano con energía y descienda con la otra por el diapasón retando la fuerza de sus dedos como un gimnasta. El cuatro cambió para siempre.

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Texto concebido para Kurrentmusic.com

Es diciembre de 2012, vísperas de Navidad. Su mánager, su familia, casi todos le dicen que no lo haga. Tiene tiempo, dinero y ganas, pero le dicen: “Nat, no”. Ella ignora las advertencias, se sube a un avión y, sin protocolos, aparece risueña en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas para sorprender al público de Los Amigos Invisibles, amigos suyos, que tocan en casa.

No es una visita promocional, no suma nada metálico, no es estratégica para su casa disquera, pero ella, aún siendo una artista grande, muy exitosa dentro y fuera de México —el megamercado hispanoamericano—, quería. Por buena vibra, buena nota, porque sí, sirvió de apertura a la banda funk venezolana sin figurar en la promoción o los boletos para los shows, sin su banda ni ayudantes ni nada. Gustosamente, fue un suvenir, un estupendo regalo que el sexteto le ofreció a su audiencia.

Así es Natalia Lafourcade, una artista veracruzana que parece crecer de manera sostenida en todas las direcciones pero sobre todo hacia adentro. Si alguien apostó a su caducidad en los tiempos del boom que generó “En el 2000”, perdió. Perdió todo.

Contaba 20 añitos cuando irrumpió en la escena latinoamericana con aquel disco homónimo y canciones como “Te quiero dar” y “Elefantes”, que tomaban un poquito del rock, algo del bossa y generaban un bocadillo dulce que parecía el postre y resultó ser apenas un aperitivo.

Crecer

“Quería ser algo que no era yo”, ha dicho ella, ya treintañera, sobre la Natalia de aquella época. La Natalia que recibió dinero y conoció la fama, con sus mieles y amargos. La que experimentó las primeras giras extenuantes y la presión de ejecutivos que le pedían nuevas canciones. La que decidió dejar de presentarse solita en la marquesina para sumarse tres extremidades y decir: soy Natalia y La Forquetina.

Parecía un desafío muy grande, pero el talento lo puede todo, sobre todo lograr segundos discos como Casa, que ofrecía la misma medicina pero depuraba la fórmula. Canciones como esa que le dio título al disco, el otro sencillo llamado “Cuarto encima” o una a la que le puso “Gusano”, eran muestras de su evolución. De algunas se reirá ahora, pero eran parte de una búsqueda válida entre elementos electrónicos, más teclados y estridencia; todo apoyado, en su rol de productor, por Enmamuel del Real, “Meme” de Café Tacvba.

Lafourcade no tardó en mostrar su personalidad. Centenas de miles de copias vendidas de sus álbumes no alteraron su brújula. La joven atravesó un sendero que suele ser una tormenta de cinismo y salió intacta del otro lado. Cuando se quebró su Forquetina, se afianzó, rehizo su plan de vuelo y continuó sola. Pudo haber grabado un álbum muy pop, muy artificial, muy sexy, aceitar expresamente la máquina de producir lana. Pero no. Volvió de una estancia en Canadá y se dedicó a trabajar con la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz en una obra instrumental, una especie de banda sonora de una película que imaginó en su cabeza y llamó Las 4 estaciones del amor.

Hu hu hu, su disco siguiente, cerró aquella época. La pequeña Natalia de la doble colita y los lentecitos redondos se había difuminado. Viajes por Europa, Suramérica, Estados Unidos, Canadá y 14 días en Japón convertidos en documental. Colaboraciones con colegas como Julieta Venegas y la absorción de una experiencia sinfónica. De paso, por aquellos días, asumió ella el papel de productora. Oyó los temas de Mientras tú dormías (2010) y ayudó a su compatriota Carla Morrison a revestirlos para el gran público. Ya la brújula de Natalia daba para guiar a otros.

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La raíz

Es 2013. Junio está a punto de llegar a su mitad. Natalia Lafourcade llega a Caracas, casi seis meses después de aquella experiencia con sus panitas, que son como unos hermanos mayores que la cuidan, Los Amigos Invisibles. Esta vez viajó con su equipo y sus siete músicos, entre ellos un moreno local, el caraqueño Gustavo Guerrero, ex líder de una banda extinta llamada Cunaguaro Soul, que se ha convertido en su gran aliado y director musical.

Llegó para presentar en Venezuela un disco nuevo que dedicó completamente a Agustín Lara. Todo está listo para comenzar. Suena musiquita genérica con volumen bajo, los instrumentos brillan desde el escenario. El público llenó esa misma sala que ella conoció en diciembre, la del Centro Cultural BOD. Aplauden cada tanto, pero nada. Natalia no sale. Por Twitter corre el rumor de que tuvo un accidente. Pronto saldrá un vocero al escenario a confirmarlo.

A la artista le cayó una maleta en el pie y le causó un esguince en un tobillo. Está en la clínica, la examinan, la entablillan, pero viene. Quiere tocar. Se muestra ansiosa como esta gente que la espera. Pasa un rato, que no se siente tan largo, y Natalia sale, sonríe, bromea porque ha tomado muchos analgésicos. Espléndida, le dice a todos que son guapísimos y así, moviéndose con una sola pierna del piano a otra sillita, entre guitarras, ukeleles y roadies que la ayudan, canta con su voz angelical, da un concierto para llorar de la alegría.

Así es Natalia Lafourcade, la artista que en ese momento abrió un nuevo capítulo de su vida. Un capítulo que sigue escribiéndose hoy, que no es más que un viaje introspectivo. Es una artista que no puede cantar algo que no absorban los poros de su piel, que no erice sus vellos. El sentimiento debe ser auténtico.

La misma brújula la llevó hasta la directora orquestal Alondra de La Parra, artífice del proyecto Travieso carmesí, gracias al cual Lafourcade, junto con Ely Guerra y Denise Gutiérrez (Lo Blondo), se adentró en piezas de María Grever, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Gonzalo Curiel. Mexicanísimo todo.

“De allí surgió mi inquietud y con quien más me conecté fue con Agustín Lara —decía Lafourcade en una entrevista en 2013— Él tenía mucha versatilidad de género. Podía mezclar lo mexicano con el tango y algo francés. Tenía el color y las influencias de México, con el contexto de que viajaba mucho. Y yo quiero que mi música transcienda en ese sentido, que sea muy universal pero con raíz”.

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Para Mujer divina, disco de estudio al que siguió uno en directo grabado en la Sala Telefónica Roberto Cantoral, invitó a un montón de aclamados colegas, desde Gilberto Gil hasta Vicentico (Fabulosos Cadillacs), de Miguel Bosé a León Larregui (Zoé), Devendra Banhart o Jorge Drexler, Adrián Dárgelos (Babasónicos) o Kevin Johansen. Y Álex Ferreira, Adán Jodorowsky, Rodrigo Amarante y de nuevo, Meme (Café Tacvba).

Cantaron canciones como “María bonita”, “Piensa en mí” y “Aventurera”, una estricta selección de la intérprete, que escogió única y exclusivamente lo que ella podía cantar como si lo hubiera escrito. Fue una gran fiesta latinoamericana inspirada en el eterno flaco enamoradizo, genio de letras y melodías.

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La musa

Hasta la raíz (2015), un sexto trabajo que produjo con ayuda del argentino Cachorro López y su paisano Leonel García, fue la síntesis de todo su aprendizaje hasta el momento y la demostración de su facultad para mezclar sin desentonar. El bossa, la orquestación, los boleros, la experimentación con bases electrónicas, la música tradicional mexicana y latinoamericana, todo confluyó en 12 nuevas canciones que la acompañaron cuando remendaba su corazón herido tras una ruptura amorosa.

De nuevo, la pequeña Natalia mostró su musculatura emocional. Triunfó, vendió mucho y se llevó a casa un Grammy al Best Latin Rock Urban or Alternative Album y otros dos premios en la versión hispanoamericana de esa gala. Pudo haberse dormido en la arena movediza del éxito comercial y el glamour del reconocimiento, pero su brújula la guió por un atajo.

De todos los músicos que podía llamar en el mundo para trabajar, escogió a dos señores, Juan Carlos Allende y Miguel Peña, que se hacen llamar Los Macorinos, cuyas edades ni conocía. Podrían ser sus padres o abuelos, pero Natalia quiere que su música no tenga edades. Por eso, fraguó el proyecto desde que se enamoró de ellos en una Gira de Homenaje a Chavela Vargas en la que compartió con artistas de la vieja escuela como Eugenia León, Regina Orozco y Tania Libertad.

Convivió con Allende y Peña, con su aliado Gustavo Guerrero, el productor argentino Cheché Alara y el ingeniero venezolano Héctor Castillo —conocido por sus trabajos con David Bowie, Björk, Lou Reed, Roger Waters, Gustavo Cerati— y de esa conexión mexicano-argentino-venezolana, salió una ofrenda a toda esta región que comparte tierra, humores, sentimientos y colores.

A Chavela Vargas, a Frida Kahlo, a Violeta Parra, incluso a la escritora Clarice Lispector, Natalia Lafourcade le dedicó Musas, un álbum grabado como si estuvieran todos en los años 50. Totalmente orgánico y artesanal, registrado en directo, con vihuela, charango peruano, cuatro venezolano, un bombo legüero y muchas guitarras.

Comenzaron con una lista de joyas del cancionero latinoamericano. Más de 50 temas. Lafourcade escribió varias, entre ellas el sencillo “Tú sí sabes quererme”, y tomó otras de ese catálogo inmenso como “Qué he sacado con quererte” (Violeta Parra) y “Tonada de luna llena” (Simón Díaz). Para el bolero “Tú me acostumbraste” (Frank Domínguez), invitó a la cantante cubana Omara Portuondo, brillante a sus 86 años.

No importa lo que ocurra en la escena musical. A Natalia no le importa ir contra la corriente. Cada vez pareciera tenerlo más claro. Antes de trabajar en su próxima propuesta, volverá a mirar esa brújula emocional infalible, a ver qué camino le sugiere.