Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Publicada originalmente en Gladyspalmera.com el 26 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Luis Enrique necesitaba salir de su propio guión. Quería virar el timón hacia otras aguas, guardarse en un bolsillo la etiqueta de salsero y hacer un álbum distinto, que lo presentara tocando su guitarra, abordando géneros diferentes y cantando música muy orgánica. En el camino, se encontró con el ensamble venezolano C4 Trío, que lo cautivó al punto de asociarse con él en una nueva aventura que terminó llamándose Tiempo al Tiempo.

Hubiese sido más sencillo, y quizá menos arriesgado, trabajar sobre una lista de canciones populares venezolanas y/o nicaragüenses arregladas a la medida del cantante. O hubiese resultado menos trabajoso, y probablemente más sexy desde una perspectiva comercial, construir un top 10 de sus hits para grabarlos en otros ritmos y formatos con ese despliegue de virtuosismo por el que C4 Trío es célebre. Pero no. Ninguno quiso conformarse. Casi en su totalidad, alma, corazón y esqueleto, Tiempo al Tiempo es un álbum compuesto de material inédito.

Creo que excedimos nuestras propias expectativas, comenta Luis Enrique. Los cuatro miembros de C4, por separado, dicen más o menos lo mismo. Cuentan que a cada paso que daban, la incertidumbre se iba disipando. La prueba piloto fue una canción llamada Suéltame, que el nicaragüense escribió con Fernando Osorio, un fabricante de hits como La Negra tiene Tumbao de Celia Cruz. A partir de ese joropo vestido de pop, todo fluyó.  

La gran preocupación de Rodner Padilla, bajista de C4 y productor del álbum, era desencajar a una audiencia acostumbrada a escuchar esa voz envuelta en salsa: La de Luis Enrique es una voz que la mayoría de los latinoamericanos tenemos en el ADN. La gente está acostumbrada a escucharlo acompañado por cierta sonoridad. Todo eso va junto. Entonces, el reto era hacer un disco con este grupo de tres cuatros y un bajo, que respetara su esencia y al mismo tiempo nos permitiera proponer musicalmente algo distinto.

Al igual que Suéltame, Ay de Mí, la primera pista del álbum, camina sobre un joropo. Comienza con una base de chacarera argentina antes de revelar sus verdaderos colores en pinceladas del C4 Trío. La agrupación integrada por Padilla y el tridente que conforman Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem despliegan su arsenal, valiéndose de trucos y artificios que hacen del cuatro un instrumento melódico y rítmico, que acompaña, canta y adorna.

A la alineación, para acentuar los golpes de joropo, sumaron al maraquero Juan Ernesto Laya, pieza del Ensamble Gurrufío, un ensamble de música folclórica venezolana que por estos días celebra 35 años de existencia. También llamaron al versátil Diego El Negro Álvarez, un estudioso de la percusión afrovenezolana que además ha sido cajonero de grandes figuras del flamenco, entre ellos el bailaor Joaquín Cortés. Su presencia sirvió para aderezar canciones como Sirena, una salsa con aroma de flamenco en la que sale de relieve un solo mágico de la armónica del brasileño Gabriel Grossi, conocido por su trabajo con el mandolinista carioca Hamilton de Holanda.

Luis Enrique salió de su hábitat para adentrarse en ritmos venezolanos, entre ellos la tonada. Pero la que cantó no fue una tonada de Simón Díaz, autor referencial de ese género llanero, sino de César Gómez, otro apasionado de la tradición venezolana. La Tonada de la Melancolía refleja la sensibilidad del cantante, que logró sumergirse en ese universo de nostalgia bucólica como si le fuera propio. 

Sentir estos ritmos es fundamental para poder entrar en ellos sin dejar de ser uno. No soy ni pretendo ser cantante de joropo autóctono. Más bien quiero ser yo y quizás, dentro de mis posibilidades, tener un acercamiento diferente, dice el músico, que además asumió el rol de productor, percusionista y guitarrista durante las sesiones.

Canciones como Tiempo al Tiempo, la que le dio título al álbum, fueron compuestas durante el proceso. Aunque tanto esa como Suéltame, Sirena y Ay de Mí parecieran tener más cualidades de hit radial, el tema promocional que escogieron es otra llamada Añoranza, una contradanza zuliana que se convierte en gaita de tambora, una plegaria bailable generada en una suerte de taller entre Luis Enrique, Padilla, Molina y un invitado conocedor del género: el cantautor Jorge Luis Chacín, conocido por su vínculo con Guaco. La razón por la cual se decantaron por esa canción es su trasfondo social. Luis Enrique y sus colegas venezolanos de C4 reclaman tiempos mejores para sus respectivos países de origen: Sé que pronto llegará ese día/ oye, tierra mía, que cambies de color.  

C4 Trío preservó una tradición. Cada vez que el ensamble ha grabado un álbum de colaboración, como los que hicieron con Rafael Pollo Brito o Gualberto Ibarreto, héroe del folclor venezolano, o con Desorden Público, referencia del ska latinoamericano, han dejado al menos una pieza instrumental. Esta vez agregaron Vértigo, una canción que tiene una energía particular, quizá porque la heredaron de su amigo Gustavo Márquez, ex bajista del grupo que falleció prematuramente en 2018. La otra es Merengue Today, una osadía típica de Jorge Glem, que buscó un cruce entre el merengue caraqueño y el son cubano.  

Parecía que el disco quedaría así: un recorrido de ocho canciones que comenzaba con un joropo animado pero no frenético, que atravesada tempestades y melancolías, y que culminaba en una salsa con mensaje positivo y la invitación a bailar. Pero Rodner Padilla, quien asumió el liderazgo en la producción musical, insistió en agregar una versión joropeada de “Date un chance”, hit salsero de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano, que se sumó como un bonus track de un álbum experimental que tradujo musicalmente la camaradería de un artista y un ensamble.

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Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Publicada original el 23 de abril de 2019 en Gladyspalmera.com. El enlace directo aquí 

 

El cuatro solía estar al extremo de la foto. Acompañaba, aportaba una base rítmica, sumaba armonías. Era fundamental, pero no protagonizaba. El instrumento venezolano por excelencia, que ya evolucionaba hacia propuestas más arriesgadas, pisó el acelerador en este siglo hasta ubicarse en primer plano, romper las amarras que lo mantenían cautivo dentro de los límites del folclor y exhibir una sonoridad que parecía inconcebible.

El cuatro, esa guitarrilla de cuatro cuerdas heredera de la guitarra renacentista, esa especie de ukelele agresivo y pieza inamovible en más del 90% de los 300 géneros tradicionales que se han cultivado en territorio venezolano, es el instrumento de Miguel Siso, ganador del Latin Grammy 2018.

Un país en sonidos

El premio al Mejor Álbum Instrumental que recibió el álbum de Siso supone el debut de la música venezolana de fusión en una vitrina de virtuosos. Su gramófono dorado es el mismo que recibieron pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el mandolinista brasileño Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés.

 

Miguel Siso
Miguel Siso

Siso, quien vive ahora en Dublín y suele tocar un cuatro triple, llamó a su obra Identidad (2018) porque procuró recoger la materia prima de su tierra para revestirla de contemporaneidad y crear una infusión con esas raíces que pudiera servir en una taza cosmopolita. Debajo de la etiqueta de world music y los artificios electrónicos, va siempre el joropo, la onda nueva, el merengue caraqueño, el calipso, la gaita de tambora zuliana y más géneros autóctonos. Es un concepto similar al que persigue su paisano Jorge Glem, uno de los más celebrados ejecutantes del cuatro.

Venezuela, Cuba y el jazz

Glem, quien el pasado septiembre hizo un concierto en Miami a dúo con Paquito D’ Rivera, acaba de grabar el primer álbum a puro cuatro y piano con el cubano César Orozco. Ambos, compañeros de tarimas y salas de ensayo en Caracas de 2006 en adelante, se reecontraron en el exilio y decidieron llevar al estudio la química que ya habían probado en directo en el local Barbès de Brooklyn y en la serie de recitales informales Guataca On The River, a orillas del Hudson.

Stringwise (2019), obra en la que conviven piezas de artistas tan disímiles como Duke Ellington, Juan Luis Guerra y Sting, supuso un desafío extraordinario para los instrumentistas: Glem y Orozco se multiplicaron a tal punto que el dúo terminó sonando como un trío o acaso un cuarteto, con el jazz como terreno común de una conversación en diferentes dialectos. De Glem, lo venezolano. De Orozco, el tumbao cubano.

Explosión cuatrera

Glem no sólo es conocido individualmente. Es miembro de un ensamble único en su estilo: C4 Trío, una agrupación de tres cuatristas y un bajista. A comienzos de 2018, Pa’ fuera, el disco que grabaron con Desorden Público, banda referencial del ska en Venezuela, se coló entre los nominados a Best Alternative Urban & Latin Rock Album, convirtiéndose en el primer trabajo basado en el cuatro venezolano en colarse en los Grammy anglosajones.

C4 Trío, que celebró sus 10 años de recorrido con la producción de un DVD en el que compartió con ídolos como Oscar D’ León y la banda Guaco, actualmente está trabajando en el estudio con el salsero nicaragüense Luis Enrique en la que sería su sexta entrega. De su catálogo también destaca un álbum titulado De Repente (2013), que hicieron con Rafael Pollo Brito, un personaje en el que conviene detenerse.

 

Pollo Brito

Los tres integrantes del C4 Trío fueron alumnos de Brito, quien no sólo es un cantante y entertainer. Es el músico cuyas innovaciones en el cuatro, especialmente su técnica para aprovechar las bondades rítmicas del instrumento, hicieron posible lo que vemos y oímos hoy. El Pollo también ha abordado el bolero desde el cuatro, y recientemente se concentró en canciones de Armando Manzanero en un larga duración que llamó simplemente Manzanero (2018).

La onda expansiva

El cuatro trascendió las fiestas populares y se volvió objeto de estudio en academias y conservatorios. A partir del 4 del cuarto mes de 2004, existe el Festival La Siembra del Cuatro, un certamen que anualmente reúne a entusiastas del instrumento, convocados por Cheo Hurtado, uno de los grandes maestros. Siso lo ganó en una edición. Antes también lo ganó Glem, quien se conoció allí con Edward Ramírez y Héctor Molina, dos finalistas del concurso, y formó con ellos C4 Trío.

Artistas como Jacinto Pérez, Freddy Reyna y Hernán Gamboa, ya fallecidos, habían hecho del cuatro mucho más que un instrumento de acompañamiento. El proceso lo continuaron músicos como Cheo Hurtado, quien destacó gracias a su trabajo como integrante del Ensamble Gurrufío, y más recientemente, Brito, quien abrió el camino por el que transita la generación de Siso, Glem y el C4 Trío.

Los miembros de C4 Trío también generan música interesante fuera de la agrupación. Héctor Molina grabó un álbum instrumental titulado Giros, en el que exploró diferentes formatos, desde un jazz trío hasta un festín de instrumentos de cuerda, arreglos de metales, formatos nunca antes probados; caprichos de arreglista. Edward Ramírez, el otro C4, ha llevado adelante una gran carrera solista.

Tras presentar una propuesta sofisticada en Parroquia (2012), Ramírez se convirtió en un investigador del joropo tuyero, una variante muy específica de ese género común en los llanos de Venezuela y Colombia. Como resultado de su pesquisa, grabó un álbum con un cuatro con cuerdas de metal —no de nylon, como es habitual— que sustituye al arpa. Luego lo llevó más lejos: junto al letrista, maraquero y cantante Rafael Pino, creó El Tuyero Ilustrado, que ha mostrado en giras por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Músicos, entusiastas y melómanos venezolanos ya miran con mala cara a quien toma un cuatro y hace acordes sencillos en el tope del mango. De cualquiera que toque el instrumento, se espera que construya una melodía y sostenga el ritmo, que agite una mano con energía y descienda con la otra por el diapasón retando la fuerza de sus dedos como un gimnasta. El cuatro cambió para siempre.

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

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Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

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Un tuyero ilustrado y trasatlántico

Un tuyero ilustrado y trasatlántico

A El tuyero ilustrado no le bastó con dejar su hábitat natural. No se conformó con abandonar el pueblo y conquistar la ciudad. Ya Caracas no la ve grandísima como antes. Ya viajó a Estados Unidos, a Panamá y reunió coraje para hacer maletas, meter su sombrero y sus maracas, y cruzar el océano. El tuyero ilustrado ya es eso que llaman un hombre de mundo.

En medio del vertiginoso retroceso que sufre el país, remando con fuerza contra la corriente, están sus músicos. Algunos de ellos se han dedicado a estudiar la raíz tradicional, esa fuente en la que Venezuela parece más venezolana, para construir a partir de ella una pieza de exhibición, acabada y depurada, vestida para salir a la calle, a la ciudad y al extranjero en pleno siglo XXI.

El tuyero ilustrado, que este mes será llevado a rinconcitos de Portugal, Alemania, España y Luxemburgo (*), tiene dos extremidades. Rafael Pino, músico y letrista, que en este contexto hace de cantante y maraquero (maraca y buche, en jerga tuyera), tiene rato estudiando esta forma de joropo. Ya conocía el oriental y sobre todo el llanero, cada uno con sus particularidades, instrumentos, mensajes, estructuras y humores. El tuyero lo experimentó gracias a un proyecto del pianista Víctor Morles, que dejó como registros los discos Natural (2009) y Joropos (2015).

La otra pata es Edward Ramírez, miembro de C4 Trío que comenzó por ponerle cuerdas de metal a un cuatro y, tras años de investigación casi antropológica y desde luego musical, cometió el fascinante sacrilegio de despojar del arpa al joropo tuyero, ese que se baila sobre todo en los estados centrales —Carabobo, Miranda, Aragua. Tengamos en cuenta que el arpa de cuerdas metálicas reina en este género, que quizá es el único de la tradición venezolana que precisamente deja al cuatro en el banquillo. Esa búsqueda —que resulta hasta reivindicativa, viniendo de un cuatrista— devino en un álbum titulado Cuatro maraca y buche (2014). También dejó una pizca de sus resultados en Pa’ fuera, de C4 Trío y Desorden Público.

Pino y Ramírez, ambos caraqueños, actuaron juntos en el Festival Caracas en Contratiempo de Guataca y estuvieron joropeando en directo lo suficiente para darse cuenta de que debían ir juntos al estudio. Compusieron nueve canciones, escogieron otras dos del baúl del folclor y las arreglaron a su gusto. El álbum, que respira soltura, la soltura de quien ya conoce bien las aguas que navega, fue grabado en simultáneo —como graba la gente seria— en dos sesiones de abril de 2016 en el Paraninfo Luisa Rodríguez de Mendoza de la Universidad Metropolitana de Caracas a través de las consolas de Vladimir Quintero y Rafael Rondón.

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“El acercamiento hacia los padres de este género ayuda mucho”, se refiere Pino a maestros como Mario Díaz, Yustardi Laza y Pedro Sanabria: “Luego viene esa especie de deconstrucción hacia donde lo vemos nosotros, que es la raíz o el ángel de la manifestación local proyectada en el 2017 y frente a un mercado que oye salsa, merengue y quizá le gusta ‘Despacito’ de Luis Fonsi”.

Pino, formado en talleres de la Fundación Bigott y la escuela Ars Nova y curtido en las filas de agrupaciones como Vasallos del Sol y Herencia, quiso poner el énfasis en las letras. Son versos ingeniosos que hablan de despechos, amoríos y comedias disparatadas, con metáforas y pinceladas poéticas. Son historias de todos los días, como diría Ilan.

“El aguacate” es una suerte de fábula vegetal. Un aguacate se vuelve el dictador de la verdulería, como los cerdos de Rebelión en la granja de George Orwell. Con su traje verde, vendió un tropical mensaje, acoquinó a la parchita, manipuló a las demás y cometió fruticidios. Como buen hijo de fruta, bicho y malintencionado.

“Mi mejor amiga” es la historia de Joselo, un tipo enamorado de una mujer que lo considera perfecto, el mejor partido, inmejorable, pero no lo quiere. Es el cabrón de las telenovelas. No te vistas que no vas, dice un coro que fue un lujazo: Pino la canta a dúo con el sonero Marcial Iztúriz y en el fondo se juntan las voces de Betsayda Machado, César Gómez y Huguette Contramaestre. Todo esto con el bajista Gustavo Márquez (C4 Trío), el baterista Adolfo Herrera y el percusionista Yonathan Gavidia. ¡Ah, e Ismael Querales —maestro de la bandola— colaboró con unas maracas! ¿Quieren ver la grabación? Denle click al título de la canción.

“Carta en rima a Carolina”, la primerita, es una buena antesala porque muestra cada ingrediente en justas medidas. Es un cortejo inocente, de los de antes, pero en forma epistolar porque enfrenta la distancia como muchos romances venezolanos que se rompieron en estos tiempos producto de la diáspora. Esto va en un traje contemporáneo, en un roce con el world music que se valió de todos los implicados ya mencionados pero con un impecable arreglo de metales. Otro lujazo: Pablo Gil (saxofón), Noel Mijares (trompeta, Desorden Público) y Joel Martínez (trombón).

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Nada está fuera de sitio. La instrumentación va de lo más simple y llano, como la tierna “Claro de luna”, a lo más complejo y experimental, verbigracia “El infortunio”, la historia de un hombre con mala suerte, un salao’, que es una especie de joropo jazzeado. Sí, así como lo leen. “Tristemente célebre” habla de La Rotunda, la prisión tortuosa de los tiempos del general Juan Vicente Gómez, y también muestra una complejidad que apunta hacia otro sitio, hacia lo clásico, por eso la presencia del flautista Luis Julio Toro (Ensamble Gurrufío).

Edward es un extraordinario cuatrista, pero es más que eso. Es un artista al que lo mueve más una melodía y un concepto que el despliegue de su técnica. Escogió los cuatros de acuerdo a cada canción: tocó el “normal”, el de las cuerdas metálicas y hasta uno electroacústico muy procesado, con efectos de delay y otros artificios.

Lo que suena en temas como “Amanecer tuyero” es el uso, con intenciones expresionistas, de unos pedales de efectos concebidos para la guitarra pero en este caso aplicados a su instrumento. Eso también se percibe en “Viernes de quincena”, una en la que participaron el cantautor José Delgado, el guitarrista Aquiles Báez, Jhoabeat —el mago del beatboax— y Horacio Blanco (Desorden Público) como recitador-locutor.

La página web de El tuyero ilustrado muestra cómo los músicos cuidaron cada detalle. La pestaña ‘Vea y escuche’ da acceso a una habitación en la que conviven todas las canciones. Es posible entrar y hacerlas sonar mientras se lee las letras. Cada una está acompañada de una ilustración. Una de las ideas de Pino y Ramírez fue involucrar en el proyecto a artistas gráficos que tradujeran sus músicas y letras en dibujos.

“¡Por qué no pensar la música venezolana como se piensa el merengue dominicano, que es un género tradicional que maestros como Juan Luis Guerra lo han realzado de una manera tan elegante!”, exclama Edward Ramírez sin una chispa de soberbia. Porque soberbia es lo que no se ve por ningún lado en esta obra tan colaborativa, que combina con mucha sutileza lo simpático y lo sofisticado, la sabiduría y la gracia, la tradición y la contemporaneidad. ¡Buen viaje, Tuyero Ilustrado, tráenos jamón ibérico y vino!

 

¡PILAS! Recientemente Rafa Pino y Edward Ramírez escribieron y publicaron en Youtube una gaita zuliana en la que manifiestan su preocupación frente a la crisis venezolana. Se titula “Un fusil para cada miliciano”

 

*AGENDA EUROPEA DE JUNIO: 

Sábado 10. Évora, Portugal. Plaza do Giraldo (Exib)

Lunes 12. Berlín, Alemania. Ballhaus

Jueves 15. Barcelona, España. Sala Sinestesia (con Cheo Hurtado): Guataca Nights

Sábado 17. Barcelona, España. Restaurante Caña de Azúcar

Martes 20. Luxemburgo. Konrad Café & bar

Viernes 23. Hamburgo, Alemania. Fux & Ganz

Sábado 24. Hamburgo, Alemania. Chavis Kulturcafé

 

FOTOS: JOSUAR OCHOA /@josuarochoa en Twitter

 

Ska con crisis de identidad

Ska con crisis de identidad

Los resultados de un experimento fantástico salieron a la luz en diciembre, aunque Venezuela, como ha ocurrido en los últimos años, estaba pendiente de cualquier otra cosa más urgente. Tras celebrar su 30 aniversario, Desorden Público, por primera vez, compartió la custodia de una criatura. No lo hizo con cualquiera; se trata de un ensamble de cuatristas que representa lo más interesante que ha ocurrido en la música venezolana en lo que va de siglo.

Esto es un ska con crisis de identidad, confiesa Horacio Blanco sobre una base que conjuga su ritmo predilecto con el joropo oriental. Es la décima pista de Pa’ Fuera, el álbum que grabaron con C4 Trío. No es una frase de relleno en procura de una rima. Es el reflejo de un (auto)cuestionamiento constante que siempre desemboca en la misma idea: la música es como la plastilina. Lo inalterable es historia.

Renombrado irónicamente “Esto NO es ska”, el tema propone una revisión de la declaración de principios que la banda presentó en su homónimo LP debut de 1988. Esto es ska, si no te gusta te vas, cantaban saltando hiperquinéticos entre los tiempos de Lusinchi y CAP II. Poco después, en su segundo trabajo llamado En descomposición (1990), seguían justificando su “ska de acá”: La música es de donde uno la toca, y yo toco lo que me provoca.

Y esta vez, ya con canas e hijos, les provocó jugar con su propia obra. La intervención de los cuatristas Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem, quien además asumió el rol de productor, hizo que la raíz tradicional se expandiera como la de un ficus centenario, como una planta trepadora que colonizó todos los rinconcitos que cedió la propuesta original. El cuatro venezolano, que ha evolucionado a un ritmo vertiginoso en los últimos tiempos, se adhirió a la esencia de Desorden Público hasta redimensionar una docena de sus canciones.

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En este universo, aquella queja escrita en 1985 se titula “¿Dónde está er futuro?” La ele por la erre, con dicción de pescador. No tiene nada de ska, ni siquiera la típica guitarra cruzada. Es un joropo oriental, con un cotorreo al estilo del cultor Hernán Marín. Después de 30 años, DP se sigue haciendo la misma pregunta: Yo no sé si ya estoy ciego o estoy muerto/ si estoy viejo, si estoy tuerto/ pero lo importante, hermano, es que aún yo no lo veo/ el futuro no lo veo. 

Antes de terminar, la modernidad arropa abruptamente la canción y se produce una sensación tipo “Englishman in New York” de Sting, que corre el riesgo de asemejarse a aquellas fusiones desechables, etiquetadas como neofolclor, enviadas con apuro a las emisoras radiales cuando entró en vigencia la ley que las obliga a poner música criolla.

A veces, lo que parece una guitarra o un sintetizador, es un cuatro procesado. Ocurre en “El tumbao de Simón Guacamayo”, en la que el ska se fue de vacaciones. La letra, que habla de un hombre-leyenda con poderes mágicos, se realza. El vocalista canta relajado, apoyado en una base rítmica que contó con dos excelsos instrumentistas invitados: el bajista Rodner Padilla y el percusionista Diego “el Negro” Álvarez.

El intro de “Combate” es como una marca registrada de C4 Trío. Es una ensoñación producida, no por una píldora sino por instrumentos acústicos. Es como el dulce típico más exquisito, pero en forma de sonido. Esa es la única pieza de Diablo (2000) y la única que no proviene de los tres discos más celebrados de DP: Canto popular de la vida y muerte (1994), Plomo revienta (1997) y el primero ya mencionado.

En ocasiones, es como si a la original se le agregara más sal, pimienta y especies, más sazón. Un cubito Maggi de cuatros explosivos. Es el caso de “CUATRO popular de la vida muerte” y “Gorilón”, que sigue siendo ska, pero confrontado por un golpe tamborero guatireño, en un arreglo concebido por Gustavito Márquez, bajista de C4 Trío.

“La danza de los esqueletos” se convirtió en el “Merengue rucaneo de los esqueletos”, que quizá hubiese sido más provechoso como número instrumental. Es una de las letras geniales de Horacio Blanco: una fábula fantasmagórica contra la discriminación en todas sus formas. Pero en la nueva versión, al convertirse en merengue caraqueño, se comprimió la métrica y el vocalista debe poner el acento siempre en una sílaba incómoda. Es un reto innecesario. Se percibe la complejidad del arreglo y su sofisticación, pero la canción sufre. Los experimentos son bienvenidos, aunque no siempre den buenos resultados.

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“Es importantísimo romper esos tabúes. La música venezolana es la hecha por venezolanos”, dijo Glem, el productor del álbum, complacido por el acercamiento, que espera, se pueda reproducir en el público. Que los fanáticos del ska se aproximen, al menos de manera tangencial, a la música criolla. Que entiendan el cuatro como un vehículo para viajar a insospechadas sonoridades.

Aunque Desorden Público jamás se había empapado de folclor, musicalmente nunca fue una isla británica o jamaiquina en Venezuela: desde que el percusionista “Oscarelo” Alcaíno llegó al primer ensayo, comenzaron a saborear ingredientes de salsa, cumbia, dance hall, merengue dominicano, guaracha… Cada uno de sus discos es resultado de esa búsqueda desprejuiciada.

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Los hits también sufrieron la metamorfosis. “Tiembla”, por ejemplo, tiene subtítulo: “De Carúpano al Callao”. Es de esas canciones que hacen vibrar a la audiencia sin importar el formato ni la ocasión. En cada presentación, sea en los Rock & MAU o en los conciertos de C4 Trío, cuando Horacio Blanco sale y canta Vivo en un lugar que despierta bajo un mismo sol, el público automáticamente se levanta de sus asientos. En Pa’ Fuera se convirtió en una suerte de calipso. Es carnavalesca y se vale de una charrasca —güiro, para los dominicanos— como en un buen tema de Juan Luis Guerra. Las trompetas abandonan el patrón original, pero esa variante las vuelve simpáticas. En fin, es un tiro al piso.

“Mal aliento”, otro de los clásicos, comienza como un reggae e incluye elementos de contradanza zuliana y un interludio de tambores con una ingeniosa poesía grotesca: Mujer hermosa, no confundas mi reproche/ mi sol, mi luna, que se eclipsan en tu boca/ Ingrata fortuna, a trueque de tus favores/ de ti se brotan, complicados los hedores. No olvidemos que esta canción es el anti-romance. La respuesta de DP a las baladas de Montaner, Guillermo Dávila y lo que mandaba en la radio de la segunda mitad de los 80.

“Allá cayó”, otro gran hit, también ha probado su efectividad para agitar multitudes. Esta crónica de la violencia criminal en Venezuela, que data de 1997, tiene varios ingredientes, incluido algo brasileño, un poquito de merengue caraqueño y quizá una pizca de joropo, pero sobre todo está basada en dixieland estadounidense.

“Valle de balas”, el encendido merengue-ska, cambió su nombre a “Valles del Tuy de balas”, porque no es ni ska ni merengue; es un joropo tuyero. Edward Ramírez, apasionado del género, tocó su cuatro de cuerdas metálicas —que emula al arpa— e invitó al cultor Mario Díaz. Es un momento interesante porque no suenan vientos ni batería. Es una versión intimista, muy rural aunque hable de Caracas. En el contrapunteo, se muestra el grito desesperado de una canción que quisiera autodestruirse: Cómo quiero a esta ciudad, por su gente maltratada/ yo la sueño más decente, más amable, más aseada/ que se acaben las pistolas que de bueno traen nada/ que algún día sea historia este pregón, esta añoranza.

“Vaya pue” es una de las apuestas más interesantes del álbum por el simple hecho de que DP, por esa única vez, le devolvió la pelota a C4. Se trata de una canción de Ramírez, del disco Entre manos (2009), que sirve de descanso instrumental en la mitad del recorrido. Es un ska tranquilo y colorido.

Pa’ Fuera no sólo reúne a dos generaciones de artistas. También conjuga expresiones musicales que regularmente no congenian, dejando a su paso un mensaje de tolerancia y admiración mutua en un país marcado por la división y la rabia. Además, persiste en la búsqueda de un sonido genuino, aunque, como una vez dijo Yordano, identidad es aquello que encuentras cuando dejas de buscarlo.

 

COMENTARIO: C4 ha logrado lo impensable. Ningún ensamble de cuatristas ha llegado tan lejos. Ha puesto de pie al público del Aula Magna de la UCV y del Teatro Teresa Carreño. Es capaz de deslumbrar a todo el que se le para enfrente. De Víctor Wooten a Dream Theather, de Jorge Drexler a Carlos Vives, todos tienen palabras de admiración hacia el ensamble.  Un latin grammy. Giras por Venezuela, Europa y Estados Unidos. Cinco álbumes —los dos primeros, más los que hicieron con Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y Desorden Público— y el que lograron en directo con agrupaciones hermanas de la Movida Acústica Urbana. También lanzaron un DVD para celebrar sus 10 años de carrera, acompañados por luminarias como Oscar D’León, entre otros. Pero —siempre hay un pero— dejo acá un consejo que nadie me ha pedido, aunque sé lo difícil de la tarea: quizá, después de siete años de Entre manos, va siendo hora de que C4 Trío edité de nuevo un disco de C4 Trío.

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque. Concierto de C4 Trío (Horacio Blanco como invitado). Cumaná, 23 de agosto de 2014