Guataca: hilo conductor de la venezolanidad

Guataca: hilo conductor  de la venezolanidad

Publicada originalmente en la revista Clímax el 8 de julio de 2019. Enlace aquí

En vísperas de un festival en homenaje a Sadel, el empresario Ernesto Rangel, principal artífice de la plataforma cultural Guataca, celebra los logros de una iniciativa que en 12 años ha generado una veintena de álbumes, incluido uno ganador de Latin Grammy, y que en la actualidad exhibe música venezolana en directo constantemente en más de 10 ciudades dentro y fuera del país 

 ***

No sabía qué hacer Ernesto Rangel la tarde del 15 de noviembre en el Mandalay Bay Center de Las Vegas cuando el músico uruguayo José Serebrier abrió el sobre y dijo que el ganador del Latin Grammy 2018 al Mejor Álbum Instrumental era Miguel Siso con Identidad, primera obra con sello de Guataca en obtener un premio en esa glamorosa fiesta de la música comercial latinoamericana. Vestido de traje y pajarita, no sabía si correr, seguir a Siso, llamar a alguien con su celular o abrazar a todos en su mesa. Casi saltaba de la alegría mientras el cuatrista tomaba su gramófono dorado y ofrecía un discurso de agradecimiento que remarcaba el progreso de la música venezolana del siglo XXI.

Es una de las mieles que ha saboreado, como mecenas y gestor cultural, en un recorrido intenso de unos 12 años, cuyo punto de partida estaría marcado por el álbum debut de C4 Trío. El primer espaldarazo que recibió de él el ensamble de Jorge Glem, Edward Ramírez y Héctor Molina, todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, fue también el primer paso firme de una plataforma cultural que comenzó a cobrar forma, adaptándose a imagen y semejanza de un movimiento extraordinario de músicos que ya conjugaban la rigurosidad de la academia y la libertad del jazz con un amor profundo por los géneros de raíz tradicional.

“Lo que vivimos en Las Vegas con Miguel fue como una certificación de que vamos por buen camino”, dice Rangel, quien también recuerda con alegría un concierto de Jorge Drexler en el Aula Magna de la UCV en 2009, en el que C4 estuvo de telonero: “Fue muy grande la emoción que sentí a ver a los muchachos, frente a una sala llena que no sabía de ellos, tocar así y ser aplaudidos de pie. A mí me dijeron que, por la bulla que se generó cuando estaban en el ‘Zumba que zumba’, Drexler les preguntó a los productores qué estaba pasando ahí afuera. Los momentos que me dan más felicidad son esos en los que veo que la gente reconoce que tenemos un talento musical especial.”

Actualmente la plataforma sin fines de lucro, que Rangel dirige junto con el músico Aquiles Báez, exhibe ese talento en Miami, Nueva York, Houston, Orlando e, incluso, ha coqueteado con Phoenix, Dallas y Minneapolis, tres plazas estadounidenses que todavía no pertenecen al circuito guataquero habitual. Lo mismo ocurre con Buenos Aires, donde está pendiente su consolidación. Panamá ha sido uno de los escenarios más constantes. En España tiene sedes en Madrid y Barcelona. Desde diciembre, Ciudad de México comenzó a funcionar. En casa, Guataca está activa en Caracas y Lechería.

“Nuestros objetivos siguen siendo dos: dar a conocer la música venezolana en el mundo y que los venezolanos nos integremos con otras culturas a través de la música”. Y aclara Rangel: “Nunca hemos querido que sea una iniciativa de venezolanos para venezolanos. Una bonita experiencia la hemos tenido en Panamá, por ejemplo, donde presentamos una noche con talento panameño, otra con música venezolana y en cada una se invita a un músico cruzado, es decir un panameño tocando con venezolanos y viceversa”.

Gracias a las semillas que ha depositado en suelo foráneo, Guataca ha trascendido el aspecto musical y suele convertirse en un punto de conexión de venezolanos que están lejos de su tierra, que viajan a ella a través del joropo, el merengue caraqueño y la onda nueva: “Nosotros representamos, no sólo la vitrina para dar a conocer la música venezolana a gente de otros lugares, sino un despertar para los venezolanos mismos que no conocen su música. Esta tragedia que nos está pasando como país nos ha hecho reencontrarnos con nuestra cultura, con la venezolanidad. Que no nos sintamos apenados por ser venezolanos. Se trata más bien de decir, con orgullo, ‘esta es nuestra música, esta es nuestra cultura’”.

El lado positivo

Formado en la Universidad Metropolitana y la Columbia University, Ernesto Rangel invierte cualquier huequito en la agenda que le deja el mundo financiero y corporativo para dedicarlo a la promoción cultural. Es un camino que se inició a partir de su amistad con Aquiles Báez, guitarrista, productor, uno de los músicos más prolíficos del país y un amante empedernido de lo autóctono.

El primer proyecto que concretaron juntos fue un álbum de Báez con el tenor Aquiles Machado en el que recorrieron algunas de las joyas del cancionero nacional en un CD/DVD que se llamó La canción de Venezuela (2005). Luego empezaron a apoyar nuevos talentos, grabar sus álbumes y servirles de catapulta. Al poco tiempo, Guataca comenzó a tener oficina y un pequeño equipo que, desde dos flancos, como sello disquero y productora de conciertos, comenzó a fijar su logotipo en el radar de los melómanos.

Antes de todo esto, en 2001, Rangel se había topado con la película Alfredo Sadel: Aquel cantor. Le impresionó a tal punto que organizó con otros compatriotas la presentación en Nueva York de la cinta, dirigida por Alfredo Sánchez Jr., hijo del ídolo. Asegura que el simple hecho de ver el documental le despertó la necesidad de difundir la cultura venezolana, en especial la música.

“Sadel es un personaje que, viviendo fuera, no sólo no olvida su país sino que siente que no puede vivir sin él —analiza—. Él busca hacer más grande a Venezuela desde su canto. Viaja a dar recitales, pero no deja de volver a casa, porque experimenta un arraigo muy fuerte, y además, ayuda a los exiliados que están luchando contra la dictadura de Pérez Jiménez. Es una fuente de inspiración para lo que hacemos hoy en Guataca”.

Por eso, a 30 años de la muerte del cantante, que se cumple este 28 de junio, han producido un festival titulado La Venezuela de Sadel, con charlas, cine-foros y un concierto que protagonizará el tenor barquisimetano Aquiles Machado, voz lírica venezolana con mayor proyección internacional de la historia.

Eventos similares se han organizado en el pasado en el marco del festival Caracas en Contratiempo, que ha celebrado la obra de baluartes como Simón Díaz, María Rodríguez, Aldemaro Romero y Gualberto Ibarreto, buscando aproximar esas personalidades a las nuevas generaciones: “No podemos avanzar si no sabemos quiénes son nuestras referencias. Tenemos un pasado glorioso en cantantes como Sadel, pero no podemos llegar más lejos si no lo conocemos”.

Aunque celebra la obra de artistas consagrados e ídolos de otras épocas, la meta principal de Guataca es cultivar para el futuro. Por ejemplo, Rangel ha generado en Nueva York encuentros de músicos venezolanos con artistas del Jazz Lincoln Center. Uno de los resultados de esas experiencias ha sido la dupla del cuatrista cumanés Jorge Glem y el acordeonista neoyorquino Sam Reider, que ya han realizado conciertos juntos y este año piensan grabar un álbum. La diáspora revela un aspecto positivo: la música venezolana nunca había estado tan presente en el extranjero.

“No hay ningún aprendizaje sin sufrimiento. Nadie crece sin esfuerzo —sentencia Rangel—. Eso está pasando con los músicos. Están en una situación vulnerable, muy compleja. El exilio es algo muy difícil. Están aquí haciendo oficios muchas veces ni artísticos, pero creo hay un crecimiento, una superación personal, una reinvención. Creo que, de lo malo, de este exilio forzado, va a quedar algo muy bueno”.

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Publicada originalmente en Gladyspalmera.com el 26 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Luis Enrique necesitaba salir de su propio guión. Quería virar el timón hacia otras aguas, guardarse en un bolsillo la etiqueta de salsero y hacer un álbum distinto, que lo presentara tocando su guitarra, abordando géneros diferentes y cantando música muy orgánica. En el camino, se encontró con el ensamble venezolano C4 Trío, que lo cautivó al punto de asociarse con él en una nueva aventura que terminó llamándose Tiempo al Tiempo.

Hubiese sido más sencillo, y quizá menos arriesgado, trabajar sobre una lista de canciones populares venezolanas y/o nicaragüenses arregladas a la medida del cantante. O hubiese resultado menos trabajoso, y probablemente más sexy desde una perspectiva comercial, construir un top 10 de sus hits para grabarlos en otros ritmos y formatos con ese despliegue de virtuosismo por el que C4 Trío es célebre. Pero no. Ninguno quiso conformarse. Casi en su totalidad, alma, corazón y esqueleto, Tiempo al Tiempo es un álbum compuesto de material inédito.

Creo que excedimos nuestras propias expectativas, comenta Luis Enrique. Los cuatro miembros de C4, por separado, dicen más o menos lo mismo. Cuentan que a cada paso que daban, la incertidumbre se iba disipando. La prueba piloto fue una canción llamada Suéltame, que el nicaragüense escribió con Fernando Osorio, un fabricante de hits como La Negra tiene Tumbao de Celia Cruz. A partir de ese joropo vestido de pop, todo fluyó.  

La gran preocupación de Rodner Padilla, bajista de C4 y productor del álbum, era desencajar a una audiencia acostumbrada a escuchar esa voz envuelta en salsa: La de Luis Enrique es una voz que la mayoría de los latinoamericanos tenemos en el ADN. La gente está acostumbrada a escucharlo acompañado por cierta sonoridad. Todo eso va junto. Entonces, el reto era hacer un disco con este grupo de tres cuatros y un bajo, que respetara su esencia y al mismo tiempo nos permitiera proponer musicalmente algo distinto.

Al igual que Suéltame, Ay de Mí, la primera pista del álbum, camina sobre un joropo. Comienza con una base de chacarera argentina antes de revelar sus verdaderos colores en pinceladas del C4 Trío. La agrupación integrada por Padilla y el tridente que conforman Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem despliegan su arsenal, valiéndose de trucos y artificios que hacen del cuatro un instrumento melódico y rítmico, que acompaña, canta y adorna.

A la alineación, para acentuar los golpes de joropo, sumaron al maraquero Juan Ernesto Laya, pieza del Ensamble Gurrufío, un ensamble de música folclórica venezolana que por estos días celebra 35 años de existencia. También llamaron al versátil Diego El Negro Álvarez, un estudioso de la percusión afrovenezolana que además ha sido cajonero de grandes figuras del flamenco, entre ellos el bailaor Joaquín Cortés. Su presencia sirvió para aderezar canciones como Sirena, una salsa con aroma de flamenco en la que sale de relieve un solo mágico de la armónica del brasileño Gabriel Grossi, conocido por su trabajo con el mandolinista carioca Hamilton de Holanda.

Luis Enrique salió de su hábitat para adentrarse en ritmos venezolanos, entre ellos la tonada. Pero la que cantó no fue una tonada de Simón Díaz, autor referencial de ese género llanero, sino de César Gómez, otro apasionado de la tradición venezolana. La Tonada de la Melancolía refleja la sensibilidad del cantante, que logró sumergirse en ese universo de nostalgia bucólica como si le fuera propio. 

Sentir estos ritmos es fundamental para poder entrar en ellos sin dejar de ser uno. No soy ni pretendo ser cantante de joropo autóctono. Más bien quiero ser yo y quizás, dentro de mis posibilidades, tener un acercamiento diferente, dice el músico, que además asumió el rol de productor, percusionista y guitarrista durante las sesiones.

Canciones como Tiempo al Tiempo, la que le dio título al álbum, fueron compuestas durante el proceso. Aunque tanto esa como Suéltame, Sirena y Ay de Mí parecieran tener más cualidades de hit radial, el tema promocional que escogieron es otra llamada Añoranza, una contradanza zuliana que se convierte en gaita de tambora, una plegaria bailable generada en una suerte de taller entre Luis Enrique, Padilla, Molina y un invitado conocedor del género: el cantautor Jorge Luis Chacín, conocido por su vínculo con Guaco. La razón por la cual se decantaron por esa canción es su trasfondo social. Luis Enrique y sus colegas venezolanos de C4 reclaman tiempos mejores para sus respectivos países de origen: Sé que pronto llegará ese día/ oye, tierra mía, que cambies de color.  

C4 Trío preservó una tradición. Cada vez que el ensamble ha grabado un álbum de colaboración, como los que hicieron con Rafael Pollo Brito o Gualberto Ibarreto, héroe del folclor venezolano, o con Desorden Público, referencia del ska latinoamericano, han dejado al menos una pieza instrumental. Esta vez agregaron Vértigo, una canción que tiene una energía particular, quizá porque la heredaron de su amigo Gustavo Márquez, ex bajista del grupo que falleció prematuramente en 2018. La otra es Merengue Today, una osadía típica de Jorge Glem, que buscó un cruce entre el merengue caraqueño y el son cubano.  

Parecía que el disco quedaría así: un recorrido de ocho canciones que comenzaba con un joropo animado pero no frenético, que atravesada tempestades y melancolías, y que culminaba en una salsa con mensaje positivo y la invitación a bailar. Pero Rodner Padilla, quien asumió el liderazgo en la producción musical, insistió en agregar una versión joropeada de “Date un chance”, hit salsero de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano, que se sumó como un bonus track de un álbum experimental que tradujo musicalmente la camaradería de un artista y un ensamble.

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

Publicado originalmente en Prodavinci.com el 15 de febrero de 2019. El enlace aquí 

Comencemos por una trivia. Aparte de ser músicos nacidos en el siglo XX, ¿qué tienen en común el jazzista estadounidense Duke Ellington, el merenguero dominicano Juan Luis Guerra, el roquero británico Sting y el gaitero zuliano Rafael Rincón González? Que sus obras, las que un químico describiría como inmiscibles —que no se mezclan—, conviven armoniosamente en Stringwise, el álbum del cuatrista Jorge Glem y el pianista César Orozco.

Stringwise es un capítulo feliz de un romance del siglo XXI: el romance del cuatro venezolano y el jazz. El cumanés del C4 Trío y el cubano, viejos compañeros de ensayos y escenarios desde los tiempos de la joven Movida Acústica Urbana, se reencontraron en Nueva York y decidieron recrear en el estudio de grabación una dinámica que había probado su efectividad en directo. Cuatro y piano, piano y cuatro, nada más. Ni percusión ni bajo; mucho menos guitarras, cuerdas o vientos.

El viaje comienza con “TakeThe A Train”. Pero este tren no suena tanto al metro que inspiró a Billy Strayhorn camino a Harlem cuando escribió el arreglo para la orquesta de Duke Ellington en 1939. El de Glem y Orozco es uno de alta velocidad que sale de Manhattan hacia algún lugar indeterminado al sur de Nueva Orleans, con algo de gipsy jazz, algo burlesque, con guiños a Venezuela y a Cuba.

Lo mismo pasa con “Englishman in New York” de Sting, que comienza apegada al reggae del arreglo original y poco a poco se va desconectando, enrareciéndose entre el bebop y el Caribe. El interludio alucinante de swing que suena en el álbum Nothing Like the Sun (1987) del líder de The Police, donde grabó un solo memorable el saxofonista Branford Marsalis, le sirvió de excusa a Orozco y Glem para introducir un joropo jazzeado. Sí, un joropo jazzeado.

Así transcurre la obra, atando falsos leitmotiv de las melodías originales que son apenas coartadas para un discurso mestizo propio. “Si tú no bailas conmigo”, original de Juan Luis Guerra, va del merengue dominicano al ritmo sincopado —“frenaíto”— del merengue caraqueño. “After The Love Has Gone”, un hit de Earth Wind & Fire que escribió David Foster con otros dos autores, comienza como balada y de pronto, sutilmente, termina convertido en onda nueva. Otras, como “Maracaibera”, de Rafael Rincón González, y el folclórico “Zumba que zumba” van en dirección contraria: se llevan la materia prima desde Venezuela y se impregnan de jazz y otras especies; se visten distinto como la gente cuando sale de viaje. Por ejemplo, el “Moliendo café” de Stringwise, que sirve de epílogo, es más tropical. Es como si el Zambo Manuel hubiese superado una pena de amor,una tristeza, y ahora, mientras pasa el resto de la noche moliendo, se bebe un ron y le encuentra la gracia a su propio despecho.

El código del jazz funciona como un umbral que les permite viajar de ida y vuelta entre dos mundos. Sólo así puede resultar homogénea semejante ensalada de canciones a la que cada uno sumó una propia rescatada de sus sendos primeros álbumes: Orozco trajo “Sueño perfecto”, dedicada a su esposa, de su Son con pajarillo (2007), y Glem desempolvó la apacible “Lesbia”, en honor a su señora madre, de Cuatro sentido (2005), el disco que editó por ser ganador del Festival La Siembra del Cuatro.

A todo lo anterior sumaron una rareza. Existe una canción del músico cubano Meme Solís que se llama “Ese hastío”. Es un bolero al que, por error, en un LP de Ray Barretto con Adalberto Santiago titulado Rican/Struction (1979) le pusieron “Piensa en mí”, como la popular composición de Agustín Lara. De esa, Glem y Orozco hacen una lectura taciturna con el cuatro sirviendo de percusión apoyando a un teclado Fender Rhodes. También, añadieron una composición recién horneada de Glem titulada “Merengue Today”, que estará incluida en otro formato en el álbum que C4 Trío está grabando —¡primicia!— con el salsero nicaragüense Luis Enrique.

Una extraña forma de comunicarse

El cuatro ha avanzado a ritmo vertiginoso en lo que va de siglo. De la escuela de los maestros que convirtieron al instrumento en más que un elemento de acompañamiento, digamos Freddy Reyna, Jacinto Pérez, Hernán Gamboa, Cheo Hurtado y otros, pasamos a la generación que entró por una puerta que abrió Rafael “Pollo” Brito. Como cuatrista, Brito fue un pionero en el aprovechamiento de las bondades rítmicas del cambur-pintón, que les enseñó a sus alumnos más ilustres, entre ellos los tres miembros de C4 Trío, incluido Glem, quizá el máximo representante de esta generación.

En tiempos recientes, la guitarrilla venezolana de cuatro cuerdas ha experimentado varias primeras veces. A comienzos de 2018, Pa’ Fuera, de Desorden Público y C4 Trío, se convirtió en el primer álbum basado en el instrumento nacional nominado a los Grammy anglosajones, los premios más publicitados de la industria musical, al menos en este hemisferio. En septiembre, Glem hizo un concierto a casa llena en el Colony Theatre de Miami con el saxofonista Paquito D’Rivera: primera vez que el cuatro juega un rol protagónico en un espectáculo en compañía de una figura de tal estatura en el latin jazz mundial. Y en noviembre, Miguel Siso, cuatrista guayanés que toca el primer cuatro triple de la historia, se convirtió en el primer venezolano en ganar el Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum Instrumental.

Stringwise, una obra que se gestó entre el local Barbès de Brooklyn y la serie de recitales informales Guataca On The River, presentada por la plataforma de música venezolana a orillas del río Hudson durante 2018, suma otro hito a la lista: es el primer álbum grabado a dúo con cuatro venezolano y piano. Existen muchos de piano y guitarra, como las dos entregas de Spain de Michel Camilo y Tomatito y el Dúo de los brasileños César Camargo Mariano y Romero Lubambo. Pero de cuatro y piano, ninguno.

El formato supone un desafío extraordinario para los instrumentistas, pero Glem y Orozco tienen, no sólo la destreza para enfrentarlo, sino la posibilidad de entablar una conversación en varios dialectos. Se multiplican a tal punto que el dúo termina sonando como un trío o un cuarteto. El cuatrista no sólo hace de cuatrista; lo hace sonar como conga, como percusión de merengue o de bolero, como guitarra española y bandola. Al pianista, que generalmente aporta acordes con su mano izquierda, le corresponde hacer los bajos. Le toca poner ese ladrillo fundamental en la base de toda la estructura para que se sostenga.

Stringwise representa el reencuentro de dos amigos muy talentosos. Orozco recuerda que Glem lo impresionó desde la primera vez que lo vio tocar con Saúl Vera. Glem dice exactamente lo mismo de Orozco, un joven formado en la Escuela Nacional de Arte de La Habana, que había llegado a Venezuela en 1997 como violinista de la Orquesta de Carabobo y que luego comenzó a abrirse camino como pianista. Corría el año 2006 y se estaba gestando un movimiento de músicos venezolanos amantes de la raíz tradicional pero formados en academias y de una incurable melomanía. Nacía C4 Trío y también el proyecto de Orozco, Kamarata Jazz, en el que Glem fue cuatrista hasta que ambos emigraron a Estados Unidos, donde finalmente decidieron darle forma de álbum a su extraña forma de comunicarse.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

tapa-CD-IDENTIDAD-3000px

Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.

 

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

ArteGiros

 

Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

NdG-MIA-ABR12-Hector-Molina---WA

Ska con crisis de identidad

Ska con crisis de identidad

Los resultados de un experimento fantástico salieron a la luz en diciembre, aunque Venezuela, como ha ocurrido en los últimos años, estaba pendiente de cualquier otra cosa más urgente. Tras celebrar su 30 aniversario, Desorden Público, por primera vez, compartió la custodia de una criatura. No lo hizo con cualquiera; se trata de un ensamble de cuatristas que representa lo más interesante que ha ocurrido en la música venezolana en lo que va de siglo.

Esto es un ska con crisis de identidad, confiesa Horacio Blanco sobre una base que conjuga su ritmo predilecto con el joropo oriental. Es la décima pista de Pa’ Fuera, el álbum que grabaron con C4 Trío. No es una frase de relleno en procura de una rima. Es el reflejo de un (auto)cuestionamiento constante que siempre desemboca en la misma idea: la música es como la plastilina. Lo inalterable es historia.

Renombrado irónicamente “Esto NO es ska”, el tema propone una revisión de la declaración de principios que la banda presentó en su homónimo LP debut de 1988. Esto es ska, si no te gusta te vas, cantaban saltando hiperquinéticos entre los tiempos de Lusinchi y CAP II. Poco después, en su segundo trabajo llamado En descomposición (1990), seguían justificando su “ska de acá”: La música es de donde uno la toca, y yo toco lo que me provoca.

Y esta vez, ya con canas e hijos, les provocó jugar con su propia obra. La intervención de los cuatristas Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem, quien además asumió el rol de productor, hizo que la raíz tradicional se expandiera como la de un ficus centenario, como una planta trepadora que colonizó todos los rinconcitos que cedió la propuesta original. El cuatro venezolano, que ha evolucionado a un ritmo vertiginoso en los últimos tiempos, se adhirió a la esencia de Desorden Público hasta redimensionar una docena de sus canciones.

pafuera500

En este universo, aquella queja escrita en 1985 se titula “¿Dónde está er futuro?” La ele por la erre, con dicción de pescador. No tiene nada de ska, ni siquiera la típica guitarra cruzada. Es un joropo oriental, con un cotorreo al estilo del cultor Hernán Marín. Después de 30 años, DP se sigue haciendo la misma pregunta: Yo no sé si ya estoy ciego o estoy muerto/ si estoy viejo, si estoy tuerto/ pero lo importante, hermano, es que aún yo no lo veo/ el futuro no lo veo. 

Antes de terminar, la modernidad arropa abruptamente la canción y se produce una sensación tipo “Englishman in New York” de Sting, que corre el riesgo de asemejarse a aquellas fusiones desechables, etiquetadas como neofolclor, enviadas con apuro a las emisoras radiales cuando entró en vigencia la ley que las obliga a poner música criolla.

A veces, lo que parece una guitarra o un sintetizador, es un cuatro procesado. Ocurre en “El tumbao de Simón Guacamayo”, en la que el ska se fue de vacaciones. La letra, que habla de un hombre-leyenda con poderes mágicos, se realza. El vocalista canta relajado, apoyado en una base rítmica que contó con dos excelsos instrumentistas invitados: el bajista Rodner Padilla y el percusionista Diego “el Negro” Álvarez.

El intro de “Combate” es como una marca registrada de C4 Trío. Es una ensoñación producida, no por una píldora sino por instrumentos acústicos. Es como el dulce típico más exquisito, pero en forma de sonido. Esa es la única pieza de Diablo (2000) y la única que no proviene de los tres discos más celebrados de DP: Canto popular de la vida y muerte (1994), Plomo revienta (1997) y el primero ya mencionado.

En ocasiones, es como si a la original se le agregara más sal, pimienta y especies, más sazón. Un cubito Maggi de cuatros explosivos. Es el caso de “CUATRO popular de la vida muerte” y “Gorilón”, que sigue siendo ska, pero confrontado por un golpe tamborero guatireño, en un arreglo concebido por Gustavito Márquez, bajista de C4 Trío.

“La danza de los esqueletos” se convirtió en el “Merengue rucaneo de los esqueletos”, que quizá hubiese sido más provechoso como número instrumental. Es una de las letras geniales de Horacio Blanco: una fábula fantasmagórica contra la discriminación en todas sus formas. Pero en la nueva versión, al convertirse en merengue caraqueño, se comprimió la métrica y el vocalista debe poner el acento siempre en una sílaba incómoda. Es un reto innecesario. Se percibe la complejidad del arreglo y su sofisticación, pero la canción sufre. Los experimentos son bienvenidos, aunque no siempre den buenos resultados.

whatsapp-image-2016-12-22-at-9-39-20-pm

“Es importantísimo romper esos tabúes. La música venezolana es la hecha por venezolanos”, dijo Glem, el productor del álbum, complacido por el acercamiento, que espera, se pueda reproducir en el público. Que los fanáticos del ska se aproximen, al menos de manera tangencial, a la música criolla. Que entiendan el cuatro como un vehículo para viajar a insospechadas sonoridades.

Aunque Desorden Público jamás se había empapado de folclor, musicalmente nunca fue una isla británica o jamaiquina en Venezuela: desde que el percusionista “Oscarelo” Alcaíno llegó al primer ensayo, comenzaron a saborear ingredientes de salsa, cumbia, dance hall, merengue dominicano, guaracha… Cada uno de sus discos es resultado de esa búsqueda desprejuiciada.

***

Los hits también sufrieron la metamorfosis. “Tiembla”, por ejemplo, tiene subtítulo: “De Carúpano al Callao”. Es de esas canciones que hacen vibrar a la audiencia sin importar el formato ni la ocasión. En cada presentación, sea en los Rock & MAU o en los conciertos de C4 Trío, cuando Horacio Blanco sale y canta Vivo en un lugar que despierta bajo un mismo sol, el público automáticamente se levanta de sus asientos. En Pa’ Fuera se convirtió en una suerte de calipso. Es carnavalesca y se vale de una charrasca —güiro, para los dominicanos— como en un buen tema de Juan Luis Guerra. Las trompetas abandonan el patrón original, pero esa variante las vuelve simpáticas. En fin, es un tiro al piso.

“Mal aliento”, otro de los clásicos, comienza como un reggae e incluye elementos de contradanza zuliana y un interludio de tambores con una ingeniosa poesía grotesca: Mujer hermosa, no confundas mi reproche/ mi sol, mi luna, que se eclipsan en tu boca/ Ingrata fortuna, a trueque de tus favores/ de ti se brotan, complicados los hedores. No olvidemos que esta canción es el anti-romance. La respuesta de DP a las baladas de Montaner, Guillermo Dávila y lo que mandaba en la radio de la segunda mitad de los 80.

“Allá cayó”, otro gran hit, también ha probado su efectividad para agitar multitudes. Esta crónica de la violencia criminal en Venezuela, que data de 1997, tiene varios ingredientes, incluido algo brasileño, un poquito de merengue caraqueño y quizá una pizca de joropo, pero sobre todo está basada en dixieland estadounidense.

“Valle de balas”, el encendido merengue-ska, cambió su nombre a “Valles del Tuy de balas”, porque no es ni ska ni merengue; es un joropo tuyero. Edward Ramírez, apasionado del género, tocó su cuatro de cuerdas metálicas —que emula al arpa— e invitó al cultor Mario Díaz. Es un momento interesante porque no suenan vientos ni batería. Es una versión intimista, muy rural aunque hable de Caracas. En el contrapunteo, se muestra el grito desesperado de una canción que quisiera autodestruirse: Cómo quiero a esta ciudad, por su gente maltratada/ yo la sueño más decente, más amable, más aseada/ que se acaben las pistolas que de bueno traen nada/ que algún día sea historia este pregón, esta añoranza.

“Vaya pue” es una de las apuestas más interesantes del álbum por el simple hecho de que DP, por esa única vez, le devolvió la pelota a C4. Se trata de una canción de Ramírez, del disco Entre manos (2009), que sirve de descanso instrumental en la mitad del recorrido. Es un ska tranquilo y colorido.

Pa’ Fuera no sólo reúne a dos generaciones de artistas. También conjuga expresiones musicales que regularmente no congenian, dejando a su paso un mensaje de tolerancia y admiración mutua en un país marcado por la división y la rabia. Además, persiste en la búsqueda de un sonido genuino, aunque, como una vez dijo Yordano, identidad es aquello que encuentras cuando dejas de buscarlo.

 

COMENTARIO: C4 ha logrado lo impensable. Ningún ensamble de cuatristas ha llegado tan lejos. Ha puesto de pie al público del Aula Magna de la UCV y del Teatro Teresa Carreño. Es capaz de deslumbrar a todo el que se le para enfrente. De Víctor Wooten a Dream Theather, de Jorge Drexler a Carlos Vives, todos tienen palabras de admiración hacia el ensamble.  Un latin grammy. Giras por Venezuela, Europa y Estados Unidos. Cinco álbumes —los dos primeros, más los que hicieron con Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y Desorden Público— y el que lograron en directo con agrupaciones hermanas de la Movida Acústica Urbana. También lanzaron un DVD para celebrar sus 10 años de carrera, acompañados por luminarias como Oscar D’León, entre otros. Pero —siempre hay un pero— dejo acá un consejo que nadie me ha pedido, aunque sé lo difícil de la tarea: quizá, después de siete años de Entre manos, va siendo hora de que C4 Trío edité de nuevo un disco de C4 Trío.

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque. Concierto de C4 Trío (Horacio Blanco como invitado). Cumaná, 23 de agosto de 2014