El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

Una Caracas que suene como esta mandolina

Una Caracas que suene como esta mandolina

Texto reproducido por Revista Ladosis

Los músicos virtuosos logran romper los grilletes de las partituras y comienzan a mirar el mundo e interactuar con él. Sienten, crean y expresan sus aspiraciones a través de sus instrumentos. Jorge Torres, joven maestro de la mandolina, lo acaba de hacer. Dibujó con sonidos la Caracas que quisiera.

En la cuerda floja, su nuevo trabajo, segundo en su catálogo de discos firmados como Jorge Torres, muestra una evolución que va más allá de su obvia capacidad para aprovechar las bondades de su instrumento. Un instrumento que fue alterado en su morfología. La de Jorge no es una mandolina habitual de ocho cuerdas. Hace rato que le sumó otras dos, como su ídolo, el gran Hamilton de Holanda.

Torres ha agudizado la expresividad de sus composiciones. Son más que armonía, ritmo y melodía; son algo real, casi palpable. Ha depurado su oficio de artesano que transmite emociones mediante sonidos hasta el punto de manifestar sus anhelos. Y le ha dedicado su álbum a Caracas, su Caracas, próxima a cumplir 450 años de su fundación.

“En esta ciudad uno siempre anda como en la cuerda floja. Todo el tiempo estamos en una corredera, en la búsqueda de un equilibrio”, dice, y me lo imagino tocando mientras cruza por el cielo de una torre de El Silencio a la otra —¿la del sonido?— como Philippe Petit, el equilibrista francés que caminó sobre una guaya entre las Torres Gemelas de Nueva York.

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Torres concibió estas 10 canciones pensando en ese formato jazz trio en el que reina su mandolina, acompañada por la percusión, algunas de Nené Quintero, otras de Abelardo Bolaños y el resto grabadas por Rolando Canónico. Y el bajo, a veces contrabajo a veces eléctrico, de Edwin Arellano. El joropo pareciera lo dominante, aunque el viaje lo inicia un merengue caraqueño. Sea cual sea el género, va todo muy separado de su forma tradicional. Avanzado, mestizo, moderno, como el tema homónimo, “En la cuerda floja”, del cual se grabó una muestra audiovisual.

“Caracas”, la segunda pista, que bien pudo darle título al disco, es una danza muy tranquila para describir una capital muy agitada. “Es lenta, evocativa, esperanzadora —comenta el autor— quizá es así como la siento”.

“Un bandolín pa’ San Benito” es, como casi toda gaita de tambora, un tema simpático. Lo más interesante es que allí la mandolina va tomada de la mano con un fagot, el de Carlos Adarmes. Curiosísima y efectiva combinación.

A Torres, cualquier anécdota, chiste o mensaje de whatsapp le enciende la chispa para una canción. “Calalú”, una onda nueva que podría servir de corte promocional del álbum —si fuese éste un álbum de esa naturaleza—, es el nombre de la productora audiovisual de su hermano, a su vez inspirado en la Madame Kalalú de Rubén Blades.

“La camisa” es un atrevimiento que escribió influenciado por lo que oía en Curitiba, en el sur de Brasil, donde estuvo estudiando. Es una samba deliciosa cuyo disparador fue un viejo chiste entre él y sus compañeros del ensamble Kapicúa, con el que inició su carrera profesional y grabó dos obras: Musikapicúa (2005) y Bravedad (2011).

A su abuela María le había dedicado “13 con 39” en Estado neutral, su primer disco como solista. Cuando la señora la escuchó, le reclamó que era muy triste. “¡A mí lo que me gusta es el joropo oriental!”. Entonces el nieto, ya fallecida la doña, le dedicó una cándida melodía que llamó “A María la de Catia”, título que al mismo tiempo es un guiño a Beto Valderrama, quien le escribió “A María La Cumanesa” a María Rodríguez.

Curiosamente, Torres, quien se considera profundamente caraqueño, siempre sintió predilección por ese instrumento que es común en el oriente del país. No tardó en hacerse seguidor de cultores sucrenses como Juancito Silva y Morochito Fuentes. De hecho, en 2006 aprovechó la invitación a un encuentro nacional de mandolinistas, celebrado en Carúpano, para aprender todo lo que pudiera de otros maestros como Cristóbal Soto y Ricardo Sandoval. Y “El toquitoca”, la primera canción que escribió en su vida, es un joropo-estribillo oriental.

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Jorge es tímido, parco. Habla más desde sus dedos. Y esto pareciera exagerado hasta que un cuento real sustenta la afirmación. Un tío suyo que vive en Alemania desde los años 80, un científico llamado Víctor Hugo Pacheco, le envió a su sobrino unos poemas que escribió. El joven no supo cómo poner en palabras lo que sintió al leer aquellas líneas. De modo que le mandó una canción suave y melancólica, pista 4 de En la cuerda floja, titulada “Heimweh”, que podría traducirse como añoranza, nostalgia por el hogar, ese guayabo que en inglés llaman homesick. Torres en ese tema, sólo en ese, se acompañó con el trombón de Pedro Carrero, de la Sinfónica Simón Bolívar.

A su esposa, la cantante Andrea Paola, le dedicó “27 de enero”, porque es su fecha de cumpleaños. Se la escribió porque debía salir de viaje y no estaría para acompañarla a soplar las velas. De modo que le dejó ese regalo inefable, como una estela de sonido que lo representa cuando está ausente.

¿Y cuál queda por nombrar? “El encierro”, un joropo adulterado, la más experimental del disco, y “En unos minutos”, un tema lento, con cierta pesadumbre, que lo inspiró la Panamericana, la vía para subir de Caracas a San Antonio de los Altos.

Ha pasado una década desde aquellos días en los que se conformó en Caracas el colectivo de ensambles instrumentales Movida Acústica Urbana, en medio del cual él parecía un muchachito recién graduado de bachiller, nada amenazante, hasta que subía a la tarima del Discovery Bar de El Rosal y dejaba a todos boquiabiertos.

Como columna vertebral de Kapicúa, siguió abriéndose pasó y editó con Guataca su primer álbum como solista, Estado neutral, el 1º de diciembre de 2011. Desde entonces ha participado en todos los Rock & MAU, como una suerte de miembro constante del All Star de esa cofradía; ha sido parte de Pepperland, el proyecto loquísimo que criolliza las canciones de los Beatles; colabora con Mi juguete es canción, disco y espectáculo infantil dirigido por Andrea Paola y basado en grandes personalidades de la cultura venezolana; y dirigió musicalmente el homenaje a Gualberto Ibarreto en el 3º Caracas en Contratiempo, devenido en álbum doble.

El contexto no le permitirá bautizar su disco esta semana. Caracas y Venezuela lo mantienen En la cuerda floja con su agitación, su apuro y su incertidumbre, pero él no se inquieta. “Ya podremos hacer el concierto”, confía el músico, que le responde a su ciudad con onda nueva, danza, joropo y merengue, como él quisiera que sonara.

 

DATO: Mientras oía el disco, se me ocurrió que sería una fabulosa banda sonora para el proyecto Caracas en 450. Y lo he comprobado. Vale la pena pasearse por fotos y textos sobre la ciudad mientras se oyen las canciones de En la cuerda floja. Son dos regalos a Caracas que pueden ir juntos.  

En la cuerda floja estará disponible en iChamo y CDBaby

 

FOTOGRAFÍAS: ÉDGAR MARTÍNEZ

AGRADECIMIENTOS A ERICK LEZAMA Y GUATACA PRODUCCIONES

Cátedra: Historia de Venezuela. Profesor: Desorden Público

Cátedra: Historia de Venezuela. Profesor: Desorden Público

Publicada originalmente en Prodavinci.com

No está completa la narración de la historia contemporánea de Venezuela si uno se conforma con libros sobre cada período presidencial, sus aciertos y desaciertos, radiografías de las crisis, ensayos sobre la correlación de fuerzas políticas, un repaso de la agenda económica y una revisión de avances y retrocesos en educación, salud y seguridad. No. No está completo el relato hasta que se les presta atención a las letras de Desorden Público.

 ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?, se preguntaban los muchachos, todavía menores de edad, en la primera presentación de la banda en un semiabandonado club campestre de El Junquito, en las afueras de Caracas. Corría el mes de julio de 1985 y estos jóvenes amantes del ska británico ya llevaban tatuada la desesperanza venezolana en el cuerpo.

Dejaron de llamarse Aseo Urbano —el nombre de su miniteca— para rendirles un punketo homenaje a los camiones de Orden Público de la Guardia Nacional, campeones en la disciplina de repartir peinillazos entre las piernas de adolescentes ociosos.

Cansados de la demagogia, la corrupción y las promesas electorales, querían que los políticos fueran paralíticos, catarsis que molestó al presidente Jaime Lusinchi. La censura del entonces Ministerio de Transporte y Comunicaciones, que consideró el tema algo “subversivo”, afianzó su carácter antiestablishment.

Respondían a las baladas románticas edulcoradas del pop venezolano de los 80 sincerándose: No sé si tu amor se lo llevó el viento, o si se lo llevó tu mal aliento. Sutilmente, se hacían eco de campañas para el uso de condones, promoviendo la planificación familiar —e insistiendo, de paso, en el sexo protegido, en plena epidemia del Sida—. Un coro, Ska-ska-ska-escápate conmigo… Se me olvidó usar el preservativo, seguido del cuento divertidísimo de una juventud interrumpida por un embarazo no deseado.

Llegó la década de los 90, cuando produjeron sus máximos hits, e inauguraron la Venezuela poscaracazo develando una abominable realidad: Somos peces del Guaire. Los caraqueños y habitantes de la capital debieron acostumbrarse a la idea de que viven en una ciudad cortada por un río de mierda. La canción cobró un nuevo significado en días recientes de este cruento 2017: la frase se volvió literal y por el despreciado Guaire nadaron manifestantes despavoridos huyendo de la represión.

En el mismo disco, titulado En descomposición (1990) y producido por Gerry Weil, aparece de antemano un personaje harto conocido en la Venezuela del siglo XXI: el hombre con la pistola, que te da lo que le pidas y a cambio de eso te quita la vida. Dieron cuenta de un Skándalo como estrategia del poder para generar desinformación. Entendieron que los peores hechos son otros que no conoceremos nosotros 

Desorden Público enfrenta una tragedia artística incontenible, activó una suerte de mina antipersonal. Sus canciones desarrollaron una inusitada musculatura. La realidad le coqueteó tanto a la sátira que ahora las dos caminan tomadas de la mano, y ellos, que quisieran verlas convertidas en retratos de un tiempo pasado oscuro, no puedan hacer nada al respecto.

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A la par de una búsqueda artística, una experimentación rítmica y armónica, un despliegue literario y la intención de envolver todo en trajes conceptuales, la gran banda de ska ha ejercido un rol de cronista de nuestro tiempo.

Sus dos álbumes más celebrados llegaron justo antes del ascenso del chavismo al poder. Canto popular de la vida y muerte (1994) venía vestido con un traje simpático y colorido —porque no todo es ni puede ser sufrimiento y destrucción—. La tierra tiembla, coreaban, cuando hablaban de la gente buena y trabajadora, su paciencia y su esperanza, su mestizaje.

Sabiamente, convocaron a La danza de los esqueletos, una ingeniosa fábula fantasmagórica contra los prejuicios y la discriminación en cualquiera de sus formas. Describieron con picardía unas cosquillas que no dan risa, y reinventaron el cortejo desganado. Imaginen un bar oscuro y un amante furtivo que no quiere esforzarse demasiado. Ve a la mujer en la barra y piensa: Quisiera que fueras como ‘el perro de Pavlov’, quisiera que babearas cuando suene la campana de mis ganas.

A pesar del abreboca luminoso y de toda la picardía que se coló con insistencia en emisoras radiales, incrustándose en la memoria colectiva de una generación completa, Desorden Público siguió advirtiendo que la nuestra es una patria mal amamantada con tetero de petróleo. Siguió advirtiendo que, en Venezuela, o brincas o te encaramas o te tragas la pólvora negra.

Para el siguiente trabajo, de cuyo lanzamiento se cumplen 20 años por estos días, decidieron sumergirse en la realidad violenta del país. Denunciarla, retratarla, condenarla. En Plomo revienta (1997) nos dibujaron en la mente la imagen de una sangre que mancha la calle, mancha la historia, mancha de lágrimas incoloras la ciudad de la madre que llora inconsolable. Y esto fue un hit. Allá cayó fue un hit que sonó hasta el cansancio, compitiendo con canciones que hablaban de la playa, el sexo, los romances, la fiesta, la vida loca.

Desde entonces, ¿de cuántos han dibujado un muñequito de tiza en la acera? En 2016, según la Fiscalía General de la República, se registraron 21.752 homicidios, para una tasa de 70.1 por cada 100.000 habitantes, que mantienen a Venezuela entre los deshonrosos primeros puestos en la lista de países con mayor violencia letal en el mundo.

En ese mismo álbum, en el que describieron en una cumbia-ska a un personaje mítico llamado Simón Guacamayo para ilustrar el universo de lo mágico-religioso en El Caribe, también bautizaron a Caracas, su ciudad, la que atraviesa el Guaire, como un Valle de balas. Caracas, la misma que actualmente está codo a codo con San Pedro Sula (Honduras) en otro sangriento ranking.

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En Desorden Público han convivido chavistas y antichavistas, y de ambos lados han recibido porrazos. Los tragos más amargos de su carrera fueron macerados desde la polarización política que creció en tiempos de Hugo Chávez. “Andanadas de odio” —cito a su vocalista y letrista Horacio Blanco— les han llegado a través de las redes sociales.

En 2011 decidieron, desde su disco Los contrarios, hacer un llamado a la tolerancia política. Celebraron el ímpetu de quienes, cuando Sale el sol, se levantan de sus camas para echar pa’ lante a pesar de la tempestad. Celebraron, con un calipso, a esos mismos próceres anónimos que siguen sobreviviendo en una Tierra de gigantes. Pero no dejaron de recordar que el poder emborracha a multimillonarios, magnates y presidentes. Y después —se preguntan— ¿quién cura esa resaca?

En un bolero-ska reflejaron cómo todo venezolano de estos tiempos llora por un dólar. En directo, suelen lanzar billetitos de Monopolio mientras hablan del lúgubre desconsuelo de quienes procuran encontrarse de frente con Benjamin Franklin en un país cuya moneda se ha devaluado vertiginosamente y donde sigue operando un férreo control cambiario desde 2003.

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Desorden Público no para. Entendió hace rato que la realidad y la sátira están de luna de miel. Todo está muy normal, corearon en uno de sus temas más recientes. ¡Una maravilla!, exclamaron, con sentido crítico, sobre una Venezuela agobiada por la inseguridad, una profunda escasez de productos básicos, una brutal inflación y un gobierno que promete que nada de eso cambiará. Todo lo contrario.

Blanco, el frontman, y más miembros de la banda, han participado en manifestaciones antigubernamentales recientes, donde el plomo también revienta, y se siguen preguntando lo mismo que hace 30 y tantos años en aquella fiesta en El Junquito: ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?

 

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque

DATO: A partir de hoy y durante todo julio, Desorden Público estará de gira por Estados Unidos. Click aquí para ver el calendario de conciertos. 

El ‘Efecto Macca’

El ‘Efecto Macca’

Hace cinco años mi padre y yo vivimos uno de los días más felices de nuestras vidas. Él esperó casi 50 años. Yo, apenas unos 15. Por primera vez estuvimos en contacto directo, sin pantallas de televisión, reproductores ni dispositivos electrónicos, sólo vista, oídos y corazones latiendo a millón, todo expuesto como si se estuviese ante un rocío de divinidad, con la música en vivo de Sir James Paul McCartney.

Íbamos camino al aeropuerto de Maiquetía y todavía no lo creíamos. Volábamos desde Caracas hacia Bogotá, viendo nubes por la ventanilla, y aún no parecía real lo que estaba pasando. Aterrizamos temprano en El Dorado —todavía pequeño, previo a las reformas que lo convirtieron en un aeropuerto grande y moderno—y fue allí, a la salida, cuando sospechamos que no era un sueño. Un agente de viajes se acercó y nos entregó un sobre con dos entradas: Paul McCartney: On The Run. Estadio El Campín. 19 de abril de 2012.

La visita de un beatle a Colombia era algo que parecía impensable hace una o dos décadas. No era concebible que un personaje de semejante estatura en el universo del espectáculo fuera a un país agobiado por el narcotráfico, la guerrilla y otros males asociados. Pero el panorama había cambiado cuando el osado empresario Fernán Martínez jugó todas sus cartas y –aunque me avergüence recurrir a tan gastado lugar común– en 28 días convirtió un sueño en realidad.

Íbamos en una furgoneta desde el aeropuerto hasta el hotel, acariciando los tickets con la cara estampada del beatle, cuando otros pasajeros alcanzaron a oír nuestra charla. Una simpática pareja de caraqueños que venía a lo mismo nos contaba cómo habían llegado hasta ellos los tentáculos de la beatlemanía. Bogotá estaba en un miércoles normal. Gente apurada y abrigada. Nosotros no. Estábamos relajados, en un día que todavía no tiene nombre en la semana. Un paseo por las nubes. El hombre, con pueril picardía, había sacado su ‘carterita’. Nos la acercó, y a nosotros, que jamás ingerimos licor antes de mediodía, nos pareció lo más lógico del mundo. ¡Salud!

Caminando por el Parque de la 93, buscamos la prensa local para cerciorarnos de que no habíamos sido víctimas de una megaestafa. Todo seguía en orden. Paul había llegado y el primer detalle que trascendió fue que pidió que lo cambiaran de hotel porque la producción cometió la cagada de alojar al músico, vegetariano y defensor de los animales, en una suite con un sofá de cuero.

Seguíamos andando, preparándonos para la inyección de adrenalina que recibiríamos la noche siguiente. ¿De qué hablábamos? De muchas cosas. Del pasado, del futuro, de béisbol y de música. De lo que hablan un padre y un hijo que se quieren mucho y de que hubiese sido ideal que estuviesen mis hermanos, que estaban concentrados en sus estudios de posgrado en otro país del mundo real.

Amaneció el jueves 19 y ya estábamos totalmente bajo el ‘Efecto Macca’. Nos habíamos pasado el switch y éramos dos adolescentes que estaban a punto de ver a su artista favorito. La ciudad parecía un Londres latinoamericano, de llovizna constante y nubes mezquinas —¡cuándo no, Bogotá!—. Ni un minúsculo rayo de sol acompañó a las 35.500 personas que se congregaron desde temprano en la tarde para esperar al beatle en el Nemesio Camacho “El Campín”, el estadio de fútbol más grande de Colombia, la casa que comparten el Independiente Santa Fé y el Millonarios.

Cubierto con un impermeable desechable, bajo la llovizna que mojaba la larga fila, Fernando, mi padre, me contaba que mi abuelo, su padre, El Pay —del que ya he escrito en este blog— estuvo en Nueva York en agosto de 1965 cuando los Beatles visitaron por tercera ocasión Estados Unidos y tocaron en el Shea Stadium. Había salido de Cumaná diciendo que no compraría nada de esos ingleses greñudos y, al ver las dimensiones de lo que generaban en la gran metrópolis, cambió de opinión y regresó con afiches, revistas, discos y una peluca. Sí, una peluca beatle llegó a Cumaná.

BeatlesCake

Acababa de ser editado el Beatles VI. El ejemplar, fechado a puño y letra por el Fernando quinceañero el 12 de agosto de 1965 —a un día del aterrizaje de los ídolos en el JFK—, permanece en la discoteca de su casa. El álbum mezclaba temas de Help, de Beatles For Sale y sencillos sueltos como “Yes It Is”. No olvidemos que antes de Rubber Soul (1966), Capitol Records, filial de EMI en Estados Unidos, editaba sus canciones con diferente orden, carátula y juntando temas de varios discos. Luego los mismos Paul, John, Ringo y George acabaron con eso, tomaron control de todo y decidieron conceptualizar las obras, como lo hacía Sinatra.

Los que aguardaban allí, a un costado de El Campín, tuvieron una recompensa: Macca necesitaba ensayar en la prueba de sonido. Con la mitad de la potencia, revisó unos 15 temas —ninguno lo repitió en el show— entre ellos clásicos beatle como “Penny Lane”, y otros como “Coming Up”, de sus años con Wings. Sonaba la voz de Paul, la de verdad. El tipo estaba ahí, a metros de nosotros. Se oían incluso sus indicaciones a los técnicos.

Se hizo de noche y abrieron las puertas. Compramos y vestimos las franelas de la gira, nos bebimos una cerveza entre los dos —una sola para no ir al baño nunca— y nos sentamos. Un DJ comenzó a mezclar versiones de los Beatles en soul, funk y hasta salsa y merengue, algunas abucheadas por los más roqueros. Las gotas dejaron de caer y una ola humana servía de antesala.

Dos pantallas verticales de 20 metros, ubicadas a ambos lados de la tarima, mostraban collages de fotos, videos, manuscritos y dibujos. Destacaba la fachada de la casa de Fourthlin Road, Liverpool, en la que comenzó a escribir canciones con John Lennon. Cada beatle tenía su lugar especial. También los integrantes de Wings y, por supuesto, su difunta Linda, su compañera de vida y madre de sus hijos.

Fernando, el jovencito que tenía al lado —era mi papá, ya sin canas ni arrugas— me contaba que le regaló a su novia —sería mi madre unos 15 años después— el LP Revolver (1966) recién horneado, aunque ella, con el tiempo, se revelaría como una amante casi exclusiva de la guaracha: La Billo’s, La Dimensión Latina, Celia Cruz, Los Máster… Al final se lo quedó él, que, como gran coleccionista de vinilos, siempre compraba los de los Beatles de a dos: uno para oír y otro para dejar sin destapar.

McCartney salió vestido como lo que siempre ha sido: un beatle. Un traje oscuro abotonado hasta el cuello, como los que Brian Epstein les sugirió que usaran. Después de saludar y decir hola, parceros leyendo sus apuntes de localismos y frases en castellano, comenzó “The Magical Mistery Tour”, con la banda que ya tenía más de 10 años de ruta y que nació tras la grabación del disco Driving Rain. Abe Laboriel Jr., hijo del reconocido bajista, en la batería; Rusty Anderson en guitarra; Brian Ray en guitarra y bajo; y el tecladista Paul “Wix” Wickens, que lo acompaña desde 1989.

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Al principio no era precisamente exaltación lo que se experimentaba. Era un montón de bocas abiertas ante una leyenda. Un shock. Canciones como “Junior’s Farm”, “Jet”, “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, “Mrs. Vandebilt” y la homónima “Band on The Run” nos recordaban que estábamos todos celebrando los 40 años del disco más exitoso de su etapa con Wings. Esas piezas aparecían entre clásicos de los Beatles, como “All My Loving”, “Got To Get You Into My Life” y “The Night Before”, en los que Paul tocaba su bajo Hoffner de siempre y mi papá se secaba las lágrimas por debajo de los lentes.

Fernando me había contado que de adolescente, en Cumaná y en plena beatlemanía, se subía a la terraza de la casona donde se crió y, desde el techo, alargaba la antena de su radio Phillips, moviéndose y apuntando hacia el norte, procurando captar emisoras trinitarias que, al ser la isla una colonia británica, iban un paso adelante en la promoción de los nuevos hits de los Fab Four. Al verlo allí, podía imaginarlo de muchacho, a mediados de los años 60, allá en un rincón de Venezuela, bien al este y a orillas del mar, pescando estas mismas canciones frescas en el espectro radial.

Cuando cuenta esa anécdota, suele detallar que “Paperback Writer” la oyó por primera vez así. Y ahora Macca la estaba tocando frente a él, usando la misma guitarra con la que grabó. Después subió a un piano de cola negro, desde el que entonó “The Long and Winding Road” y la balada “My Valentine”, de Kisses On The Bottom, su álbum más reciente en ese entonces —no había editado New. A Linda le dedicó “Maybe I’m Amazed”, a Lennon le cantó “Here Today” y a George Harrison le dedicó su versión de “Something” con ukulele, similar a la del Concert for George. También tomó una mandolina para “Dance Tonight” y sorprendió con “Hope Of Deliverance” y “And I Love Her”, en modo intimista; todo lo intimista que se puede ser frente a 30 y pico mil personas.

Es difícil determinar el clímax cuando se trata de un show de Paul McCartney, que suelta consecutivamente canciones como “Ob-La-Di-Ob-La-Da”, “Back In The USSR” y “I’ve Got a Felling”, y luego, sin respiro, sigue con “Let It Be”. La concentración de energía y sentimientos resultaba aplastante para nosotros, que sólo agitábamos los brazos y aplaudíamos porque cantar desde el público en un show así es un pecado. En “Live And Let Die” nos deslumbraron los fuegos de artificio, la iluminación a toda mecha y el ritmo vertiginoso de una persecución de James Bond. El corazón se nos salía por la boca y ahí, cuando creímos alcanzar la cima, sonó “Hey Jude”.

Papá, poco habituado a este tipo de shows masivos, creyó que la fiesta se había acabado. Pero era el primer encore y faltaba mucho. No tardó en llegar “Lady Madonna”, que abordó desde su piano vertical con motivos psicodélicos, antes de seguir con las enérgicas “Day Tripper” y “Get Back”. Puro lomito. Ya habían pasado casi dos horas y media de espectáculo cuando el beatle tomó su guitarra acústica y nos regaló “Yesterday”.

Macca es uno de esos artistas que parecen menos nerviosos que su público. Un tipo feliz de hacer lo que hace. Bromeaba, siempre sonriente, y le bajaba a la presión. Era como si nos dijera: no se lo tomen tan en serio. También hablaba bastante en castellano. Preguntó si deseábamos más rock y nos complació con “Helter Skelter”. Su voz estaba sonando mejor que cuando comenzó el show. Para despedirse con un tono rocanrrolero y glorioso, se sumergió en la suite final de Abbey Road, el último que grabaron los Beatles, que parte por “Golden Slumbers”, pasa por “Carry That Weight” y culmina a modo ceremonial con “The End”. Cerca de la medianoche, el sueño terminó. El ‘Efecto Macca’ pasó y todos volvimos a tener edades distintas. Todos menos Paul.

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FOTOS: http://www.paulmccartney.com

 

 

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

El público, acostumbrado a la impuntualidad, apenas se distribuía a su gusto sobre el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar cuando apareció Gustavo Cerati como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro con antifaz, como en la fachada de su nueva edificación, Fuerza natural.

Desde el primer tema, que le da título a su más reciente producción, comenzaron a desfilar guitarras por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Parker Fly negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del músico argentino es una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó el sábado en la universidad no es el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el de camisas ligeras de cuadros de Siempre es hoy, ni el artista playero relajado de Bocanada.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después de manipular una guitarra española —imagen poco común en su carrera—, para exprimirla y sacarle “Cactus”, dijo: “Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión: un tema de Bocanada“.

Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil”, cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. Pero la euforia del público alcanzó un primer pico con “Artefacto”, una canción dedicada a la adicción por los teléfonos celulares.

El humor particular del músico de 50 años de edad se hizo presente. De un momento a otro soltaba un “chévere”, un “carajo”, un “sigamos jodiendo” o un “¡muchacha!”, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y su corto vestido —y, más que nada, por sus piernas bronceadas.

El artista bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, cuando comenzó a caer una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde.

Cerati tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. Y de pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”.

Después de “He visto a Lucy” se fue tras bastidores, pero al poco tiempo volvió vestido de blanco y fumando, sin prisa. Anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993), llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira. Sin embargo, esa melodía fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de 11 episodios sinfónicos en el Teatro Teresa Carreño, en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron las bolas luminosas del fondo del escenario. La rubia corista pasó al frente para “Te llevo para que me lleves”, uno de los momentos más agitados de la velada. La introducción de “Dazed and Confused”, una suerte de tributo a Led Zeppelin, abrió el camino para “Vivo”, y en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, con el riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento sonaba a despedida, pero permaneció en tarima y preguntó: “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?”. Y siguió con “Crimen”. Cerati jugó de nuevo: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y comenzó la potente “Paseo inmoral”, que representó un clímax.

Presentó a sus músicos Leandro Fresco (teclados), Fernando Nalé (bajo), Fernando Samalea (batería) y el guitarrista que se sumó en esta gira, Gonzalo Córdoba. Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en el epílogo del reencuentro del bonaerense con sus fieles seguidores venezolanos. Esta vez no tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, ni repasó los máximos hits de su banda de siempre. Pero no fue necesario.

Reseña publicada el 17 de mayo de 2010 en el diario El Nacional

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FOTO PRINCIPAL: Cerati.com

FOTO PORTADA: Alexandra Blanco

Ser invisible

Ser invisible

El superpoder más ansiado en la Venezuela actual es el de la invisibilidad. Que a uno no lo vean contando dinero, que no lo miren con bolsas en las manos, que no se fijen en el color de tu piel. Ni la ropa ni los zapatos. Que no te veas, que no te vean. Porque si te ven, existes, y si existes, pueden hacerte daño. Amenazarte, robarte, coñacearte. Si existes, puedes desaparecer.

Este país de tradición frívola y pantallera, de mujeres arregladas y hombres con móviles colgados del pantalón como walkie-talkies, que gasta bastante en productos de belleza y aseo personal, vehículos tunea’os y tetas operadas, es ahora una nación de zombies que quisieran pasar siempre desapercibidos como Patrick Swayze en Ghost. No vaya a ser que el otro se antoje y en la lotería salga tu numerito rojo. Una cifra más.

Los astutos, adaptativos, los que entendieron las reglas del juego, las leyes de un territorio sin leyes, procuran camuflarse, pasar siempre por debajo de la mesa; intentan —esta vez sí, profesora Gisela Kozak— ser todos iguales —chéveres ni de vaina. Homogeneizarse es sobrevivir. Ser invisible es la ambición del que no tiene poder. Es el disfraz de las víctimas. Y cada día avanzamos más hacia ese estado ideal de la invisibilidad: es preciso lucir como un individuo que no tiene absolutamente nada material que ofrecer. Una cara de que no rompe un plato porque ni platos tiene. De que no lleva nada consigo ni serviría de carnada para pescar algo más grande. Nada de cuentas bancarias, nada de tíos millonarios. ¿Dólares? ¿Qué es eso? ¿Divisas? Nuestra divisa es la inexistencia.

Conviene ser hombres y mujeres sin ahorros, que podrían caerse muertos mañana y no tener quien reconozca el cadáver. Conviene ser alguien que se sabe que vive porque deambula, respira y parpadea. Nada más. Un puntico minúsculo, imperceptible, en un mar de pelabolas. Asexuado, apolítico, solitario y, en el mejor de los casos, endeudado. Las mentadas de madre siempre guardadas en los bolsillos, jamás esparcidas por el verbo y el gesto. Queremos salir del banco luciendo como quien nunca en su puta vida ha hecho una transacción bancaria. Caminar por el aeropuerto como quien jamás se ha subido a un avión y jamás lo hará. Pagar la cuenta del restaurante como quien probó bocado por primera y única vez.

Sobrevive quien suprime de su cuerpo ese olor que despiden las aspiraciones y los anhelos. El que aprende a no temblar cuando ve un uniforme verde oliva, o a ocultarse cuando oye el rugido de una motocicleta. Está condenado quien acostumbra excitar a los otros, a las hienas y los buitres, con charretera o sin ella, depredadores de lo metálico que salivan ante la sospecha de un ciervo inocente, con un Benjamín Franklin sonriente brillando en sus pupilas. Esos sí lo muestran todo, sí buscan la visibilidad y la exageran. Sí existen… y se esfuerzan por dejarlo claro. Van por pasarelas imaginarias luciendo el traje de lo postizo, lo estrambótico, lo grotesco. Un traje tejido con plata ajena.

Curiosamente, su olfato de bestias ya no los conduce a Bolívar. Prueba de esto es que después de muchos años, contamos el dinero en público. Suenan los billeticos deprimidos, chas, chas, chas… La conversación se detiene para no joder la cuenta mental apoyada en susurros nerviosos. El pulgar ensalivado y la velocidad de un cajero: ochocientos, novecientos, mil. Lucimos como narcos todos, mostrando nuestras paupérrimas fortunas. Doce o más billetes de la más alta denominación (100 Bs., para los extranjeros) a cambio de un café con leche y azúcar, si hay café, leche y azúcar.

Algunos, de tanto reprimirse y esconderse, de tanto esconder la cabeza como morrocoy asustadizo, alcanzaron un punto de hastío y adoptaron una postura desafiante ante el malandraje. Una pose de no me importa un coño. Sacan el pecho y se envalentonan, mientras evocan a todos los santos… Aunque los santos pareciera que emigraron hace años, o quizá ejercieron, porque ellos sí lo han perfeccionado, el ansiado poder de la invisibilidad.

FOTOGRAFÍA: Daniel Guarache Ocque

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; de la cara hispana de Estados Unidos, Los Lobos, que cantaban “La bamba” (Richie Valens); y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados