El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

Soda Stereo: trago argentino de caña británica

Soda Stereo: trago argentino de caña británica

Originalmente publicado en Kurrentmusic.com

Aproximarse a Cerati es adentrarse en Soda Stereo, y viceversa. Como tantos músicos de su generación, él líder de la banda más representativa del rock latinoamericano, autor de las canciones, voz, frontman y guitarra, creció musicalmente bajo el paraguas omnipresente de The Beatles. Solía recordar, como una instantánea en blanco y negro, que tres amiguitos del colegio y él, escobas en mano, jugaban a ser John, Paul, Ringo y George tocando “Twist and shout” frente a una audiencia invisible.

Más allá de sembrarle en la cabeza la imagen de una banda exitosa, una idea que cristalizó como nadie en este rincón hispanoparlante del planeta, The Beatles se colaron entre sus canciones como las ramas de un árbol invasivo. Podemos advertir su aroma en ciertos recovecos de la obra de Soda Stereo, algunas veces de una manera casi imperceptible, en otras de forma notoria. ¿Será quizá más evidente en la etapa final, en canciones como Planta” de Sueño Stereo (1995), con un solo a lo Harrison; o “Superstar”, con una melodía cercana a la “She said she said” de Lennon, o de pronto en la versión de “Ella usó mi cabeza como un revólver” del Confort y música para volar (1996) con ánimos de “I am the walrus”? 

Cuando hablamos de influencias en el arte, no nos referimos necesariamente a los guiños. Esas señas son apenas pistas para resolver el acertijo. Coordenadas para ubicarnos en la cartografía de una agrupación. No hablamos de una frase de Cortázar por aquí y otra de Borges por allá, que las hay. No es el simple hecho de que Soda alguna vez soltara en directo un fragmento de “I want you (she’s so heavy)” o que al terminar “Cae el sol”, en el último River de septiembre de 1997, dejara caer un trocito del riff de “Here comes the sun”. No. Se trata más bien de una esencia que impregna consciente o inconscientemente la obra, en su concepto, en sus armonías, en su manera de encarar el oficio.

Hay muchos caminos posibles —afirmaba Cerati en televisión a mediados de la década pasada— los mismos músicos y artistas de todo tipo se dedican a investigar un poco qué ha pasado ahí, y retoman algún camino de esos. Nadie está realmente inventando nada de cero. Y encima, es música pop; no estoy pretendiendo llevar la bandera de la vanguardia ni mucho menos. Eso se lo dejo a los que realmente lo hacen. Tengo mucho respeto por ellos porque son gente que expande los límites de lo que se puede hacer”.

No es una locura afirmarlo, salvando distancias, separando las épocas y respetando las dispares dimensiones de ambos fenómenos: la historia de Soda Stereo fue bastante similar a la de The Beatles.

Ambos fueron grupos que trascendieron, se internacionalizaron y, una vez que lograron un pico de fama importante, optaron por un atajo arriesgado, su sendero y no el que dictaba la disquera, el mercado o el público. Quizá hubiese sido más fácil seguir escribiendo canciones con el corte de la primera etapa y repetir una fórmula de coros pegajosos que había dado frutos. Pero no. The Beatles no eran así. Soda Stereo tampoco. Prefirieron abrir las puertas hacia otra ruta e invitar a sus seguidores, ya era cosa de ellos si los acompañaban o no. Privaron sus ganas de hacer siempre el mejor disco posible a partir de lo que habían aprendido. Optaron por abrir el sueño stereo, crear la dimensión…

Fuera de contexto

La adolescencia de Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti transcurrió en la década de los 70, los años de Charly García con Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán, una presencia poderosa en el ambiente. Sin embargo, el primero, el compositor —lo dijo muchas veces— siempre fue más cercano a Luis Alberto Spinetta, quizá la influencia más directa, en su sonido, sus letras, su búsqueda como artista.

Curiosamente, los efectos de ese influjo del rock nacional se hicieron más palpables a partir de Canción animal(1990), con una década de por medio. En el (un)plugged de MTV aprovecharon de rendirles tributo. Dentro de una remozada y electrificada “Té para tres”, insertaron un fragmento de “Cementerio Club” del disco Artaud de Spinetta con Pescado Rabioso (1973) —por cierto, Cerati había tomado “Bajan” de ese mismo álbum para versionarla en Amor amarillo (1993), su primer trabajo como solista.

En el show transmitido en televisión y eventualmente vendido como DVD también rescataron Génesis” de La biblia (1971) de Vox Dei. Un verdadero momento de culto para los roqueros argentinos.

Al desandarlos, todos los caminos de Soda conducen a Inglaterra. Las guitarras de Ritchie Blackmore (Deep Purple) y David Gilmour (Pink Floyd) mantuvieron al jovencito Cerati bastante ocupado. También les prestaba atención a The Who, King Crimson y Yes, a lo que hacía Led Zeppelin y a lo que había dejado Hendrix, uno de los pocos estadounidense que pertenecían a su olimpo personal. Consumió la psicodelia que tanto exhalaría en el futuro. Le dio forma a sus ideas como quien juega con plastilina, formó grupitos para tocar en fiestas de amigos, musicalizó eventos del colegio, tocó blues en un bar y en otro se juntó con chicas para hacer disco y funk. Probó de todo.

Cerati, Bosio y Alberti entraron a la década de los 80 engullendo a The Police. Los discos Outlandos d’AmourReggatta de Blanc y Zenyatta Mondatta fueron producidos entre noviembre de 1978 y octubre de 1980, a dos meses de las tres presentaciones del trío británico en Buenos Aires.

Verlos en vivo fue un despertar”, confesó alguna vez Cerati, quien consideró uno de los hitos de su carrera reunirse con el baterista Vinnie Colaiuta, miembro de la banda de Sting en una larga época, y con el guitarrista Andy Summers, un protagonista de esa historia policiaca, para hacer la versión en castellano de “Bring on the night” (“Tráeme la noche”).

El álbum debut de Soda Stereo, editado en 1984, justo después de la caída de la dictadura militar y cuando todavía estaban abiertas las heridas de Las Malvinas, es consecuencia de todo el aprendizaje de ese momento. Absorbieron el sonido de Sting, Copeland y Summers, produciendo canciones como “Un misil en mi placard”, “Mi novia tiene bíceps” o “Tele-Ka”. No obstante, estaban conectados con el ska, la movida two-tone y agrupaciones como The Specials. Eso explica el sonido disparatado de “Te hacen falta vitaminas” y sátiras como “¿Por qué no puedo ser del jet-set?” y “Dietético”. Se ubicaron en la contracultura, criticando las agendas perfumadas y las mentes descremadas.

Prefiero seguir tus pasos

David Bowie, admirado por los tres músicos, flotó sobre ellos durante todo el recorrido, no tanto en lo concreto, sino en ese afán —también muy beatle— de hacer siempre algo diferente. Soda tocó ska pero no quiso ser una banda de ska. Se ponía un traje, le gustaba, lo usaba un par de noches, y para el fin de semana siguiente ya lo echaba a la basura y se cocía uno nuevo. En sus shows como solista, Cerati solía saludar al hombre detrás de Ziggy Stardust con pequeñas píldoras de “Changes”, que lanzó en la gira de Ahí vamos (2006), o de Rebel Rebel, incrustada dentro de “La excepción” en los días de Fuerza natural (2010). Esto lo hizo en el último show que dio en su vida, en Caracas, minutos antes de la desgracia.

La Soda Stereo de Nada personal (1985) estaba más ubicada en el contexto mundial de propuestas de new wave como Siouxsie And The Banshees o Talking Heads, y mostraba los efectos del post punk que U2 cultivó en discos como Boy (1980) y October (1981). Ecos, por ejemplo, es fruto de canciones como “Out of Control” o Fire. Esa banda ya no se parecía tanto a la que grabó “Sobredosis de TV” un año antes, y estos últimos ya lucían como adolescentes con crisis de acné frente a los que hicieron el tercer disco.

Signos, de 1986, llega después de unas vacaciones del trío en Francia, España y, por supuesto, Inglaterra, la matriz. ¿Qué produjeron al volver? “Persiana americana”, “En camino”, “Final caja negra”… La banda crecía de forma acelerada y Cerati ya se daba el lujo de empezar una canción diciendo: Y sin embargo… ¿Mi favorita del disco? “En camino”.

La primera etapa, desde el debut y especialmente en Nada personal, Signos y la gira que desembocó en Ruido blanco, está marcada en el sonido y, de igual manera, en la imagen, por The Cure, banda también británica, por si acaso. El tercer álbum de Robert Smith y su pandilla de greñudos maquillados, Pornography (1982), los cautivó como a millones de jóvenes inquietos del momento, artistas y no artistas. También el sexto, The Head On The Door (1985), que contiene “In between days” y Close to me, y el séptimo, titulado Kiss me kiss me kiss me (1987), fueron obras referenciales para un montón de gente. Y el trío argentino se subió voluntariamente a esa ola simpática y dark al mismo tiempo.

El destino los acercó a Carlos Alomar, el guitarrista de Bowie, y en 1988 los músicos viajaron a Nueva York para trabajar en Doble vida, producido por el puertorriqueño que trabajó con Mick Jagger, Iggy Pop y Paul McCartney. Puros desconocidos. A medida que la música se volvía más sofisticada e introspectiva, y sus referencias más exquisitas —Corazón delator remite inequívocamente al escritor Edgar Allen Poe—, la fama crecía, pasaban del millón de discos vendidos y hacían una gira nacional de 30 shows, seguida de un extenuante periplo latinoamericano.

Un profanador

Blogs amateurs y canales fantasmales de Youtube, en su mayoría incapaces de distinguir entre el plagio y el guiño, la copia y el homenaje velado, el robo y la intención de continuar una ruta ya iniciada, suelen dudar de la autenticidad y la creatividad de Soda Stereo. Es algo así como desconfiar de la habilidad de Michael Jordan para jugar baloncesto. El arte es, en gran medida, reciclaje. Y el artista, para transmitir una idea, sentimiento, mensaje o impulso, reutiliza. Warhol no diseñó la lata de las sopas Campbell. Simplemente la cambio de sitio.

El disparador de los cuestionamientos es la secuencia de acordes que toca Cerati en su guitarra acústica en la versión de “Un misil en mi placard”, presentada en el show para MTV que devino en el disco Confort y música para volar. El ska, rescatado de su disco debut homónimo de 1984, fue juntado en una especie de mash-up con los acordes de Chrome Waves de la banda británica Ride y, así, se convirtió en otra canción.

Fue una suerte de sampleo, como el que hizo para la base de “Zoom”, que viene de New York Groove” de Hello, otra agrupación inglesa. Como hacen los literatos con obras que aprecian, extrajo fragmentos de su contexto original que adquirieron nuevos significados en sus propias historias.

El sampling y la experimentación con electrónica fue otra fuente de ideas para Cerati, más aún después de trabajar en Colores santos con Daniel Melero, disco que tuvo un efecto en Dynamo (1992), el álbum con guitarras más envenenadas de toda la discografía de Soda. Lo sintético siguió siendo importante en la caja de herramientas del artista. Lo reflejan Sueño Stereo —verbigracia, canciones como “X Playo” y Moiré— y buena parte de su obra en solitario.

La antena de Cerati fue siempre de amplísimo rango y con el tiempo se hizo más sensible, especialmente para captar recursos ajenos a la música que hacía con Bosio y Alberti. Los tres engranaban a tal punto que, aunque quisieron ser un cuarteto, les tocó permanecer siempre como trío. A punta de creatividad y buen gusto, construyeron un catálogo referencial para millones de jóvenes que, desde sótanos y garajes de América Latina, soñaron y sueñan con el rock and roll. Ahora ellos son los pilares, los The Beatles, los Pink Floyd, los The Police de muchos.

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

El público, acostumbrado a la impuntualidad, apenas se distribuía a su gusto sobre el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar cuando apareció Gustavo Cerati como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro con antifaz, como en la fachada de su nueva edificación, Fuerza natural.

Desde el primer tema, que le da título a su más reciente producción, comenzaron a desfilar guitarras por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Parker Fly negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del músico argentino es una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó el sábado en la universidad no es el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el de camisas ligeras de cuadros de Siempre es hoy, ni el artista playero relajado de Bocanada.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después de manipular una guitarra española —imagen poco común en su carrera—, para exprimirla y sacarle “Cactus”, dijo: “Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión: un tema de Bocanada“.

Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil”, cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. Pero la euforia del público alcanzó un primer pico con “Artefacto”, una canción dedicada a la adicción por los teléfonos celulares.

El humor particular del músico de 50 años de edad se hizo presente. De un momento a otro soltaba un “chévere”, un “carajo”, un “sigamos jodiendo” o un “¡muchacha!”, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y su corto vestido —y, más que nada, por sus piernas bronceadas.

El artista bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, cuando comenzó a caer una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde.

Cerati tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. Y de pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”.

Después de “He visto a Lucy” se fue tras bastidores, pero al poco tiempo volvió vestido de blanco y fumando, sin prisa. Anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993), llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira. Sin embargo, esa melodía fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de 11 episodios sinfónicos en el Teatro Teresa Carreño, en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron las bolas luminosas del fondo del escenario. La rubia corista pasó al frente para “Te llevo para que me lleves”, uno de los momentos más agitados de la velada. La introducción de “Dazed and Confused”, una suerte de tributo a Led Zeppelin, abrió el camino para “Vivo”, y en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, con el riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento sonaba a despedida, pero permaneció en tarima y preguntó: “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?”. Y siguió con “Crimen”. Cerati jugó de nuevo: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y comenzó la potente “Paseo inmoral”, que representó un clímax.

Presentó a sus músicos Leandro Fresco (teclados), Fernando Nalé (bajo), Fernando Samalea (batería) y el guitarrista que se sumó en esta gira, Gonzalo Córdoba. Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en el epílogo del reencuentro del bonaerense con sus fieles seguidores venezolanos. Esta vez no tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, ni repasó los máximos hits de su banda de siempre. Pero no fue necesario.

Reseña publicada el 17 de mayo de 2010 en el diario El Nacional

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FOTO PRINCIPAL: Cerati.com

FOTO PORTADA: Alexandra Blanco

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

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La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; de la cara hispana de Estados Unidos, Los Lobos, que cantaban “La bamba” (Richie Valens); y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

 

Lo que sonaba no parecía una guitarra. Era como el aullido de un ave primitiva. Gustavo Cerati usaba su pedalera como pintor expresionista. Hacía el amor a su Paul Reed Smith negra y brillante mientras narraba una historia ambientada en un Buenos Aires oscuro. Y no se trataba sólo de la furia entendida como un estado de ira demencial. La vieja canción —añejada en barricas durante 8 años— invitaba a los 90 a las deidades justicieras de la mitología griega. Así, comenzaba un viaje llamado Comfort y música para volar.

Lucía como Jeff Lyne (Electric Light Orquestra). Grandes lentes oscuros, abundante cabello crespo, suéter azul cielo. Relajado y abstraído, conectado con una fuerza sideral. Parecía en otro lugar, como si estuviera inconsciente de que se encontraba frente a un público cautivo en los estudios de MTV en 420 Lincoln Road de Miami, Florida.

Antes de convencerlos de hacer un especial desconectado, la cadena televisiva, principal vitrina latinoamericana de aquella época, había tocado infructuosamente las puertas varias veces. Les hubiese encantado que la banda argentina fuera la primera de una lista en la que ya estaban los Fabulosos Cadillacs, los Caifanes, Charly García, El Tri, Los Tres y Café Tacvba. Pero a Cerati no le gustaba la simple idea de “meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica”.

Soda ya era gigante, todo lo gigante que puede ser una banda de rock en castellano. Había editado Sueño Stereo (1995) y estaba de gira por Centroamérica y Estados Unidos cuando MTV los dejó hacer sencillamente lo que les viniera en gana. Ya se sentía la distancia entre Cerati, Bosio y Alberti, que se despidieron al año siguiente. Una suerte de telepatía, desarrollada a través de muchísimos ensayos y grandes presentaciones, generaba un ensamble compacto y distendido.

Soda Stereo le cedió el coro de “En la ciudad de la furia” en su versión embriagante a Andrea Echeverri (Aterciopelados), con quien compartían el tour. Una decisión acertada, claro que sí. Un dueto que rozó la perfección. La colombiana sumergida en la letra; el líder, inspirado, abrazado a su guitarra intoxicada de efectos, mirando las furias volar sobre él.

Apoyados en los hermanos Fainguersch (chelo, fagot y viola) y en el productor Tweety González (teclados y samplers), rescataron “Un misil en mi placard”. El ska, engavetado en su disco debut homónimo de 1984, fue barnizado con los acordes de “Chrome Waves” de la banda británica Ride y convertido en otra canción.

“Té para tres” fue electrificada y coronada con el riff de “Cementerio Club“, original de Luis Alberto Spinetta en Pescados Rabiosos. Al igual que “Pasos”, gozó de un terapéutico arreglo de cuerdas. Y cómo olvidar la salvajemente sexy “Entre caníbales”, que superó a su versión original. Impecable de arriba abajo.

La edición de Comfort y música para volar que esta semana cumple 20 años de su lanzamiento incluyó dos números del tramo que el trío interpretó de pie con bastante distorsión, tachándole el un al unplugged. Ambas canciones estaban todavía frescas en ese momento: “Ángel eléctrico” y “Ella usó mi cabeza como un revólver”.

Por trabas de derecho discográfico, el compacto sólo incluyó 7 de las 13 que tocaron aquella noche. Resolvieron alterar el orden para el álbum y completar con pistas que habían quedado fuera de Sueño Stereo. Primero “Sonoman“, una suerte de “Tomorrow Never Knows” instrumental del futuro que al terminar dice: “Ya se los advertí, aquí tienen música para volar”. Luego, “Planeador”, “Coral” y “Superstar”, puros lados B de lujo.

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El CD de 1996 permitía una navegación multimedia. En su PC, el público podía pasear por el living de la carátula y, al darle click a cualquier elemento, ingresar a una habitación distinta. Al pulsar el televisor, por ejemplo, se veía un fragmento del cóver de “Génesis”, canción de la banda argentina Vox Dei incluida en su disco La biblia (1971). Al husmear en otra área, se podían jugar al técnico de grabación y separar las pistas de “Coral”: oír sólo las voces o la guitarra, las maracas, la batería, el bajo.

En 2007, una vez que se desataron los nudos contractuales que impedían echar mano de cualquiera de las 13 canciones grabadas, salió al mercado una nueva edición con el orden original del show y todo su contenido, sin los bonus tracks registrados en estudio. Se agregaron temas como “Terapia de amor intensiva”, “Zoom” y “Cuando pase el temblor”, “Paseando por Roma”, “Disco eterno” y la mencionada “Génesis”, tal como aparecen en el DVD.

Comfort y música volar pareciera sonar mejor cada vez. La cita del 12 de marzo de 1996 en los estudios MTV dejó un registro de Soda Stereo en su punto más alto de creatividad, pulcritud conceptual y calidad en sus performances. Cerati tocaba y cantaba de un modo inmejorable. Era una banda muy segura de sí misma dictándole cátedra a sus contemporáneos: cómo administrar los artificios para emocionar, cómo poner cada ingrediente en su medida justa, cómo hacer curaduría de la obra propia.

Los gobiernos suelen decretar como feriados los aniversarios de batallas, natalicios de próceres y firmas de documentos independentistas. Yo, en un acto de rebeldía, he decidido declarar el 25 de septiembre, fecha de lanzamiento de esta joya, como día festivo. ¡Salud!