Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Las notas altas de la música venezolana en 20 años de Latin Grammys

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 13 de noviembre de 2019

Lo del Pollo Brito esa noche fue un atrevimiento. Rodeado por el C4 Trío, escogió el momento más apremiante, la premiere de los Latin Grammys en Las Vegas, para decir cam-bur-pin-tón con notas altas, allá donde los trastes del cuatro se hacen cada vez más cortos. Fue como un mensaje encriptado. Una manera de decir ante una pléyade de artistas latinoamericanos que gozan de su admiración: Aquí estamos, aquí está Venezuela, aquí está el cuatro venezolano.

Lo del Pollo en esa velada en la que él, el ensamble y el equipo de ingenieros encargados de su álbum De repente resultaron ganadores, fue como encestar un tiro libre con los ojos cerrados en una final de baloncesto. Se le ve el gesto de picardía en la cara (mírenlo ustedes, minuto 2:45 del video). Dicen que salió al escenario nervioso, pero cuando arrancaron los cuatros de Héctor Molina, Edward Ramírez y Jorge Glem y el bajo de Rodner Padilla, ya no lo parecía. Lo que importó fue el disfrute al tocar la música que ama en un escenario tan prestigioso, rodeado de pop y jazz, de bossa y salsa, de gente como Rubén Blades, Carlos Vives, Juanes y más ídolos de la música hispanoamericana que aplaudieron al ver la explosión de esa guitarrilla pequeña que lleva la bandera de Venezuela tatuada en la madera.

A cinco años de aquel momento, que es uno de los más memorables que ha experimentado la música venezolana en el extranjero, C4 está de regreso en Las Vegas, esta vez con un álbum experimental junto con el nicaragüense Luis Enrique, a quien los músicos admiran, todavía más, ahora que han trabajado codo a codo con él. Aspiran por tercera ocasión al Latin Grammy a Mejor Álbum Folclórico que no ganaron en 2013, cuando fueron postulados por primera vez gracias a su trabajo junto con Gualberto Ibarreto, y que también se les escapó en 2014, cuando salieron del Mandalay Bay Center saboreando una victoria distinta pero igual de satisfactoria.

Los C4 también brillan fuera de C4. En 2017, Edward Ramírez volvió a la ceremonia por una nominación sorpresiva junto con su aliado, el letrista, compositor y cantante Rafa Pino, con quien desarrolla un proyecto paralelo en el que explora una variante específica del joropo originaria de la región central de Venezuela. El Tuyero Ilustrado jamás imaginó que llegaría por su propio pulso a tal instancia, y ahí estuvo, con sus versos y su gracia, innovando a partir de una semilla muy vernácula, triunfal aunque el gramófono quedó en manos de la mexicana Natalia Lafourcade y Los Macorinos y su propuesta impecable de homenaje al folclore latinoamericano.

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Los Latin Grammys han evolucionado notablemente desde su primera ceremonia, celebrada en el Staples Center de Los Ángeles en el año 2000. La Academia Latina de las Artes y Ciencias de la Grabación, organismo conformado por artistas, productores y gente de la industria del disco —y ahora otros formatos—, entendió que debía abrirse a mercados y públicos más allá del circuito hispano de Estados Unidos. La fiesta se movió entre Los Ángeles, Miami, Nueva York y Houston hasta que encontró en Las Vegas un epicentro en el que este año cumple una década.

Las primeras citas no tuvieron casi presencia venezolana. Aparte de varias nominaciones de Oscar D’León y de las victorias del productor Alfredo Matheus por sus trabajos junto a Olga Tañón y a Marc Anthony, no ocurrió mucho más. Tímidamente, comenzaron a aparecer Los Amigos Invisibles, Montaner, Servando y Florentino y Franco de Vita, hasta que llegó Voz Veis y se llevó dos premios en 2007, año en el que también ganó el gran sonero y año anterior a la primera gran velada de la música venezolana en los Latin Grammys, donde un digno representante, sin saberlo, abrió las puertas de lo que venía.

En Houston, en 2008, Oscar D’León hizo de maestro de ceremonia de la entrega del premio honorífico a Simón Díaz. El maestro de las tonadas, vistiendo un liquiliqui, con los brazos abiertos y sin necesidad de micrófonos, y celebrado por su Caballo viejo, por su Tonada de luna llena y por tantas canciones eternas, ofreció un chispazo de su ingenio: Ustedes están oyendo/ con cariño y emoción/ a este viejito que se llama/ El Tío Simón.

En 2009 sólo triunfaron Los Amigos Invisibles y José Antonio Abreu recibió un premio honorífico. 2010 fue otra historia. Entre las victorias de Voz Veis y las de Chino y Nacho, relució un premio que puso de relieve los Tesoros de la música venezolana en la voz de Ilan Chester, quien creó un compendio de 6 álbumes divididos por regiones. Por aquellos días, el cantautor comentó que nunca se sintió tan a gusto con aquella etiqueta de El músico de Venezuela, que siempre consideró más un ardid publicitario que otra cosa, hasta que recibió ese premio por intentar —y en buena medida, lograr— un mapa completo de Venezuela en sonidos.

En 2012, María Teresa Chacín, una voz que también es vehículo de venezolanidad, le grabó un álbum a su nieto y se llevó el premio en el renglón de Mejor Álbum Infantil. En esa misma cita, Reynaldo Armas, peso pesado del joropo llanero, llegó con su Caballo de oro y, cabalgándolo, se llevó el Latin Grammy del folclore. 2013, año de la postulación de C4 y Gualberto, creció considerablemente el número de venezolanos reconocidos, entre ellos Yordano, quien obtuvo esa vez la primera de sus dos postulaciones.

El 2014, mismo año de la proeza del Pollo y C4 Trío, el maestro Juan Vicente Torrealba también fue honrado con un Premio a la Excelencia Musical por su obra, por su Rosario, por La potra Zaina, El concierto en la llanura y muchas otras piezas valiosas.

El año pasado se demostró que lo del cuatro venezolano no ha sido golpe de suerte ni carambola. El cuatrista guayanés Miguel Siso no figuró en la casilla folclórica pero sí lo hizo, curiosamente, en la de Mejor Álbum Instrumental. La victoria de Identidad, obra con sello guataquero, estrenó la presencia de la música venezolana de fusión —basada en raíz tradicional— en una casilla reservada para proyectos sofisticados capaces de superar un filtro exigente entre muchos experimentos de virtuosos, como todos los brasileños con los que compitió, entre ellos Hamilton De Holanda, Yamandú Costa y Hermeto Pascoal.

El gramófono dorado que Siso ya tiene en su casa es el mismo que en años anteriores habían recibido pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el propio Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés. Y Siso lo logró mirando hacia adentro, recogiendo la materia prima de ritmos habituales de su tierra para revestirlos de contemporaneidad, creando una infusión con esas raíces que se pudiera servir en una taza cosmopolita.

 

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Sube el telón y aparece un cuatro venezolano

Publicada original el 23 de abril de 2019 en Gladyspalmera.com. El enlace directo aquí 

 

El cuatro solía estar al extremo de la foto. Acompañaba, aportaba una base rítmica, sumaba armonías. Era fundamental, pero no protagonizaba. El instrumento venezolano por excelencia, que ya evolucionaba hacia propuestas más arriesgadas, pisó el acelerador en este siglo hasta ubicarse en primer plano, romper las amarras que lo mantenían cautivo dentro de los límites del folclor y exhibir una sonoridad que parecía inconcebible.

El cuatro, esa guitarrilla de cuatro cuerdas heredera de la guitarra renacentista, esa especie de ukelele agresivo y pieza inamovible en más del 90% de los 300 géneros tradicionales que se han cultivado en territorio venezolano, es el instrumento de Miguel Siso, ganador del Latin Grammy 2018.

Un país en sonidos

El premio al Mejor Álbum Instrumental que recibió el álbum de Siso supone el debut de la música venezolana de fusión en una vitrina de virtuosos. Su gramófono dorado es el mismo que recibieron pesos pesados como el pianista Chick Corea, el dúo del también pianista Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito, la agrupación argentina Bajofondo, el mandolinista brasileño Hamilton De Holanda y los cubanos Arturo Sandoval y Chucho Valdés.

 

Miguel Siso
Miguel Siso

Siso, quien vive ahora en Dublín y suele tocar un cuatro triple, llamó a su obra Identidad (2018) porque procuró recoger la materia prima de su tierra para revestirla de contemporaneidad y crear una infusión con esas raíces que pudiera servir en una taza cosmopolita. Debajo de la etiqueta de world music y los artificios electrónicos, va siempre el joropo, la onda nueva, el merengue caraqueño, el calipso, la gaita de tambora zuliana y más géneros autóctonos. Es un concepto similar al que persigue su paisano Jorge Glem, uno de los más celebrados ejecutantes del cuatro.

Venezuela, Cuba y el jazz

Glem, quien el pasado septiembre hizo un concierto en Miami a dúo con Paquito D’ Rivera, acaba de grabar el primer álbum a puro cuatro y piano con el cubano César Orozco. Ambos, compañeros de tarimas y salas de ensayo en Caracas de 2006 en adelante, se reecontraron en el exilio y decidieron llevar al estudio la química que ya habían probado en directo en el local Barbès de Brooklyn y en la serie de recitales informales Guataca On The River, a orillas del Hudson.

Stringwise (2019), obra en la que conviven piezas de artistas tan disímiles como Duke Ellington, Juan Luis Guerra y Sting, supuso un desafío extraordinario para los instrumentistas: Glem y Orozco se multiplicaron a tal punto que el dúo terminó sonando como un trío o acaso un cuarteto, con el jazz como terreno común de una conversación en diferentes dialectos. De Glem, lo venezolano. De Orozco, el tumbao cubano.

Explosión cuatrera

Glem no sólo es conocido individualmente. Es miembro de un ensamble único en su estilo: C4 Trío, una agrupación de tres cuatristas y un bajista. A comienzos de 2018, Pa’ fuera, el disco que grabaron con Desorden Público, banda referencial del ska en Venezuela, se coló entre los nominados a Best Alternative Urban & Latin Rock Album, convirtiéndose en el primer trabajo basado en el cuatro venezolano en colarse en los Grammy anglosajones.

C4 Trío, que celebró sus 10 años de recorrido con la producción de un DVD en el que compartió con ídolos como Oscar D’ León y la banda Guaco, actualmente está trabajando en el estudio con el salsero nicaragüense Luis Enrique en la que sería su sexta entrega. De su catálogo también destaca un álbum titulado De Repente (2013), que hicieron con Rafael Pollo Brito, un personaje en el que conviene detenerse.

 

Pollo Brito

Los tres integrantes del C4 Trío fueron alumnos de Brito, quien no sólo es un cantante y entertainer. Es el músico cuyas innovaciones en el cuatro, especialmente su técnica para aprovechar las bondades rítmicas del instrumento, hicieron posible lo que vemos y oímos hoy. El Pollo también ha abordado el bolero desde el cuatro, y recientemente se concentró en canciones de Armando Manzanero en un larga duración que llamó simplemente Manzanero (2018).

La onda expansiva

El cuatro trascendió las fiestas populares y se volvió objeto de estudio en academias y conservatorios. A partir del 4 del cuarto mes de 2004, existe el Festival La Siembra del Cuatro, un certamen que anualmente reúne a entusiastas del instrumento, convocados por Cheo Hurtado, uno de los grandes maestros. Siso lo ganó en una edición. Antes también lo ganó Glem, quien se conoció allí con Edward Ramírez y Héctor Molina, dos finalistas del concurso, y formó con ellos C4 Trío.

Artistas como Jacinto Pérez, Freddy Reyna y Hernán Gamboa, ya fallecidos, habían hecho del cuatro mucho más que un instrumento de acompañamiento. El proceso lo continuaron músicos como Cheo Hurtado, quien destacó gracias a su trabajo como integrante del Ensamble Gurrufío, y más recientemente, Brito, quien abrió el camino por el que transita la generación de Siso, Glem y el C4 Trío.

Los miembros de C4 Trío también generan música interesante fuera de la agrupación. Héctor Molina grabó un álbum instrumental titulado Giros, en el que exploró diferentes formatos, desde un jazz trío hasta un festín de instrumentos de cuerda, arreglos de metales, formatos nunca antes probados; caprichos de arreglista. Edward Ramírez, el otro C4, ha llevado adelante una gran carrera solista.

Tras presentar una propuesta sofisticada en Parroquia (2012), Ramírez se convirtió en un investigador del joropo tuyero, una variante muy específica de ese género común en los llanos de Venezuela y Colombia. Como resultado de su pesquisa, grabó un álbum con un cuatro con cuerdas de metal —no de nylon, como es habitual— que sustituye al arpa. Luego lo llevó más lejos: junto al letrista, maraquero y cantante Rafael Pino, creó El Tuyero Ilustrado, que ha mostrado en giras por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Músicos, entusiastas y melómanos venezolanos ya miran con mala cara a quien toma un cuatro y hace acordes sencillos en el tope del mango. De cualquiera que toque el instrumento, se espera que construya una melodía y sostenga el ritmo, que agite una mano con energía y descienda con la otra por el diapasón retando la fuerza de sus dedos como un gimnasta. El cuatro cambió para siempre.

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Publicada originalmente en Prodavinci.com el 17 de noviembre de 2018. El enlace aquí

La ceremonia estaba comenzando. Calentaba el ambiente el Septeto Santiaguero y su celebrado proyecto con José Alberto “El Canario” basado en son cubano. Pasaban los renglones dedicados a la música brasileña, la infantil y la cristiana. Anunciaba Gabriel Abaroa Jr., presidente de la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos, que este año servirían comida: unos wraps de salmón que en su mayoría se quedaron fríos en las mesas. Y de pronto, sin anestesia, el director orquestal uruguayo José Serebrier abrió el sobre y leyó el nombre que agitó corazones venezolanos.

El ganador, que todavía no había ganado, se encontraba en una mesa a la izquierda del escenario; no muy lejos, aunque en ese momento el camino que separaba su silla del gramófono dorado se veía largo y sinuoso. Se sentía pequeño ante la estatura de los nombres brasileños con los que disputaba el premio. Respetaba —respeta profundamente— el arte de todos ellos. Para colmo, en la pantalla central él aparecía de último. IDENTIDAD/ MIGUEL SISO. Pequeño. Poquitas letras.

El cuatrista guayanés, ganador de la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen que desde 2004 ha conectado a apasionados y virtuosos del instrumento rey del país, estaba postulado en una categoría de los Latin Grammys particularmente exigente: Mejor Álbum Instrumental. Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, conviven en ella proyectos contemporáneos de virtuosos consolidados que fusionan latin jazz, especies de raíz tradicional, bossa, tango o flamenco, y creadores de world music, generalmente pesos pesados de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de Holanda, Ed Calle, la agrupación Bajofondo, Chick Corea, Arturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio por el que le brillaban los ojos al venezolano, que veía hacia el frente nervioso y callado, sin sonreír. Estático, sosteniendo la mano de su esposa, Bárbara, musa de varias de las canciones que lo llevaron hasta ese lugar y ese momento.

Serebrier no tardó ni 10 segundos en nombrar a los postulados: No Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo, un autor al que muchos consideran un genio; Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda Trío, ensamble liderado por una referencia mundial de la mandolina; Alué de Airto Moreira, un percusionista de trayectoria extensísima; y Recanto de Yamandú Costa, un guitarrista fuera de serie que ya había impresionado con un performance en directo minutos antes. Y él, claro. Lo aplaudieron unos pocos, los de su mesa, los compatriotas desperdigados por el glamoroso Mandalay Events Center que lo conocían y uno que otro colega, como la cantautora colombiana Marta Gómez, postulada en la casilla folclórica por La alegría y el canto, un álbum en el que grabaron C4 Trío, el pianista Antonio Mazzei y el cantautor José Delgado.

El presentador sonrió y dijo, con naturalidad, las palabras mágicas: y el Grammy es para… Miguel Siso. ¡Pum! Gritos de quienes lo rodeaban, abrazos, besos, Bárbara con los ojos aguados, eufóricos unos primos que lo acompañaban, y Ernesto Rangel, fundador y director de Guataca, la plataforma que produjo el álbum, tan emocionado que no sabía qué hacer, si acompañarlo, grabarlo con su celular, tomarle fotos o saltar. La distancia hasta el micrófono iluminado desde el que hablaban los ganadores, que parecía de años luz hacía segundos, se acortó, y Siso se lo fue creyendo en la ruta. Subió las escaleras y, aguantando un nudo en la garganta, pronunció con fluidez sus palabras sin papel en mano, a diferencia de lo que hizo más tarde el español Enrique Bunbury en el mismo sitio.

¡Viva Venezuela!, le gritaron de un costado. Y él sonrió satisfecho. “No tengo palabras para decir lo feliz que estoy por esto. Este es un álbum que se formó desde el principio para mi amado país, Venezuela, que está pasando por una crisis muy fuerte”, dijo. Ahí sí retumbaron los aplausos. Luego completó: “La música venezolana y el cuatro venezolano están presentes ahora más que nunca”. Sí, lo están, gracias a su trabajo y al de agrupaciones como C4 Trío, que, junto a talentosos ingenieros venezolanos, hace cuatro años alzó sus manos de uñas largas en esa misma instancia por su victoria en el renglón de Mejor Ingeniería de Sonido. Además, ganaron por el álbum De repente, grabado con otro referente del instrumento —que de paso, canta y anima—: Rafael “Pollo” Brito.

No había bajado el oleaje emocional cuando anunciaron a los nominados a Productor(a) del Año. Nombraron a cuatro personalidades asociadas a una chorrera de artistas famosos. A gente como Andrés Torres y Mauricio Rengifo, que colaboran con David Bisbal, o al ya galardonado Rafael Arcaute, productor del argentino Dante Spinetta. A Eduardo Cabra, productor de la banda colombiana Monsieur Periné; y a Julio Reyes Cupello, que trabaja con Pablo Alborán y Laura Pausini. Y entre ellos, una sola mujer, la primera que gana ese gramófono, la venezolana Linda Briceño, multiinstrumentista —especialmente trompetista—, ex miembro del Big Band Jazz Simón Bolívar, compositora y cantante, que estaba a una mesa de Siso, con sus labios carmesí, fingiendo tranquilidad, cuando escuchó su nombre y celebró como no pudo hacerlo en 2014, cuando obtuvo dos postulaciones y volvió con las manos vacías.

El segundo ¡Viva Venezuela! se escuchó. Pero faltaba un personaje con el que nadie contaba cuando ya habían quedado en el camino otros nominados venezolanos, como Los Pixel, banda del vocalista de Sentimiento Muerto, Pablo Dagnino, que andaba con su cabello oxigenado y su traje negro solemne que no lograba ocultar la eterna irreverencia de la generación contagiada por el punk. Tampoco había ganado María Rivas, aquella gran cantante que la mayoría recuerda por “El manduco” y que grabó un exquisito álbum de boleros titulado Motivos, por aquello de la rosa pintada de azul; ni Claudia Prieto, la jovencita zuliana que aparecía en dos casillas, la de Mejor Álbum Cantautor, que se llevó Jorge Drexler, y la de Mejor Artista Nuevo, que perdería después.

Ese otro personaje que faltaba era Juan Carlos Luces, autor de “Quiero tiempo”, popularizada por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle junto con Juan Luis Guerra, que se llevó la medalla a la Mejor Canción Tropical y le permitió incluir una línea clave en sus palabras de agradecimiento, acompañadas de sollozos: “Sobre todo, quiero dedicarle este premio a todos los venezolanos que nos conseguimos en cualquier parte del mundo y que ahorita estamos viendo la cosa fea pero que la hacemos ver bonita”.

La noche de Drexler

Como suele ocurrir, salvo contadas ocasiones en las que artistas como Franco De Vita o Chino y Nacho han ganado Latin Grammys, los tres venezolanos premiados recibieron sus gramófonos en la ceremonia previa y no televisada. Paréntesis: los Latin Grammys suelen dividirse en dos; la fiesta de los músicos y la fiesta de la fama. En ocasiones ambos mundos se conectan. Temprano, se entregaron los premios de categorías técnicas, reconocimientos a la composición, los arreglos, la producción, la ingeniería y los géneros menos populares, menos sexys para el público televisivo. Por allí no andaba Maluma ni J Balvin. Sí andaban, por ejemplo, la mexicana Natalia Lafourcade, el argentino Fito Páez y el uruguayo Jorge Drexler, quien terminó ganando en ese otro escenario que parecía totalmente dominado por el reguetón, el trap y lo que por estos días lleva la etiqueta de “urbano”.

Esta vez la ceremonia previa subió en calidad y glamour: lo que antes parecía más una graduación universitaria que unos Grammy, ganó cierto halo de magia, de prestigio, de respeto. Tras esa cita temprana, todos se trasladaron del Mandalay Bay Center, donde ocurrió el tiroteo fatídico en 2017, al MGM Grand Arena, donde suelen darse las peleas de Floyd Mayweather, entre otros eventos mundialmente publicitados. A ambos hoteles, megaestructuras de más de 3.000 y 6.000 habitaciones, respectivamente, las une un pequeño tren gratuito. Y por allí iban muchos, con sus trajes y corbatas, vestidos largos y tacones altos, comentando lo que acababa de ocurrir.

Tras atravesar el mar de máquinas tragamonedas, mesas de juego y estética kitsch, entraron al show de televisión que se lleva buena parte del presupuesto y que este año, curiosamente, contó en su equipo de escritores y guionistas con el humorista y músico venezolano César Muñoz.

Temprano, las secciones de espectáculos destacaban en su mayoría las ocho nominaciones del reguetonero colombiano J Balvin y las cinco de la española Rosalía, que presenta el flamenco como parte de una propuesta electrónica. Hablaban de la expectativa ante la presencia de Maluma, el también colombiano que canta “Felices los 4” y las “Cuatro babys”, pero que en esta edición no llegaba a las cuatro postulaciones. Parecía que sería un maremágnum de reguetón. Y sí, por momentos lo fue, pero la academia encontró la manera de equilibrar las fuerzas y el protagonista de la noche terminó siendo Jorge Drexler, vencedor en dos de las tres categorías principales: Canción del Año (“Telefonía”) y Grabación de Año (ídem). La de Álbum del Año quedó en manos de otro ídolo de siempre, abucheado por la audiencia del MGM porque nunca asiste a estas citas, respetado por todos por su voz y devuelto a la notoriedad por una serie de Netflix: Luis Miguel. ¿Su disco premiado? México por siempre.

Fue una noche que contó con el imán del reguetón, el trap y la música que predomina en la fiesta joven latinoamericana de este momento del siglo XXI, pero que premió el arte orgánico, las guitarras acústicas de los Macorinos que tocan con Natalia Lafourcade, la voz desnuda de Mon Laferte, las letras sutiles e ingeniosas de Jorge Drexler y, por qué no, el cuatro del venezolano Miguel Siso.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

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Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.