Ciclos: El groove virtuoso de Chakarji + Orestes + Freddy

Ciclos: El groove virtuoso de Chakarji + Orestes + Freddy

Publicado el 14 de mayo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Ciclos (2021) se construye a partir de una tensión. El EP del trío que conforman el pianista Gabriel Chakarji, el baterista Orestes Gómez y el contrabajista Freddy Adrián, tres artistas que representan a una joven generación de músicos venezolanos brillantes, se alimenta de la provechosa divergencia entre dos de ellos. Chakarji trabaja su discurso desde la intelectualidad, de lo complejo a lo sutil del jazz. Los baquetazos de Gómez apuntan hacia otro lugar; y traen consigo un groove poderoso que viene del corazón y la calle.

Adrián, quien sirve de puente entre ambos, es el autor de Líneas vivas. La canción, ubicada de tercera en el orden, es un clarísimo ejemplo de ese tira y encoge constante mientras el piano describe una melodía dulce, de pronto melancólica, la batería avanza con una agresividad contrastante. El bajo, que parecía leal a la cadencia suave, se va con la percusión, que finalmente atrae a todos a un caos muy sincronizado. Quien escucha los primeros segundos y abandona la canción, ignorará su verdadero carácter. La sinergia perdura por más de seis minutos hasta que la pieza se reencuentra con su raíz y culmina.

A cualquier grupo de muchachos, ese caos se le hubiese salido de control. Pero mucha música ha pasado por las manos de este trío, cuyos integrantes apenas se acercan a los 30 años de edad, desde que comenzó a gestarse. Todos vivían y estudiaban en Caracas. Chakarji y Adrián tocaban junto al baterista Daniel Prim en La Quinta Bar, entre otros locales de la capital. También lo hacían con Orestes. A veces, el trío se convertía en cuarteto con la incorporación del guitarrista Juanma Trujillo.

El trío Chakarji-Gómez-Adrián surge mientras las circunstancias socioeconómicas están, paulatinamente, sofocando la vida cultural en Venezuela. De marzo de 2014, un año de convulsión política, data el primer registro de su sonido.

Orestes, músico de origen tachirense, vivía en un apartamento en Parque Central, en el que se reunieron a grabar su primer tema inédito. Primero le pusieron Caroata, porque así se llama la torre en la que estaba su vivienda. Eventualmente, cuando el baterista, ya establecido en México, se encargó de posproducir, lo intervino, le introdujo elementos de hip hop y lo llamó simplemente Parque Central. Si el trío, que oficialmente no tiene nombre, llevara alguno, sería ése.

Orestes es una máquina de producir. Basta un paseo a vuelo de pájaro por su Spotify o su cuenta de Instagram para constatar la calidad y el volumen de arte que produce. No sólo trabaja en la música sino que, al mismo tiempo, conceptualiza cómo la va a presentar al mundo a través de las maravillas tecnológicas del Siglo XXI. Es baterista, pero también realizador audiovisual. En el videoclip de Parque Central, juntó imágenes desde Nueva York, Londres, Ciudad de México, Los Ángeles y, sobre todo, la añorada Caracas. Y fue esa publicación la que reavivó las ansias de volver a juntar al trío.

Chakarji encontró la excusa en el momento más improbable. A mediados de febrero de este pandémico 2021, recibió una invitación para asistir a un show privado en Ciudad de México. Organizó su agenda de tal modo que pudiera salir de su compromiso y reunirse con sus compañeros. Aparte de Líneas vivas, la canción de Freddy, llevó él un par de composiciones. Una de ellas, 433 —es el número de su domicilio más reciente en Nueva York— es una pieza delicada, a la que Orestes y Adrián aportan, de nuevo, un groove distinto, casi funky, no muy habitual en este tipo de composiciones francamente jazzísticas.

Mina es una vieja creación de Orestes Gómez junto al bajista Rotnesh Medina, que adaptó para este proyecto. La pusieron de primera en el EP como para dejarle claro al oyente que acá no se está jugando. Confluyen allí, de manera entrecortada y precisa, elementos de tambores y jazz. El piano dice algo y la batería y el bajo le responden. Hablan un idioma que todos entienden, pero nadie sabe con certeza qué significa. Puede ser la banda sonora de la incertidumbre. 

Inicialmente, el plan era reunirse en casa de Orestes, ensayar allí, pulir las piezas y dejarle a él las pistas de piano y bajo para que luego agregara sus baterías. Pero salió la oportunidad de tocar, de manera casi clandestina, en Jazzatlán, un bar de jazz chilango. Fue tal la energía del recital, que salieron al día siguiente a buscar estudios para grabar en simultáneo, como los grandes. Así hicieron las canciones hasta ahora mencionadas: Mina, Líneas vivas y 433. A todo eso agregaron otra pieza que Chakarji escribió expresamente para el proyecto, llamada Ciclos, que es jazz contemporáneo de altísimo nivel, y a la que sí se sumaron después algunos elementos, como pianos eléctricos.   

Los tres músicos, que ya iniciaron un firme recorrido artístico, le deben parte de su formación al Sistema de Orquestas. Gabriel Chakarji editó en 2020 su primer álbum, New Beginning, que se suma a Vida, uno que grabó en Caracas en 2016 junto a la cantante Carmela Ramírez, en el que, por cierto, participó Orestes Gómez.

El baterista, nacido en San Cristóbal, tiene en su catálogo un puñado de propuesta que apuntan en diferentes direcciones. Mencionemos algunos: Dealers in Caracas (2020), grabado MCKlopedia, se lanza hacia el hip hop. Experiencia curiara (2017) es el resultado de sus investigaciones de la raíz tradicional de su país, especialmente de los ritmos afrovenezolanos. Y Paga es un trío que lanzó un álbum homónimo en 2018 con un poco de jazz, hip hop y música experimental. En él comparte con el tecladista mexicano Agustín Ayala y también con Freddy Adrián.

Por su lado, el contrabajista, formado de lleno en el Sistema, ha sido parte de la banda de Gerry Weil y actualmente es miembro de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. Además, como autor y cantante, acaba de lanzar una salsa fusionada titulada Me lo merezco, con todo y videoclip.  

El trío sin nombre ya tiene canciones para un próximo proyecto. Esperemos.

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Natalia Lafourcade y su brújula emocional

Texto concebido para Kurrentmusic.com

Es diciembre de 2012, vísperas de Navidad. Su mánager, su familia, casi todos le dicen que no lo haga. Tiene tiempo, dinero y ganas, pero le dicen: «Nat, no». Ella ignora las advertencias, se sube a un avión y, sin protocolos, aparece risueña en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas para sorprender al público de Los Amigos Invisibles, amigos suyos, que tocan en casa.

No es una visita promocional, no suma nada metálico, no es estratégica para su casa disquera, pero ella, aún siendo una artista grande, muy exitosa dentro y fuera de México —el megamercado hispanoamericano—, quería. Por buena vibra, buena nota, porque sí, sirvió de apertura a la banda funk venezolana sin figurar en la promoción o los boletos para los shows, sin su banda ni ayudantes ni nada. Gustosamente, fue un suvenir, un estupendo regalo que el sexteto le ofreció a su audiencia.

Así es Natalia Lafourcade, una artista veracruzana que parece crecer de manera sostenida en todas las direcciones pero sobre todo hacia adentro. Si alguien apostó a su caducidad en los tiempos del boom que generó “En el 2000”, perdió. Perdió todo.

Contaba 20 añitos cuando irrumpió en la escena latinoamericana con aquel disco homónimo y canciones como “Te quiero dar” y “Elefantes”, que tomaban un poquito del rock, algo del bossa y generaban un bocadillo dulce que parecía el postre y resultó ser apenas un aperitivo.

Crecer

“Quería ser algo que no era yo”, ha dicho ella, ya treintañera, sobre la Natalia de aquella época. La Natalia que recibió dinero y conoció la fama, con sus mieles y amargos. La que experimentó las primeras giras extenuantes y la presión de ejecutivos que le pedían nuevas canciones. La que decidió dejar de presentarse solita en la marquesina para sumarse tres extremidades y decir: soy Natalia y La Forquetina.

Parecía un desafío muy grande, pero el talento lo puede todo, sobre todo lograr segundos discos como Casa, que ofrecía la misma medicina pero depuraba la fórmula. Canciones como esa que le dio título al disco, el otro sencillo llamado “Cuarto encima” o una a la que le puso “Gusano”, eran muestras de su evolución. De algunas se reirá ahora, pero eran parte de una búsqueda válida entre elementos electrónicos, más teclados y estridencia; todo apoyado, en su rol de productor, por Enmamuel del Real, “Meme” de Café Tacvba.

Lafourcade no tardó en mostrar su personalidad. Centenas de miles de copias vendidas de sus álbumes no alteraron su brújula. La joven atravesó un sendero que suele ser una tormenta de cinismo y salió intacta del otro lado. Cuando se quebró su Forquetina, se afianzó, rehizo su plan de vuelo y continuó sola. Pudo haber grabado un álbum muy pop, muy artificial, muy sexy, aceitar expresamente la máquina de producir lana. Pero no. Volvió de una estancia en Canadá y se dedicó a trabajar con la Orquesta Sinfónica Juvenil del Estado de Veracruz en una obra instrumental, una especie de banda sonora de una película que imaginó en su cabeza y llamó Las 4 estaciones del amor.

Hu hu hu, su disco siguiente, cerró aquella época. La pequeña Natalia de la doble colita y los lentecitos redondos se había difuminado. Viajes por Europa, Suramérica, Estados Unidos, Canadá y 14 días en Japón convertidos en documental. Colaboraciones con colegas como Julieta Venegas y la absorción de una experiencia sinfónica. De paso, por aquellos días, asumió ella el papel de productora. Oyó los temas de Mientras tú dormías (2010) y ayudó a su compatriota Carla Morrison a revestirlos para el gran público. Ya la brújula de Natalia daba para guiar a otros.

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La raíz

Es 2013. Junio está a punto de llegar a su mitad. Natalia Lafourcade llega a Caracas, casi seis meses después de aquella experiencia con sus panitas, que son como unos hermanos mayores que la cuidan, Los Amigos Invisibles. Esta vez viajó con su equipo y sus siete músicos, entre ellos un moreno local, el caraqueño Gustavo Guerrero, ex líder de una banda extinta llamada Cunaguaro Soul, que se ha convertido en su gran aliado y director musical.

Llegó para presentar en Venezuela un disco nuevo que dedicó completamente a Agustín Lara. Todo está listo para comenzar. Suena musiquita genérica con volumen bajo, los instrumentos brillan desde el escenario. El público llenó esa misma sala que ella conoció en diciembre, la del Centro Cultural BOD. Aplauden cada tanto, pero nada. Natalia no sale. Por Twitter corre el rumor de que tuvo un accidente. Pronto saldrá un vocero al escenario a confirmarlo.

A la artista le cayó una maleta en el pie y le causó un esguince en un tobillo. Está en la clínica, la examinan, la entablillan, pero viene. Quiere tocar. Se muestra ansiosa como esta gente que la espera. Pasa un rato, que no se siente tan largo, y Natalia sale, sonríe, bromea porque ha tomado muchos analgésicos. Espléndida, le dice a todos que son guapísimos y así, moviéndose con una sola pierna del piano a otra sillita, entre guitarras, ukeleles y roadies que la ayudan, canta con su voz angelical, da un concierto para llorar de la alegría.

Así es Natalia Lafourcade, la artista que en ese momento abrió un nuevo capítulo de su vida. Un capítulo que sigue escribiéndose hoy, que no es más que un viaje introspectivo. Es una artista que no puede cantar algo que no absorban los poros de su piel, que no erice sus vellos. El sentimiento debe ser auténtico.

La misma brújula la llevó hasta la directora orquestal Alondra de La Parra, artífice del proyecto Travieso carmesí, gracias al cual Lafourcade, junto con Ely Guerra y Denise Gutiérrez (Lo Blondo), se adentró en piezas de María Grever, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Gonzalo Curiel. Mexicanísimo todo.

“De allí surgió mi inquietud y con quien más me conecté fue con Agustín Lara —decía Lafourcade en una entrevista en 2013— Él tenía mucha versatilidad de género. Podía mezclar lo mexicano con el tango y algo francés. Tenía el color y las influencias de México, con el contexto de que viajaba mucho. Y yo quiero que mi música transcienda en ese sentido, que sea muy universal pero con raíz”.

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Para Mujer divina, disco de estudio al que siguió uno en directo grabado en la Sala Telefónica Roberto Cantoral, invitó a un montón de aclamados colegas, desde Gilberto Gil hasta Vicentico (Fabulosos Cadillacs), de Miguel Bosé a León Larregui (Zoé), Devendra Banhart o Jorge Drexler, Adrián Dárgelos (Babasónicos) o Kevin Johansen. Y Álex Ferreira, Adán Jodorowsky, Rodrigo Amarante y de nuevo, Meme (Café Tacvba).

Cantaron canciones como “María bonita”, “Piensa en mí” y “Aventurera”, una estricta selección de la intérprete, que escogió única y exclusivamente lo que ella podía cantar como si lo hubiera escrito. Fue una gran fiesta latinoamericana inspirada en el eterno flaco enamoradizo, genio de letras y melodías.

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La musa

Hasta la raíz (2015), un sexto trabajo que produjo con ayuda del argentino Cachorro López y su paisano Leonel García, fue la síntesis de todo su aprendizaje hasta el momento y la demostración de su facultad para mezclar sin desentonar. El bossa, la orquestación, los boleros, la experimentación con bases electrónicas, la música tradicional mexicana y latinoamericana, todo confluyó en 12 nuevas canciones que la acompañaron cuando remendaba su corazón herido tras una ruptura amorosa.

De nuevo, la pequeña Natalia mostró su musculatura emocional. Triunfó, vendió mucho y se llevó a casa un Grammy al Best Latin Rock Urban or Alternative Album y otros dos premios en la versión hispanoamericana de esa gala. Pudo haberse dormido en la arena movediza del éxito comercial y el glamour del reconocimiento, pero su brújula la guió por un atajo.

De todos los músicos que podía llamar en el mundo para trabajar, escogió a dos señores, Juan Carlos Allende y Miguel Peña, que se hacen llamar Los Macorinos, cuyas edades ni conocía. Podrían ser sus padres o abuelos, pero Natalia quiere que su música no tenga edades. Por eso, fraguó el proyecto desde que se enamoró de ellos en una Gira de Homenaje a Chavela Vargas en la que compartió con artistas de la vieja escuela como Eugenia León, Regina Orozco y Tania Libertad.

Convivió con Allende y Peña, con su aliado Gustavo Guerrero, el productor argentino Cheché Alara y el ingeniero venezolano Héctor Castillo —conocido por sus trabajos con David Bowie, Björk, Lou Reed, Roger Waters, Gustavo Cerati— y de esa conexión mexicano-argentino-venezolana, salió una ofrenda a toda esta región que comparte tierra, humores, sentimientos y colores.

A Chavela Vargas, a Frida Kahlo, a Violeta Parra, incluso a la escritora Clarice Lispector, Natalia Lafourcade le dedicó Musas, un álbum grabado como si estuvieran todos en los años 50. Totalmente orgánico y artesanal, registrado en directo, con vihuela, charango peruano, cuatro venezolano, un bombo legüero y muchas guitarras.

Comenzaron con una lista de joyas del cancionero latinoamericano. Más de 50 temas. Lafourcade escribió varias, entre ellas el sencillo “Tú sí sabes quererme”, y tomó otras de ese catálogo inmenso como “Qué he sacado con quererte” (Violeta Parra) y “Tonada de luna llena” (Simón Díaz). Para el bolero “Tú me acostumbraste” (Frank Domínguez), invitó a la cantante cubana Omara Portuondo, brillante a sus 86 años.

No importa lo que ocurra en la escena musical. A Natalia no le importa ir contra la corriente. Cada vez pareciera tenerlo más claro. Antes de trabajar en su próxima propuesta, volverá a mirar esa brújula emocional infalible, a ver qué camino le sugiere.