Ciclos: El groove virtuoso de Chakarji + Orestes + Freddy

Ciclos: El groove virtuoso de Chakarji + Orestes + Freddy

Publicado el 14 de mayo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Ciclos (2021) se construye a partir de una tensión. El EP del trío que conforman el pianista Gabriel Chakarji, el baterista Orestes Gómez y el contrabajista Freddy Adrián, tres artistas que representan a una joven generación de músicos venezolanos brillantes, se alimenta de la provechosa divergencia entre dos de ellos. Chakarji trabaja su discurso desde la intelectualidad, de lo complejo a lo sutil del jazz. Los baquetazos de Gómez apuntan hacia otro lugar; y traen consigo un groove poderoso que viene del corazón y la calle.

Adrián, quien sirve de puente entre ambos, es el autor de Líneas vivas. La canción, ubicada de tercera en el orden, es un clarísimo ejemplo de ese tira y encoge constante mientras el piano describe una melodía dulce, de pronto melancólica, la batería avanza con una agresividad contrastante. El bajo, que parecía leal a la cadencia suave, se va con la percusión, que finalmente atrae a todos a un caos muy sincronizado. Quien escucha los primeros segundos y abandona la canción, ignorará su verdadero carácter. La sinergia perdura por más de seis minutos hasta que la pieza se reencuentra con su raíz y culmina.

A cualquier grupo de muchachos, ese caos se le hubiese salido de control. Pero mucha música ha pasado por las manos de este trío, cuyos integrantes apenas se acercan a los 30 años de edad, desde que comenzó a gestarse. Todos vivían y estudiaban en Caracas. Chakarji y Adrián tocaban junto al baterista Daniel Prim en La Quinta Bar, entre otros locales de la capital. También lo hacían con Orestes. A veces, el trío se convertía en cuarteto con la incorporación del guitarrista Juanma Trujillo.

El trío Chakarji-Gómez-Adrián surge mientras las circunstancias socioeconómicas están, paulatinamente, sofocando la vida cultural en Venezuela. De marzo de 2014, un año de convulsión política, data el primer registro de su sonido.

Orestes, músico de origen tachirense, vivía en un apartamento en Parque Central, en el que se reunieron a grabar su primer tema inédito. Primero le pusieron Caroata, porque así se llama la torre en la que estaba su vivienda. Eventualmente, cuando el baterista, ya establecido en México, se encargó de posproducir, lo intervino, le introdujo elementos de hip hop y lo llamó simplemente Parque Central. Si el trío, que oficialmente no tiene nombre, llevara alguno, sería ése.

Orestes es una máquina de producir. Basta un paseo a vuelo de pájaro por su Spotify o su cuenta de Instagram para constatar la calidad y el volumen de arte que produce. No sólo trabaja en la música sino que, al mismo tiempo, conceptualiza cómo la va a presentar al mundo a través de las maravillas tecnológicas del Siglo XXI. Es baterista, pero también realizador audiovisual. En el videoclip de Parque Central, juntó imágenes desde Nueva York, Londres, Ciudad de México, Los Ángeles y, sobre todo, la añorada Caracas. Y fue esa publicación la que reavivó las ansias de volver a juntar al trío.

Chakarji encontró la excusa en el momento más improbable. A mediados de febrero de este pandémico 2021, recibió una invitación para asistir a un show privado en Ciudad de México. Organizó su agenda de tal modo que pudiera salir de su compromiso y reunirse con sus compañeros. Aparte de Líneas vivas, la canción de Freddy, llevó él un par de composiciones. Una de ellas, 433 —es el número de su domicilio más reciente en Nueva York— es una pieza delicada, a la que Orestes y Adrián aportan, de nuevo, un groove distinto, casi funky, no muy habitual en este tipo de composiciones francamente jazzísticas.

Mina es una vieja creación de Orestes Gómez junto al bajista Rotnesh Medina, que adaptó para este proyecto. La pusieron de primera en el EP como para dejarle claro al oyente que acá no se está jugando. Confluyen allí, de manera entrecortada y precisa, elementos de tambores y jazz. El piano dice algo y la batería y el bajo le responden. Hablan un idioma que todos entienden, pero nadie sabe con certeza qué significa. Puede ser la banda sonora de la incertidumbre. 

Inicialmente, el plan era reunirse en casa de Orestes, ensayar allí, pulir las piezas y dejarle a él las pistas de piano y bajo para que luego agregara sus baterías. Pero salió la oportunidad de tocar, de manera casi clandestina, en Jazzatlán, un bar de jazz chilango. Fue tal la energía del recital, que salieron al día siguiente a buscar estudios para grabar en simultáneo, como los grandes. Así hicieron las canciones hasta ahora mencionadas: Mina, Líneas vivas y 433. A todo eso agregaron otra pieza que Chakarji escribió expresamente para el proyecto, llamada Ciclos, que es jazz contemporáneo de altísimo nivel, y a la que sí se sumaron después algunos elementos, como pianos eléctricos.   

Los tres músicos, que ya iniciaron un firme recorrido artístico, le deben parte de su formación al Sistema de Orquestas. Gabriel Chakarji editó en 2020 su primer álbum, New Beginning, que se suma a Vida, uno que grabó en Caracas en 2016 junto a la cantante Carmela Ramírez, en el que, por cierto, participó Orestes Gómez.

El baterista, nacido en San Cristóbal, tiene en su catálogo un puñado de propuesta que apuntan en diferentes direcciones. Mencionemos algunos: Dealers in Caracas (2020), grabado MCKlopedia, se lanza hacia el hip hop. Experiencia curiara (2017) es el resultado de sus investigaciones de la raíz tradicional de su país, especialmente de los ritmos afrovenezolanos. Y Paga es un trío que lanzó un álbum homónimo en 2018 con un poco de jazz, hip hop y música experimental. En él comparte con el tecladista mexicano Agustín Ayala y también con Freddy Adrián.

Por su lado, el contrabajista, formado de lleno en el Sistema, ha sido parte de la banda de Gerry Weil y actualmente es miembro de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. Además, como autor y cantante, acaba de lanzar una salsa fusionada titulada Me lo merezco, con todo y videoclip.  

El trío sin nombre ya tiene canciones para un próximo proyecto. Esperemos.

Santiago Bosch: El jazz galáctico de un guaro en Boston

Santiago Bosch: El jazz galáctico de un guaro en Boston

Publicado el 24 de abril de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Los músicos suelen encontrar la inspiración en los lugares menos evidentes. La luz ladeada de la tarde, el azul tenue del alba, las olas rebotando contra la bahía, una sonrisa a medias, un trago amargo. La leña que usó Santiago Bosch para encender el fuego de Galactic Warrior, una obra de jazz fusión densa de compases irregulares y un prodigioso despliegue de armonías, fue la música de sus videojuegos favoritos.

Ambos mundos se entrecruzaron en la formación del barquisimetano. De su padre, el saxofonista Jaime Bosch, se nutrió de referencias del jazz en sus diferentes vertientes; del rock, especialmente el de los años 70; de los Beatles, que siempre constituyen un universo aparte; y de lo clásico, que recibía también de su primera maestra de piano, Lila de Gutiérrez. Mientras tanto, al jugar con su Nintendo NES, esa cónsola gris que se volvió artefacto fundamental en la vida lúdica de una generación completa, le prestaba especial atención a la música que acompañaba las aventuras en 8-bits piloteadas desde su control de cruz negra y botones circulares rojos.

Santiago solía ubicar a su personaje principal a un costado, donde no hubiese monstruos que lo atacaran, ni precipicios ni rocas que cayeran del cielo de su televisor, para que nada perturbara la banda sonora. Le fascinaba el manejo de los sintetizadores de aquellos compositores casi anónimos pero escuchados por medio mundo. La gustaba la música que venía con cartuchos como el emblemático Super Contra, o Tortugas Ninja 3 o el GI Joe: American Hero. También le atraía la de otra cónsola, la Sega Genesis, llamado Space Harrier, compuesta por el japonés Hiroshi Kawaguchi, autor de culto.

Bosch, músico egresado magna cum laude como pianista de la Berklee School of Music de Boston, quiso recrear ese ambiente, pero pasándolo por el filtro del jazz fusión, cosa que le resultó perfectamente natural considerando su trasfondo: En su olimpo musical habitan Chick Corea, John McLaughlin y Allan Holdsworth, seguidos por otro panteón en el que ubicaría a la Mahavishnu Orchestra (de nuevo John McLaughlin), a Weather Report, y a Yellow Jackets, especialmente a su pianista Russell Ferrante

Galactic Warrior, cuyo contenido es todo composición del músico larense, es como un videojuego. Describe un mundo, genera unas circunstancias, sugiere un recorrido por varios niveles, con tensiones y obstáculos, colores y formas, para que cada quien lo haga a su gusto. El primer episodio sería la intrincada Perspectives, donde su piano rhodes avanza junto al saxofón de Tucker Antell. Trazan una misma trayectoria, aunque en distintas tonalidades, formando una armonía como cables de un mismo manojo. De allí pasa a Living In The Past, que suena más cargado de elementos progresivos y más guiado por la guitarra de Tim Miller.

Una vez que culmina Transition, nivel complejo de difíciles saltos y astutas criaturas que vencer, descrito desde el rhodes pero también desde otros sintetizadores y la trompeta de Darren Barrett, llega Galactic Warrior, la canción que bautiza la obra, donde al bajista Dany Anka y al baterista Juan Ale Saenz les corresponde sostener un ritmo entrecortado sobre el que reposa el arpegio constante que musicalizaría una aventura vertiginosa.     

El juego sigue con Finding Your Way Out, quizá la pieza más roquera del álbum; y Main Menu, a la cual la artesanía digital del rhodes más varios sintetizadores y hasta un secuenciador midi, le dejan una vibra y un aroma inconfundible al aire de finales de los 70. Como todo menú, es un descanso para estudiar opciones y decidir hacia dónde avanzar. Es un respiro antes de que empiece Persecution, otra canción hecha a partir de capas generadas por Bosch, que construyen sus mundos virtuales sobre el ritmo de una batería acústica. A esto se suma un saxo, el de George Garzone, que genera un efecto intrigante y caótico. Y así, hasta llegar al Level 8, el último.

Questions y Why, las dos últimas pistas, pueden entenderse como bonus tracks. Son canciones a piano acústico y contrabajo (Jared Henderson), orgánicas, de baterías más delicadas y expresionistas, la primera de ella con un laouto griego —una especie de laúd— tocado por Vasilis Kostas. Ambas son tan distintas al resto que parecen piezas de otro álbum.

Santiago Bosch (Barquisimeto, 1987) se marchó a Boston en 2011. Se formó en Berklee, donde recibió una beca completa y egresó con honores. También fue becado por el Berklee Global Jazz Institute, donde cursó una maestría en Contemporary Jazz de la que salió suma cum laude. Nada mal para un estudiante al que le costaba disciplinarse con el violín, con la guitarra e incluso con sus estudios de piano clásico, donde sí surgió un sutil pero prometedor enamoramiento con el instrumento.

En su ciudad natal había empezado a tocar por ahí desde los 15 años de edad. A la vez que se formó como profesor de música en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), participó varias veces en el Festival de Jazz de Barquisimeto. Justo antes de partir al norte, editó su álbum debut, Guaro Report (2011), título con un simpático guiño larense a Weather Report. Comparado con aquel trabajo, que fue más orgánico y más parecido a una jam session, Galactic Warrior resulta una obra de un concepto más definido y menos terrenal.

La experiencia académica y profesional en Estados Unidos le ha permitido aprender directamente de artistas como John Patitucci, Oscar Stagnaro, Jack DeJohnette y Esperanza Spalding. Con algunos de sus maestros, como el caso de la gran baterista Terri Lyne Carrington, ha tenido el gusto de tocar. Otros, incluso, han colaborado con su propio proyecto, como Tim Miller, Tucker Antell y George Garzone, quienes, cautivados por unas maquetas en formato midi, aceptaron embarcarse en un viaje al mundo imaginario de Santiago Bosch.

Gonzalo Teppa: Migrar en clave de jazz

Gonzalo Teppa: Migrar en clave de jazz

Publicado el 11 de marzo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Gonzalo Teppa acababa de editar su cuarto álbum, un trabajo magistral titulado Sinergia que pasaba en limpio sus ideas sobre la música venezolana desde la óptica del jazz. Tocaba con los mejores músicos de la escena nacional. Era, nada más y nada menos, el bajista de C4 Trío, que había quedado trasquilado tras la partida de Rodner Padilla. Pero el contrabajista larense, como tantos venezolanos en estos tiempos, se vio obligado a tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: Dejar todo eso atrás, su país, su gente, sus proyectos, para procurar mejores oportunidades para sus hijos.

Era agosto de 2014, un año en el que Venezuela convulsionó políticamente y comenzó a agudizarse una crisis que hoy persiste. Teppa vio las costas de La Guaira desde la ventanilla del avión y aterrizó en Boulder, Colorado, ciudad que conocía bien porque allí había vivido y profundizado los estudios que inició en el Conservatorio Vicente Emilio Sojo de Barquisimeto.

Away From Home (2019), primer álbum del Gonzalo Teppa Quintet, es el relato jazzístico de su migración. Es la banda sonora de la travesía con toda su carga de incertidumbre y vulnerabilidad, impregnada por esa nostalgia que es como una sombra que no abandona al exiliado y, por supuesto, realzando su equipaje, que es la cultura, su raíz. Por ejemplo, en una pista llamada Venezuelan roots el contrabajista grabó tambores e invitó a su baterista, su vibrafonista y al resto de la banda —todos estadounidenses— a embarcarse en un viaje rítmico por la costa afrovenezolana.

Gonzalo confiesa que él no es de esos artistas que maquinan un concepto y luego trabajan bajo un esquema preconcebido. Que, al contrario, prefiere componer y que luego sean las canciones las que determinen el carácter de sus álbumes. Venezuelan roots fue una de las nueve piezas que creó una vez que se estabilizó en su nuevo lugar de residencia y retomó su proyecto como solista. Al sentarse a componer de nuevo, mirando a Venezuela desde lejos, las melodías se fueron atando unas con otras, contando un relato. Su relato, que al mismo tiempo es el de muchos.

En 2018, la fundación Path Ways to Jazz de Boulder le otorgó una beca concebida para que los jazzistas concreten sus proyectos, graben su material, cumplan sus metas creativas. En la ruta, se había encontrado con las piezas que necesitaba para su quinteto: Greg Harris (vibráfono), Ike Spivak (saxofón), Alex Heffron (guitarra) y Andrew Wheelock (batería). 

Con ellos, entró al estudio a grabar canciones como Uncertain hope (Esperanza incierta). ¿Pero no va la incertidumbre atada a la esperanza siempre? Lo cierto es que la pieza subraya esa bruma que nubla el horizonte del inmigrante. Una mezcla de miedos y dolores. Ésa es una cara de la moneda. La otra es Custom blues, que le pone una banda sonora simpática a los nervios del viajero, que se crispan al momento del chequeo en el aeropuerto antes de ingresar al país. Sí, el Custom se refiere a Aduana.

Away from Home, la que titula el álbum, es una inmersión en la añoranza. La inevitable y agridulce añoranza. Sudden Awakening describe ese momento de la mañana en el que, por primera vez, el tipo se levanta en un nuevo país, con un nuevo huso horario, clima, geografía, idioma, costumbres, mira a su costado a su esposa y sus dos hijos, respira profundo y se arma de valor para empezar a escalar esa cuesta empinada que implica la adaptación a una nueva realidad con el cronómetro de vuelta en cero.

Happy childhood es un homenaje a su infancia feliz. Un pasaje apacible dentro de la obra. Together Like Old Times procura expresar desde la música, especialmente a través del diálogo continuo entre el vibráfono y el saxo, la emoción que producen los reencuentros familiares de un expatriado. Esos abrazos que no quisieran acabarse nunca. Lágrimas de alegría y tristeza, todo mezclado. Padres, hermanos, hijos y nietos tratando de aprovechar al máximo el tiempo juntos. Poniéndose al día, viéndose a los ojos, hablando de todo y de nada.

Making Progress, una pieza con actitud rock, unos salvajes solos de guitarra y una melodía trepidante, pareciera surgir de la sensación de haber tomado la decisión correcta, de esa etapa en la que el destino comienza a sentirse como hogar. Sin embargo, el propio Gonzalo reconoce que allí quiso expresar sus deseos de que se produzca un cambio en Venezuela. Se permitió soñar con un país diferente, colorido y vibrante, elegante y armonioso como su música.

A esa le agregó una cara B melancólica llamada Remembrances, una polaroid que la persona lleva en su memoria irremediablemente. También rescató un tema viejo que terminó como bonus track de Away from Home. Se trata de una onda nueva que le compuso a su amigo el empresario, enamorado de la música venezolana y motor de Guataca, Ernesto Rangel, cuando éste salió de prisión, donde estuvo —injustamente— porque el gobierno venezolano acusó a las casas de bolsa de delitos financieros que nunca fueron probados. A ese tema, el artista larense lo llamó The New Way of Freedom (fíjense en el guiño a la onda nueva en el título).

Gonzalo Teppa (Barquisimeto, 1971) es uno de los grandes contrabajistas venezolanos de los últimos tiempos. A la par de su participación en numerosos proyectos de otros artistas y agrupaciones, presentaciones con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, propuestas como el extinto THE Trio que en una época formó con el baterista Adolfo Herrera y el guitarrista Juan Ángel Esquivel, siempre ha escrito, arreglado y grabado su propio material.

La cosecha de Teppa ha dado Designios (2001), Travesías (2003), ConTrabajos de Aldemaro (2008), dedicado enteramente al genio de la onda nueva, y Sinergia (2014). Dice que sus compañeros de banda estadounidenses han empezado a estudiarse la onda nueva, el merengue caraqueño, la tonada, el joropo; todo lo que él les lleva desde su tierra los cautiva. Será interesante escuchar la evolución del sonido de la agrupación. Ojalá que Away from Home sea el primero de muchos álbumes del Gonzalo Teppa Quintet. 

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Gabriel Chakarji: Jazz y afrovenezolanidad a orillas del Hudson

Originalmente publicado en Guatacanights.com 29 de julio de 2020 

El jazz y la afrovenezolanidad brotan de los dedos de Gabriel Chakarji. La suya no es una propuesta jazzística a la que se agregue cierto exotismo cadencioso como quien le espolvorea una especie al plato, una vez que se cocinó, para hacerlo más interesante al paladar. La obra del pianista caraqueño es híbrida desde su mera concepción. De tanto empaparse de ellos, esos ritmos ancestrales dejaron de ser ornamento para incorporarse a la esencia.

New Beginning (2020) pasa en limpio el resultado de dos búsquedas paralelas, dos miradas al pasado para encarar su futuro. Por un lado, procura comprender a Thelonious Monk y a Bud Powell, incluso a Art Tatum, Fats Waller y James P. Johnson, llegar a Herbie Hancock y Bill Evans y seguir hacia adelante; entender las coyunturas, los quiebres de ese relato subyacente; y por otro, se enfoca en seguir las huellas de cultores de la afrovenezolanidad hasta alcanzar a Aquiles Báez y la contemporaneidad, estudiar el trabajo de pianistas como Otmaro Ruiz y Edward Simon y escudriñar a otros creadores que han transitado, a su manera, el mismo sendero.

—Se trata de combinar nuestra cultura con otras músicas que también amamos. La intención es expresar lo que soy en este momento.

El recorrido de 8 episodios está pensado como un recital. Comienza con la brasa bien ardiente, con casi todos los jugadores en la cancha. El título del primer tema, Mina/San Millán, delata de manera didáctica los dos golpes que componen la pieza. El piano dialoga con el saxo, a veces canta con él y luego le sirve una base para que tome el primer plano. Baila envuelto en tambores, acariciado por una voz que comienza tímidamente como una pincelada hasta que se vale del lenguaje por única vez en los 47 minutos y 26 segundos que dura el álbum para llamarlos a todos al ritual: ¡Loloeeee, fuego-candela, fuego-candela, candela-fuego!

La voz proviene de Carmela Ramírez, también presente en New Danza, la segunda pista. Es una gran cantante, que además es pareja de Gabriel. Con ella hizo la obra que sería el antecedente más directo de New Beginning. Vida (2016) fue concebida en otras circunstancias, en Caracas, específicamente en el Teatro Chacao, sin público y apoyados en el profesionalismo de los ingenieros Vladimir Quintero y Germán Landaeta. En aquel disco exprimieron el vocalise, un recurso expresivo, muy presente en obras de brasileños como Heitor Villa-Lobos o Hermeto Pascoal, en el que la voz no funge como vehículo de contenido lingüístico sino como un instrumento de viento. Y Carmela es como una flauta perfecta. Sublime.

Chakarji cita Perseida, una de las 12 canciones que hicieron juntos para Vida, como un claro ejemplo de la ruta que transitaría hasta llegar a nuevas composiciones como No me convence, que va de la relajación de una fiesta tradicional a la inconformidad del jazz. Enredadera, un tema suelto que lanzó en 2019, también sirvió abreboca.

Para la cuarta canción, los tambores se van y llega una Melodía de agradecimiento, que requiere de calma para manifestar su gratitud a la divinidad por los favores recibidos. Es su manera de decir gracias por este New Beginning, que por cierto es el título de la quinta pieza, ejemplo palpable de cómo lo afrovenezolano está presente incluso cuando no suenan los tambores.

—Cuando te vas a las raíces, encuentras dónde está el alma de esta música, y puedes ser más honesto desde cada lenguaje.

New Beginning es el primer fruto discográfico desde su residencia en Nueva York, ciudad a la que emigró en 2014 becado para estudiar en la New School. Confluyen sus experiencias académicas, su aprendizaje del jazz y su vida en Nueva York, al igual que sus roces con músicos de otras latitudes que traen a la mezcla sus propios bagajes.

Los percusionistas venezolanos Daniel Prim y Jeickov Vital representan en el disco —no oficialmente— al proyecto Venezuela In Motion, un colectivo de músicos venezolanos que le ofrecen a Nueva York un replanteamiento de tambores, joropos, merengues y otros géneros musicales venezolanos.

En su trío, cuyo sonido queda registrado en temas como Voices y Norte y Sur, a Chakarji lo acompañan el surcoreano Jongkuk Kim (batería) y el estadounidense de origen mexicano Edward Pérez (bajo), quien además participa en otro proyecto afroperuano con el que Gabriel ha colaborado.

El saxo del álbum lo grabó Morgan Guerin, un virtuoso que, aparte, es bajista de figuras como Esperanza Spalding. De la trompeta se encargó Adam O’Farrill, nieto de Chico O’Farrill e hijo de Arturo O’Farrill, una dinastía de músicos provenientes de Cuba que pertenecen a la historia del latin jazz; inmortalizados, por ejemplo, en el documental Calle 54 (2000) del cineasta español Fernando Trueba. Algo de ese mundo, en el que Gabriel también se ha movido, se coló en la creación de Montuno quince, la penúltima del disco. Y también está presente la impronta del saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, a quien cita como una de sus más potentes influencias.

Cuenta el pianista que la banda tocó las 8 piezas en Rockwood Music Hall, un bar del Lower East Side de Manhattan, un domingo por la noche, y al día siguiente entró al estudio a grabarlo todo en simultáneo, como impone la tradición jazzística.

Con New Beginning, Chakarji (Caracas, 1993), quien obtuvo una beca de producción de la Café Royal Cultural Foundation, se afianza en su recorrido, que comenzó de pequeño en el piano clásico y que, tras una pausa, continuó al descubrir la libertad del jazz. Aquel joven que participó en la Big Band Jazz Simón Bolívar, que trabó amistad y camaradería artística con Linda Briceño y subió a escenarios junto a C4 Trío, al Pollo Brito y otras glorias de su país, sigue fiel a la música que le ha permitido viajar, conocer, crecer… y volver a comenzar.

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Gerry Weil: “El gesto de amor más auténtico es la música”

Publicado originalmente el 13 de junio de 2020 en Guatacanights.com

El apartamento de Gerry Weil, a un costado del bullicioso bulevar de Sabana Grande, es un refugio de la agitación, un spa para los oídos, y su piano de cola, un Yamaha caoba, el corazón de un living repleto de símbolos. Con sólo mirar, puede armarse un rompecabezas de su vida. Trofeos como karateca, un Premio Nacional de Cultura y otro reconocimiento de la Fundación Nuevas Bandas por ser adelantado a su época. Versos en japonés, arte abstracto, afiches de históricos festivales de jazz, partituras, discos, libros. Todo pareciera respetar las reglas de un feng shui adaptado al Caribe.

En su poltrona, con sus chancletas y bermudas de siempre, con esa mirada infinita bajo su cabeza lampiña y brillante como la de Marlon Brando en Apocallypse Now, Weil luce más como un explorador, aunque de pronto habla como chamán. Es un guía espiritual de la selva en medio de un paisaje urbano.

La capital anda sumida en el caos de los perdigones y las bombas lacrimógenas. Estamos en un jueves del cruento mayo de 2017 y es prácticamente imposible trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Allá afuera, corre la sangre de jóvenes; jóvenes como los que aprenden con él a leer música y tocar el piano todos los días en este oasis de calma. A pesar de la paz aparente, el contexto se cuela por rendijas como un gas tóxico.

—Me meto en una burbuja de amor, de música y de poesía, pero es una burbuja muy frágil, se rompe por nada, y entonces despierto en la realidad.

Se lamenta porque una vez más lo asaltaron, ahora para robarle su teléfono celular.

—Mis hijos me lo viven reclamando, que ando muy relajado… Pero yo no puedo dejar que todo me contamine. Para ser feliz tengo que vivir así, sin paranoia. Sé que la inseguridad está peor que nunca, pero yo prefiero no estar pendiente de eso.

Weil luce inquieto. Aunque apagó la música para concentrarse en las preguntas, está disperso y el por qué de la dispersión se revela inmediatamente. Pide un minuto con el dedo índice, se levanta y se acerca a su escritorio. Toma su agenda de trabajo docente y revisa.

—Hoy no ha venido ninguno de mis alumnos. Claro, ¡cómo van a venir!

Sigue buscando, recorriendo las páginas y de pronto se le prende el bombillo, chasquea los dedos, toma el teléfono fijo y marca. Mientras repica, con el auricular en una oreja, voltea y me dice:

—Uno de mis alumnos vive por acá —señala en dirección al este, a Chacaíto, con la otra mano— Ese seguro que puede llegar porque viene a pie.

Es inevitable que el prólogo de la conversación sea la convulsión venezolana de esta era que alcanzó a vivir. Él lo sufre todo. Sufre, por ejemplo, porque ve diariamente a una madre con su niño hurgando entre la basura para conseguir algo de comer.

—¡Cómo pudimos llegar a esto!

Otro aspecto de este capítulo de la historia de Venezuela lo perturba especialmente: la diáspora. Freddy Adrián, el contrabajista que estuvo tocando con él durante los últimos cuatro años, está haciendo maletas para marcharse a México. Antes se fue Gonzalo Teppa. Y antes de este, Roberto Koch. En un país que produce instrumentistas como arroz, conseguir un buen contrabajista que descifre el idioma del jazz y responda un teléfono con el código 0212 se ha vuelto una tarea difícil.

—(Marcharse) es una solución individual pero no ayuda nada al país. Lo daña horriblemente —dictamina, estrujándose la frente— La mayoría que se va es gente valiosa, son grandes talentos, gente que necesitamos.

Weil respira profundo y mira el grabador:

—¿Era sobre esto que íbamos a hablar? ¿No, verdad?

***

No hace mucho le rindieron un homenaje en el Festival Caracas en Contratiempo, de iniciativa privada, celebrado en el Teatro de Chacao, que es parte de un complejo cultural manejado por una alcaldía históricamente opositora al chavismo. Y unos cuatro años atrás le ofrecieron otro en el Centro de Arte La Estancia, predio del gobierno socialista. Muy pocos pueden jactarse de eso en la Venezuela polarizada del Siglo XXI: Es un privilegio rarísimo recibir aplausos de un lado y de otro sin salir machacado por radicales.

—Generalmente los homenajes se hacen post-mortem. Y yo puedo decir que los disfruté en vida y estando activo. Eso es poco común.

Weil es unánimemente admirado. Es ganador del Premio Nacional de Música en Venezuela, un país en el que no nació pero del que nunca ha querido irse. Es un hombre de sangre austriaca que llegó a La Guaira hace casi medio siglo y jamás quiso alejarse del sol, de la playa, de esta gente. Ya era un apasionado del jazz, con la cabeza llena de ideas y la determinación para cristalizarlas. Como buen músico, su timing fue perfecto: era 1957 y esta nación del norte del sur estaba a punto de recuperar su democracia.

—El mar me enamoró —dice entrecerrando sus ojos claros— llegué de Viena a Caraballeda. Austria no tiene mar, y de pronto, yo vivía en Los Corales, frente a la playa, en pantalones cortos y prácticamente descalzo todo el año. Salí de un país en el que experimenté la guerra y la posguerra de adolescente, bajo un sistema europeo que es muy rígido y muy formal. Entonces, de Venezuela me atrajo la informalidad. El venezolano será muy loco y muy desordenado, pero no he conseguido gente más abierta, más humana.

En los últimos tres años, ha sido intervenido en la próstata y en los ojos. Está maravillado porque le extrajeron una catarata, sustituida por un lente intraocular, y ahora ve perfectamente. En otra cirugía, le instalaron una prótesis de cadera. Lo espera otra operación porque se le rompió la malla de una hernia, pero el espíritu de este artista que va firme hacia los 80 años es más fuerte que lo demás. Apenas se queja, sólo porque recientemente sus problemas médicos le han impedido practicar artes marciales y surfear. De resto, sigue como si nada, contento y agradecido.

—La meta de la vida es ser feliz. No conozco otra. Nada supera a la búsqueda de la felicidad.

Últimamente, a Gerry le ha dado por cantar. Antes, recuerda, había hecho una suerte de rapeo, mucho antes de que a eso se le llamara rap, mucho antes de la cultura hip hop. Cuando en las barriadas neoyorquinas del Bronx y de Harlem apenas comenzaban a darle forma a esa manifestación artística de catarsis social, ya este vienés que enreda las erres y las combina con vainas y coños y nojodas, declamaba sobre una base mestiza de jazz y tambores y quién sabe qué otra hiedra sonora.

Celebrando la vanguardia. Así decía el póster del homenaje que Guataca le rindió en Chacao. El slogan no se imprimió a la ligera. Muchos caminos conceptuales en la música se abrieron a partir de la gran banda El Mensaje (o The Message) y también desde lo que logró con su Núcleo X, que fue una versión reducida de ese otro megaproyecto, en un intento por sonar a algo parecido a Blood Sweat and Tears o a Chicago y luego acercarse a una suerte de jazz rock más inclinado hacía Herbie Hancock o la Mahavishi Orchestra. Muchos músicos salían influenciados, con la cabeza llena de ideas, cuando lo visitaban en La Unión, cerca de El Hatillo, donde vivió unos años apartado de la ciudad. Después estuvo incluso en el páramo de Mérida, sin luz eléctrica, alumbrando sus días con lámparas de gas.

Ninguno de sus proyectos pareció dejar tantos admiradores como La Banda Municipal, una propuesta muy avanzada a la que llegaban los ecos de agrupaciones paradigmáticas como Weather Report. Estos produjeron su propia mezcla, atrevida y criollizada, incluyendo tambores afroamericanos y elementos de performance artísticos en sus presentaciones. Allí Weil compartía con Alejandro Blanco-Uribe (percusión). Richard Blanco tocaba el bajo, Vinicio Ludovic la guitarra, la flauta y la marimba, y Edgar Saume a veces golpeaba la batería y de pronto agarraba la trompeta.

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La Banda Municipal se disolvió en 1975 y sus integrantes, todos o casi todos, menos Weil, se involucraron con un movimiento de orquestas que apenas se estaba gestando en torno a la figura de un músico y político llamado José Antonio Abreu. El grupo aparece en los libros de historia musical venezolana, pero ningún sello se atrevió a grabarlos. No tendríamos una idea aproximada de cómo sonaban de no ser porque el periodista Gregorio Montiel Cupello se movió, encontró una vieja grabación, la mandó a limpiar, remezclar y barnizar y, más de treinta años después, se editó Música del subdesarrollo.

Venezuela supuso para Weil un punto de partida estratégico. Un epicentro que lo exponía a todo lo que era de su interés.

—Desde niño me gustó el jazz, que es una música afroamericana. Me di cuenta de que acá podía profundizar mis búsquedas de la música afroamericana, no necesariamente de la que nace del sur de Estados Unidos o New Orleans, sino afroamericana en cuanto al continente completo. Tenemos cerca a Brasil, que es autosuficiente y muy rico. Por otro lado tienes El Caribe, la música antillana, cubana, puertorriqueña y de las islas. Al sur, tienes el tango de Ástor Piazzola, la chacarera, el cantón en Uruguay, y además todo lo que tenemos aquí. Entonces, esto para mí ha sido un paraíso, y todavía me queda mucho por aprender sobre la música venezolana. La he estudiado y fusionado, he hecho mi cóctel.

Weil y compañía, al igual que músicos como Vytas Brenner, Aldemaro Romero o la banda Spiteri durante su estancia en Inglaterra, cada uno a su manera transitó hacia ese mismo horizonte que persiguen muchos de los artistas de estas generaciones, que intentan actualizar los géneros de raíz, traerlos del campo a la ciudad, combinarlos con jazz, rock y todo lo que oyen en la calle y fuera del país. Cada quien ha creado su cóctel y sólo a través de la comprensión de esos brebajes se puede lograr cierta aproximación a la música venezolana de estos tiempos, que no es una sola sino un sembradío repleto de especies multicolores e injertos.

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Detrás de Weil, destaca un hermoso póster del Festival de Jazz de Berlín de 1982. Parece un cuadro de Kirchner —maestro expresionista alemán de principios del siglo XX— pero en realidad es del artista gráfico Holger Matthies, paisano de Kirchner. No es casualidad que ese retrato desfigurado de un hombre con traje y pajarita, con la pintura corrida como si le hubiera llovido encima, esté colgado en un lugar tan privilegiado de la sala. En ese festival no sólo actuó el propio Gerry con su grupo el histórico el 15 de noviembre de ese año. En la cita también hizo una memorable presentación el contrabajista y bandleader Charlie Haden, un tipo al que una poliomelitis le impidió ser cantante, se reinventó, se reconstruyó como personaje y se convirtió en un músico extraordinario.

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A Haden también se le tilda de vanguardista porque logró trabajar desde el jazz, tomar con pinza elementos del folk de su país y, de paso, rendirse a los pies de Bach. Y es precisamente de Johann Sebastian Bach la resma de partituras que reposan sobre el piano de Weil hoy, porque lleva tres años estudiando sus 31 composiciones para clavecín. Hasta el momento en que conversamos, se ha aprendido 19.

Otra cosa lo une con Haden. El Weil pedagogo, el Weil maestro, nació cuando él ya tenía 27 años, edad en la que se le manifestó el síndrome de Gillain-Barré, un trastorno neurológico que debilita terriblemente a los pacientes, afecta sus músculos y su movilidad y en algunos casos los lleva al punto de la asfixia. Como el estadounidense, él también debió reinventarse, reaprenderlo todo, construirse otro yo.

—Eso me dejó en silla de ruedas, y tuve que recuperarme. Es un mal que ataca todo el sistema neuromuscular, pero yo le eché bolas y después llegué a ser karateca. Podría decir que para mí la vida es aprender. Y para aprender hay que saber enseñar, enseñarse a sí mismo, sobre todo. Cuando ocurrió este percance, esta prueba durísima que podría haberme dejado en silla de ruedas o usando muletas toda la vida, decidí que no podía seguir trabajando de noche. Tocaba jazz en un sitio de Altamira llamado Mon Petit Bar. Cuando me recuperé, no quería volver. Ya de eso han pasado casi 50 años, en los que me he dedicado a la enseñanza. Para ser un pedagogo hay que ser un eterno estudiante. Nadie se gradúa de profesor en ningún lado, todavía estoy buscando mejorar mi sistema de enseñanza. Cada clase la doy con todo mi ser, consciente de que estoy sembrando algo muy importante, muy espiritual, muy místico, una conexión divina, y por lo tanto, con esta visión tan profunda, tan comprometida, descubro que me gusta muchísimo enseñar.  A mí me encanta la tarima, pero no comparto la idea de compositores a los que no les llama la atención dar clases. Para mí ser pedagogo es ser un estudiante avanzado que comparte unos conocimientos que crecen día a día y están en constante revisión, en búsqueda de una más acentuada precisión que tenga resultados positivos. Doy gracias a Dios por haber tenido tantos buenos alumnos.

Si los alumnos de Gerry Weil se reunieran en un disco, sería un All Star de músicos venezolanos. Una muestra bastante representativa de lo mejor. Cacao Música, efímera disquera apoyada por el beisbolista Bob Abreu, llamó Tepuy a un disco que editó del artista en 2009, porque lo consideraron un tepuy, un monumento, una montaña que impresiona y que permanece allí incólume como un ejemplo de admiración. Y Weil, a su vez, considera tepuyes a muchos de sus pupilos.

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Todos pasaron por este apartamento de Sabana Grande, al menos brevemente. Desde Yordano e Ilan Chester, hasta los pianistas Silvano Monasterios y Otmaro Ruiz, hoy en la movida del jazz en Estados Unidos. También le enseñó a los flautistas Huáscar Barradas y Pedro Eustache, músico que ha grabado un montón de bandas sonoras de Hollywood. Rafael Greco, el saxofonista de Guaco, y Asier Cazalis, vocalista de Caramelos de Cianuro. De Los Amigos Invisibles, aprendieron con su método el tecladista original Armando Figueredo, y curiosamente, también su sustituto (desde 2015) Agustín Espina. A Desorden Público hasta les produjo un álbum.

En el mencionado homenaje que le rindieron en julio de 2016 en el Festival Caracas en Contratiempo, tocó con muchos de sus aprendices. Otros, como la cantante María Rivas o el pianista Luis Perdomo, enviaron videos reverenciales desde el extranjero. Esa tarde, justo antes del concierto-tributo, fue presentada su biografía Al ritmo de Gerry Weil, escrita por la Periodista Cristina Raffali, en una charla en la que el artista soltó esta frase: “Si la humanidad enfrentara un juicio final, saldría acabada, aniquilada, raspada… pero nos perdonarían por la música”.

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Cuando la oye de boca de su entrevistador, suelta una carcajada: “¡Eso es mío!”. Y desarrolla la idea.

—Estar conectado con la música, la poesía y el arte es la salvación en medio de esta situación caótica económica, cultural, histórica… No me gusta la palabra política. La política es uno de los aspectos maléficos de la historia, es generalmente corrupta, es maquiavélica. La política no tiene nada que ver con la búsqueda espiritual del hombre, y de ahí surge esta crisis que no es mundial. ¡Fíjate, un país de 300 millones de habitantes y no pudieron conseguir algo mejor que Hillary Clinton y ese pendejo! Todavía no lo puedo creer. Cuando me desperté y vi la noticia pensé en el Apocalipsis”.

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No importa en qué mes se produzca una charla con Weil, siempre hablará de Navijazz, los conciertos con excusa navideña que prepara durante todo el año y que ha realizado durante 12 años con una sola interrupción —por motivos quirúrgicos—. Porque él sí extraña los escenarios y celebra efusivamente cuando vuelve a subirse a uno. Narra el show en verbo futuro antes de que ocurra, y lo sigue narrando después en pasado. Han transcurrido cuatro meses de la Navidad más reciente y él todavía se emociona contando que, aunque no estuvo el gran saxofonista Pablo Gil —porque emigró—, participó su percusionista más querido y fiel, Carlos “Nené” Quintero, actuó el cantante y multiinstrumentista Gilberto Bermúdez y volvió a compartir tarima con Biella Da Costa, “siempre maravillosa”.

Suele probar cantando una versión blueseada de “Imagine” de John Lennon, clásicos de Duke Ellington y Billie Holliday y otros de Thomas “Fats” Waller. Deja correr una voz quebrada a lo Louis Armstrong. Una voz de otro tiempo, macerada y áspera, pero de sentimiento dulce. Hablar de estas cosas lo pone a millón. Acelera su discurso cuando dice que invitó al Ensamble B11, agrupación vocal a lo Neri Per Caso o Bobby McFerrin, o que ha estado trabajando con Jhoabeat, un joven que hace beatboxing y que con su boca y un micrófono suena como una miniteca.

A Weil lo llamaron hoy para informarle que había sido suspendido un concierto que daría en la CAF (Corporación Andina de Fomento). El país no está para jazz, ni beatbox ni su canto a lo Satchmo, ni las polifonías ni Bach ni el arte del haikú, esa minimalista forma de poesía japonesa de la que se enamoro hace tiempo. Lo dice con rabia porque, cómo no reconocerlo, ha sido un mal día.

—¿Cómo sería tu paraíso, Gerry? —le digo, y sonríe complacido. Es una pregunta que le han hecho antes.

—Un piano… afinado (suelta una carcajada), preferiblemente de cola. Un colchoncito, unos cinco o seis libros. ¡No, muchos! Mejor tres, tres libros. Un jarrón o un cuadro, unos escalones anchos, una arena blanca, sabrosa, y la orilla de una playa caribeña. Ese es mi cielo —desliza con rapidez la palma de una mano sobre la otra, como diciendo ¡más nada, ya está!—. Pero una cuenta millonaria, no. Es mucho peo. Un jet privado para ir a París a desayunar… ¡nooo, mucha complicación!

Estudiar a Bach es cosa de estos últimos años. Lleva años aprendiendo japonés y ahora escribe haikús. Piensa seguir con el surf y el karate, sus otras dos pasiones. Conduce un nuevo programa de radio los domingos, aunque se queja de que no consigue patrocinio. Mientras hila su próximo concierto, que no sabe cuándo será posible, reúne dinero para restituir la malla de la hernia que se rompió.

—¿De dónde proviene tu energía, maestro Gerry? ¿De la pasión? —le pregunto maravillado. Él vuelve a sonreír, mira al vacío. La respuesta llega en tres tiempos. Primero se sienta al piano y toca un aria de Bach.

—Bach es abrir las puertas al cielo. Es una conexión con la divinidad. La música de Bach no es humana.

Mientras toca no hay bullicio. La música se convierte en un escudo, un antídoto, una fortaleza. Las calles intoxicadas de Caracas desaparecen por un instante. La pieza termina en el meñique de su mano derecha y un suspiro profundo.

—¿Qué puede decir uno después de eso? —se pregunta él mismo, pero igual dice algo en japonés y lo traduce—.

La música es un gesto de amor

de lo divino hacia nosotros

y a la vez nuestra respuesta

con pasión y agradecimiento.

Finalmente, lo explica todo, como si hiciera falta, en la lengua que aprendió a hablar hace casi 50 años, cuando pisó las costas venezolanas por primera vez.

—La vida es hermosa. No conozco nada más hermoso que la vida misma. Estar vivo ya es un milagro. Uno siente de alguna manera la necesidad de expresar esta felicidad, de descubrir que uno es… Yo soy. El idioma más antiguo que hay, uno de los más antiguos, es el sánscrito. Yo soy se dice a-jam. Inhalar-exhalar. Todos los seres del universo, cuando inhalan y exhalan, están diciendo yo soy. Si descubres que tú eres y te conformas con ser y descubres que estás vivo, que existes en este mundo, nace la necesidad de hacer un gesto, un gesto de agradecimiento. Pasión y agradecimiento. Estar vivo es una razón más que suficiente como para hacer un gesto de amor, porque la energía creativa, la energía positiva y no destructiva, no pesimista y no paranoica, sino la energía que nos hace feliz, se llama amor. Amar me hace feliz, y para mí el gesto de amor más auténtico es la música.

Ahora sí no hay más que agregar. Cualquier pregunta se queda pequeña ante esa última respuesta dividida en tres partes: Bach-haikú-castellano. Salimos del oasis, tomamos el ascensor y bajamos. Nos asomamos a la calle, más agitada que de costumbre, y precisamente viene llegando el alumno, el joven que vive cerca y pudo venir a pie, a pesar de las lacrimógenas, los trancones y las muertes innecesarias. Otra lección de piano, de música y de vida está a punto de empezar.

El epílogo

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Pasaron tres años de aquel encuentro. Tres años en los que el maestro Gerry Weil se recuperó e hizo giras por Estados Unidos y Europa. Volvió a Berlín, a donde dio aquel concierto inolvidable en 1982. Se adaptó como docente a estos tiempos, ofreciendo clases virtuales. Y lanzó tres álbumes. ¡Tres! En 2019, año en que cumplió 80, editó una obra en directo, Live in Vienna, grabada en su tierra natal; y otra, monumental, realizada con la Simón Bolívar Big Band Jazz, titulada Gerry Weil & Big Band Jazz. En medio de la cuarentena obligada por la propagación del Covid-19, acaba de lanzar otro álbum avanzado, desprejuiciado, atrevido, que celebra sus ocho décadas de vida. Se llama Kosmic Flow. Lo acompaña un montón de invitados, ex alumnos, artistas rompedores, jóvenes; jóvenes como él lo ha sido toda la vida.

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Fran Vielma & Venezuelan Jazz Collective: Música universal con materia prima criolla

Publicado original en GuatacaNights.com el 7 de noviembre de 2019

Como todo artista, antes que nada, Fran Vielma es un investigador. Conviene entender su manera de encarar la creación, que es más parecida al trabajo de un antropólogo que al de un músico ensimismado en las complejidades de ritmos y armonías, para comprender un mensaje que el percusionista merideño envió al mundo a través del álbum Tendencias, primer fruto discográfico de su Venezuelan Jazz Collective, una propuesta que pasa las semillas venezolanas y latinoamericanas por el barniz sofisticado del jazz.

A Vielma le va como anillo a sus dedos maltratados por los cueros la frase que alguna vez pronunció el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov (1860-1904): “Para ser universal, habla de tu pueblo”. El músico, que fue partícipe de la Movida Acústica Urbana, aquel colectivo que acercó a melómanos a ensambles de vanguardia inspirados en la raíz tradicional venezolana hace unos años, se llevó la pulpa de sus pesquisas a Estados Unidos. Se llevó en su maleta un concentrado a base de sangueo, joropo oriental, golpe de Patanemo, merengue caraqueño, y los ecos de tumacos, fulías, clarines, tamboritos, minas y más elementos autóctonos y/o de origen africano.

Tendencias, la canción homónima, representa precisamente la incorporación de ritmos de las costas centrales, cultivados a orillas del Mar Caribe, a una sonoridad que es producto de la influencia potente de genios como John Coltrane: “Se trata de una búsqueda muy personal —dice Vielma— que se manifiesta de una manera no literal en muchos casos, y no tradicionalista, aunque esté hecha con mucho respeto y con mucho orgullo, como diciendo: ‘Esto es parte de lo que yo soy’”.

En Monk en Aragua, Vielma recrea la fantasía de una visita del mismísimo Thelonious Monk a las costas aragüeñas. En Hubbardengue le rinde homenaje a Freddy Hubbard, maestro del hard bop, desde el merengue caraqueño. Cereal de Bobures es su guiño al Zulia; representa una travesía por el Sur del Lago de Maracaibo a bordo de una gaita de tambora. También le habla a su familia: Mis dos luces es una pieza basada en el bambuco de su tierra, Mérida, dedicada a sus sobrinas; y Ehlba es un retrato expresionista de su madre, Maritza Vielma, desde el jazz combinado con tambores barloventeños que invitan a bailar.

Para plasmar sus ideas, esas que desarrolla a diario desde el piano y que luego traslada a un ensamble en el que asume el rol de percusionista, Fran Vielma se rodeó de grandes músicos que cubren dos requisitos básicos fundamentales: la formación dentro del lenguaje del jazz y el conocimiento de ritmos latinoamericanos que muchas veces se reproducen, con pequeñas diferencias pero innegables similitudes, en varios países.

El Venezuelan Jazz Collective se conformó en 2015, tras la participación del músico andino, como jazz embassador del New England Conservatory de Boston —donde estaba haciendo su maestría—, en el Festival de Jazz de Panamá, en el que compartió escenario con Danilo Pérez, Rubén Blades, Miguel Zenón y otros artistas que admira.

Desde 2010, cuando dejó su país y se fue a Boston a estudiar Performance y Teoría del Jazz en la Berklee School of Music, ya el artista experimentaba con repertorios variados que involucraban fragmentos de autores como el Pollo Sifontes y Simón Díaz —de quien quedó el Pasaje del olvido en el álbum— como parte de su ensalada contemporánea. Pero Vielma quería más.

Siempre soñó, por ejemplo, con tener un ensamble grande con sección de vientos. De modo que contactó al pianista Luis Perdomo y al contrabajista Roberto Koch (Aquiles Báez Trío), que vive en Europa pero que entonces estaba de visita en Estados Unidos. También llamó al baterista Pablo Bencid, con el que completó un cuarteto de compatriotas que sirvió de base. Para los vientos, incluyó a otro venezolano, el trombonista Ángel Subero, así como al saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón y a un trompetista ecuatoriano-cubano llamado Michael “Mike” Rodríguez. Con ese trabuco, al que se sumó en algunas piezas el cubano César Orozco en pianos y rhodes, se logró Tendencias, un álbum impecable, recibido con asombro por la crítica especializada.

Los músicos suelen decir, mitad en broma mitad en serio, que la música es el arte de cuadrar horarios. Vielma, quien reside en Washington DC, donde dicta clases, resolvió poniéndole a la agrupación en su apellido el término collective, que sugiere cierta flexibilidad. Y así funciona: él es el alma del ensamble, lleva sus composiciones, su concepto y el sustrato que representa su trabajo desde la percusión. El resto de la formación va variando de acuerdo a la agenda.

Al momento de esta publicación, el Venezuelan Jazz Collective, que recibió el auspicio de la South Arts Foundation a través del programa Jazz Road Tour, se encuentra en una gira por Estados Unidos y El Caribe en la que Vielma comparte con Pablo Bencid, pero viaja con el pianista barquisimetano Santiago Bosch e instrumentistas como el contrabajista búlgaro Peter Slavov, el trompetista Sean Jones, el saxofonista Godwin Louis y el trombonista Jacob Garchik. Luego, quizá será otra la alineación.

Tendencias es la medida de lo que ha avanzado Vielma en la década —y poco más— que ha transcurrido desde Inesperado (2008), su primer disco. Allí pasó en limpio el sonido de Nuevas Almas, proyecto con el baterista Diego Maldonado, en un compacto editado por Cacao Música, aquella linda pero efímera iniciativa financiada por el entonces grandeliga Bob Abreu.

El Venezuelan Jazz Collective no es el primer proyecto de jazz que se alimenta de esencias latinoamericanas. Su sonido se enmarca en un extenso y dorado historial que comienza con el acercamiento de Dizzie Gillespie y Charlie Parker hacia la música afrocaribeña en los años 40 y continúa con experimentos de ida y vuelta entre dos mundos que se fusionaron y se convirtieron en uno solo; de gente como Tito Puente, Eddie Palmieri, Machito, Cachao o Mario Bauzá, así como Danilo Pérez, Paquito D’Rivera, Dafnis Prieto, Giovanni Hidalgo y más creadores mestizos. Pero la idea de Vielma sí que devino en un ladrillo destacable en esa enorme pared que conjuga el sabor del trópico con la sofisticación.

El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

Publicado originalmente el 20 de septiembre de 2019 en Guatacanights.com

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia. Por primera vez en su extensa carrera, que comenzó con unos experimentos con el maestro Gerry Weil, la extraordinaria cantante había sido nominada a los Latin Grammys, máxima fiesta de la industria musical latinoamericana. El reconocimiento llegaba gracias a Motivos, un álbum de caprichos, especialmente boleros, que incluyó ese clásico homónimo de Ítalo Pizzolante y la rosa pintada de azul.

María Rivas irrumpió en la escena musical venezolana en 1992, cuando un canto de lavanderas devenido en canción bailable era una rareza en el mainstream nacional. El manduco fue un hit que reflejó su amor por la raíz tradicional latinoamericana, pero fue apenas su manera de decir presente. Con el tiempo, se convertiría en una de las voces más sofisticadas del país, vehículo de latin jazz y, además, una de las intérpretes predilectas de la música de Aldemaro Romero.

La voz y la manera de cantar de María Rivas eran de una delicadeza inusual. Una voz de ningún lugar y, a la vez, de todos. Una voz sin raza, cargada de swing, de pasión, de jazz, de elegancia con una pizca de desparpajo. Y en ese canto, llevaba lo caribeño a los estándares de jazz y traía el swing a las piezas de música basadas en la raíz tradicional venezolana, como lo hizo en Pepiada Queen (2008), donde conviven Moliendo café y El Catire de Aldemaro con canciones como Smell Like Teen Spirit de Nirvana y Come Together de Los Beatles. Era una cantante sin límites, desprejuiciada y original.

Estuvo mucho tiempo fuera de Venezuela. Vivió una época en Japón. También, entre España y Florida. Pero nunca dejó de cantarle a su tierra. Grabó una decena de álbumes y casi todos incluyen joyas venezolanas que se cuelan entre estándares de Cole Porter, música estadounidense de los años 40 o 50, o clásicos latinoamericanos como Alfonsina y el mar o Bésame mucho. Uno de sus trabajos más sorprendentes fue incluido en el disco Clásicos venezolanos (1999), grabado con el maestro Eduardo Marturet y la Orquesta Sinfónica de Lara.

Su calidad la llevó a actuar en escenarios como el prestigioso Festival de Montreaux. La plataforma Guataca Nights tuvo la fortuna de presentarla en directo durante 2018. En Houston actuó con el pianista merideño Leo Blanco. También lo hizo en Orlando. La presencia de María Rivas representaba una garantía para una velada deliciosa.

A la cantante le gustaba pintar. No se conformó con el color de su voz. Le gustaba tanto, que se sumergió de lleno en el arte plástico y presentó series de pinturas como una que llamó American Jazz Greats, en la que representó en lienzo a grandes jazzistas como Chet Baker, Miles Davis y Nina Simone. Curiosamente, su primer roce con los Latin Grammy y la Academia Latina de la Grabación que los organiza, se había producido en 2013, pero como pintora. A María Rivas le fue comisionado el arte oficial de los premios.

Cuentan que escribió y pintó hasta sus últimas horas, a pesar del cáncer y del deterioro vertiginoso de su salud. Rodeada por sus seres queridos, murió el jueves 19 de septiembre de 2019 en la ciudad de Miami, a los 59 años de edad, una gran artista caraqueña que dejó pinturas y canciones como huellas inmejorables de su existencia.