Judas, Premio Nobel de Literatura 2016

Judas, Premio Nobel de Literatura 2016

Primero, un vistazo al libro de reclamos, del sarcasmo a la ira. Que a Murakami lo vieron esta tarde en una tienda de guitarras. Philip Roth, ponte a cantar. Que escritores y poetas ya pueden aspirar al Grammy. ¿Tendrá Amos Oz buena voz? Que el próximo año le darán el nobel de literatura a un físico cuántico y cuidado si consideran a Arjona para 2017 (¡hasta cuándo hablaremos de Arjona!). Que la Academia Sueca se decantó por Bob Dylan porque no pudo llegar a un consenso con respecto a ningún escritor. Juan Luis Guerra, próximo nobel de química. ¡Qué vergüenza, reconocieron a un cantante (sic)! Hubiese preferido que sacaran del sótano a algún escritor desconocido. Que esto, que aquello… Ceños fruncidos, caras largas. ¡Ay, la Academia, fin de mundo!

Y el señor Robert Allen Zimmerman, a sus 75 años, guarda silencio. Los mira a todos desde sus lentes oscuros, tranquilo, ni molesto ni contento. Es un día más. Quizá para tomar la guitarra, el papel y el lápiz, a ver qué sale hoy. Ya son muchos premios Grammy, un Oscar, el Pulitzer, el Príncipe de Asturias… Todos por algo parecido a lo que acordó anunciar el jurado tras una semana de retraso: “Por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción”.

¿Sorpresivo? Claro. ¿Controversial? Mucho. Y no vamos a machacar la idea de su influencia (literaria) sobre las bandas con mayor alcance masivo, aunque no se me ocurre otro artista que haya impactado de igual manera en los Beatles, los Rolling Stones y U2, por ejemplo, y que al mismo tiempo su hiedra haya alcanzado a trovadores y cancionistas hispanoamericanos. Antes de Dylan, en la radio se cantaba sobre amor, bailecito y despecho. Pero, insisto, ese es un tema para otro día. Dejemos las guitarras, pianos, bajos y baterías a un lado. ¡Lo musical está prohibido hoy!

Es autor de dos libros: Tarántula (1971), compendio poético que habla de la década en la que revolucionó la música folk, mutó para ser roquero y se convirtió en la máxima figura de la contracultura estadounidense; y Chronicles (2004), la primera parte de su autobiografía —quizá estaba esperando este premio para publicar la segunda entrega. Pero, ¿a quién vamos a engañar? ¡Si donde reposa su valor literario es en las canciones, en los discos, en una obra cuyo vehículo funciona con el combustible do-re-mi-fa-sol-la-si?

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¿Cantar y tocar la guitarra son motivos para descalificación de un premio que reconoce el impacto de una obra literaria? ¿Ese es el argumento? No lo creo. Tendríamos que retirar el galardón a los dramaturgos, ¿o no? Ellos no escribieron para ser leídos; lo hicieron para que un grupo de actores, con escenografía, vestuario, utilería e histrionismo, nos contaran una historia.

Es comprensible que cueste digerir la noticia, sobre todo si el indigesto no se ha dejado llevar por, no digamos los treinta y pico de discos que ha grabado desde el homónimo de 1962, pero al menos por la columna vertebral de su obra. Es más, conformémonos con parte del material que produjo en los años 60: The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), The Times They Are a-Changin’ (1964), Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966), todos editados en cuestión de tres o cuatro años, cuando al tipo le venía toda la poesía cruda como un manantial. Quién sabe si se encuentran más verdades en esas canciones que en kilómetros de revistas literarias.

Dylan pertenece a una generación en la que todos se retroalimentaban. Aunque su inspiración musical provenía de personajes como Woody Guthrie, convivía con gente como Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. Este último se convirtió en uno de los promotores del valor literario de su trabajo, por cierto.

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Sí, Philip Roth podría ganar el Premio Nobel de Literatura. También Amoz Os. No sé si Murakami; eso se lo dejo a los críticos literarios. Agregaría a la lista, respetuosamente, a Cormac McCarthy, autor de algunos de los libros que en tiempos recientes, al menos a mí, más me han emocionado. Sí, ellos lo merecen, seguramente. Pero el aporte literario de Dylan es innegable. ¿No es acaso un juglar moderno, como aquellos que en otros tiempos contaban la historia de los pueblos cantando y recitando? ¿No nos ha dicho bastante sobre los tiempos que vivimos desde esa aguda mirada del poeta?

Al ver las redes sociales minadas con bromas y disgustos, recordé su presentación en el Free Trade Hall de Manchester en mayo de 1966. Ya el artista se había acostumbrado a las pitas de fans hippies que lo criticaban por dejar atrás el perfil de artista folk, sin banda, distorsión ni artificios, para vestir el traje del rock and roll. Antes de tocar “Like a Rolling Stone”, alguien del público le gritó ¡Judas! Y él le respondió lo que le diría a todos los que critican hoy su Premio Nobel de Literatura: I don’t believe you… ¡You’re a liar!

 

PÍLDORA: Aprovecho el impulso para recomerdarles un librazo de Greil Marcus titulado Like a rolling stone: Bob Dylan en la encrucijada (2010), el documental de Martin Scorsese No direction home (2005) (aquí el tráiler) y el extraordinario y alocado filme I’m Not There (2007), en el que Cate Blanchet, Christian Bale, Richard Gere, Heath Ledger, Marcus Carl Franklin y Ben Whishaw, todos interpretan a Bob Dylan.  

 

Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando

Lo que brilló en aquel escenario no fueron los Rolling Stones. Sí, por supuesto que deslumbró la presencia de Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood y Charlie Watts, con toda su parafernalia. Pero la noche del pasado 25 de marzo en la Ciudad Deportiva de La Habana, la banda británica vistió el traje de una metáfora y lo verdaderamente resplandeciente fue la libertad, rebelde y burlona, bailando, contoneándose, tocando la batería, fumándose un cigarrillo, diciendo lo que le venía en gana.

“Sabemos que años atrás era difícil oír nuestra música acá, pero aquí estamos tocando para ustedes en su bella tierra”, dice un sonriente Mick Jagger, en perfecto castellano, ante unas 700.000 personas excitadas —y otras 500.000 en el perímetro. Justo después, hace una pausa y, en tono reflexivo, parafrasea a Dylan: “Finalmente los tiempos están cambiando”.

No fue un acontecimiento que necesitase demasiado tiempo para cobrar una significación más allá de lo musical. Fue un hecho histórico antes de que ocurriera. Un libreto que parecía escrito hace mucho, obra de un ingenioso y romántico guionista. Por eso el cineasta Paul Dugdale, especialista en el género y responsable de Adele: Live at the Royal Albert Hall (2011), Coldplay: Ghost Stories Live y One Direction: Where We Are (2014), se apresuró y produjo una cinta que acaba de ser presentada en salas de cine.

Quienes no estuvimos en Cuba durante el espectáculo jamás sabremos con exactitud cómo era el aire que se respiraba desde “Jumping Jack Flash” hasta (I Can’t Get No) Satisfaction”. Pero The Rolling Stones: Havana Moon (aquí el tráiler) seguramente representa un justo registro de lo que experimentaron los cubanos cuando se encontraron de frente, sin intermediarios ni censores, en público y sin temor a represión, con unos verdaderos embajadores del rock and roll.

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En una sala de cine en Bogotá, a seis meses de aquella cita, muchos lagrimeaban al ver en la gran pantalla las lágrimas de quienes sí asistieron. La carga emotiva pesaba como un yunque. La música fue apenas una excusa, con sabor agridulce, para recordar que la vida ha sido dura. “You can’t always get what you want”, dice el coro, y luego, como para que no se pierda la esperanza, completa: “But if you try sometimes, you just might find you get what you need”.

Los Stones agitaron a la multitud con “Sympathy For The Devil” y “Paint It Black”. Con “Gimme Shelter” le dijeron que en el mundo la guerra siempre está a la vuelta de la esquina: “War, children, is just a show away”. Lo acariciaron con “Angie” y lo entretuvieron con “It’s Only Rock and Roll (But I Like It)”, como para que no se lo tomara todo tan en serio. De paso, le hablaron de las “Honky Tonk Women” y saborearon “Brown Sugar” y bailaron y rieron y se olvidaron por un rato de las penas, del encierro, el período especial, la cartilla de racionamiento, las balsas, las ideologías, el embargo estadounidense y lo que pasa por la mente de la mayoría cuando oye la palabra Cuba.

“Al prohibirlo se hace más apetecible (tasty)”, suelta Keith Richards en una de las entrevistas que acompaña la seguidilla de canciones. Y el guitarrista dice que, como es costumbre, actuaron movidos por el combustible que ha mantenido a esa maquinaria activa durante más de medio siglo: el cariño del público.

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Los ídolos la pasaron bien, mejor que en otras ocasiones. Vieron banderas de Inglaterra y de muchos países latinoamericanos. Vieron una audiencia en la que convivieron senos muy jóvenes al descubierto y canosos vestidos de cuero, gente heterogénea de todas las edades. Dijeron que comieron arroz con frijoles y empanadas y que “lo más rico fue bailar rumba cubana en La Casa de La Música”. Contaron que les encantó el museo abierto de automóviles antiguos que representan las calles de la ciudad y confesaron que lo más duro de efectuar el show fue el engorrosísimo papeleo.

Todo huele a cambio, mucho más que cuando Audioslave, el 6 de mayo de 2005, ofreció un show ante la Tribuna Antiimperialista José Martí de La Habana. ¿Habrá servido aquel encuentro con la banda híbrida, con integrantes de Rage Against The Machine y Soundgarden, con Tom Morello y Chris Cornell a la cabeza, como abreboca? Seguramente sí, al igual que el concierto Paz sin Fronteras del 20 de septiembre de 2009, que reunió en la Plaza de La Revolución a artistas como Juanes, Miguel Bosé, Olga Tañón y Jovanotti con trovadores como Silvio Rodríguez y agrupaciones como Los Van Van y Los Orishas.

Es cierto, Mick. The times they are a-changin’. Lo vemos en un crucero atracando en las costas de la isla. También en un desfile de Chanel en tierra comunista. Un partido de los Tampa Bay Rays de la Major League Baseball contra la selección cubana, ante la mirada de los presidentes Obama y Castro; y con Derek Jeter, gloria del deporte estadounidense, en las mismas sillas que Timoleón Jiménez, alias Timochenko, jefe guerrillero de las FARC colombianas. Lo sospechamos al presenciar sendos vuelos de American Airlines aterrizando en Cienfuegos y Holguín por primera vez en 55 años. Sí, los tiempos están cambiando… y los Rolling Stones, una vez más, colaboran con la banda sonora.