El último viaje de Gustavo Cerati

El último viaje de Gustavo Cerati

Publicado originalmente el 6 de junio de 2020 en Guatacanights.com

Parece un martes cualquiera en el Centro Médico Docente La Trinidad de Caracas. Doctores, enfermeros, pacientes y bedeles se entrecruzan en el lobby en cámara rápida. Nada impide que un reportero con actitud de espía secreto —y alma de fan preocupado— suba desapercibido al tercer piso para recorrer sus pasillos y asomarse disimuladamente a las habitaciones. Todas muestran un cartelito removible con el nombre del paciente. Todas menos una: la 23-18. Cuando se abre la puerta, alcanzo a ver los pies de un hombre acostado, inmóvil, rodeado de consternación.

La mala nueva se hace pública: lo que le dio a Gustavo Cerati tres días antes, la noche del sábado 15 de mayo, no fue una “descompensación por una subida de presión debido al estrés y al agotamiento”, como decía la compañía productora Evenpro en un comunicado. El neurólogo Vladimir Fuenmayor confirmó que se trató de un “evento vascular isquémico”. En otras palabras, el ídolo tuvo un accidente cerebrovascular que provocó una brusca interrupción del suministro de combustible (sangre oxigenada) a la torre de control de su organismo.

Otro ataque enciende las alarmas ese mismo martes 18. El paciente es retirado de su habitación y llevado a la carrera al quirófano. Enfrenta una emergencia dentro de otra. Una hemorragia obliga al neurocirujano Herman Scholtz a abrir su cráneo para forzar la descompresión y evitar su muerte inmediata. Aún nadie lo sabe, pero el relato de Gustavo Adrián Cerati Clark, de 50 años de edad, se quedará congelado en esa misma página durante más de cuatro años.

Mientras es sometido a la operación, los reporteros comienzan a amontonarse en las afueras de la clínica. La prensa argentina llega apurada. Cansados, los enviados cuentan que les tocó correr al aeropuerto Ezeiza de Buenos Aires para volar al norte apenas leyeron un titular que publicó El Nacional la tarde del lunes. Por primera vez el apellido Cerati estuvo acompañado por las siglas fatídicas: ACV. Antenas microondas se instalan en los jardines para que las televisoras hagan transmisiones en directo. En pocas horas, este martes deja de ser un martes cualquiera en esa clínica del sureste caraqueño.

La directiva de la institución entiende por fin la relevancia del paciente de la habitación 23-18 y dispone de guardias de seguridad para filtrar la entrada. Ya no se puede subir. También ofrece la primera de varias ruedas de prensa para informar la más mínima novedad sobre el músico y calmar la ansiedad de los medios de comunicación. La encargada de relaciones públicas de la clínica nunca tuvo tanto trabajo.

A partir de ese momento, el seguimiento periodístico de su caso se convertirá en mera semántica: “El paciente mostró una leve mejoría”. Sí, pero ¿qué significa una leve mejoría en una persona que acaba de sufrir un ACV? “El paciente está estable”. OK, pero ¿estable en qué condición? ¿En estado vegetativo? Los médicos revelan poco o nada. Disfrazan las palabras y administran los adjetivos para tener algo que decir al día siguiente.

De quien antes me explayaba sobre sus canciones, álbumes y conceptos artísticos, ahora escribía sobre las posibles consecuencias de su ictus, las funciones cerebrales comprometidas y la trombosis que sufrió cuatro años atrás. Chequeaba cada término con mis hermanos médicos para no meter la pata en prensa nacional.

Avanza la semana y ya los fans se acercan e improvisan a un costado una gruta con flores, dibujos y mensajes esperanzadores. El público juega con sus letras, las que escribió para los álbumes de Soda Stereo y las que dejó en sus discos como solista. Son las huellas de unos 25 años de trabajo creativo. La gente advierte en su críptica poesía cierto potencial premonitorio, aunque, de momento, prefiere esconder cualquier sospecha de fatalidad. Se apropia los versos, los usa como extensión de sus deseos, de su fe. Al igual que la prensa, el público sólo cuenta con eso, con palabras.

El silencio no es tiempo perdido” (“El rito”, Signos, 1987)

No morirá lo que debe sobrevivir” (“Terapia de amor intensiva”, Doble vida, 1988)

Todo volverá a ser como fue” (“Hombre al agua”, Canción animal, 1990)

Todavía queda tanto por decir (…) Pronto saldrá el sol y algún daño repondremos”  (“Me quedo aquí”, Ahí vamos, 2006)

Nadie sabe si referirse a él en pasado o en presente. Twitter refleja el escepticismo que, en el caso de los más fanáticos, se transforma en vehemencia. Y esa vehemencia a veces deviene en insultos contra cualquiera que informe la gravedad de su situación médica. Sus fieles se resisten a creer lo que está ocurriendo. Siguen incrédulos desde el encuentro histórico del sábado, cuando, tras el final del gran concierto, surgió un rumor que cada día se fue convirtiendo más y más en realidad, en noticia, en tragedia.

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Aquella noche, la del 15 de mayo de 2010, Cerati fue Cerati. Ofreció un show impecable para presentarle a Venezuela su último hallazgo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, a donde llegó como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro y con antifaz, como en la fachada de su última edificación, Fuerza natural. Sólo le faltó un caballo alado para sobrevolar la ciudad.

Varias guitarras desfilaron por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Paul Reed Smith negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del argentino fue una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó en el campus universitario no fue el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el jovial artista de camisas ligeras a cuadros de Siempre es hoy; tampoco el bohemio playero y relajado de Bocanada. Esa vez fue un legionario del sentimiento, un espadachín sonoro, un ángel eléctrico.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country/folk: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después manipuló una guitarra española, una imagen poco común en su carrera, sólo recordada en los momentos de “Signos” con Soda—. La exprimió y le sacó “Cactus”, un tema basado en un golpe tradicional sureño conectado con la naturaleza: Cuando te busco no hay sitio en el que no estés.

“Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión. Un tema de Bocanada”, anunció. Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil” —de Ahí vamos (2006)— cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. “Artefacto”, la siguiente, dedicada a la dependencia por los teléfonos celulares, despertó esa euforia masiva que él siempre administró sabiamente.

El humor particular del músico afloró. De un momento a otro soltaba un chévere, un carajo, un sigamos jodiendo o un ¡muchacha!, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y sus piernas bronceadas. Anita, la misma que vería demacrada y con ojos aguados en los pasillos de la clínica tres días después, bailaba con gusto, sonriente, brillando en el escenario.

Actuó al pie de la montaña y completamente rodeado de vegetación, por lo que bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, tres gemas recientes que sirvieron de prólogo a una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde, como si Cerati estuviese sosteniendo las nubes con su música.

Antes de viajar a Venezuela, me había concedido una entrevista por teléfono, una de las últimas que dio, y me habló de la capital: “La ciudad siempre me ha parecido interesante porque es como un enclave de cemento futurista en el medio de la selva y ese verdor sigue luchando. Pero cuando hablo de Caracas no puedo olvidarme de las amistades que he ido cosechando. En principio tengo la intención de conocer lugares. No soy una persona a la que le guste quedarse en los hoteles. He estado en Los Roques y en Choroní, porque las ciudades a veces nos asfixian. En Caracas te aprisiona el tránsito, pero el mar y la selva están por ahí cerca”.

El artista tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. De pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”. Tras esa, soltó otra nueva titulada “He visto a Lucy” y se fue tras bastidores.

Habiéndose despojado de su traje negro, volvió vestido de blanco de pies a cabeza y fumando, sin prisa. Se sentó en un banquillo y anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993) llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira, salvo la versión en formato clásico e instrumental que hizo para los 11 episodios sinfónicos y que una vez interpretó la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de en el Teatro Teresa Carreño en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron unas bolas luminosas en el fondo del escenario. La corista rubia pasó al frente bailando al ritmo de “Te llevo para que me lleves” para ser partícipe de uno de los momentos más agitados de la velada. Al bajar la marea, sonó la introducción de “Dazed and Confused”, en una suerte de tributo a Led Zeppelin que abrió el camino para “Vivo”. También, en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, cuando reprodujo fielmente el contagioso riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento olía a despedida, pero el protagonista de la noche permaneció en tarima. “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?, preguntó, y antes de que se apagara la carcajada masiva, siguió con “Crimen”, coreada de principio a fin como un himno roquero al despecho.

Cerati jugó de nuevo, incansable: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y tocó la potente “Paseo inmoral”, también de Bocanada, que representó un verdadero clímax.

El ídolo hizo esa noche algo de lo que no pueden jactarse muchos. No tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, hits de su era post-Soda. Tal como fue su costumbre tras el quiebre del trío en 1997, tampoco repasó aquellos hits esenciales como “Persiana americana” o “De música ligera”, ¡qué va! Cualquier otro lo hubiese hecho como un tiro al piso. Seguramente cautivaba a todos y salía triunfante. Pero Cerati no es un ganador cualquiera: para ganar la inmortalidad es importante no repetirse.

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Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en epílogo. Ese Chau, Venezuela en realidad era una despedida del mundo, de todo su público, de los escenarios, de la vida. Y de Venezuela también porque con ella, con los melómanos de este lado del mundo, tuvo un romance ininterrumpido que comenzó en 1987 en el antiguo estudio Mata de Coco, a donde llegó con Zeta Bosio y Charly Alberti, Soda Stereo en pleno, en los tiempos de Signos. Volvería muchas veces con la banda y después como solista. Los haría vibrar en noviembre de 2007 cuando el trío se reunió para una última aventura. Y allí estaba de nuevo, dejándolos con ganas de más.

“Vos no me vas a ver encerrado”, me había dicho entre carcajadas en esa charla telefónica cuando le comenté que cada vez que visitaba el país dejaba un montón de testimonios de gente que lo veía en las discotecas, en los bares, pasándola bien: “En general trato de salir. Es una oportunidad única que tengo en la vida. Además: cuando conozco más, me siento más en casa. Entonces soy el primer arengador, como decimos por acá, que levanta la polvareda para ir a algún lado”.

Fue una conversación de unos 20 minutos. Fue una jornada inolvidable de mis tiempos de reportero en el diario El Nacional porque nunca había escuchado mi propio nombre pronunciado por esa voz que sí había escuchado miles de veces antes, pero en todas de modo unidireccional: desde el LP, el iPod, desde el CD, la radio, la tele, Internet. Esa primera y única oportunidad se trató de una interacción. Cerré el cuestionario preguntándole si alguna vez se aburría de sus propias ideas. Me parecía fundamental hurgar en cómo lidiaba con el agotamiento creativo ese artista valiente que mutó tantas veces, que evolucionaba rápido y a los tres o cuatro años no era el mismo. “¿Te ocurre?”, le pregunté.

“¡Uy! Tantas veces! —respondió—. No tanto agotado, sino que me he sentido en blanco, como preguntándome ‘¿Y ahora qué?’ Pero con el tiempo he notado que conozco mis biorritmos y he aprendido a esperar, porque no vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Después de Soda estuve casi un año sin hacer nada. Ni una sola canción. Esperaba que mi antena se renovara. Afortunadamente, no tengo que correr detrás de nada. Si viene, maravilloso. Si no viene, pues me dedicaré a hacer cuadros, ¿qué sé yo? Ya no es algo tan vital como antes”.

No vale la pena forzar algo que no se da naturalmente. Todavía resonaban en mi cabeza aquellas palabras cuando ya había comenzado junio y él seguía en coma. Los médicos decían que el daño cerebral había sido “extenso”, pero aún, agregaban con cautela, era muy pronto para medir las secuelas. El huracán mediático había cedido. Muchos reporteros de Argentina y Chile habían vuelto a sus países. Los locales ya se dedicaban a otras historias.

La familia Cerati, que viajó a Caracas, y también su médico de cabecera, anunciaron que se lo llevarían en una aeroambulancia a Buenos Aires, a casa. Los mensajes, basados en su propia poesía, seguían inundando las redes sociales y decorando la entrada de la clínica. Habían evolucionado hacia la aceptación, pero no abandonaban la esperanza.

Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer” (“Puente”, Bocanada, 1998)

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” (“Adiós”, Ahí vamos, 2006)

Nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz” (“Raíz”, Bocanada, 1998)

El lunes 7 de junio, día 23 después del último concierto, el paciente de la habitación 23-18 se convirtió en pasajero de una ambulancia del municipio Baruta que recorría la Autopista del Este seguido por una camioneta Explorer Expedition, donde viajaban sus familiares. Ambos vehículos, escoltados durante el trayecto por algunos fans con las luces encendidas y tocando cornetas en su honor, entraron sin contratiempos en la pista del terminal auxiliar del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar.

Eran las 9:15 am, según la corresponsal de El Nacional en Vargas, Karem Racines, cuando la aeroambulancia, con bandera estadounidense e identificada con las siglas N601CV, despegó. El ángel eléctrico hizo su último viaje. Dejó Caracas para siempre y volvió a su natal Buenos Aires para una cuenta regresiva dolorosa. Allí aguantó hasta que, por fin, su cuerpo descansó y le abrió paso a la leyenda.

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

A merced de Gustavo Cerati: El último concierto

El público, acostumbrado a la impuntualidad, apenas se distribuía a su gusto sobre el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar cuando apareció Gustavo Cerati como un caballero apocalíptico y misterioso, vestido de negro con antifaz, como en la fachada de su nueva edificación, Fuerza natural.

Desde el primer tema, que le da título a su más reciente producción, comenzaron a desfilar guitarras por sus manos. De una Gibson Custom verde a una Telecaster, y de una Stratocaster a la Parker Fly negra brillante que lleva consigo una carga de nostalgia: fue su instrumento preferido en los años de Soda Stereo.

Cada gira del músico argentino es una apuesta en vestuario, sonido y concepto. El Cerati que cantó el sábado en la universidad no es el mismo rocanrolero de Ahí vamos, ni el de camisas ligeras de cuadros de Siempre es hoy, ni el artista playero relajado de Bocanada.

Primero interpretó “Magia”, “Deja Vu” y “Desastre”. Luego se sentó y tomó su guitarra acústica para tocar dos temas con inclinaciones country: “Amor sin rodeos” y “Tracción a sangre”. Después de manipular una guitarra española —imagen poco común en su carrera—, para exprimirla y sacarle “Cactus”, dijo: “Hasta acá vamos con Fuerza natural. Ahora nos salimos de guión: un tema de Bocanada“.

Se trataba de “Perdonar es divino”, que antecedió a “Uno entre mil”, cantada a dúo con su aliado en tarima, el guitarrista Richard Coleman. Pero la euforia del público alcanzó un primer pico con “Artefacto”, una canción dedicada a la adicción por los teléfonos celulares.

El humor particular del músico de 50 años de edad se hizo presente. De un momento a otro soltaba un “chévere”, un “carajo”, un “sigamos jodiendo” o un “¡muchacha!”, refiriéndose a la corista Anita Álvarez, que destacó por su voz, sus pasos y su corto vestido —y, más que nada, por sus piernas bronceadas.

El artista bromeó sobre la neblina y sobre los “bichos” que atraían los focos, justo antes de cantar “Rapto”, “Dominó” y “Sal”, cuando comenzó a caer una lluvia intermitente que amenazó durante las 2 horas y 20 minutos de espectáculo, pero que arreció con más fuerza sobre el valle de Sartenejas después del último acorde.

Cerati tomó una guitarra doble, sobre la que habló: “Sí, mírenla, admírenla. Tiene dos mangos. Una maravilla. Número uno. ¡En serio! Hicieron una sola, y todo para tocar este tema”. Y de pronto, como si el público fuera cómplice de un viaje a su época de veinteañero, sonó la introducción de “Trátame suavemente”.

Después de “He visto a Lucy” se fue tras bastidores, pero al poco tiempo volvió vestido de blanco y fumando, sin prisa. Anunció que cantaría un tema de Amor amarillo (1993), llamado “A merced”, que nunca había interpretado antes en una gira. Sin embargo, esa melodía fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho en su presentación de 11 episodios sinfónicos en el Teatro Teresa Carreño, en 2002.

Un gallo cantó antes de que comenzara el excitante beat de “Pulsar”, en la que destacaron las bolas luminosas del fondo del escenario. La rubia corista pasó al frente para “Te llevo para que me lleves”, uno de los momentos más agitados de la velada. La introducción de “Dazed and Confused”, una suerte de tributo a Led Zeppelin, abrió el camino para “Vivo”, y en medio de “La excepción”, mostró un guiño claro a David Bowie, con el riff de guitarra de “Rebel Rebel”.

El momento sonaba a despedida, pero permaneció en tarima y preguntó: “¿Qué pasa? ¿No tienen planes, que todavía siguen aquí?”. Y siguió con “Crimen”. Cerati jugó de nuevo: “Ya no voy a pensar en nada. Ya cobré. Así que me voy de paseo”. Y comenzó la potente “Paseo inmoral”, que representó un clímax.

Presentó a sus músicos Leandro Fresco (teclados), Fernando Nalé (bajo), Fernando Samalea (batería) y el guitarrista que se sumó en esta gira, Gonzalo Córdoba. Eran las 10:45 pm cuando la sublime “Un lago en el cielo” se convirtió en el epílogo del reencuentro del bonaerense con sus fieles seguidores venezolanos. Esta vez no tocó “Puente” ni “Cosas imposibles”, ni repasó los máximos hits de su banda de siempre. Pero no fue necesario.

Reseña publicada el 17 de mayo de 2010 en el diario El Nacional

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FOTO PRINCIPAL: Cerati.com

FOTO PORTADA: Alexandra Blanco

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

 

Lo que sonaba no parecía una guitarra. Era como el aullido de un ave primitiva. Gustavo Cerati usaba su pedalera como pintor expresionista. Hacía el amor a su Paul Reed Smith negra y brillante mientras narraba una historia ambientada en un Buenos Aires oscuro. Y no se trataba sólo de la furia entendida como un estado de ira demencial. La vieja canción —añejada en barricas durante 8 años— invitaba a los 90 a las deidades justicieras de la mitología griega. Así, comenzaba un viaje llamado Comfort y música para volar.

Lucía como Jeff Lyne (Electric Light Orquestra). Grandes lentes oscuros, abundante cabello crespo, suéter azul cielo. Relajado y abstraído, conectado con una fuerza sideral. Parecía en otro lugar, como si estuviera inconsciente de que se encontraba frente a un público cautivo en los estudios de MTV en 420 Lincoln Road de Miami, Florida.

Antes de convencerlos de hacer un especial desconectado, la cadena televisiva, principal vitrina latinoamericana de aquella época, había tocado infructuosamente las puertas varias veces. Les hubiese encantado que la banda argentina fuera la primera de una lista en la que ya estaban los Fabulosos Cadillacs, los Caifanes, Charly García, El Tri, Los Tres y Café Tacvba. Pero a Cerati no le gustaba la simple idea de “meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica”.

Soda ya era gigante, todo lo gigante que puede ser una banda de rock en castellano. Había editado Sueño Stereo (1995) y estaba de gira por Centroamérica y Estados Unidos cuando MTV los dejó hacer sencillamente lo que les viniera en gana. Ya se sentía la distancia entre Cerati, Bosio y Alberti, que se despidieron al año siguiente. Una suerte de telepatía, desarrollada a través de muchísimos ensayos y grandes presentaciones, generaba un ensamble compacto y distendido.

Soda Stereo le cedió el coro de “En la ciudad de la furia” en su versión embriagante a Andrea Echeverri (Aterciopelados), con quien compartían el tour. Una decisión acertada, claro que sí. Un dueto que rozó la perfección. La colombiana sumergida en la letra; el líder, inspirado, abrazado a su guitarra intoxicada de efectos, mirando las furias volar sobre él.

Apoyados en los hermanos Fainguersch (chelo, fagot y viola) y en el productor Tweety González (teclados y samplers), rescataron “Un misil en mi placard”. El ska, engavetado en su disco debut homónimo de 1984, fue barnizado con los acordes de “Chrome Waves” de la banda británica Ride y convertido en otra canción.

“Té para tres” fue electrificada y coronada con el riff de “Cementerio Club“, original de Luis Alberto Spinetta en Pescados Rabiosos. Al igual que “Pasos”, gozó de un terapéutico arreglo de cuerdas. Y cómo olvidar la salvajemente sexy “Entre caníbales”, que superó a su versión original. Impecable de arriba abajo.

La edición de Comfort y música para volar que esta semana cumple 20 años de su lanzamiento incluyó dos números del tramo que el trío interpretó de pie con bastante distorsión, tachándole el un al unplugged. Ambas canciones estaban todavía frescas en ese momento: “Ángel eléctrico” y “Ella usó mi cabeza como un revólver”.

Por trabas de derecho discográfico, el compacto sólo incluyó 7 de las 13 que tocaron aquella noche. Resolvieron alterar el orden para el álbum y completar con pistas que habían quedado fuera de Sueño Stereo. Primero “Sonoman“, una suerte de “Tomorrow Never Knows” instrumental del futuro que al terminar dice: “Ya se los advertí, aquí tienen música para volar”. Luego, “Planeador”, “Coral” y “Superstar”, puros lados B de lujo.

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El CD de 1996 permitía una navegación multimedia. En su PC, el público podía pasear por el living de la carátula y, al darle click a cualquier elemento, ingresar a una habitación distinta. Al pulsar el televisor, por ejemplo, se veía un fragmento del cóver de “Génesis”, canción de la banda argentina Vox Dei incluida en su disco La biblia (1971). Al husmear en otra área, se podían jugar al técnico de grabación y separar las pistas de “Coral”: oír sólo las voces o la guitarra, las maracas, la batería, el bajo.

En 2007, una vez que se desataron los nudos contractuales que impedían echar mano de cualquiera de las 13 canciones grabadas, salió al mercado una nueva edición con el orden original del show y todo su contenido, sin los bonus tracks registrados en estudio. Se agregaron temas como “Terapia de amor intensiva”, “Zoom” y “Cuando pase el temblor”, “Paseando por Roma”, “Disco eterno” y la mencionada “Génesis”, tal como aparecen en el DVD.

Comfort y música volar pareciera sonar mejor cada vez. La cita del 12 de marzo de 1996 en los estudios MTV dejó un registro de Soda Stereo en su punto más alto de creatividad, pulcritud conceptual y calidad en sus performances. Cerati tocaba y cantaba de un modo inmejorable. Era una banda muy segura de sí misma dictándole cátedra a sus contemporáneos: cómo administrar los artificios para emocionar, cómo poner cada ingrediente en su medida justa, cómo hacer curaduría de la obra propia.

Los gobiernos suelen decretar como feriados los aniversarios de batallas, natalicios de próceres y firmas de documentos independentistas. Yo, en un acto de rebeldía, he decidido declarar el 25 de septiembre, fecha de lanzamiento de esta joya, como día festivo. ¡Salud!