La poesía y la miel

La poesía y la miel

La suya es una voz que emerge del subsuelo, que tiene una raíz profunda. Suena como si hubiese muerto hace mucho y nos preparara para oírlo en este viernes gris y un día después de… Y de alguna manera, cosa paradójica, nos hace sentir más vivos. Como la miel, la poesía es imperecedera. Las verdades burlan la descomposición, sobreviven a ella aunque la invoquen. ¿No es así, Mr. Cohen?

Los seguidores del canadiense salieron ayer de sus cuevas. Sus admiradores hablan bajito, susurran, sienten sin exteriorizarlo demasiado y no se congregan en público. Se manifiestan con la piel erizada y no con gritos de euforia. Agradecen dos versos punzantes en lugar de un beat frenético. Las canciones de Leonard Cohen son experiencias individuales, íntimas, serias. Son casi ceremonias.

Hubo un punto de quiebre en su vida. El año 1966 lo encontró, a sus 32 años, con tres libros de poesía editados —Let Us Compare Mythologies (1956), The Spice-Box of Earth (1961) y Flowers for Hitler (1964)— y dos novelas publicadas —The Favorite Game (1963) y Beautiful Losers (1966). Todos sus libros habían sido alabados por feroces críticos, pero su cuenta bancaria seguía seca; y la canción fue el camino que encontró para expandir su audiencia y, de paso, ganarse el pan.

En In my life, álbum editado en noviembre de 1966, la cantante estadounidense Judy Collins incluyó el hit del mismo nombre de Lennon/McCartney, así como canciones de Bob Dylan, Donovan y Randy Newman. El LP, que vendió más de 500.000 copias, presentó dos piezas de Cohen: “Suzanne” y “Dress Rehearsal Rag”. Al año siguiente editó Wildflowers e interpretó otras tres del poeta: “Sisters of Mercy”, “Priests” y “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” y de nuevo vendió más de medio millón de ejemplares.

Collins no sólo fue la primera en interpretarlo y presentarlo a un público masivo. También fue ella quien lo estimuló a cantar sus temas. Y fue en la primavera de 1967 que Cohen salió a un escenario, muerto de miedo. Una cosa llevó a la otra y John Hammond, el mismo cazalentos que firmó a Dylan y a Bruce Springsteen, le extendió un contrato al tímido poeta judío para que grabara su primera placa: Songs of Leonard Cohen.

El resto es historia. Venció el pánico escénico y aprendió a cantar, sin dejar de ser taciturno, llevando él mismo su mensaje de franqueza, escarbando en lo oscuro y debatiendo con la religión, embriagando a todos. También lidió con los asuntos que complican la vida de cualquier roquero, aunque él rock, estrictamente rock, no hizo, y aún así llegó al Rock and Roll Hall of Fame en 2008. Depresión, drogas, alcohol, estafas de productores, litigios… Si fue prolífico, no lo sé. Depende del lente con que se mire: en los 70 editó tres discos, en los 80 dos y en los 90 sólo uno. Pero los poetas nunca buscan cantidad. ¿Para qué? ¡Si te hacen llorar con una sola estrofa!

 

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Jeff Buckley, prometedor artista californiano que se ahogó en un río de Tennessee a los 30 años de edad tras el lanzamiento de su único LP, hizo la versión más popular de “Hallelujah” en 1994. Luego, la canción llegó incluso a formar parte de la banda sonora de Shrek. Algunos, aunque suene disparatado, llegaron hasta Cohen a través de esa escena melancólica del simpático ogro.

Aparte del de Buckley, existe un montón de covers de ese tema: Dylan, Willie Nelson, John Cale, K.D. Lang, Bono, Regina Spektor, Justin Timberlake… Son muchos. Además, U2 hizo un dueto con él en una nueva “Tower of song”. REM tocó “First We Take Manhattan” y, en el mismo año 1995, Tori Amos grabó “Famous Blue Raincoat”. Recientemente, Lana del Rey mostró su lectura de “Chelsea Hotel N°2”. Y muchos recuerdan la “Suzanne” de Nina Simone (1969) y la versión de Joe Cocker de “Bird On a Wire”, que también interpretó Johnny Cash.

Sí, crece exponencialmente el legado de un artista cuando habla a través de diferentes parlantes. Vence incluso la brecha idiomática —Joaquín Sabina, criatura de la misma especie, suele traducir sus canciones, las del canadiense, al castellano. Pero quizá para recibir esas letras en su fórmula concentrada, más vale recurrir al autor, ganador del Premio Príncipe de Asturias. No nos conformemos con las mencionadas en el párrafo anterior. Pasemos por “Dance Me To The End of Love”, “Everybody Knows”, “So long, Marianne”… Bueno, ya esto es mucha arbitrariedad. Completen ustedes la lista.

Es curioso que siempre escribamos obituarios de personajes que nunca mueren. Tal como hizo David Bowie a comienzos de este fatídico 2016, Cohen escribió su propio epílogo y lo tituló You Want It Darker. “I don’t need a pardon, no/ There’s no one left to blame/ I’m leaving the table/ I’m out of the game (…) I’m Ready, My Lord”, nos dice el hombre cansado de 82 años, despidiéndose. No ha pasado un mes desde el lanzamiento de ese último disco y ya Cohen partió desde Los Ángeles, California, a un lugar desconocido. Pero a quién le importan los días, los meses y los años, cuando la poesía es miel, es atemporal, imperecedera, eterna.

Judas, Premio Nobel de Literatura 2016

Judas, Premio Nobel de Literatura 2016

Primero, un vistazo al libro de reclamos, del sarcasmo a la ira. Que a Murakami lo vieron esta tarde en una tienda de guitarras. Philip Roth, ponte a cantar. Que escritores y poetas ya pueden aspirar al Grammy. ¿Tendrá Amos Oz buena voz? Que el próximo año le darán el nobel de literatura a un físico cuántico y cuidado si consideran a Arjona para 2017 (¡hasta cuándo hablaremos de Arjona!). Que la Academia Sueca se decantó por Bob Dylan porque no pudo llegar a un consenso con respecto a ningún escritor. Juan Luis Guerra, próximo nobel de química. ¡Qué vergüenza, reconocieron a un cantante (sic)! Hubiese preferido que sacaran del sótano a algún escritor desconocido. Que esto, que aquello… Ceños fruncidos, caras largas. ¡Ay, la Academia, fin de mundo!

Y el señor Robert Allen Zimmerman, a sus 75 años, guarda silencio. Los mira a todos desde sus lentes oscuros, tranquilo, ni molesto ni contento. Es un día más. Quizá para tomar la guitarra, el papel y el lápiz, a ver qué sale hoy. Ya son muchos premios Grammy, un Oscar, el Pulitzer, el Príncipe de Asturias… Todos por algo parecido a lo que acordó anunciar el jurado tras una semana de retraso: “Por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción».

¿Sorpresivo? Claro. ¿Controversial? Mucho. Y no vamos a machacar la idea de su influencia (literaria) sobre las bandas con mayor alcance masivo, aunque no se me ocurre otro artista que haya impactado de igual manera en los Beatles, los Rolling Stones y U2, por ejemplo, y que al mismo tiempo su hiedra haya alcanzado a trovadores y cancionistas hispanoamericanos. Antes de Dylan, en la radio se cantaba sobre amor, bailecito y despecho. Pero, insisto, ese es un tema para otro día. Dejemos las guitarras, pianos, bajos y baterías a un lado. ¡Lo musical está prohibido hoy!

Es autor de dos libros: Tarántula (1971), compendio poético que habla de la década en la que revolucionó la música folk, mutó para ser roquero y se convirtió en la máxima figura de la contracultura estadounidense; y Chronicles (2004), la primera parte de su autobiografía —quizá estaba esperando este premio para publicar la segunda entrega. Pero, ¿a quién vamos a engañar? ¡Si donde reposa su valor literario es en las canciones, en los discos, en una obra cuyo vehículo funciona con el combustible do-re-mi-fa-sol-la-si?

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¿Cantar y tocar la guitarra son motivos para descalificación de un premio que reconoce el impacto de una obra literaria? ¿Ese es el argumento? No lo creo. Tendríamos que retirar el galardón a los dramaturgos, ¿o no? Ellos no escribieron para ser leídos; lo hicieron para que un grupo de actores, con escenografía, vestuario, utilería e histrionismo, nos contaran una historia.

Es comprensible que cueste digerir la noticia, sobre todo si el indigesto no se ha dejado llevar por, no digamos los treinta y pico de discos que ha grabado desde el homónimo de 1962, pero al menos por la columna vertebral de su obra. Es más, conformémonos con parte del material que produjo en los años 60: The Freewheelin’ Bob Dylan (1963), The Times They Are a-Changin’ (1964), Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966), todos editados en cuestión de tres o cuatro años, cuando al tipo le venía toda la poesía cruda como un manantial. Quién sabe si se encuentran más verdades en esas canciones que en kilómetros de revistas literarias.

Dylan pertenece a una generación en la que todos se retroalimentaban. Aunque su inspiración musical provenía de personajes como Woody Guthrie, convivía con gente como Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. Este último se convirtió en uno de los promotores del valor literario de su trabajo, por cierto.

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Sí, Philip Roth podría ganar el Premio Nobel de Literatura. También Amoz Os. No sé si Murakami; eso se lo dejo a los críticos literarios. Agregaría a la lista, respetuosamente, a Cormac McCarthy, autor de algunos de los libros que en tiempos recientes, al menos a mí, más me han emocionado. Sí, ellos lo merecen, seguramente. Pero el aporte literario de Dylan es innegable. ¿No es acaso un juglar moderno, como aquellos que en otros tiempos contaban la historia de los pueblos cantando y recitando? ¿No nos ha dicho bastante sobre los tiempos que vivimos desde esa aguda mirada del poeta?

Al ver las redes sociales minadas con bromas y disgustos, recordé su presentación en el Free Trade Hall de Manchester en mayo de 1966. Ya el artista se había acostumbrado a las pitas de fans hippies que lo criticaban por dejar atrás el perfil de artista folk, sin banda, distorsión ni artificios, para vestir el traje del rock and roll. Antes de tocar “Like a Rolling Stone”, alguien del público le gritó ¡Judas! Y él le respondió lo que le diría a todos los que critican hoy su Premio Nobel de Literatura: I don’t believe you… ¡You’re a liar!

 

PÍLDORA: Aprovecho el impulso para recomerdarles un librazo de Greil Marcus titulado Like a rolling stone: Bob Dylan en la encrucijada (2010), el documental de Martin Scorsese No direction home (2005) (aquí el tráiler) y el extraordinario y alocado filme I’m Not There (2007), en el que Cate Blanchet, Christian Bale, Richard Gere, Heath Ledger, Marcus Carl Franklin y Ben Whishaw, todos interpretan a Bob Dylan.