El Gardeliano

El Gardeliano

FOTO: Carlos Guaimare

Sonríe Gardel, como si le hicieran gracia las tijeras, talcos, cepillos, peines, el gel after shave, la crema de afeitar y el spray de agua. Sonríe Gardel, con el garbo intacto de la inmortalidad. Sonríe, y lo hace varias veces, desde afiches y recortes, admirando su propio santuario que a la vez es una barbería en Cumaná, al norte de Buenos Aires pero a unos 5.000 kilómetros de distancia.

Muchos, muchísimos años han pasado desde que Cucho tijeretea cabelleras al compás de tangos. Calcula que tiene medio siglo establecido en esta quinta de la avenida Miranda. Una casa que en lugar de porche, tiene la fachada de su negocio. Antes, en los años 50, rentaba otro local, y antes de ese otro más. Todos en el centro de la ciudad y todos con el mismo nombre: Barbería La Gardeliana.

Cruz Marcano es su nombre. Sí, el barbero nacido en Carúpano en 1931 se llama igual que el gran boxeador cumanés que falleció de forma prematura y que noqueó al (futuro campeón) colombiano Kid Pambelé. Pero todos, de cariño, hace mucho que lo llaman Cucho. Cucho, El Gardeliano.

“La gente me trae cuadros, discos, recortes de periódicos. ¡Mira esto! —me muestra un cancionero pesado que acaba de sacar del armario— Antes hasta me llamaban de la radio para hablar de Gardel. Me pusieron El Gardeliano porque yo era el que más lo enaltecía, lo daba a conocer. A todo el que apreciaba, le ponía su música, le echaba los cuentos”.

En Cumaná, Gardel fue primero una voz sin rostro. Más tarde, con delay, arribó la imagen. La señal de televisión no llegaba todavía, de modo que Cucho imaginaba e invertía buena parte de su adolescencia leyendo sobre la vida y obra de aquel hombre elegante en blanco y negro que nunca ha dejado de sonreírle.

“Desde la primera vez que oí su voz, Gardel fue una cosa grande para mí”. Aunque no hay ningún reproductor de música a la vista, a sus palabras las acompaña el quejido de un bandoneón que parece salir del fantasma de una victrola.

Solía correr emocionado a la primera función de cada película protagonizada por el fallecido primer gran ídolo latinoamericano. Cuesta abajo, El tango en Broadway… Todas eran éxitos indiscutibles de taquilla en el Teatro Pichincha y otros lugares mágicos que no llegaron al siglo XXI.

Entre sus souvenirs, salta a la vista un carnet de miembro de La Peña Tanguera de Cumaná, una cofradía creada única y exclusivamente para celebrar y cultivar esa manifestación de origen rioplatense en este rinconcito de Venezuela. Al verlo, se conecta con el hombre joven de la foto, un apasionado del canto, un serenatero. Se esfuman todos sus dolores y problemas de salud. Se alivianan los ochenta y pico de años que tiene encima.

Cuenta que Radio Sucre transmitía un programa llamado Hágase artista, al que iban entusiastas a cantar. Marcano salía bien vestido, peinado y perfumado, y entonaba sus tangos favoritos al aire. Más tarde, se atrevió a medir su talento en la capital y fue a Radio Cultura —ahora YVKE Mundial— una emisora cuya estación estaba ubicada en la urbanización El Paraíso, en Caracas.

“Competí con una muchacha zuliana. Al final, nos aplaudió el público para decidir y gané yo, el ‘cumanecito’, el orejón —se señala con picardía las orejas, que sí son considerablemente grandes— A ella le habían dado como reconocimiento un paquete de Maizina Americana, pero como yo sentí que la maracuchita había cantado mejor, compartí mi premio. 250 bolívares para ella y 250 para mí, y de ahí saqué 100 y le compré una cuna a mi hija que nació en esos días en la Maternidad Concepción Palacios”.

Cuenta que tuvo la valentía de presentársele a Libertad Lamarque en una de las visitas de la actriz rosarina a Venezuela, y hasta le cantó un par de estrofas de “Soledad”, de Gardel y Lepera: Yo no quiero que nadie se imagine cómo es de amarga y honda mi eterna soledad La susurra, y luego relata que por sus tijeras pasó un tanguero argentino llamado Raúl Laporte. Lo oyó cantar y lo invitó a Argentina. Pero él nunca le tomó la palabra.

El ídolo, Carlitos, murió en un accidente de avión en Medellín por estos días de junio de 1935, cuando Marcano contaba apenas tres años. Por mucho que quiso viajar al sur a cantar, a ver cómo era el Buenos Aires querido de Gardel, a pasear por Caminito y dejarle unas flores en La Chacarita, jamás lo hizo porque precisamente siempre le tuvo pavor a los aviones.

El tango lo emociona como si lo oyera por primera vez. Lo escucho hablar e inevitablemente algunos versos eternos se entrecruzan con sus anécdotas. Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida…

En una esquina veo un sombrero, de los que ya nadie usa. Y a los lados de Gardel cuelgan un cuatro y una mandolina, los instrumentos del joropo oriental —faltan las maracas— como pistas que nos recuerdan el lugar del mundo en el que estamos. Sobre el piso cuadriculado, en el centro, reina la silla elevada y metálica, con reposapiés y palanca de ajustes, maciza y de fabricación estadounidense. Un Dodge Charger 68 de las sillas de barbería.

Al llegar, había amagado con sentarme en la mecedora de mimbre, pero el Señor Cucho, amable e incapaz de ocuparla él, me señaló la otra, la grande, la de los clientes. ¿Cuántos se habrán sentado acá a oír tangos e historias de Gardel contadas por Cucho mientras les corta el cabello? ¿Cuántos entrarían aquí melenudos y saldrían frescos con “El día que me quieras” resonándoles en la cabeza?

Mis dos abuelos, ambos nacidos en 1920, que coincidían en el amor incondicional por Gardel con millones de hombres y mujeres de su generación, ocuparon esa silla. Y yo también, sí, cuando niño. Recuerdo perfectamente a Asunción Ocque, mi abuelo materno, estacionando junto a La Gardeliana su inmenso Malibú mientras tarareaba: Por una cabeza, todas las locuras… Iba feliz, no tanto por el corte, sino por los tangos.

 

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FOTO: FERNANDO GUARACHE CHÓPITE

 

 

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados

El tren de Yordano

El tren de Yordano

La vida es un tren en movimiento. No existe metáfora más clara. La clave pareciera precisamente aceptar la travesía con sus mieles y sus tormentas; entender que siempre, aunque alguna fuerza nos empuje fuera, es preciso volver a los rieles. Yordano se vio obligado a bajar en la estación pasada para luchar contra un enemigo implacable. Afortunadamente, ese round lo ganó por knockout.

No es la primera vez que fragua un retorno. El artista y Sony Music decidieron darse una segunda oportunidad después de 20 años. Tras aquella efímera y tormentosa relación, a mediados de los 90, vivió una de sus épocas más difíciles. Se encontró fuera de sitio, catalogado como un producto vencido, encerrado en la casilla del fulano boom del pop venezolano de los 80. Persistente y testarudo, se labró un camino independiente y subió la cuesta. La luz vino con El deseo (2008) y Sueños clandestinos (2013), nominado al Latin Grammy en la categoría de Mejor Álbum Cantautor.

El tren de los regresos era materia pendiente. No es un disco de duetos convencional, porque el de la iniciativa no fue el artista sino la disquera. Tampoco se encargó de los arreglos; los invitados lo hicieron. Por primera vez en su carrera, el protagonista llegó de último a la fiesta y le puso la guinda a la torta.

El álbum se concentra en hits de 1984 a 1990. En aquellos días al músico le salían las canciones por los poros. Estornudaba y ¡pum! Le venía la primera línea de “Perla negra”. Ocho de 10 corresponden a los tres trabajos junto a la Sección Rítmica de Caracas y el productor Ezequiel Serrano: Yordano (1984), Jugando conmigo (1986) y Lunas (1988). El resto, “Madera fina” y “Robando azules”, pertenecen a la etapa de su ensamble Ladrones de Sombras y el compacto Finales de siglo (1990).

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Para El tren de los regresos, Sony convocó a su staff de artistas afines al caraqueño nacido en Roma. Y quizá gracias a eso, esta vez sí, Yordano consiga lo que tanto reclamó en el pasado: mayor exposición internacional. Son 10 vagones que viajan a diferentes velocidades, narrando historias de amor y desamor, dejando en el camino la melancolía y mirando hacia adelante. En cada uno, un amigo, y por cada amigo, una canción.

Ya existía un “Manantial de Corazón” de Willie Colón, un “Por estas calles” que se apropió Famasloop y una lectura funky de “Medialuna” que hizo Los Amigos Invisibles hace 10 años. Pero nada de duetos.

Revisemos el compilado pista por pista. Yordano, por fin, grabó con dos paisanos que son los artistas pop de su generación con más fama fuera de las fronteras venezolanas. Los tres provienen del mismo punto de partida: la era de Rodven Vs. Sonográfica. Quizá por ese origen común, esas parecieran las versiones más logradas.

  1. Franco De Vita recordó “Días de junio”. Rítmicamente similar a la original, pero con un piano sofisticado y protagónico. Se van repartiendo los versos y, en un punto sublime, se juntan. La voz de Yordano abajo, la de Franco arriba. Una dupla bien pensada, con sentimiento y sabor latinoamericano. Reluce la destreza de dos grandes del negocio musical.
  2. Por ese camino va “En aquel lugar secreto”, con Ricardo Montaner, que comienza como balada y se va acercando a un bolero orquestado. Es un romance de cualquier época bajo sol tropical. Un verdadero clásico en el que nada, absolutamente nada, desentona.
  3. Carlos Vives obtuvo la joya de la corona. La envolvió y se la llevó a su refugio, a su estilo, a donde se siente más cómodo. Yordano simplemente lo acompañó en el recorrido. Es un “Manantial de corazón” producido al estilo de El rock de mi pueblo. Guitarras eléctricas distorsionadas, baterías y efectos del vallenato moderno, con el tempo acelerado. El acordeón se asoma al final, como si hubiese recibido tarde la invitación. La letra, el contenido melancólico de la canción, cede su espacio a los saltos y al baile. Es una lectura evasiva de una escena deprimente.
  4. La otra joya que viaja en el tren le correspondió al también colombiano Andrés Cepeda. Es una “Perla negra” de la Belle Époque. Ya no es una prostituta latinoamericana. Esta vez el personaje mudó su negocio —su cuerpo, está claro— a París, a Nueva Orleans o al Atlantic City de los años de la prohibición. Cambió el Caribe por un abrigo de pieles que envuelve su piel desnuda. Dejó el ron por un bourbon, y el puro por un cigarrillo con boquilla. A pesar de todo, su drama sigue siendo el mismo.
  5. Gian Marco (Perú) se encargó de “Locos de amor”, una de las canciones más celebradas de Yordano. Como dijo el propio autor, la versión se parece a lo que él quiso hacer y no hizo en la grabación original de 1988. Es una pieza corta, fresca, muy radiable y sin complejo alguno. No hay mucho que inventar. Es una melodía y una letra que cautivan a la primera. Entonces, ¿qué hacer? Dejarla fluir naturalmente.
  6. El mismo criterio, aplicado de una forma incluso más radical, funcionó en las dos pistas siguientes. Santiago Cruz, un entrañable cantautor colombiano que debe medir los 1.88 metros de Yordano, respetó la esencia de “Hoy vamos a salir”; la grabó sólo con guitarras, manteniendo el intro y las transiciones. Duración: 2 minutos, 50 segundos. Es una de esas composiciones que oyes y piensas: ¿qué se le puede hacer a esto para mejorarlo? Pues nada. Dejarla como está. En fin, es un lindo dueto sobre una base… llamémosla minimalista.
  7. La talentosa flaca puertorriqueña Kany García se adentró en “Madera fina”, en este caso con ciertas variantes en los arreglos. Guitarras, un piano tímido, bajo y percusión menor. Más nada. Lo nuevo: las armonías vocales. Queda claro que García escuchó con atención lo que hizo Trina Medina en el registro de 1990.
  8. “No queda nada” suena distinta. Axel, como buen argentino, le metió una jeringa y le extrajo todo lo caribeño. La pieza, la que Yordano escogió como tarjeta de presentación para convencer a la disquera de su valía hace más de 30 años, suena a una balada romántica más común. Es una buena canción, y las buenas canciones se sostienen sobre cualquier estructura, pero cuesta escucharla sin ese bajo sobrio y solitario de la versión original, sin esas congas que hacen del despecho algo manejable, algo de lo que el despechado sabe que en el futuro podrá reírse con sus amigos. En esta grabación, no. Acá el guayabo es algo muy pero muy serio. Sospecho que funcionará perfectamente, al igual que el resto, en oídos virginales, oídos que no crecieron en un país cautivado por Yordano.
  9. Servando y Florentino se atrevieron. Convirtieron “Robando azules” en una bachata. ¡Y funciona! Es uno de esos casos que demuestran que muchas veces no importa el qué sino el cómo. Extraño el eco de “¡ella va!” en la voz de Trina Medina, pero esas son vainas mías. Se percibe el goce del dúo al trabajar con el ídolo. Hacia el final, después de un solo silbado, llega el clímax cuando entrecruzan sus voces: primero la de Florentino, luego la de Servando y finalmente el inconfundible tono de Yordano. Contra todo pronóstico, esta es una de las que más disfruto del álbum.
  10. El décimo vagón —que partió de primero, porque fue la primera canción publicada— es un tiro al piso. Si ponemos en una ensalada a Los Amigos Invisibles, una cumbia, Yordano, “Otra cara bonita” y lo mezclamos todo, ¿qué puede salir? Una fiesta, eso seguro. Y así ocurrió. La banda funk venezolana escogió un tema que pudiera manipular como plastilina y darle un barniz colombiano y sabrosón. Lo usaron como título de su gira de 2016 y crearon un simpático videoclip protagonizado por un pug. Además, como maestros en el manejo del timing de sus shows, encontraron en esta versión una interesante variante. En Bogotá, por ejemplo, presencié a una multitud bailándola encantada el mes pasado.

En resumen, El tren de los regresos es una compilación con sonido impecable y delicados arreglos, que funciona como una revisión en retrospectiva de sus temas antes de que pasemos página hacia lo próximo. Es como si Yordano nos estuviera recordando quién es y qué historias nos ha contado mientras prepara el ambiente para su siguiente hallazgo.

“Estoy feliz de estar aquí porque estoy vivo”, dijo el 16 de marzo en una rueda de prensa en el Centro BOD de Caracas, cuando anunció su acuerdo con Sony y el inicio de las grabaciones de este álbum. También adelantó que está trabajando en un disco de temas nuevos —el primero desde Sueños clandestinos— con José Luis “Cheo” Pardo, excelso guitarrista y creativo productor, también conocido como Dj Afro, ex integrante de Los Amigos Invisibles y principal artífice de Los Crema Paraíso. Yo, lo confieso abiertamente, no aguanto la curiosidad por saber qué se traen esos dos entre manos.

 

PÍLDORA: No se pierdan la remozada página de Yordano y súbanse al tren. Repito acá el enlace por si acaso: www.eltrendelosregresos.com. Si andan por Miami este fin de semana, véanlo en directo este domingo 6 de noviembre en el Miramar Cultural Center (Información).  E insistiré en esto, a pesar de cometer el pecado mortal de la autopromoción: los antecedentes de esta historia están relatados en el libro Yordano por Giordano, disponible en formato físico en las principales librerías del país y, en digital, en Libros en un click.

Foto principal: Daniel Guarache Ocque. Festival de la Lectura de Chacao. Plaza Francia de Altamira, Caracas. Abril, 2016

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

 

Lo que sonaba no parecía una guitarra. Era como el aullido de un ave primitiva. Gustavo Cerati usaba su pedalera como pintor expresionista. Hacía el amor a su Paul Reed Smith negra y brillante mientras narraba una historia ambientada en un Buenos Aires oscuro. Y no se trataba sólo de la furia entendida como un estado de ira demencial. La vieja canción —añejada en barricas durante 8 años— invitaba a los 90 a las deidades justicieras de la mitología griega. Así, comenzaba un viaje llamado Comfort y música para volar.

Lucía como Jeff Lyne (Electric Light Orquestra). Grandes lentes oscuros, abundante cabello crespo, suéter azul cielo. Relajado y abstraído, conectado con una fuerza sideral. Parecía en otro lugar, como si estuviera inconsciente de que se encontraba frente a un público cautivo en los estudios de MTV en 420 Lincoln Road de Miami, Florida.

Antes de convencerlos de hacer un especial desconectado, la cadena televisiva, principal vitrina latinoamericana de aquella época, había tocado infructuosamente las puertas varias veces. Les hubiese encantado que la banda argentina fuera la primera de una lista en la que ya estaban los Fabulosos Cadillacs, los Caifanes, Charly García, El Tri, Los Tres y Café Tacvba. Pero a Cerati no le gustaba la simple idea de “meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica”.

Soda ya era gigante, todo lo gigante que puede ser una banda de rock en castellano. Había editado Sueño Stereo (1995) y estaba de gira por Centroamérica y Estados Unidos cuando MTV los dejó hacer sencillamente lo que les viniera en gana. Ya se sentía la distancia entre Cerati, Bosio y Alberti, que se despidieron al año siguiente. Una suerte de telepatía, desarrollada a través de muchísimos ensayos y grandes presentaciones, generaba un ensamble compacto y distendido.

Soda Stereo le cedió el coro de “En la ciudad de la furia” en su versión embriagante a Andrea Echeverri (Aterciopelados), con quien compartían el tour. Una decisión acertada, claro que sí. Un dueto que rozó la perfección. La colombiana sumergida en la letra; el líder, inspirado, abrazado a su guitarra intoxicada de efectos, mirando las furias volar sobre él.

Apoyados en los hermanos Fainguersch (chelo, fagot y viola) y en el productor Tweety González (teclados y samplers), rescataron “Un misil en mi placard”. El ska, engavetado en su disco debut homónimo de 1984, fue barnizado con los acordes de “Chrome Waves” de la banda británica Ride y convertido en otra canción.

“Té para tres” fue electrificada y coronada con el riff de “Cementerio Club“, original de Luis Alberto Spinetta en Pescados Rabiosos. Al igual que “Pasos”, gozó de un terapéutico arreglo de cuerdas. Y cómo olvidar la salvajemente sexy “Entre caníbales”, que superó a su versión original. Impecable de arriba abajo.

La edición de Comfort y música para volar que esta semana cumple 20 años de su lanzamiento incluyó dos números del tramo que el trío interpretó de pie con bastante distorsión, tachándole el un al unplugged. Ambas canciones estaban todavía frescas en ese momento: “Ángel eléctrico” y “Ella usó mi cabeza como un revólver”.

Por trabas de derecho discográfico, el compacto sólo incluyó 7 de las 13 que tocaron aquella noche. Resolvieron alterar el orden para el álbum y completar con pistas que habían quedado fuera de Sueño Stereo. Primero “Sonoman“, una suerte de “Tomorrow Never Knows” instrumental del futuro que al terminar dice: “Ya se los advertí, aquí tienen música para volar”. Luego, “Planeador”, “Coral” y “Superstar”, puros lados B de lujo.

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El CD de 1996 permitía una navegación multimedia. En su PC, el público podía pasear por el living de la carátula y, al darle click a cualquier elemento, ingresar a una habitación distinta. Al pulsar el televisor, por ejemplo, se veía un fragmento del cóver de “Génesis”, canción de la banda argentina Vox Dei incluida en su disco La biblia (1971). Al husmear en otra área, se podían jugar al técnico de grabación y separar las pistas de “Coral”: oír sólo las voces o la guitarra, las maracas, la batería, el bajo.

En 2007, una vez que se desataron los nudos contractuales que impedían echar mano de cualquiera de las 13 canciones grabadas, salió al mercado una nueva edición con el orden original del show y todo su contenido, sin los bonus tracks registrados en estudio. Se agregaron temas como “Terapia de amor intensiva”, “Zoom” y “Cuando pase el temblor”, “Paseando por Roma”, “Disco eterno” y la mencionada “Génesis”, tal como aparecen en el DVD.

Comfort y música volar pareciera sonar mejor cada vez. La cita del 12 de marzo de 1996 en los estudios MTV dejó un registro de Soda Stereo en su punto más alto de creatividad, pulcritud conceptual y calidad en sus performances. Cerati tocaba y cantaba de un modo inmejorable. Era una banda muy segura de sí misma dictándole cátedra a sus contemporáneos: cómo administrar los artificios para emocionar, cómo poner cada ingrediente en su medida justa, cómo hacer curaduría de la obra propia.

Los gobiernos suelen decretar como feriados los aniversarios de batallas, natalicios de próceres y firmas de documentos independentistas. Yo, en un acto de rebeldía, he decidido declarar el 25 de septiembre, fecha de lanzamiento de esta joya, como día festivo. ¡Salud!