Sonríe Gardel, como si le hicieran gracia las tijeras, talcos, cepillos, peines, el gel after shave, la crema de afeitar y el spray de agua. Sonríe Gardel, con el garbo intacto de la inmortalidad. Sonríe, y lo hace varias veces, desde afiches y recortes, admirando su propio santuario que a la vez es una barbería en Cumaná, al norte de Buenos Aires pero a unos 5.000 kilómetros de distancia.

Muchos, muchísimos años han pasado desde que Cucho tijeretea cabelleras al compás de tangos. Calcula que tiene medio siglo establecido en esta quinta de la avenida Miranda. Una casa que en lugar de porche, tiene la fachada de su negocio. Antes, en los años 50, rentaba otro local, y antes de ese otro más. Todos en el centro de la ciudad y todos con el mismo nombre: Barbería La Gardeliana.

Cruz Marcano es su nombre. Sí, el barbero nacido en Carúpano en 1931 se llama igual que el gran boxeador cumanés que falleció de forma prematura y que noqueó al (futuro campeón) colombiano Kid Pambelé. Pero todos, de cariño, hace mucho que lo llaman Cucho. Cucho, El Gardeliano.

“La gente me trae cuadros, discos, recortes de periódicos. ¡Mira esto! —me muestra un cancionero pesado que acaba de sacar del armario— Antes hasta me llamaban de la radio para hablar de Gardel. Me pusieron El Gardeliano porque yo era el que más lo enaltecía, lo daba a conocer. A todo el que apreciaba, le ponía su música, le echaba los cuentos”.

En Cumaná, Gardel fue primero una voz sin rostro. Más tarde, con delay, arribó la imagen. La señal de televisión no llegaba todavía, de modo que Cucho imaginaba e invertía buena parte de su adolescencia leyendo sobre la vida y obra de aquel hombre elegante en blanco y negro que nunca ha dejado de sonreírle.

“Desde la primera vez que oí su voz, Gardel fue una cosa grande para mí”. Aunque no hay ningún reproductor de música a la vista, a sus palabras las acompaña el quejido de un bandoneón que parece salir del fantasma de una victrola.

Solía correr emocionado a la primera función de cada película protagonizada por el fallecido primer gran ídolo latinoamericano. Cuesta abajo, El tango en Broadway… Todas eran éxitos indiscutibles de taquilla en el Teatro Pichincha y otros lugares mágicos que no llegaron al siglo XXI.

Entre sus souvenirs, salta a la vista un carnet de miembro de La Peña Tanguera de Cumaná, una cofradía creada única y exclusivamente para celebrar y cultivar esa manifestación de origen rioplatense en este rinconcito de Venezuela. Al verlo, se conecta con el hombre joven de la foto, un apasionado del canto, un serenatero. Se esfuman todos sus dolores y problemas de salud. Se alivianan los ochenta y pico de años que tiene encima.

Cuenta que Radio Sucre transmitía un programa llamado Hágase artista, al que iban entusiastas a cantar. Marcano salía bien vestido, peinado y perfumado, y entonaba sus tangos favoritos al aire. Más tarde, se atrevió a medir su talento en la capital y fue a Radio Cultura —ahora YVKE Mundial— una emisora cuya estación estaba ubicada en la urbanización El Paraíso, en Caracas.

“Competí con una muchacha zuliana. Al final, nos aplaudió el público para decidir y gané yo, el ‘cumanecito’, el orejón —se señala con picardía las orejas, que sí son considerablemente grandes— A ella le habían dado como reconocimiento un paquete de Maizina Americana, pero como yo sentí que la maracuchita había cantado mejor, compartí mi premio. 250 bolívares para ella y 250 para mí, y de ahí saqué 100 y le compré una cuna a mi hija que nació en esos días en la Maternidad Concepción Palacios”.

Cuenta que tuvo la valentía de presentársele a Libertad Lamarque en una de las visitas de la actriz rosarina a Venezuela, y hasta le cantó un par de estrofas de “Soledad”, de Gardel y Lepera: Yo no quiero que nadie se imagine cómo es de amarga y honda mi eterna soledad La susurra, y luego relata que por sus tijeras pasó un tanguero argentino llamado Raúl Laporte. Lo oyó cantar y lo invitó a Argentina. Pero él nunca le tomó la palabra.

El ídolo, Carlitos, murió en un accidente de avión en Medellín por estos días de junio de 1935, cuando Marcano contaba apenas tres años. Por mucho que quiso viajar al sur a cantar, a ver cómo era el Buenos Aires querido de Gardel, a pasear por Caminito y dejarle unas flores en La Chacarita, jamás lo hizo porque precisamente siempre le tuvo pavor a los aviones.

El tango lo emociona como si lo oyera por primera vez. Lo escucho hablar e inevitablemente algunos versos eternos se entrecruzan con sus anécdotas. Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida…

En una esquina veo un sombrero, de los que ya nadie usa. Y a los lados de Gardel cuelgan un cuatro y una mandolina, los instrumentos del joropo oriental —faltan las maracas— como pistas que nos recuerdan el lugar del mundo en el que estamos. Sobre el piso cuadriculado, en el centro, reina la silla elevada y metálica, con reposapiés y palanca de ajustes, maciza y de fabricación estadounidense. Un Dodge Charger 68 de las sillas de barbería.

Al llegar, había amagado con sentarme en la mecedora de mimbre, pero el Señor Cucho, amable e incapaz de ocuparla él, me señaló la otra, la grande, la de los clientes. ¿Cuántos se habrán sentado acá a oír tangos e historias de Gardel contadas por Cucho mientras les corta el cabello? ¿Cuántos entrarían aquí melenudos y saldrían frescos con “El día que me quieras” resonándoles en la cabeza?

Mis dos abuelos, ambos nacidos en 1920, que coincidían en el amor incondicional por Gardel con millones de hombres y mujeres de su generación, ocuparon esa silla. Y yo también, sí, cuando niño. Recuerdo perfectamente a Asunción Ocque, mi abuelo materno, estacionando junto a La Gardeliana su inmenso Malibú mientras tarareaba: Por una cabeza, todas las locuras… Iba feliz, no tanto por el corte, sino por los tangos.

 

Gardeliano2 (1).jpg

FOTOS: FERNANDO GUARACHE CHÓPITE

 

 

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