Por Gerardo Guarache Ocque

Qué difícil es ser consistente: Encarar este día y los que vienen con la dedicación y la honradez de ayer, anteayer y el resto del calendario. Y qué difícil es preservar la integridad: Lograr una proximidad asintótica entre lo que se dice y lo que se hace.

Se podría concluir que mi padre, Fernando León Guarache Chópite (Cumanacoa, 1949- Cumaná, 2021), fue un maestro de la consistencia y la integridad. Un PHD con honores en eso de convertirse en otro cada día sin irrespetar al que había sido antes. Un bateador sobre .300 durante toda su existencia. Defectos, los tuvo. Errores, los cometió. Seguro que sí; quién no. Pero hechas las restas y las sumas, fue un hombre excepcional. Sobre todo, fue un hombre de buena voluntad; un ser del que brotó, de sobra, todo eso de lo que carece el mundo en que vivimos: bondad, generosidad, nobleza.  

El Dr. Guarache ejerció la medicina como los mejores, los que por un lado estudian la ciencia y sus avances, sofisticando la técnica y aplicando todo lo que saben, y por otro, atienden a quien lo necesita con un gran sentido humanista, comprometidos con su ciudad, su país y su gente. Siguiendo los pasos de mi abuelo Fernando, y orgulloso del legado de quien fuera el primer especialista en ojos del estado Sucre, se formó primero en la Universidad de Oriente, núcleo Bolívar, y después, como oftalmólogo, en la Universidad Central de Venezuela y el Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño, en Caracas. 

Al tiempo que asistía a congresos dentro y fuera de Venezuela, entre ellos los que organiza el Bascom Palmer Eye Institute de Miami, el Dr. Guarache condujo con una mano su práctica privada y, con la otra, el servicio público desde el Hospital Antonio Patricio de Alcalá. Enseñó como profesor de posgrado y educó, para su oficio, a mis hermanos, Fernando Elías y Daniel Ernesto, dos oftalmólogos que ahora llevan en el bolsillo de sus batas el testigo de tres generaciones dedicadas a sanar, entre las que se cuentan grandes cirujanos, ginecólogos, fisioterapeutas, bioanalistas y profesionales de otras ramas de la salud.   

Hace apenas dos semanas, Fernando celebró, a pesar de su precario estado de salud, 48 años de su boda con nuestra madre, con su Nancy, su “Coromotico”, su amor juvenil que se convirtió en esposa, compañera de aventuras, amante, confidente, amiga y todo lo demás. El matrimonio es una institución frágil, pero el de ellos desafió toda lógica: Una mujer y un hombre que, tras juntarse en su juventud temprana, siguieron andando tomados de la mano, entrecruzando sus dedos, pasados los 60 años de edad. La de ellos fue una complicidad que no cedió ante las canas, las arrugas y la costumbre; que surfeó las olas cuando el mar se picaba. Es una pareja que jamás se resistió a un mosaico de la Billo’s o una salsa de La Dimensión Latina; que siempre planificó un próximo viaje, y siempre estuvo pensando qué cocinar, qué botella destapar el viernes siguiente, con qué amigos reunirse. Ese dúo, además, cultivó amistades que perduraron por tres y cuatro décadas; amistades que siguen firmes hoy, gracias a las cuales cuento entre mis tías, tíos, primas y primos, por ejemplo, a los Blohm, los Lichaa y los Lezama. 

Desde que murió mi abuelo Pay, su padre, en abril de 1991, Fernando ejerció con naturalidad cierto liderazgo como el hermano mayor de ocho. Los Guarache Chópite, y los racimos que generaron, constituyen (constituimos) una familia grande. Una de esas que no cabe en una sola foto. Que da para un equipo de fútbol con banquillo y hasta reserva. Durante las horas que han transcurrido desde que inició su descanso definitivo la medianoche entre el 28 y 29 de diciembre, hemos palpado, conmovidos y orgullosos, el amor y la admiración que todos profesan por él, por ese ser humano que tuve (tuvimos) la fortuna de tener como padre. 

Y allí viene el rol que puedo evaluar con absoluto conocimiento de causa. El rol en el que Fernando fue realmente sobresaliente. Como padre, sacó 20 puntos en línea. Pura A. No podría imaginar un padre mejor que él (ni una madre, claro, porque el trabajo ha sido en equipo); más dedicado, más sensible, más más cariñoso y, al mismo tiempo, riguroso. Y como abuelo, lo mismo pero más dulce y menos estricto. Por eso soy, somos los Guarache Ocque, muy pero muy afortunados. Somos tan afortunados que ahora que él no está en cuerpo, llevamos en el alma su amor infinito y, en la memoria, sus consejos, sus enseñanzas, su sabiduría. Para todo lo que podamos hacer desde hoy, por el resto de nuestras vidas, tendremos una enorme ventaja. 

A Papá le encantaba el béisbol y amaba a los Leones del Caracas. Podía estar en una fiesta con una oreja pegada a su radio portátil Panasonic, oyendo el circuito oficial del Caracas. Adoraba Cumaná y salivaba por Nueva York, ciudad que visitó muchas veces y en la que pasó momentos muy felices con mi madre. Viajar le fascinaba, y pudo hacerlo bastante, por Europa, Estados Unidos y algo de Latinoamérica y El Caribe. Y por supuesto, recorrió Venezuela, desde el interior de Sucre hasta Caripe, La Gran Sabana, Mérida, Táchira, Aragua, los Médanos de Coro, Higuerote, Margarita montones de veces y Caracas, donde vivió como estudiante de posgrado y a donde viajamos con cierta frecuencia. Mi infancia, en resumen, transcurrió entre el asiento trasero de una Toyota Samurai del 84 y una orilla de playa. 

Fernando era un gran parrillero. Cierro los ojos y puedo verlo ahí, envuelto en humo, maraqueando un whisky con una mano y acomodando los churrascos, con sus pinzas, con la otra. Difícil conseguir a alguien con un apetito tan voraz. Reamente gozaba comiendo. Y comiendo de todo, de lo más sofisticado a lo más rústico, de lo más común a lo más exótico. Incluso en los días en los que el cáncer ya hacía estragos y convertía en un cuerpo flaco lo que antes fue una humanidad imponente de 1.87, espalda ancha y nudillos amenazantes, Papá masticaba y saboreaba con gusto.

Siempre amó la música. No concebía la vida sin ella. La oía mientras pasaba consulta o practicaba una cirugía. La oía al regar las matas o al manejar por carretera. A veces, simplemente se sentaba a escucharla, por lo que se aseguró siempre de tener buenos equipos para reproducir discos. Coleccionó cientos de vinilos, cientos de compactos. Y en tiempos recientes, hacía curaduría de una nutrida discoteca digital en su PC. Gracias a él, mis hermanos y yo estuvimos desde muy pequeños impregnados por Los Beatles, Sadel, Gardel, Barry White, Barbra Streisand, Aldemaro, Julio Iglesias, Tom Jones, Celia Cruz y La Sonora Matancera, Shirley Basey, Gualberto Ibarreto, Bee Gees, Nino Bravo, José José, Raphael, Herb Alpert, Stevie Wonder, los Carpenters, The Coswills, musicales como West Side Story… En fin, mucha, muchísima música. 

Le encantaba el cine y también el humor, digamos de Emilio Lovera o del cubano Álvarez Guedes, así como Benny Hill, Seinfeld, películas de Cantinflas o Mel Brooks. Leía, no con demasiada avidez, pero lo suficiente para estimularme a mí como lector, de modo que yo iniciara mi propia ruta de libros. Y le gustaba la fotografía, que también se convirtió en una de las fascinaciones de mis hermanos. Todos nuestros hobbies, o casi todos, tienen su origen en él: literatura, cine, música, fotografía, béisbol. 

Cuando presintió que nos haría bien un tablero de baloncesto, nos lo regaló. Y vaya que lo usamos. A mí me compró todo lo que necesité en mis tiempos de jugador de béisbol menor. Iba a los juegos, prometía maltas y helados al equipo si ganábamos. A mis hermanos, más dados al ping pong que yo, también les compró una mesa. Porque él celebraba que nos ejercitáramos. Como cuarto bate y primera base de la selección de softball de médicos cumaneses, lo vi dar dos jonrones. Dos. Y bueno, para dar un jonrón bateando una pelota de softball, hay que darle muy duro, hay que darle con ganas. Papá se paraba en el home como Antonio Armas, como si le tuviera rabia a la bola. Después, por miedo a golpearse sus manos de cirujano, decidió dejarlo y dedicarse a caminar, acompañado por Mamá, una hora diaria por la avenida Perimetral, por ese malecón de esplendorosos atardeceres. Lo hicieron por muchos años, mientras las circunstancias lo permitieron.

Fernando era un tipo afable, simpático y risueño, difícil no quererlo; pero serio, terriblemente serio, cuando la situación lo ameritara. Literalmente, no le temblaba el pulso durante una emergencia. Era una extraña combinación de temple y sensibilidad. Y claro que algunas cosas lo enervaban. Por mencionar algo, detestaba la mediocridad. Odiaba que uno dejara una tarea sin completar. En eso, mi madre y él eran iguales: asumieron una tutoría infalible que hizo que, en nuestro hogar, abandonar el colegio o la universidad, por ejemplo, fuese algo impensable. Fracasar en los estudios era simplemente inadmisible. Era la escena de una historia que no era la nuestra. 

Papá era el tipo que sacaba el pecho cuando la mayoría se acobardaba. Ni siquiera le temió a la muerte. Y al final la burló, porque sigue viviendo en mí. Sigue viviendo en nosotros. 

3 comentarios en “Fernando, el Dr. Guarache, mi padre

  1. Sentido y justo reconocimiento para el legado que deja una persona tan especial como el primo Fernando Leon . Seguirá vivo en nuestros corazones 💔 . Un abrazo bien fuerte para tu mami y tus hermanos. QEPD🙏🙏🙏

  2. Esta lectura es un viaje , detallado, Perfecto de la vida de un gran hombre así como dices y sientes , la vida te dio un gran regalo con padres como los que tienes y se que el orgullo no te cabe en el pecho. Es inevitable sentir el vacío que deja su ausencia pero creo que en vida del Dr Fernando se ocupó de dejarles un legado que sobrepasó los límites. Me gusta pensar que no todo termina con la muerte y si es así , ahora está en el mejor lugar donde se pueda estar jamás , en sus corazones , de su lobita y de sus 3 hijos amados.

  3. Fernando fue mi compañero de estudios de Medicina
    Nos graduamos juntos.
    Participábamos juntos en un grupo de nuestra X Promoción de Médicos Cirujanos de la UDO Bolívar «Dr Luis Navarrete Guevara» era el primero que ponía una nota de buenos días. Nunca llegamos a enterarnos de su penosa enfermedad. La asumió con dignidad y cambió los lamentos por expresiones de humor y solidaridad con el resto del grupo. De tal manera que fue para todos nosotros una gran sorpresa enterarnos de su muerte el 29/12/2021.
    En paz descanse su alma. Y gracias por esta nota a su hijo periodista y escritor por quien tanto orgullo expresaba

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