El messenger, sí, aquel software de la prehistoria en la que neandertales como yo descubrían la funcionalidad de sus pulgares opuestos frente a sus PC, permitía que el usuario sincronizara su reproductor de música e hiciera público lo que estaba escuchando. Esto, que ocurrió hace mucho mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana, parecía una función insignificante, innecesaria, un exceso incluso. Pero no lo era. No, señores.

La herramienta de Microsoft asomó una posibilidad. Más tarde, se popularizaría en Facebook y Twitter de manera efímera —como ocurre todo en estos tiempos— la etiqueta #NowPlaying o #AhoraSuena. Era, en cierta forma, la manifestación de una necesidad, o acaso un reclamo. A veces, en esta evolución tan vertiginosa, desechamos buenas ideas deslumbrados por nuevos hallazgos.

No hace mucho me hice usuario (adicto) de Spotify, una aplicación —ya cerca de cumplir los 10 años— diseñada exclusivamente para reproducir y compartir música vía streaming. Francamente, un paraíso para melómanos. Allí, mientras escudriño el vasto océano de canciones, profundizo en la obra de algún músico y/o armo playlists caprichosos, se me muestra un cuadrito en el extremo superior derecho que me dice qué están oyendo mis amigos en ese preciso instante.

Los veo, al igual que yo, pasando de una canción a otra, enganchados con un autor, saltando entre géneros. Eclécticos, curiosos, desprejuiciados. No importa lo que esté ocurriendo en su cotidianidad, andan en lo mismo; saciando (o alimentando) esa sed inagotable, saboreando melodía, armonía y ritmo. Si quiero, con sólo un click, puedo atravesar el umbral imaginario y viajar a ese universo paralelo que habitan, y ellos, si lo desean, pueden hacerse huéspedes del mío. Una pendejada, diría quien ha leído hasta aquí. Pero para mí es más. Sí, gente, mucho más.

Casi todas mis amistades tienen la música y el humor como común denominador. En casa, no fuimos de bailar joropo estribillo, cantar fulías ni jugar con trompos y perinolas —¡Cómo iba a andar en esas si tenía que estudiar los movimientos de Omar Vizquel en el campocorto y superar los ocho mundos de Super Mario Bros 3! Pero sí crecimos todos muy cerca de un ritual pagano que jamás dejará de celebrarse.

El epicentro, nuestro Santo Grial, es el reproductor de música. En algún momento, las ondas provenían de un tocadiscos. Luego llegaron los equipos de cassettes y compactos, y luego Steve Jobs nos ofreció los iPods, iPads, iPhones. Pero la ceremonia continuó: maratones, en su mayoría sumergidos en licor, en el que rendimos culto a lo que consideramos los buenos artistas, los grandes cantantes, los extraordinarios compositores. Sentimos, honestamente, que los ídolos están ahí tocando exclusivamente para nosotros.

Todos estamos lejos ahora. De mis afectos, padres, tíos, primos, hermanos de sangre o de la vida, tengo algunos en Cumaná, el terruño, otros en Caracas, uno en Cuenca, Ecuador, y a partir de ahí dibujo un mapa de la diáspora venezolana en tiempos del chavismo: España, Argentina, Perú, Chile, México, Canadá, Estados Unidos… mientras tanto, escribo estas líneas desde Buenaventura, un rinconcito del Pacífico colombiano. Pero convivimos en un espacio etéreo y libre, más de sentimientos que de naturaleza y concreto. Y no, no es un grupo de whatsapp. Es el soundtrack de nuestras vidas.

Desde mi computadora, gobierno mi propia nación sonora. Una casa en la que espero recibir invitados. En estos tiempos difíciles, cualquier acercamiento cobra mayor importancia. ¿Y acaso la música que oímos no es parte de lo que somos, de lo que fuimos, de lo que hemos sido? Cuando miro ese cuadrito superior derecho, intuyo qué están sintiendo ellos, o qué están tratando de sentir. Sigo al corriente de quiénes son y en quiénes se están convirtiendo.

En esa isla virtual seguimos conviviendo sin ninguna frontera que nos separe, sin husos horarios, visas ni pasaportes. Seguimos conectados a través de un cordón fundamental de nuestras existencias. Seguimos celebrando, no como quisiéramos pero como nos ha tocado, aquel ritual en el que la música, catalizador de nuestro afecto, es protagonista.

 

COMENTARIO: Pero —siempre hay un pero— fíjense ustedes: Venezuela, incluso en esto, vuelve a ser el país de los asteriscos, el que se excluye de las ofertas, el ejemplo de trabas y bloqueos asociados íntimamente a los designios de una administración inepta, retrógrada y corrupta. Para acceder a la aplicación que me inspiró a redactar estos párrafos, quienes permanecen en territorio venezolano deben valerse de una triquiñuela cibernética (click aquí para más señas). Si lo logran, para contar con un servicio óptimo, deben pagar una tarifa que fuera del país es aceptable pero dentro podría convertirse en un gasto inmanejable. En fin, otra forma de censura. Otra zancadilla. 

PÍLDORAS: Mientras escribía, me vinieron a la mente tres obras. La primera es Mister Holland’s Opus (1995), una película en la que Richard Dreyfuss interpreta a un maestro de música que tiene un hijo sordo y debe encontrar la manera de conectarse con él a pesar de que el pequeño, debido a su limitación, no puede comprender el porqué de su pasión por el oficio. También pensé en dos títulos basados en investigaciones sobre el poder que tiene la música para evocar recuerdos, e incluso para activar regiones dormidas del cerebro en pacientes con trastornos severos de la memoria. La primera se llama The Music Never Stopped (2011) y tiene en el elenco a J.K. Simmons (el director del periódico caricaturesco de Spiderman o el profesor superestricto de Whiplash). Y la otra es el documental Alive Inside: A Story of Music and Memory (2014), que demuestra los beneficios de la musicoterapia en pacientes con alzheimer. Contiene escenas milagrosas de muertos en vida que reaccionan cuando oyen sus piezas favoritas. El proyecto, que comenzó por iniciativa de un solo hombre, devino en la fundación Alive Inside.

FOTOGRAFÍA: Daniel Guarache Ocque

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2 comentarios en “Nuestra propia nación

  1. Con el tornado este en el que estoy inmerso desde que salí de Venezuela estoy un poco desconectado y sinceramente recién descubrí la aplicación , pero gracias por el dato no sabía que era una herramienta tan poderosa y útil , empezare a indagar como es la cuestión jejeje, ah y obvio no podría estar más de acuerdo contigo , sabes que con la música mi relación es complicada pero no podría vivir sin ella , un abrazo en la distancia bro.

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