Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Luis Enrique: “Este proyecto ha sido para mí un reto de la A a la Z”

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 16 de noviembre de 2019

No es momento de descansar. Desde que comenzó a cristalizarse el proyecto que devino en Tiempo al tiempo, obra ganadora del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico, cada vez que Luis Enrique y los cuatro integrantes de C4 Trío coinciden en tiempo y espacio, se activa una agenda de entrevistas, ensayos, reuniones, pruebas de sonido y, por supuesto, presentaciones, que apenas deja un cuarto de hora por acá, media por allá, para un trago, una siesta, un bocado.

Edward Ramírez viaja desde Medellín. Héctor Molina, desde Miami. Jorge Glem vuela desde Nueva York y, después de los Latin Grammys hubiera seguido esa misma noche hacia Chile si sus compromisos allá no se hubiesen suspendido por los disturbios. También llega, con su cajón, el percusionista Diego “El Negro” Álvarez. Y, por supuesto, el ganador del Latin Grammy 2019 al Mejor Arreglista, el bajista del grupo, Rodner Padilla.

Un bar del inmenso complejo del MGM Grand, que incluye el Teatro de David Copperfield, escenarios del Cirque du Soleil, tiendas, restaurantes, ferias de comida rápida, kilómetros de casino sin principio ni fin y la arena donde se organizan las grandes peleas de boxeo, se convierte en el escenario del reencuentro de los músicos.

Se abrazan. Se ponen al día. Luis Enrique suelta una seguidilla de venezolanismos. Carcajadas. Comienza el circuito. El ascensor en el que subimos se abre en un piso desde el que se ven pequeños edificios que también son enormes. Tocamos la puerta de una de las 6.852 habitaciones del hotel y, detrás, nos encontramos con una estación de radio improvisada.

Luis Enrique no da entrevistas sin C4 Trío y en todas comenta que el ensamble lo impresionó desde que los vio tocar por primera vez, por su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su osadía para explorar nuevos caminos para el cuatro venezolano sin desconectarse de su raíz. En todas, remarca su amor por el folclor venezolano y cuenta su propia relación con la música tradicional.

“Mucha gente conoce mi faceta de eso que me ha dado fama, que es la salsa, y lo agradezco. Sin embargo, realmente vengo de una raíz folclórica. Mi familia se dedica a hacer folclor en Nicaragua. También son gente muy comprometida, socialmente hablando, con lo que sucede en nuestro país. Yo crecí bajo esa sombrilla, ese impulso de decir las cosas que suceden, de hablar de las injusticias. Nunca he estado lejos del folclore, aunque nunca lo había hecho en mi carrera. Siempre quise hacerlo, y ¡qué mejor manera sino con C4 Trío, que son unos maestros!”

Salimos del MGM, subimos a un taxi y nos vamos al Hard Rock Café Hotel. Kerly Ruiz, la presentadora venezolana, los espera para una entrevista inusual en una cama. Bromean con doble sentido, pero el contenido de la charla es el mismo. La camaradería con C4, el amor por la música de raíz latinoamericana, el orgullo de haber sido reconocidos por la Academia Latina de la Grabación. De ahí, siguen sin pausa hacia una cita con una revista que cubre especialmente el mundo de la música norteña y otra con una emisora radial dirigida al público hispano de Estados Unidos. Se pasan el switch del castellano al inglés constantemente. Entre una y otra, en pequeños tiempos muertos antes de salir al aire, aprovechan para afinar detalles de lo que tocarán en el evento Los Producers esa misma noche, donde compartirán escenario con artistas como Fito Páez, Ximena Sariñana, Lasso y Leonel García (ex Sin Bandera). La canción que tocarán allí, Mi tierra de Gloria Estefan, termina tomando forma en un ensayo improvisado en la terraza del Hard Rock Café, al borde del bulevar que es el epicentro de Las Vegas, donde confluye todo lo que es conocido en el mundo de esa ciudad que nació del envite y el azar a principios del siglo pasado.

“Ha sido un camino de mucho aprendizaje, un reto de la A a la Z, y encima de eso conseguimos este reconocimiento”, me dice, sobre la concepción del álbum galardonado. Se siente orgulloso, especialmente porque es un proyecto que “no obedece a ninguna moda”.

Caminamos entre máquinas tragamonedas, pantallas de apuestas deportivas y mesas de Blackjack cuando habla de lo que motivó a un músico de semejante trayectoria en la salsa, más de 30 años de carrera, cerca de la veintena de álbumes y bastante fama en buena parte de Latinoamérica, a lanzarse de chapuzón a una apuesta tan experimental con joropo, danza zuliana y tonada.

“Honestamente, lo primero es lo primero: la música —se enseria Luis, como le dicen los muchachos de C4—. Es sumamente importante para mí saber que estoy haciendo algo más allá del hecho de querer, caprichosamente, grabar otro CD. Tiene que haber una razón más. Primero, la música. Pero si, además, vamos a hacer música, ¿qué estamos dejando? ¿Qué estamos diciendo a través del proyecto? La razón mayor es aportar algo, bien sea a través de la canción, o a través de la posibilidad que estamos creando al lograr un álbum de música folclórica de canciones inéditas”.

Bastan 48 horas viéndolo trabajar y escuchar los testimonios del grupo, para entender que Luis Enrique no es ese artista que llega al estudio de grabación a ponerle su voz a un proyecto en marcha. Así, los hay muchos y muy buenos, pero él corresponde a un perfil distinto que se lanza de cuerpo completo en la obra. Que asume con entusiasmo el desafío, cuidando detalles, construyendo desde los cimientos.

De Venezuela, recuerda su público. Bromeando con Molina, Padilla y compañía, dice que algún día se comprará allá dos casas, una en la playa y otra en la montaña. Se ilumina su rostro cuando hurga en la memoria sus experiencias en el país: “¡Guao! El amor con el que reciben el trabajo que uno hace. Eso para mí es increíble, es importante, pero, sobre todo, me emociona haber conocido una Venezuela con una energía eternamente joven, de gente echando pa’ lante, gente muy linda. Cada vez que llegaba, me contagiaba de eso y por eso me encantaba ir”.

No hay una entrevista en la que Luis Enrique no remarque el mensaje del sencillo Añoranza, una canción dedicada a los caminantes, a los que se van “con su vida arrugada en un morral” buscando oportunidades, alimento, medicinas, bienestar para sus familias. Dice que se ve reflejado en los integrantes de C4 porque él salió de Nicaragua en 1978 y llegó a Los Ángeles a construirse esa ruta que, en algún punto, después de mucho sudor, comenzó a dar frutos: “Es duro llegar a un país como éste y comenzar de cero; intentar edificar algo en un lugar que no es tu tierra, donde hay muchas cosas que tienes que hacer que no estaban en tus planes. Reconozco el esfuerzo que ellos hacen todos los días por echar pa’lante. Reconozco su deseo de tener una carrera haciendo lo que hacen. Todo eso es valioso”.

Luis Enrique también demostró en pocas horas que es una criatura del escenario. Que el éxito no es producto de la casualidad. Con el ensamble, le tocó el rol difícil de abrir la premiere de los Latin Grammys, cuando la gente apenas se estaba acomodando en sus sillas, mirando sus teléfonos celulares, entrando en calor. Sí fueron aplaudidos, pero todos se bajaron con ganas de desquite, aún cuando salieron de esa ceremonia bateando para average de .1000, con dos Latin Grammys en las dos casillas en las que competían. Pasaron las horas, se hizo de noche y el ídolo entró a la after party y la puso patas arriba con su gracia y su talento, con energía y desparpajo. Ahí sí: nadie fue indiferente a lo que pasó en el escenario. Ahí sí recibieron el premio que más les gusta a los artistas: la ovación frenética.

 

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Y el Latin Grammy es para… los favoritos

Publicado originalmente en GuatacaNights.com el 15 de noviembre de 2019

La sensación no era la del equipo pequeño al que le toca jugar contra Brasil. A diferencia de otras ocasiones, C4 Trío llevaba consigo, no el deseo de que algo providencial ocurriera para llevarse esos gramófonos a casa, sino la presión del favorito. Tiempo al tiempo, su proyecto con el nicaragüense Luis Enrique lo tenía todo para ser el Mejor Álbum Folclórico: calidad, novedad, experimentación a partir de la raíz tradicional, gancho publicitario y hasta un mensaje de paz. Lo mismo ocurría con Nella, cuya suerte en el renglón dedicado a nuevos artistas se decidiría en la segunda ceremonia, la más espectacular, la televisada. No lo decían, por temor, superstición, respeto o quién sabe, pero la cantante margariteña y el ensamble de cuatristas lucían el traje del ganador antes de ganar.

La gente no se había acomodado todavía en sus sillas en la gran sala de eventos del MGM Grand de Las Vegas cuando comenzaba la 20 entrega de los Latin Grammys. La noche anterior, Luis Enrique y C4, con la adición de lujo del cajonero Diego “El Negro” Álvarez, habían participado en un evento llamado The Producers. Allí desempolvaron juntos Mi tierra, aquel hit nostálgico de Gloria Estefan en el que, curiosamente, Luis Enrique grabó la percusión. Ahora estaban en el momento cumbre, en primerísimo primer plano y como número de apertura de la gala, para tocar una pieza inédita que aborda el mismo asunto 25 años después: Añoranza. Pa’ que no llores más/ pa’ que no sufras más/ pa’ que no duela más/ voy a curar con besos todas tus heridas, le cantaron, desde ese escenario prestigioso, a todo aquel que en tiempos recientes ha huido de su país en busca de oportunidades.

Recibieron un aplauso unánime pero no eufórico. La fiesta apenas comenzaba. El primer premio de la tarde fue para un venezolano llamado Juan Delgado, autor del Mejor Álbum de Cristiano. Poco después anunciaron los nominados a Mejor Arreglista, tres de ellos venezolanos: Otmaro Ruiz, César Orozco (cubano con alma también venezolana) y Rodner Padilla, el bajista de C4, co-productor del álbum y responsable del arreglo de Sirena, uno de los temas con sabor de hit. El David Aguilar, cantautor mexicano, fue el responsable de abrir el sobre y leer el nombre de Rodner.

Padilla agradeció a la Academia, a Dios, a su esposa, a sus hijos Rodrigo, Ricardo y “a uno nuevo que viene en camino”, y cerró con una frase inspiradora: “La vida del músico es una vida de fe. No pierdan sus sueños nunca”.

La ceremonia siguió avanzando entre mensajes vinculados a las manifestaciones en Chile. La ganadora en Mejor Álbum Alternativo, la chilena Mon Laferte, aprovecharía la Alfombra Roja para descubrirse los pechos y amplificar un mensaje escrito en su cuerpo: “En Chile Torturan y Violan”. Se oyeron también mensajes de aliento a Venezuela, críticas al presidente de Brasil y el ruego de artistas colombianos contra la violencia en su país. Juancho Valencia, de Puerto Candelaria, agrupación que ganó el Latin Grammy a Mejor Álbum de Cumbia/Vallenato, lo dijo así: “Que la paz no nos mate”.

El premio al Mejor Álbum Instrumental, que el año pasado quedó en manos del cuatrista guayanés Miguel Siso, lo obtuvo el pianista uruguayo Gustavo Casenave por su disco Balance, en el que Linda Briceño, ganadora del Latin Grammy el año pasado, participó como productora. Un poco después, Venezuela volvió a celebrar gracias a Los Amigos Invisibles y su canción Tócamela, cuyo gramófono recibió el vocalista Julio Briceño y el bajista José Rafael “El Catire” Torres.

La espera se hizo larga mientras pasaban las categorías técnicas y las que reconocen la música en portugués, que son ocho. Y de pronto, tres de las integrantes de Flor de Toloache, banda ganadora del Latin Grammy de mujeres mariachis, leyeron la lista de postulados a Mejor Álbum Folclórico. La tensión se apoderó del rostro de los músicos. La lista apareció en pantalla: Eva Ayllón, Canalón de Timbiquí, Cimarrón, Luis Cobos con The Royal Philarmonic Orchestra & El Mariachi Juvenil Tecalitlán y, de último, abajo, Tiempo al tiempo, de Luis Enrique + C4 Trío. Un par de segundos eternos y las palabras mágicas: Y el Latin Grammy es para… ¡Pum! La alegría desbordante. Abrazos, besos, lágrimas. Un revuelo de satisfacción por un proyecto que ha consumado la hermandad de un ídolo latinoamericano y unos músicos virtuosos de Venezuela. Subieron felices, livianos, uno tras otro: Héctor Molina, Rodner Padilla, El Negro Álvarez, Edward Ramírez, Luis Enrique exultante y Jorge Glem risueño con su sombrero.

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El orador fue Luis Enrique, quien dio un discurso de agradecimiento serio y pausado: “Quiero dedicar con mucho amor este premio a mi país, que sigue luchando por su libertad, por su soberanía… a todas las madres de los estudiantes que han sido cruelmente asesinados desde abril del año pasado. Nicaragua sigue estando en guerra aunque lo quieran hacer ver de otra manera. Nicaragua sigue luchando para ser verdaderamente libre”.

“También quiero dedicar este premio, junto a mis hermanos de C4 Trío —completó el artista—, a todas las familias venezolanas que se han visto urgidas de salir de su país, a todos los caminantes a quienes dedicamos también nuestro video de ‘Añoranza’, decirles que estamos con ellos, que no están solos. ¡Por la libertad de Venezuela y por la paz de nuestros países!”.

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Al cierre del primer acto, todo se mudó al MGM Grand Arena, el de las grandes peleas de boxeo, donde toca gente como Paul McCartney o Lady Gaga cuando pasan por Las Vegas, para una gran fiesta impecable en el aspecto técnico, con una escenografía basada en pantallas de leds que se movían, cambiaban de colores, fondos, ambientes, adaptándose a cada propuesta. Un espectáculo perfectamente planificado en el que se cuidó minuciosamente cada detalle y en el que, curiosamente, repitió este año el humorista y músico venezolano César Muñoz como parte del equipo de guionistas.

Sí, fue la noche de Rosalía. La española, que ha irrumpido en la escena reguetonera con una propuesta genuina, con tintes aflamencaos y grandes coreografías, salió anoche con cuatro premios, incluida la joya de la corona: el de Álbum de Año. El reguetón estuvo muy presente, desinflando las críticas que nutrieron la conversación en la víspera de los premios. Bad Bunny cerró. También ganó y, con el Latin Grammy en la mano, con todos los focos sobre él, el público aclamándolo, sus colegas aplaudiendo, reclamó atención para el género urbano.

El presentador, junto con las actrices Roselyn Sánchez y Paz Vega, fue Ricky Martin. La Academia Latina de la Grabación le reconoce al puertorriqueño ser uno de los responsables de la existencia de los premios. Fue tal el revuelo que generó su presentación en la ceremonia anglosajona en 1999, en los tiempos del boom de Livin’ la vida loca, que representó el último empujón que necesitaba la comunidad musical latinoamericana para organizar su propia fiesta.

También fue la noche de Juanes, la Persona del Año, a quien le dieron una sorpresa como al niño que le llevaban a su ídolo famoso a tocarle la puerta de la casa. Lars Ulrich, baterista de Metallica, se paró allí, rodeado de latinidad, y dijo que era momento de cerrar un círculo porque él también era fan del colombiano. Una de las mejores presentaciones fue la de Vicente Fernández, Alejandro Fernández y el nieto/hijo, tres generaciones de cantantes actuando juntos. Pepe Aguilar cantó El triste, en tributo al fallecido José José. A Camilo Sesto también lo recordaron.

Con Alejandro Sanz, otro de los premiados de la noche por su hit con Camila Cabello, Mi persona favorita, cantaron tres artistas jóvenes, todas nominadas a Mejor Artista Nuevo: la colombiana Greeicy, la española Aitana y la venezolana Nella Rojas, que brilló con su vestido animal print y su voz de seda. Fue ella, la margariteña formada en Berklee School of Music, la favorita de muchos, la que se llevó ese galardón tan ansiado—al que también estaba postulado su compatriota Chipi Chacón—.

“¡Mira dónde estamos, papá!, dijo la cantante al recibir el gramófono, emocionada, con voz temblorosa. “Perdón, que estoy muy nerviosa (…). Quiero agradecer a la vida, a los que han creído en mi voz y mi visión, a mi amigo y mentor Javier Limón (…) y sobre todo, a Venezuela, y a todos los que, como yo, vienen de otro país y están luchando por oportunidades. Ustedes son mi inspiración”.

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Luis Enrique y C4 Trío se habían separado para descansar porque faltaba un compromiso por cumplir al filo de la medianoche. La burbuja de los Latin Grammys se rompía y su contenido se diluía en la locura de Las Vegas. Los artistas se perdían entre turistas, los casinos infinitos de los resorts, gente que no tenía la menor idea del evento trascendental —para la vida de algunos— que acababa de ocurrir allí, justo al lado.

El trompetista Charly Sepúlveda y su banda amenizaban la after party e invitaban a artistas a cantar. Varios de los becados por la Fundación Cultural Latin Grammy estaban presentes, entre ellos el pianista venezolano Baden Goyo y la saxofonista mexicana Itzel Reyna. Jorge Glem fue el primero en subir a la tarima a improvisar. Las cuatro cuerdas explosivas del instrumento rey de Venezuela demostraron su poder magnético. Los desentendidos comenzaban a ver qué estaba ocurriendo en el escenario. El Negro Álvarez se sumó en las congas y, en un pestañeo, ya Edward Ramírez, Héctor Molina y Rodner Padilla estaban conectando sus instrumentos y los músicos de Sepúlveda bajaban y cedían sus espacios.

Por la puerta apareció sonriente, satisfecho, el ídolo nicaragüense. Les habían pedido ceñirse al programa: Sirena, solamente Sirena. Pero Luis Enrique venía a sacarse la espinita de una presentación fría en la premiere. Al un, dos, tres, arrancó un joropo venezolano recio y la fiesta ya no fue la misma. Gente grabando con sus celulares. El presidente de la Academia de la Grabación Gabriel Abaroa Jr. en primera fila disfrutando. Muchos bailando. Date un chance se ganó una ovación. Le siguió Sirena y, después, remataron con una versión adaptada a la situación de Yo no sé mañana, su hit, que tuvo en el medio un larguísimo interludio de improvisación y latin jazz, con personajes como el pianista Manuel Tejada y el percusionista peruano Tony Succar, otro de los triunfadores de la noche, ganador de Productor del Año. Y ahí sí, el ensamble y el cantante, con sus dos Latin Grammys, habían conseguido el epílogo feliz que necesitaban.

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Luis Enrique y C4 Trío en un laboratorio

Publicada originalmente en Gladyspalmera.com el 26 de julio de 2019. Enlace aquí

 

Luis Enrique necesitaba salir de su propio guión. Quería virar el timón hacia otras aguas, guardarse en un bolsillo la etiqueta de salsero y hacer un álbum distinto, que lo presentara tocando su guitarra, abordando géneros diferentes y cantando música muy orgánica. En el camino, se encontró con el ensamble venezolano C4 Trío, que lo cautivó al punto de asociarse con él en una nueva aventura que terminó llamándose Tiempo al Tiempo.

Hubiese sido más sencillo, y quizá menos arriesgado, trabajar sobre una lista de canciones populares venezolanas y/o nicaragüenses arregladas a la medida del cantante. O hubiese resultado menos trabajoso, y probablemente más sexy desde una perspectiva comercial, construir un top 10 de sus hits para grabarlos en otros ritmos y formatos con ese despliegue de virtuosismo por el que C4 Trío es célebre. Pero no. Ninguno quiso conformarse. Casi en su totalidad, alma, corazón y esqueleto, Tiempo al Tiempo es un álbum compuesto de material inédito.

Creo que excedimos nuestras propias expectativas, comenta Luis Enrique. Los cuatro miembros de C4, por separado, dicen más o menos lo mismo. Cuentan que a cada paso que daban, la incertidumbre se iba disipando. La prueba piloto fue una canción llamada Suéltame, que el nicaragüense escribió con Fernando Osorio, un fabricante de hits como La Negra tiene Tumbao de Celia Cruz. A partir de ese joropo vestido de pop, todo fluyó.  

La gran preocupación de Rodner Padilla, bajista de C4 y productor del álbum, era desencajar a una audiencia acostumbrada a escuchar esa voz envuelta en salsa: La de Luis Enrique es una voz que la mayoría de los latinoamericanos tenemos en el ADN. La gente está acostumbrada a escucharlo acompañado por cierta sonoridad. Todo eso va junto. Entonces, el reto era hacer un disco con este grupo de tres cuatros y un bajo, que respetara su esencia y al mismo tiempo nos permitiera proponer musicalmente algo distinto.

Al igual que Suéltame, Ay de Mí, la primera pista del álbum, camina sobre un joropo. Comienza con una base de chacarera argentina antes de revelar sus verdaderos colores en pinceladas del C4 Trío. La agrupación integrada por Padilla y el tridente que conforman Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem despliegan su arsenal, valiéndose de trucos y artificios que hacen del cuatro un instrumento melódico y rítmico, que acompaña, canta y adorna.

A la alineación, para acentuar los golpes de joropo, sumaron al maraquero Juan Ernesto Laya, pieza del Ensamble Gurrufío, un ensamble de música folclórica venezolana que por estos días celebra 35 años de existencia. También llamaron al versátil Diego El Negro Álvarez, un estudioso de la percusión afrovenezolana que además ha sido cajonero de grandes figuras del flamenco, entre ellos el bailaor Joaquín Cortés. Su presencia sirvió para aderezar canciones como Sirena, una salsa con aroma de flamenco en la que sale de relieve un solo mágico de la armónica del brasileño Gabriel Grossi, conocido por su trabajo con el mandolinista carioca Hamilton de Holanda.

Luis Enrique salió de su hábitat para adentrarse en ritmos venezolanos, entre ellos la tonada. Pero la que cantó no fue una tonada de Simón Díaz, autor referencial de ese género llanero, sino de César Gómez, otro apasionado de la tradición venezolana. La Tonada de la Melancolía refleja la sensibilidad del cantante, que logró sumergirse en ese universo de nostalgia bucólica como si le fuera propio. 

Sentir estos ritmos es fundamental para poder entrar en ellos sin dejar de ser uno. No soy ni pretendo ser cantante de joropo autóctono. Más bien quiero ser yo y quizás, dentro de mis posibilidades, tener un acercamiento diferente, dice el músico, que además asumió el rol de productor, percusionista y guitarrista durante las sesiones.

Canciones como Tiempo al Tiempo, la que le dio título al álbum, fueron compuestas durante el proceso. Aunque tanto esa como Suéltame, Sirena y Ay de Mí parecieran tener más cualidades de hit radial, el tema promocional que escogieron es otra llamada Añoranza, una contradanza zuliana que se convierte en gaita de tambora, una plegaria bailable generada en una suerte de taller entre Luis Enrique, Padilla, Molina y un invitado conocedor del género: el cantautor Jorge Luis Chacín, conocido por su vínculo con Guaco. La razón por la cual se decantaron por esa canción es su trasfondo social. Luis Enrique y sus colegas venezolanos de C4 reclaman tiempos mejores para sus respectivos países de origen: Sé que pronto llegará ese día/ oye, tierra mía, que cambies de color.  

C4 Trío preservó una tradición. Cada vez que el ensamble ha grabado un álbum de colaboración, como los que hicieron con Rafael Pollo Brito o Gualberto Ibarreto, héroe del folclor venezolano, o con Desorden Público, referencia del ska latinoamericano, han dejado al menos una pieza instrumental. Esta vez agregaron Vértigo, una canción que tiene una energía particular, quizá porque la heredaron de su amigo Gustavo Márquez, ex bajista del grupo que falleció prematuramente en 2018. La otra es Merengue Today, una osadía típica de Jorge Glem, que buscó un cruce entre el merengue caraqueño y el son cubano.  

Parecía que el disco quedaría así: un recorrido de ocho canciones que comenzaba con un joropo animado pero no frenético, que atravesada tempestades y melancolías, y que culminaba en una salsa con mensaje positivo y la invitación a bailar. Pero Rodner Padilla, quien asumió el liderazgo en la producción musical, insistió en agregar una versión joropeada de “Date un chance”, hit salsero de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano, que se sumó como un bonus track de un álbum experimental que tradujo musicalmente la camaradería de un artista y un ensamble.