Itinerante: El álbum migratorio de Miguel Siso

Itinerante: El álbum migratorio de Miguel Siso

Publicada en 17 de mayo de 2021 en Guatacanights.com

Por Gerardo Guarache Ocque

Miguel Siso musicalizó su propia historia desde que emigró. Itinerante es la banda sonora del periplo de un viajero que, por donde va, recoge esencias y se las apropia. Su nuevo álbum lleva en el corazón la venezolanidad como algo inherente y natural, pero nunca vista hacia adentro. Todo lo contrario. Es una obra anclada sentimentalmente en el terruño, pero siempre con los ojos —y sobre todo, los oídos— apuntando al horizonte.

Si se ubica junto a Identidad (Guataca, 2018), su álbum ganador del Latin Grammy, Itinerante (independiente, 2021) es la continuidad de su relato personal. Aquel gran disco de tapa negra fue grabado enteramente en Venezuela y editado justo antes de que Siso partiera a Irlanda. Muchos de los músicos que lo acompañaron en aquellas sesiones, volvieron a participar en esta otra producción, pero ahora la mayoría, al igual que él, vive fuera del país, regada por Europa, Latinoamérica y Estados Unidos.

Somewhere In The World es un gesto de agradecimiento con su país de acogida. El guayanés encontró en las similitudes del patrón rítmico del joropo y la música celta la materia para elaborar una pieza majestuosa, que evoluciona y crece a medida que se van incoporando sonidos y texturas. Protagonizan el cuatro, así como los bags pipes y los whistles, dos vientos fundamentales del ambiente celta tocados por Gabriel Figueira de Gaélica. Pero se van añadiendo la percusión afrovenezolana de Yonathan Gavidia, el violín de Lucas Sánchez y más piezas de un rompecabezas con fragmentos de dos mundos que calzan perfectamente.

Todos los instrumentistas mencionados se sumaron en esa pieza al cuarteto base que Siso escogió para toda la obra: Manuel Alejandro Sánchez (contrabajo), Jhonny Kotock (teclados), Adolfo Herrera (batería) y él con su cuatro, por supuesto. Los cuatro se reunieron en los estudios Abbey Road de París para unas sesiones que se vieron interrumpidas por la pandemia, pero que lograron fijar una primera capa sobre la cual erigir el álbum. La ingeniera de grabación de estos encuentros fue Carolina Santana, quien recientemiente recibió un premio Óscar, junto a los mexicanos Carlos Cortés, Michelle Couttolenc y Jaime Baksh, por el sonido de la película Sound of Metal (2019).

Con Sánchez, Kottock y Herrera (y Santana), recibió a su invitado de honor, Alexis Cárdenas, para tocar un joropo recio y virtuoso que compuso expresamente para él, llamado El cardenal. Fue uno de los temas grabados en simultáneo, a la vieja usanza, todos juntos en una sala. Para su regocijo, el gran violinista zuliano, concertino de la Orchestre National d’Île-de-France, dijo que, frente a esa partitura, se sentía como pez en el agua: «Se parece a mí».  

Otra que convocó a muchos invitados fue Quita los males, un son que le da cierre al disco, con soneos de Marcial Istúriz, solos de percusión latina de Luisito y Roberto Quintero, la trompeta alegre de Chipi Chacón y los montunos del pianista Jhonny Kotock. A Siso, como inmigrante en Dublín, le ha tocado ir con su instrumento de cabecera a muchos bailes, de modo que quería recrear esas experiencias en un capítulo de su disco y, de paso, enviar un mensaje de aliento en tiempos duros: Mi son te quita los males. Esos cuatro minutos y pico muestran lo sabroso que se mueve el cuatro dentro del ambiente salsero.

Cuenta el artista que al día siguiente de la gala de los Latin Grammys del 15 de noviembre de 2018, de la que salió con un gramófono dorado valiosísimo a Mejor Álbum Instrumental, le vino a la mente una melodía. Salió apurado de la ducha y le pidió a Bárbara, su esposa, que lo grabara con el celular allí mismo en la habitación del hotel en Las Vegas. A partir de ese motivo que se le ocurrió, creó Regreso a casa, la que inauguró su nuevo ciclo creativo y con la que volvió canción su deseo, tan recurrente en todo exiliado, de abrazar a su familia. También va por esa línea Tonada de la nostalgia, única pieza de cuatro solo del disco, en la que intervino el ingeniero de grabación Vladimir Quintero, que compuso en una prueba de sonido en uno de esos días melancólicos que experimenta alguien de tierra caliente instalado en un país frío donde el sol sale muy poco.

Guayaba es una de las piezas más interesantes de Itinerante. Miguel concibió una fruta cuyas semillas son de golpe de Patanemo de Venezuela. Y una vez que le metes un mordisco, le descubres sabores de la música caribeña, un dulzor cubano, otro poco de cumbia y un acidito de jazz.

La virtud del artista reside en su capacidad para recoger algunas esencias, mezclarlas ingeniosamente y crear su propia manera de decir las cosas. Uno de tantos ejemplos de ese principio es una pista llamada Palabras del río. Las aguas del Caroní, grabadas desde cierto paraje del Parque La Llovizna de Ciudad Guayana, anteceden a una gaita de tambora que lleva por un encima una melodía entrañable acentuada por su voz. Esa voz, usada como instrumento de viento para enfatizar el leit motiv de la canción, es ya parte de su sello como creador. Es un tema relajante, que involucra percusión afrovenezolana de las manos de Ángel Castro, quien participó en casi todo el álbum.

De esa pasa a un cuatro procesado, que lleva chorus, delay, reverb y algún veneno adicional, que define el tono de un tema llamado De allá vengo. Si el título no es suficiente para entender de qué va, el ritmo completa el mensaje. Es un calipso, género cultivado en Bolívar, el Bolívar natal de Siso. Pero, de nuevo, acá no tienen lugar los purismos. Ese calipso, que incluye el saxo de Eric Chacón al estilo de The Brecker Brothers, es otra especie más agresiva y vanguardista, inclinada hacia el jazz fusión, que puede disfrutarse con el oído, con el cuerpo o, mejor, con ambos al mismo tiempo. Una combinación fabulosa de virtuosismo y sabor.

A su arribo a Irlanda en 2018, Siso y su esposa —y musa— Bárbara Sánchez se hicieron muy amigos de sus roommates, Fabiana y Alexandre, una pareja de brasileños. A ellos, y a la misma Bárbara, que ama la música de Brasil, les dedicó el bossa Caminos. Bárbara, además, se encargó de diseñar la carátula; un collage con retazos que representan a cada canción del álbum. La itinerancia del elefante, animal migratorio que siempre tira para adelante a pesar de las adversidades, un estampado de Cruz-Diez, un cardenal, una mata de sávila que quita los males, un paso de piedras del Parque La Llovizna. Una nueva vida sobre blanco.

Si se preguntan por qué Itinerante suena tan bien, piensen no sólo en ingenieros de grabación como Carolina Santana y Vladimir Quintero. El artista se apoyó, tal como lo hizo en su laureado Identidad, en la llave ganadora de Darío Peñaloza (mezcla) y Jesús Jiménez (mastering). Además, esta vez Miguel se involucró mucho más en ese departamento. Él solo, desde su home studio, grabó, entre otras cosas, todos los instrumentos del tema que sirve de puerta de entrada al álbum. Se titula Itinerancia, y no sólo remarca el concepto del título y el arte, sino que exhibe hasta dónde van sus capacidades como instrumentista. Allí, junto al cuatro tradicional y su cuatro triple, suena un melao de ukulele, guitarra, bajo, tres cubano, voces y hasta teclados. Y —¡sorpresa!— todo tiene sentido. Es un world music, con raíz venezolana, que se parece a un viaje en canoa por un paísaje recubierto de árboles, exótico y salvaje. Son tres minutos y medio que dicen: Bienvenidos a mi mundo.     

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Los Latin Grammys, el cuatro venezolano y la música orgánica

Publicada originalmente en Prodavinci.com el 17 de noviembre de 2018. El enlace aquí

La ceremonia estaba comenzando. Calentaba el ambiente el Septeto Santiaguero y su celebrado proyecto con José Alberto “El Canario” basado en son cubano. Pasaban los renglones dedicados a la música brasileña, la infantil y la cristiana. Anunciaba Gabriel Abaroa Jr., presidente de la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos, que este año servirían comida: unos wraps de salmón que en su mayoría se quedaron fríos en las mesas. Y de pronto, sin anestesia, el director orquestal uruguayo José Serebrier abrió el sobre y leyó el nombre que agitó corazones venezolanos.

El ganador, que todavía no había ganado, se encontraba en una mesa a la izquierda del escenario; no muy lejos, aunque en ese momento el camino que separaba su silla del gramófono dorado se veía largo y sinuoso. Se sentía pequeño ante la estatura de los nombres brasileños con los que disputaba el premio. Respetaba —respeta profundamente— el arte de todos ellos. Para colmo, en la pantalla central él aparecía de último. IDENTIDAD/ MIGUEL SISO. Pequeño. Poquitas letras.

El cuatrista guayanés, ganador de la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen que desde 2004 ha conectado a apasionados y virtuosos del instrumento rey del país, estaba postulado en una categoría de los Latin Grammys particularmente exigente: Mejor Álbum Instrumental. Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, conviven en ella proyectos contemporáneos de virtuosos consolidados que fusionan latin jazz, especies de raíz tradicional, bossa, tango o flamenco, y creadores de world music, generalmente pesos pesados de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de Holanda, Ed Calle, la agrupación Bajofondo, Chick Corea, Arturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio por el que le brillaban los ojos al venezolano, que veía hacia el frente nervioso y callado, sin sonreír. Estático, sosteniendo la mano de su esposa, Bárbara, musa de varias de las canciones que lo llevaron hasta ese lugar y ese momento.

Serebrier no tardó ni 10 segundos en nombrar a los postulados: No Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo, un autor al que muchos consideran un genio; Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda Trío, ensamble liderado por una referencia mundial de la mandolina; Alué de Airto Moreira, un percusionista de trayectoria extensísima; y Recanto de Yamandú Costa, un guitarrista fuera de serie que ya había impresionado con un performance en directo minutos antes. Y él, claro. Lo aplaudieron unos pocos, los de su mesa, los compatriotas desperdigados por el glamoroso Mandalay Events Center que lo conocían y uno que otro colega, como la cantautora colombiana Marta Gómez, postulada en la casilla folclórica por La alegría y el canto, un álbum en el que grabaron C4 Trío, el pianista Antonio Mazzei y el cantautor José Delgado.

El presentador sonrió y dijo, con naturalidad, las palabras mágicas: y el Grammy es para… Miguel Siso. ¡Pum! Gritos de quienes lo rodeaban, abrazos, besos, Bárbara con los ojos aguados, eufóricos unos primos que lo acompañaban, y Ernesto Rangel, fundador y director de Guataca, la plataforma que produjo el álbum, tan emocionado que no sabía qué hacer, si acompañarlo, grabarlo con su celular, tomarle fotos o saltar. La distancia hasta el micrófono iluminado desde el que hablaban los ganadores, que parecía de años luz hacía segundos, se acortó, y Siso se lo fue creyendo en la ruta. Subió las escaleras y, aguantando un nudo en la garganta, pronunció con fluidez sus palabras sin papel en mano, a diferencia de lo que hizo más tarde el español Enrique Bunbury en el mismo sitio.

¡Viva Venezuela!, le gritaron de un costado. Y él sonrió satisfecho. “No tengo palabras para decir lo feliz que estoy por esto. Este es un álbum que se formó desde el principio para mi amado país, Venezuela, que está pasando por una crisis muy fuerte”, dijo. Ahí sí retumbaron los aplausos. Luego completó: “La música venezolana y el cuatro venezolano están presentes ahora más que nunca”. Sí, lo están, gracias a su trabajo y al de agrupaciones como C4 Trío, que, junto a talentosos ingenieros venezolanos, hace cuatro años alzó sus manos de uñas largas en esa misma instancia por su victoria en el renglón de Mejor Ingeniería de Sonido. Además, ganaron por el álbum De repente, grabado con otro referente del instrumento —que de paso, canta y anima—: Rafael “Pollo” Brito.

No había bajado el oleaje emocional cuando anunciaron a los nominados a Productor(a) del Año. Nombraron a cuatro personalidades asociadas a una chorrera de artistas famosos. A gente como Andrés Torres y Mauricio Rengifo, que colaboran con David Bisbal, o al ya galardonado Rafael Arcaute, productor del argentino Dante Spinetta. A Eduardo Cabra, productor de la banda colombiana Monsieur Periné; y a Julio Reyes Cupello, que trabaja con Pablo Alborán y Laura Pausini. Y entre ellos, una sola mujer, la primera que gana ese gramófono, la venezolana Linda Briceño, multiinstrumentista —especialmente trompetista—, ex miembro del Big Band Jazz Simón Bolívar, compositora y cantante, que estaba a una mesa de Siso, con sus labios carmesí, fingiendo tranquilidad, cuando escuchó su nombre y celebró como no pudo hacerlo en 2014, cuando obtuvo dos postulaciones y volvió con las manos vacías.

El segundo ¡Viva Venezuela! se escuchó. Pero faltaba un personaje con el que nadie contaba cuando ya habían quedado en el camino otros nominados venezolanos, como Los Pixel, banda del vocalista de Sentimiento Muerto, Pablo Dagnino, que andaba con su cabello oxigenado y su traje negro solemne que no lograba ocultar la eterna irreverencia de la generación contagiada por el punk. Tampoco había ganado María Rivas, aquella gran cantante que la mayoría recuerda por “El manduco” y que grabó un exquisito álbum de boleros titulado Motivos, por aquello de la rosa pintada de azul; ni Claudia Prieto, la jovencita zuliana que aparecía en dos casillas, la de Mejor Álbum Cantautor, que se llevó Jorge Drexler, y la de Mejor Artista Nuevo, que perdería después.

Ese otro personaje que faltaba era Juan Carlos Luces, autor de “Quiero tiempo”, popularizada por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle junto con Juan Luis Guerra, que se llevó la medalla a la Mejor Canción Tropical y le permitió incluir una línea clave en sus palabras de agradecimiento, acompañadas de sollozos: “Sobre todo, quiero dedicarle este premio a todos los venezolanos que nos conseguimos en cualquier parte del mundo y que ahorita estamos viendo la cosa fea pero que la hacemos ver bonita”.

La noche de Drexler

Como suele ocurrir, salvo contadas ocasiones en las que artistas como Franco De Vita o Chino y Nacho han ganado Latin Grammys, los tres venezolanos premiados recibieron sus gramófonos en la ceremonia previa y no televisada. Paréntesis: los Latin Grammys suelen dividirse en dos; la fiesta de los músicos y la fiesta de la fama. En ocasiones ambos mundos se conectan. Temprano, se entregaron los premios de categorías técnicas, reconocimientos a la composición, los arreglos, la producción, la ingeniería y los géneros menos populares, menos sexys para el público televisivo. Por allí no andaba Maluma ni J Balvin. Sí andaban, por ejemplo, la mexicana Natalia Lafourcade, el argentino Fito Páez y el uruguayo Jorge Drexler, quien terminó ganando en ese otro escenario que parecía totalmente dominado por el reguetón, el trap y lo que por estos días lleva la etiqueta de “urbano”.

Esta vez la ceremonia previa subió en calidad y glamour: lo que antes parecía más una graduación universitaria que unos Grammy, ganó cierto halo de magia, de prestigio, de respeto. Tras esa cita temprana, todos se trasladaron del Mandalay Bay Center, donde ocurrió el tiroteo fatídico en 2017, al MGM Grand Arena, donde suelen darse las peleas de Floyd Mayweather, entre otros eventos mundialmente publicitados. A ambos hoteles, megaestructuras de más de 3.000 y 6.000 habitaciones, respectivamente, las une un pequeño tren gratuito. Y por allí iban muchos, con sus trajes y corbatas, vestidos largos y tacones altos, comentando lo que acababa de ocurrir.

Tras atravesar el mar de máquinas tragamonedas, mesas de juego y estética kitsch, entraron al show de televisión que se lleva buena parte del presupuesto y que este año, curiosamente, contó en su equipo de escritores y guionistas con el humorista y músico venezolano César Muñoz.

Temprano, las secciones de espectáculos destacaban en su mayoría las ocho nominaciones del reguetonero colombiano J Balvin y las cinco de la española Rosalía, que presenta el flamenco como parte de una propuesta electrónica. Hablaban de la expectativa ante la presencia de Maluma, el también colombiano que canta “Felices los 4” y las “Cuatro babys”, pero que en esta edición no llegaba a las cuatro postulaciones. Parecía que sería un maremágnum de reguetón. Y sí, por momentos lo fue, pero la academia encontró la manera de equilibrar las fuerzas y el protagonista de la noche terminó siendo Jorge Drexler, vencedor en dos de las tres categorías principales: Canción del Año (“Telefonía”) y Grabación de Año (ídem). La de Álbum del Año quedó en manos de otro ídolo de siempre, abucheado por la audiencia del MGM porque nunca asiste a estas citas, respetado por todos por su voz y devuelto a la notoriedad por una serie de Netflix: Luis Miguel. ¿Su disco premiado? México por siempre.

Fue una noche que contó con el imán del reguetón, el trap y la música que predomina en la fiesta joven latinoamericana de este momento del siglo XXI, pero que premió el arte orgánico, las guitarras acústicas de los Macorinos que tocan con Natalia Lafourcade, la voz desnuda de Mon Laferte, las letras sutiles e ingeniosas de Jorge Drexler y, por qué no, el cuatro del venezolano Miguel Siso.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Publicada en Revista Ladosis y Guataca

La música venezolana del Siglo XXI tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

Identidad es un baño de esperanza. Es la constatación de que Venezuela no siempre fue esta jungla sombría y triste, y de que no tiene por qué seguir siéndolo en el futuro. “Horizontes”, la segunda pista, condensa el espíritu de las 11 canciones, que además de pintar un paisaje frondoso en la mente de quienes las escuchan, sin querer, dibujan el mapa de influencias de su creador.

“Quise buscar un sonido más global para la música venezolana. Darle proyección, refrescarla. Hacer una world music hecha en Venezuela”, explica Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas. Precisamente, aprovechó para evocar lo que sentía cuando volvía de la provincia a la capital, donde vivía como estudiante, en un delicado merengue llamado “Llegando a Caracas”. Es, en cierta forma, un homenaje indirecto a Aquiles Báez y su álbum Reflejando el dorado (2003), que influyó profundamente en su manera de concebir la música.

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Siso es como un sabio maestro de artes marciales que administra muy bien sus golpes. Es capaz de deslumbrar, convirtiendo sus manos en acróbatas poseídos, pero no abusa del recurso. Aunque sí contiene algunos solos, Identidad no es un disco en el que el cuatro se pavonee todo el rato. Un concepto flota por sobre la obra y la define. Una delicada artesanía teje sonidos acústicos, voces usadas como instrumentos de viento y artificios de consola propuestos por el ingeniero Darío Peñaloza (siempre a partir de lo orgánico). “Luna de madera”, por ejemplo, pareciera llevar un beat electrónico, pero no: lo que suena siempre es el cuatro, golpeado como un bombo, haciendo de charrasca, realzado por flangers y otros efectos.

La experimentación en el estudio generó canciones como “Kerepakupai Vená (Salto Ángel)”, el delicioso calipso que inicia el viaje cantándole al salto de agua más alto del planeta, llamado acá por su nombre en dialecto pemón. Es, paralelamente, la presentación oficial en registro discográfico del cuatro triple, la gran novedad de Siso que destaca en la ilustración de portada. El instrumento fue creado por el luthier Alfonso Sandoval, quien antes había trabajado en una mandolina de Cruz Quinal que fue el primer instrumento venezolano de brazo múltiple. Uno de las mangos corresponde a un cuatro tradicional; el otro es más grave, “como aguitarrado” —lo describe Siso—; y el tercero tiene cuerdas de metal, como el que usa su colega Edward Ramírez, del C4 Trío y El Tuyero Ilustrado.

La percusión afrovenezolana, con chimbangles y cumacos, se junta con un djembé que viene directo desde el África occidental, gracias a especialistas como Nené Quintero y Yonathan Gavidia. El cuatro se apoya en un bajo eléctrico (o contrabajo) y batería, seguido de flautas, saxos y hasta fliscornos, vibráfonos y teclados Fender Rhoades. Pero no nos confundamos. No se trata de la mera combinación de instrumentos; Identidad funciona porque los arreglos están cuidadosamente pensados de acuerdo a las exigencias de las canciones. Es un disco del que pueden extraerse fragmentos, pero, al ser conceptual, cobra más sentido cuando se oye de corrido.

Cambios y ausencias

“El cuatro siempre fue muy celoso conmigo —cuenta Siso—. Me encantaba el piano, la guitarra, la mandolina y la bandola, pero cuando intentaba estudiar otro, sentía que era todo más lento. Volvía al cuatro y de nuevo resultaba fácil. Era como si me dijera: ‘¡para qué ver pa’ los lados, si aquí está todo!’ Y así me fui enfiebrando y sacando más canciones y más canciones”.

La fiebre cuatrera de Siso comenzó, con verdadera intensidad, a sus 9 años de edad. Con un “Bésame mucho” a ritmo de onda nueva, ganó la tercera edición del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado por Cheo Hurtado (Ensamble Gurrufío) que en casi 15 años —desde 2004— ha contribuido con la evolución del panorama musical venezolano, porque le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y, nada más y nada menos, los tres integrantes del C4 Trío: Jorge Glem, Héctor Molina y Edward Ramírez.

Siso, durante la charla, no deja de agradecer haber compartido con tantos músicos que admira, y esa gratitud se manifiesta en el álbum. A Nené Quintero, uno de los mejores percusionistas del país y también de los más queridos en el mundillo musical, le escribió el simpático “Nené Chimbanglero”, que combina el chimbangle con la gaita de tambora.

“De Borbón a Las Patillas” se basa en su historia familiar. Ambienta el encuentro sentimental que dio fruto a su existencia describiendo el largo recorrido entre el pueblo natal de su padre y el de su madre, ambos en el robusto estado Bolívar —que tiene casi la superficie territorial del Reino Unido—. La nostálgica “Sonidos de la ausencia” es un vals venezolano, con tratamiento de jazz trío, que le compuso a su esposa cuando emigró a Irlanda y él aún no la había alcanzado, por lo cual puede funcionar como banda sonora melancólica para la gran diáspora venezolana de estos tiempos.

Siso rescató “Sin contratiempos”, una canción que había compuesto para lo que iba a ser el segundo disco de su antiguo ensamble, El Quinteto Menos Uno. Es una onda nueva con ciertas variantes rítmicas que introdujo el baterista José “Tipo” Núñez, con una instrumentación maravillosa gracias a la flauta de Eric Chacón y al bajo del fallecido Gustavito Márquez. Es un tema con potencial cinematográfico, perfecto para un collage de imágenes de Caracas.

En Identidad, álbum que se suma al catálogo de Guataca, se encontraron varias generaciones de músicos. Así como están José Núñez y el guitarrista Gustavo Medina, ambos compañeros de Siso en el Iudem, el contrabajista Freddy Adrián o los hermanos Eric y Chipi Chacón, formados en el Sistema de Orquestas, también participan instrumentistas más experimentados —ídolos del guayanés— como el contrabajista Elvis Martínez, que tocó varias; el flautista Luis Julio Toro, quien colaboró en la taciturna “Tiempo”; o el también flautista Huáscar Barradas, quien participó en la fiesta de cierre, llamada “Con cuatro y con Patanemo”, que termina con una descarga caribeña con sección de metales y voces de Marcial Istúriz, Rafael Pino y Rafael “Pollo” Brito.

“Tiempo de cambio”, canción reflexiva grabada junto a Eric Chacón (saxo), fue escrita durante las cruentas manifestaciones callejeras antigubernamentales en Venezuela de 2017. Acorde con el leit motiv de Identidad, refuerza el mensaje que Siso busca transmitir. Frente a la violencia de aquellos días, el músico respondió con armonías. Cuando la toca en directo, suele acompañarla con rostros de venezolanos insignes y una frase de Arturo Uslar Pietri que repite al momento de la entrevista: “Todos podemos ser excelentes en lo que hacemos”.