La Historia de Venezuela según Desorden Público

La Historia de Venezuela según Desorden Público

Publicado originalmente en Guatacanights.com el 27 de julio de 2020

En el morral estaban los libros de Alberto Arias Amaro y Aureo Yépez Castillo. En la mesa de la sala, los grandes periódicos de circulación nacional y algún diario local cuya última página escandalizaba con la foto de un cadáver ensangrentado. En la biblioteca adulta nos esperaban Manuel Caballero, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas, generalmente con desengaños de lo que aprendimos en la escuela; verdades complejas sobre nosotros mismos y el país en el que crecíamos. El país de las playas, las telenovelas, las misses y los campocortos elegantes. Pero también el de los cinturones de pobreza, la corrupción, la ignorancia y Archivo Criminal.

El traspatio de la Historia de Venezuela, la cara B con relieves y sarcasmos, real y cercana como una película en 3D, llegaba de un lugar insospechado: el tocadiscos. De allí emanaban baladas melosas, merenguitos con doble sentido, pop anglosajón cuyas letras aún no éramos capaces de descifrar. Sonaba guaracha, sonaba rock and roll. Y de pronto, irrumpía un ritmo frenético marcado por una guitarra cortante como un cuchillo traspasando el silencio. Sobre él, una voz de barítono llamaba las cosas por su nombre, ponía los puntos sobre las íes, le subía volumen a los bemoles de nuestra sociedad.

Álbum homónimo debut de Desorden Público (1988)

Álbum homónimo debut de Desorden Público (1988)

El primer LP fue casi como una revista porno. Casi. Era un vinilo para ponerlo cuando los padres no estaban en casa. En la primera pista, el tipo que normalmente decía te amo, mi amor, no puedo vivir sin ti, le confesaba a la chica que no soportaba su halitosis. Si las otras historia eran de un amor cortavenas, acá se contaba la tragedia de una pareja que se casaba obligada por un embarazo no deseado. ¡Decía la palabra condón!

La tercera canción hacía estallar el aparato. Le gritaba a la cara a quien ocupaba el Palacio de Miraflores, al Congreso, a los poderes públicos, a todo personaje en flux y corbata con carnet gubernamental y ganas de abusar de su posición. Les deseaba a todos ellos, con sátira, no una silla eléctrica pero sí una silla de ruedas.

Boquiabiertos, escuchábamos el relato caricaturesco —en una canción sin coro ni puente ni estribillo— de un hombre “serio” que trabajaba en un ministerio e intentaba robarse una maleta de plata. Así, hasta llegar a la queja, al grafiti hecho canción, a la manifestación visceral de la incertidumbre y la declaración de principios de una banda inconforme llamada Desorden Público: ¿Dónde está el futuro, que yo no lo veo?

Horacio Blanco, Caplís Chacín, Danel Sarmiento y compañía decidieron bautizarse como un antihomenaje punketo a los camiones de Orden Público de la Guardia Nacional, campeones en la disciplina de repartir peinillazos a las piernas de adolescentes ociosos. A esos adolescentes ahora ellos les ofrecían un pogo para hacer catarsis y, de paso, les contaban otra versión de la historia de su país. Les cantaban su Historia Contemporánea de Venezuela a ritmo de ska.

En Descomposición (1990)

En Descomposición (1990)

La crisis no tiene fronteras, comenzaba cantando Horacio Blanco en el segundo álbum de la banda, editado en 1990. En Descomposición, producido por Gerry Weil, dejaba en el pasado la queja adolescente para acelerar un proceso de madurez, no sólo en letra sino en música. Desorden Público le gritaba al mundo que era una banda de ska, sí, pero que el suyo era un ska de acá.

Canciones como Skándalo traían tambores afrovenezolanos y arreglos de metales muy precisos. La presencia del percusionista Oscar Alcaíno, mejor conocido como Oscarelo, acentuaba la latinidad de la propuesta. Si Skándalo ironizaba sobre el chisme desechable y las cortinas de humo como estrategia de desinformación —los peores hechos son otros que no conoceremos nosotros—, Cursi presentaba a un tipo gris que sudaba cursilería y banalidad. DP caricaturizaba el rostro superfluo del mundo en que vivía.

Aparecía también un personaje harto conocido en aquella Venezuela, que se fue haciendo cada vez más presente, especialmente en el siglo XXI: El hombre con la pistola, que te da lo que le pidas y a cambio de eso te quita la vida. Y con él, una nación insensible con la sangre ajena: Veo mucha gente con aspecto embalsamado/ ¿será que se inyectaron parafina bajo la piel?

Le disparaban dardos directos al poder central, intercalando mitines demagógicos: Propaganda política con proletarios sonrientes/ (a los) que, por desnutrición, se les caen los dientes. Inauguraban la Venezuela post-Caracazo develando una abominable realidad: Somos peces del Guaire. Los caraqueños y habitantes de la capital debieron acostumbrarse a la idea de que viven en una ciudad cortada por un río de mierda. Y esa canción cobró un nuevo significado en 2017, cuando la frase se volvió literal y por el despreciado Guaire nadaron manifestantes despavoridos huyendo de la represión.

Canto popular de la vida y muerte (1994)

Canto popular de la vida y muerte (1994)

El Canto popular de la vida y muerte (1994) llevó toda esa denuncia, más estilizada y acompañada por un trabajo musical prodigioso, al mainstream. La tierra tiembla, coreaban, desde un videoclip grabado en Río Caribe, Sucre, hablando de la gente buena y trabajadora, su paciencia y su esperanza, su mestizaje: Esa gente quiere echar pa’ fuera la ignorancia/ la corruptela y la flojera, que son las peores consejeras/ que traban la puerta. 

A la par de una búsqueda artística, una experimentación rítmica y armónica, un despliegue literario y la intención de envolver todo en trajes conceptuales, la gran banda se afianzó en su rol de cronista de nuestro tiempo con piezas como Palo y piedra, un ska rabioso que se mofaba de la clase política.

La danza de los esqueletos, en cambio, abordaba un temática universal. A partir de una fábula fantasmagórica, cantaba un tratado contra el racismo, los prejuicios y toda forma de discriminación: Descubrieron que nunca hay buena razón para el odio y la humillación./Ellos decidieron que el amor no ve color.

Incrustándose en la memoria colectiva de una generación completa, Desorden Público seguía advirtiendo que la nuestra es una patria mal amamantada con tetero de petróleo. Seguía advirtiendo que, en Venezuela, o brincas o te encaramas o te tragas la pólvora negra. Las letras de ambas canciones, que trataron la dependencia del oro negro y la violencia callejera, se fueron haciendo más literales, más patentes y dramáticas con el paso del tiempo. No sospechaban que 25 años después, en el aniversario de su gran álbum, calcaran la realidad de una manera aún más fiel que en el momento en que fueron creadas.

Plomo Revienta (1997)

Plomo Revienta (1997)

La realidad violenta del país, que ya habían abordado, llegó a la carátula, al título, al primerísimo primer plano. Decidieron afincarse en denunciarla, retratarla, condenarla. En Plomo revienta (1997) nos dibujaron en la mente la imagen de una sangre que mancha la calle, mancha la historia, mancha de lágrimas incoloras la ciudad de la madre que llora inconsolable. Y eso fue un hit. Allá cayó fue un hit que sonó hasta el cansancio, compitiendo con canciones que hablaban de la playa, el sexo, los romances, la fiesta.

Desde entonces, ¿de cuántos han dibujado un muñequito de tiza en la acera? En tiempos recientes, Venezuela ascendió a los deshonrosos primeros puestos en la lista de países con más violencia letal en el mundo. En ese mismo álbum, en el que describieron en una cumbia-ska a un personaje mítico llamado Simón Guacamayo para ilustrar el universo de lo mágico-religioso en El Caribe, también bautizaron a Caracas, su ciudad, como un Valle de balas. Y allí aprovechaban de reclamarle al Vaticano: Que santifiquen a José Gregorio. Sí, el ahora beato José Gregorio.

Estrellas del caos (2007)

Estrellas del caos (2007)

Con Diablo (2002), editado durante la primera etapa del proceso chavista, lanzaron temas exitosos como Combate, Truena truena y El Clon, pero se guardaron los dardos habituales. Disparaban más contra el stablishment mundial, contra las potencias y Estados Unidos, pero no contra lo que pasaba en casa. Después revisaron todo su material en directo en el Teatro Teresa Carreño para celebrar sus 18 años de carrera; y volvieron a incluir una letra de corte político-social en Estrellas del Caos (2007), un álbum de abundantes especies caribeñas.

Junto a San Antonio, Espiritual, El tren de la vida y Pegajoso, salió Política criminal, una canción que, en una suerte de soneo, dejaba estas líneas para quien se sintiera aludido: Malandro ‘e paltó y corbata, tu deuda tendrás que pagar, bien cara saldrá tu estafa/desfalcaste las arcas, te ruchaste la plata, ¡ladrón!/dejaste un hueco en los bolsillos y en la esperanza.

Los contrarios (2011)

Los contrarios (2011)

“El arte rebelde logra trascender las barreras de la división partidista y las diferencias ideológicas”, me ha dicho Horacio Blanco, recordando los tragos más amargos en la carrera de DP, que fueron macerados desde la polarización política en tiempos de Hugo Chávez. “Andanadas de odio” —cito al vocalista y letrista— les llegaron a través de las redes sociales.

En 2011 decidieron, desde su disco Los contrarios, hacer un llamado a la tolerancia. Celebraron el ímpetu de quienes, cuando Sale el sol, se levantan de sus camas para perseverar a pesar de la tempestad. Celebraron, con un calipso, a esos mismos próceres anónimos que siguen sobreviviendo en una Tierra de gigantes. Pero no dejaron de recordar que el poder emborracha a multimillonarios, magnates y presidentes. Y después, se preguntan, ¿quién cura esa resaca?

En un bolero-ska reflejaron cómo todo venezolano llora por un dólar. En directo, solían revisar la cotización del momento en Dolar Today y lanzaban billetitos de Monopolio mientras hablaban del lúgubre desconsuelo de quienes procuran encontrarse de frente con Benjamin Franklin en un país cuya moneda se devaluó vertiginosamente.

Bailando sobre ruinas (2018)

Bailando sobre ruinas (2018)

Desorden Público enfrenta una tragedia artística incontenible; activó una suerte de mina antipersonal. Sus canciones desarrollaron una inusitada musculatura y transcienden el contexto de su publicación. La realidad le coqueteó tanto a la sátira que ahora las dos caminan tomadas de la mano, y ellos, que quisieran verlas convertidas en retratos de un tiempo pasado, no pueden hacer nada al respecto.

A pesar de los riesgos que implica expresarse actualmente en Venezuela, Bailando sobre ruinas subrayó los dolores de estos años. Si nos van a seguir robando, al menos cámbiénnos los ladrones, reclamaron en un país inmerso en el mismo proceso político desde 1999. ¡Una maravilla!, exclamaron, con sentido crítico, sobre una Venezuela agobiada por inseguridad, hiperinflación, una nación en franca decadencia. Y con tumbao de reggae, con un dejo de esperanza, le cantaron a los millones de venezolanos que abandonan su tierra en busca de oportunidades: Los que se quedan, los que se van, algún día volverán.

Son ocho álbumes de estudio y otros nueve entre trabajos en directo, reediciones, compilados de rarezas, canciones navideñas y registros de giras internacionales. También, uno llamado Pa’ Fuera (2016), grabado junto al ensamble C4 Trío, en el que interpretaron una selección de sus hits a partir ritmos de raíz tradicional venezolana. Y sería con ese, precisamente con ese, que lograrían su primera nominación a los Grammy.

Cuántas cosas han pasado desde aquel 27 de julio de 1985 en Junkolandia, club campestre semiabandonado de El Junquito. Cuántas experiencias, conciertos, alegrías y sinsabores desde que debutaron allí unos muchachos que crearon en el trópico una banda inspirada en sus ídolos británicos. Esos jóvenes, artífices de uno de los proyectos artísticos más longevos y consistentes de Venezuela, hoy siguen diciendo en voz alta: Esto es ska y si no te gusta, te vas.

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

Caracas, capital del rock iberoamericano… hace 25 años

La anécdota favorita por unanimidad corresponde al cierre. Como Jimi Hendrix en Woodstock, Gustavo Cerati, al frente de Soda Stereo, gran banquete de la primera y única edición del Festival de Rock Iberoamericano, cantaba “Cae el sol” cuando un resplandor surgía tras la montaña e iluminaba a los fans eufóricos en el Autocine El Cafetal. Amanecía el lunes 11 de noviembre de 1991.

El domingo en la noche había caído un diluvio en el valle de Caracas. Para colmo, Adrián Taverna, ingeniero de sonido de la banda argentina, giró las perillas de la consola a tal punto que quemó las cornetas. Pero Cerati, Bosio y Alberti, a pesar de todas las vicisitudes, se comprometieron a tocar a cualquier hora. Los seguidores, que habían pagado sus entradas para verlos quizá a la medianoche, presenciaron el show de los autores de “Persiana americana” después de las 4:00 am.

“Cerati terminó llorando de la emoción porque fue como una película”, dice el periodista Boris Felipe, que trabajó en la producción del festival. “Ellos mismos se bajaron mirando los relojes, sorprendidos. Nunca habían tocado a esa hora. Todo terminó a las 7:00 am de un lunes. Puedes imaginarte a todos los rockers bajando por El Cafetal a las 8:00 am, mientras los demás salían de sus casas a trabajar y a estudiar”.

Togtron, una compañía que había sentado un precedente trayendo al país a artistas como Al Di Meola, Chick Corea, José Feliciano, George Benson y Herbie Mann, anunció una programación dorada, “como para no creerlo”, escribía Gregorio Montiel Cupello en El Nacional.

El cartel incluyó cinco fechas en dos fines de semana: sábado 2 y domingo 3, y luego el viernes 8, sábado 9 y domingo 10 de noviembre. Además de Soda Stereo, llegaron a Venezuela, de Argentina, artistas como Patricia Sosa y Fito Páez, que promocionaba su álbum Tercer mundo y todavía no había explotado de fama, como ocurrió al año siguiente con El amor después del amor. De España, se presentaron Miguel Ríos y la agrupación La Unión, intérpretes del clásico “Lobo hombre en París”; de Brasil, Os Paralamas Do Sucesso; y de Chile, Los Prisioneros, dueños del megahit “Tren al sur”.

“El show marcó pauta porque llegaba en un momento en que el rock en castellano funcionaba muy bien en la radio y la televisión venezolana”, recuerda el locutor Polo Troconis. Erika Tucker tenía el programa A Toque, que era trasmitido a través de Venezolana de Televisión, y Eli Bravo, Sonoclips en Radio Caracas Televisión. Existía Rockadencia, de Fernando Ces y Guillermo Zambrano, en la 92.9 FM, y el propio Troconis conducía La Tarde y Parte de la Noche a través de Radio Nacional de Venezuela, en el que era determinante la musicalización de Tibisay Hernández.

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Desde las primeras fechas comenzaron los problemas. Los productores venezolanos, no acostumbrados a organizar festivales de tal magnitud, aprendían sobre la marcha. La cobertura periodística se complicaba, tanto así que la reportera Margarita D’Amico dedicaba más espacio en este diario (El Nacional) a sus quejas que a los espectáculos.

Los Rodríguez visitaron el país en esa ocasión y Andrés Calamaro no volvió a Venezuela sino en julio de 2010. Boris Felipe estuvo con ellos: “A mí me tocó estar una semana entera acompañando a Los Rodríguez y a Calamaro, y nadie sabía quién era. Él podía caminar desnudo por Plaza Venezuela y nadie se enteraba. Era un tipo raro. Recuerdo que estaba leyendo una biografía de Frank Sinatra, y durante varios días estuvo siempre en la misma página del libro”.

Desorden Público, Zapato 3 y Sentimiento Muerto ya tenían una legión de fans”, cuenta Juan Carlos Ballesta, editor de la revista Ladosis: “Habían tocado juntos dos años antes en el Nuevo Circo, en el Encuentro en el ruedo (1989). Para todo el mundo era una maravilla tenerlos ahí en un mismo sitio. Que se hiciera ese festival fue algo increíble, como un sueño. Al principio, nadie lo creía del todo, hasta que realmente ocurrió”.

Miembros de la santísima trinidad del rock pop venezolano de los últimos 30 años aparecen en la reseña que hizo Daisy Fuentes para MTV Latinoamérica, así como miembros de Seguridad Nacional. Entre los pocos registros que ofrece Youtube de aquella cita, hay algunos fragmentos de las presentaciones de Los Prisioneros, La Unión, Fito Páez y Soda.

Por estos días también se cumplen dos efemérides que registran un momento cumbre del rock nacional (y el locutor Max Manzano le dedicó el Rock Fabricado Acá en La Mega el domingo pasado). En esa tarima del Rock Music 91 —ese era el apellido del festival— Zapato 3 estaba a punto de despegar como la gran banda del país, apoyada en su disco Bésame y suicídate y la astucia del mánager Mario Carabeo. A la vuelta de la esquina estaban sus mejores años. Sentimiento Muerto, por su lado, entraba en su etapa final tras la edición de su último trabajo, Infecto de afecto.

Todos, y no sólo en Venezuela, concuerdan en que fue un evento histórico y, a pesar de intentos posteriores, irrepetible. Una suerte de Woodstock latinoamericano, salvando distancias: “Nos calamos todo —dice Ballesta— amanecimos, nos mojamos con la lluvia, hicimos colas inmensas y esperamos, pero ninguno de los problemas impidió que la gente lo disfrutara”.

 

Versión actualizada de un trabajo que escribí para el diario El Nacional en noviembre de 2011. La sección POLAROIDS de este sitio está destinada precisamente a rescatar textos ya publicados

¿Apellido? Rock and roll

¿Apellido? Rock and roll

Se va 1955, año en que la radio estadounidense comenzó a abrirle espacio a un sonido rarísimo. Los baladistas y crooners, grupos vocales, el country y el folk ahora compiten contra un ritmo frenético y bailable. En marzo fue estrenada la película Blackboard Jungle y allí apareció un tipo cachetón con un flequillo a lo Superman cantando una canción titulada “Rock Around The Clock”. Se llama Bill Haley y es el primero al que se le escucha algo tan peculiar. Desde entonces, no puedo pensar en otra cosa.

Haley aprovechó el viento a favor y presentó en mayo “Shake Rattle and Roll“, que contiene la misma sustancia. Desde septiembre, todos hablan de un negro excéntrico llamado Richard Wayne Penniman —él se presenta como Little Richard— que canta un coro que dice “Tutti Frutti”. “Ain’t That a Shame” de Fast Domino y “Blues Suede Shoes” de Carl Perkins se pelean los primeros puestos en la lista Billboard. Mientras esto ocurre, y todos corren a ver Rebelde sin causa protagonizada por James Dean, un tipo apuesto de Memphis, un tal Elvis Aaron Presley, se asoma con “That’s All Right (Mama)” y sale de gira por primera vez. Quién sabe a dónde llegue.

Me gusta el sonido de todos ellos, pero hay uno que me cautivó más que el resto. Me parece que va más allá, con carisma y desparpajo. Es un jovencito —bueno, aparenta ser muy joven pero ya está rozando los 30— que salió de San Luis, Missouri, y estableció contacto con Chess Records a través de Muddy Waters. Chicago ya se le hizo pequeña. Su feeling para cantar y tocar la guitarra es extraordinario. Lo primero que le oí fue “Maybellene”, que corresponde a una adaptación que hizo de la canción country “Ida Red”. Luego, y ahí sí se enteraron todos de quién era, comenzó a sonar “Roll Over Beethoven”.

¡El tipo le dice al mismísimo Ludwing van Beethoven que se mueva y le dé la noticia a Tchaikovsky! Le informa de este nuevo ritmo que está enloqueciendo a quien lo escucha. Lo he visto en televisión diciendo: “Ladies and gentleman, i ask him to forgive us —sí, le ofrece disculpas al fallecido genio alemán— roll over and listen to a little of this”. Y luego el loco suelta un riff irresistible con su guitarra e invita a la banda a seguirlo. Los que están presentes en el estudio lo miran estupefactos, como si estuviese un alien ante ellos. Y él, la criatura de otro planeta, toca, canta, baila, los deja boquiabiertos. Me pregunto si en el próximo siglo se acordarán de él, o si otras bandas en el futuro lo tomarán como referencia. Yo le deseo larga vida porque además me cae bien. Que al menos tenga fama y fortuna y que pase de los 90 años. Ojalá siga haciendo discos y consiguiendo hits. Si ambos vivimos en octubre de 2016, le mandaré un mensaje que diga: ¡Feliz cumpleaños, Mr. Chuck Berry!

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

 

Lo que sonaba no parecía una guitarra. Era como el aullido de un ave primitiva. Gustavo Cerati usaba su pedalera como pintor expresionista. Hacía el amor a su Paul Reed Smith negra y brillante mientras narraba una historia ambientada en un Buenos Aires oscuro. Y no se trataba sólo de la furia entendida como un estado de ira demencial. La vieja canción —añejada en barricas durante 8 años— invitaba a los 90 a las deidades justicieras de la mitología griega. Así, comenzaba un viaje llamado Comfort y música para volar.

Lucía como Jeff Lyne (Electric Light Orquestra). Grandes lentes oscuros, abundante cabello crespo, suéter azul cielo. Relajado y abstraído, conectado con una fuerza sideral. Parecía en otro lugar, como si estuviera inconsciente de que se encontraba frente a un público cautivo en los estudios de MTV en 420 Lincoln Road de Miami, Florida.

Antes de convencerlos de hacer un especial desconectado, la cadena televisiva, principal vitrina latinoamericana de aquella época, había tocado infructuosamente las puertas varias veces. Les hubiese encantado que la banda argentina fuera la primera de una lista en la que ya estaban los Fabulosos Cadillacs, los Caifanes, Charly García, El Tri, Los Tres y Café Tacvba. Pero a Cerati no le gustaba la simple idea de “meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica”.

Soda ya era gigante, todo lo gigante que puede ser una banda de rock en castellano. Había editado Sueño Stereo (1995) y estaba de gira por Centroamérica y Estados Unidos cuando MTV los dejó hacer sencillamente lo que les viniera en gana. Ya se sentía la distancia entre Cerati, Bosio y Alberti, que se despidieron al año siguiente. Una suerte de telepatía, desarrollada a través de muchísimos ensayos y grandes presentaciones, generaba un ensamble compacto y distendido.

Soda Stereo le cedió el coro de “En la ciudad de la furia” en su versión embriagante a Andrea Echeverri (Aterciopelados), con quien compartían el tour. Una decisión acertada, claro que sí. Un dueto que rozó la perfección. La colombiana sumergida en la letra; el líder, inspirado, abrazado a su guitarra intoxicada de efectos, mirando las furias volar sobre él.

Apoyados en los hermanos Fainguersch (chelo, fagot y viola) y en el productor Tweety González (teclados y samplers), rescataron “Un misil en mi placard”. El ska, engavetado en su disco debut homónimo de 1984, fue barnizado con los acordes de “Chrome Waves” de la banda británica Ride y convertido en otra canción.

“Té para tres” fue electrificada y coronada con el riff de “Cementerio Club“, original de Luis Alberto Spinetta en Pescados Rabiosos. Al igual que “Pasos”, gozó de un terapéutico arreglo de cuerdas. Y cómo olvidar la salvajemente sexy “Entre caníbales”, que superó a su versión original. Impecable de arriba abajo.

La edición de Comfort y música para volar que esta semana cumple 20 años de su lanzamiento incluyó dos números del tramo que el trío interpretó de pie con bastante distorsión, tachándole el un al unplugged. Ambas canciones estaban todavía frescas en ese momento: “Ángel eléctrico” y “Ella usó mi cabeza como un revólver”.

Por trabas de derecho discográfico, el compacto sólo incluyó 7 de las 13 que tocaron aquella noche. Resolvieron alterar el orden para el álbum y completar con pistas que habían quedado fuera de Sueño Stereo. Primero “Sonoman“, una suerte de “Tomorrow Never Knows” instrumental del futuro que al terminar dice: “Ya se los advertí, aquí tienen música para volar”. Luego, “Planeador”, “Coral” y “Superstar”, puros lados B de lujo.

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El CD de 1996 permitía una navegación multimedia. En su PC, el público podía pasear por el living de la carátula y, al darle click a cualquier elemento, ingresar a una habitación distinta. Al pulsar el televisor, por ejemplo, se veía un fragmento del cóver de “Génesis”, canción de la banda argentina Vox Dei incluida en su disco La biblia (1971). Al husmear en otra área, se podían jugar al técnico de grabación y separar las pistas de “Coral”: oír sólo las voces o la guitarra, las maracas, la batería, el bajo.

En 2007, una vez que se desataron los nudos contractuales que impedían echar mano de cualquiera de las 13 canciones grabadas, salió al mercado una nueva edición con el orden original del show y todo su contenido, sin los bonus tracks registrados en estudio. Se agregaron temas como “Terapia de amor intensiva”, “Zoom” y “Cuando pase el temblor”, “Paseando por Roma”, “Disco eterno” y la mencionada “Génesis”, tal como aparecen en el DVD.

Comfort y música volar pareciera sonar mejor cada vez. La cita del 12 de marzo de 1996 en los estudios MTV dejó un registro de Soda Stereo en su punto más alto de creatividad, pulcritud conceptual y calidad en sus performances. Cerati tocaba y cantaba de un modo inmejorable. Era una banda muy segura de sí misma dictándole cátedra a sus contemporáneos: cómo administrar los artificios para emocionar, cómo poner cada ingrediente en su medida justa, cómo hacer curaduría de la obra propia.

Los gobiernos suelen decretar como feriados los aniversarios de batallas, natalicios de próceres y firmas de documentos independentistas. Yo, en un acto de rebeldía, he decidido declarar el 25 de septiembre, fecha de lanzamiento de esta joya, como día festivo. ¡Salud!