Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Giros, el álbum debut del experimentado Héctor Molina

Publicado en Revista Ladosis

Por Gerardo Guarache Ocque

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo XXI y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todos las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable”

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear —los Molina Casanova— que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, es interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

De la anécdota al experimento

“58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

“Luz de 5”, inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste, es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres.

“Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos (2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínez para unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

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Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericana que presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven —ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes—, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

RECOMENDADO

Espectáculo Inusitado en Caracas: CLICK AQUÍ PARA VERLO COMPLETO.

FOTOS: Cortesía Héctor Molina

Giros fue presentado en el Open Stage Club en Guataca Nights Miami el 12 de abril de 2018

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Ska con crisis de identidad

Ska con crisis de identidad

Los resultados de un experimento fantástico salieron a la luz en diciembre, aunque Venezuela, como ha ocurrido en los últimos años, estaba pendiente de cualquier otra cosa más urgente. Tras celebrar su 30 aniversario, Desorden Público, por primera vez, compartió la custodia de una criatura. No lo hizo con cualquiera; se trata de un ensamble de cuatristas que representa lo más interesante que ha ocurrido en la música venezolana en lo que va de siglo.

Esto es un ska con crisis de identidad, confiesa Horacio Blanco sobre una base que conjuga su ritmo predilecto con el joropo oriental. Es la décima pista de Pa’ Fuera, el álbum que grabaron con C4 Trío. No es una frase de relleno en procura de una rima. Es el reflejo de un (auto)cuestionamiento constante que siempre desemboca en la misma idea: la música es como la plastilina. Lo inalterable es historia.

Renombrado irónicamente “Esto NO es ska”, el tema propone una revisión de la declaración de principios que la banda presentó en su homónimo LP debut de 1988. Esto es ska, si no te gusta te vas, cantaban saltando hiperquinéticos entre los tiempos de Lusinchi y CAP II. Poco después, en su segundo trabajo llamado En descomposición (1990), seguían justificando su “ska de acá”: La música es de donde uno la toca, y yo toco lo que me provoca.

Y esta vez, ya con canas e hijos, les provocó jugar con su propia obra. La intervención de los cuatristas Edward Ramírez, Héctor Molina y Jorge Glem, quien además asumió el rol de productor, hizo que la raíz tradicional se expandiera como la de un ficus centenario, como una planta trepadora que colonizó todos los rinconcitos que cedió la propuesta original. El cuatro venezolano, que ha evolucionado a un ritmo vertiginoso en los últimos tiempos, se adhirió a la esencia de Desorden Público hasta redimensionar una docena de sus canciones.

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En este universo, aquella queja escrita en 1985 se titula “¿Dónde está er futuro?” La ele por la erre, con dicción de pescador. No tiene nada de ska, ni siquiera la típica guitarra cruzada. Es un joropo oriental, con un cotorreo al estilo del cultor Hernán Marín. Después de 30 años, DP se sigue haciendo la misma pregunta: Yo no sé si ya estoy ciego o estoy muerto/ si estoy viejo, si estoy tuerto/ pero lo importante, hermano, es que aún yo no lo veo/ el futuro no lo veo. 

Antes de terminar, la modernidad arropa abruptamente la canción y se produce una sensación tipo “Englishman in New York” de Sting, que corre el riesgo de asemejarse a aquellas fusiones desechables, etiquetadas como neofolclor, enviadas con apuro a las emisoras radiales cuando entró en vigencia la ley que las obliga a poner música criolla.

A veces, lo que parece una guitarra o un sintetizador, es un cuatro procesado. Ocurre en “El tumbao de Simón Guacamayo”, en la que el ska se fue de vacaciones. La letra, que habla de un hombre-leyenda con poderes mágicos, se realza. El vocalista canta relajado, apoyado en una base rítmica que contó con dos excelsos instrumentistas invitados: el bajista Rodner Padilla y el percusionista Diego “el Negro” Álvarez.

El intro de “Combate” es como una marca registrada de C4 Trío. Es una ensoñación producida, no por una píldora sino por instrumentos acústicos. Es como el dulce típico más exquisito, pero en forma de sonido. Esa es la única pieza de Diablo (2000) y la única que no proviene de los tres discos más celebrados de DP: Canto popular de la vida y muerte (1994), Plomo revienta (1997) y el primero ya mencionado.

En ocasiones, es como si a la original se le agregara más sal, pimienta y especies, más sazón. Un cubito Maggi de cuatros explosivos. Es el caso de “CUATRO popular de la vida muerte” y “Gorilón”, que sigue siendo ska, pero confrontado por un golpe tamborero guatireño, en un arreglo concebido por Gustavito Márquez, bajista de C4 Trío.

“La danza de los esqueletos” se convirtió en el “Merengue rucaneo de los esqueletos”, que quizá hubiese sido más provechoso como número instrumental. Es una de las letras geniales de Horacio Blanco: una fábula fantasmagórica contra la discriminación en todas sus formas. Pero en la nueva versión, al convertirse en merengue caraqueño, se comprimió la métrica y el vocalista debe poner el acento siempre en una sílaba incómoda. Es un reto innecesario. Se percibe la complejidad del arreglo y su sofisticación, pero la canción sufre. Los experimentos son bienvenidos, aunque no siempre den buenos resultados.

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“Es importantísimo romper esos tabúes. La música venezolana es la hecha por venezolanos”, dijo Glem, el productor del álbum, complacido por el acercamiento, que espera, se pueda reproducir en el público. Que los fanáticos del ska se aproximen, al menos de manera tangencial, a la música criolla. Que entiendan el cuatro como un vehículo para viajar a insospechadas sonoridades.

Aunque Desorden Público jamás se había empapado de folclor, musicalmente nunca fue una isla británica o jamaiquina en Venezuela: desde que el percusionista “Oscarelo” Alcaíno llegó al primer ensayo, comenzaron a saborear ingredientes de salsa, cumbia, dance hall, merengue dominicano, guaracha… Cada uno de sus discos es resultado de esa búsqueda desprejuiciada.

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Los hits también sufrieron la metamorfosis. “Tiembla”, por ejemplo, tiene subtítulo: “De Carúpano al Callao”. Es de esas canciones que hacen vibrar a la audiencia sin importar el formato ni la ocasión. En cada presentación, sea en los Rock & MAU o en los conciertos de C4 Trío, cuando Horacio Blanco sale y canta Vivo en un lugar que despierta bajo un mismo sol, el público automáticamente se levanta de sus asientos. En Pa’ Fuera se convirtió en una suerte de calipso. Es carnavalesca y se vale de una charrasca —güiro, para los dominicanos— como en un buen tema de Juan Luis Guerra. Las trompetas abandonan el patrón original, pero esa variante las vuelve simpáticas. En fin, es un tiro al piso.

“Mal aliento”, otro de los clásicos, comienza como un reggae e incluye elementos de contradanza zuliana y un interludio de tambores con una ingeniosa poesía grotesca: Mujer hermosa, no confundas mi reproche/ mi sol, mi luna, que se eclipsan en tu boca/ Ingrata fortuna, a trueque de tus favores/ de ti se brotan, complicados los hedores. No olvidemos que esta canción es el anti-romance. La respuesta de DP a las baladas de Montaner, Guillermo Dávila y lo que mandaba en la radio de la segunda mitad de los 80.

“Allá cayó”, otro gran hit, también ha probado su efectividad para agitar multitudes. Esta crónica de la violencia criminal en Venezuela, que data de 1997, tiene varios ingredientes, incluido algo brasileño, un poquito de merengue caraqueño y quizá una pizca de joropo, pero sobre todo está basada en dixieland estadounidense.

“Valle de balas”, el encendido merengue-ska, cambió su nombre a “Valles del Tuy de balas”, porque no es ni ska ni merengue; es un joropo tuyero. Edward Ramírez, apasionado del género, tocó su cuatro de cuerdas metálicas —que emula al arpa— e invitó al cultor Mario Díaz. Es un momento interesante porque no suenan vientos ni batería. Es una versión intimista, muy rural aunque hable de Caracas. En el contrapunteo, se muestra el grito desesperado de una canción que quisiera autodestruirse: Cómo quiero a esta ciudad, por su gente maltratada/ yo la sueño más decente, más amable, más aseada/ que se acaben las pistolas que de bueno traen nada/ que algún día sea historia este pregón, esta añoranza.

“Vaya pue” es una de las apuestas más interesantes del álbum por el simple hecho de que DP, por esa única vez, le devolvió la pelota a C4. Se trata de una canción de Ramírez, del disco Entre manos (2009), que sirve de descanso instrumental en la mitad del recorrido. Es un ska tranquilo y colorido.

Pa’ Fuera no sólo reúne a dos generaciones de artistas. También conjuga expresiones musicales que regularmente no congenian, dejando a su paso un mensaje de tolerancia y admiración mutua en un país marcado por la división y la rabia. Además, persiste en la búsqueda de un sonido genuino, aunque, como una vez dijo Yordano, identidad es aquello que encuentras cuando dejas de buscarlo.

 

COMENTARIO: C4 ha logrado lo impensable. Ningún ensamble de cuatristas ha llegado tan lejos. Ha puesto de pie al público del Aula Magna de la UCV y del Teatro Teresa Carreño. Es capaz de deslumbrar a todo el que se le para enfrente. De Víctor Wooten a Dream Theather, de Jorge Drexler a Carlos Vives, todos tienen palabras de admiración hacia el ensamble.  Un latin grammy. Giras por Venezuela, Europa y Estados Unidos. Cinco álbumes —los dos primeros, más los que hicieron con Gualberto Ibarreto, Rafael “Pollo” Brito y Desorden Público— y el que lograron en directo con agrupaciones hermanas de la Movida Acústica Urbana. También lanzaron un DVD para celebrar sus 10 años de carrera, acompañados por luminarias como Oscar D’León, entre otros. Pero —siempre hay un pero— dejo acá un consejo que nadie me ha pedido, aunque sé lo difícil de la tarea: quizá, después de siete años de Entre manos, va siendo hora de que C4 Trío edité de nuevo un disco de C4 Trío.

FOTOGRAFÍAS: Daniel Guarache Ocque. Concierto de C4 Trío (Horacio Blanco como invitado). Cumaná, 23 de agosto de 2014

 

 

 

 

La poesía y la miel

La poesía y la miel

La suya es una voz que emerge del subsuelo, que tiene una raíz profunda. Suena como si hubiese muerto hace mucho y nos preparara para oírlo en este viernes gris y un día después de… Y de alguna manera, cosa paradójica, nos hace sentir más vivos. Como la miel, la poesía es imperecedera. Las verdades burlan la descomposición, sobreviven a ella aunque la invoquen. ¿No es así, Mr. Cohen?

Los seguidores del canadiense salieron ayer de sus cuevas. Sus admiradores hablan bajito, susurran, sienten sin exteriorizarlo demasiado y no se congregan en público. Se manifiestan con la piel erizada y no con gritos de euforia. Agradecen dos versos punzantes en lugar de un beat frenético. Las canciones de Leonard Cohen son experiencias individuales, íntimas, serias. Son casi ceremonias.

Hubo un punto de quiebre en su vida. El año 1966 lo encontró, a sus 32 años, con tres libros de poesía editados —Let Us Compare Mythologies (1956), The Spice-Box of Earth (1961) y Flowers for Hitler (1964)— y dos novelas publicadas —The Favorite Game (1963) y Beautiful Losers (1966). Todos sus libros habían sido alabados por feroces críticos, pero su cuenta bancaria seguía seca; y la canción fue el camino que encontró para expandir su audiencia y, de paso, ganarse el pan.

En In my life, álbum editado en noviembre de 1966, la cantante estadounidense Judy Collins incluyó el hit del mismo nombre de Lennon/McCartney, así como canciones de Bob Dylan, Donovan y Randy Newman. El LP, que vendió más de 500.000 copias, presentó dos piezas de Cohen: “Suzanne” y “Dress Rehearsal Rag”. Al año siguiente editó Wildflowers e interpretó otras tres del poeta: “Sisters of Mercy”, “Priests” y “Hey, That’s No Way To Say Goodbye” y de nuevo vendió más de medio millón de ejemplares.

Collins no sólo fue la primera en interpretarlo y presentarlo a un público masivo. También fue ella quien lo estimuló a cantar sus temas. Y fue en la primavera de 1967 que Cohen salió a un escenario, muerto de miedo. Una cosa llevó a la otra y John Hammond, el mismo cazalentos que firmó a Dylan y a Bruce Springsteen, le extendió un contrato al tímido poeta judío para que grabara su primera placa: Songs of Leonard Cohen.

El resto es historia. Venció el pánico escénico y aprendió a cantar, sin dejar de ser taciturno, llevando él mismo su mensaje de franqueza, escarbando en lo oscuro y debatiendo con la religión, embriagando a todos. También lidió con los asuntos que complican la vida de cualquier roquero, aunque él rock, estrictamente rock, no hizo, y aún así llegó al Rock and Roll Hall of Fame en 2008. Depresión, drogas, alcohol, estafas de productores, litigios… Si fue prolífico, no lo sé. Depende del lente con que se mire: en los 70 editó tres discos, en los 80 dos y en los 90 sólo uno. Pero los poetas nunca buscan cantidad. ¿Para qué? ¡Si te hacen llorar con una sola estrofa!

 

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Jeff Buckley, prometedor artista californiano que se ahogó en un río de Tennessee a los 30 años de edad tras el lanzamiento de su único LP, hizo la versión más popular de “Hallelujah” en 1994. Luego, la canción llegó incluso a formar parte de la banda sonora de Shrek. Algunos, aunque suene disparatado, llegaron hasta Cohen a través de esa escena melancólica del simpático ogro.

Aparte del de Buckley, existe un montón de covers de ese tema: Dylan, Willie Nelson, John Cale, K.D. Lang, Bono, Regina Spektor, Justin Timberlake… Son muchos. Además, U2 hizo un dueto con él en una nueva “Tower of song”. REM tocó “First We Take Manhattan” y, en el mismo año 1995, Tori Amos grabó “Famous Blue Raincoat”. Recientemente, Lana del Rey mostró su lectura de “Chelsea Hotel N°2”. Y muchos recuerdan la “Suzanne” de Nina Simone (1969) y la versión de Joe Cocker de “Bird On a Wire”, que también interpretó Johnny Cash.

Sí, crece exponencialmente el legado de un artista cuando habla a través de diferentes parlantes. Vence incluso la brecha idiomática —Joaquín Sabina, criatura de la misma especie, suele traducir sus canciones, las del canadiense, al castellano. Pero quizá para recibir esas letras en su fórmula concentrada, más vale recurrir al autor, ganador del Premio Príncipe de Asturias. No nos conformemos con las mencionadas en el párrafo anterior. Pasemos por “Dance Me To The End of Love”, “Everybody Knows”, “So long, Marianne”… Bueno, ya esto es mucha arbitrariedad. Completen ustedes la lista.

Es curioso que siempre escribamos obituarios de personajes que nunca mueren. Tal como hizo David Bowie a comienzos de este fatídico 2016, Cohen escribió su propio epílogo y lo tituló You Want It Darker. “I don’t need a pardon, no/ There’s no one left to blame/ I’m leaving the table/ I’m out of the game (…) I’m Ready, My Lord”, nos dice el hombre cansado de 82 años, despidiéndose. No ha pasado un mes desde el lanzamiento de ese último disco y ya Cohen partió desde Los Ángeles, California, a un lugar desconocido. Pero a quién le importan los días, los meses y los años, cuando la poesía es miel, es atemporal, imperecedera, eterna.

El tren de Yordano

El tren de Yordano

La vida es un tren en movimiento. No existe metáfora más clara. La clave pareciera precisamente aceptar la travesía con sus mieles y sus tormentas; entender que siempre, aunque alguna fuerza nos empuje fuera, es preciso volver a los rieles. Yordano se vio obligado a bajar en la estación pasada para luchar contra un enemigo implacable. Afortunadamente, ese round lo ganó por knockout.

No es la primera vez que fragua un retorno. El artista y Sony Music decidieron darse una segunda oportunidad después de 20 años. Tras aquella efímera y tormentosa relación, a mediados de los 90, vivió una de sus épocas más difíciles. Se encontró fuera de sitio, catalogado como un producto vencido, encerrado en la casilla del fulano boom del pop venezolano de los 80. Persistente y testarudo, se labró un camino independiente y subió la cuesta. La luz vino con El deseo (2008) y Sueños clandestinos (2013), nominado al Latin Grammy en la categoría de Mejor Álbum Cantautor.

El tren de los regresos era materia pendiente. No es un disco de duetos convencional, porque el de la iniciativa no fue el artista sino la disquera. Tampoco se encargó de los arreglos; los invitados lo hicieron. Por primera vez en su carrera, el protagonista llegó de último a la fiesta y le puso la guinda a la torta.

El álbum se concentra en hits de 1984 a 1990. En aquellos días al músico le salían las canciones por los poros. Estornudaba y ¡pum! Le venía la primera línea de “Perla negra”. Ocho de 10 corresponden a los tres trabajos junto a la Sección Rítmica de Caracas y el productor Ezequiel Serrano: Yordano (1984), Jugando conmigo (1986) y Lunas (1988). El resto, “Madera fina” y “Robando azules”, pertenecen a la etapa de su ensamble Ladrones de Sombras y el compacto Finales de siglo (1990).

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Para El tren de los regresos, Sony convocó a su staff de artistas afines al caraqueño nacido en Roma. Y quizá gracias a eso, esta vez sí, Yordano consiga lo que tanto reclamó en el pasado: mayor exposición internacional. Son 10 vagones que viajan a diferentes velocidades, narrando historias de amor y desamor, dejando en el camino la melancolía y mirando hacia adelante. En cada uno, un amigo, y por cada amigo, una canción.

Ya existía un “Manantial de Corazón” de Willie Colón, un “Por estas calles” que se apropió Famasloop y una lectura funky de “Medialuna” que hizo Los Amigos Invisibles hace 10 años. Pero nada de duetos.

Revisemos el compilado pista por pista. Yordano, por fin, grabó con dos paisanos que son los artistas pop de su generación con más fama fuera de las fronteras venezolanas. Los tres provienen del mismo punto de partida: la era de Rodven Vs. Sonográfica. Quizá por ese origen común, esas parecieran las versiones más logradas.

  1. Franco De Vita recordó “Días de junio”. Rítmicamente similar a la original, pero con un piano sofisticado y protagónico. Se van repartiendo los versos y, en un punto sublime, se juntan. La voz de Yordano abajo, la de Franco arriba. Una dupla bien pensada, con sentimiento y sabor latinoamericano. Reluce la destreza de dos grandes del negocio musical.
  2. Por ese camino va “En aquel lugar secreto”, con Ricardo Montaner, que comienza como balada y se va acercando a un bolero orquestado. Es un romance de cualquier época bajo sol tropical. Un verdadero clásico en el que nada, absolutamente nada, desentona.
  3. Carlos Vives obtuvo la joya de la corona. La envolvió y se la llevó a su refugio, a su estilo, a donde se siente más cómodo. Yordano simplemente lo acompañó en el recorrido. Es un “Manantial de corazón” producido al estilo de El rock de mi pueblo. Guitarras eléctricas distorsionadas, baterías y efectos del vallenato moderno, con el tempo acelerado. El acordeón se asoma al final, como si hubiese recibido tarde la invitación. La letra, el contenido melancólico de la canción, cede su espacio a los saltos y al baile. Es una lectura evasiva de una escena deprimente.
  4. La otra joya que viaja en el tren le correspondió al también colombiano Andrés Cepeda. Es una “Perla negra” de la Belle Époque. Ya no es una prostituta latinoamericana. Esta vez el personaje mudó su negocio —su cuerpo, está claro— a París, a Nueva Orleans o al Atlantic City de los años de la prohibición. Cambió el Caribe por un abrigo de pieles que envuelve su piel desnuda. Dejó el ron por un bourbon, y el puro por un cigarrillo con boquilla. A pesar de todo, su drama sigue siendo el mismo.
  5. Gian Marco (Perú) se encargó de “Locos de amor”, una de las canciones más celebradas de Yordano. Como dijo el propio autor, la versión se parece a lo que él quiso hacer y no hizo en la grabación original de 1988. Es una pieza corta, fresca, muy radiable y sin complejo alguno. No hay mucho que inventar. Es una melodía y una letra que cautivan a la primera. Entonces, ¿qué hacer? Dejarla fluir naturalmente.
  6. El mismo criterio, aplicado de una forma incluso más radical, funcionó en las dos pistas siguientes. Santiago Cruz, un entrañable cantautor colombiano que debe medir los 1.88 metros de Yordano, respetó la esencia de “Hoy vamos a salir”; la grabó sólo con guitarras, manteniendo el intro y las transiciones. Duración: 2 minutos, 50 segundos. Es una de esas composiciones que oyes y piensas: ¿qué se le puede hacer a esto para mejorarlo? Pues nada. Dejarla como está. En fin, es un lindo dueto sobre una base… llamémosla minimalista.
  7. La talentosa flaca puertorriqueña Kany García se adentró en “Madera fina”, en este caso con ciertas variantes en los arreglos. Guitarras, un piano tímido, bajo y percusión menor. Más nada. Lo nuevo: las armonías vocales. Queda claro que García escuchó con atención lo que hizo Trina Medina en el registro de 1990.
  8. “No queda nada” suena distinta. Axel, como buen argentino, le metió una jeringa y le extrajo todo lo caribeño. La pieza, la que Yordano escogió como tarjeta de presentación para convencer a la disquera de su valía hace más de 30 años, suena a una balada romántica más común. Es una buena canción, y las buenas canciones se sostienen sobre cualquier estructura, pero cuesta escucharla sin ese bajo sobrio y solitario de la versión original, sin esas congas que hacen del despecho algo manejable, algo de lo que el despechado sabe que en el futuro podrá reírse con sus amigos. En esta grabación, no. Acá el guayabo es algo muy pero muy serio. Sospecho que funcionará perfectamente, al igual que el resto, en oídos virginales, oídos que no crecieron en un país cautivado por Yordano.
  9. Servando y Florentino se atrevieron. Convirtieron “Robando azules” en una bachata. ¡Y funciona! Es uno de esos casos que demuestran que muchas veces no importa el qué sino el cómo. Extraño el eco de “¡ella va!” en la voz de Trina Medina, pero esas son vainas mías. Se percibe el goce del dúo al trabajar con el ídolo. Hacia el final, después de un solo silbado, llega el clímax cuando entrecruzan sus voces: primero la de Florentino, luego la de Servando y finalmente el inconfundible tono de Yordano. Contra todo pronóstico, esta es una de las que más disfruto del álbum.
  10. El décimo vagón —que partió de primero, porque fue la primera canción publicada— es un tiro al piso. Si ponemos en una ensalada a Los Amigos Invisibles, una cumbia, Yordano, “Otra cara bonita” y lo mezclamos todo, ¿qué puede salir? Una fiesta, eso seguro. Y así ocurrió. La banda funk venezolana escogió un tema que pudiera manipular como plastilina y darle un barniz colombiano y sabrosón. Lo usaron como título de su gira de 2016 y crearon un simpático videoclip protagonizado por un pug. Además, como maestros en el manejo del timing de sus shows, encontraron en esta versión una interesante variante. En Bogotá, por ejemplo, presencié a una multitud bailándola encantada el mes pasado.

En resumen, El tren de los regresos es una compilación con sonido impecable y delicados arreglos, que funciona como una revisión en retrospectiva de sus temas antes de que pasemos página hacia lo próximo. Es como si Yordano nos estuviera recordando quién es y qué historias nos ha contado mientras prepara el ambiente para su siguiente hallazgo.

“Estoy feliz de estar aquí porque estoy vivo”, dijo el 16 de marzo en una rueda de prensa en el Centro BOD de Caracas, cuando anunció su acuerdo con Sony y el inicio de las grabaciones de este álbum. También adelantó que está trabajando en un disco de temas nuevos —el primero desde Sueños clandestinos— con José Luis “Cheo” Pardo, excelso guitarrista y creativo productor, también conocido como Dj Afro, ex integrante de Los Amigos Invisibles y principal artífice de Los Crema Paraíso. Yo, lo confieso abiertamente, no aguanto la curiosidad por saber qué se traen esos dos entre manos.

 

PÍLDORA: No se pierdan la remozada página de Yordano y súbanse al tren. Repito acá el enlace por si acaso: www.eltrendelosregresos.com. Si andan por Miami este fin de semana, véanlo en directo este domingo 6 de noviembre en el Miramar Cultural Center (Información).  E insistiré en esto, a pesar de cometer el pecado mortal de la autopromoción: los antecedentes de esta historia están relatados en el libro Yordano por Giordano, disponible en formato físico en las principales librerías del país y, en digital, en Libros en un click.

Foto principal: Daniel Guarache Ocque. Festival de la Lectura de Chacao. Plaza Francia de Altamira, Caracas. Abril, 2016

¿Apellido? Rock and roll

¿Apellido? Rock and roll

Se va 1955, año en que la radio estadounidense comenzó a abrirle espacio a un sonido rarísimo. Los baladistas y crooners, grupos vocales, el country y el folk ahora compiten contra un ritmo frenético y bailable. En marzo fue estrenada la película Blackboard Jungle y allí apareció un tipo cachetón con un flequillo a lo Superman cantando una canción titulada “Rock Around The Clock”. Se llama Bill Haley y es el primero al que se le escucha algo tan peculiar. Desde entonces, no puedo pensar en otra cosa.

Haley aprovechó el viento a favor y presentó en mayo “Shake Rattle and Roll“, que contiene la misma sustancia. Desde septiembre, todos hablan de un negro excéntrico llamado Richard Wayne Penniman —él se presenta como Little Richard— que canta un coro que dice “Tutti Frutti”. “Ain’t That a Shame” de Fast Domino y “Blues Suede Shoes” de Carl Perkins se pelean los primeros puestos en la lista Billboard. Mientras esto ocurre, y todos corren a ver Rebelde sin causa protagonizada por James Dean, un tipo apuesto de Memphis, un tal Elvis Aaron Presley, se asoma con “That’s All Right (Mama)” y sale de gira por primera vez. Quién sabe a dónde llegue.

Me gusta el sonido de todos ellos, pero hay uno que me cautivó más que el resto. Me parece que va más allá, con carisma y desparpajo. Es un jovencito —bueno, aparenta ser muy joven pero ya está rozando los 30— que salió de San Luis, Missouri, y estableció contacto con Chess Records a través de Muddy Waters. Chicago ya se le hizo pequeña. Su feeling para cantar y tocar la guitarra es extraordinario. Lo primero que le oí fue “Maybellene”, que corresponde a una adaptación que hizo de la canción country “Ida Red”. Luego, y ahí sí se enteraron todos de quién era, comenzó a sonar “Roll Over Beethoven”.

¡El tipo le dice al mismísimo Ludwing van Beethoven que se mueva y le dé la noticia a Tchaikovsky! Le informa de este nuevo ritmo que está enloqueciendo a quien lo escucha. Lo he visto en televisión diciendo: “Ladies and gentleman, i ask him to forgive us —sí, le ofrece disculpas al fallecido genio alemán— roll over and listen to a little of this”. Y luego el loco suelta un riff irresistible con su guitarra e invita a la banda a seguirlo. Los que están presentes en el estudio lo miran estupefactos, como si estuviese un alien ante ellos. Y él, la criatura de otro planeta, toca, canta, baila, los deja boquiabiertos. Me pregunto si en el próximo siglo se acordarán de él, o si otras bandas en el futuro lo tomarán como referencia. Yo le deseo larga vida porque además me cae bien. Que al menos tenga fama y fortuna y que pase de los 90 años. Ojalá siga haciendo discos y consiguiendo hits. Si ambos vivimos en octubre de 2016, le mandaré un mensaje que diga: ¡Feliz cumpleaños, Mr. Chuck Berry!

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

Comfort y música para volar: Soda Stereo en un sofá sobre las nubes

 

Lo que sonaba no parecía una guitarra. Era como el aullido de un ave primitiva. Gustavo Cerati usaba su pedalera como pintor expresionista. Hacía el amor a su Paul Reed Smith negra y brillante mientras narraba una historia ambientada en un Buenos Aires oscuro. Y no se trataba sólo de la furia entendida como un estado de ira demencial. La vieja canción —añejada en barricas durante 8 años— invitaba a los 90 a las deidades justicieras de la mitología griega. Así, comenzaba un viaje llamado Comfort y música para volar.

Lucía como Jeff Lyne (Electric Light Orquestra). Grandes lentes oscuros, abundante cabello crespo, suéter azul cielo. Relajado y abstraído, conectado con una fuerza sideral. Parecía en otro lugar, como si estuviera inconsciente de que se encontraba frente a un público cautivo en los estudios de MTV en 420 Lincoln Road de Miami, Florida.

Antes de convencerlos de hacer un especial desconectado, la cadena televisiva, principal vitrina latinoamericana de aquella época, había tocado infructuosamente las puertas varias veces. Les hubiese encantado que la banda argentina fuera la primera de una lista en la que ya estaban los Fabulosos Cadillacs, los Caifanes, Charly García, El Tri, Los Tres y Café Tacvba. Pero a Cerati no le gustaba la simple idea de “meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica”.

Soda ya era gigante, todo lo gigante que puede ser una banda de rock en castellano. Había editado Sueño Stereo (1995) y estaba de gira por Centroamérica y Estados Unidos cuando MTV los dejó hacer sencillamente lo que les viniera en gana. Ya se sentía la distancia entre Cerati, Bosio y Alberti, que se despidieron al año siguiente. Una suerte de telepatía, desarrollada a través de muchísimos ensayos y grandes presentaciones, generaba un ensamble compacto y distendido.

Soda Stereo le cedió el coro de “En la ciudad de la furia” en su versión embriagante a Andrea Echeverri (Aterciopelados), con quien compartían el tour. Una decisión acertada, claro que sí. Un dueto que rozó la perfección. La colombiana sumergida en la letra; el líder, inspirado, abrazado a su guitarra intoxicada de efectos, mirando las furias volar sobre él.

Apoyados en los hermanos Fainguersch (chelo, fagot y viola) y en el productor Tweety González (teclados y samplers), rescataron “Un misil en mi placard”. El ska, engavetado en su disco debut homónimo de 1984, fue barnizado con los acordes de “Chrome Waves” de la banda británica Ride y convertido en otra canción.

“Té para tres” fue electrificada y coronada con el riff de “Cementerio Club“, original de Luis Alberto Spinetta en Pescados Rabiosos. Al igual que “Pasos”, gozó de un terapéutico arreglo de cuerdas. Y cómo olvidar la salvajemente sexy “Entre caníbales”, que superó a su versión original. Impecable de arriba abajo.

La edición de Comfort y música para volar que esta semana cumple 20 años de su lanzamiento incluyó dos números del tramo que el trío interpretó de pie con bastante distorsión, tachándole el un al unplugged. Ambas canciones estaban todavía frescas en ese momento: “Ángel eléctrico” y “Ella usó mi cabeza como un revólver”.

Por trabas de derecho discográfico, el compacto sólo incluyó 7 de las 13 que tocaron aquella noche. Resolvieron alterar el orden para el álbum y completar con pistas que habían quedado fuera de Sueño Stereo. Primero “Sonoman“, una suerte de “Tomorrow Never Knows” instrumental del futuro que al terminar dice: “Ya se los advertí, aquí tienen música para volar”. Luego, “Planeador”, “Coral” y “Superstar”, puros lados B de lujo.

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El CD de 1996 permitía una navegación multimedia. En su PC, el público podía pasear por el living de la carátula y, al darle click a cualquier elemento, ingresar a una habitación distinta. Al pulsar el televisor, por ejemplo, se veía un fragmento del cóver de “Génesis”, canción de la banda argentina Vox Dei incluida en su disco La biblia (1971). Al husmear en otra área, se podían jugar al técnico de grabación y separar las pistas de “Coral”: oír sólo las voces o la guitarra, las maracas, la batería, el bajo.

En 2007, una vez que se desataron los nudos contractuales que impedían echar mano de cualquiera de las 13 canciones grabadas, salió al mercado una nueva edición con el orden original del show y todo su contenido, sin los bonus tracks registrados en estudio. Se agregaron temas como “Terapia de amor intensiva”, “Zoom” y “Cuando pase el temblor”, “Paseando por Roma”, “Disco eterno” y la mencionada “Génesis”, tal como aparecen en el DVD.

Comfort y música volar pareciera sonar mejor cada vez. La cita del 12 de marzo de 1996 en los estudios MTV dejó un registro de Soda Stereo en su punto más alto de creatividad, pulcritud conceptual y calidad en sus performances. Cerati tocaba y cantaba de un modo inmejorable. Era una banda muy segura de sí misma dictándole cátedra a sus contemporáneos: cómo administrar los artificios para emocionar, cómo poner cada ingrediente en su medida justa, cómo hacer curaduría de la obra propia.

Los gobiernos suelen decretar como feriados los aniversarios de batallas, natalicios de próceres y firmas de documentos independentistas. Yo, en un acto de rebeldía, he decidido declarar el 25 de septiembre, fecha de lanzamiento de esta joya, como día festivo. ¡Salud!